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Luna de agosto

702598angeles_goticos_008Qué hermosa noche la de hoy. El día ha sido largo y ha transcurrido con sospechosa placidez, hasta que una pareja de viejos amigos ha tenido la gentileza de llamarme, sacándome de mi retiro casi  habitual, para invitarme a tomar una copa de delicioso Malta al atardecer. Tras degustarla en un agradable y fresco jardín, acomodados en sillones de recia teca, hemos pasado por lo de Carmela para cenar, rematando la faena con bourbon seco y más Malta, de nuevo en su casa. Ya estaba, cómo no, lanzado, encantado de y con la vida y deseoso de muchas cosas más, pero el desastroso estado de mis finanzas, desgraciadamente endémico, me ha llevado inexorablemente hacia mi casa.

El día de hoy era emblemático para mí. Estamos a siete de agosto, de modo que se ha cumplido un año desde que me deshice del molesto huésped que quiso taimadamente acabar con mi historia sobre la tierra. Me hubiera gustado celebrarlo más a lo grande y con más personas, pero el plan tampoco era para desdeñarlo, con franqueza, y con agradecimiento a mis queridos amigos y a la vida, que ha tenido a bien conducirme hasta aquí sano y salvo.

Volviendo a casa, me he sorprendido a mí mismo admirando embobado, como tantas otras noches, la arrobadora belleza del entorno. Un silencio espectral, lleno de serenidad, actúa como un suave lienzo para las sonoras pinceladas de los escasos grillos que intentan, en eterna condena, hipnotizar a la luna con su monótono sonsonete. La reina de la noche, casi llena, bendice el sueño de cielo y tierra, el descanso de los hombres,  con una luz purísima, brillante a fuerza de plateada, romántica y limpia. Los pinos, extrañamente inmóviles por una vez, no susurran hoy sus viejas cuitas, limitándose a contemplar atentos la bellísima trama de cuanto a su alrededor acontece, como si no quisieran perder detalle de la misma.

Hace un par de años tan sólo, fumador empedernido, no hubiera podido sustraerme a la tentación de disfrutar un par de cigarrillos bajo esta poderosa luz, cargada de misterio y de pureza, tan antigua como el mundo. Aún sin la concentración que me proporcionaba el tabaco, hechizándome con las evanescentes figuras que el humo produce, conozco pocas sensaciones tan placenteras como dejarse ir con los ojos cerrados, divagando entre tus espectros más familiares y queridos, entre tus sueños y tus deseos más salvajes, bajo el mágico influjo de estos raros momentos de auténtica paz. Algún perro inoportuno o el paso de un tren nocherniego interrumpen el inapreciable ensueño que me transporta lejos, terriblemente lejos en el tiempo, cobijado bajo sus níveas alas. Contemplo, desde una altura pavorosa, el incesante azacaneo de mi vida bajo las estrellas, mis vueltas y revueltas, mis amores, mis desamores, mi historia toda. Observo todo este friso que compone mi particular singladura agarrado con fuerza a los brazos de mi tumbona favorita, como un impasible espectador de mi propia peripecia, con la que mantengo las distancias tratando así de conservar la objetividad. Acabo por decidir, influido quizá por la sobrecogedora belleza de esta noche, que soy un hombre afortunado. Mi vida ha sido hasta este momento larga y plena, fecunda en experiencias de todos los calibres, amargas algunas, espantosas otras, y dulces las más de ellas.

Y en medio de tales devaneos me hallo cuando me doy cuenta, con brutal certeza, de que siento la dolorosa urgencia de hacerte el amor con desesperación, con saña; de cabalgarte asido a tu cintura hasta el fin de los días bajo este silencioso palio de plata bruñida, tan cierto como la pesadilla de un niño, tan lleno de esperanza como la plegaria de una virgen. Se me sigue alborotando el pecho al pensar en ti, al conjurar tu imagen. Giras y giras en mi imaginación y me transportas en el hueco de tus manos, hasta algún rincón desconocido de la memoria, hasta una tierra abrasada por la fiebre, por mi fiebre y por la tuya. De noche, estoy seguro de que serás mía, de que me amarás siquiera sea hasta que rompa el alba, pero las primeras luces del día me arrebatan esa seguridad y te agigantan ante mis ojos, convirtiendo la empresa de seducirte en algo titánico, inasequible para un doliente mortal como yo. Te yergues ante mi amenazadora y terrible como una doncella guerrera…

