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Zulú

Sí, así como suena. Me temo que ese va a ser el nombre definitivo de mi última novela, que ya está finalizada. Me queda por delante la ardua tarea de la corrección: volver a redactar o suprimir párrafos enteros, sustituir palabras, pulir el argumento, controlar tiempos y ambientes y procurar que todo encaje de la mejor manera posible: en definitiva, trabajar el andamiaje que sustenta toda la obra e intentar que pase lo más desapercibido posible.

En fin, en ello estoy. Buscar la forma de que este nuevo texto vea la luz será el próximo paso, que pienso abordar con total tranquilidad. Llevo una larga temporada peleando con esta novela y no se trata de arruinar el resultado final por una prisa que no tengo por qué sentir.

Por si a alguien le apetece echar un vistazo, adjunto un capítulo que considero ya definitivo. Espero vuestros comentarios, si tenéis la amabilidad de leerlo.

Como siempre, un abrazo y muchas gracias.

Capítulo 28

-Y entonces yo le dije: “óyeme, hermano, ¿qué tú dices, hombre? No tienes razón, porque esa hembra tuya no es tan buena mujer como tú crees, ¿sabes”. Y él, vuelta a empezar con la misma cuestión, que no, que yo no sabía lo que estaba diciendo, que su mujer era buena y honrada… tremendo plato de carne estamos comiendo, compañero…

La charla inacabable de Ricaldito camufla el suave siseo de los cubiertos contra los platos. El pasma come como un heliogábalo mientras desgrana, imparable, anécdotas y chascarrillos, condimentados con su acento habanero y su peculiar concepción de lo humano y de lo divino.

Frente a él, la maciza silueta de Olivares. Silencioso y tranquilo, escucha con aparente placidez la perorata de su compañero de mesa, a cuyas escasas preguntas responde con monosílabos mientras degusta la cena preparada por su pareja. El restaurante está hoy cerrado al público; tan solo los dos comensales  disfrutan de las habilidades culinarias de Noemí.

-¿Más vino, Mendoza?

Sí, compañero, hágame usted el favor -el cubano acerca la copa, sonriente, sin dejar de masticar-. Pero qué vino tan rico, sí señor…

-Me alegro de que te guste -contesta Olivares en un suave tono de voz.

-¿Y a qué se debe este convite, compadre? ¿Algún trabajo para Ricaldito a la vista? -pregunta el bofiano tras apurar de un largo trago el fragante vino.

Olivares se lleva a la boca un pedazo de estofado y lo saborea con lentitud. Noemí cocina cada vez mejor, es indudable. Gasta dinero como si creciera en los árboles y mira la entrepierna de los hombres jóvenes con excesivo interés, pero cocina cada vez mejor.

-Por el mero placer de invitarte, amigo -contesta el Negro-. Y para celebrar que estamos vivos.

-Seguro que sí, compañero -sonríe Ricaldito.

-La vida da muchas vueltas. Hoy estás arriba, en la cresta de la ola, y mañana te estás ahogando, con las tripas llenas de piedras. Así es el juego, ¿verdad? -Olivares paladea un sorbo de vino y se limpia con esmero los gruesos labios.

-Desde luego, nunca se sabe -responde por puro trámite el otro, con la boca llena. Su estrecho bigote se mueve como atacado de perlesía mientras deglute un bocado tras otro.

-Fíjate, por ejemplo, en lo que le ha ocurrido a Zúñiga -afirma el hampón como al despiste.

-¿A quién? -la expresión del rostro de Mendoza es del todo neutra. Olivares le escruta con fijeza, sus ojos oscuros convertidos en dos canicas de acero.

-A Carlos Zúñiga, al portero de “La Salamandra”. Hace dos meses que le dieron una paliza de la hostia y le tiraron al agua desde su barco. ¿No te habías enterado? -dice el restaurador.

-Pues no, la verdad es que no. No sé nada de Zúñiga desde la última vez que estuve en su local. Y estaba perfectamente -responde con candidez el cubano-. Pero con ese trabajo que tiene, cualquiera sabe…

-Entiendo.

Se hace el silencio entre los comensales. 

-Domingo, por favor, sírvenos el postre -pide Olivares.

Un negrata bajo, de anchos hombros y rostro inexpresivo, se acerca a la mesa saliendo de la semipenumbra que la rodea.  Les ha servido la cena, que la joven cocinera ha dejado dispuesta, y ahora comienza a retirar los platos con insospechada habilidad y con precisos movimientos de sus musculosos brazos sin decir ni una palabra.

