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Probando, probando…

Os dejo junto a estas líneas una grabación en audio con un segmento de mi novela “Jinetes en la niebla” locutado por mí. Ya me contaréis qué tal suena y si os gusta.

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El dragón negro (Propofol, X)

“!No estoy loco¡ Simplemente, mi realidad es diferente a la tuya.”

Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas.

Lewis Carroll, 1865

Dentro del tapiz japonés en el que me encuentro, apenas sopla el viento. Estoy de pie al borde de un acantilado, vestido con ese deleznable pijama propio de todos los hospitales del mundo y tapado con una ligera bata, más que nada por aquello del pudor. Pese a mi ya larga estancia en el hospital, todavía conservo un poco de este. Me han subido hasta esta cumbre en una silla de ruedas, pero me he incorporado por mis propios medios nada más llegar aquí.

Frente a mi, hay una consola negra y plateada, llena de botones y de palancas. Con ella, puedo manejar a mi antojo a un hermoso dragón oriental que está posado en el fondo de un barranco, inmóvil, a la espera de mis órdenes. Claro que, para hacérselas llegar, ha sido necesario colocarme un delicado implante cerebral que no todas las meninges  -ni todos los bolsillos-  son capaces de soportar, implante que me permitirá conectarme de manera inalámbrica con la consola.

Lo llamativo del asunto es que el dragón no es una máquina. Es un bellísimo ser vivo, todo él plumas, garras y escamas de un brillante color negro, con ojos que despiden un fuego azulado y una enorme boca por la que asoman desmesurados colmillos y una larga lengua bífida. Agita su soberbia cabeza cornuda, me mira y ruge, y siento que quiere que le haga volar, llenar el cielo vegetal del tapiz con elaboradas piruetas de hermosos colores.

Y así lo hago. Con solo invocarle, con solo desear que conquiste el aire, el dragón despega con la velocidad del rayo y comienza a girar, a realizar peligrosos picados, a retorcer su cuerpo de reptil mágico sobre sí mismo mientras se entrega con feroz alegría a vistosas maniobras. Se lanza a toda velocidad por entre los esquemáticos árboles con que los orientales adornan sus tapices, árboles cuyas ramas no se mueven al paso del animal, y hace vuelos rasantes sobre los acantilados y entre las nubes azules. por encima del paisaje que se revela al espectador en suaves tonos pastel. Disfruto del magnífico espectáculo al tiempo que una doctora que no conozco aparece a mi lado y comienza a examinarme, para acabar dictaminando que me encuentro perfectamente y que puedo seguir manejando mi maravillosa mascota sin peligro alguno y con el único y poderoso impulso de mi voluntad.

He llegado hasta esta cumbre por mediación de L, uno de mis médicos, que ha tenido la deferencia de invitarme a gozar de esta experiencia, muy cara y muy arriesgada para el cerebro del sujeto. Además de sus tareas como médico, dirige una empresa dentro del mismo hospital en el que me están tratando, en compañía de otros dos o tres colegas a los que luego me referiré. A base de extraer algo de sangre de quienes demandan sus servicios, son capaces de cocinar, por así decirlo, unos peculiares huevos que contienen extrañas y asombrosas criaturas. Cuando los huevos eclosionan y los seres maduran, cada cliente es el orgulloso dueño de uno de estos formidables animales, siempre distintos entre sí, seres únicos y espectaculares. Es un proceso complejo e inexplicable, un método que hibrida la ingeniería genética con la informática de alto nivel, en escrupuloso seguimiento de la descabellada lógica de mi sueño.

He contemplado cómo me extraían sangre, he visto la gran bandeja donde se depositaban las muestras para su tratamiento, he visto salir del huevo a mi dragón. Ha sido una sensación muy emocionante y he podido vivir momentos alegres, alejados de mi penar cotidiano, tirado en la cama del sanatorio. O eso creo yo.

Pero todo tiene un precio en la vida, incluso cuando tu existencia transcurre entre las etéreas fronteras de un sueño sin principio ni final. Los socios de L quieren algo de mi. Parece ser que mi sangre contiene cierta sustancia muy valiosa, y en cuanto me despisto, me insertan un aparato que la drena, todo ello sin mi consentimiento. Son varios médicos, tíos y tías, que me resultan prepotentes y soberbios, que me ignoran olímpicamente como no sea para hacerme una putada tras otra. Volveremos a ellos en otra ocasión.

 Al darme cuenta, protesto y monto en cólera; me quejo a medio hospital y la dirección me promete que semejante desatino no volverá a repetirse, pero yo ya tengo la mosca detrás de la oreja. A partir de ese momento, y con sospechosa frecuencia, esa banda de desalmados me robará sangre cada vez que se lo proponga; tan es así, que me toca buscar ayuda profesional y pedirle a un familiar mío que es abogado que advierta muy seriamente a esta banda de adictos a mi sangre de las consecuencias legales de sus actos. Pero nada les detiene; en cuanto bajo la guardia, cometen sus tropelías conmigo. Supongo, claro está, que en la realidad estos traficantes de fluidos no son más que mis enfermeros extrayéndome sangre para las analíticas a las que me someten casi a diario, pero en mi delirio no es esa la explicación. En esas estamos cuando L viene a visitarme, ocasión que aprovecho para pedirle explicaciones sobre la conducta de sus amigos. Lo hago lleno de ira, y en determinado momento intento golpearle con todas mis ganas, aunque sin conseguirlo. Nunca sabré, ya despierto, si efectivamente le lancé o no un soberbio puñetazo… aunque me temo que lo hice, por fortuna sin consecuencias.

Y para más inri, un poco más tarde un examen médico detecta un nuevo problema. Parece ser que otro dragón se me ha quedado atascado en el estómago sin que nadie sepa cómo ni por qué ha ido a parar ahí, pero lo cierto es que hay que intervenir para sacarlo de inmediato. Me preparan con rapidez y deciden bajarme a uno de los muchos quirófanos que hay en el hospital. Voy tumbado en una camilla y veo pasar a toda velocidad las luces del techo; siento el aire fresco en la cara y oigo el rumor de la conversación de muchas personas; mis camilleros van pidiendo paso sin dejar de conducirme velozmente hacia mi destino. Tengo un calor tremendo y la sensación de ir arropado en exceso; cuando despierte, no llegaré a saber si este paseo por el hospital fue auténtico; lo cierto es que en el sueño parecía del todo real.

Ya en la sala adecuada veo mi propio interior a través de un tubo especial: pues sí, ahí está el dragón, enroscado sobre sí mismo, asustado y deseoso de escapar a cualquier precio. La boca me sabe a sus plumas, por extraño que pueda parecer. Para solucionar el problema, me conectan a un ordenador que supuestamente reconstruirá, marcha atrás, los últimos días de mi vida pasada hasta localizar el momento en el que el fallo informático provocó que el dragón entrase en mi interior. Hallado ese momento, se reescribe el archivo que contiene esos datos y aquí no ha pasado nada: por supuesto, surrealista al mil por mil, pero así son los sueños. Como si pudiera uno someterse a voluntad a un disparatado key logging para poder reconstruir toda su vida, enmendar errores pasados, aprender cosas nuevas y maravillosas sin apenas esfuerzo… ojalá las cosas fueran así la mayoría de las veces. Bien, el dragón ya va desapareciendo de mis entrañas. Me presentan a más personal de la empresa de L, que también trabaja fabricando diversiones genético-informáticas para los niños que están ingresados en el hospital: auténticos payasos vestidos con escandalosos trajes de colores, caramelos y globos gigantescos que estallan, rellenos de chuches; grandes perritos y gatitos, pájaros de enormes alas que hacen las delicias de los pobres enfermitos, al paso que hacen ganar una fortuna a sus creadores.

Pero para enredar más las cosas, mientras me liberan de mi dragón, proceso lento y trabajoso, aparecen por el mismo quirófano mis tíos carnales J y M, junto con gran parte de sus numerosos hijos, todos varones. Resulta ser que una de sus nueras se ha convertido al Islam, y detrás de ella ha ido mi tía, a pesar de que su marido no aprueba del todo su decisión. He de decir que en la vida real ambos son católicos acendrados, por lo que incluso dentro de mi sueño recuerdo haberme sorprendido mucho viendo aquello. Y para celebrar 50 años de matrimonio, les están rodando una pequeña película de su vida, puesto que así lo exige su nueva fe. El meollo del asunto radica en que hay que filmarla siguiendo un orden estrictísimo de acontecimientos, orden prescrito por su religión, y que si se produce algún fallo en la secuencia temporal de la película, hay que recomenzarla tantas veces como sea necesario. Resulta ser que la intervención a la que me están sometiendo ha interrumpido el delicado proceso, con las consecuencias que acabo de describir. Y cuentan conmigo y con mi potente cerebro para examinar minuciosamente la película y descubrir dónde está el error.

