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Tremendo mambí (iii)

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«Sufro la inmensa pena de tu extravio,
siento el dolor profundo de tu partida,
Y lloro sin que sepas que el llanto mio
Tiene lagrimas negras,
Tiene lagrimas negras como mi vida.»

Lágrimas negras.

Miguel Matamoros, 1930

La noche habanera es cálida y llena de rumores, de susurros húmedos, de deseos inconfesables. Todas las noches de todos los puertos de mar lo son, merced a las sirenas que habitan sus aguas. Camino de la famosa Bodeguita, calle Empedrado número 206, esquina con Cuba y San Ignacio, veo con súbito temor que las luces del establecimiento están apagadas. Y, efectivamente, está cerrado, cerrado a cal y canto. Vale, no es lo que se dice un buen principio, pero quiero pensar que en el transcurso de los quince días siguientes ya habrá ocasión de repetir la visita y de triunfar en nuestro empeño. Faltaría más: no probar el mojito o el ajiaco del establecimiento sería algo imperdonable, ni más ni menos.

Media vuelta y a seguir explorando los alrededores del hotel. Caminamos despacio, sin prisa, saboreando todo el nuevo mundo que nos envuelve y nos observa con tanta o más curiosidad que nosotros a él. Ante nosotros, como silueteado contra la oscuridad que todo lo invade, comienza a revelarse el rostro de la urbe. Las calles están iluminadas con una luz mortecina, amarillenta, que solamente brillará con algo más de fuerza en las avenidas principales. El suelo es irregular y está en mal estado: aquí y allá, alcantarillas nauseabundas, con sus tapas levantadas, dejan escapar un hedor de todos los diablos y muestran enjambres de sanguijuelas que se retuercen en sus fétidas aguas. Kilómetros y kilómetros de cables eléctricos, negros, gruesos, colganderos, recorren las fachadas de las casas afeándolas hasta lo indecible mientras se entrecruzan en el aire para ocultar el cielo, limpio y cuajado de estrellas. En los zaguanes de los numerosos edificios barrocos  -casi toda La Habana Vieja está construida en este estilo-  , las masas de cables alcanzan un tamaño y una complejidad asombrosa: es increíble que no ardan súbitamente, es increíble que no sumerjan toda la ciudad vieja en un océano de fuego verde y negro que se la lleve al fondo del Caribe, anclándola allí por toda una eternidad con sus innumerables tentáculos. Una barahúnda de sonidos se escucha perfectamente en segundo plano, algo soterrada por la densidad del aire. Cerca de allí, hay una mujer que canta y algún alguien que silba, siguiendo una melodía pegadiza y caliente que deja escuchar la radio. Los vecinos hablan a voces desde un balcón al de enfrente, desde la calle hasta la ventana del primer piso, y charlan a gritos sentados a la puerta de sus casas, en sus propias sillas. Nos observan, sonrientes, tras las rejas que guardan las puertas de sus casas, muchas de ellas locales bajos con cierres de tijera como única protección frente a los intrusos, aunque ese es un asunto que no parece preocuparles demasiado. Como en todas las ciudades que en el mundo han sido, algún que otro estúpido perro ladra como si le fuera la vida en ello, con ese afán idiota que los canes ponen en tan molesta tarea.

Y entre semejante desbarajuste de sensaciones, a partir de esa vorágine para los sentidos, el viajero observador puede sentir a la perfección el pulso del espíritu de la ciudad: juguetón, amable, terriblemente decadente y sin duda eterno. En contra de lo que podría esperarse, el conjunto no ofende los sentidos; pese a tratarse de algo a todas luces compuesto por excesos, o quizá debido precisamente a ello, las primeras imágenes de esta ciudad revoltosa y bella impactan con fuerza en la retina del espectador y dejan su impronta en ella con singular facilidad.

En 1977, La Habana Vieja fue declarada monumento nacional; al año siguiente, y en una honrosa pelea que creo perdida de antemano contra la vejez, la enfermedad y la muerte, se inició un vasto proyecto de rehabilitación, que contaba con una buena parte de fondos españoles. No había otro remedio: una gran parte de sus 3.157 edificios estaban prácticamente en ruinas. La dejadez, la falta de recursos y el golpeteo incesante e implacable de la sal y del viento se habían empleado a fondo en su destructiva tarea, reduciendo progresivamente a polvo las plazas y las calles empedradas, las hermosas mansiones de purísimo estilo colonial, los recuerdos de un pasado magnífico. Enormes manchas de humedad y de salitre, fachadas que se caen a pedazos, escaleras podridas, cubanos semidesnudos viviendo en casas inmensas de suelos primorosamente ajedrezados, preñadas de antigua gloria: un fortísimo sentimiento de nostalgia, de desgarradora añoranza por los buenos días perdidos, te invadirá, viajero, a poca atención que prestes: Cuba es España, una España de ultramar, de algas y de aventura incomparable, y eso es algo que el corazón percibe con meridiana claridad.

