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Aguas peligrosas (Rumores de la foresta, y V)

     grizzly-bear-wallpaper-2 “No puedo hacerlo… Eres tan hermoso, tan inocente, tan… ¿fieramente “humano”, por los dioses? Titania me perseguiría hasta los confines del mundo si se enterase. No, definitivamente no merece la pena devastar tanta belleza, buscando nada más que un nuevo carcaj; al fin y al cabo, ya cubre mis flechas una noble piel de lobo negro; es envoltura más que suficiente, creo yo…”

       Oculto tras una mancha de robles milenarios, de ramas retorcidas y nudosas, el elfo gris –niebla entre la niebla- respira hondo, sujetando el poderoso arco de caza en su mano izquierda. Apenas se distingue su enjuta figura entre el abrumador festival de colores otoñales que viste el bosque en esta época del año: un bosque libre y salvaje, lejos en el tiempo y en la distancia, ubicado en una era desconocida y, sin embargo, siempre cercana al corazón del hombre. Tan solo sus ojos, que chispean de cuando en cuando, soberanamente sabios, podrían llamar la atención de algún observador avezado, diestro en semejante menester. Su cabello, muy largo y casi blanco, contrasta fuertemente con la sensación de juventud que transmite el rostro aniñado y casi lampiño, en extraña mezcla de vejez e inocencia, propia de los individuos de su raza.

       Hace ya varios días que avistó, muy a lo lejos, la familia de osos de la que en este momento apenas le separa una veintena de metros. Dejó a buen recaudo su grifo de guerra, feroz montura, intentando así que su penetrante olor no pusiera sobre aviso a las astutas piezas que, a partir de ese momento, comenzaría a perseguir. Así pues, inició el largo y lento rececho, poniendo en la tarea todo el arte que un auténtico cazador atesora para tales momentos. Silencio absoluto, nada que cruja o que se rompa, llamando la atención; pasos lentos, espaciados y medidos, para controlar continuamente los caprichos del viento, las veleidades del aire y de los mil y un aromas que pueden delatar al predador.

       Tras un par de días de ardua labor, el elfo ha conseguido situarse a distancia de tiro de su presa. La osa, enorme, está reposando entre unos arbustos de bayas silvestres, tras haber dado buena cuenta de una cantidad asombrosa de los dulces frutos. Sesteando plácidamente, sin presentir el peligro que tan de cerca le ronda, aún se relame entre esporádicos gruñidos de placer, con la andorga llena. A pocos metros de ella, y concediendo un inusitado respiro a su madre, tres oseznos enredan y zangolotean, en infantil actitud, sin pensar ni por asomo en concederse un instante de quietud o de tranquilidad. Pletóricos de la energía que da la juventud, se persiguen, se muerden, ruedan por el suelo y se amenazan, creyéndose osos grandes, fuertes y feroces, en simpática parodia de sus mayores.

       Nuestro elfo, que en un principio se había visto atraído por el denso pelaje de la madre, ha cambiado repentinamente de opinión. En efecto, vista más de cerca, la piel de la osa revela, con patético descaro, las huellas inevitables de la edad. Algunas calvas por allí, tremendas cicatrices por allá; pelo que se cae y que cambia de color; trazas, en fin, del inexorable paso del tiempo. Posiblemente, deslucirán mucho el carcaj que el elfo desea fabricar con la piel, o la silla de montar que, sin duda, podría pergeñar igualmente el cazador. En cambio, la piel de los oseznos, la de uno de ellos en particular, reluce bajo la suave luz de la tarde, que el techo arbóreo y la ligera niebla tamizan entre sus dedos, derramando misterio sobre la hojarasca. Pese al barro y al polvo, producto de sus juegos, el abundante pelo marrón aparece mimoso y joven, perfecto y puro.

       Esta coyuntura hace que nuestro cazador decida definitivamente cuál será su presa: el osezno más activo de los tres, el que parece dirigir juergas y correrías con sus hermanos, el que más gruñe y amenaza, pensando sin duda en el gran macho que en su día podría llegar a ser…

       Manos a la obra. Extrae con movimientos lentos y precisos una flecha del carcaj, encocándola suavemente en la cuerda del arco. La flecha, de madera de cedro, luce tres hermosas plumas de cisne gris; brilla su barniz vegetal, que protege los anillos dibujados en el astil, símbolo inequívoco de su propietario. Mientras, la punta de caza presenta dos afiladísimos cortes que, sin duda, contribuirán a impartir una muerte rápida, indolora y limpia, según exigen las reglas del arte de la arquería de caza. Maestro indudable en este menester, el elfo ya ha tendido el arco, que se apresta a entonar su canto de guerra, de vida y de muerte, dejando partir en casi absoluto silencio su doloroso mensaje, que no es sino ansia de sangre.

       Ya están coordinados el ojo y el cerebro; aparece con claridad meridiana el punto de impacto sobre el cuerpo de la víctima, inmóvil por un instante; en ese momento supremo en el que los dedos que sujetan la cuerda comienzan a relajarse para dar paso a lo inevitable, durante ese segundo fugaz para el que todo cazador ha nacido, una duda asalta al elfo.

       “Es la primera vez que me siento así; muy curioso, después de tantos años de caza”, piensa para sí nuestro protagonista, francamente sorprendido por su propia actitud. “Si mi viejo maestro me estuviese viendo, no sé qué opinaría de mí; supongo que me habría ganado una buena reprimenda… o quizá no, quién sabe. Realmente, y por encima de todo, ¿no cazamos en persecución de la belleza? ; ¿no deseamos fervientemente atesorar efímeros momentos de emoción en el lance?. De alguna manera, nos equiparamos a los dioses a la hora de impartir vida o muerte, según nuestro arbitrio. Así pues, sea; le devuelvo la vida a esta criatura hermosa, feliz y libre, pues que libre soy yo también para hacer y deshacer a mi antojo, como dueño y señor del bosque…”

       “No obstante, y para que disculpes mis intenciones de hace tan sólo un momento, pese a que nunca llegarás a conocerlas, voy a hacerte un regalo, pequeño hermano. Cancelo así mi deuda contigo, y me voy tanto más satisfecho cuanto que me consta que nunca sabrás de mí, que jamás comprenderás qué te ocurrió en el día de hoy, así vivas muchos años. Sea esta mi ofrenda a tu belleza y a tu inocencia, y mi legado para el resto de tu vida”.

       Con suave sonrisa, el elfo coloca de nuevo la flecha de caza junto a sus compañeras en la rica aljaba que cuelga de su espalda; luego, distinguiéndola al tacto, extrae otra, de muy especial naturaleza. Reverbera con vida propia al recibir la luz, ya escasa, sobre su bruñida superficie, que parece por instantes transparente, diríase que etérea. En su punta, brilla intensamente una luz blanca y pura, capaz de dañar los ojos con fiero afán. Sin dudarlo esta vez, el mágico ser monta el arco y apunta contra el osezno; éste, de pie, amaga golpes contra sus hermanos, que se prestan al juego encantados de la vida. Ofrece, en toda su extensión, el pequeño pecho, cubierto por una suave borra marrón claro, casi peluche. Y es exactamente en el pequeño corazón donde impacta, con todo su maravilloso poder, la flecha que acaba de disparar el arquero…

       El osezno oye un ligero chasquido y nota, simultáneamente, un firme empujón en el pecho, que le hace caer de espaldas todo lo largo que es. Asustado, se incorpora, mira a su alrededor y gime lastimeramente; se frota la zona dolorida con una de sus patas y se pregunta, muy intrigado, qué le ha ocurrido. No hay heridas, no hay dolor excesivo ni sangre en parte alguna; tan sólo una comezón en el pecho, un poco enrojecido bajo el espeso pelaje. Sus hermanos le observan, repentinamente inquietos, y la gran osa se incorpora de golpe, con un gruñido profundo y amenazador, mientras atisba la zona boscosa que les rodea en busca del peligro, tardíamente detectado.

       Pero ahí queda todo. El osezno, ya repuesto del susto inicial, se revuelca de nuevo junto a los otros dos, y su madre parece dispuesta a retomar su plácida siesta, tras comprobar que nada malo ocurre.

       El elfo, otra vez tiniebla entre tinieblas, inmóvil como una estatua tras el disparo, ya se está alejando del escenario; continua sonriendo con ironía mientras sigue las trochas que le llevarán hacia el corazón del bosque. Su cabalgadura brama lejos de allí.

       “Bendito sea el bosque y benditas sus criaturas; algún día me lo agradecerás, hermano.”

       Muchos años después de estos sucesos, el bosque permanece virgen, perpetuándose a sí mismo en un rito inalterable…

       Una ardilla, que salta de rama en rama y de árbol en árbol, perturba la tranquilidad de la tarde con su frenética actividad y con agudos chillidos. En su incesante búsqueda de alimentos, y mientras azacanea entre piedras y ramas tras sus frutos preferidos, se engolfa en animada conversación con el resto de los habitantes del bosque con quienes se topa. Invariablemente, se trata del mismo mensaje:“Amigo, tienes que acudir tú también; esta noche, la Sombra espera en el claro bajo el gran roble, en lo más profundo de la foresta; creo que quiere hablarnos y yo, desde luego, no me lo pienso perder ni por todas las piñas del mundo…”

       Llegan sus palabras hasta el valiente azor, hasta el lobo de fríos ojos; las escucha el raposo de rostro afilado y el jabalí, nocherniego y montuno; acaban de herir el delicado oído del ciervo y ya bailan alegres ante los ojos saltones del sapo, inmóvil en su charca. Casi aplastan al frágil lirón mientras las paladea el águila de feroz pico, deteniéndose luego en las grandes orejas del conejo; tan eficaz ha sido la ardilla en su labor.

       Ninguno de ellos se permitiría la grosería imperdonable de faltar a la cita, entre otras cosas porque resulta un auténtico placer escuchar las narraciones de la Sombra, del peludo monarca de la espesura, a quien todos temen y respetan por igual. Todos se sienten a salvo, seguros y confortados ante la imponente presencia que inunda la umbría del bosque desde hace años incontables; los más avispados de entre ellos creen advertir, bajo la sombra de la Sombra, un eterno guardián, una garantía indestructible de la pureza de su mundo. Barruntan, sin saberlo, toda la esencia de la magia antigua que destilan los espíritus del propio bosque, y que se aloja en un pecho poderoso. Y aunque no son capaces de expresar esta sensación con palabras propias, sin lugar a dudas la dejan translucir en su actitud con total claridad.

       La noche está comenzando, mientras tanto, a enseñorearse del mundo, al verter el bálsamo oscuro de su llegada sobre las heridas y los azares de lo cotidiano, generosa siempre en el olvido y la misericordia. En silencio, patas y garras, alas y picos toman la senda casi oculta que lleva al santuario, al lugar sagrado que la Sombra habita desde que cualquiera de ellos es capaz de recordar. Toman asiento los lobos junto a los zorros, y las comadrejas entre ambos, mientras conejos y ratones, confiando plenamente en la protección que dispensa el monarca, se acomodan a su antojo entre las fieras, reparando apenas en la amenaza. Halcones y águilas esponjan sus plumas y se relajan en las perchas improvisadas que ofrecen las ramas antiguas, esperando la llegada de los búhos de grandes ojos, que no tardan en posarse silenciosamente entre sus congéneres, saludándose los unos a los otros, en tensa expectación.

       Sienten todos la inminente aparición que, en efecto, no tarda en producirse. Tras la densa maraña de árboles y arbustos que se asienta a la derecha del gran roble, se escuchan pasos cautelosos pero firmes, se intuye el caminar de una criatura poderosa y arcana. Abriéndose camino entre la espesura, irrumpe en el claro un enorme oso gris, que gruñe como para sí. Su pelaje, aunque gastado por los años, está tan luminoso y limpio como siempre; sus patas inmensas se asientan aún sobre la madre Tierra con la solidez de la roca, rematadas por enormes garras, mientras que sus ojos… ¡ah, sus ojos¡

       Apenas el lobo, de entre todas las criaturas allí presentes, es capaz de sostener la mirada de este ser legendario; el jabalí, valiente entre valientes, bufa incómodo, y el zorro, desde luego, aparta su mirada con rapidez. Destilan los grises ojos de la Sombra tal poder, tan tremenda fascinación ejercen sobre su auditorio, que son capaces de parar en seco a carnívoros y a herbívoros, a predadores y a presas sin excepción alguna. Radica en ellos, con total seguridad, todo el misterio de su fuerza, toda la fuerza de su magia, toda la magia de su ser. Abundan en su mente arcanos tan ocultos que ni siquiera él conoce todavía; si bucea en su memoria, solamente consigue recordar que comenzó a tomar una luminosa conciencia de sí mismo tras un suceso muy especial, acaecido hace ya un número incontable de lunas. Dejó atrás juventud y madurez, sobreviviendo a padres, hijos y hermanos, ignorando siempre el por qué, ajeno a la herida convulsa que sigue ardiendo en las entrañas de su corazón, dándole lucidez, sabiduría y poder.