Así que aún tardo eones en volver a mi cama. Repasar escena por escena el filme de mis tíos es una tarea larga, tediosa y aburrida, para la que me están sujetando la cabeza de lado contra la almohada en una postura francamente incómoda, porque además no dejan de pedirme que no mueva ni un músculo. Siento un calor espantoso, y después de lo que se me antojan horas, conseguimos dar con el error en la trama de su relato y corregirlo, así que todo el mundo contento. Uno de mis primos, no recuerdo cual, me presenta a su mujer, la musulmana, que además tira con arco: en fin, el cóctel no puede ser más desquiciante, ciertamente. Y hablando de cócteles, mi primo me invita a un gin tonic helado que acaba de preparar con una curiosa botella de ginebra premium que tiene la forma de un pellejo de vino. Estamos rodeados de sabrosas viandas por todas partes, porque están preparándose para celebrar una gran fiesta en honor de mis tíos, ahora que han conseguido acabar el rodaje de la dichosa película.

El gin tonic me sabe a gloria bendita y acabo por quedarme dormido en el mismo quirófano en el que han acabado con el dragón intruso. Apenas me despierto cuando me llevan de nuevo hacia mi habitación; estoy completamente relajado y me hundo con suavidad en la tiniebla de un sueño sin sueños.

Poco después, intentarán secuestrarme a toda costa…

 

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Chispas en el techo (Propofol, IX)

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“¿Y sabe el peregrino, por ventura, en qué recodo del camino le espera la sepultura?”

Anónimo, España, siglo XVI

La habitación en la que me hallo está decorada con suaves tonos, todos ellos basados en un cálido color crema. Me encuentro acostado en una cama que reposa solo sobre dos grandes patas redondas, colocadas bajo su colchón y centradas a lo largo del mismo. Oigo el lento zumbido de un ventilador que hay sobre mi. Sus blancas aspas giran despacio mientras me refrescan el rostro sudoroso, la frente empapada. A mi izquierda, el ventanal de siempre; hoy, una luz amarillenta y verdosa entra enfermiza a través del cristal. En la otra orilla del cenagoso río que sé que discurre junto a mi prisión, algunos grandes y amenazadores edificios en sombras parecen contemplar la escena que se desarrolla a mi alrededor.

Algunos médicos cuchichean entre sí mientras me observan. Tanta conversación a hurtadillas me da muy mala espina, no puede referirse a nada bueno. Acaban de desconectar un aparato enorme, plagado de lentes y de agujas, con el que han estado examinándome. Y han llegado a una conclusión clarísima: me estoy muriendo. Me muero a chorros, sin remisión alguna.

Llamo a las enfermeras y les digo que avisen rápidamente a mi familia, a mis seres queridos; no me aterra morir, sino la posibilidad de no poder despedirme de ellos. No quiero adentrarme en un territorio que parezco estar empezando a conocer demasiado bien sin abrazarles con las pocas fuerzas que me quedan, sin decirles cuantísimo les amo, lo afortunado que me siento por haber compartido mi vida con ellos.

La enfermera, que es hija de mi amigo PM -a quien hace años que no veo en el mundo real y con quien volveré a soñar en breve- me mira un tanto displicente y no hace gesto alguno que me indique que va a darle curso a mi petición. Le insisto una vez más, le ruego por lo que más quiera que llame a mi pareja, a mi madre, a mis hijos y a mi hermano. Nada de nada; me contesta que todavía es pronto, aunque yo sé que me queda muy poca vida por delante. No sé cómo calcularán el tiempo que reste antes de mi fallecimiento, pero creo que es cuestión de minutos tan solo. Porque en este enloquecido entorno, alguien sabe exactamente en qué momento dejaré de existir, aunque no revela ese dato.

Repentinamente, me encuentro en el interior de un bar típico de cualquier pueblo español. Pintadas sus paredes de color burdeos claro, las sillas y mesas son de formica que imita a madera; sus esquinas están desportilladas por el uso y las supuestas vetas de la falsa madera se han borrado bajo el roce de innumerables generaciones de manos, de vasos y de brazos. Estoy subido a un taburete  -no alcanzo a comprender cómo soy capaz de mantenerme en él sin irme de cabeza al suelo-  y recuesto la espalda contra el borde de la barra, una madera gruesa y redondeada pintada a brochazo limpio en el mismo tono que las paredes. Miro hacia la entrada del local y percibo que se encuentra lleno de personas a las que conozco: mi familia, mis amigos, compañeros de carrera y de afición,  personajes imaginarios con cuyas aventuras alguna vez disfruté, un par de médicos y dos o tres enfermeras. El bar se alza en una casa edificada sobre una cima erguida junto a un alto precipicio; por una de sus ventanas, acierto a ver las paredes inmensas de la gigantesca montaña que tenemos enfrente. Me recuerda mucho al Gran Capitán, la colosal pared de piedra del Parque Nacional del Yosemite, en California, Estados Unidos.

Todos ellos me observan en silencio, porque esperan el desenlace de un momento a otro. A mi lado, la hija de PM, que me mira muy tranquila, aunque angustiada de verdad, como si estuviera segura de que va a producirse alguna novedad en cualquier instante. Y justo frente a mi, mi pareja me mira con infinita tristeza, cogida de la mano de su hermano Javier. Tiene el pelo rubio, como cuando la conocí, y va vestida con un traje de tonos morados que me gustaba mucho. Me horroriza dejarla sola, pero no puedo hacer nada más, no puedo resistirme al frío abrazo que me lleva persiguiendo ya tanto tiempo. Tira de mi con una fuerza tremenda; ha hecho presa, ha clavado los dientes en mi vida y no parece dispuesto a dejarme escapar.

Sobre mi, en el techo del local, que no es demasiado elevado, hay una especie de chivato de alarma, similar a los extintores que pueden verse en multitud de establecimientos. La mujer de PM, que también resulta ser enfermera  -por supuesto, no lo será cuando yo despierte-, se acerca a mi y me comenta compungida que si la medicación que tiene en la mano no consigue que yo recupere mi ritmo respiratorio normal, ya no habrá nada que hacer. Me inyecta aquella sustancia y me dice que mire fijamente la alarma del techo: tengo que concentrarme en respirar para poder conseguir que despida pequeñas chispas eléctricas. Si las veo, la cosa va por buen camino, si no… Ahora creo que, en realidad, las chispas no eran más que las burbujas que despedían los aerosoles que me aplicaban para mejorar mi respiración y que chasqueaban malolientes junto a mi boca, pero lo cierto es que esta afirmación es más bien fruto de la reflexión posterior al sueño que de una certidumbre total.

Oigo bullir en el piso de arriba a uno de mis enfermeros, cuyo nombre no acabo de recordar. Solamente se que es bastante joven, que es un imbécil y que me resulta francamente antipático; no es un hombre que trabaje con los enfermos por vocación. No pretende más que  ganarse la vida de un modo relativamente cómodo, y eso se nota a la perfección en su trato: no hay ni pizca de cariño en él, es un gañán que vive y trabaja asustado, a la defensiva; se trata de aliviar el tango cuanto antes, de rellenar el expediente y de poner el cazo a fin de mes, poca cosa más. Está vestido con una estrafalaria túnica negra llena de estrellas de plata y se toca con un cucurucho de idéntica factura: es lo más parecido que he visto en mi vida a un lastimoso fantoche de esos a los que la insoportable vulgaridad del Halloween nos tiene acostumbrados de unos años a esta parte.

Pero la cosa carece completamente de gracia. Está esperando mi muerte y rogándole de rodillas a una extraña deidad cuyo nombre es Gatofierobrujobrujo (un espantoso personaje de los cuentos de mi infancia, grotesco y ridículo) que me lleve a los infiernos con él. Está convencido de que voy a morir en breve y hace lo posible porque acabe pasando la eternidad en tan horrenda compañía. Ignoro por qué me desea tanto mal, a no ser que la ojeriza que le tengo sea mutua. Recita una letanía que no recuerdo; su sonido asemeja una plegaria, un ruego a los dioses oscuros del otro lado, a los que veo sonreír con dientes de brillante acero.

