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El mapa y la brújula

Me guste o no, me pete o deje de petarme, la verdad es que soy una mezcla un tanto anárquica entre lo que se conoce como escritor de brújula y escritor de mapa. Y ello se debe, creo, a que no entiendo la utilidad de la una sin el otro, no veo la razón de ser de un instrumento magnífico y misterioso sin la silenciosa presencia del hermoso paisaje cartográfico sobre el que se proyecta su magia. Semejante manera de pensar encierra no pocos peligros, entre los que destaca el de desequilibrar la balanza que los contiene con desastrosas consecuencias. Pero no adelantemos acontecimientos. Veamos.

Un escritor de mapa es aquel que, previo al momento de atacar la página en blanco, imagina un mapa del derrotero que seguirá la trama de su obra. Sin semejante artilugio, nuestro hombre se perderá irremisiblemente: nadie quiere condenarse en los vericuetos de una historia por la que puede estar deambulando una larga temporada antes de ver el final de la misma.

El mapa habrá de contener un punto de partida y otro de llegada, el inicio de su historia y su desenlace, al tiempo que detalla las incidencias que los hechos relatados imprimirán en el cuerpo de su obra, los giros que el destino impondrá a sus personajes y los capítulos durante los que se desenvolverá la trama.

Como es lógico, el nivel de detalle que luzca el mapa dependerá del propio escritor. Los más inseguros -o los más detallistas- diseñarán mapas repletos de instrucciones y especificaciones para evitar cualquier tipo de riesgo, mientras que otros autores se conformarán con planos mucho más sobrios y esquemáticos, puesto que confían en sus habilidades y experiencia para resolver las dificultades con las que sin duda se toparán.

Por otro lado, el escritor de brújula es quien no necesita tanta seguridad a la hora de ponerse a redactar una novela. Armado tan solo con una idea clara, se lanza a la tarea a pecho descubierto y va desarrollando la peculiar escenografía de su obra a medida que avanza en la creación de esta. Estos últimos suelen ser profesionales ya un tanto curtidos, con una veteranía que les ayuda para moverse con soltura y elegancia por las vicisitudes de la trama evitando al mismo tiempo caer en lagunas o meterse, siguiendo con el símil acuático, en peligrosos charcos argumentales.

Y a pesar de ello, hay muchos escritores noveles que se declaran abiertamente escritores de brújula. Temen, sentados en su mesa de trabajo, que la laboriosa tarea de confeccionar un mapa detallado le quitará frescura a su talento, privará de espontaneidad a su idea principal y, en suma, eliminará de su obra la chispa del genio que todos cuantos nos dedicamos al oficio de escribir perseguimos con denuedo. Olvidan, sin embargo, que las restricciones pueden fomentar la creatividad y acabar por potenciarla, según señala acertadamente la paradoja de la creatividad. El cerebro humano está de sobra capacitado para aceptar riesgos, aceptación que es, por otra parte, la mejor manera de violar amablemente las fronteras de nuestra zona de confort.

Aunque, al fin y a la postre, lo cierto es que la pertenencia a una u otra clase de escritor no tiene, a la hora de la verdad, mayor importancia. Me explico. Hay un ingente volumen de trabajo previo a la labor de escritura pura y dura, sin ningún género de dudas. Y esos escritores noveles que se declaran como apasionados de la brújula lo hacen, en una gran mayoría de casos, porque piensan que así se pueden ahorrar esa labor de preparación, que en ocasiones puede ser algo tediosa. Ni más ni menos, seamos sinceros. Creen ahorrar tiempo cuando en realidad no hacen más que perderlo, hecho que percibirán disgustados cuando ya se hayan puesto en marcha hacia la culminación de la historia que pretenden contar.