       Y en noches como ésta, cuando la luna apenas es capaz de asomar entre las oscuras nubes del pájaro del trueno, cuando el viento detiene su alocada carrera, la Sombra sale de sus dominios ocultos y decide compartir su experiencia vital con el resto de los habitantes de su mundo.

       En esta ocasión, así habló y así dijo:

       “Sentí sed aquella noche; mucha sed, hermanos míos. Por eso, decidí acercarme hasta el cercano lago y beber largos tragos de agua hasta calmar mi ansiedad. Comenzaba a amanecer sobre la Tierra. Un viento frío soplaba a través de los robledales que rodean el ancho corpachón del lago, retirando poco a poco la espesa niebla, nacida de la gran masa de agua. Entre sus guedejas se podía distinguir un sol mortecino, aún adormilado en el blanco y húmedo regazo. Muy cerca de la cabecera del lago, donde el agua es más azul y profunda que en otras zonas, la líquida superficie rielaba y multiplicaba sus tonos verdosos; hacia allí me encaminé, por disfrutar del limpio frescor de la mañana. Al salir completamente el sol y retirarse los últimos jirones de maltrecha niebla, empezó a vislumbrarse el fondo –tan clara es el agua allí- erizado de rocas y matojos que se engastaban en una capa de arena, bullendo de pececillos, insectos y pequeños reptiles que se arrastraban presurosos en busca del refugio que la claridad del nuevo día les negaba. El fondo, hermanos míos, el fondo: corazón oscuro del lago y puerta de todos sus misterios; el fondo, que dicen que atrae al Hombre con fuerza terrible; el fondo, silencioso y eterno…”

       La voz profunda y evocadora mantenía en vilo a toda la audiencia; un par de lagartijas, que habían estirado el cuello orgullosas al mencionar la Sombra a sus parientes acuáticos, se subieron de un salto a la cabeza de un jabalí, tremendamente asustadas al oír la palabra odiada, temida: “…Hombre…”. Un estremecimiento recorrió a todos los presentes, pasando entre ellos como un viento negro y ululante; tal era el poder evocador del gran anciano. Este, sin apenas darse cuenta del efecto de sus palabras, siguió con su narración, enfrascado en la vastedad de sus recuerdos.

       “Pude entonces contemplar, y apreciar en toda su pureza, cómo se iba poniendo en movimiento la vida que el lago y sus alrededores albergan, sacudiéndose la pereza que trae la oscuridad y dejando que las gaviotas, las fochas y los patos se llevasen el sueño y el descanso prendidos en el bullicio multicolor de sus alas, de sus gritos. Mientras bebía y saciaba mi sed entre una gran masa de juncos, que me ocultaba así de miradas indiscretas, en las orillas los grandes lagartos ocelados buscaban afanosos las viejas piedras rugosas que no tardarían en arder bajo los rayos del sol, que se disponía a castigar duramente aquellos lugares remotos. Nubes de mosquitos se levantaban del mismo borde del agua para ejecutar complicadas danzas, que cesarían muy pronto bajo el empuje del calor, sólo para repetirse tesoneramente cuando el sol se hubiera escondido de nuevo. En tales momentos, la superficie bruñida del agua se rompía en miles de puntos distintos, señalando el banquete de los peces y la muerte de los insectos, que en cantidades ingentes eran devorados sin piedad. ¿Querréis creer, amables amigos, que, pese a mi espíritu, de natural sosegado, pese a mi sabiduría y fortaleza, temblé ante la fuerza de aquel ser inmenso y terrible? El lago desplegaba ante mí todo su poder, su catálogo inagotable de formas vivas, y sentí un enorme respeto ante el soberbio espectáculo que asaltó todos mis sentidos. El agua me hablaba de tú a tú, sin temor alguno, tentándome con su espejeante superficie, amenazando con atraparme para siempre en su seno, ceñir mi cuerpo con algas y sujetarme en un sueño eterno, anclado por los azules lazos de sus ondas en el ominoso silencio subacuático.”

       “Y, sin embargo, a pesar del evidente peligro, aún sabiendo que el lago es una fiera con piel de cordero,”– el lobo se extrañó mucho, en este punto del relato, de no formar parte de la comparación; se estiró y gruñó ligeramente, lo que le valió para recibir una colmillada de advertencia por parte del jabalí, que escuchaba arrobado- “noté el impulso, a despecho de lo que mi razón me indicaba, de dejarme mecer por las olas, de adentrarme en las entrañas de aquel mundo frío y azul que se adivinaba bajo las aguas, en pos de no sé todavía qué. No obstante, salí a tiempo de mis meditaciones, ya consciente de lo que significa la atracción por el abismo, mis hermanos, aunque sé que es una sensación que jamás podréis, por vuestro bien, sentir.” Se estremeció el gran animal, como si fuera presa de un ataque de fiebre repentina; recuperándose al pronto, decidió retomar el hilo de la narración.

       “A pocos metros de donde yo me hallaba, ya repuesto de mi ensueño y vencido el hechizo maligno del lago, un pequeño pato, ruidoso y gorgoteante, estaba limpiando sus plumas y su pico, despiojándose y atrapando feliz los numerosos parásitos que encontraba en su propio cuerpecillo. Al tiempo que correteaba levemente por la brillante placa del agua, cumplía con este ritual matutino emitiendo sonidos guturales y suaves trompeteos para saludar, sin duda, al nuevo día. Es hora ya de comenzar a pescar; atrapemos pues pececillos y ranas en los juncales que abundan allí donde el agua no es demasiado profunda. Ea, pues; abandonó su refugio nocturno, cercano a la orilla, y comenzó su avance rodeando el macizo de carrizos por el lado más profundo; agitando las alas, bullicioso, tiembla de expectación ante el placer de la comida cuando, súbitamente, la muerte le sorprende con trágica rapidez. Yo estaba tan complacido contemplando al pato que ni siquiera me dio tiempo a reaccionar, aunque no creo que hubiera podido hacer nada por él… además, creo que, aún pudiendo, tampoco debería haberlo hecho”.

       Todos los allí presentes asienten silenciosamente. Aunque carecen, desde luego, de la terrible inteligencia que flota como una maldición sobre el anciano monarca –al menos, así la siente él en muchas ocasiones- son perfectamente conscientes de que, de no ser por la tregua que la Sombra impone con su sola presencia cuando convoca a sus súbditos, el juego macabro de la vida y de la muerte se estaría desarrollando entre ellos en toda su esplendorosa realidad, víctimas unos, verdugos los otros, girando vertiginosamente en un eterno retorno que nada ni nadie debería interrumpir, ni siquiera Él.

       “En fracciones de segundo, amigos, el agua estalló en un surtidor bajo el animalejo, que se sintió proyectado casi a un metro de altura, merced al poderoso empuje del gran pez que acabó con su vida cerrando su enorme boca, literalmente plagada de dientes, en torno a la aterrorizada ave, que graznó desgarradamente su pavor. Antes de que pudiera escapar, o pensar en hacerlo, el viejo lucio, pues no era otro quien así acometía, se dejó caer verticalmente en el agua, que se cerró sobre él sin dejar más muestras del brutal ataque que un puñado de plumas, un remolino y una mancha de sangre –sí, hermanos, sangre como la nuestra, roja, cálida y valiosa- que se iba extendiendo hacia los carrizos a medida que el viejo pez trituraba entre sus mandíbulas el frágil cuerpecillo. Cuando me serené de nuevo, comprendí cómo había sucedido todo, y os confieso que sentí cierta admiración por el inteligente proceder de aquel ser de ojos crueles, tan ajeno a nosotros, tan frío y distante. El lucio había llegado a la vera de los carrizos la noche anterior, en un momento en el que ya descansaban todas las aves acuáticas, a salvo en la orilla. Permaneció tranquilamente apostado en el fondo, mientras saboreaba su última víctima, supongo, y, al despuntar el día, acuciado por su insaciable apetito, se desperezó junto con el resto del lago. No tuvo más que salir de entre las fuertes raíces de los juncos y aprestarse al ataque, puesto que había detectado sobradamente el jolgorio que su presa provocaba en la superficie del agua y bajo ella. Así, el destino del pato que yacía en su estómago estaba sellado desde la noche anterior; le bastó con colocarse bajo él y, embistiendo con fiereza mediante un fuerte coletazo, se tragó casi por entero al desprevenido animal.”

       Una familia de patos ha optado por retirarse con sus pequeños: el tema de la velada ha bastado, creen los atribulados padres, para meter el miedo en los delicados cuerpecitos de su media docena larga de vástagos. Pasará mucho tiempo antes de que padres e hijos trompeteen con tranquilidad al clarear el día en la zona del lago que está describiendo la Sombra, zona que conocen sobradamente bien. Pero el gran oso prosigue, puesto que el resto de la concurrida audiencia parece pender de sus palabras como si le fuera la vida en ello.

       “Pensé en marcharme, pero algo me decía que no iban a acabar allí los sucesos de la mañana, que todavía podría presenciar, si me quedaba por allí, acontecimientos extraños y maravillosos. Por ello, y a pesar de que sentía cierta tristeza, la curiosidad pudo más que yo y decidí esperar, convenientemente oculto bajo las ramas de un gran árbol que casi rozaba el agua. Mientras el asesino amarillo buscaba un nuevo apostadero, sin duda preparado para causar más estragos, un bass muy grande le observaba a cierta distancia, flotando perezosamente a medias aguas, tras contemplar impasible el desarrollo del drama. Vigoroso e inquieto, acababa de llegar al final de su paseo durante las horas de oscuridad, puesto que él, como muchos de vosotros, caza de noche; ya se dirigía a su guarida habitual para adormecerse ligeramente durante las horas más calurosas del día. Desde luego era bastante viejo, aunque no más que el lucio y, a despecho de su buen tamaño, supongo que sus hazañas culinarias nunca habrían tenido como protagonista una pieza del tamaño de la que había visto desaparecer poco antes en las fauces de su feroz vecino. Su cuerpo, rechoncho, musculoso, de un hermoso color verde oscuro con reflejos broncíneos, flotaba indolente en el seno de las aguas sin pensar en alimentarse, al menos por ahora. Por la manera que tenía de mirar al lucio, supuse que también él, siendo más joven, habría pasado por algún que otro problema con el viejo tirano; también él había huido despavorido ante la masa de músculos y dientes que se le venía encima, intentando vanamente defenderse del glotón con los ocho radios espinosos, durísimos, de su aleta dorsal. Y en ocasiones como aquella, sólo su pequeño tamaño y su velocidad le hicieron posible escapar de una muerte cierta, de unas mandíbulas letales que conducían a un estómago eternamente hambriento. Su tamaño indicaba su habilidad para escapar de situaciones como aquella y un buen cupo de buena suerte, todavía por agotar. Me pareció, incluso, verle sonreír; debería de recordar aquellos tiempos de su juventud, nadando en bandadas con otros compañeros de su misma edad. Aquellos grupos habían sido diezmados, sin duda alguna, tanto por otros peces como por congéneres de su especie, e incluso por el odiado Hombre, cómo no. Había visto desaparecer a compañeros grandes y fuertes, debatiéndose furiosamente, luchando con denuedo contra algo que les arrastraba, que limitaba sus movimientos, que tiraba de ellos hacia un destino inexorable. Sin embargo, él corrió mejor suerte. Los años le habían convertido en un temible pirata verde, audaz y rápido en el ataque y en la defensa, fuerte y combativo. Aunque ya siempre nadaba en soledad, tenía pocas cosas que temer en sus dominios; más bien, era él quien comenzaba a ser temido por la multitud de pececillos, ranas y lombrices que acostumbraba devorar, sin desdeñar alguna que otra rata de agua o cualquier pajarillo que se pusiera al alcance de sus fauces. Fallaba muy pocas piezas en las que hubiera fijado sus brillantes ojos, y sus mandíbulas se cerraban en el vacío en contadas ocasiones.”

       “Hallándose en estas cavilaciones, comenzó a sentir hambre. Pasada ya la estación del amor, esa que nos hace suspirar a todos una vez al año, hermanos, volvía a ser libre para moverse a sus anchas por el lago, vacío su nido de alevines a los que proteger o… devorar, vaya. Vi entonces cómo se dirigía hacia un grupo de rocas medio sumergidas, no demasiado lejos de la orilla; formaban un pequeño cañón, festoneado en uno de sus extremos por abundante vegetación acuática, lo que convertía aquella zona en una trampa mortal para las pequeñas presas que se aventurasen a fisgonear alegremente en la oquedad. Tan bueno era el cazadero que algún rival había intentado quitárselo en el pasado, pero como el último acabó sus días en el fondo de la recula, debilitado por la pérdida de sangre, hacía ya mucho que ningún otro intruso se acercaba por allí. En cuanto a las carpas, grandes y tímidas, que comían como auténticos cerdos, revolviendo el limo del fondo y provocando grandes nubes que ensuciaban el agua largo rato, bastante tenían con defenderse del ataque de los lucios; nunca había tenido problemas con ellas, demasiado ocupadas en hozar como para molestarle. Y lo mismo podía decirse respecto de los barbos, de cómico aspecto, con su cuerpo estilizado y hermoso rematado en una absurda cabeza, de ojillos cansinos y gruesos labios.”