Como me siento al borde de la muerte con total claridad, le pido a la hija de mi amigo un último deseo, que estoy convencido de que me va a conceder: quiero beberme un refresco de cola, porque tengo la boca sequísima, tal es el miedo que siento. La enfermera sale disparada para cumplir con mi encargo. En la vida real, llevo tres meses de ayuno absoluto: no he comido ni bebido sustancia alguna. Todos los alimentos que me dan la fuerza para continuar han sido sustituidos por productos médicos y farmacológicos ad hoc, y el líquido que ingiero es suero intravenoso, ni más ni menos. Supongo que de ahí viene una última petición tan poco solemne e incongruente como la que acabo de relatar.

En ese momento, me veo en el tanatorio del hospital donde me encuentro. Es un lugar muy brillante y limpio, con infinidad de salas abarrotadas de personas que vienen a despedirse de sus difuntos, a velarles por última vez. Veo gentes de todas las razas y credos; hay niños que corretean por allí y abuelas que charlan como solamente pueden hacerlo las personas de avanzada edad en semejantes circunstancias, cuando el instinto de defensa se superpone a la pena y a los roles sociales. Vuelvo a llamar a mi enfermera; necesito que se de prisa, mi fin es inminente. Están empezando a preparar mi velatorio, lo veo con meridiana claridad, no me lo pueden negar.

Respiro con toda mi alma, a pleno pulmón. Respiro llenándome completamente de aire  y a cada bocanada que exhalo fijo mi atención en la alarma del techo, mientras intento distinguir las chispitas de las que me hablaba la mujer de mi amigo. Al principio, y para mi desesperación, no consigo ver ni una; poco a poco, al tiempo que mi falsa enfermera me da ánimos y me ruega que no me rinda, empiezan a saltar las anheladas chispas, cada vez en mayor número, cada vez más brillantes e intensas.

Aparece por allí L, uno de mis médicos, siempre amable y cariñoso.

-¿Cómo vamos, Mariano?  -me pregunta el galeno.

-Pues, hombre, L, te puedes figurar  -le contesto, un tanto sorprendido por la estupidez de la pregunta-  estoy muriéndome, así que hazte una idea…

Se me queda mirando fijamente, parado en seco. Coge el sobado informe que cuelga de los pies de mi cama  -en la realidad no hay informe alguno-  y lo repasa con atención durante unos minutos que se me antojan horas, muy concentrado en lo que está leyendo. Al cabo, deja que el informe vuelva a colgar de su cordón y me mira de nuevo.

-¿Se puede saber quién le ha dicho a usted semejante barbaridad? No solo no se está muriendo, sino que está mejorando a toda velocidad. Muy en breve, a casa  -me espeta, sonriendo de oreja a oreja.

El alivio que siento no se puede describir con palabras. En ese instante entiendo por qué mi enfermera no quería avisar a mi familia; ella tenía claro que yo no iba a fallecer. Aparece con mi refresco de cola en la mano y se da la vuelta a toda velocidad, muy enfadada; se diría que mi falta de fe la ha molestado, porque no vuelvo a verla más. En el piso de arriba, el enfermero está lleno de ira: su dios no ha conseguido arrastrarme con él; dice algo así como : “!Se ha vuelto a escapar, no me lo puedo creer!”, y la enfermera que me inyectó la medicación sonríe y me abraza estrechamente.

-Sigues aquí, Mariano; lo has conseguido, ¡qué fuerte eres, amigo!  – grita, y la sonrisa le baña el lindo rostro.

Me relajo por completo. He conseguido pasar la crisis, al menos en esta ocasión. Lo curioso del caso es que tendré este mismo sueño, con muy ligeras variantes, dos o tres veces más… es decir, un número similar al de los momentos en los que mi vida corrió gravísimo peligro, según supe más tarde.

Comienzo a sumirme en un agradable olvido, en una nada blanca y algodonosa que me envuelve por completo. Las luces de mi habitación se apagan muy poco a poco; oigo hablar a mi pareja y a mi madre, pero no entiendo lo que están diciendo. A pesar de estar dormido, o casi, me encuentro alegre y animado: he vuelto a esquivar a la dama oscura, aunque noto en las entrañas que me quedan todavía varios combates atroces que librar.

Un dragón de color naranja me esperará, muy en breve, en el borde de un acantilado. Es un regalo para mi, pero todo tiene un precio en la vida…

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Banana Split (Propofol, VIII)


 

“Confiad en los sueños porque ellos se esconde la puerta de la eternidad.”

Khalil Gibran

Mi cama es enorme, con un colchón grande y cómodo que parece forrado de cuero blanco, muy suave. La cabecera y los pies, perfectamente cromados, destellan con suavidad en la penumbra de mi cuarto.

A mi izquierda, un gran ventanal me muestra un paisaje urbano estilo Fall Out, del todo post apocalíptico. Un cielo cárdeno y oscuro revienta de vez en cuando en tremendos relámpagos, que abren el vientre de las sucias nubes como blancas navajas de afeitar. Los edificios que puedo ver al otro lado del río que discurre en las proximidades de mi encierro, tienen un color pardo, apagado y herrumbroso. Se caen a pedazos, hastiados de su propia vejez; son ruinas, son objetos sin futuro alguno, sin redención posible, un poco como soy yo. Una lluvia continua y machacona, supongo que también ácida, desliza sus dedos lamigosos por los cristales de la ventana e intercambia algo de su suciedad con la que hay en estos. Es de noche, siempre lo es. No hay ser alguno por la calle, nada ni nadie se mueve.

Frente a mí puedo contemplar una barra de bar tipo años veinte, inequívocamente americana. Sus perfiles redondeados, su cromo y su formica limpia y reluciente; su fuente de soda, sus boles con chuches de la época, sus banquetines giratorios, no le falta un detalle. Una joven negra frota vigorosamente los grifos de soda y de cerveza que se yerguen sobre la barra como cisnes de helado cuello, de pico imposible. Huele a limpio y a local recién fregado. Las paredes están pintadas de verde y borgoña y la iluminación se basa igualmente en todos los tonos del verde y del rojo. Es suave, está bien orientada, cuadra a la perfección con el local.

Y a la derecha de la barra, un proyector enorme y moderno. Asombrado, me percato de que lo que proyecta sobre una pared cercana son hologramas muy logrados, impresionantes. Algunos clientes, chavales en la veintena, se aproximan a la máquina y oprimen unos cuantos botones. Con mucha suavidad, los hologramas se interrumpen y veo un listado de películas. Sé que son películas, aunque sus títulos no se corresponden para nada con los nombres de film alguno del mundo real. Las hay para niños y para menos niños; una especie de Libro de la Selva plagado de monos con máscaras de kabuki y de teatro Thai convive con una historia de vampiros punk y algunas marionetas hacen muecas al público desde los grandes carteles que repentinamente han cubierto las paredes del local con posters e imágenes de las películas.

Un par de chicas se acercan a mi; quieren que juegue con ellas en uno de esos disparatados eventos. Porque el misterio del asunto está en representar la película que se elija delante del proyector, que también es un ordenador, todo ello para divertimento de los participantes en la historia y del público que comienza a llenar el local en medio de un curioso silencio. Detrás de los numerosos sofás que hay frente a mí, dispuestos anárquicamente para que los clientes los coloquen a su gusto, se abre una puerta en la pared. Tras ella, hay toda clase de disfraces, pelucas y maquillajes para todas y cada una de las películas que el local ofrece, y a disposición de quienes deseen representarlas.

Lo que en realidad me apetece en ese momento es un banana split. Hace una eternidad que no saboreo uno detenidamente  -lo cierto es que no lo he probado en mi vida-  y echo de menos su cremosidad y su sabor a plátano, aunque la verdad es que me repugna un tanto su pringue excesivo, sus montañas de nata, sus putos colorines descabellados. ¿Por qué lo añoro tanto, por qué me apetece tan urgentemente, cuando ni siquiera sé a qué demonios sabe? Presa de la delirante lógica del sueño,  miro expectante hacia la barra y busco con la vista a R, la enfermera que lleva el local, a ver si se le ocurre invitarme a algo, porque no llevo ni un céntimo encima.