Toda esta pomada pertenece a lo que podríamos denominar mística del escritor, a esa cierta imagen mental estereotipada que todos tenemos sobre lo que uno de estos peculiares individuos ha de ser. Sus propios libros, las películas escritas o protagonizadas por ellos mismos, las convenciones sociales: todo ello se conjuga a favor de mantener esa idea preconcebida, que suele ser tan falsa como cualquier otro espejismo similar. De ahí el irresistible magnetismo que tildarse a sí mismos como escritores brújula posee para los recién llegados a este arte.

Tan engañosa como todas las místicas que en el mundo han sido, esta concepción del escritor como sufrido héroe que hace frente a los bloqueos, a las musas esquivas, a sus propios miedos y fantasmas interiores está cargada de impostado dramatismo, necesario, eso sí, para la épica del asunto, tan querida para muchos. Sí, también hay algo de combate contra tales enemigos, a veces desesperado, en la vida de un escritor, pero lo cierto es que la mejor manera de pelear contra semejantes circunstancias consiste en trabajar continuamente, organizarse, planificar y formarse: la escritura es, sin lugar a dudas, un oficio como otro cualquiera, con sus reglas y sus leyes casi inmutables. Harina de otro costal será dominar tales principios hasta elevar la escritura a la categoría de arte, de una delicia para los sentidos o de una imborrable y maravillosa experiencia.

Pero no nos engañemos. Principio y final de la historia deben ser hitos claros en el camino que vamos a emprender, querámoslo o no, como han de serlo la elección de las palabras, el tono y la forma adecuadas, los personajes en liza o el ambiente en el que sus aventuras y desventuras se verifican. Tampoco podremos perder de vista la manera de llegar hasta ese deseado final, siquiera sea contando con unas cuantas indicaciones básicas e imprescindibles. Porque, de no ser así, el ritmo de nuestra producción escrita bajará, y con él la ilusión de la escritura y las ganas de avanzar en la obra; muchos magníficos relatos se quedarán en la cuneta, dormidos para siempre junto con sus autores; otras tantas buenas historias se enfangarán en la turbiedad de sus tramas, desnortadas por la falta de previsión de sus creadores.

De cualquier manera, aún así, a pesar de poner en juego todos los conocimientos que sobre el asunto vamos acumulando con los años, la práctica y el consejo de quienes saben de esto más que nosotros, hay ciertos momentos en nuestro devenir como escritores en los que cuanto nos rodea parece estar en contra de nuestro empeño. No tiene nada de particular, ya lo sé. Es evidente que le ocurre a todas aquellas personas que se ponen frente a la pantalla de un ordenador, o delante de un bloc de notas con un bolígrafo en la mano, o que acarician, con un deleite no exento de temor, una resma de cuartillas de excelente calidad, prestos a hollar la inmaculada y amenazadora blancura del papel con las criaturas de su imaginación.

Y lo cierto es que, en mi caso, semejante situación debería estar más o menos olvidada, por aquello de la relativa facilidad que otorga la también relativa práctica, pero es lo que hay: estoy perfectamente encallado en mi segunda novela y soy incapaz de ver el final con la claridad necesaria como para ponerme a redactarlo. La situación se agrava más, si cabe, por el hecho de que estoy tocando ese instante inolvidable con la punta de los dedos; me falta poquísimo para echarme hacia atrás en mi silla, cruzar las manos detrás de la cabeza y decir aquello de «esto no ha hecho más que empezar; ahora me toca corregir…» De paso, es muy posible que semejante atasco se deba, entre otras cosas, a una falta de datos claros en ese mapa imaginario del que venimos hablando, a un exceso de confianza en la brújula y a ciertas circunstancias personales en mi vida que han desenfocado un tanto el camino a recorrer. Qué le vamos a hacer.