       “Llevaba ya un rato atrapando pececillos cerca de su escondrijo cuando le sorprendió un ruido sordo, ronroneante, acompañado de una gran agitación en la superficie del agua. No cabía duda; algo muy voluminoso se estaba acercando. Yo, que por supuesto distinguí a la perfección qué era lo que producía aquel sonido, me apreté más contra el suelo, casi metiéndome de nuevo en la escasa altura de agua que había debajo de mí, bastante asustado por lo que veía, pero a la vez incapaz de huir, presintiendo que se acercaba el final del drama. Despreciando el peligro que suponía el hecho de que el extraño pez fuese mucho más grande que él, el bass se acercó sigilosamente a aquel bulto grande y blanco que avanzaba hacia su cazadero, ahora ya sin ruido. Con el último gobio que había atrapado todavía en su bocaza, apreció el tamaño del intruso colocándose debajo de él; le intrigaba su repentina inmovilidad, puesto que detenerse en el lago al descubierto y en pleno día podía significar la muerte. No obstante, muy grande habría de ser el lucio que se atreviese con aquella pieza de piel blanca y reluciente, que hundía su extraña cola en el agua.”

       “Satisfecha su curiosidad, y ante la inmovilidad del visitante, el bass decidió entregarse de nuevo a su ocupación favorita, y así lo hizo. Al rato, olvidado de sobra el extraño pez, atrajo su atención un fuerte chapoteo a su izquierda, más o menos a un par de metros de distancia. Se desplazó de inmediato hacia allí para observar de cerca al autor de este nuevo y molesto ruido. Desde luego, era francamente extraño: un pequeño pez cilíndrico con grandes ojos y morro chato, de color chillón y con un poblado plumero en el lugar de la cola, que le miraba burlón, con cara de guasa, agitándose convulsivamente de cuando en vez y produciendo así secos taponazos al chocar su morro contra el agua. Ya decidido a acometer al escuerzo aquel, éste se retiró raudamente, como si hubiera notado las intenciones del bass, pero lo hizo ¡saliendo del agua de un salto!. Además, volvió a aparecer en el mismo sitio en que el gran pez le había visto por primera vez muy poco tiempo después, tras de lo cual siguió haciendo ruido como si tal cosa. Iracundo por naturaleza, el bass se lanzó a acabar de una vez por todas con aquel ser molesto y arrogante, que le crispaba los nervios y le espantaba la caza con sus incesantes chapoteos. Así pues, se alejó un poco del intruso, desplegó colérico las aletas y enfiló, con todo su impulso, contra el insolente bichejo, que zangoloteaba a escasa distancia. Segundos antes del brutal choque, vi cómo abría su desproporcionada boca, erizada de dientecillos, sintiendo al cerrarla el golpe de la víctima contra el duro paladar.”

       Las caras de los depredadores, abundantes entre la concurrencia, eran todo un poema; podía verse en ellos satisfacción y orgullo. Al fin y al cabo, era agradable saber que cerca de allí, en las aparentemente plácidas aguas del lago, vivían otros animales similares a ellos en cuanto a comportamiento, por mucho que la barrera infranqueable del líquido les convirtiera en eternos desconocidos, a los unos para con los otros. En justa compensación, podía notarse una cierta inquietud entre las víctimas potenciales de aquellos animalotes de tierra y de agua, que asistían también a la narración, si bien les tranquilizaba la presencia enorme de la Sombra y el hecho de que no acababan de imaginar cuanto ésta les estaba relatando, sin duda debido a su escaso magín. De cualquier manera, todos ellos seguían enfrascados en las palabras del anciano.

       “Tras embocar la presa, que resultó ser muy dura, el bass dio media vuelta, girando hacia su escondrijo para tragarla del todo con tranquilidad; en ese momento, sintió un fuerte tirón en sus mandíbulas. El extraño pez había saltado en el interior de su boca, pegándose a sus branquias y perforándole aviesamente una de sus comisuras, allí donde la mandíbula superior derecha hace juego con su gemela inferior. Reculó furiosamente, alejándose con rapidez del lugar mientras cabeceaba para desprenderse de su malvada víctima, pero ésta no cejaba en su empeño; se clavaba más y más, hasta que acabó por atravesar completamente la boca del pez. Al mismo tiempo, el pececillo tiraba de su sorprendido captor con una fuerza inexplicable, acercándole cada vez más a la superficie y al gran objeto blanco, que flotaba cerca de allí.”

       “Continuó el combate, casi fuera del agua. El poderoso pez se debatía con rudeza, saltando encogido por el aire para estirarse de golpe con gran fuerza al iniciar la caída hacia el agua; ensayaba sin cesar diversas maniobras, tales como sumergirse a gran velocidad, golpear la cabeza contra la arena o desplazarse de derecha a izquierda, pero todo ello sin resultado alguno.”

       “Al cabo de casi diez minutos de enconada lucha, el cansancio comenzó a vencerle, hermanos; se acercaba el fin. Ya inerme, se dejó izar por su enemigo hasta la superficie, donde quedó panza arriba, intentando aún escapar, moviendo débilmente la gruesa cola y respirando con fatiga. Y, de pronto, sintió que se ahogaba, fuera del agua, y que el aire que nosotros ansiamos respirar quemaba sus branquias, matándole poco a poco. Entonces, amigos míos, forcejeó entre un par de manos cálidas, cuyos dedos se introducían en sus agallas para sujetarle, y notó el manoseo delicado que le separaba del bichejo maldito que le había derrotado en toda regla. Rota su boca, sangrando en abundancia, contempló, por primera y última vez en su vida, un rostro humano, el del pescador que le capturó.”

       Aquello ya fue demasiado para la concentrada audiencia. Se apretaron todos contra el suelo, temerosos, y algunos de ellos incluso miraban los alrededores del claro, no fuera a ser que el autor del desaguisado anduviera rondando por las cercanías. En un instante, se sintieron absolutamente desvalidos, hermanados fuertemente ante el terrible poder del Hombre, de ese ser oscuro que les obligaría, en caso de aparecer, a olvidar sus mutuas diferencias para entregarse a una loca carrera, para salvar sus vidas a toda costa.

       La Sombra, sabedor del efecto de su relato, dejó que el miedo atenazase durante algunos minutos a sus súbditos, que les asilvestrase aún más, preparándoles así para un momento que él juzgaba inevitable. Calmados los ánimos, siquiera ligeramente, el monarca remató la narración.

       “Tras ser llevado hasta la barca, que no otra cosa era el gran bulto blanco, y ya sin anzuelo en su boca, recibió un fuerte golpe en la nuca; se retorció, convulso, y murió. El verdoso pez, que comenzaba a perder el color de su hermosa librea, resbaló por el fondo del bote hasta quedar apoyado, escama contra escama… ¡contra el enorme lucio que había devorado al pato poco después de amanecer!.¡Cuando pude verlo, levantando ligeramente la cabeza, os juro, hermanos, por la gran osa que me dio la vida, que no daba crédito a mis ojos! Me figuro la cara que pondría el pescador al llegar a su casa y desventrar al lucio, encontrándose con los restos del pobre pato. Sin duda, le habría hecho mucha gracia al bass la escena, si hubiera podido verla…”

       “Corrí hacia el bosque a toda velocidad, y no paré hasta llegar a mis dominios, estremecido todavía por cuanto había alcanzado a contemplar durante aquella triste mañana. Así os lo he contado porque así ocurrió. Id ahora en paz; el alba comienza ya a teñir el cielo de rosa y violeta, y pronto el sol nos obligará a bajar la cabeza. Dormid, soñad, descansad; puede que muy pronto vuelva a convocaros, hermanos.”

       Obedientes, los súbditos de la Sombra se fueron retirando con sigilo, volviendo cada uno a su guarida ordenadamente. Cada uno rumiaba para su caletre el tremendo relato del oso, extrayendo sus conclusiones y tomando nota de todo cuanto había oído aquella noche. Después de escuchar a la Sombra, siempre volvía uno a casa con la extraña sensación de no haber logrado captar en su totalidad el profundo misterio que la voz del oso hacía bailar ante los ojos de su audiencia, el sentido último y tremendo de las narraciones que les dedicaba y su intención final. Lo que sí quedaba claro, sin embargo, era que merecía la pena arrebatar algunas horas al sueño para disfrutar de la poderosa magia que rodeaba al monarca en las noches en las que se decidía a compartir sus maravillosas experiencias con sus agradecidos hermanos.

       Desde el gran roble, una enorme masa gris, como tallada en piedra, observa atentamente la retirada del cortejo de criaturas, que se adentra en el bosque como si nunca hubiese existido. Después, sólo un suave roce de ramas delata que la noche ha acabado, que la Sombra se ha retirado ya.

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Muflonas, mi recurvado y yo (Rumores de la foresta, y IV)

muflon7Parece ser que a muchos de mis compañeros de andanzas y de común afición, que son bien conocedores de aquel proverbio (sabio por demás) que afirma que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, les cuesta muy mucho comentar aquellos de sus lances que terminan con la pretendida pieza de caza yéndose, muy merecidamente, a criar. En este determinado asunto, delicado y escabroso como pocos, resultan los cazadores arqueros sospechosamente parecidos a aquellos otros deportistas que dan rienda suelta a su pasión con un arma de fuego o con una caña de pescar.

Contamos con asombrosa claridad y lujo de detalles los lances cuyo desarrollo y resultado son dignos de aumentar nuestro caché entre los componentes de nuestra tribu, y callamos solapadamente aquellos otros en los que la suerte no nos acompañó, o bien los relatamos con el “excusario del arquero” cerca de la mano, prontos a utilizarlo con pasmosa habilidad, casi siempre acompañados por las sonrisas o el cachondeo más descarado de los contertulios de costumbre, por lo común tan troleros o más que nosotros, llegado el caso.

    Desde luego, ese no soy yo, o no suelo serlo. Y no lo digo por dármelas de original o de sincero; simplemente, estoy desde hace trece años enredado en este singular mundo de la caza con arco y puedo afirmar, sin temor al sonrojo, que aprendo cosas nuevas cada día, y de las personas más insospechadas, lo cual no hace sino hablar en pro de la riqueza de matices y contenidos de nuestro deporte, y de mi acrisolada ignorancia. Así pues, y siquiera sea a modo de catarsis personal, allá va mi última experiencia cinegética.

    Mi amigo Enrique Herrera llevaba ya cierto tiempo hablándome de una finca que él suele frecuentar, siempre en pos de caza mayor, y que reunía determinadas características que la hacían idónea para la práctica exitosa de la caza con arco. Desde luego, me recalcaba, la primera y no menos importante de todas era la predisposición de la propiedad hacia nuestro particular estilo venatorio, que comprendía y aceptaba con todas sus consecuencias. Si a esa peculiaridad añadíamos un entorno natural bellísimo y una densidad de piezas más que aceptable, el cuadro, sinceramente, resultaba de los más apetecible.

    Después de varios intentos fallidos de acercarme por allí, el pasado fin de semana pudimos cuajar una cita. Dicho y hecho; el sábado de mañanita, César y yo cargamos su coche con arcos, flechas, equipo diverso y una tonelada de ilusión y partimos hacia Toledo, lugar de encuentro con nuestros compañeros de correrías para la ocasión, es decir, Quique, Jorge y José María, este último dueño de la finca que íbamos a visitar. De ésta solamente sabíamos que lindaba prácticamente con Cabañeros y que estaba, por tanto, muy cerca de Ventas con Peña Aguilera, pueblo con rancia tradición cinegética.

    José María Colomina Velázquez-Duro, que tal es su gracia, resultó ser un simpático guasón, aunque serio y cabal a la hora del negocio. Ya de camino nos vaticinó que veríamos caza hasta hartarnos, y que era más que probable que tirásemos todos. Con semejante perspectiva (aunque con las debidas reservas, todo hay que decirlo) nos plantamos en la finca, conocida como “Los Baños de Villanarejo”, en un santiamén. Tras ocupar nuestras habitaciones y comer opíparamente, nos enredamos con el café y con el coñac en la terraza del chalet hasta las seis o las siete, hora de entrar en el monte y ocupar nuestros puestos. Inmediatamente, aparecieron Angel y ramón, dos cordiales jienenses que desempeñan el oficio de guardas de caza en la finca. César con Ramón; yo con Angel; Quique y Jorge a su aire, puesto que ya conocían la finca sobradamente. Además, habían instalado nada más llegar una plataforma para cazar, hecha por ellos, que colgaron a unos diez o doce metros del suelo, con lo que estaban deseosos de probar su efectividad.