R es regordeta, muy guapa y muy morena. Me recuerda a alguien de la televisión, aunque no tengo muy claro a quién. Conmigo es encantadora y se divierte como una loca tomándome el poco pelo que me queda, aunque yo le sigo el rollo de mil amores. Pero está muy ocupada con sus clientes y no me hace ni puñetero caso. La negra comienza a servir unos batidos de vainilla con un aspecto delicioso y yo sigo a la luna de Valencia, cada vez con más sed. Es sorprendente ver lo bien que funciona este local; está al final de la gran sala de la UCI y tiene salida a la calle también, de manera que allí soy el único enfermo: el resto del numeroso público es gente de la calle. Ellos en sus sofás y yo en mi cama, todos contentos.

Cuando estoy reflexionando sobre si es de dudoso gusto o no eso de tomar helados rodeado de enfermos, aparecen las dos chicas y me entregan un disfraz de gorila y una cuartilla con toda mi intervención; es un monólogo un tanto amenazador que hay que declamar a voz en cuello y con muchos golpes de pecho. Ideal para el estado en el que me encuentro, vamos. Pero el caso es que me apetece salir allí a hacer un rato el chorra. Me apetece mucho.

Veo pasar una actuación tras otra; una película se acaba y otra empieza. Los clientes ríen y aplauden a rabiar; algunos equipos son, como es lógico, mucho mejores que el resto, y cumplen con su representación como si se tratase de profesionales. Otros se atascan, se interrumpen entre sí, pierden partes de sus disfraces o se les derrite el maquillaje; un auténtico desastre. Y yo sigo sin salir a escena. Repaso una y mil veces mi largo parlamento, su entonación, sus pausas y su ritmo; ensayo por enésima vez los gestos que el guión me indica y ardo de impaciencia por acabar con aquello. No hay manera.

Todo aquello va tocando a su fin. Los clientes acaban sus consumiciones, hacen los últimos comentarios y abandonan el local charlando animadamente entre sí. Tan solo cuatro o cinco fanáticos siguen engolfados en la representación de la extraña película ciber punk, aunque ahora sin vampiros. La chica -claro, hay una similar en todas las películas de ese tipo- planea su venganza como la señorita Escarlata, jura no volver a pasar hambre y se queda sentada en la esquina de una calle de Neo Tokyo, angustiosamente llena de luces, de vapor de alcantarilla y de comercios repulsivos, en espera de su héroe y envuelta en inacabables multitudes. Veo pasar a un blade runner que corre frente a mí; dispara a ciegas contra una bella  replicante de grandes tetas que se pierde entre el gentío.

Nadie me ha ofrecido ni el más miserable de los refrescos y las dos chicas se las han apañado para completar su actuación pasando del gorila que las mira atontado desde la cama, con todas sus frases atravesadas en la garganta reseca.

R me desea buenas noches y desaparece lentamente, apagando todas las luces detrás de ella. Veo moverse su lindo culo, que se funde con la oscuridad circundante.

Afuera, sigue lloviendo sin parar. El sonido de la lluvia es lo último que oigo antes de cerrar los ojos para soñar dentro de mi sueño. Y sueño que me muero en dos o tres escenarios distintos, de dos o tres maneras diferentes, y que volveré a soñar con que me muero en esas circunstancias…

 

 

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Perico (Propofol, VII)

cocaína mínimo psicoactivo“Tienes poder en tu mente, no afuera. Se consciente de esto y encontrarás la fuerza.”

Marco Aurelio

Uno de mis enfermeros favoritos, mi amigo J, viene corriendo a buscarme. Me sorprende un tanto verle en mitad de la UCI vestido con un traje verde algo pasado de moda, camisa blanca, corbata a juego con el traje y zapatos negros, pero sin duda es él. Cuesta reconocerle sin su blanco atuendo habitual, aunque ahí está, con su sonrisa de siempre.

– !Vamos, tío¡ !Espabila que esta noche nos vamos de juerga, que ya es hora¡ Las chicas ya se están vistiendo…

Y se frota las manos encantado de la vida. Yo no tengo inconveniente alguno en liarla, la verdad sea dicha; ya estoy más que saturado de tanta cama y de tanta inmovilidad. Cada vez que intento irme a mi casa, uno cualquiera de mis cancerberos, o todos a la vez, me lo impiden me ponga como me ponga. De manera que me visto yo también para la ocasión: jersey de cuello de cisne negro, un traje Armani negro también, un par de cómodos mocasines y un fular al cuello, una de mis muchas manías. Dicho y hecho, ya estoy listo.

Para mi alegría, se nos unen A y R, dos enfermeras. A será mi ángel custodio durante toda mi estancia en la UCI. Ya despierto, gozaré de su cariño y de sus cuidados, y será una de las personas que más se interese por mí. De momento, todavía en coma, me apetece mucho que se apunte a la fiesta. R también es un encanto y no se queda atrás en cuanto a atenciones por mi persona. Todo perfecto, como se verá.

Estoy en Miami. Podía estar en cualquier otro punto del globo, pero no es así. Estoy en Miami, aunque no tengo muy claro qué se nos ha perdido por allí. J comenta que es una ciudad muy divertida y muy adecuada para hacer compras. Veremos.

Hemos llegado durante un caluroso atardecer y las sombras de la noche me sorprenden en lo alto de una colina. Desde allí puedo ver las casas que se extienden a mi alrededor. Una multitud de luces puebla la oscuridad del valle. Oigo los mil y un ruidos propios de una comunidad humana y sé que es viernes por la noche: las calles parecen ríos de neón, tal es la cantidad de coches que veo circular con los faros encendidos.

Hay varios bungalows excavados en la falda de la colina. Como si de un documental se tratase, veo desfilar en imágenes la vida de sus moradores. Están enfrascados en un concurso que parece gozar de mucho predicamento entre los televidentes de aquel estado. El asunto consiste en ir desarrollando una trama, una historia cualquiera que sea invención del concursante. En un determinado momento, se le ordena que pare y que vuelva a empezar. Y el secreto del programa, la clave que le dará al participante fama y fortuna, radica en repetir exactamente igual conversaciones, movimientos, actitudes y miradas hasta llegar al punto en el que se le ha ordenado detenerse. Otro periodo de tiempo para seguir adelante con la historia, complicándolas más,  y una nueva parada: así hasta la saciedad.

Veo de cerca las vidas de algunos de ellos. Hay una negra preciosa que tiene muy claro que ganará pese a quien pese; un tipo blanco, escuchimizado y feo, acaba tiroteando a su pareja porque ha cometido un fallo que le hace perder el concurso; otro de ellos se aleja a toda velocidad en un cochazo cuando se da cuenta de que ha sido descalificado por equivocarse en la última frase… Este carnaval desquiciado sigue durante un buen rato, pero yo ya he tenido bastante.

Nos montamos en un gran coche que conduce J y atacamos el centro de la ciudad con todas las ganas del mundo. Menudean las copas, los canutos y algún que otro tirito. Bailamos con las chicas absolutamente desencajados y la juerga parece no tener final.

Entonces, aparecen mis amigos J y B, una pareja a la que tengo especial cariño. La idea es visitar la mansión de un capo colombiano de la droga, famosa en el mundo entero por su tamaño y por su belleza. No sé cómo ha sido mi amigo J capaz de contactar con semejantes desalmados; ignoro de qué métodos se ha valido para lograr una invitación de ese calibre, pero no parece una oportunidad que se pueda desperdiciar así como así. Al fin y al cabo, aunque no sea Colombia un país que en principio me atraiga demasiado, a buen seguro que la experiencia resulta inolvidable. Solamente hay un requisito imprescindible: que no se nos vean las manos durante todo el viaje. Parece ser que hay cámaras ocultas rodando sin parar por todo el país y las imágenes de las manos de los ciudadanos revelan una gran cantidad de información, mal que les pese a sus dueños. Si los narcos nos ven con las manos fuera de los bolsillos, nos jugamos realmente la vida.