Supongo que será una sensación pasajera, un devorador deseo que se irá apagando con el correr de los días al no verse satisfecho. Poco a poco, perderá sus espléndidos colores y se desvanecerá como se desvanece una cortina de niebla vespertina, como una gavilla de sombras. Ocupará su lugar en el anaquel de las cosas que pudieron ser, ya tan tristemente poblado. Con seguridad, revivirá y se agitará de nuevo intentando escapar de su cautiverio para poder seguir arañando la corteza de mi corazón, los ribetes de mi alma,  con cierta periodicidad, muy de vez en cuando, cada vez que te vuelva a ver. Quizá sea mejor así, mi encantadora morena. Puede que sea más conveniente, más prudente,  tascarles el freno a los rojos corceles de mi ciego deseo por ti hasta que amanezca, si es que tal momento llega, el día en que yo aprenda a distinguir entre las diferentes pasiones que aderezan mi vida con su tumulto, hasta que llegue la hora en que me pueda deshacer del temor para echarme en brazos de la fantasía sin que me asusten en exceso las consecuencias de mis actos, sin que me corroa la duda, sin que me asalte el cruel demonio del remordimiento.

El tiempo corre; me desgasta en medio de un atronador silencio; aventa las cenizas de mis ensoñaciones bajo esta poderosa luna de agosto. Mientras, ¿qué estarás haciendo tú? Conveniencia, prudencia, qué tremendas palabras…

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Asuntos estivales

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«El corazón tiene razones que la mente desconoce».

Pascal.

 

A pesar de los muchos años que ya acarreo, a pesar de las numerosas canas que sigo peinando, nunca he sido capaz de aprender a desentrañar ese complejo lenguaje de las señales femeninas, ese delicadísimo ballet corporal mediante el que te comunican que estás en su punto de mira, en su lista de deseos, como dirían los yanquis.

De hecho, si el mensaje no es tan claro  -pese a su siempre innegable sutileza- que hasta un pampirolón como quien esto escribe es capaz de cazarlo a la primera, me atormentan siempre las dudas, que son compañeras inseparables del hombre tímido, sensible, galante y enamorado hasta las trancas del sexo contrario hasta extremos realmente peligrosos, pero entorpecido en su labor de seducción por escrúpulos y temores que no son propios del don Juan voraz que uno, en multitud de ocasiones, desearía ser. Mucho me temo que, en estas lides amatorias, somos los hombres mucho más torpes y canijos de lo que nos gustaría reconocer frente a nuestras astutas compañeras…

Al fin y a la postre, te enfrentas a esa nueva y azarosa incógnita exactamente igual que si tuvieras quince años, como si toda la experiencia y el conocimiento acumulados durante tantos años de aventuras desapareciesen súbitamente, para dejarte desnudo y desarmado frente al más arcano, aterrador  y sugerente de los misterios que la vida puede ofrecer: una hermosa mujer en orden de batalla.

Me mira de tal modo o de tal otro; parece que acaricia mi espalda con dedos cálidos al saludarme; es claro que yergue su busto cuando me dirige la palabra, arreglándose el cabello continuamente… Perfecto; leo señales inequívocas que denotan un cierto interés; ¿y qué? ¿Realmente me muestra su deseo, sus ganas de mí, o simplemente, sin pensarlo, hace gala de su palmito, de su espléndida esencia de mujer? ¿No será que curva su espalda bajo la caricia del sol, como la gata sensual que es, por el mero placer de sentir sus rayos? ¿No será un espejismo provocado por mi propia ansiedad? ¿Me rechazara, altiva y risueña en el mejor de los casos, o acallara mis requiebros, contestando al enigma a base de besos, largos, ígneos, arrebatadores e intensos como el sueño del opio y terribles como él? ¿Quien dará el primer paso, quien iniciara la danza que dio origen al mundo?

Sin duda, esa incertidumbre, unas veces deliciosa, un auténtico tormento otras, forma parte inseparable del juego, nos agrade o no. Sigo pensando, no obstante, que ellas son  -diga lo que diga la literatura o el cine-  las verdaderas maestras a la hora de administrar tiempos y ritmos en este magnífico sortilegio que es el arte de amar. O eso, o bien los hombres somos tan conscientes  -algunos- de nuestra cortedad de recursos, que olvidamos el hecho de que todos somos personas, seres humanos perdidos en la misma oscuridad, bajo el mismo cielo de plomo. De cualquier manera, aguardan tras el enigma de esa turbadora esfinge recuerdos imborrables, divinos gemidos en el calor de la noche, peligros ciertos y tremendos agazapados entre esos senos que deseas adorar con toda la fuerza de tu ser, en esas piernas hechas para recorrerlas muy lentamente con los ojos y con los labios. Y percibes todo ese inquietante panorama sin  ser capaz, al principio, de distinguir todos los matices que en él se alojan, sin poder diferenciar lo dulce de lo amargo, porque te ciega el deseo, el prurito desbocado de tu masculinidad. Ese potente conjunto de sensaciones se yergue ante ti como la cima de todas las cimas, como el premio final y definitivo que aguarda al viajero impenitente y osado, al audaz aventurero que se atreva a adentrarse en semejantes parajes, sin que importe nada más, aun conociendo el riesgo cierto de perderse para siempre en abismos de fuego y de dolor.