    Cuando llegamos a lo alto de la sierra, silencio total y absoluto; nos parecía mentira, con la cantidad de bichos que habíamos visto durante todo el día. Mi puesto es un cuadrado hecho de jara seca y trenzada, con puerta de quita y pon y dos pequeños taburetes de corcha, no demasiado grande , con una generosa tronera mirando hacia el comedero, que está a unos veinte metros de distancia, según creo apreciar. Angel se agazapa detrás de mí, y hala, a esperar. Pasan las horas tediosamente, y comienzo a creer que el café y el coñac nos han robado el día; hemos subido demasiado tarde, al menos para los muflones.

    Queda aún, no obstante, esperar la visita del rey de la noche, del protagonista de tantos y tantos emocionantes lances en lo profundo del bosque: el jabalí. Nada; ni a tiros. El taimado monarca no nos honra con su esperada visita. Angel me hace una seña, recogemos los trastos y nos vamos a otro comedero con el coche. Hacemos una entrada despaciosa, a conciencia, y un golpear de piedras nos deja clavados en el sitio, con el pulso alterado y el oído alerta: dos hermosos ciervos están comiendo en el lugar, pausados y tranquilos, hasta que el aire les lleva el odiado olor a hombre. Bufan, se echan al monte, cerrado y oscuro; abandonan el comedero, que es justo lo que nosotros queríamos, aunque, como es lógico, nos hubiera gustado no espantarles, tratando así de no alertar a nuestro colmilludo amigo.

    Ocupamos el puesto, hecho con cómodas balas de paja, y vuelta a empezar. Horas después, me canso, me mosqueo, bostezo y enciendo un cigarrillo. Angel me mira, divertido: “Don Mariano, aquí no hay nada que hacer; mañana será otro día”. Le digo entonces que si plegamos y, por respuesta, se levanta y coge mi mochila, que se ha empeñado en llevar, y parte hacia el coche. Ya en el vehículo le digo que prefiero intentar el muflón al día siguiente, a mejor hora; se me queda mirando, suelta un juramento y me dice, con su peculiar acento, que si él hubiera sabido que yo quería un muflón, estaríamos de vuelta con el bicho haría ya un rato “mu’largo”.

    Bueno, qué le vamos a hacer; esto es caza, y no tiro al blanco; mañana más. Llegados a la casona, resulta que César me enseña, mitad compungido, mitad alegre, una de sus puntas de caza, ensangrentada y retorcida: “No la hemos podido cobrar, me cago en la leche. Yo hubiera jurado que le acerté en el codillo, pero Ramón me dice que la vió con la flecha atravesándole la parte baja del cuello; hemos pisteado casi un kilómetro, hasta que ha dejado de dar sangre”. Para colmo de males, César se tiene que ir a las once de la noche, puesto que al día siguiente un compromiso profesional le aguarda en Madrid.

    Siento mucho su partida, que César es hombre cabal y muy buen amigo, tanto más cuanto sé que nuevas emociones nos aguardan cuando despunte el día, y me cabrea que su primer contacto con la caza mayor con arco haya tenido un final tan desabrido. Un adiós, gran cena, dos copas, y a dormir.

    Al día siguiente, y tras un madrugón de padre y muy señor mío, que nos permitió pasar toda la mañana intentando recechos en esta espléndida finca, subimos mucho antes a nuestros puestos, ya perdida la cuenta de los animales que hemos podido contemplar, incluyendo zorros y aves de presa. Yo le he cogido ley al primero que visitamos, y hacia allá vamos, Angel, ramón y yo. Apenas hemos acabado de acomodarnos el primero y un servidor, mientras Ramón esparce el grano, cuando éste comienza a hacernos señas para que nos cobijemos del todo en el interior del puesto. Sale zumbando con el coche; silencio expectante. A los dos minutos, murmullo de patas, suave y cauto: doce bonitas muflonas están alimentándose en el comedero. Pelaje limpio, andar reposado y elástico; todo un placer para la vista.

    Doce pares de sagaces ojos nos contemplan: el viento, a nuestro favor, acaba convenciendo a las visitantes de que nada hay que temer, y ahí comienza mi calvario. Cuando por fin las doce están comiendo otra vez, me doy cuenta -Dios confunda a los cretinos- de que me voy a tener que incorporar, asomando prácticamente hasta la cintura por el borde del escondite, para poder disparar a gusto. La tronera, que haría las delicias de un arquero de poleas, es inútil para este pobre tirador de recurvado; mi Border tiene una envergadura de sesenta y dos pulgadas, lo que dificulta su manejo en tan reducido espacio.

    Sudando por cada pelo una gota, saco una flecha del carcaj adosado que me hizo mi amigo Alfredo, encoco y comienzo a levantarme, muy poco a poco. Tiemblo como un azogado por la tensión del momento y por el esfuerzo muscular que estoy haciendo; ánimo, en peores plazas hemos toreado. Noto la inquietud de Angel, a través de las jaras y preguntándose, sin duda, por qué coño no tiro. Ya en suspensión, elijo a mi víctima, fijo mi atención en su codillo, abro el arco, anclo y suelto, con toda la suavidad de la que soy capaz en ese instante eterno y terrible.

    Estupendísimo; la 2216, equipada con una Thunderhead de 125 grains, eficaz donde las haya, ha pasado a unos diez centímetros por debajo del codillo de mi presa, estampándose contra un pedregal: desbandada general  -por el ruido; no me han visto ni olido- , juramentos que no son para repetir aquí, y más quietud.

    Todo eso a veinte metros de distancia y en una postura más que conocida y ensayada; para mondarse, vamos. No obstante, y a fuer de sincero, creo que no he “sentido” el tiro; no he sentido esa sensación, tan conocida para el arquero instintivo, de que la flecha “va” a su sitio inexorablemente, que se produce nada más soltar la cuerda. Más tarde, y con la cabeza más fría, llegaré a la conclusión de que me ha faltado fe en mí mismo y en mis facultades.

    Angel me hace señas para que deje de farfullar barbaridades, y así lo hago, aunque lo mío me cuesta; uno no puede tirarse el conguito a diario con la caza con arco y fallar un tiro así, leche. En fin, aquí están de nuevo, bastante avisadas, eso sí. Imposible; me han visto a través de la tronera, y a pesar de que me lo hago de árbol, con pintura en la cara incluida, ojos cerrados y demás, cuando ya las he convencido dos veces de que soy inofensivo como un bebé, un golpe de aire en la espalda me anuncia que llega el final del lance. Vuelta a plegar, comentarios de rigor , y Angel, que me quiere llevar a un comedero más lejano, animándome a intentarlo de nuevo. Nos alejamos charlando sobre el lance unos quinientos metros y llegamos a la punta del morrión donde se ubica el comedero de marras.

    Según mi acompañante me lo pinta, hemos de bajar un profundo y espeso barranco, subir una colina, bajarla y meternos entre pecho y espalda la pendiente de un enorme cortadero que veo a lo lejos; total, unos cinco kilómetros. La respuesta me la dan mis pies, encallecidos y con sangre por unas puñeteras botas algo grandes: tiriviqui, o sea, nasti. “Nada, Don Mariano, como Vd. diga. Vamos dando un paseo hasta la casa, cogemos un coche y seguimos”. Dicho y hecho, echamos a andar en animado parloteo y, de pronto, como a unos doscientos metros, otra vez las muflonas en el comedero. Naturalmente, hemos girado en redondo para volver por donde habíamos venido, pero no me sospechaba yo que los animalitos en cuestión fueran tan tesoneros. “¿Hacemos una entrada?”, me dice el bueno de Angel; “…o cien”, le digo yo, otra vez animado.

    Deslizándonos hacia la ladera de la derecha, encorvados y cautos, comenzamos a andar, posando los pies con infinitos miramientos para evitar ruidos. El viento, esta vez, nos mece suavemente de frente, con un soplo regular y firme.

    Me viene a la mente la imagen de un toro en una cacharrería y, mejorando lo presente, me siento exactamente igual; todo me suena, me cruje; las piedras resbalan y se ríen de mí, hablan entre sí, golpeándose unas a otras, las muy pendonas. Entre el sudor, la melena y la lluvia, que ha comenzado a caer silenciosamente, estoy de pintura hasta los ojos; me duelen las rodillas y los codos de arrastrarme, pero, al final, ya estoy allí, a unos estupendos veinte metros, muy escasos. Detrás de mí, Angel espera en tensión. Tan sólo me oculta de las agudas miradas de las muflonas una minúscula mata de hierbajos; me preparo para el tiro, tomando todas las precauciones posibles, cuando una de ellas me mira descaradamente. Vuelta al cuento del árbol, vuelta la burra al trigo, pero ya cambiando, sabias máquinas de sobrevivir, ángulos y posturas, porque hay no menos de seis animales calmando su apetito frente a mí. Tras repetir el cuento otras dos veces, se acabó lo que se daba. Bufidos, carreras y yo con una cara de canelo espectacular, supongo.

    Pero Angel no se rinde nunca, pese a que tenga que habérselas con capullos como yo. Otro comedero, esta vez en lo alto de un barranco, para llegar al cual hemos de atravesar un hermoso bosquecillo de encinas, melancólico y mágico bajo la dulce luz de la tarde. Y ahí están, como siempre, comiendo y saltando, ignorantes de mi, según se ha visto, peligrosísima presencia. Así que me arrastro de piedra en mata, de mata en árbol y me pongo a quince metros de ellas. Pero aún así, están lo suficientemente anguladas con respecto al borde del barranco como para ofrecerme un blanco muy precario. Voy a esperar; el viento es bueno y no tengo prisa, pese al bueno de Angel, que me espera veinte metros más abajo, supongo que ya acostumbrado al espectáculo que le estoy ofreciendo. Y hete aquí que a mis amigas se les acaba la comida; media vuelta, sin prisa pero sin pausa, y enfilan hacia el gran olivar que corona la meseta en la que acaba la pendiente en la que me encuentro. Aprovechando la lluvia, que cae ahora con más fuerza, salgo como un cohete hacia ellas, arropándome en los olivos, y cuando me he situado a unos treinta metros, la burla final. La más vieja de ellas se da la vuelta, me caza completamente, no se cree para nada el cuento del árbol (las noticias vuelan), bufa a sus chicas , y adiós Madrid, que te quedas sin gente.

    A todo esto, mi carrera me había llevado hasta unos trescientos metros de la casona, circunstancia que aproveché para dar por terminado tan brillante episodio cinegético y atizarme una cerveza grande y fresquita, que bien ganada me la tenía.

    No quiero dar en absoluto la impresión de estar disgustado, aunque a nadie le gusta venirse de vacío, y más cuando se ha tenido el triunfo tan al alcance de la mano. Lo cierto es que me lopasé como un auténtico enano, desde que me senté en el puesto hasta que volví a la casa, donde tuvo lugar el inevitable cachondeo; además, me alegró la tarde saber que César había abatido no una, sino dos muflonas, la primera de las cuales apareció con un perfecto tiro en el codillo, ese mismo día, tras un minucioso rastreo de la zona. La segunda, tocada en el cuello, fue la que Ramón vio nada más disparar mi amigo, que se quedó sentado en su sitio, como mandan los cánones, por lo que no pudo comprobar lo acertado de su impacto. Supongo que la otra, herida de muerte, saltó hacia la espesura con la rapidez del rayo, cayendo a unos cuarenta metros del comedero.

    Le cortamos las dos patas delanteras y lo celebramos con generosidad, a pesar de que es la segunda vez que mi escurridizo amigo se escapa de un merecido noviazgo de montero; ya te trincaré, personajillo…

    Porque, pensándolo bien, tengo que dar la razón a Quique y a José María. La casa es espléndida, con un sobrio estilo solariego y señorial a la vez; no ha faltado el agua caliente de la ducha de cada uno de nuestros baños; la comida cocinada por Brígida, la mujer de Angel, estaba deliciosa (acuérdate, Mariano, de los solomillos de jabalí empanados, picantes, o del sorbete de melón de la propia huerta…); José María, perfecto anfitrión, no nos ha dejado parar quietos a base de cazar y cazar. Hemos ido allí cuatro amigos, los cuatro hemos visto caza más que de sobra, los cuatro hemos tirado y dos de nosotros han conseguido su premio; la fina está a dos horas escasas de Madrid, es preciosa, recechable y con gran densidad de población cinegética; hay puesto de sobra, en el suelo y en los árboles; los comederos están atendidos a diario; de haber tenido tiempo podíamos haber tirado unos faisanes o montado a caballo por la propiedad, así que… ¿Qué más se puede pedir?