Comenzamos el periplo por los impresionantes valles colombianos. Verdes y feraces, tan lujuriosos como solo aquellos lugares pueden serlo; festoneados de nubes bajas, plenos de campos de café. Yo voy tumbado en un coche descapotable, con la cabeza reposando en el regazo de A. Me tapa el rostro continuamente con una sábana blanca, de manera que tan solo puedo ver parte del paisaje que nos rodea intentando asomarme por debajo. Cada vez que ella se da cuenta de mis intenciones, me vuelve a tapar y me dice que me quede quieto, que tenga cuidado, aunque ignoro el por qué. Mientras, me va pasando algo de droga que me entra en el cuerpo a través de mis lacrimales.

Llegamos a la mansión del capo y comenzamos el paseo. Atravesamos salas inmensas, profusamente adornadas con carísimos objetos, las manos siempre en los bolsillos. Después de cruzar un último salón que parece una inmensa selva virgen, llegamos al despacho del dueño de aquella monstruosidad. Y para mi asombro, me encuentro a la doctora que con tanto desprecio me miraba en el restaurante del japonés, que habla con especial soltura con el gángster sobre precios, dosis y oportunidades de negocio. Maneja una jerga que se me antoja compleja aunque adecuada al asunto a tratar, algo chulesca y malsonante. Una persona como ella no debería conocer tan a fondo semejante idioma; al menso, no es lo que uno espera de una doctora en medicina. Mientras habla, y como el que no quiere la cosa, va probando distintas drogas de las que el mafioso dispone, mostrando un particular cariño al perico, que le empolva la nariz y parte del rostro. J, B y yo contemplamos la escena tranquilamente. El colombiano es un tipo renegrido, con un bigotazo cuyas guías le cuelgan a ambos lados de la boca como oscuras enredaderas. Tiene un rostro desagradable que no inspira ninguna confianza y su mirada es penetrante e incómoda. Sonríe a medias ante la perorata de la doctora y le presta más atención a sus pechos que a la interminable charla de la chica.

Veo libélulas gigantescas, con un cierto brillo metálico, que se mueven por los alrededores. Transportan entre sus patas bolsas de perico y de otras sustancias que no reconozco. Está claro que son las encargadas de hacer funcionar la distribución del producto del siniestro personaje que tengo delante, eso seguro. Viven, claro está, en la jungla que hemos atravesado hace un rato.

Abandonamos el despacho de aquel tipo sin haber llegado a intercambiar ni una sola palabra con él. cosa que no lamento en absoluto. La doctora va hablando sin parar con J y con A, proponiéndoles organizar fiestas para consumir todo el perico que el capo les envíe, haciendo números extraños y afirmando que ganarán una fortuna.

Vuelvo a mi cama sin saber cómo. Aparezco allí como por ensalmo, aunque aún veo a lo lejos las luces del valle de Miami que hace un rato largo he abandonado. Al final, vengo muy disgustado porque los narcos le han visto las manos a mi prima B,  que no sé cómo ha aparecido por allí, y sé que nos costará Dios y ayuda librarla del terrible peligro que se cierne sobre ella.  Aunque sé que su madre ya ha ido a hablar con los delincuentes, me tocará ir a mí, supongo, qué remedio. Cuando me dispongo a salir nuevamente de mi cama, me entero de que los buenos oficios de mi amigo J han conseguido lo que a priori se nos antojaba imposible: el narco ha perdonado la vida de mi prima.

De modo que me quedo dormido con una sonrisa de satisfacción. Mejor, me ahorro tristezas, que suelo combatir de varias maneras cuando me es posible. La última vez, visité la heladería americana que mi amiga R gestiona en un extremo de la UCI…

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Bombones de sangre (Propofol, VI)

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“El realismo es una mala palabra. En cierto sentido todo es realista. No veo la diferencia entre lo imaginario y lo real.”

Federico Fellini.

Un par de días a la semana, según cómo anden de reservas, M y su amiga del alma, una cuarentona de voz aguardentosa que se parece mucho a la protagonista de “Nashville”, montan en el fondo de la UCI un restaurante que tiene fama en todo Madrid. El chef es un japonés de rostro enigmático, un auténtico maestro con los estremecedores cuchillos necesarios para el desempeño de su oficio. Los maneja con escalofriante facilidad, aunque algunos son grandes como katanas.

El restaurante es algo así como una gran terraza llena de mesas elegantemente montadas, con vajillas, manteles y cubiertos de primera calidad. M tiene una cartera de clientes notable, en la que figuran todos los tipos que pretenden ser alguien en  la capital, aunque tampoco resulta extraño ver por allí al personal del hospital, sobre todo a ciertos médicos. Este negocio está furiosamente de moda, y todos los lunes y jueves una gran cantidad de clientes atesta el local, es decir, la UCI.

Y es que no es para menos. Todos los platos están confeccionados a base de la carne de los enfermos que allí nos amontonamos. El perverso japonés corta con esmero las piezas de carne de manera que ningún paciente muere por los cortes recibidos ni nota dolor alguno, aunque yo me malicio que eso se debe a la acción de alguna potente droga. Hay ocho o diez camas un tanto especiales tras unos biombos: bajo sus colchones tienen instaladas unas resistencias eléctricas que mantienen calientes a los enfermos de los que saldrán los trozos de carne necesarios para dar de comer a la clientela del día.

Si peculiar es la naturaleza de aquel antro, no lo es menos la bienvenida que se da a los clientes: muy contenta y orgullosa, M les invita a bombones rellenos de sangre, delicatessen que parece estar muy de moda entre la gente de la jet. Obviamente, la sangre también es de los enfermos de la UCI.

Yo contemplo de lejos el infernal banquete. Como ya conozco el restaurante porque lo he visitado varias veces, distingo incluso a alguno de sus clientes más fervorosos. Concretamente, hay una especie de gigantón mongólico, un tipo desagradable con el mismo jetuño que Alfredo Evangelista, que no hace más que aullar “!yo, por esa carne, mato! !yo, por esa carne, mato¡”. No deja de berrear a voz en cuello ese sonsonete como un auténtico poseso hasta que su familia le sienta, y le calla la boca a base de llenársela con el horrendo manjar que reclama y que consume a grandes bocados. El resto de las mesa lo ocupan incluso familias con niños, en un alarde de lo que me parece una conducta del peor gusto, nunca mejor dicho.

Mi amiga S es una enfermera encantadora. Es simpática y cariñosa, una persona siempre atenta a las necesidades de cada paciente. La he prometido que me la llevaría de juerga el día de mi cumpleaños junto con mi pareja, pero al final no ha podido venirse con nosotros  y hemos tenido que celebrarlo allí mismo, en la UCI. Exactamente el mismo día en que, en el mundo real, me encontraba cara a cara con la muerte por primera vez durante mi grave enfermedad, en mi delirio no nos ha faltado de nada: unas copas y unos porritos de maría, algo de hash e incluso unas pirulas que aparecieron por allí como por casualidad. Después del tremendo colocón, me dice S que si conozco el restaurante de M. Le contesto que sí, pero que nunca he comido en él porque me da bastante asco, y me contesta tranquilamente que puedo pedir otras cosas para comer que nada tienen que ver con la carne, aunque esa es su especialidad.

Al rato viajamos S y yo por una carretera de montaña a bordo de un descapotable negro que yo conduzco. Creo que es un Jaguar o un Mercedes, no lo recuerdo con claridad. Ignoro hacia dónde nos dirigimos porque se con toda seguridad que el local se encuentra en la UCI y me extraña un poco que no nos acompañe mi pareja, pero así es el sueño. Vamos muy alegres puesto que por fin he podido salir del hospital, y vestidos de cuero negro, como mandan los cánones (no se cuáles). Llegamos al restaurante y S me lo va enseñando como si fuese suyo. M nos saluda muy cordial y seguimos con la visita. S me pasa más  drogas y empiezo a colocarme de nuevo. Me encuentro en la gloria, tumbado en una cama de las del restaurante y adormecido ligeramente. Siento mi cuerpo relajado y dejo ir mi mente. Noto que S está a mi lado y me coge el brazo derecho, pero aun tengo los ojos cerrados. Los abro cuando noto un dolor punzante en la muñeca; me giro y veo, consternado, cómo S me ha abierto literalmente la cara interna del antebrazo desde la muñeca hacia abajo y me está cogiendo un sinfín de vías para sacarme toda la sangre que yo pueda perder sin morir. La quiere, por supuesto, para los bombones de bienvenida del restaurante. Además, y ya puestos, me doy cuenta de que está conchabada con M para traerme a aquel infierno y servir mi carne a sus clientes. Por eso me ha facilitado la droga.

