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Onán y yo, y II

 IMG_2885Pero eso lo supe  luego, cojones. Me refiero a que mis amigos se pajeaban, no a lo de la rebaja: en aquel malhadado asunto, aquellos tipejos eran más agarrados que un chotis, y no abrían el puño así les dieras con un martillo en el codo, los muy ruines. Resultado de mi vergonzosa ocultación de datos:  confesaba  de  modo  imperfecto, según  aquellos  cotillas que todo lo  querían    saber, y comulgaba a  continuación sin estar  preparado para el asunto en  cuestión, con lo que siguiendo  los dictados implacables de  aquella panda de cabrones y de    su dios, cometía tantos    sacrilegios como veces  comulgaba.  Mal rollo,  malísimo. La vaina aquella del  sacrilegio encabronaba a toda   aquella peña y a su jefe hasta el  paroxismo; era el pecado más  terrible, más nefando y más  mortalísimo de la hostia que se  podía cometer. Lo del perdón  se ponía muy chungo, y lo de dejar de cometer tan  espantoso pecado, igualmente difícil, porque si dejabas de  comulgar, un interrogatorio  de tercer grado de los chicos  del FBI era una fiesta de tunos  comparado con lo que te  esperaba en manos de los  pajarracos.  Aquello comenzó a  ejercer su  nociva influencia en  mi infantil  caletre. Se me  pasaban las  noches en blanco,  acojonado  como sólo puede  estarlo un  chaval de siete años,  sujeto a  semejante presión. Me  veía venir a todo un comité de  recepción demoníaco con las  del turco, y sufría como un  pequeño galeote con almorranas, jamás lo  olvidaré. Mi pobre madre me  oía llorar de vez en cuando, en  el momento en que yo  despegaba la cara de la  almohada, casi asfixiado por el  llanto. Venía corriendo a  verme y a consolarme, lo que  lograba con besos, caricias y  con el aura maravillosa,  potente y mágica, que rodea a una  madre, pero yo no me    atrevía a contarle la verdad, así  que le encajaba alguna  mentirijilla y me agarraba a  ella con todas mis fuerzas,  hasta que el sueño venía a  apiadarse del gran pajillero de  Oklahoma, terrible pecador, y me cerraba  misericordiosamente los  ojillos, escocidos por el llanto. Con el paso de los años, me di cuenta de que aquellos inocentes embustes fueron las primeras mentiras piadosas que le endilgué a alguien, pero esa es otra historia.

Y  así,  una  noche  sí  y  otra    también.  Mencionaré  ,además,  que,  como guinda  del pastel y    para  complacer a  mi querida    madre, yo me leía todas las  noches unos cuantos pasajes de  la Biblia, que es algo así como  el libro de instrucciones de  estos chiflados, algo así como  un tétrico manual de estilo,  centrado en narrar las  incomprensibles putadas del  ojo de marras, que parece ser que son inescrutables e insondables, lo que es tanto como afirmar que hay que aceptarlas como vienen, callarte, joderte y encima estar agradecido. El efecto era    demoledor. Aquellos textos    sórdidos, llenos de una ira    oscura, de una cruel soberbia y de un rencor que me  acojonaba aún sin entender  gran cosa, remataban la faena  que acabo de describir. Lo más   fuerte  del asunto consiste en    que  aquellas lecturas se    entendían  como edificantes y    constructivas, y como tales se    recomendaban.

Con total  sinceridad, ignoro  cómo pude    vivir aquel  calvario  sin  que    se me fuera la  chaveta,      palabra.    Posiblemente me    salvase mi  corta edad, mi    supuesta  capacidad para     desconectar.  Claro,  lo      lógico    es   que    un  niño    con esos añazos  sea    un  tío      fuerte     responsable y    dueño  de  sus        actos, con una    capacidad        acrisolada para    discernir    entre    el bien y el    mal,  y una      voluntad  tan    acerada  como      los músculos    de  Superman,      devotamente    dedicada a      mantenerse puro y    limpio, a      salvo por completo    de los      turbios manejos del    mundo,     el  demonio y la  carne,        cojones;   un perfecto      conocedor de una oscura    religión que nadie le ha     preguntado si desea aceptar      como suya. Y  si no,  haber      pedido  susto.    Menuda      caterva de  hijos  de    puta.