Creo que tengo que abordar temas menos ambiciosos que la redacción de una novela para volver a coger el ritmo de las letras, de las palabras que se agitan en mi interior y que me impulsan a seguir escribiendo. Habrá que insuflar nueva vida en las páginas de mis blogs, me creo; habrá que investigar, sin prisa pero sin pausa, la trama de una nueva novela, cuyo tema distinguiré de entre los muchos que bullen en mi cerebro mientras pelean por hacerse con mi atención. Quizá mi segunda novela, casi acabada, tenga que dormir durante cierto tiempo el sueño inquieto de los nasciturus antes de poder ver la luz del día. Puede que me convenga decirle hasta luego a Carlos Zúñiga, al inspector Barrientos, al Bellota y al Negro Olivares, interrumpiendo de alguna manera la progresión de sus vidas hasta el momento en el que ellos mismos, mis musas, algo de suerte y otra buena ración de trabajo me vuelvan a poner sobre la pista de lo que les vaya a ocurrir en el mundo que para ellos he creado. Que así sea.


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Un pantalón lleno de dinero y un ordenador de cremallera (Propofol, XI)

Hoy es día de pago. La anciana que me cuida, la vieja enfermera que veo continuamente y que no me quiere dar el alta, va a venir enseguida con alguna de sus cochambrosas facturas. Las hace en sucios papelajos cuadriculados, más que arrugados, en los que anota los gastos que voy causando con una letra pequeña, rasguñando el papel con un viejo bolígrafo de tinta azul. Con pulso débil, llena la hoja de trazos finos y alargados como patas de araña.

Pero no hay problema alguno. Aunque mi pareja no puede venir a buscarme, porque no la dejan entrar estos canallas, sí que me envía dinero cada vez que lo preciso. Y me llega de una forma comodísima, directo a mis manos: llevo puesto un pantalón corto de color blanco que me resulta muy agradable para estar tirado en la cama. Cuando me hace falta el belule, no tengo más que meter la mano en el bolsillo derecho de la prenda y frotar un poco su forro con mis dedos para que aparezcan entre ellos unos cuantos billetes de cincuenta euros, de manera que no me falta de nada en mi cautiverio. Puedo pagar las facturas y comprar cuanto me apetezca llegado el caso.

También estoy conectado con el mundo exterior, con la red de redes. Sigo puntualmente las noticias que van sucediendo a mi alrededor, en mi país y en los del resto de la doliente humanidad que respira y se mueve ahí afuera, detrás de las paredes que me separan de la vida. Lo hago mediante un práctico ordenador que no recuerdo de dónde he sacado, pero que funciona a las mil maravillas. Es una simple cremallera de plástico blanco, que aloja en su interior la tecnología informática más avanzada que el dinero puede comprar. A base de tocar en un orden determinado los dientes de la cremallera, pueda acceder a mi correo, a YouTube, a mi ordenador de sobremesa y a un sinfín de videojuegos y películas que hacen menos tediosa mi eterna, imperturbable espera. Busco con angustia noticias sobre el tenebroso capitán de caballería que me ha castrado, sospechando que no se trata más que del tráiler de una película que he confundido con la realidad -sueño que es un sueño dentro de otro sueño-, pero no encuentro datos fehacientes sobre tan espantoso asunto a pesar de mi rápida conexión a internet. Hay momentos en los que me revuelvo desesperadamente en mi cama, en los que peleo por levantarme de ella, por superar las barreras que me impiden caer al suelo. Pero es completamente imposible; no logro ni despegar las piernas del colchón, y si lo consigo, veo las estrellas al golpearlas contra los bordes de mi lecho. Curiosamente, intento en varias ocasiones reservar un taxi, mandárselo a mi chica para que venga a por mí y pagarlo en destino, pero no hay manera humana.

