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Consejos para un caminante

black-amp-white-highway-journey-photography-the-road-Favim.com-459348Cuando comiences el viaje, camarada, procura ir ligero de equipaje. El camino, que te espera con amable sonrisa, es un ser tan vivo como tú, tan hermoso y perfecto como una plegaria apasionada, un ente milagroso y magnífico que siente y padece bajo los impulsos de su propio yo. No pierdas nunca de vista sus ojos; son antiguos, comprensivos y bondadosos casi siempre, aunque algunas veces la sombra de un espectro, de un viento aullante y cálido, de un horror marchito, pueda cegar la fuente de su luz, su esencia toda.

 Es tu guardián, el voluntario mensajero de tantas cosas bellas y buenas como te esperan plácidamente entre sus meandros, sus praderas y sus bosques: la mirada prometedora, rasgada y limpia, felina,  que te acabará encontrando, aunque tú no lo quieras, aunque lo temas; las fragancias que acunarán tu personal devenir, que harán enloquecer tu deseo, tu imaginación febril, tu necesidad de lo eterno; el cuerpo que partirá en dos tu pecho para saciarse con el latido de tu corazón mercenario y el amigo que te acompañará cuando el silencio te ahogue, cuando la soledad te oprima entre sus crueles brazos, cuando la madrugada te abrume, cuando la tardanza de la aurora te obsesione.

Es también el heraldo inquieto de la porción de oscuridad que, inevitablemente, te envolverá una y otra vez, ansiando engullirte, devorarte, destruirte y condenarte al peor de los abismos, al olvido, que es el siniestro hermano de la nada y del sueño;  de los demonios interiores y exteriores que acechan a quien se atreve a vivir, a respirar, reivindicando así el indiscutible derecho al goce de los sentidos que nos acompaña desde la cuna hasta la tumba, el deambular tranquilo bajo el sol, envueltos en una túnica trenzada con hebras de paz, lirios del valle y caléndulas.

Si todo va como debiera, pequeño hermano, el camino proveerá por ti, y nada te faltará. No prestes atención a las inclemencias del tiempo, a los azarosos vaivenes de todo aquello que a tu alrededor acontezca. Atiende, más bien, a lo que va quedando bajo tus pies mientras te sigues moviendo, porque solamente a través de sus huellas en esa senda podemos distinguir al hombre de la bestia que implacablemente lo habita, que le destroza por dentro intentando salir. No te aconsejaría, puesto que solamente procuro tu bien, que volvieras la vista atrás en demasiadas ocasiones, con demasiado ahínco. Si lo haces, verás como todo lo que acabas de visitar, de vivir,  se va disolviendo lentamente a tu espalda, deshaciéndose, desintegrándose y desapareciendo como un pájaro en las ciegas alas de la tormenta. Oirás el crujir de los huesos y el batir de oscuros tambores en salas desiertas, pintadas con cenizas, decoradas con sangre, porque renegar de tu presente es una de las pocas cosas que el viaje no te permitirá jamás, como tampoco lo hará el camino. Su obligación consiste en hacerte habitar en la mansión del hoy, del presente,  voluptuosa como la espesa cabellera de una mujer, llena de asechanzas, aventuras sin cuento, divertidos peligros, amores y desencuentros; debes apurar hasta las heces la copa que esa casa maravillosa te ofrece, compañero. Bebe ese licor embriagador a grandes sorbos, hasta que escurra, fresco, brillante, felino, por las comisuras de tus labios, inundando tu pecho de alegría, de luz. Sáciate con su sabor, con su aroma, y piensa que es solamente para ti, que ha sido creado por alguna extraña fuerza, capaz de amasar, en extraña y explosiva mixtura,  estrellas y lodo con sus manos, para tu uso particular, para solaz de tu alma altiva y noble. Aprovecha esa crátera divina, ese quitón arcano, porque, una vez vacío, una vez yermo y seco, tus días y tus noches comenzarán a perder la saludable apariencia de lo joven, de lo lozano, para encaminarse hacia extraños y espeluznantes páramos, donde ya nadie jamás volverá a llenarlo, donde la leyenda de tu coraje será como un pájaro en las manos de un niño.