    Son casi las diez de la noche, serena y refrescante. Estoy sentado solo, en la terraza de la casa de mi amigo José María, dueño afortunado de tanta belleza como me rodea en este momento. Frente a mí, la sierra, salvaje y silenciosa, con alguna guedeja de niebla en sus cumbres, testigo de mis recientes hazañas, de mis emociones, mis alegrías y fracasos, me mira a la cara, sin tapujos, de poder a poder. Sé que el gran muflón cojo está pastando en la pradera que se abre a mi izquierda, allá a lo lejos; sé que ciervos y ciervas le acompañan y que estarán hablando de mí, en animado compadreo, mientras sus crías juegan a su alrededor. Sé que saben que Quique, mal que le pese, mal que nos pese, falló un muflón muy de cerca la misma tarde que yo; sé que lamentan que Jorge consiguiera abatir una muflona, colgado en un puesto a doce metros de altura sobre el suelo, cuyos lomos se llevó consigo. Hablan también del recién llegado que se fue sin saber que su primer lance de caza mayor con arco había tenido tan buen final para nosotros, tan malo para ellos. Y por un instante, emocionante y efímero, creo volver a oír el discreto tristrás de las patas de mis muflonas muy cerca, muy cerca de mí, en estas benditas tierras manchegas, henchidas, ahítas de caza y, ya, de recuerdos.

    Volveré, lo prometo.

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Silencio (Rumores de la foresta, y III)

 1391998_569505043119752_1558062315_n “Un poco más, solamente un esfuerzo más y ya estamos arriba. Caramba, o este puesto está cada vez más complicado, o yo no me llamo Nacho. De todos modos, no es cuestión de engañarse en demasía, compañero. Hace tan sólo cinco años, te hubieras subido y bajado de este mismo puesto diez veces seguidas sin detenerte para nada, fumándote después un puro hasta los labios, todo ello sin mover un músculo. La verdad, cuando uno está ya frisando edades poco ortodoxas, por decirlo de una manera suave, o se vive de prestado o se teme, casi todos los días, alguna visita inesperada, que corte de raíz tus hábitos y modos de moverte en este divertido lupanar que es la vida. Muy bien, aquí estamos un día más, dispuestos a disfrutar todo aquello que este duende verde, espléndido y ubicuo, nos ofrezca a mi compañero y a mí.”

   “Después de tantos años, me creo con derecho a hablar de una cierta complicidad entre él y yo; entre él, maestro de todo lo que es, y yo, aprendiz de todo cuanto quiera enseñarme, seguramente dotado de una vida demasiado corta para aprovechar semejante caudal de cosas vivas, desprovistas de toda doblez. Y no estoy hablando, cuando hablo de él, de este espléndido arco que reposa junto a mí, supongo que tan fatigado o más que yo, por mucho que no lo deje ver. Va ya para doce años que este sujeto -madera y cuerda, todo él mala intención- y yo estamos juntos, y lo suyo es que empiece a notar ese cierto desapego a la vida que las personas traducimos, por miedo a la verdad, como sabiduría y templanza, cuando en realidad el nombre de ese sentimiento es muy otro”.

   Nacho, nuestro hombre, se arrebuja con alguna dificultad en el escaso hueco que el puesto le facilita, colocando minuciosamente su manta, su bota, su arco y todos aquellos enseres que son propios de su pasión, de su segunda naturaleza, de su razón última para vivir. Es un hombre enjuto, alto, con bigote y cabellos ya algo más que entrecanos, pese a que su edad no le hace acreedor a semejante desaguisado, por lo menos no en tan gran medida. Eso sí, la vida, esa puta veleidosa, esa cortesana elegante y despectiva que golpea siempre sin avisar, le ha regalado, dadivosa e irónica, atributos que casan con su ser y con su sentir. Porque es Nacho hombre de risa fácil, temperamento guasón y tolerante, elástico y reflexivo frente a las dificultades, presto siempre a la jarana -de mejor o peor gusto- , y, sobre todo, enamorado de sus amigos, que resultan vocingleros, nobles y decidores como el que más. Como buen profesional liberal ha hecho y deshecho a su antojo, ha conquistado mil veces un puesto en la vida, jugándoselo a la carta más alta y perdiéndolo otras tantas veces, sin importarle lo más mínimo.

   No faltará quien le envidie, porque de hecho nunca falta; no se hará esperar quien entone un plañidero canto de sapo repulsivo e hipócrita por su compañera y por sus hijos, canto por demás de sobra. Nunca entrará Nacho a discutir si detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer o si resulta ser todo lo contrario, porque tiene muy claro que apostó para ganar: alegra sus días una mujer de una sola pieza, que le siguió y le consiguió, que compartió de cabo a rabo su vida y que le dio hijas e hijos que han sabido digerir cuanto de papá y de mamá aprendieron, para después ponerlo en práctica con sorprendente brillantez. “Sí, hombre, lo cierto es que no me falta de nada, aunque lo mío me ha costado, qué coño. Vale ya de solucionar los problemas de los demás y de enredar por cuenta ajena, por bien pagado que esté, que no lo está. Los mozos buscándose la vida, mi mujer reventando de puro guapa y rebonita, con un fulgor en los ojos que no tenía a los treinta, y yo, a lo mío. Ratito libre, al monte, como las mismísimas cabras; arco, bota, bocata, y el que venga detrás que arree. Creo que ya he cumplido con todo y con todos en la justa medida. Curioso; en el momento en que me pongo a pensar en mis cuentas con la vida, lo primero que me viene a la cabeza es una tarde ya muy lejana, de ésas de las que uno se acuerda como si fuera un cromo de los repes, que cambiaba con los compañeros en el colegio durante el recreo: una imagen clara y llena de color, pero fija, inmóvil en la quietud del aire tibio. En aquel momento, yo, pipiolo y vacilón, tomé contacto con una realidad que a poco me devora con fuerza inusitada al pasar de los años. Casi no recuerdo mi primer contacto con la arquería, como no fuera por el dolor de espalda y de brazos que me dejó, y por la desesperación que sentí al pensar que aquél no era mi deporte, que no podría con él.”

   “Las vueltas que da la vida, Nachito; los tiros que llevo pegados, qué joder. Poco después de contactar con otros cinco o seis iluminados, nos convertimos en un puñado de locos divinos, impulsados por no se sabe qué espíritu, incansables, indomables: ferias, exposiciones, demostraciones, conferencias, cacerías, visitas a despachos oficiales, discusiones. Todo ello con la sonrisa en la boca, contagiando con terrible facilidad a quienes se nos acercaban demasiado con el virus mágico, con el lúdico demonio sonriente que nos poseía, pobres de nosotros. Con el paso del tiempo fuimos capaces de levantar un modesto edificio, una casa llena de alegría y de camaradería, un estilo de ser, vivir y estar. Disfrutábamos de un protocolo vital lleno de privilegios, que estábamos siempre dispuestos a compartir sin para mientes en edad, raza, sexo o condición social. Llegamos a ser, si no legión, sí centuria; estuvimos tocando las puertas del cielo con las puntas de los dedos, soñando para nuestra nación y para nosotros una manera de gestionar nuestros recursos cinegéticos y nuestra vida salvaje cumplidamente probada a muchos kilómetros de aquí.” “Me cago en la leche, Nachito; si te hubieran dado cinco duros por cada despacho oficial que visitaste, si te hubieran dado cinco duros por cada político pringoso, funcionario de vía estrecha y sueldo jugoso, que te estrechó la mano aparentemente asombrado de lo que le contabas, admirado de tu visión de futuro… Si cualquiera de ellos te hubiese dado esos puñeteros cinco pavos por cada estudio, proyecto, propuesta y oferta que les hiciste llegar, hoy estarías cazando, como muy cerca, en Camerún. Mientras tanto, el famoso inspector Alcesto, que trabaja apasionadamente para todas las administraciones del mundo, se ocupaba gustosamente de visar y de revisar todos vuestros proyectos, dilectos imbéciles de sonrisa confiada. Al final, acabasteis depositando vuestra esperanza, o lo que quedaba de ella, en la iniciativa privada que, al fin y al cabo, solamente se mueve por la peseta y por la bragueta, es decir, por las dos palancas que hacen girar al mundo””.

   “Ya metidos en harina, el carro echó a andar, y aquí estamos; eso sí, bastantes menos de los que empezamos. Muchos compañeros quedaron por el camino; algunos cayeron del ya mentado carro en contra de su voluntad, por la fuerza de las cosas; otros se tiraron en marcha, porque Dios reparte los redaños como lo hace con otro tipo de dones, incluida la paciencia; a otros muchos, visto que no se bajaban motu proprio, les bajamos nosotros. En fin, a cada uno lo suyo. Personalmente, les clasifiqué de acuerdo con mi particular manera de ver el mundo, y con arreglo a tal clasificación les trato cuando me les encuentro. Obviamente, a unos les echo de menos y a otros no, en absoluto. Sigo escogiendo, como a lo largo de toda mi vida, con quién comparto mi pan y mi sal, y es algo de lo que no me arrepiento ni me arrepentiré nunca”.

   Se mueve el monte y respira con latir propio, mientras nuestro hombre se ha perdido, relajado y tranquilo, por los vericuetos saltarines de su memoria, ya fecunda en experiencias y recuerdos. Olvidándose hasta de lo que aprendió de muy chico, al tiempo que escuchaba el tronar de la escopeta del abuelo, ha encendido un cigarrillo, sin prestar la más mínima atención a los vientos que se abaten taimadamente sobre el puesto, disimulado con aviesas intenciones. Está mirando al cielo, algo encapotado, como corresponde a una tarde de caza que se precie, exhalando el humo plácidamente; otea con tranquilidad las cumbres agrestes de la cercana sierra, llenándose los ojos con tanta belleza, cuando una flor roja de sangre se abre en el interior de su pecho, violenta y salvaje, con un estallido similar al de un triquitraque de feria. Nacho se encorva, se ahoga; siente como si se le abriera el corazón, como si una fiera se lo partiera en dos, y apenas si tiene tiempo de apuntar una lágrima furtiva y un recuerdo fugaz y emocionado para todos los suyos, agradeciendo todo cuanto ha recibido a lo largo de sus días, mientras se lleva las manos al pecho dolorido, preñado ya de sangre oscura y ominosa.

   El infarto ha sido implacable, fulminante, diríase perfecto en su maldad. Ha cerrado unos ojos de mirar apacible, amable, con ese gesto inmemorial de quien ha visto mucho y, en consecuencia, mucho comprende, mucho asume, mucho comparte. Nacho ha quedado tendido de lado, sobre el respaldo del puesto. Su rictus de dolor ha quedado fijo en su rostro: la dama oscura ha golpeado bien, certeramente, de una sola vez, con la eficacia que haría enorgullecerse a cualquier cazador arquero de verdad: una flecha, una vida; una sola vez hendió el aire la hoja de la guadaña… Un viento ululante, juguetón y risueño, desciende desde la sierra cercana. Despeina los cabellos del muerto, juega con su blanco bigote, teñido de nicotina, acaricia su cara aterida con cariño de amante y le susurra al oído con ternura. Le está hablando del jabalí, que busca bellotas en lo profundo del monte; le cotillea el camino del muflón que conduce a la manada a través de la espesa umbría, le cuenta hermosas leyendas sobre la brava perdiz, que se oculta en las jaras. Le lleva, en suma, mensajes del Bosque, que le respeta y le admira, como a todo aquél que cumple sus leyes inexorables. Pero todo es inútil; silencio, absoluto silencio le responde. Nacho viaja ya, solo y desnudo, armado con su amor por la vida y con su arco, hacia otros cazaderos eternos, enormes y nebulosos, donde espléndidos venados de grandes cuernas y ojos aterciopelados pastan pausadamente sobre la verde, fragante hierba de la esperanza.

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Fiebre de otoño temprano (Rumores de la foresta, y II)

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“Curioso; ese montón de hierbajos y ramas resecas no estaba aquí antes de ayer, cuando pastábamos muy cerca. Me pica bastante la curiosidad, todo hay que decirlo, pero, en el fondo, siento más recelo que otra cosa. Bueno, estaremos ojo avizor por si las que vuelan.”