Mientras camino  -mis amigos detrás de mí, obedientes-, me pierdo con facilidad en el pasado de la ciudad. Es algo inevitable aquí. La oscuridad y las duras sombras que nos preceden hacen que resulte sencillo olvidar en qué siglo nos estamos moviendo, encabritan la imaginación y engañan a los sentidos. Todo esta barriada vieja no es sino un gigantesco y risueño trampantojo, un decorado de cine, una ilusión bárbara y alegre que te transporta, mientras te miente, a la edad de las leyendas. Esa poderosa sensación de vivir en otro tiempo se verá reforzada cuando el sol del trópico ilumine esta tierra. Entonces comenzarán a destacar los suaves colores pastel de los edificios que componen este barrio superpoblado; las faldas de las mujeres, sus blusas ceñidas y sus sandalias de tacones invadirán la atmósfera y en ese preciso y fugaz instante la zona brillará como la joya caribeña que es. Repleta de vida inquieta y alegre, se abrirá para nosotros como una flor extraña y lúbrica, tentándonos con sus luces y con sus misterios innumerables. Pero de momento, solamente puedo imaginar ese instante mágico. Habrá que esperar a que rompa el día para comprobar si resulta cierta la promesa que creo percibir entre tanta decrepitud.

Pascual y Carlos charlan animadamente, comentando con asombro cuanto ven. Apenas queda ya ni un alma por la calle; la ciudad comienza a sumirse en el inquieto silencio que presagia la madrugada. Se van retirando los últimos viandantes y los vecinos guardan sus sillas y se meten en sus casas. Me creo que va siendo hora de volver al hotel. Ya habrá tiempo de orientarse y de hacer planes mañana por la mañana.

En ese momento, oigo una voz femenina que canta suavemente. A mi izquierda, sentada en las escaleras de su portal, hay una joven que nos mira con atención. Tras ella, una escalera tétrica, de pésimo aspecto, hunde sus entrañas en los pisos superiores, flanqueado uno de sus paños por la consabida e inevitable selva de cables, interruptores y enchufes.

No tiene los treinta años, ni mucho menos; una larga melena negra enmarca un rostro lindo y moreno, mientras en la boca perfecta cabrillea una sonrisa blanquísima. Viste con modestia y calzan sus pies un par de chanclas de goma.

-Buenas noches; ¿de dónde tú eres, extranjero? -me interpela directamente.

-Buenas noches. Vengo de muy lejos, del otro lado del mar, y he llegado hasta esta tierra para probar el sabor del Caribe… – le digo, con cara de guasa.

-Ah, ya, claro, tú eres español -decide- ¿Me regalarás un cigarrillo, español?

-Por supuesto.

Le alargo la cajetilla de Camel y le doy fuego. Aprovecho el momento para contemplar más de cerca sus ojos, muy oscuros y luminosos, que me miran con curiosidad. No es que tenga yo nada de particular, creo; mi barba entrecana, mi melena recogida en una gruesa coleta y mis pendientes no resultan excesivamente originales en esta tierra que ha visto de todo. En fin, supongo que quizá se pregunte por qué me siguen sin despegarse de mi esas dos sombras que también la observan con detenimiento; me temo que ya están valorando una posible presa, los muy jodíos… y ella es experta en semejantes lides.

-Ven, siéntate aquí conmigo. Cuéntame qué vais a hacer en Cuba…

-Pues verás, vamos a recorrer de punta a punta La Habana y sus alrededores -le digo mientras me siento a su lado, a riesgo de destrozarme los pantalones de lino contra los adoquines-  , haremos también alguna excursión, supongo, y nos dedicaremos a fumar, a comer y a beber…

Me mira con la risa asomándole a la boca, esperando algo más.

-Y voy a ver si caso a mis dos amigos, que creo que ya están en la edad… -concedo.