Y, si todo llega a cuadrar, si las piezas del rompecabezas se ajustan en su sitio, comienza el auténtico juego. Siguiendo el imperativo de tu piel, el rumbo que marcan tus manos, te ruego que te quedes un poco más, que no tengas prisa por irte, perversa hechicera. Déjame que disfrute comenzando a explorarte, sabiendo más de ti, siquiera sea por una sola noche, efímera e intensa. Quiero oírte hablar de lo humano y de lo divino, de todas esas cosas que fingimos que nos interesan, mientras intento leer en tu cuerpo lo que tu mente realmente está tramando. Te imagino gloriosamente desnuda, y te adivino madura, espléndida, rotunda, sin dar cuartel ni pedirlo, permitiendo que me asome al insondable pozo de negras estrellas que refulge en tus ojos. Sentiré el miedo abrasador que me produce notar cómo se estremecen de arriba abajo los parámetros de mi tranquila vida de burgués cuando beso tu pecho, cuando percibo con todos mis sentidos la lucha que se desarrolla en mi interior. Pero es un dolor tan placentero, tan completo, tan sublime…

Debemos, sin duda alguna, a nuestra educación judeo-cristiana, la enorme carga de moralina que arrastramos durante toda nuestra vida, la infame cantidad de karma que nunca pedimos soportar ni redimir. En multitud de ocasiones, ese obstáculo nos impide disfrutar de tantas cosas hermosas como surgen a nuestro paso. Bailamos siempre sobre el filo de la navaja, sin saber nunca si vamos a caer  -al menos en mi caso-  del lado epicúreo del asunto o en la vertiente puramente hedonista del mismo. Es trabajoso soportar un dilema como este, pero es lo que hay: ¿iniciar nuevas aventuras , arriesgándose a la catástrofe por unas noches de placer? ¿Sustraerse al maléfico influjo del propio deseo, negando la auténtica naturaleza de cada uno, desoyendo el crepitar del fuego que arde en la penumbra, que danza entre tus sienes?

Nadie cambia nunca, y el escorpión siempre picará a la rana, precipitando la muerte de ambos: está en su naturaleza.

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Vapor

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Ayer, este mes de julio, casi caduco, nos regaló un magnífico chaparrón, seguido por un par de días oscuros y fríos, extraños en estas fechas pero no en estos lares. Al acabar la lluvia, casi de inmediato, la tierra comienza a exhalar una sublime fragancia, tan llena de matices que me resulta muy difícil poder describirla con claridad. Quizá, la mejor manera de referirse a ella sea mencionándola como telón de fondo, como eterna sinfonía de los mejores momentos de mi vida. Llegué a esta bendita tierra abulense cuando solamente contaba nueve meses, durante un tórrido y ya muy lejano mes de junio. Comencé así una andadura veraniega que durante más de cincuenta años me ha traído hasta aquí, primero buscando la diversión y el ejercicio que la infancia necesita, bajo la mirada vigilante y cariñosa de mis padres, para pasar luego a asuntos de mayor calado según los años se iban amontonando sobre mi escritorio.

De los interminables paseos en bicicleta, de las excursiones épicas -entonces nos lo parecían- hasta el pueblo, de los viajes en familia hasta el pantano de El Burguillo, las Pozas o la Peña de Madrid, nos fuimos desplazando, sin apenas notarlo, hasta las largas veladas al amor de la copas, de nuestras compañeras y de nuestros amigos. Perseguíamos, con la alegre furia de aquellos días llenos de vida, los imposibles que sobradamente conocíamos y que apenas habíamos comenzado a percibir a nuestro alrededor, latiendo en nuestras sienes, embrujándonos con todo el poder de los sueños recién nacidos, de las auroras que despuntan, maravillosas, en la cálida noche de la juventud.