Anoche, gracias a mi flamante ordenador de cremallera, pude ver proyectada sobre la pared  una entrevista que le hacían a John Fitzgerald Kennedy. Durante la Segunda Guerra Mundial, JFK fue capitán de una lancha torpedera, la PT 109, en el área del Pacífico Sur. En el transcurso de un reconocimiento, la lancha fue impactada por un destructor japonés, que la partió en dos y ocasionó una explosión a bordo. La tripulación a su cargo logró nadar hasta una isla y sobrevivir hasta ser rescatada, gracias, entre otras cosas, a su presencia de ánimo. Todo ello le proporcionó una merecida fama sobre la que se sustentaría el posterior desarrollo de su carrera política. Hasta ahí, yo ya tenía todos los datos antes de enfermar, nada nuevo bajo el sol. Pero lo que se decía en la entrevista que yo vi dentro de mi delirio, era que tanto él como sus compañeros habían sobrevivido al ataque japonés y al subsiguiente naufragio ocultándose en el interior de los retretes de la lancha. Allí, la licuefacción (???) les había salvado una y otra vez de morir ahogados, pese a recibir constantemente una lluvia de malintencionados excrementos orientales. Veía aquel despropósito con total claridad y me parecía lógico de toda lógica.

Al día siguiente, ya mucho más fresco y centrado -suponía yo, pobre de mí-, inicié un viaje por Estados Unidos. Hacía en aquel continente un calor espantoso, porque además me encontraba en Tejas o en Arizona, no lo recuerdo bien del todo. Me alojaba en casa de R, una de mis enfermeras favoritas, que me había invitado gentilmente a pasar allí los días que durase mi viaje. Tenía una gran cama ortopédica para mí solo en el centro de una habitación donde se congregaban la familia y los  amigos de mi enfermera. Yo bromeaba con ellos aunque me costaba un imperio poderme  levantar de aquella cama. Y quería hacerlo, quería congregarles a todo para endilgarles un discurso que repasaba sin cesar en mi mente, para prevenir a mis nuevos amigos sobre la inmensa cantidad de hijos de puta peligrosos que deambulaban por las calles de aquella ciudad en la que nos hallábamos. Quería decirles que evitasen el enfrentamiento a toda costa, que huyesen para vivir un día más y poder combatir desde una posición más segura. Les rogaba que reuniesen a sus familias, amigos y allegados para escuchar algo tremendamente importante y útil para proteger sus vidas, pero lo cierto es que no me hacían excesivo caso. Aquello me hacia sufrir horrores y peleaba sin descanso para poder levantarme de aquella cómoda cama sin resultado alguno, al tiempo que pulía una y cien veces las frases que pensaba dirigirles.

Poco después, y sin saber cómo, me encontraba de nuevo en España y en una localidad que me resultaba muy familiar; quizá se tratase de Alcalá de Henares, no lo sé. Estábamos acampados, literalmente acampados, en el comedor de una casa muy grande y llena de gente; era de noche y nos preparábamos para irnos a la cama, porque al día siguiente había que madrugar para hacer no sé que cosa. La vivienda era propiedad de un matrimonio de fisioterapeutas americanos, un tanto frikis y simplones. Las camas de la casa eran regulables, como las de los hospitales, y antes de dormir había que realizar todo tipo de rituales higiénicos que supuestamente nos ayudarían a conciliar el sueño. Eran muy concienzudos en aquella obsesiva tarea y no nos dejaban cerrar los ojos hasta que no habíamos completado las puñeteras rutinas a su entera satisfacción. Conseguí dormirme finalmente, claro está.

Para mi sorpresa, cuando desperté me encontraba en un lindo pueblo de montaña que yo sabía que pertenecía al Tirol, una tierra que siempre me atrajo desde niño, nunca supe el por qué. Ataviado con el típico traje tirolés, subía una cuesta empinada empedrada a base de adoquines, entre un tráfico infernal compuesto por tranvías que por allí subían y bajaban a una velocidad endiablada. Al llegar a la parte superior del repecho, encontré una hermosa librería. Las paredes, revestidas de oscura madera, estaban cuajadas de estanterías repletas de libros, de todo tipo de publicaciones. Allí había cuanta literatura e información general pudiera uno desear, así que me entretuve muy ufano hojeando tantísimo volumen interesante como tenía a mi alcance.