-Estoy hasta arriba, compadre; no sé si me va a entrar el postre -dice Mendoza, mientras se palmea el liso vientre, ligeramente combado por la abundante ingesta.

-No seas modesto. Seguro que puedes acabar con un plato de tarta casera. La ha hecho mi chica, así que no puedes despreciársela -sonríe con sarcasmo Olivares.

-Bueno, en ese caso… -se rinde, goloso, el otro.

El silencioso Domingo sirve la tarta, acompañada de un vaso de vino dulce, y desaparece de nuevo, la discreción en persona.

-Vaya, qué buena pinta… -se relame Mendoza, con la cuchara en ristre.

-¿Qué tal con tus nuevos amigos, Ricaldito? -pregunta Olivares.

-¿Con quiénes? -farfulla el pasma, la boca ya llena de tarta.

-Con los rusos. Con quiénes, si no -Olivares no ha tocado para nada el postre, que comienza a derretirse frente a él. Su voz ha adquirido una desagradable dureza mientras sigue mirando la porción de tarta como si buscase algo detenidamente entre las capas de helado y de galleta.

Una cucharada repleta se queda a medio camino de la boca de Ricaldito, quien súbitamente observa con cierto resquemor a su anfitrión.

-No sé a qué te refieres, compadre. Yo no conozco a ruso ninguno -responde con aparente firmeza el cubano, llevándose la cuchara a la boca de nuevo y tragando con dificultad.

-¿Ah, no? ¿No conoces a ese ruso de pelo rubio y gafas oscuras? ¿A ese con cara de bestia al que llaman Iulianov? -presiona Olivares con el mismo tono de voz.

-No. No sé quién es ese tipo, compañero.

Olivares ataca el postre, complacido. De reojo, observa a Mendoza como el gato observa al ratón que va a devorar. El rostro esmirriado del habanero está comenzando a perlarse de sudor.

-Pues sí, esta tarta está deliciosa, es verdad -afirma sonriente el negrazo.

El otro carraspea y traga saliva ostensiblemente. Su nuez sube y baja en el delgado cuello, pero no suelta prenda.

-Hombre, no es eso lo que me han contado a mí, Ricaldito. Sé de buena tinta que conoces a ese tipo y que te llevas bien con él. Me dicen que incluso le has pasado algo de información sin que él te lo pidiera -la cuchara sigue rebañando el sabroso postre en medio de un tenso silencio.

Domingo tose discretamente en la oscuridad. Mendoza se gira sobre sí mismo y distingue al otro moreno de pie, con las manos cruzadas a la espalda, la mirada vacía fija en el infinito.

-Compadre, yo no sé qué te han contado a ti, ni quién lo ha hecho, pero todo eso es pura mentira, te lo digo yo. No sé nada de ningún ruso ni tengo nada que contarle ni a los rusos ni a nadie, te lo juro, compadre, tienes que creerme -se atropella Ricaldito.

Del otro lado de la mesa no le llega ni un murmullo. Olivares sigue con su plato como si estuviera perfectamente solo.

-La última vez que estuviste en “La Salamandra” tuviste un problema con Carlos. Te tuvo que sacar de la sala a hostias porque no pudiste tener la polla quieta dentro de los pantalones, como siempre -responde el Negro.

-Pero yo, pero eso no es… -suda el pasma.

-Efectivamente, hasta ahí, todo en orden: nada que sea de mi incumbencia. Un problema entre Zúñiga y tú que ya está resuelto -Olivares deja la cuchara en el plato vacío y lo empuja hacia el centro de la mesa. Cruza las enormes manos delante de sí y ladea la cabeza sin dejar de observar a Ricaldito.

-Claro que sí, compañero; aquello no tuvo la menor importancia, fue un malentendido y yo ya me excusé con Carlitos… -se defiende el otro.

Olivares se frota los ojos con cierta expresión de hastío en el redondo rostro. De un bolsillo de la americana extrae un gran puro que enciende con cerillas de madera a base de profundas caladas. Parece, por un instante, un sardónico demonio con la boca cuajada de brasas.

-Así es. Asunto terminado, aunque fuera a tu manera, que nunca acaba de zanjar nada. Pero después de aquello, te enteraste de puta casualidad de que Carlos andaba buscando información sobre los rusos y te faltó tiempo para irles con el cuento. Para joder a Zúñiga, claro, porque te había dado un par de hostias bien merecidas.