Abandona la estúpida aritmética que un dios borracho de ira nos quiso enseñar, para extirparnos la esperanza; no te sientes bajo las sombras del camino, no te detengas a hacer arqueo de tu vida, por larga que haya sido. Jamás extraerás placer alguno de semejante costumbre; déjasela a quienes carecen del coraje de vivir, a quienes cada dos por tres necesitan asegurarse del terreno que pisan, saber si son acreedores o deudores, si tienen o si tan sólo desean tener, si deciden sobre sus vidas o si algún alguien lo hace por ellos. No respetes a estos contables cochambrosos, que siguen sin entender que las estrellas no están hechas para contarlas, y mucho menos si se reflejan en esos ojos que pueblan tus sueños de dolorosos anhelos. Asume tu pasado con una sonrisa valiente, sin renegar de él ni de ti,  y procura abandonar cuanto antes sus amplias estancias, sin sentir nostalgia: a este imponente enemigo, que te observa calculador y paciente, le place adornarlas con toda clase de trampantojos, con sutiles reclamos de tiempos mejores, con deliciosas voces de mujer, con los cadáveres mutilados de todo lo que no pudo ser, para agitarlos ante tus ojos en una obscena parodia de vida y conseguir así truncar tu singladura para siempre, ya lejos de las playas que adivinaste en la rojiza lejanía. Quiere aherrojarte con los poderosos lazos de la melancolía, de los que habrás de guardarte a toda costa, caminante, pues pondrán plomo en tus piernas, sangre en tus manos y escarcha en tu corazón.

No te postres jamás ante nadie que no sea una mujer que ría y ame mejor que tú, sin bajar los ojos cuando la atravieses con la mirada; que no muestre temor, que no retroceda ni un solo paso cuando la luna riele en el abismo de sus ojos hechiceros, cuando se abra un lúbrico volcán en su pequeña colina. Búscala con tesón, amigo, porque es más que probable que no la encuentres, aunque la hayas visto infinidad de veces; búscala siempre, porque así será más fácil para ella encontrarte a ti. Estate preparado para reconocerla cuando se acerque, no vayas a fallar en el embroque; escucha sus pasos y notarás entonces el suave roce de sus blancas alas de cisne acariciando tu rostro cuando te sonría y diga tu nombre, haciéndote así más cierto, más verdadero, más fieramente humano que nunca, tan hombre como jamás volverás a serlo; verás en ese momento que la Estrella Polar refulge en su noble frente y sabrás que es ella. No pretendas que sea tuya, porque no lo será jamás: pertenece, al igual que tú, al camino, y es un presente maravilloso que él te hace. No la aprisiones con las cadenas de tus brazos, por amorosos que pretendas que sean; no la agobies con nada que ella no desee de ti. Mira que un cisne es una criatura mágica y delicada, de pecho frágil, que es desgraciadamente sencillo sumirla en un profundo pozo de tristeza azul y oscura, del que no podrá escapar ya jamás. Y si amanece el día, melancólico y gris, en el que ella escucha los cantos de sus ancestros, en el que algo en su interior le obliga inexorablemente a separarse de ti, estréchala contra tu corazón con todas tus fuerzas, dile lo mucho que la has querido, que la quieres y que la querrás; besa la estrella de su frente y déjala partir, regalándole una sonrisa para que la ilumine en su nueva peripecia, para que las noches al raso no agosten su divina alegría de vivir ni dañen esa piel que tanta felicidad te regaló, para que no te olvide jamás. El camino es uno y multiforme, distinto para cada ser que avanza por sus complejas vueltas y revueltas, de manera que habrás de estar agradecido al haber podido compartir un trecho del suyo con un ser angélico y libre, que se habrá entregado a ti simplemente porque así lo quiso, y que te abandona por el mismo poderoso motivo.

Discute siempre, y procura disfrutar con ello, aun cuando seas consciente de que muy pocos dan la talla en este artístico y difícil menester. Conversa, pregunta, indaga, goza de la música de tus sentidos y escucha siempre lo que tu corazón indique mientras seas joven. Deja que el cerebro, adusto y carente de imaginación, imponga su ley cuando se trabe en un dueto miserable con la edad a la hora de vencerte, nunca antes. Pelea siempre a brazo partido y muéstrate siempre orgulloso e irónico, aunque estés perfectamente roto por dentro; ofende siempre con saña, con ardor, con la peor de las intenciones, pero procura recibir con una sonrisa y con nobleza al enemigo que se disculpa; no le incomodes más mostrándole conmiseración, a no ser que quieras destruirle definitivamente y por entero.