En aquel momento, apareció en la tienda mi amiga Mb, a la que hacía muchísimos años que no veía. Charlamos animadamente tras los saludos de rigor y me invitó a pasar unos días en la casa que tenía -que aún tiene- en el pueblo donde yo la conocí.

Dicho y hecho; desanduvimos lo andado, bajamos la pronunciada pendiente esquivando tranvías, y casi en el mismo momento, aparecimos en su casa. No era tal y como yo la recordaba y había allí otro antiguo amigo al que perdí la pista hace más de veinte años, mi querido E. De pronto, me encontré acostado dentro de un saco de dormir en el suelo del comedor de aquella casa, con un chaleco lleno de cables y una fina almohada bajo la cabeza, mientras mi amiga me abroncaba una y otra vez por mi desobediencia, que no hacía más que poner en peligro mi salud y someter a dura prueba su paciencia de buena samaritana para conmigo. Por las ventanas de la casa, podía contemplar el oscuro cielo estrellado de una fría madrugada invernal. Se escuchaban perfectamente los ruidos que procedían de la cercana carretera y los crujidos de la nieve que cubría el paisaje por completo. La sencilla decoración del interior del chalet, que yo ya conocía, había cambiado radicalmente. Escaleras con pasamanos de madera ocupaban todo el espacio interior, comunicándose las unas con las otras a través de pequeños rellanos en una suerte de laberinto enloquecido. Súbitamente, me quedaba solo y volvía a soñar con aquella última escena punto por punto, con una angustiosa exactitud. Cuando ya no podía más, se abría una puerta que no había advertido y penetraban en la casa un hombre y una mujer con batas blancas, que me llevaban de nuevo a mi cama de siempre musitándome palabras de ánimo.

Todavía me esperaba, agazapado entre las tinieblas de mis enloquecidos delirios, un gánsgter dominicano al que tendría que convencer para que no me matase por culpa de mi archienemiga, la cruel M…

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El Negro Olivares, Ricaldito y un piso en el centro.

13 de junio de 2018

Desde el día 21 de febrero pasado no he vuelto a contaros nada más sobre la azarosa vida de Carlos Zúñiga, el personaje central de la obra en la que estoy trabajando. Es lógico: Carlos se ha visto arrastrado -como quien esto escribe- por el vértigo que desencadenó en mi despacho y en mi vida la publicación de mi primera novela, «Jinetes en la niebla». Ahora que las aguas parecen volver a su cauce, dejando sitio para otros proyectos, es la hora de seguir los pasos de este atípico portero de local de copas.

Merced a la colaboración del Negro Olivares y de uno de sus acólitos, Ricaldito, Zúñiga descubre dónde se oculta un personaje de crucial importancia en el desarrollo posterior de la novela, y se pone de inmediato en acción. Las circunstancias mandan y necesariamente tendrá que volver a contar con un antiguo amigo a quien ya conocemos, el policía Martín Barrientos, para poder aprovechar la vital información a la que accede. Pero nadie sabe cómo reaccionará Barrientos ante semejante petición; mucho menos el mismo Carlos.

La amenazadora presencia de un temible enemigo comienza a perfilarse en la agobiante atmósfera de un verano tórrido. Nuevos personajes aparecen en la trama, haciéndola algo más compleja y elaborada. Nuevos ambientes y localizaciones novedosas, con la ciudad como protagonista, como omnipresente telón de fondo: una criatura que vive y respira junto a las azules aguas del Mare Nostrum.

Creo que la novela va tomando velocidad en su desarrollo; como se dice ahora en el colegio, «progresa adecuadamente». Veremos, poco a poco, si la escaleta y las intenciones iniciales al empezar a escribir la obra valen para algo o no son más que simple papel mojado… los personajes siempre acaban por imponer su ley.