Una nube de aromático humo se estampa contra el rostro sudoroso de Mendoza. La expresión de su rostro muestra ya a las claras el temor que le invade. Guarda un silencio expectante y respira con pesadez.

-Y tu mala baba le costó la vida al maricón ese amigo de Carlos, que no se había metido con nadie. Y estuvo a punto de acabar también con la suya. Así que, como podrás entender, está deseando cruzarse contigo para charlar un rato. Me lo ha comentado antes a mí porque es un hombre que respeta a los suyos, no como tú… compadre.

Los ojos de Olivares están ahora fijos en su compañero de mesa. Ha pronunciado la última palabra de su frase con un profundo desprecio, con fría ironía. Sigue fumando sin prisa alguna.

-Ese hijueputa me ofendió gravemente, me trató como si yo no fuera más que un pedazo de mielda y me echó de su local… -contraataca Ricaldito, decidido ya a morir matando-. Sí, yo hablé con los rusos cuando ese cabrón puso al bujarrón de su amigo a espiarlos; sí, yo se lo dije. Y me dieron un buen dinero, claro que sí. Nadie ofende de balde a Ricaldo Mendoza Sabino, ya tú sabes, compadre.

El cubano, desafiante dentro del miedo que siente, señala a Olivares con un largo y huesudo índice.

-Y además, yo no te debo a ti explicación ninguna, Negro. No soy tu empleado ni trabajo solo para ti, de manera que puedo hacer lo que se me antoje -remata el tipo-. Al final, un maricón menos y una buena lección para el hijueputa ese. Eso ha sido todo. Y unos buenos cuartos para mí. Eso es.

Se mueve hacia atrás en la silla sin dejar de mirar a Olivares, colocándose muy digno, a secos tirones, las solapas de la americana acabado su parlamento, atento a la expresión del otro.

-Ya. Acabas de confirmarme que Carlos decía la verdad sobre ti. Vale. Cuando oyes decir la verdad, el resto no importa. Y entre nosotros, entre la gente como tú, Zúñiga y yo, no caben jugarretas de ese estilo. Estamos nosotros y los de ahí afuera, ni más ni menos. Así son las cosas. Ellos por un lado; nosotros, por el otro: nada que ver, ningún punto en común -el negro tabalea con los grandes y enjoyados dedos sobre la mesa mientras resopla con suavidad, la mirada fija en el cubano-. Si tenías algo contra Zúñiga, lo primero habría sido comentármelo a mí, ¿no te parece? Yo se lo propuse, él te encargó el trabajo por mí. Y además, los trapos sucios se lavan en casa, Ricaldito. El ruido no es bueno para los negocios.

-Tú dirás… tú dirás cómo arreglamos esto… -Ricaldito rompe el silencio con voz entrecortada.

Olivares suspira y observa sus manos, cruzadas e inmóviles frente a él.

-Mucho me temo que el asunto no tiene más que una solución, Mendoza, y tú la conoces sobradamente. No eres de fiar, hermano…

De entre las sombras a espaldas de Ricaldito, una figura maciza se mueve con rapidez. Sus manos sujetan un cable de piano cuyos extremos están atados a sendos cilindros de madera. Un arma tan vieja y bellaca como el mundo, sucia y eficaz.

El cubano, que casi no ha tenido tiempo de reaccionar ante la última frase de Olivares, nota el roce del cable en su delgado cuello e instintivamente lo agarra con ambas manos; sus dedos quedan atrapados entre el metal y la carne. Comienza a sentir una presión tremenda, lacerante, a medida que Domingo tira con lenta saña de ambos extremos del alambre. El pasma se debate, patalea, hace extrañas muecas con la cara y la boca, se levanta a medias de la silla tan solo para volver a sentarse, los ojos extraviados, casi fuera de las órbitas; la sangre está ya manando de las heridas que se abren en sus dedos, incapaces de detener el avance letal del cable, que se abre paso inexorablemente hacia el punto del cuello donde late la vida. El futuro difunto empuja la mesa con las piernas y se echa hacia atrás con violencia, intentando golpear a su agresor, que responde aplicando aún más presión a su perverso instrumento.