   “Da gusto pasear por el bosque en estas madrugadas del septiembre temprano, cuando la niebla lo envuelve todo, peleando con la luz ya cercana por el dominio del espacio, compartido con una brisa de fragancia muy especial. El rocío que cubre la tierra, los pastos todos, se deshace bajo nuestras patas sigilosas, y un algo vibrante que flota en el ambiente comienza a encender nuestra sangre. Es hora ya, ya se acerca, de iniciar nuestros rituales de vida y de perpetuación, nuestros espectaculares combates, nuestro fin último y primario. Muy en breve, se nos olvidará hasta comer, el sueño abandonará nuestras vidas y una sola obsesión se asentará entre nuestros ojos, entre nuestros enfebrecidos ijares, en la garganta barbuda y vocinglera. Desde lo alto de la sierra, desde lo más profundo del bosque, iniciaremos la búsqueda incansable de nuestras compañeras, de ojos suaves y huidizos, de tierno mirar, que soportarán embravecidos embates de la vida misma, de la loca ansia de amar que nos posee durante unos pocos días al año. Alguno, como siempre, se llevará la parte más sabrosa, y no siempre será el mejor ni el más valiente, aunque esos sí, será seguramente el más avispado; otros morirán de pura consunción, de cansancio y de hambre, frustrados por no haber podido cumplir con su papel o con parte del mismo; en fin, así es este asunto.”

   “En lo que a mí respecta y sobre este particular, estoy absolutamente tranquilo. Mi sangre corre por las venas de la mayoría de los venados que pueblan este fragoroso lugar; mi semilla ha germinado, fructífera, en el vientre de muchas hembras, de muchas. De cualquier modo, y por lo que a las ganas de pelear se refiere, mi cuerna posee ya doce candiles simétricos, oscuros como el ébano y de un grosor más que respetable, y mi corazón se siente alegre y joven, presto al combate y al amor. Así pues, que venga; bienvenida sea esa fiebre de otoño temprano, ese desafío, ese canto a la vida.”

   “Resulta siempre una ocasión peligrosa para nosotros, no obstante; poseídos por ese voraz demonio de faz sudorosa, descuidamos la vigilancia que nos preserva del enemigo, bajamos la guardia hasta extremos insospechados. Basta así con escuchar un cercano entrechocar de cuernas, con aspirar la deseada fragancia de la hembra, para desoír el latido de nuestro propio corazón y emprender veloz carrera en busca del combate, de uno u otro tipo. En esos momentos, somos claramente vulnerables ante el ataque de cualquier enemigo. Y, ciertamente, no nos faltan de estos últimos. Todavía recuerdo, aunque ya entre brumas, las advertencias de mi abuelo, venado viejo y versado en las artes del bosque por demás, sobre lobos, zorros y demás predadores naturales, que nos acechaban por doquier, aprovechando todas las oportunidades posibles para robar nuestras crías, nuestras hembras y a los más jóvenes de entre nosotros, acosando sin piedad a los más mayores. Hoy día, esa amenaza ha desaparecido casi por completo: muy de vez en cuando, algún enjuto y viejo trotador de ojos amarillos traspone la cercana sierra, enloquecido de hambre, y se busca la vida en nuestro valle; de todos modos, dura más bien poco entre nuestros bosques. Ya se preocupa de desalojarle el peor de nuestros enemigos, la pesadilla recurrente que se calma durante muy poco tiempo al año, la bestia feroz y sin entrañas que nos persigue sin tregua: el Hombre, el rey del mundo, la creación más disparatada de la Naturaleza, esa madre cruel.”

   “No puedo reprimir un cierto escalofrío al pensar en él; no deja de escocerme la herida de mi lomo, vieja como yo, ya casi cubierta por mi pelaje. A pesar de que mi encuentro con el cazador ocurrió en mi juventud, un tanto lejana a estas alturas, jamás olvidaré el dolor, el miedo, el ansia irreprimible de respirar, mis pezuñas levantando terrones ensangrentados y mi loca carrera hacia lo más profundo de la foresta, sin otro pensamiento que escapar del fogonazo que surgió a mi espalda entre la espesura, del estampido que me hizo respingar, afortunadamente, hiriendo mis tímpanos con el inconfundible sonido del espanto. Al llegar a mi refugio y encontrarme con mis compañeros, me costó trabajo poderles explicar qué había ocurrido; entrecortadamente, y mientras mi hembra lamía amorosamente la fea herida, conseguí transmitirles mi susto, mi miedo, mi experiencia y mi rencor. Han pasado muchas primaveras desde entonces; la luna, carirredonda y suave, se ha asomado en infinidad de ocasiones entre la crestería de los montes que circundan nuestro hogar, apaciguando las noches de invierno con luz limpia y clara, sin engaños, como debe de ser.”

   “Con el correr de los días, he dejado de ver a muchos compañeros, a muchos amigos y amigas que ya no marcharán junto a mí, que interrumpieron su tranquilo pastar para siempre, que quedaron suspendidos entre el cielo y la tierra en ese momento terrible, estremecedor, en el que la vida se es capa irremisiblemente. Sí, ya sé, es ley de vida. Está escrito en algún sitio, aunque supongo que no en el lenguaje de los hombres, sino en caracteres más antiguos, más amargos y atroces, que todo ser vivo ha de cumplir de modo inexorable un ciclo de vida, que quien vio un día la luz retornará a la oscuridad más tarde o más temprano, que nada dura eternamente. Si me preguntan a mí, prefiero, desde luego, morir en el combate o a manos del cazador, si es que la disyuntiva consiste en el hambre, en el frío y en la vejez inmisericorde. Suponiendo que haya nacido quien deba darme muerte, sólo le pido nobleza en el lance, que sea de poder a poder, que me dé una oportunidad, que muestre respeto y admiración por una criatura del bosque, libre y salvaje, nacida para ser feliz. Y ya puestos a dejar mi mundo, que sea de manera rápida y discreta, antes de que la edad me agarrote los ijares y deforme mi cuerna, antes de que mi pelo brillante y espeso comience a clarear.”

   “Cada vez que mi cuerna cae, para resurgir al poco tiempo más hermosa y mejor armada, me sorprende el chasquido que produce, me desorienta la falta de peso en mi cráneo y me asusta pensar en el futuro; ni la hierba más rica y dulce me devuelve la tranquilidad hasta pasados unos días, cuando los botones que comienzan a aflorar en mi cabeza vuelven a hablarme de renovación, de vuelta a la vida y a la esperanza de ver un año más.”

   “Bueno, pues resulta ser que no tengo el día muy católico hoy, vaya. Entre trocha y monte, entre mi caminar por umbría y solana, mis reflexiones me están llevando hacia una melancolía que no está acorde, de momento, con los días de lujuria y alegría que se avecinan. No obstante, sigo sintiendo que algo no marcha bien; me barrunto problemas a la vista, no puedo desprenderme de ese sentimiento, mal que me pese. Lo peor del caso es que no consigo identificar la fuente de esa sensación. En fin, quizá se trate de emociones propias de la edad; ya veremos.”

   “Caramba, qué bien huele por aquí; no sé si me gusta más el aroma de hembra o la espesa fragancia de las manzanas ligeramente pasadas, pero tengo claro que ambos olores me apetecen, me atraen. Siendo como somos auténticas máquinas de supervivencia, es muy necesario analizar la situación con ojo crítico y desdeñar, en su caso, la deseada golosina; no vayamos a engrosar el número de bajas de esta temporada.

   “Veamos, el monte está en calma; ni un solo trinar en las jaras; no cae piña alguna ni avisa la perdiz de presencias extrañas al bosque, y el viento no trae mensajes de espanto. No veo nada amenazador, así que no encuentro razón alguna por la que no pueda probar ese montoncito de manzanas que tengo enfrente de mí; desde luego, no parece en absoluto sospechoso. Pues, en efecto, están deliciosas; con un poco de suerte, a lo mejor encuentro más por aquí. Es sorprendente este fenómeno; de cuando en cuando, si bien no con la frecuencia que sería de desear, aparecen por la sierra montoncitos de comida apetecible y tierna, que alegran un poco la vida de este venado a base de variar su dieta, un poco aburrida, a fuer de sincero. Todavía no he dado con la explicación, aunque no desespero; no quisiera creer que mi sentimiento de inquietud esté relacionado con estos caprichos culinarios…”

Mientras mastica confiada y ruidosamente, machacando con el placer de un gourmet las manzanas, que llenan la boca glotona, el gran venado deja en suspenso su atención, relaja por un momento sus agudos sentidos, pese a que levanta la orgullosa cabeza cada dos por tres, en busca de signos de peligro. A escasos metros de allí, oculta entre el montón de ramajes que de mañana temprano llamó su atención y despertó su instinto, brilla, letal y fría, una punta de caza. Tras la flecha camuflada, un arco; tras el arco, el Hombre, tenso y en silencio, inmóvil, al acecho. Está cercano el culmen del lance; queda muy poco para cobrar la recompensa que lleva buscando con ahínco tantos días; vienen a su memoria madrugadas de hielo, tardes de frío intenso en pos de la pieza soñada. Ha leído signos, rastros, huellas; ha probado con distintos cebos y en distintas emboscadas; ha aplaudido la huida grácil y veloz del escurridizo venado de gran cuerna que ha burlado su habilidad y sus conocimientos en tantas ocasiones como ésta. Y, justamente ahora, en este mágico momento, le asaltan las dudas propias de todo hombre de bien, de todo cazador que se precie de serlo: hay tanta belleza en los elásticos movimientos del venado, hay tanta majestuosidad contenida en sus andares, tal gracia orgullosa y displicente, casi despreciativa…

Se sorprende a sí mismo el deportista perdonando la vida de su pieza, de un modo prácticamente inconsciente; tiene que hacer un verdadero esfuerzo para volver a centrarse en su idea, en su voluntad; se atasca y se retuerce en esa contradicción íntima que se contiene en el lance de caza, en ese querer y no querer, en ese desear el inexorable final, siempre agridulce.

Así pues, fuerza la postura, busca el ángulo debido y centra su atención en un punto de pelo más oscuro, justo por encima del codillo del venado; es un tiro a pulmón alto, con muy poco riesgo y a una distancia en la que el arquero se sabe letal. Contiene la respiración en la medida necesaria, relaja los dedos y deja partir la flecha, mensajera de muerte sin posible retorno ya. En casi completo silencio, la punta de caza y el astil se entierran, en cuestión de segundos, en la zona escogida por el tirador, mientras el gran venado respinga y cocea a la vez, repentinamente alerta, avisado demasiado tarde, congelado en el tiempo y comenzando a desaparecer como ser vivo, en su propia y personal niebla.

“¿Qué ha sido eso, qué ha ocurrido? He notado un fuerte empujón, algo así como la picadura de un gran tábano o de una abeja furiosa, y un ligero escozor se extiende por mi pecho. Qué extraño, no he oído ruido alguno; está bien, inspeccionemos la zona y sigamos comiendo; esta noche habrá que acercarse al pantano para abrevar; ciertamente, tengo una sed terrible. Bueno, no parece que aceche nada peligroso. Pero… caramba, qué mareo; de repente, todo se ha movido a mi alrededor; siento una debilidad en las patas, en el pecho; me escuecen los costillares, se me inclina la cabeza, no puedo más, me echaré a descansar un rato… ¡Por el ciervo que me dio el ser, el valle se está llenando de sombras rojas y negras, de una neblina gris y espesa que avanza hacia mí! ¿Qué significa esto, qué me pasa? ¡Un venado enorme se acerca! Tal y como me siento solamente me faltaba que viniera buscando pelea. Pero no; sus ojos destilan paz y amor; qué hermosa cuerna, qué prestancia; a su lado, la mía parece un juguete roto…¡Y me hace señas para que le siga! Está bien, amigo mío, mi hermano, te sigo; no sé a dónde me conduces, pero algo me hace presagiar que nada debo temer de ti ni de los tuyos; al contemplar tu noble faz, me vienen a la cabeza verdes prados, arroyos rumorosos de aguas limpias, bosques nemorosos y oscuros, que invitan al reposo, llenos de amorosa compañía femenina. Espera, espera; te sigo; no tan aprisa, por favor; estoy tan cansado ahora…”

A pocos metros del comedero ha caído el venado, ya inmóvil, sin vida ya. Su propia sangre empapa ambos costados, y sigue manando mansamente, en obediente silencio, hasta formar un charco sobre el suelo, ennegreciéndolo. Diríase, al verlo a cierta distancia, que está simplemente sesteando, reponiéndose de los rigores de su existencia montaraz y arriesgada: plegadas en cómoda postura sus cuatro patas, la cabeza sobre el suelo, sin mostrar rictus de dolor, con la boca cerrada y la trufa aún húmeda. No obstante, ya le azulean los ojos, y su musculatura ha perdido el tono; la muerte se ha llevado el color de sus ojos y la tensión divina que animaba su corpachón; para seguir al Gran Venado, es requisito indispensable ser ingrávido como él, etéreo y de color gris, casi transparente.