Así estaban de alborotadas mis meninges, con altas y bajas, con ocasionales crisis de acojone, y del mismo modo caminaron hasta que cumplí catorce abriles de los de antes, que no tienen absolutamente nada que ver con los de ahora, como es de público dominio. Me eché entonces una novieta algo mayor que yo, encantadora y coqueta, como correspondía a los años felices que estábamos viviendo, que además no tenía un pelo de tonta. Ya teníamos edad para meternos mano desaforadamente, tarea a la que nos poníamos con todo el entusiasmo  del mundo y con la fuerza de dos cuerpos repletos de vida. Poco después de uno de aquellos ataques de rijo incontrolable, me dio el bajón.  Mujer al fin, mi chica lo notó a las primeras de cambio. Me preguntó cariñosamente qué me ocurría y yo, que ya estaba hasta el bigote de comerme en soledad tanta triste bazofia, canté de plano y con todo lujo de detalles. Al acabar mi amplia confesión, se me quedó mirando, y con el admirable sentido práctico del que hacen gala nuestras adorables contrincantes, me dijo que me fuera inmediatamente a  confesar con el cura más próximo, venciendo de una puñetera vez una vergüenza que ya carecía de sentido.

Créase o no, yo era tan tolay que nunca había caído en aquella solución, que era elegante y doctrinalmente acertada, puesto que aprovechaba con rigor  la propia ortodoxia católica  para poner un generoso fin a mis sufrimientos. No perdamos de vista el hecho de que hasta mi Primera Comunión era pura filfa, tema muy gordo para nosotros en aquella época. Hay que joderse. Yo sin enterarme y aquel bomboncete, que tan feliz me hizo de muchas otras maneras  -incluso comencé a fumar por una apuesta con ella- ,  había dado con la vía correcta en un santiamén. Qué hubiera sido de mí sin mis mujeres, las de aquellos días y las de estos otros. Dicho y hecho. Arrastrando sin embargo la sensación de que había renunciado a mis principios  -cuántas veces volvería a sentir aquel retortijón en el futuro, y bajo qué distintas circunstancias y con qué diferentes asuntos, joder-  me arrodillé delante del ministro de turno, le besé el puto anillo y le dejé el confesionario perdido con tanta gayola y tanto fluido corporal. Cierto es que me quedé como un reloj cuando me comentó lo de que el jefe y yo volvíamos a hacer buenas  pajas, si se me permite la inoportuna licencia. Salí de allí encantado del brazo de mi chica, sintiendo que me había liberado de una tremenda opresión interior, de una losa de negro granito que me había impedido  respirar con normalidad durante tantos años.

Para celebrar el dichoso acontecimiento, nos estuvimos dando el lote como posesos durante una semana entera, creo recordar. Le debo mucho  a aquella deliciosa criatura, aunque lo nuestro no acabó nada bien, según cuento en otra entrada de este blog, ni llegamos a consumar aquella época dorada y romanticona, llena de un inocente encanto.

Después de aquella venturosa decisión, se abrió para mí una edad de oro, que ya me estaba esperando hacía tiempo. Comencé a vivir el sexo con mucha más alegría, y comprobé, ciertamente aliviado, que no era yo el único  que jugaba con su chisme con cierta frecuencia, dado que todos mis colegas sin excepción se la pelaban beatíficamente en cuanto la ocasión les era propicia, incluso en grupo, en aras de algo así como un rito iniciático algo gamberro y cachondón, muy propio de los tíos, ya se sabe: más cantidad, más rápido y más lejos que tú, etcétera. O sea, como en los Juegos Olímpicos: más alto, más lejos  y más fuerte, pero tirando exclusivamente de carajo; eso sí, cada uno con el suyo y Dios con el de todos y eso. Yo,  que  soy  de  natural  tímido y  reservado  para jugar  con los  aperos de  mear propios  y  ajenos,  prefería una sosegada clandestinidad para cumplir con aquellos apremiantes menesteres.