Ama, juega, bebe, blasfema y peca  con pasión, con fiera entrega, a pecho descubierto y sin subterfugios; ama siempre y no te preocupes por ser amado, que eso ocurrirá después, sin duda alguna, aunque quizá no consigas recibir amor de quien tú lo desees, porque así es el camino y así el viaje, y ni toda una pléyade de mortales o de inmortales lograrían variar ni un ápice esta situación.

Escribe, escribe mucho, todos los días,  y medita sobre lo escrito. Es un arte difícil saber cuándo dejar de corregir el texto, que es tanto como corregir tu vida, hermano, pero es del todo necesario, tanto como leer, que te enriquecerá enormemente, abriendo tu mente y tus sentidos a millones de conexiones mágicas con la vida, con los demás. Ensanchará tu pecho, ayudándote a distinguir los contornos, a veces envueltos en sombras, de todo cuanto te insufla, día a día, la fuerza para seguir adelante;  a discernir entre los complejos matices, tanto más peligrosos cuanto más difusos, que separan al bien del mal; tarde o temprano, inevitablemente, tendrás que tomar partido por uno de los dos, lo quieras o no.

Evita, en la difícil medida de lo posible, el pánico, la espantosa presencia del Mal que se oculta dentro de ti, el maléfico cuchillo que se agazapa en las tinieblas. El miedo a sentir miedo, a no ser capaz, a no dar la talla, te matará con más seguridad que una daga en el corazón, condenándote a la muerte más cruel por más lenta, la del cobarde. No cedas, no cejes, aprende a volar, aprieta los dientes, entierra los zarpazos del temor en lo más profundo de ti. Enfréntate al tedioso discurrir de los días sin huella que se te echarán encima, a su espeso aliento, a su pérfido intento de robarte la energía, de desencuadernarte como si fueras un viejo pecio; busca tus paraísos privados y ánclate a ellos, para poderte refugiar cuando el metálico sabor de la sangre ensucie el aire que respiras, emponzoñando tu caminar, manchando tus pies y salpicando tus manos. Comparte esos lugares con quien tú desees en tranquila contemplación, en apacible paseo, en ingeniosa conversación, y cierra siempre con llave al salir. Habrán de ser pocos y cuidadosamente escogidos quienes te acompañen en semejantes afanes, porque el número oculta siempre mediocridad, que es la triste madre de todos los desastres.

Desconfía del futuro, hazme caso; es una hermosa dama, una espléndida pluma de negro marabú que ríe cruel mientras el viento juega con ella, danzando en el oscuro vientre de la tormenta; es una cortesana aparentemente joven de la que pocas noticias tenemos,  de la que tampoco sabemos si llegará por ventura a visitarnos, si nos dejará quizá anhelantes, fiándolo todo a su más que dudosa aparición, y cuyo precio desconocemos hasta que ya es demasiado tarde para negarnos a satisfacerlo. Acostúmbrate a contemplar su llegada sin prisa, sin incertidumbre y sin demasiada esperanza, porque es posible que sus pies etéreos no se posen jamás en tu jardín, mal que te pese, mal que nos pese a ti y a mí.

Y cuando, finalmente, llegues a destino, querido amigo, házmelo saber. Descálzate y remoja tus pies cansados en las espumosas aguas que rugen allí adelante, henchidas de vida y ansiosas por acogerte, por restablecer la salud de tu cuerpo agotado y ya casi exánime. Deja que la cristalina brisa que desde el mar avanza aparte algún canoso mechón de tu frente, mientras la luz del occidente saluda a tus ojos, haciendo alegres cabriolas para celebrar tu llegada. Escucha el murmullo tumultuoso del devenir de tu vida, que ya va quedando atrás, y no viertas una sola lágrima por lo que pudo ser, ni te lamentes por lo que hayas hecho con ella. Dedica un último y emocionado recuerdo a todos los que amaste y sonríe para ellos, para que vean que no sientes miedo ni tristeza, diciéndoles adiós  con la frente levantada.

Acaba tu viaje con nobleza, con orgullo y con alegría, hermano; distínguete como un hombre entre los hombres y permite al tiempo que borre tu entera historia, los avatares de tu existencia, los trazos de la negra tinta con que tu alma se dibujó y que ya pertenecen a la eternidad. El lienzo de tu vida, ya en blanco, será el comienzo del mismo camino para quien venga detrás de ti, y le ofrecerá, con la misma sonrisa que tú conociste, misterios insondables y maravillosos para que trace su propio rumbo bajo la mirada amigable de los viejos dioses.