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Sueños eléctricos.

 

castaño  (39)Amanece lentamente en la gran urbe. El sol asoma su ígneo rostro, poco a poco al principio, casi diríase que con algo de temor, con reservas. Acaba de doblegar a la noche, que ya huye despavorida, y aún no cree a pies juntillas en su victoria.
En el séptimo piso de un gran edificio, duerme tranquilamente un hombre. Su sueño se ve alterado, de repente, por la llamada de su despertador. Mientras se agita, pensando incluso en no levantarse, empieza a escuchar las noticias del día por la radio, que se ha puesto en marcha automáticamente desde el propio reloj. Decidido ya a saltar de la cama, se dirige al cuarto de baño, contemplando la ciudad a sus pies, que se despereza como un gato inmenso. Miles de ventanas iluminadas atestiguan que los hombres se incorporan, un día más, a sus tareas.
Su cuarto de baño está iluminado por suaves halógenos, que invitan al recreo y al cuidado del cuerpo, al tiempo que la vista reposa sobre los tonos blancos y acerados de la estancia. Se oye una música suave, y sobre el gran espejo que preside la habitación, se ilumina una pantalla de ordenador, incorporada al mueble, que comienza a informar a nuestro hombre sobre los avatares del mercado bursátil y sobre su correo pendiente. Ya afeitado, se mete en la ducha de hidromasaje, que ha memorizado hace mucho tiempo las dimensiones de su cuerpo, facilitando que los múltiples chorros de agua impacten con la presión adecuada en los puntos necesarios.
Hay un delicioso aroma a café en la vivienda, y el murmullo de la ciudad, el abigarrado son de tantos seres humanos, de tantas historias de vida y de muerte entremezcladas, lucha por vencer al aislamiento del edificio para así penetrar en su fría calma interior, sin conseguirlo. La cafetera automática, programada la noche anterior, ya está en silencio, y el hombre comienza a ojear las noticias de la prensa escrita en la enorme televisión del salón comedor, conectada a internet. Habrá que abrigarse, parece; el viento del norte ataca de nuevo; será cuestión de elevar ligeramente la temperatura de la calefacción…
…un trueno rasga el aire cruel de la mañana, y la lluvia castiga, inmisericorde, las colinas cercanas. Ruge el tigre de colmillos de sable en la lejanía, y el hombre despierta aterrado, empapado de sudor, preso todavía en su reciente sueño. Mira sus manos en busca de todas aquellas imágenes que contemplaba hace escasos minutos; observa a sus congéneres y abre la boca para dirigirles la balbuceante palabra… y se echa a llorar desesperadamente ante el recuerdo imposible del futuro paraíso perdido.

(Relato ganador del Primer Premio del Concurso “La Ciencia y tú”, quinta edición, convocado por el Museo de la Ciencia de Valladolid y el periódico “El Norte de Castilla”, fallado el 9 de abril de 2015).

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Aire (Fantasmas del paraíso, IV)

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Apenas nos separa un delgado cristal y un par de metros de aire limpio, frío y ajeno, y parece como si toda la inmensidad del Gobi se extendiera entre nosotros con su inconmensurable presencia, querida. Hace escasos minutos que has entrado en la calidez de este local, que nos acoge cada noche como si de un útero amigable se tratase, con un suave revoloteo de pestañas, con un coqueto aunque discreto taconeo.

Tu aparición ha logrado, como tú ya sabías, captar la atención de todos los presentes; nunca falla. Las mujeres sisean sus viperinas envidias, su tan femenino despecho ante la hermosura ajena cuando los machos la admiran; nosotros, pobres polillas deslumbradas por tu luz, giramos hacia ti en círculos enloquecidos, sin esperanza y sin mañana, seguros de tu elección y deseosos de ella, tal es el espejismo que nos abrasa, la mentira magnífica que tejen tus ojos y tus piernas.

Te sabes admirada, adorada por sistema, y evitas mis ojos, que te contemplan con avidez, intentando no perder detalle sin llegar a ofenderte. No sé, ni me importa, cómo te llamas ni quién eres; de dónde vienes, a quién conoces y a quién no. Semejantes conocimientos no me hacen falta para enamorarme de ti, tanto más cuanto que sé que la mía es una lucha perdida de antemano, porque no repararás en mí más que para regalarme un sutil pavoneo, un elegante intercambio de miradas que me haga saber que sabes que te observo, y nada más.

Actúas para mí  -eso creo yo, al menos-  desplegando todos tus encantos con una sabia dosificación; alargas tu intervención como mostrándome el espléndido catálogo de mortales delicias que regalarías a tu amante, ese vergel lozano, fresco y sombrío en el que nunca podré recostarme, siempre hambriento de ti.

Y, súbitamente, con la misma rapidez con la que apareciste, decides abandonar la escena. Te incorporas, recoges tu bolso y te colocas, con un gracioso mohín, la pesada y espesa cabellera castaña que enmarca tu hermoso rostro; se acabó. Está claro que nos dejarás, a todos los aspirantes a amarte esta noche, con la miel en los labios. Te vas con un tipo que se me antoja insignificante, sin brillo ni interés alguno… como no podía ser menos, tratándose de otro macho rival.

Me hubiera gustado, amor, hablarte de mis jardines secretos, de mi búsqueda incansable; hubiera querido indagar en tu historia, en tu particular singladura, por saber cómo quererte; me hubiera ahogado felizmente en la prometedora oscuridad de tus negros ojos, luminosos y crueles, contento de mi última victoria, de mi postrer conquista.

Tal vez en otra ocasión, en otro tiempo, en distinto lugar. Quizá el contoneo de tus caderas vuelva a captar mi atención, o tu mirada hechicera repare de nuevo en mi, con distintas intenciones, en ese feliz día. De momento, apuro mi copa y guardo muy dentro un nuevo dolor, el de tu ausencia, bella desconocida. Lo pondré junto a muchas otras penas y esperaré a que el suave bálsamo del olvido borre el contorno de tu figura.

 

Relato finalista en el I Certamen Mundial de Excelencia Literaria MP Literary Edition, fallado en junio de 2015; publicado en la antología de finalistas de dicho concurso, obra incorporada a la Biblioteca de Autores Latinoamericanos.