Intento empujarla para quitármela de encima, pero se resiste y me chilla, muy enfadada; la empujo nuevamente hasta que consigo tirarla de la cama, y me arranco de cuajo todas las vías que aquella zorra me estaba cogiendo mientras me mantenía sedado. Empiezo a dar voces y entonces me doy cuenta de que estoy atado a una de las “camas-grill” de aquel antro. S se va, pero aparece M, de muy mal humor, y me dice que me calme, que no me va a doler pero que hoy el plato principal soy yo. Tiene muchas reservas y no está dispuesta a perder más dinero conmigo, después de mis fiascos con sus anuncios para la televisión. Y se va para atender a sus clientes después de poner en marcha el termostato de la cama, que empieza a calentarse lenta pero inexorablemente.

Monto un tiberio magnífico. Me pongo de pie en la cama, como un Prometeo encadenado, y reparto golpes a diestro y siniestro a todo el que se me acerca. N, una de mis enfermeras, intenta engatusarme como si fuera un niño pequeño, ofreciéndome no sé qué fruslería si me quedo quieto y me dejo cortar lo que sea necesario; I, otra enfermera, ensaya una maniobra similar, pero el resultado es el mismo. Aullo mi ira a voz en cuello y sé que estoy argumentando mejor que Aristóteles lo que siento, mientras dirijo mis críticas contra las barbaridades que se están cometiendo a mi alrededor cargado de razón, me consta. Hay varios enfermos ensangrentados en unas cuantas camas. Les están vendando después de cortarles los pedazos de carne necesarios para dar de comer a aquellos salvajes, encantados en sus mesas y sin prestar la menor atención al sufrimiento de los enfermos.

Aciertan a aparecer por allí un par de mis médicos. El doctor C, tranquilo como de costumbre, se mantiene a una prudente distancia del soberbio cisco que estoy montando sin querer intervenir para nada. Una joven doctora rubia de ojos claros, cuyo nombre no recuerdo, se acerca muy digna para recriminarme la escenita y comentarme que estoy vaciando el restaurante. Le argumento como es de rigor y con toda rotundidad, le recuerdo su profesión y le echo en cara su repugnante complicidad con aquella animalada, pero la muy cínica sonríe y me espeta que estoy en una UCI y que allí quienes mandan, hacen y deshacen son ellos…

Poco a poco, parece que me voy saliendo con la mía. Observo, más tranquilo, cómo los camareros  -todos extranjeros-  van recogiendo el menaje y desmontando las mesas, porque los clientes se han cansado de esperar y se han ido marchando con el rabo entre las piernas. Ya no queda nada parecido a un restaurante por allí, aunque yo sigo en una de las extrañas camas preparadas para mantener la carne caliente, si bien es cierto que N la ha desenchufado hace ya un buen rato. Y así consigo que me dejen en paz , que no corten pedazos de mi cuerpo molido y derrotado, que no me consuman en una ceremonia diabólica, llena de crueldad y de dolor. Pero me preocupa la reacción de M, porque se de buena tinta que me lo hará pagar caro y que lo hará no tardando.

El doctor C no se ha acercado a mí finalmente; lo siento porque me hubiera gustado darle un buen repaso: no me esperaba verle por allí saludando encantado a aquellos caníbales siendo tan buen médico como es. Mientras tanto, su compañera rubia de ojos claros se va alejando poco a poco sin dejar de mirarme con desprecio, la boca torcida en un rictus de asco que me duele en lo más hondo. Volveré a toparme con ella en el transcurso de un viaje absolutamente descabellado a Colombia, en busca de los señores de la droga para hacer ciertos tratos con ellos a la par que probamos su mercancía…

 

 

 

 

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Un capitán de caballería (Propofol, V)


“La vida es agradable. La muerte es pacífica. Es la transición la que es problemática.”

Isaac Asimov.

He pasado toda la noche emboscado en la jungla asiática, esperando los carros de combate del enemigo, que no acaban de aparecer. Me levanto cuidadosamente y veo a R, uno de mis enfermeros, que me hace una seña desde su propio escondite, indicándome que por hoy hemos acabado con nuestro trabajo. Se asegura de que llevo todo el equipo bien sujeto y colocado mientras echamos a andar.

Voy solo por los pasillos del cuartel , que a la vez es un hospital. Me encuentro muy cansado y necesito que alguien me dé un masaje como los que suelen prodigarme en cuanto vuelvo de una misión. Deambulo un tanto despistado y de repente me topo con una patrulla de soldados altos y fuertes, que me detienen de inmediato. Me quejo pero no me dan explicación alguna, y a rastras me conducen hacia uno de los muchos despachos que veo por allí.

En el interior, hay un tipejo muy particular. Es larguirucho y delgado, con miembros frágiles y manos similares a patas de araña. Lleva un uniforme verde con hombreras rojas  -¿ruso, quizás?- y yo sé sin lugar a dudas que es un capitán de caballería. El rostro es el de un actor secundario americano bastante conocido, cuyo nombre no recuerdo, pero se deforma constantemente bajo las emociones del sujeto; es algo así como una cara normal pasada por el escritorio de un dibujante de cómics. Tiene poco pelo, peinado con fijador hacia atrás, y en su ojo derecho destella malévolamente un monóculo. Se le enraman los ojos con facilidad porque es una persona colérica y malhumorada. Me mira con fijeza y sonríe de una manera particularmente desagradable.

Sin mediar palabra, sus hombres me desnudan, me tumban boca arriba y realizan todo tipo de pruebas en mis genitales, usando extraños aparatos que arrojan diversas lecturas, llenas de decimales. Sé que sospechan de mí porque me han encontrado moviéndome por las instalaciones algo confuso, pero yo no he hecho nada. Al contrario, vengo de trabajar en defensa de mi país, que es el suyo. Acaban sus mediciones y en ese momento, el oficial se acerca y coge uno de mis testículos en la mano, lo sopesa y lo mete en un círculo metálico de bordes afilados que lleva a la cintura . Y entonces, presa de un ataque de ira que le desencaja el espantoso rostro y hace que le cuelguen los ojos sobre las mejillas, le propina un patadón brutal al pedal que hace funcionar la cuchilla del aparato, que brilla en el borde de la pieza circular. Se cierra la cuchilla como lo haría un esfínter y mi testículo salta hacia su mano por efecto del golpazo.

Y yo sé que me acaba de castrar con el mismo aparejo que usa para capar a sus caballos. Los soldados recogen la sangre y trozos de cierta sustancia que ha salido de la herida y cuchichean entre sí, como si les hubiera asustado la barbaridad que acaban de presenciar.

– Capitán, ¿no le parece a usted que nos hemos pasado un poco?  -dice al final uno de ellos.

El energúmeno se gira y contesta:

– !De eso nada¡ !Con un solo testículo los hombres se hacen mucho más fuertes¡ !Recojan eso y vámonos¡

Dicho y hecho. Los militares recogen sus trastos y desaparecen detrás del salvaje, que ha tirado mi testículo a una papelera. Yo no he sentido dolor alguno, pero me invade una furia bestial, porque me han capado sin mi consentimiento, sin tener derecho a ello, sin que yo hubiera merecido semejante castigo… Empiezo a elucubrar y lo primero que se me viene a la cabeza es que tengo que llamar a mi abogado para iniciar los preparativos legales contra el capitán, y me imagino contándole las circunstancias de lo ocurrido una y otra vez. Además, no quiero que nadie se entere de mi desgracia hasta que no me haya resarcido económicamente de la misma, porque la indemnización, supongo yo, será millonaria.

Y en esas estoy cuando la gitana se manifiesta ante mí. Le cuento, muy angustiado, lo que me ha ocurrido, porque no tengo a nadie más con quien compartir el horror que acabo de sufrir, y me dice que si de ella depende nadie se enterará de lo sucedido. Creo en su palabra, pero al poco de desaparecer nuevamente, me entero de que tiene contactos en Tele 5 y que va a contar mi desgracia… Si la hubiera tenido delante, habría intentado estrangularla.

Al poco, estoy galopando a toda velocidad por una llanura en compañía de cinco o seis desconocidos. Galopamos en línea, como si fuéramos a cargar contra el enemigo, un enemigo que no se deja ver por parte alguna. Repentinamente, uno de los jinetes coge la piel de mi escroto desde detrás de mí y tira de ella con todas sus ganas; la piel cede y mi escroto queda en carne viva. Es un martirio seguir galopando, así que vuelvo a mi cama en la UCI.