 

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Feria del Libro 2018

De acuerdo a lo programado, ayer tuve el placer de asistir a la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de mi novela «Jinetes en la niebla». La firma fue posible por gentileza de mis queridos amigos de la Librería Reno, María Teresa de Pablo -casi, casi la librera con más años de ejercicio profesional de Madrid- y sus hijos Manuel y Marisa Somoza de Pablo, los perfectos anfitriones. No dejaron de agasajarme ni un momento con cariño, frutos secos, té y atenciones de todo tipo, de manera que las dos horas y media largas que anduve por allí se pasaron volando. Incluso el el tiempo nos acompañó: contra pronostico, hizo una tarde preciosa y la temida lluvia no hizo su aparición.

A mi izquierda, y firmando libros como una máquina, mi amigo Miguel Rubio Aguilera, que promocionaba así su cuarta novela, «Tierra en la garganta». Lleva camino de ser otro éxito como sus tres textos anteriores, y le deseo desde luego que su última obra bata todos los récords. Un abrazo fuerte, maestro.

Me defendí con mucha dignidad, creo, y firmé libros tanto para los numerosos amigos que se quedaron sin la obra el día de su presentación como para un grupo de personas desconocidas para mí que tuvieron la amabilidad de escucharme y confiar en mi creación. Sin duda, es la magia poderosa de las palabras, que le sonríe a un autor novel como yo. Espero los comentarios de todos ellos, porque les incluí bajo la firma mi dirección de correo, puesto que un autor debe escuchar a su público si desea fortalecer y mejorar su voz. Desde aquí, un abrazo y mi agradecimiento.

En fin, seguimos adelante con la promoción de «Jinetes en la niebla». Tan solo espero que vaya calando entre mis numerosos lectores y amigos y que su lectura les resulte tan gratificante como a mí me resultó escribirla y ahora promocionarla.

Más noticias en breve sobre mis andanzas. Muchas gracias. Os quiero.

 

 

 

 

 

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Días de radio

 

 

 

Hoy he estado en Onda Fuenlabrada, por gentileza de Entrelíneas Editores, para una entrevista de radio. Allí nos encontrábamos Carmelo y María Eugenia, mis editores; Manuel Espejo, poeta, y su mujer, y este servidor de ustedes, solos ante el peligro. Bueno, de solos nada; por mejor decir, acompañados por la encantadora Montse G. Bobis, maestra de ceremonias en este espacio de radio. Ha sido un rato agradable y me he sentido muy cómodo durante la entrevista, gracias sin duda a la simpatía de Montse y a la buena compañía en la que me hallaba. A continuación, ha entrevistado a Manuel Espejo, brillante poeta cuya obra también editan Carmelo y María Eugenia.

Como podéis ver, sigo acumulando interesantes vivencias a diario, mientras prosigo con la labor de promoción de mi novela. Días intensos que te hacen respirar a pleno pulmón. Os dejo un par de imágenes y el enlace a la entrevista, que podéis ver y escuchar a la vez. Eso sí, no me llamo «González» y en la novela no hay «burro», sino «barro». Las cosas del directo directísimo…

 

Novela histórica en nuestra sección de Entrelíneas Editores

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Feria del Libro de Fuenlabrada

Ayer fue un día curioso y divertido, uno mas con personalidad propia en este periplo que he iniciado en el peculiar universo de la escritura. Convocado por Carmelo Segura Martínez, de Entrelíneas Editores, acudí a la cita en la Feria del Libro de Fuenlabrada. Este evento, que pasa por ser el segundo más antiguo de España, reúne a un buen número de profesionales del sector y ofrece, además de novedades editoriales y encuentros con los autores, una amplia variedad de actividades relacionadas con el mundo del libro.

Coincidí allí con un nutrido grupo de escritores cuyas obras, de todos los géneros, editan Carmelo y Eugenia. Tras un acto de presentación de nuestras novedades, acompañados por el primer teniente de alcalde de la localidad, Isidoro Ortega López -también escritor- y por la concejala de cultura, Maribel Barrientos, estuvimos hasta la hora del cierre en la caseta de la editorial para firmar nuestras obras. Bueno, no se dio mal…;)

En resumen, una mañana para recordar y una etapa más en mi personal andadura. Gracias desde aquí a mis editores por haberlo hecho posible. Y ahora, a por la Feria del Libro de Madrid.