Con aquellos tiempos de gloria  llegaron otras muchas cosas, como ciertas palabras que ya  son míticas: lefa y corrida. No sé qué tiene eso de la lefa que aún hoy lo oigo y me descojono de risa, como si fuera algo graciosísimo per se. Claro, que debe de serlo, porque lo mismo le ocurre a un buen número de compañeros de aquellos tiempos heroicos: oyen la más mínima referencia al untuoso elemento y se doblan de la risa, como los críos chicos con aquello tan socorrido de caca, culo, pedo,  pis. En cambio, nuestras  compañeras arrugan el hociquillo en ese mohín tan femenino que indica, indefectiblemente, que el varón más cercano a ellas es un guarro irredento, que para más inri se retuerce de risa con las barbaridades de sus amigotes, unos brutos sin sensibilidad, borrachos, vocingleros, tragones y juerguistas. Qué jodïas; como si en su vida hubieran tenido contacto  alguno con el curioso liquidillo del amor masculino;  como si,  divertidas y  lúbricas,  no se  hubieran  entregado a  algún  malabar  subido de tono con el fruto de su habilidad y de nuestros colgantes y exhaustos atributos. Se os ve el plumero, ricuras…

Por cierto, yo, que como el Cela de La Colmena soy inventor de palabras y tengo a bien regalarlas, soy el orgulloso progenitor de un término que goza de cierto predicamento  en determinados círculos, siempre selectos y discretos, como corresponde a los ambientes propios de auténticos caballeros: lefardo, es decir, corrida de argentino, porteño por más señas, o goterón de lefa un tanto desdibujado en sus contornos pero indiscutiblemente copioso. Por descontado, aquí lo dejo para que lo adopte el amable lector al que le pete, faltaría más. Úsese a  discreción y sin complejos, eso  sí.

Lo  de  la  corrida  era ya algo    más  jarcor,  o sea,  propio  de  iniciados en  el lado  oscuro  de  toda aquella  divertida  pomada.  Normalmente, quién utilizaba  el vocablo de marras  era un  sujeto de intenciones  más  negras que mi pasado,  poco  fiable y de dudosa  higiene. De  cualquier manera,  en aquel  disparatado jitpareid, cuajado de  palabros tremebundos, los  había bastante más  desagradables y ordinarios,    aunque resulte difícil de creer (véanse, por ejemplo, sabo, o “leche de mi nabo”; pomío, o “leche del carajo mío”,  etc.; utilícese el acrónimo L.E.F.A., por “leche entera fabricada con amor”). Aprendimos igualmente a distinguir con rapidez entre “algarronchos” y “zumacas”, para no caer en la trampa de los espantosos ripios con los que nos deleitábamos desafiándonos los unos a los otros cada dos por tres,  tronchados de la risa cada vez que algún incauto pillaba lo suyo y lo del inglés a manos de otro colega más avispado o con mejores reflejos y peores intenciones.

 Nuestra liberación sexual, la mía y la de mis camaradas,  incidió también en esa rica  manifestación folklórica que  son los juegos de sociedad.  Nos convertimos en forofos de  maravillas populares como el  “teto” y la “piragua”, incluso la  impagable “lagartija”,  aunque no  habíamos llegado al indudable  refinamiento técnico         que poseen joyas  de la actual ludoteca del  libertinaje como el imprescindible “muelle”, sin ir  más lejos. Una de mis nuevas amigas me informó  de su existencia hace quince  días y, con franqueza, me  divirtió comprobar cómo  avanzan estas cosas del rijo, siempre de la mano, o del carajo, de la gente joven, que para eso lo es, entre otras cosas. En el fondo, y mal que me pese, tengo que darle la razón a mi pareja: padezco un caso grave de síndrome de Peter Pan, de modo y manera que mis amigos son los Niños Perdidos, se pongan como se pongan. Mantengo, o pretendo mantener,  la mínima cantidad imprescindible de ganas de risa, de alegre blasfemia, que me permitan vivir sin demasiadas complicaciones espirituales, al menos no de la calaña que nuestros siniestros secuaces pretendían. Brindo al sol siempre que puedo y reparto, si no desdén a estas alturas de la película, sí un sanísimo distanciamiento con todo lo que huela a opio del pueblo, lo propale quien fuere, pues ya hemos visto que ojos hay muchos, y secuaces muchos más.