Se mueven las ramas a la entrada del escondrijo, y una figura camuflada se yergue bajo la luz de la media tarde, que comienza a perder su energía, preparando el tránsito a la noche cercana. Con el arco en la mano, preparado para impartir la misericordia del tiro de remate, el arquero se acerca con cautela a la bestia inerme. Tras comprobar la efectividad de su disparo, la limpieza con la que la punta de caza ha atravesado de parte a parte el poderoso cuerpo que yace ante él, llevándose una vida por delante, el cazador se arrodilla. Busca lentamente una mata de hierba fresca y jugosa, que arranca del suelo y que coloca, con mimo, con delicadeza, en los labios blanquinegros de su presa: muerte limpia, muerte noble, muerte sagrada para un animal salvaje, digno de ella.

   “Gracias, amigo mío. Tu recuerdo permanecerá conmigo para siempre, tu cuerna honrará el salón de mi casa y tu hermosa piel dará calidez a mi cama y a mis sueños. Viéndote ya sin vida casi me arrepiento, pero… Como en otras ocasiones, siento que no tengo palabras para describir lo que siento ahora, aunque supongo que tú me entenderías perfectamente; bien está lo que está bien.”

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Memorias de un arco de caza (Rumores de la foresta, I)

Hace ya muchos años, quizá demasiados, que escribí estos pequeños relatos sobre la vida en el monte y la caza con arco, una de mis pasiones favoritas. Creo que se nota el paso del tiempo por ellos, pero, aún así, no puedo ni quiero renegar de mi creación. Lo cierto es que los escribí durante una de las épocas más dulces y apasionantes de mi vida; quizá por ello les tengo un indudable cariño. Aunque están colgados en mi web, no me resisto al impulso de subirlos a este blog, dudando, no obstante, de si es este su lugar o si tendrían mejor acomodo en mi blog de caza. En fin, seguiremos el primer impulso, que seguramente será el más acertado, y que venga el diluvio después…

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Crepitaba el fuego en su apogeo, dibujando extrañas cenefas en las paredes del refugio. Volutas de humo ascendían hacia el cielo, llevándose enredados recuerdos y visiones fugaces del monte, de la naturaleza infinita y multiforme que lo envolvía todo. Distraídamente repartidos por el interior de la habitación, colocados como por un engañoso azar, se encontraban todos los instrumentos propios de la afición del habitante de la cabaña, uno más entre los muchos que la habían frecuentado en pos de la aventura de la caza, del misterio de la vida.

Prudentemente alejado de la gran chimenea de piedra, un arco de caza reposa en silencio y piensa, observando calladamente a su dueño, que se encuentra a pocos metros de él, fumando un cigarrillo, con la ropa de caza ya aflojada y descalzo, lejos de la tensión vivida en las últimas horas, en lo más denso del monte extremeño, en medio de este octubre frío y luminoso como solamente puede serlo en el sur de España. Fuera de la cabaña, rústica pero confortable, el viento ulula despiadadamente, empujando los últimos vestigios de luz, abriendo paso a la noche, certera siempre, siempre cercana. “Vaya, vaya” -piensa el arma, satisfecha. “Cuando salimos de casa, hace ya tres días, nada hacía suponer que este hombre fuera un maestro en su afición. Bien es verdad que le han salido canas en el monte, viviendo y respirando la caza siempre que sus ocupaciones le permitían un momento de libertad; bien es verdad que nunca se ha rendido ante los avatares de la caza, sin perder jamás la afición ni la esperanza, pero lo de hoy quizás haya sido demasiado, incluso para él.” “Mírale” -sonríe el arco, no sin cierto sarcasmo- “ni siquiera ahora está completamente seguro de lo que le acaba de ocurrir, o, por mejor decir, de los que nos acaba de ocurrir.”

“Desde luego, el viaje empezó muy bien, con el coche devorando kilómetros alegremente, cargado como siempre con todos los trastos y mi dueño silbando distraídamente sus melodías preferidas, para variar. Lucía un sol espléndido y contábamos nada menos que con seis días, seis largos días de holganza, de libertad total, solos él y yo, también como de costumbre. Parecía una muy buena oportunidad para visitar la finca de marras, para seguir buscando ese gran venado que le quita el sueño a este mindundi desde hace ya un par de años. Caramba, a Genaro, el guarda de la finca, parece que le faltó tiempo para colgarse del teléfono y avisar al “señorito” de que había vuelto a encontrar la pista del “jodío bicho”, como llama al pobre animal. Este Genaro no aprenderá nunca; ni trata a mi amo como a éste le gusta, que le sobra por todos lados lo de señorito, ni califica con justeza al famoso venado. Menos mal que siempre que habla de él se le enciende en los ojillos, pitañosos, una luz traviesa y vivaracha que delata sus auténticos sentimientos; en realidad, es un buenazo que se ha ganado la vida pateando esas sierras de Dios con más redaños que nadie, por lo que sabe distinguir lo bueno en cuanto lo ve. También es cierto que al ver a mi dueño conmigo en la mano y conocer sus intenciones, se le escapó una media sonrisa, muy de esta tierra, que casi consigue que se me atragantase desde el primer momento la finca, el guarda, esta parte de España y todos sus habitantes…”

“¿Cuándo se dará cuenta toda esta patulea de que mis hermanos llevan más de veinticinco mil años evolucionando sobre la superficie del planeta y dando de comer a sus dueños fiel y lealmente? ¿Es que mi poder letal resulta despreciable porque es limitado en el espacio, en la distancia, porque es nobilísimo y no abate de lejos, de forma alevosa e indignante para los oídos y para la vista? En fin, creo que lo suyo es contestar a esa media sonrisa, que ya he visto en tantas ocasiones, con sonrisa y media y con una demostración clara y explícita de lo que mi dueño y yo podemos hacer a las primeras de cambio, en cuanto se presente la oportunidad, que siempre llega.” “Por eso, al bueno de Genaro se le cambió el color el día en que abatimos nuestro primer venado a veinticinco metros, con un tiro certero a pulmón alto que lo atravesó limpiamente, doblándole la pata en menos de un minuto escaso… me reí mucho al acabar el lance, que ofrendó a mi amo un estupendo animal, casi plata; el individuo en cuestión no acababa de dar crédito a sus ojos; nos miraba a mí y al venado alternativamente y se rascaba el cogote, al tiempo que murmuraba un largo y sentido “jooodeeeer…” muy por lo bajinis. Tras ese y otros muchos lances, Genarito es un incondicional de la arquería de caza y farda de continuo, con absoluto descaro entre sus compañeros de profesión y amiguetes de taberna, de lo que mata su señorito conmigo, de cómo vuelan mis flechas, de que si las puntas de caza, de que si el visor… vamos, ni que fuera Howard Hill reencarnado, regalando conocimientos a diestra y siniestra… otro converso más, vaya.”

“Claro está, al otro le faltó igualmente tiempo para hacer la mochila y salir echando chispas hacia la finca, faltaría más; a mí me entró también el gusanillo de la caza, así que todo el mundo contento y nosotros a lo nuestro. Hacía muy poco tiempo que habíamos llegado al refugio que hay en mitad del cazadero cuando ya aparecía Genaro, con esa motillo suya que hace un ruido de mil demonios, apestando a gasolina y a escape fundido; creo que este pollo sigue sin entender la importancia y la belleza del Silencio, pero qué le vamos a hacer. Tras los saludos de rigor, y con un par de pitos encendidos, que Genarín se priva por el humo americano, entran en materia. Resulta ser que la semana anterior, y en el Barranco de la Sierpe, pues tan atractivo nombre tiene el rincón en particular, Genaro había descubierto rascadas muy grandes en uno de los árboles que festonean el fondo del terraplén, junto con excrementos y con abundantes huellas que, de tomarle juramento al buen guarda, hubiera afirmado con toda rotundidad que pertenecían al gachó del arpa, se lo juro por mis hijos, señorito, que son inconfundibles por el tamaño y por la profundidad, que joder qué pedazo de patas tiene el bicho, coño, que ya es nuestro esta vez, etc., etc.”

“Por todo lo cual, y a despecho de la astucia y experiencia que presumimos en el venado en cuestión, Genaro se entregó en cuerpo y alma a montar un cebadero y su correspondiente puesto de los de antología, tapando las ramas cortadas con barro, esparciendo en los lugares adecuados orina de pepa en celo, borrando sus huellas perfectamente, manejando todo con guantes de cirugía y, en fin, echando mano de todo su saber y finura en el monte, por no hablar del cuidado especialísimo que puso en controlar los vientos dominantes del lugar, complejos y caprichosos tratándose de un barranco no demasiado profundo. Además, y según él, el venado venía acompañado por alguna pepa que otra, lo que dotaba al futuro lance de mayor dificultad y atractivo, si ello fuera posible.” “A estas alturas de la charla, a mi amo le hacían los ojos chiribitas; casi se le acaba el tabaco, que se han cepillado ambos contertulios en nervioso contubernio y con la celeridad del rayo. Nada, nada; de aquí a una hora estaré sentado en el puesto, y ya te contaré, Genaro; muy bien, señorito, verá Vd como esta vez lo trincamos al bicho ese, hombre”.

“Dicho y hecho; mientras mi amo se aprestaba a vestirse y a recoger su equipo, a revisar las puntas y a preparar el maquillaje, Genaro revisaba el todo terreno aparcado en las inmediaciones del refugio, silbando para sí una cancioncilla de lo más tonta. Quince minutos después, nos bajábamos del vehículo en el mismísimo barranco. Todo acto de creación es también un acto de orgullo, y Genaro no podía disimular el que le embargaba tras la contemplación del puesto de marras que, desde luego, era una obra de arte. Incluso había calculado el hombrecillo las líneas de tiro más correctas para que mis flechas pudieran alcanzar el tan deseado objetivo. Se quedó mirando a mi dueño, con ojitos de querer, esperando una palabra amable, el reconocimiento de lo bien hecho; cierto agradecimiento, en suma. Mi amo miró el puesto, lo examinó minuciosamente, detalle por detalle, como a él le gusta. Acto seguido, dirigió la vista hacia Genaro durante un instante que me pareció eterno, y le guiñó un ojo, sonriendo ampliamente. Ambos rieron bajito, por no alterar demasiado el silencio, y se estrecharon las manos con fuerza. Poco después, el coche que se va y yo que subo al puesto izado por mi dueño con una ligera cuerda; un par de movimientos más, la mochila colgada de una rama providencial y una flecha encocada en mi cuerda… comienza la espera.”

“A mí, desde luego, no me pilla por sorpresa pasar una noche en el monte, haga frío o calor, con luna o sin ella y colgado de un árbol. No obstante, puedo entender a la perfección los nervios, sudores y sobresaltos que padece un novato en estas lides. El bosque entero parece cobrar vida a medida que la luz se va extinguiendo; cada matorral se convierte en un amasijo de sombras móviles, que susurran palabras oscuras dirigidas al cazador; los movimientos repentinos de las aves nocturnas, de pequeños predadores del aire y de sus víctimas, confunden los sentidos del hombre que se encuentra solo, inmerso en toda esta sinfonía vital. Poco a poco, se va imponiendo una calma tensa, que el deportista espera ver quebrada por la súbita aparición de su presa, de su rival, de su contrincante que, la mayoría de las veces, es más astuto que él. ¿A quién, sino a un hombre, se le ocurriría internarse en el terreno propio de su presunta víctima, dándole así la mayor parte de las oportunidades a la hora de la defensa o de la huída? Supongo que alguien puede llamarme cínico, pero, con franqueza, me parece un tanto descabellado el intento; en fin…” “Total, que como a las dos horas de estar subido en el puesto, en silencio y en completa inmovilidad, como mandan los cánones, ahogando algún carraspeo en la axila y reprimiendo unas tremendas ganas de fumar, nada ni nadie había perturbado la quietud del atardecer, ya casi convertido en noche cerrada.”

“De cualquier manera, mi amo no desespera ni languidece; es más paciente que yo, que ardo en deseos de enviar una flecha hacia el corazón de la pieza. Por algo soy un arco de caza de alta gama, cuyo diseño vio la luz en los laboratorios de una reputada compañía americana; no he atravesado el Atlántico para estar cruzado de brazos, antes al contrario. Así, él aprovecha estos momentos de espera para encerrarse en sí mismo, para disfrutar de los recuerdos de lances anteriores y, sobre todo, para prepararse mentalmente ante la posibilidad de un enfrentamiento cercano, que puede ser único. Por eso, intenta alcanzar un cierto estado de armonía interior, o un mínimo reflejo del mismo -no sé por qué me da que esa situación es francamente difícil de alcanzar para casi todos los humanos, por mucho tiempo que vivan- que le permita serenarse a la hora de la verdad, antes, durante y después de ese instante místico en el que la flecha parte desde mi cuerda, rápida y letal”. “Pasan horas y más horas, densas, espesas, largas, muy largas. Ni rastro de movimiento, al menos no del que nos interesa. Bien es verdad que algunos conejetes despistados han pasado muy cerca de nosotros; también es cierto que un zorro les ha seguido taimadamente al poco rato, pero nada más; ni cuernos ni navajas han roto el monte. Supongo que a mi amo no le importaría en absoluto flechear un buen marrano, ya que estamos puestos; no es para nada un hombre que le haga ascos a un buen lance y, en honor a la verdad, el jabalí es una pieza que parece hecha a la medida del arquero que gusta de practicar la espera, capaz de colmar los deseos de todo buen aficionado. Todo ello, además, con independencia de su tamaño o del largo de sus colmillos, que esa es materia en la que la mayoría de los compañeros de correrías de mi amo resultan más bien poco exigentes, los pobres”.