Domingo, siempre en medio de un estremecedor silencio tan solo alterado por el gorgoteo de Ricaldito y el ruido de sus patadas, prosigue su labor con la pericia de un profesional. En un determinado momento, gira el cuerpo y se echa a la espalda a su víctima para que el peso de esta le ayude en su espantosa tarea, como si de un saco trémulo se tratase. El habanero patalea con todas sus fuerzas mientras sus dedos acaban por caer al suelo, ya separados de las manos por la terrible presión del cable. Sus brazos, que chorrean sangre, penden a ambos lados del cuerpo, abandonadas ya la lucha y la esperanza, casi perdida la consciencia. El cuello principia a sangrar en abundancia, salpicando la escena con gruesas gotas rojas; la baba chorrea de la boca entreabierta del cubano, que ya apenas tiene fuerzas para proferir sonidos guturales, los ojos definitivamente fuera de las órbitas.

Como a cámara lenta, muy poco a poco, la vida abandona a Ricaldito, que se desploma con la suave dejadez del durmiente sobre el suelo manchado con su propia sangre. Su matador tensa unos instantes más el arma homicida, aunque sabe que su trabajo está felizmente acabado. El cable se hunde aún más, sin dejar de cortar, en la carne maltratada del pasma.

Finalmente, Domingo relaja su presa y el muerto cae al suelo cuan largo es, prácticamente decapitado. Su matador retira el letal instrumento de lo que queda del cuello del cadáver y comienza a limpiar el cable en la camisa de Ricaldito con sus fuertes brazos, casi con devoción, como admirado por su eficacia. La sangre mana sin cesar de las horribles heridas del cubano, dibujando un charco enorme y ominoso que empieza a oscurecerse con rapidez alrededor de su cuerpo vencido.

Durante los tres o cuatro minutos que ha durado la carnicería, Olivares no ha movido ni un músculo, la vista fija en la trágica escena. Sin dejar de fumar, ha observado el asesinato con cierta actitud estoica. Su rostro muestra una expresión similar a la de alguien que contempla cómo desinsectan su vivienda o su negocio, entre curiosa por la ejecución del encargo y resignada ante las molestias que la acción profiláctica sin duda traerá consigo.

Mientras se limpia el sudor de la cara, el silencioso esbirro espera nuevas órdenes de su patrón, impecable de nuevo su vestimenta, que acaba de alisar, aunque empapada en sangre de su víctima.

-Recoge todo eso y límpialo bien, tan bien como no has limpiado nada en tu puñetera vida, Domingo. No quiero que mi mujer sospeche nada de nada. Y cuando acabes, llévate esa puta escoria y deshazte de ella para siempre- remata, con una mueca de asco.

-Ahora mismo, patrón.

Olivares resopla y rezonga para sí.

-Vaya una puta mierda de noche. Me va a sentar mal la cena, joder. Maldito Zúñiga de los cojones.

Le propina un patadón inmenso a una de las sillas, que sale volando hasta impactar contra una de las paredes de la estancia.

-Me voy a tomar una copa. Tengo la boca seca como un jodido hueso.

Enfurruñado, Olivares sale a empellones de su local en busca del limpio ambiente de la plaza. A sus espaldas, el obediente Domingo da principio a su desagradable tarea sin rechistar.

Fuera del restaurante, un viento frío comienza a soplar desde el cercano puerto. Enreda entre las estrechas callejas y las calles solitarias, empuja a los viandantes y confunde sus pensamientos mientras cumple con su papel de heraldo del invierno.

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Unos días con otros

Más libros, más libres…

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. He abandonado esa insana costumbre que obsesiona a las personas maduras y que consiste en hacer un continuo y exhaustivo balance de sus vidas, entre otras cosas porque no acaba de agradarme el resultado que adivino, seamos francos. La sensación de pérdida, de oportunidades para hacer casi de todo que se alejan mientras azulean en la distancia, es demasiado intensa como para soportarla más allá de unos instantes sin sentir el poderoso y amenazador vértigo del presente.

Como comprenderás, querido, ignoro si te habrás visto arrastrado hasta el limbo de las cosas que fueron por los efectos secundarios de esa operación, profiláctica y un tanto dolorosa, que supone dar completamente la espalda a casi todo aquello que en su día no llegaste a ser, de permitir a un piadoso olvido que inunde ciertos compartimentos de tu devenir con su apaciguadora presencia. 