Con los ojos cerrados, escucho acercarse a mis enfermeras y a mis celadores. Les cuento lo que me ha ocurrido y noto cómo examinan mi horrenda herida al tiempo que intentan calmarme con sus palabras.

– Tranquilo; Mariano, que esto no es nada, te vamos a curar ya mismo. Dinos qué testículo quieres que te coloquemos en su sitio, pero dínoslo ya. mismo, que esto hay que hacerlo muy deprisa para que no se infecta la herida. Venga, dime, ¿te colocamos el izquierdo o el derecho?  -me dice A, uno de los celadores.

-Pero si es que me han  capado, es que me falta un huevo… -les digo con voz angustiada.

-Nada, nada, tú dinos qué testículo quieres que funcione… -insiste A.

-Bueno, pues el izquierdo… _les contesto. No sé dónde he leído que de entre las dos manifestaciones de masculinidad que llevamos colgando, la izquierda es la más importante, de manera que no dudo ni un instante en contestar a la pregunta, aunque yo sigo teniendo claro que me falta un testículo.

-Venga, vale… A ver, no te muevas… Ahora, ya está, ya lo tienes colocado en su sitio, tranquilo… -me dice nuevamente.

Recordaré esta conversación tiempo después, ya completamente despierto. Supongo que quienes me atendieron se reirían un buen rato a costa del cuento que les largué, pero yo lo pasé francamente mal. Estuve un par de días sin atreverme a bajas las manos hasta mis genitales, porque sentía un miedo atroz ante la idea de comprobar que efectivamente me habían cortado un testículo.

-Oye, A, y ahora ¿qué voy a hacer yo? Quiero decir, ¿volveré a funcionar normalmente con una mujer? -pregunto, angustiado por la duda.

-Tranquilo, hombre. Te han dejado un poco malparado, pero verás como se arregla todo con el tiempo…

A se da media vuelta y prosigue con su trabajo. Yo me quedo a solas con mis temores, con mis deseos, con mis ganas de escapar de un universo que amenaza con devorarme a base de horror.

Poco después visitaré el restaurante que M ha abierto al fondo de la UCI, un local absolutamente peculiar…

 

 

 

 

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Todo está en venta (Profopol, IV)

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.”

Confucio

No hay rastro de enfermeras ni de celadores. No se oye ni un solo gemido del resto de mis compañeros de cautiverio. Ignoro qué hora es, pero tengo la sensación algo angustiosa de estar estancado en una madrugada intemporal, envuelto en su cálido útero y en medio de un denso silencio. Frente a la puerta de mi habitación, que siempre está abierta, todo es oscuridad. Contemplo sus negras entrañas con los ojos muy abiertos, o, al menos, eso creo yo. Muy poco a poco, una luz dorada y rojiza comienza a iluminar las espesas sombras, como si un sol cruel y extraño se levantase de su ocaso. Veo crecer la claridad que emite y me parece adivinar, a lo lejos, una figura gruesa y abultada, también vestida de rojo oscuro. Se va acercando poco a poco a mi habitación. Su tamaño aumenta con rapidez y, en un instante, el personaje flota ante mi, levita en medio del claroscuro que acompaña su presencia. Puedo por fin verla detenidamente, contemplarla a mis anchas. Es una gitana de cierta edad, quizá frisando los cuarenta. Ojos negros de mirada socarrona, no exenta de piedad; una túnica roja cubre su cuerpo enorme, grueso, y su larga melena negra le cae casi hasta las piernas, pues está sentada en la postura de la flor de loto. Se agita la poblada cabellera con cada uno de sus gestos y parece cobrar vida propia para subrayar las palabras y los sentimientos  de su dueña; diríase una Medusa morena y oronda, tal es la energía que se agita en su cabeza. Me consta que visita el hospital de vez en cuando, aunque también tengo la seguridad de que no se manifiesta ante cualquiera.

Está sentada sobre un enorme montón de telas, de trapos diversos, de alfombras de todas clases, tamaños y colores. Se los quita de debajo de las nalgas con una rapidez sorprendente  y me los muestra zalamera, con sus manos cuajadas de anillos, con esa sonrisa de mercader que oculta casi siempre un desprecio infinito y una total falta de empatía con el futuro cliente. Como no hago ademán alguno de querer comprar su mercancía, al menos la que hasta ahora he visto, los vuelve a colocar en su sitio a igual velocidad. Noto entonces que a su derecha hay un gran montón de libros nuevos y usados, viejos y recién editados; a su izquierda, mientras tanto, distingo un gigantesco montón de cachivaches muy viejos, en un desorden espantoso: patas de sillas, tableros de mesas, armarios desmontados y muebles de jardín y de baño se dejan ver entre cuadros, estanterías y lavadoras. Y vuelta a empezar. No me ofrece los libros, pero chasquea los dedos y veo que las sombras a su alrededor inician un bailoteo frenético, hasta que del vientre parturiento de las mismas saltan un par de siluetas igualmente oscuras. Son dos seres extraños, hechos de guedejas de tinieblas, ayudantes de la gitana. Se zambullen en la gran pila de chismes viejos y principian a revolverlos a toda velocidad, mostrándome algunos de ellos.

Asombrado, compruebo que son muebles y enseres muy antiguos que en algún momento formaron parte de la historia de mi familia, que pertenecieron a mis abuelos o a mis tíos, que alguna vez tuvieron un cierto significado para mí. No me lo puedo creer. ¿Cómo han llegado aquellos fantasmas polvorientos a manos de la gitana? Son trastos de todas las categorías que acabamos por regalar o por tirar cuando les llegó el día, presas del inevitable cansancio que produce la impertérrita apariencia de las cosas que invaden nuestro existir. No debe de conocer el origen de aquella barahúnda de objetos, porque, en caso contrario, no me los ofrecería, sabría que fui yo quien se desprendió de ellos.

No hemos cruzado ni una sola palabra mientras toda esta ceremonia se iba desarrollando. Del mismo modo que ha aparecido, comienza a desvanecerse, supongo que harta ya de mi apatía, arrastrando tras ella ayudantes y mercancías en un suave torbellino que va engullendo absolutamente todo muy despacio, como si la negrura del hospital reclamase lo que es suyo. Volveré a ver a esta gitana en más ocasiones, en otros de mis sueños, y pensaré incluso en reclamar su ayuda cuando vea erguirse ante mí la presencia diabólica del capitán de caballería y de su máquina de capar caballos…

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Mi trabajo (Propofol, III)

Las-olas-bramaban-un-canto-de-tempestad...

Los hombres despiertos no tienen más que un mundo, pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo.

William Hazlitt

Estoy dormido en una playa deliciosa. Las olas me acarician mientras se van retirando, pues ya baja la marea. Hacía mucho tiempo que no reposaba con tanta placidez, con tanta paz. Y sueño. Sueño dentro de mi sueño que me contratan para rodar una película de ciencia ficción en pleno Mediterráneo. El argumento es de lo más coherente que pueda darse, como se verá: somos unos soldados americanos enormes, operados para convertirnos en superhombres, que reposamos en el fondo del océano en posición fetal. Si nuestros enemigos  -que son rusos, faltaría más- se nos acercan sin detectarnos, saltamos sobre ellos, con nuestros chillones uniformes resplandeciendo bajo las olas,  y les atrapamos en el interior de nuestras cajas torácicas, ahuecadas para poder asfixiarles allí dentro. Obviamente, si son ellos quienes no descubren antes de tiempo, la cosa acaba igual de mal para nosotros. La película va francamente bien, pero a mí me preocupan los aspectos legales, cómo no: no hemos firmado contrato alguno y las modificaciones físicas que nos han hecho son tremendas e irreversibles, y mucho me temo que la pasta no aparezca por parte alguna. Me ha contratado mi amiga M, que será un personaje recurrente en todos mis delirios, mi particular bestia negra,  que me hará sufrir mucho sin que yo alcance a comprender por qué.