 

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Reseña de «Jinetes en la niebla», por María Fidalgo Casares

 

Hay ocasiones en la vida francamente emocionantes. Hay momentos impagables que todo ser humano debería vivir por la sensación de plenitud y de felicidad que aportan. Yo tengo la gran fortuna, ahora mismo, de disfrutar de uno de esos instantes, cuando una persona tan conocida y valorada como María Fidalgo Casares expresa su agrado por mi modesto trabajo. Muchas gracias, María, a ti y a todos los seguidores y amigos que me han hecho patente su cariño durante estos días frenéticos, que culminarán el próximo 17 de mayo. Allá va eso…

 

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Y llegó el gran día.

17-05-2018 Presentacion de el libro Jinetes en la niebla de Mariano Gómez Garcia foto ANTONIO QUINTERO

Siempre digo que soy un hombre afortunado y vive Dios que así es, por muchos y muy diversos motivos. Ayer fue un día inolvidable, mágico, lleno de alegría y de reencuentros, una jornada que dejó en mí un recuerdo que me acompañará hasta el final de mi singladura.

Claro, no podía ser de otro modo. Más de cien amigos, cuya amistad tuve el privilegio de conquistar en distintas épocas de mi vida y aún conservo, tuvieron la gentileza de acompañarme en la presentación de mi primera novela, «Jinetes en la niebla», regalándome su presencia y prestando amable atención a lo que yo tenía que contarles. Tan solo lamento no poder haberles atendido a todos con el cariño que yo hubiera deseado, pero este tipo de eventos son terriblemente vertiginosos y te arrastran a su antojo aunque te resistas a ello.

Carmelo Segura, mi editor y propietario de Entrelineas Editores, que ofició como maestro de ceremonias; su esposa María Eugenia González, atenta a las ventas del libro; mi nuevo amigo Miguel Rubio Aguilera, escritor ya consagrado que se prestó generosamente a presentar a un recién llegado como yo; mi querida amiga Marisa Somoza, de Librería Reno («los libros más güenos», Güiti 😀); Luis Rodríguez Escudero, mi amigo Fu, de Widevents Company, a cargo de la retransmisión del evento; Vicente Cintero, director comercial de la Casa de la Comunitat Valenciana, que cedió amablemente la sala donde nos reunimos; Juan José Rodríguez Méndez, «Kiva Rodmen», otra amistad impagable, autor de las ilustraciones interiores de la obra; Rodrigo Pérez Castaño, fotógrafo profesional y autor de la foto de la solapa, y, cómo no, Javier y Maríví Amírola Martínez, mis imprescindibles Amírolas, de «Échate Flores», que llenaron de color y de buenos deseos nuestra mesa con un elegantísimo centro de flores. A todos, un abrazo emocionado y mi agradecimiento, de corazón.

Y a vosotros, mis amigos y desde ahora lectores, mil gracias por vuestro cariño y apoyo incondicional. Espero, por favor, vuestros comentarios, sugerencias y críticas por wassap, correo o cualquier otro medio que esté a vuestro alcance: es la única forma de mejorar, la manera de alcanzar la excelencia. Prometo volver a daros la brasa muy en breve con las criaturas de mi imaginación y, antes de nada, procuraros un ejemplar de «Jinetes en la niebla» debidamente dedicado a todos cuantos no pudisteis adquirirlo ayer, que fuisteis muchos.

En fin, creo que resulta difícil de creer que hace muy poco tiempo estuviese agonizando en la cama de un hospital, pero así es la vida porque así lo quiere Fortuna, y no existe humano alguno capaz de enmendarle la plana a tan poderosa dama.
Sin duda alguna, soy un hombre afortunado.

Un abrazo muy fuerte para todos y un millón de gracias. Os quiero.