Suelta la carcajada con todas sus ganas. Se ríe echando la cabeza hacia atrás y con la boca bien abierta; su melena le tapa casi toda la espalda. Huele a limpio, a cabello recién lavado. La observo divertido. No es para tanto. No soy tan gracioso, ni mucho menos. Nos está obsequiando con la ceremonia de la confusión que supone que esperamos de ella, agitando las plumas magníficas como el ave del paraíso que es. Por mí está bien, sin duda. Color local. Los dardos van dirigidos directamente contra la entrepierna de mis compañeros, así que yo también me río bastante en perfecta connivencia con la hechicera, que no tiene ni un pelo de tonta. Ambos sabemos jugar a este juego.

-Bueno, pues si no encuentras novia cubana para tus amigos, ven a verme. Tengo yo un par de primas que estarán encantadas de marcharse pa’España con esos dos hombretones, ya tú sabes… Ya yo tengo mi hombre y no me puedo ir…  -se guasea- .Y tú, ¿tú no quieres nada con nadie, español? ¿Tú ya tienes una mujer?

– Sí, reina mora. Yo tengo mi hembra igual que tú tienes tu varón. Y es más que suficiente, no necesito a nadie más.

-¿Te hace feliz? -pregunta de sopetón. Me sorprende su repentina franqueza.

-Sí. mucho.

-Vaya, qué raro… -me observa atentamente, con una expresión nueva en el rostro encantador, como si me volviese a evaluar- .Los extranjeros que pasan por aquí no suelen hablar tan rápido y tan bien de sus mujeres…

-No todos tienen una mujer como la mía… -redondeo sin dudar.

-Pues enhorabuena, compadre… -sonríe de nuevo y me guiña un ojo con picardía.

Se levanta y tira la colilla al suelo, para pisarla después. Se acabó la entrevista. Nos sonríe por última vez, nos desea suerte y desaparece en la oscuridad de la escalera, que parece devorarla en un instante. Tan solo el tris tras de sus chanclas al alejarse nos convence de que no ha sido una aparición, un duende habanero y hermoso que nos ha salido al paso.

-Qué pedazo de chavala, ¿eh?  -dice Pascual. sonriendo como un niño que recuerda el escaparate de una pastelería.

-Sí, estaba un rato buena  -acota Carlos, mientras camina un tanto cabizbajo.

-Joder, no hemos hecho más que llegar y ya estáis pensando en lo de siempre; pero si no habéis deshecho ni las maletas; algo de calma, hombre… -les pincho, disfrutando horrores con sus caras de satisfacción anticipada.

Y así, entre bromas de pésimos gusto, de esas que nos hacemos los hombres entre nosotros cuando no hay mujeres delante,  llegamos al hotel. Mis dos colegas se van derechos a sus habitaciones; están muy cansados por el largo viaje y por la tensión acumulada durante un día tan especial para ellos. Yo me siento en el bar del establecimiento, siempre abierto, hospitalario siempre, y pido un daiquirí guerrillero, que no sé qué coño es, pero que me ha hecho gracia por el nombre. Resulta ser un daiquirí de menta, muy bien servido en copa de cóctel, como mandan los cánones. Tiene el inconveniente de todos los cócteles, por supuesto; es caro y me dura dos asaltos para ser exactos, de manera que procedo a pedir otro mientras me enciendo un cigarrillo y me arrellano cómodamente en una banqueta próxima a la barra, sin prisa, encantado de la vida, de la soledad que se respira en el bar y de estar un rato a solas conmigo mismo. El zumbido del aire acondicionado y la gran cantidad de plantas que decoran el lugar me distraen durante unos instantes.

-¿Le gusta así de cargado, don Mariano? -Daniel, un guapo mulato me hace esa pregunta al tiempo que me sonríe amablemente. Es un excelente camarero, me han comentado.

Coño… pego un respingo, pero no sé de qué me extraño. Aunque no llevo más de cinco horas en Cuba y en el hotel, todo dios sabe en la casa quién es el español de la coleta y la barba. Bueno, tampoco es que me importe o me moleste. Al fin y al cabo, como buenos profesionales que son, tan solo buscan agradar al cliente.

-Sí, Daniel, muchas gracias. Creo que caerá algún guerrillero más antes de que salga el sol, ¿no le parece?

-Celebro que le agrade, señor. Claro que sí, tremenda matanza haremos, señor…

El reloj del hall, enorme y carirredondo, da las tres de la mañana con voz solemne.

Dios, qué lejos estoy de mi hogar… y qué cerca.