Más tarde, si bien cualquiera habría dicho que apenas habían transcurrido un par de años entre una y otra situación, el fuego interior que nos alimentaba comenzó a perder intensidad, como no podía ser menos. Buscábamos de repente diversiones más tranquilas, más acordes con el cansancio -o, peor aún, la desidia- que ya hacia estragos entre nuestra ardorosa tribu. Era menos frenético el ritmo, más pausado y menos impetuoso, aunque siempre lleno de esperanza. Llegaron los hijos, las hipotecas y los jardines, asuntos todos que requerían imperiosamente nuestros cuidados, que demandaban de manera implacable nuestra atención, restando espacio a los deseos y a las ilusiones que ya jamás llegaran a ser, por falta de tiempo y de energías.

Yo he atravesado -aun atravieso- este periplo magnífico con cierta fortuna en casi todos sus capítulos. Voy cumpliendo con lo que la vida espera de mi como mejor puedo y se; voy disfrutando, agotando, cuantos placeres y desdichas me ofrece, y no por una actitud filosófica determinada, sino porque no queda otra. Avanzamos por nuestra existencia a tientas, en el mejor de los casos, pero siempre resulta más gratificante moverse sin cesar que permitir a la edad que inmovilice, antes de lo inevitable, corazón y cerebro, piernas y voluntad.

Durante todas las emocionantes jornadas de este viaje, y bajo este cielo entrañablemente azul, algunos hilos conductores han estado siempre presentes, brillando como hebras de plata,  entre la trama que la propia vida iba tejiendo a mi alrededor. A Proust le bastó una magdalena para desencadenar un maremágnum de recuerdos que le llevaría a escribir siete voluminosos tomos sobre su particular peripecia vital. A mí, que no soy Proust, me basta con mucho menos, con algo mucho más sutil y etéreo, pero dotado de una fuerza evocadora particularmente inmensa: mientras viva, jamás seré capaz de separar mis veraneos en la provincia de Ávila -vale decir, mis momentos más felices- del olor de la brea y de la resina, ambos íntimamente relacionados con el ferrocarril y con los pinares; del nocturno parloteo de los pinos y del poderoso aroma de la tierra mojada, del estruendo atronador de un convoy de ferrocarril lanzado a toda máquina. Olores y sonidos que me acompañarán hasta el final de mis días, siempre llenándome el alma de paz.

En mi casa, mi familia ha estado siempre muy cerca del tren. Cada vivienda que íbamos alquilando -casi ninguno de mis mayores tuvo la prudencia de comprar una propiedad aquí- nos acercaba más y más al vibrante universo de los raíles que recorrían la tierra requemada y dura de este lugar, domándola, doblegándola ante el altar del progreso. Contaban, si les prestabas atención, brillantes historias de viajes, amoríos, grandezas y desencuentros, mientras nuestras jóvenes vidas iban tomando cuerpo cerca de ellos. Éramos aún aprendices de soñadores en plena efervescencia, sin cuajar todavía.

Recuerdo perfectamente el traqueteo lejano y el resoplar de las magníficas locomotoras de vapor tomando a toda velocidad la curva del puente después de dejar atrás la cercana estación de Las Navas. Apenas dibujado al principio y ensordecedor poco después, el ruido se acercaba a nosotros amenazador y rapidísimo, para acabar drásticamente deformado en un estremecedor mugido por el efecto Doppler, que tanto nos intrigaba en aquellos días llenos de luz. Aparecía el gigante de hierro como una exhalación, dirigiéndose hacia su siguiente parada presa de una fuerza ciega, imparable, con sus bielas rotando enloquecidas y coronado por un magnifico penacho de humo negro, acre y espeso. Gemían las traviesas de madera bajo su peso enorme, y sangraban brea por cientos de heridas al sentir la presión, mientras el carbón crepitaba alegremente. Aquel aroma espeso y penetrante lo impregnaba todo alrededor, y se percibía con claridad en las apacibles noches de agosto, arrastrado con generosidad por la brisa nocturna o evaporándose sutilmente en los tórridos mediodías. Bajo su presencia, nos acercábamos a jugar a las peñas de la vía para espanto de nuestros pobres padres, que no conseguían ni a tres tirones apartarnos del peligroso embrujo que emanaba de las traviesas.