Acaba la película y hay que seguir rodando unos anuncios para la televisión centrados en la empresa de M. En lo más profundo de las tempestades que agitan el océano, viven unos cangrejos gigantescos que son capaces de enrollar su cuerpo para defenderse o atacar. Ser les puede ver flotando entre las tremendas y oscuras olas como masas informes de carne y caparazón mezclados sin orden ni concierto, oscura aquella y afiladísimos los pedazos de este. Los barcos propiedad de la compañía de M navegan hasta aquellos lugares inhóspitos y pescan los cangrejos para venderlos como marisco fresco de altísima calidad y elevado precio, por el riesgo terrible que supone para los marineros la captura de semejantes presas. Este negocio es propiedad de la familia de M desde hace generaciones, y les ha hecho millonarios a todos ellos, de manera que lo defienden con uñas y dientes.

En el anuncio, yo salto al agua vestido como un cruzado y me hundo a toda velocidad hasta que uno de los cangrejos me atrapa y quiere destrozarme entre los filos de su troceado caparazón. Acaba por tragarme pero, en ese momento, yo me abro paso desde su interior a golpes de espada y de escudo, destrozo el costado del animal y salgo a la superficie de un salto. No recuerdo qué parrafada presuntamente épica tengo que soltar, pero lo cierto es que es una enorme sandez preñada de publicidad, como es lógico. Hasta ahí todo bien. El primer anuncio queda perfecto y M me suelta un sobre repleto de dinero, tras recibir  todos nosotros las felicitaciones de su familia. Pero al rodar el siguiente anuncio, idéntico al primero,  nadie me llama por la mañana, con lo que llego tarde y no hay forma de arreglar el desaguisado: una bronca tremenda, claro. A la mañana siguiente, cuando vamos a empezar a trabajar, resulta ser que no me han pasado el guión con las frases: otro desastre  irreparable y nueva bronca por todo lo alto. Y ya en la tercera ocasión, me despiden y quieren que ruede un anuncio para niños en el que tengo que cantar una melodía estúpida, muy infantil. Horrorizado, y pese a que mis enfermeros me ruegan que cante, compruebo que me es totalmente imposible, porque no tengo voz. Acabo llorando a lágrima viva, con los ojos cerrados y sin ser capaz de emitir ni un solo sonido para explicar lo que me ocurre, por qué no puedo cumplir con mi trabajo. Oigo algunas frases de conmiseración de mis cuidadores y el sueño me invade piadosamente.

Entre esos sonados fracasos y la noticia de que la empresa de mi hermano  -que se dedica a la hostelería-  ha entrado en competencia con la de M por el carísimo crustáceo, me convierto en el blanco perfecto de la ojeriza de mi supuesta amiga. Le reclamo mi dinero por el despido y por las operaciones sufridas y parece que no me debe nada: el resultado de las intervenciones ha desaparecido poco a poco y estoy como siempre. Tengo que agradecerle, además y siempre según ella, que no me denuncie por trabajar sin contrato. A partir de ese momento, me hará objeto de toda clase de desplantes, amenazas y desprecios; intentará manipular mis medicamentos para hacerlos más potentes y atontarme más, maniobrará con enfermeros y celadores para hacerme la vida imposible y se acostará con un imbécil al que no trago para que me haga la vida imposible. Sé de buena tinta que ha viajado al Caribe para hablar con sus mejores cllientes y que ha empleado sus artes de mujer para convencer al poderoso dominicano que compra sus productos de que me asesine lo antes posible. Me toparé con ese siniestro personaje en otro sueño, aunque parezca mentira.

Me voy a celebrar el despido por todo lo alto. Nos han dado unos boletos para canjearlos por comida y bebida, que me apresuro a compartir con mis enfermeros y enfermeras a la orilla de un río. Allí mismo organizamos una fiesta magnífica, con alcohol y droga de calidad por todas partes. El último boleto que me queda ofrece otra copa más o teletransportarte a casa. Como me encuentro bastante bebido, lo gasto en volver, y siento que caigo hacia una terraza cuyos baldosines imitan los que antiguamente se veían por los comedores de los pueblos de España. Y noto que me he hecho mucho daño al llegar al suelo, que he sufrido heridas graves. Me cuesta respirar y me duele todo el cuerpo.

Al abrir los ojos, estoy de vuelta en la playa, durmiendo de nuevo plácidamente. Este delirio, entremezclado con otros, se repetirá muchas veces durante mi coma, a veces con finales distintos pero siempre preocupantes.

Una gitana viene a visitarme a la UCI; parece ser que es una vieja conocida del hospital…

 

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Avancarga (Propofol, II)

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«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión.He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.”

Blade Runner (Riddley Scott, 1982)

No sé a ciencia cierta qué ha sido de mi pareja. No tengo noticias de ella hace mucho tiempo y eso me preocupa. Claro que, por otra parte, tampoco sé cómo he acabado trabajando para el cine y la televisión, pero ese es un asunto menor. No recuerdo cuándo he salido de mi casa, cuándo he llegado a esta playa en la que me gano la vida. ¿Quién me ofreció este puesto, de dónde vino la oferta? Sé que ni lo sé ni lo voy a saber, con esa certeza fatalista propia de los sueños, pero ahí estoy.

Entonces me entero de lo que ha ocurrido con Mariví. Al marcharme yo de Madrid, parece ser que sin decir ni una palabra, se ha ido a Estados Unidos y se ha casado en Kentucky con un tipo bastante peculiar. Es un mountain man, que curiosamente tiene un estilo muy similar al mío de hace seis o siete años: barba y bigote entrecanos y una larga y cuidada melena en la que también asoman las canas por doquier. Eso sí, parece más viejo y cansado que yo y no resulta ni la mitad de atractivo de lo que yo era. Tienen un niño y un gato, y se ganan la vida haciendo exhibiciones de tiro con armas de avancarga, en cuyo manejo ambos son expertos. Y cuando ella se entera de que me voy despertando, hace las maletas y se presenta de nuevo en España. Yo sé, con toda seguridad, que ha decidido abandonar a su marido y volver conmigo, y estoy encantado de la vida, aunque ignoro qué demonios vamos  -va-  a hacer con el barbudo, porque con respecto al niño y al gato está claro que es lo que pretenderá.

De manera que cuando la veo entrar en la UCI todos los días a la hora de la visita, que espero impaciente, después de besarla le pregunto por su niño y por su gato. No es que ninguno de los dos me interese gran cosa, la verdad, pero me parece lo correcto. Me reservo la espinosa charla sobre su marido para otro momento, de modo que nunca abordamos ese desagradable asunto. Las primeras veces que le pregunto sobre su hijo y su mascota, noto que me mira y, o yo no recuerdo la respuesta o es que ni siquiera me contesta. Sí la veo intercambiar miradas con su hermano Javier, pero no sé a cuento de qué vienen. Mucho después, y ya completamente despierto, me contarán que mis médicos sospechaban que la prolongada sedación podía haberme causado alguna lesión neurológica seria, así que se les ponían los pelos de punta ante una cualquiera de mis alucinaciones. Recuerdo que me compraron una pequeña pizarra para entenderse conmigo por escrito, puesto que mi traqueotomía me impedía el habla por completo. Yo pensaba que el lápiz era magnético, porque en cuanto intentaba escribir algo, era como si se quedase pegado a la pizarra por la punta: imposible trazar una sola letra medianamente legible, no digamos ya una frase completa. Cuando conseguía escribir algo, corto y atropellado, muchas letras estaban del revés, lo que puede suponer una señal clara de lesión cerebral. El súmmum de aquellos miedos se produjo en la ocasión en la que me arranqué a escribir en inglés mientras, a base de susurros, intentaba hablar con ellos en castellano, aún lo recuerdan con pavor.

Cierto día, y al formularle por enésima vez la pregunta en cuestión, se me quedó mirando muy fijamente y me dijo: “A ver, Mariano, soy Mariví, tu pareja; sigo viviendo en la calle Lista, sigo enamorada de ti, no me he casado con nadie ni aquí ni en Estados Unidos y no tengo ni un niño ni un gato. Sí que tengo un perro enorme que se llama Tizón y es muy pelma,  pero eso es todo”. Entonces, y solamente entonces, comencé a aterrizar: empecé  a recuperar, súbitamente,  un sentido de mi realidad todavía un tanto relativo, pero ahí estaba. De todos modos, me costó un cierto tiempo convencerme de que lo que ella me contaba era verídico, que lo que yo pensaba no era más que una ensoñación absurda, basada en qué se yo qué cosas.

Pero todavía me quedaba un largo camino antes de despertarme del todo. A las pruebas me remito.