“Aún así, no quiere hoy el bosque dejarnos ver ninguno de los tesoros que guarda, y en cuya busca hemos llegado hasta aquí; qué se le va a hacer; por eso se llama caza y no tiro al blanco. Mi amo se despereza lenta y dolorosamente, sacándose el entumecimiento de los huesos tras de una larga espera; baja su equipo, me baja a mí, y a esperar, esta vez a Genaro, que llega muy pocos minutos después, nervioso e ilusionado. Sonríe el cazador y le enseña, a la luz de los faros del todo terreno, las manos vacías. Genaro parece que encoje de tamaño, el cuitado, y se le caen al suelo las comisuras de los labios, de puros achares que le entran. Nada, hombre, vamos al refugio y ya hablaremos. Llegados allí, un par de cigarrillos, unas copas de coñac al amor de la lumbre, y a cenar, que mañana será otro día, digo yo. Que si el viento ha revocado; que si mucho ruido en el monte; que si no hay luna… ¡Qué más da, caramba¡ No acabo de entender esta manía de buscarle explicación a todo, de intentar encorsetar en pautas humanas el comportamiento de los animales salvajes. Quizás sea porque yo no tengo ningún problema en permanecer quieto y en silencio, siempre expectante, durante todos los días de mi vida; quizás sea porque yo envejezco mucho más despacio que cualquier humano; tal vez, porque mi corazón de metal juzga con mucha más dureza mis errores y los de los demás que uno de estos patéticos muñecos de carne y huesos, que se dicen hombres. Si no se caza, no se cazó, y punto; qué barbaridad, qué ansia de recuerdos embarga al ser humano…”

“Un nuevo día golpea con suavidad los cristales de las ventanas de nuestro refugio, esperemos que cargado de buenas intenciones. No es mi dueño un hombre madrugador, precisamente, pero en el campo se sacude la pereza con un afán digno de mejores empeños, desde luego.”

“Con las primeras luces estamos él y yo explorando el monte con detenimiento, saboreando con deleite estos momentos, que no hacen sino enriquecer la experiencia suprema de la caza, de la comunión con la naturaleza que lo envuelve todo. Mi amo se inclina, revuelve el suelo, levanta hojas, se pone a cuatro patas, otea desde los riscos con los prismáticos, deshace alguna bolita de excremento entre sus dedos enguantados y, por fin, encuentra algo de lo que está buscando con tanta intensidad. Efectivamente, a pocos metros de donde hemos instalado el puesto, profundas huellas denotan el paso de una pequeña punta de venados, comandados, obviamente, por el fantasma de grandes cuernos cuyo recuerdo nos ha arrastrado hasta estas soledades. Se desplaza en compañía de tres hembras y de un cervatillo, con cautela, atravesando el monte por ese paso de vuelta a su encame, supone mi amo. Algo más notamos, un tanto extraño: tras las huellas del venado y de su séquito, encontramos las de otro ciervo más pequeño que el primero, y que parece seguir al grupo principal a una cierta distancia, como con reparos, como si intentase que su presencia pasase desapercibida para los otros animales. Me gustaría hallar la explicación a este comportamiento, así que espero impaciente la caída de la tarde para volver a ocupar nuestro lugar en el barranco.” “Hemos comido solos en el refugio, degustando plácidamente los fuertes sabores de los alimentos de esta tierra, abastecidos con largueza por la amabilidad de Genaro y de su esposa. El guarda no hace acto de presencia durante este rato; algo le habrá entretenido en el cortijo o en el pueblo; algún “enredo”, como se dice por aquí, le habrá ocupado esta tarde. No importa; café, cigarrillos, mochila al hombro y caminito hacia el puesto, que para luego es tarde. No sopla ni gota de viento, y la hora, aunque fresca, transmite una placidez agradable y candonga, como invitando a la siesta; ya dormirás cuando mueras, amigo mío; ahora hay mucho que hacer. Ya encaramados en la plataforma, comenzamos el ritual tantas veces ensayado, tantas veces vivido, pero siempre preñado de esperanza. Se acabó el fumar; comienza el silencio…”

“Mientras, por unos momentos, reposo sobre las rodillas de mi dueño, ya bastantes horas después de iniciada la espera: parece que se está cansando un poco. Divaga su mente, ya relajado, por los bulevares cercanos al sueño, festoneados de recuerdos de aquí y de allá, que llaman con voz de sirena, que precipitan al incauto en brazos de esa necesidad tan curiosa e inoportuna, de ese cerrar los ojos y ser feliz, tan humano…”.

“De pronto, suaves crujidos a la derecha del puesto ahuyentan el ensueño que se estaba apoderando del cazador tan alevosamente. Bajo la luz que comienza a ser incierta, una linda pepa rompe el monte con toda la prudencia de la que es capaz, que no es poca. Tras ella, otras dos comparecen, seguidas por el cervatillo cuyas huellas distinguió mi amo esta mañana. Sin duda, las golosinas que Genaro depositó en el comedero han sido detectadas por su fino olfato y, por una vez, la curiosidad y la gula han vencido al recato y a la cautela naturales.”

“El corazón de mi dueño comienza a galopar, frenético; pese a haber visto infinidad de piezas de caza, siempre se siente como si fuera la primera vez. Supongo que por eso sigue cazando, claro. La vista resulta espléndida, pero el monarca no acaba de aparecer; quizá está esperando, oculto entre las altas jaras, en espera de los acontecimientos. Por si acaso, el arquero no mueve ni un músculo; nada hace adivinar la vida que se oculta tras la cara maquillada e inmóvil, cuyos ojos se desplazan con toda la lentitud y suavidad posibles, evitando siempre mirar de frente a las ciervas. Algo terrible debe de contener la mirada del hombre cuando ningún animal es capaz de aguantarla de frente, según se dice; a mí, en todo caso, me deja completamente frío. Cuando ya las ciervas se están alimentando golosamente, de súbito, unos pasos sobre la tierra seca, una gran cuerna que comienza a adivinarse por entre la muralla de arbustos que nos rodea, catorce puntas que cortan el aire quieto y dulce de la última hora de la tarde… llegó el noble animal, que es ciertamente impresionante en su apostura. Dejándose ver poco a poco, adelantando el robusto cuello para fisgar cómodamente, acaba por acercarse al comedero, que se halla a unos veinte metros de nosotros. Mi amo, completamente imbuido en su papel, le deja cumplir, le permite una falsa tranquilidad, acorde con sus fines, con suavidad, sin prisas.”

” El soberbio espectáculo tiene enganchado completamente al arquero, que lo está disfrutando a fondo, según veo. Lentamente, el clímax se acerca; el cazador está ya tomando una posición más cómoda para el disparo; la punta de caza brilla en la penumbra, preñada de amenaza y de dolor; comienza la apertura, mis palas se están doblando ya, aprestándose a cumplir su misión…” “Algo no marcha; algo está fallando. La pepa más vieja, la primera que se asomó al puesto, rebufa y ladra, nerviosa. Mi amo respinga y deja la cuerda nuevamente en reposo. El venado, colocado en tres cuartos con respecto a nosotros, gira su cuello hacia la derecha, en dirección a la espesura, donde otra cuerna surge de improviso. Es el segundo ciervo que rastreamos esta mañana, no hay duda. Joven, más que el primero, mueve la cabeza en señal de claro desafío al monarca. Este le contesta con un bufido y recoge el guante, mientras toma posición, henchido de poder y de gracia, en el centro del pequeño claro que se abre junto al comedero, cerca del fondo del barranco, como esperando la acometida del rival, que no cesa de patear el suelo y de menear su noble testa “.

“Mi dueño no puede creer lo que estamos viendo; no estamos en berrea; ya pasó y, sin embargo… parece algo personal entre ambos machos, idea absurda, desde luego, pero no se le ocurre otra explicación.” “Entonces, en ese momento, mi amo advierte, con asombro, que las dos luchaderas de la cuerna del intruso son dos auténticas dagas: por un capricho de la vida, del bosque, este sujeto ha desarrollado dos armas letales en su arboladura, dos instrumentos que pueden convertir en encuentros mortales las luchas intra específicas de estos hermosos animales, que normalmente no tienen mayores consecuencias. No ceja el rebelde en su actitud agresiva, ni se echa atrás el gallardo monarca; la tensión crece en el aire, mientras las pepas se arremolinan tras su dueño y señor, sin saber qué hacer, sin apenas moverse. Sin previo aviso, se produce la embestida brutal, repentina; suenan las cuernas, como madera viva, en la umbría del bosque; saltan pedazos de tierra en todas direcciones y el polvo envuelve a los combatientes, que se acometen una y otra vez, sin piedad. El arquero no es capaz ni de pestañear y yo contemplo la feroz escena con todo el interés que soy capaz de sentir, mi espíritu junto al del venado más viejo, seguramente porque siento que la lucha de quien pelea sabiendo que va a perder me resulta la más noble de todas, en un arranque de humanidad que no me corresponde en absoluto, que me sorprende y que achaco, desde luego, a la perniciosa compañía de mi dueño, digo yo”.

Porque, efectivamente, las fuerzas del paladín se están agotando con rapidez; se detiene, resuella trabajosamente, elevando los costados sucios de polvo, y parece que le cuesta ya mucho trabajo responder a la fogosidad del intruso, incansable y violento. Así las cosas, y cuando el gran venado se encuentra parado a mitad de camino, el joven le embiste con fiereza redoblada, pero apuntando esta vez a un costado, donde le hunde las afiladas luchadoras, hiriéndole de gravedad. Es terrible, pero sin duda conoce el poder de su letal deformidad. Brama el herido, insiste el asesino; la sangre, roja y cálida, salpica las jaras, hiende el aire quieto que presencia la escena, salvaje y tremenda. “El arquero ya no duda más; ha salido de su trance a los pocos instantes de que acabase la tragedia, que ha durado escasos minutos. Aprovechando que los dos animales están completamente concentrados en sus propios ritos de vida y de muerte, se incorpora en el puesto, se deja colgar de su arnés, y en un movimiento fluido y rápido, me hace enviar una flecha, una sola, hacia el pulmón del asesino, que respinga, cocea y emprende una huída que acaba, treinta metros más allá, bajo una alta mata de jaras que suelta una nube de polvo al recibir el impacto de su cuerpo sin vida. Las pepas, más astutas que los machos, ya nos han divisado, por lo que se pierden, raudas, en la espesura, ladrando y acompañadas por el cervatillo, que huye despavorido.”

“Acaba aquí el drama, fugaz y violento, tan cierto como la propia luz de esta tierra. A pocos metros de nosotros, envuelto en polvo y sangre, se halla el monarca, cubierto de heridas por las que su vida ha salido en busca de pastos mejores, arrastrada por un error de la naturaleza, por una injusticia cósmica a la que mi amo, con buen criterio, ha puesto punto final. El asesino reposa cerca de allí, junto a la jara. Hará, desde luego, un hermoso trofeo, feroz y trágico, en casa del arquero. En cuanto al otro ciervo, posiblemente ocupe otro lugar, muy cercano al de su matador, en nuestro hogar.” “De lo que no cabe duda es de que ambos habitarán por siempre en los recuerdos que compartimos, en callada amistad, mi amo y yo. Jamás olvidaremos, ninguno de los dos, el espectáculo salvaje y maravilloso que hemos tenido el raro privilegio de presenciar hace muy poco tiempo, aunque suspendido ya, tan pronto, en la niebla de la vida que pasa.” “Bajamos del puesto, caminando hacia las luces del coche de Genaro, que se acerca con rapidez. Esta noche, en el refugio, habrá mucho que contar, muchos recuerdos que compartir, mucha carne que preparar. Creo que estoy contento de pertenecer a quien pertenezco; alabo su decisión, porque me parece justa y acertada, y solamente siento la muerte del gran venado, que posiblemente hubiera merecido un final más noble, menos violento”.

“Pero, al fin y a la postre, el drama que contemplamos no hizo sino demostrar, una vez más, el humilde papel que le toca jugar al hombre en el concierto de la naturaleza, de la vida del bosque, por muy distinto que sea el concepto que de sí mismos tienen, en general, estos curiosos forjadores de sueños, estos divertidos ilusos que tratan el mundo como si fuese suyo. Mi amo, por supuesto, ha aprendido bien la lección, suponiendo que fuese acreedor de ella, pobre hombre.”