Contemplábamos estremecidos el veloz paso de los enormes convoyes de mercancías, siempre atentos por si dejaban caer algo, esperando siempre que parasen en las cercanas vías muertas de la estación para robarles los faroles de los vagones de cola, preciadísimos trofeos -perfectamente inútiles, como todos los trofeos- al tiempo que el aire se llenaba con el feroz estruendo del vapor, con el polvo oscuro del carbón, con la materia magnifica de la que estaban hechos nuestros sueños. Si por fortuna alguno de aquellos negros gigantes paraba en nuestra estación, corríamos hacia allí como posesos para admirarlo de cerca, para tocarlo y para olerlo, haciéndonos acreedores a alguna que otra bronca del pobre jefe de estación, preocupado por aquellos arrapiezos que no tenían ojos más que para las enormes bestias que respiraban fuego, varadas junto a los andenes, con toda su brillante musculatura tensa y dispuesta a seguir devorando kilómetros incansablemente bajo las ordenes de sus aurigas, de rostros sucios y mirada pensativa.

Los trenes de pasajeros resultaban más románticos que los de mercancías, si bien me parecían mucho menos poderosos y salvajes, bastante más civilizados, con sus vagones más limpios y mejor pintados que los de carga. Con el correr de los años, y ya mocitos, contemplábamos los elegantes coches, rotulados en vivos colores, con la secreta esperanza de que de ellos descendiera la más hermosa de las mujeres, de ojos rasgados, elegante y letal, para embrujarnos y llevarnos en sus brazos muy lejos, hasta los mismos confines del horizonte. Nuestro recuerdo quedaría así suspendido de una guedeja de tiempo azul y misterioso, y todo el mundo hablaría, en voz muy baja, de aquellos jóvenes que desaparecieron, un buen día, tras los pasos suaves de una famosa mujer, de una taimada y bella cortesana que les hechizó con el mortal contoneo de sus caderas.

Fueran los convoyes de lo que fuesen, transportasen lo que transportaren, aquellas hermosas maquinas formaban parte imprescindible de nuestro paisaje cotidiano. Si el exprés que se dirigía a Bilbao pasaba, arrollador, a las doce de la noche, el traqueteo hipnótico del mercancías de las seis de la mañana nos acompañaba a casa tras la juerga diaria. Risueños, ebrios de alcohol y de vida, cerrábamos los ojos acunados por aquel ruido familiar, casi tranquilizador, o los abríamos a esa misma hora, mientras nos sentábamos en la cama, asustados por el estruendo y por los fogonazos de luz intermitente que entraban por las ventanas, al tiempo que  la veloz bestia se interponía entre nosotros y el sol naciente.

Ya con cierta edad, nos sentábamos en los portalones de un edificio de carga al que llamábamos el Muelle. Las grandes puertas tenían ruedas para facilitar su apertura, y espiábamos su interior por todas las rendijas, solo para encontrarnos con una enorme nave, vacía casi por completo en la mayoría de las ocasiones, repleta otras veces con grandes montañas de carbón, cuya fría fragancia impregnaba el lugar. Pero las enormes planchas de granito crudo que formaban el umbral de aquellas entradas, siempre frescas y tan anchas como para tumbarse -y amarse- cómodamente en ellas, contemplaron los primeros cigarrillos, los primeros amores y las primeras borracheras de casi todos nosotros. Escondíamos allí el tabaco y el whisky, y recogíamos o entregábamos amorosas misivas, encajadas entre los viejos ladrillos, erosionados por los años y por las inclemencias del tiempo.

Una vez más, y sin que nos diéramos cuenta, el tren acunaba así con dulzura las primeras luces, los balbuceos primeros de la generación a la que pertenezco, observando benevolente nuestros esfuerzos por romper la membrana protectora que aún nos separaba del mundo, tejida laboriosamente por nuestros padres y destinada, por pura ley de vida, a caer ante los certeros embates de la energía desbocada que nos poseía. Mientras tanto, además, insuflaba vida en las arterias de aquel joven pueblo que yo conocí. En el tren y para el tren trabajaba un importante contingente de sus habitantes, los más sudando bajo el inclemente sol, con los pulmones ahítos de alquitrán, para mantener en perfecto estado el camino del gigante y alimentar a sus familias con sus magros salarios. El comercio, que fluía libremente gracias a las brillantes vías de acero, a su eterno zumbido, iba desarrollando muy lentamente aquel pequeño pueblo que nos recibía, un poco a regañadientes, año tras año.