No tengo la certeza de poder contemplar tu rostro alegre, coronado por ese flequillo que tanto odiabas y por las sempiternas gafas. Sí, esas que tus padres, resignados, te reponían cada dos por tres vista la eficacia y la lastimosa frecuencia con que las destrozabas. Tampoco cuento con la seguridad de verte salir del colegio con tus amigos, cuando eras más “Gómez” que “Mariano” tanto para ellos como para tus profesores, cuando te gastabas el escaso dinero del que disponías en lo que hoy serían tiendas de chuches, que en aquellos entonces no pasaban de ser oscuros tabucos, a veces malolientes, encastrados en fachadas antiguas y sucias.

Pantalones cortos, que tampoco te apetecían demasiado, desde luego; americana gris, camisa blanca y aquellas irritantes corbatas negras que aprisionaban tu cuello infantil con una goma elástica, dada tu feliz ignorancia en la arcana ciencia de anudar como Dios manda tales instrumentos de tortura; un par de zapatos casi indestructibles y de una fealdad indignante, junto con los imprescindibles calcetines, siempre a la altura de los tobillos: equipado con semejante bagaje, celebrabas sin solución de continuidad las bárbaras ceremonias de la infancia en compañía de otros arrapiezos igual de despreocupados que tú, tan a caballo entre lo real y lo irreal como tú.

Bien es cierto que si cierro los ojos con suficiente fuerza y durante el tiempo necesario, alcanzo a ver tu silueta desgarbada con un bocadillo de pan y chocolate en una mano y un lápiz -siempre de grafito número 2, que rasca menos el papel- , mientras te agachabas sobre tu mesa de estudio absolutamente absorto en la imposible resolución de aquellos engorrosísimos problemas de cálculo, aritmética y geometría que siempre se te dieron un ardite, porque, al fin y al cabo, ¿a quién coño le importa cuántos caramelos le quedan a Juan si tiene cinco y le da tres a su hermano mayor? ¿Dónde está el quid de la cuestión si ambos tienen caramelos que masticar? ¿No resultaba infinitamente más interesante enterarse de las verdaderas intenciones de Long John Silver, pongo por caso? ¿Es que la idea de dejar vagar la imaginación, de viajar por el techo del mundo y de contar después cuanto hubiéramos visto, de hechizar a nuestro auditorio al hacerlo, de sujetarle en su sitio con el mero poder de nuestras palabras, no poseía un irresistible atractivo? Sin lugar a dudas, mi querido chaval. Por eso, tu relación con el árido mundo de las ciencias fue desastrosa desde el primer momento, aunque también hay que decir, en honor a la verdad, que en la empresa de llegar a aborrecer cordialmente aquellas tristes materias fuiste auxiliado por algunos de tus profesores, algo cortos de dinero y por ende muy escasos de vocación. Por eso, tu facilidad para quedarte colgado, para echarte en brazos de tus ensoñaciones favoritas con llamativa frecuencia, cartografió con mano firme una gran parte de los caminos que durante el resto de tu vida recorrerías.

Merced a cierto esfuerzo, consigo también localizar tu rastro fugaz e ilusionado cuando llega el estío, tu estación favorita. Gruesos muros y altas paredes, festoneados sus blancos lienzos con ladrillos rojos, que rodean umbrales y alféizares. Frescor en verano y algo de calor en invierno; tejados que acogen rara vez a la elegante pizarra y contraventanas metálicas, de esas de toda la vida, casi siempre pintadas de un verde ubicuo y universal; casas que se alzan entre pinos y jaras, cálidos testigos de edades inmemoriales y mucho más amables que las actuales. Súbitamente, distingues en la acogedora umbría de sus zaguanes a unos muchachitos que juegan y enredan, ahítos de vida. Ves también a hombres y mujeres jóvenes, vestidos con pantalones estrechos y alpargatas de esparto, fumando apaciblemente mientras desgranan una conversación en un acogedor jardín, al abrigo del alegre sol de la tarde. Las grandes butacas blancas y la amplia mesa de café hablan de canícula y de agradable sobremesa. Flota una deliciosa somnolencia en el ambiente, que no acaba de adormecer a los presentes, aunque les imbuye una grata sensación de paz y de tranquilidad. 

Y yo sé que tú eres uno de los niños que monta en bici por las calles de la colonia, ajeno a todo lo que le espera emboscado entre las amargas tinieblas del futuro. Y siento, ahora y mal que me pese, un terrible dolor en el pecho, y conozco de primera mano el asalto cruel de la añoranza, el horror de lo que ha sido y ya nunca volverá.

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. Aunque a veces escucho tus pasos ligeros de niño rondar cerca de la mesa de mi despacho y puedo imaginarte contemplando satisfecho la biblioteca de tu abuelo.