Y mientras tanto, como paisaje de fondo de aquella época heroica y disparatada, un aroma muy especial invadía el escaso espacio libre que restaba tras la potente fragancia de la brea. A pesar de que conozco infinidad de rincones de nuestra geografía plagados de pinos, en ningún otro lugar he percibido un olor tan sutil como aquí. Los pinos, numerosísimos, mezclan su peculiar exhalación con la de las jaras y los brezos, con los matorrales de boj y las arizónicas, creando una mixtura difícil de superar, que hace que lamentes no disponer de otro par de pulmones para llenarlos con semejante delicia. Y cuando la noche empieza a cerrarle los ojos al día, al bajar la temperatura, la tierra comienza a respirar su propio olor, que es una mezcla de los anteriores sobre un tono a tierra húmeda pletórico y lleno de notas personales. Sopla una suave brisa nocturna sobre la que tejen sus murmullos los pinos; orquestan una conversación arcana y oscura, un susurro tranquilizador y discreto que llevo escuchando toda mi vida y que siempre he identificado con la grata sensación de encontrarme a salvo, de estar en casa. A veces, el murmullo se torna discusión iracunda, cuando el feroz viento del norte descarga su cólera sobre nosotros, agitando las verdosas cabelleras de los pinos hasta hacerlos temblar.

Cambiamos nosotros, cambiaron nuestras vidas, perdimos la sencillez de los principios, olvidamos la salvaje alegría de vivir. Las noches carecen ya del fulgor de aquella época inolvidable, y los días se arrastran en una monótona y ramplona igualdad, carentes de las emociones que nos esperaban a la vuelta de cada esquina. Volaron las peñas de la vía para ampliar el camino que da servicio a la misma, y una valla de cemento y metal nos separa, llena de terribles advertencias, de los raíles. Los trenes, que cada vez circulan menos por aquí, pasan por delante de una estación ya casi sin vida, que funciona a ratos y a ratos duerme con un sopor triste de yonqui moribundo del que ya nunca saldrá, amparada bajo su gran marquesina, único y hermoso recuerdo de tiempos mucho mejores. Ya no se ven las grandes columnas de vapor en el horizonte, y las sirenas de los trenes son igualmente ruidosas que antaño, pero han perdido todo el sentido que tenían en aquellos días tan lejanos. El pueblo pelea, pancarta en mano, por no perder los trenes de pasajeros que hacían escala aquí cada pocos minutos durante todo el día, pero es una batalla perdida de antemano: el dinero, ese dios repulsivo con los pies bañados en sangre al que todos adoramos, todo lo puede. El Muelle ya no existe; lo demolieron hace mucho, y con su caída desapareció también el espíritu burlón y viajero que bendecía esta tierra: lo han sustituido por una espantosa casa de pisos, práctica y cara, insultante, sin alma.

La vieja cantina de la estación, con su pequeña y cómoda terraza, no es ni de lejos el lugar ignoto en el que tomábamos un refresco con nuestros mayores, con las piernas colgando de las sillas, contemplando boquiabiertos aquellos hermosos mensajeros del maravilloso e inmenso mundo que nos esperaba tras el horizonte. Ahora es un cuartucho sucio, con los cristales rotos, que muestra al viajero la hedionda tristeza que lo habita. Me duele el alma cuando paso junto a este lamentable vestigio de tanta gloria, de tanto momento inolvidable suspendido en el tiempo, en mi propio y personal tiempo.

Pero el aroma de los pinos, de la tierra mojada, de la resina, la fragancia de la brea -la sangre del ferrocarril- y los sonidos propios de ambos mundos, forman ya parte inseparable de mis días de esplendor, de mi infancia, de mi juventud y de mi madurez. Esté donde esté, intento siempre, en el silencio del monte, llenar mis pulmones con los dones magníficos que Natura nos regala, y afino los oídos para intentar percibir el traqueteo entrañable del tren de mi vida, que está ya a punto de doblar, ebrio de furia, la curva del puente, después de dejar atrás la cercana estación de Las Navas, mientras su penacho de humo y carbonilla se esparce a su paso como la negra cabellera de aquella chica a la que siempre quise.

 

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Lo cotidiano.

writingAunque se trata sin duda de una sensación añeja, no por ello deja de ser apremiante e incómoda. Comienza como un cierto picor en los dedos, como una ansiedad que trepa por tu columna para acabar llegando indefectiblemente a tu cerebro, a tu psique toda, convirtiéndose en un remordimiento que no ceja en sus voraces mordiscos hasta que no te pones frente al ordenador, por ejemplo, aunque también es eficaz remedio el que se pone en práctica tirando de lápiz y papel, a pesar de que algunos ignorantes lo tengan por trasnochado. Desconocen, infelices, el placer que proporciona el hecho físico de escribir con un buen instrumento estilográfico sobre un papel de calidad, en resma, folio, cuartilla o cuaderno, que a la postre es lo de menos. Pero no es el deseo de manifestar físicamente la escritura lo que me atormenta desde hace ya muchos años.

Desde luego, tengo muy claro que no soy yo el único aquejado por este vértigo divino, por esta presión que se siente en la base del alma día a día, todos los días con sus noches. El doloroso placer de la escritura, la autoimpuesta obligación de contar algo, de transmitir a los demás ensueños, fantasmas y deseos, ataca a miles de afortunados mortales, que atraviesan con valentía los yermos desesperados donde acecha ese aterrador espectro que es la falta de inspiración: notar que quieres relatar algo y sentir la urgencia de hacerlo, cuadra rematadamente mal con no saber, en concreto, qué es lo que se desea comunicar en ese momento. Además, resulta complejo explicar esta situación a quienes nunca la han padecido: es casi inevitable la mirada compasiva, que intenta en el mejor de los casos comprender al doliente, que cosechará en según qué auditorios el vano intento de compartir nuestra inquietud.

Momentos hay -diríase instantes- en los que uno se siente rebosante de ideas, de asuntos, más o menos enjundiosos, que compartir con el mundo bullicioso y tremendamente ajeno que se convulsiona tras las ventanas de mi despacho. Padeces por dentro un cierta agitación, un hervor interno que se va transformando, poco a poco, en negro sobre blanco, en esa salutífera sangría que supone para todo escritor  sacarse de dentro sus cuitas, sus ensoñaciones, para ponerlos a los pies de quien le haga la merced de indagar con interés en su propia y peculiar noche, personal e intransferible: siempre es de noche en mi mente a la hora de escribir, y para mi no hay mejor momento.

Son ocasiones felices, siempre fructíferas, o, al menos, así las siento yo: gloriosas hemorragias de verbo, de la herramienta mágica y poderosa  que distingue al hombre del resto de la Creación. Quizá la calidad no siempre acompañe a la vorágine creativa que en tales ocasiones me suele embargar. Muy posiblemente, una gran parte de los escritos que mi caletre produce en semejantes circunstancias, carezcan de la mínima calidad exigible a un sencillo juntaletras como yo; muy posiblemente, no resistan ni el primer asalto contra mi más acerbo crítico, contra mi demonio interior, cayendo como caerían unos desdichados soldaditos de plomo bajo las manos crueles de un niño cuando comienzo la revisión de lo escrito, esa tarea que nunca sé, a ciencia cierta, cuándo debe acabar.

Puede ser así, qué duda cabe. Pero resulta francamente gratificante conseguir emborronar unas cuantas cuartillas al día, por electrónicas que sean. El hecho de que sean prácticamente etéreas no significa que sean más fáciles de  hollar: se resisten denodadamente a entregar sus secretos. A veces creo que cuanto escribo ya estaba allí mucho antes de que yo me pusiera a la tarea, oculto entre las aguas procelosas, engañosamente blancas y puras, de la pantalla del ordenador. Pienso, en otras ocasiones, que las mismas palabras con cuya invocación me deleito y pretendo alegrar a los demás, me esperan emboscadas y alerta, más que prestas a saltar sobre mi cuando llega su turno: ya saben que las llamaré por sus nombres infinitos, como si intentase nombrar a Dios,  que me esforzaré por servirme de su ígneo fulgor para crear efímeros instantes de sutil belleza. Saben, igualmente, que sin el concurso apasionado de su voluntad, no hay absolutamente nada que hacer, que narrar, que vivir. Volubles y coquetas, consienten en visitarme según los puros designios de su voluntad, prestando oídos sordos a mis requiebros y a mis súplicas y conjuros. Son palabras; son mujeres, y se comportan según los cánones insondables de su divino sexo.

Y como tales, acuso  su ausencia de manera dolorosa, con mariposas en el estómago y el pulso acelerado, febril. Es espantoso sentir la sequía, la invasión de lo yermo, de la nada pura que se aloja entre tus aladares cuando vives épocas estériles a la hora de crear, de cometer ese delicioso pecado de soberbia que se traduce en el milagro de la escritura.  Lo tremendo del asunto es que, al mismo tiempo que tu yacimiento de ideas se agosta a toda velocidad, si realmente amas lo que haces no dejas de sentir el prurito implacable, la angustiosa necesidad de contar una o mil historias, siquiera sea, en el peor de los casos, para el cuello de tu camisa, según comentaba más arriba. Tal es el dilema que yo vivo; así es el excitante tormento que me asalta cada poco, con una frecuencia atroz,  que desearía para otras muchas cosas en mi vida.

 Hay también circunstancias  externas a mi singladura que  precipitan el advenimiento de  uno u otro tipo de estados en  lo que a la famosa inspiración  se refiere.  Conocer personas o lugares interesantes suele provocarme un fuerte deseo de escribir, de volcar sensaciones sobre la mesa. Sin embargo, supongo que lo mismo le ocurre a todo el mundo, como es de buena lógica. Dime, ¿no es así, tú que sabes mucho más que yo de todo esto, magnífica presencia femenina?

Por otra parte, lo que más me seca las meninges, no excesivamente fecundas ya, es el aburrimiento. Sentir el lento transcurrir del tiempo sin sentido ni dimensión alguna, sin wa, sin armonía, sin propósito, es puro veneno para mi corazón de viejo esteta. Me cuesta un gran esfuerzo abandonar estas aguas cenagosas, estás arenas movedizas y ciegas. Volver a bahías más amables me calma y me tranquiliza sobremanera, devolviéndome una parte de los sueños perdidos en el blanco horror de la nada.

Se dice, por otra parte, que escribir requiere una constancia y una disciplina que se pueden adquirir con la práctica continuada. Por la parte que me toca, me atrevería a afirmar que hay una buena parte de verdad en dicho aserto; en la escritura, como en tantas otras cosas importantes de la vida, deberemos suponer que la paciencia es la madre de la ciencia, según diría el castizo. Y digo deberemos porque, en el fondo, no acabo de comulgar del todo con la afirmación que antecede. Por mucho tesón que un gorrión, pongo por caso, atesore a la hora de volar, es más que tristemente evidente que jamás hendirá el espacio con la elegancia y poder con que lo hace un halcón. Pueden divertirnos sus piruetas; es posible que su gracia trapacera y canalla encante nuestros sentidos, pero la contemplación de sus habilidades jamás nos sobrecogerá, muy raramente nos dejará sin aliento, cosa que ocurre de continuo al disfrutar del espectáculo increíble que supone un halcón en vuelo.

Y halcón se nace, como se nace gorrión. Esa, y no otra, es la dura realidad, nos guste o no, me parece. Afilar las palabras hasta que corten como escalpelos, aceradas y amenazadoras, negras y ominosas como el vuelo del cuervo; convertirlas en un susurro suave y acariciador, tierno, dulce como el  amor de una madre; revestirlas de deseo, de pasión desaforada, embriagadora, febril; esculpirlas en fuego, en ardiente tempestad, para lograr que besen con el mismo poder telúrico del que hace gala una hermosa  boca  de mujer, lúbrica y magnífica, húmeda y expectante, llena de espantosas promesas…

Y todo ello, sin que nada chirríe, sin que el trabajoso andamiaje que subyace a la engañosa sencillez de las mejores obras de arte se revele en modo alguno, evitando así arruinar la magia del mensaje. Y todo ello sin que la pasión, sin que la falta o el exceso de oficio nublen la claridad de lo que se desea expresar: el corazón de la idea, como el del ángel,  debe ser prístino,  meridianamente claro, pues que en él viaja todo cuanto el escritor desea compartir con quien le lee, con quien calma su sed de eternidad, de trascendencia, con ese yang desconocido que para siempre perseguimos. Coincidiremos, entiendo, en que no es tarea baladí precisamente, y que no está al alcance de cualquiera: muchos son los llamados.

En ello estamos, huelga decirlo. Es esta una trinchera en la que cabemos muchos, y en la que muchos perecemos, seguramente asfixiados por le enormidad de la batalla, por su escalofriante fragor. El peso tremendo de lo cotidiano resulta a veces insoportable. Pero, para el hombre avezado e intrépido, para quienes ya hemos doblado un sinnúmero de veces el cabo de Hornos, una luz salvífica y blanquísima se yergue en el centro de la tempestad, sobreponiéndose a sus rugidos: patria amable, playa plácida de suave arena que espera al cansado navegante para ofrecerle la parca recompensa de quienes hasta su ribera llegan. Si sobrevivo, si consigo de un modo u otro arrastrarme hacia esa rada tranquila, hacia ese nuevo útero acogedor, espero poder ver a compañeros y amigos por allí, distinguir sus rostros y comprobar que, al igual que yo, han vencido en este durísimo combate de cada día.