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Rumor de floretes (Fantasmas del Paraíso, VI)

passion-56007“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿qué valdría la vida”

Jacinto Benavente, “Pasión”

“Delante de  mi marido te digo que a ver cuándo me llevas a pasar la noche en ese hotel que tanto nos gusta a ti y a mí.” “Delante de tu marido te digo que cuando tú quieras, querida, sin más explicaciones.” Y efectivamente, tu marido estaba allí, aunque ajeno por completo a la peligrosa demostración de esgrima a la que tú y yo nos entregábamos con tanto descaro como nos era posible, absolutamente embelesados por la intensidad del momento, disfrutando de una sensual y grata sensación de  intimidad entre tanta gente.

Luché por sujetar mis manos, por mantener la distancia entre tu boca y la mía, por poner coto a los desmanes que se me agolpaban en la lengua, presta a decirte lo que ansiabas escuchar, a susurrar en tu oído dulces requiebros. Gata de pelo oscuro, pagada de ti misma, tú me regalabas sutiles arrumacos de mujer envueltos en tu ronca voz, suaves ondulaciones de tu pecho y tus caderas, lejos de la vista del mundo y de sus habitantes, ajenos ambos a todo lo que no fuera nuestro particular choque de afilados aceros. Buscábamos herir placenteramente al adversario, hacerle desangrarse lánguida, lentamente, obligándole a someterse sin redención posible a las tiernas exigencias del contrario, espadachín tirano y amoroso.

Los seres humanos perseguimos el peligro con pasión desde el mismo momento en que nacemos, y al madurar, a algunos se nos acentúa esa arriesgada atracción por el abismo, eternos piratas de nosotros mismos,  mientras que otros la olvidan por completo. Sabido es que el placer del juego, de la seducción, de la conquista, es tan fuerte o más que el de la propia consumación: miradas que se cruzan con mensajes tan privados como pueden serlo; gestos del cuerpo, de las manos, que contienen una carga erótica difícil de disimular; escalofríos de anticipado placer que recorren las vértebras, haciéndolas reverberar, ahítas de adrenalina. Desde la noche que te conocí, y pese a mi natural torpeza de varón en estas lides, capté perfectamente el interés que sentías por mí. Tu melena se agitaba al escucharme y tus ojos bailaban, llenos de luz, mientras íbamos desgranando frenéticamente una conversación sin excesivo sentido, sin mucho interés, tú pensando en mí y yo en ti, ciñéndonos cada vez con más atrevimiento al asunto que ocupaba nuestras mentes pero sin osar hacer mención del mismo: ahí radica gran parte del placer de esos primeros momentos, en los que el ingenio y la gallardía son tan excitantes o más que el puro deseo sexual. Nos acercábamos a hurtadillas a la temida idea, a la frase más que clara, buscando en el rostro del otro el menor síntoma de complicidad, de comprensión, prolongando así el placentero juego. Provocar tu risa  -mejor, tu sonrisa-  , sorprenderte con una rápida finta que acabe rozando el borde de tu boca, el calor de tus senos, es una magnífica recompensa para mi orgullo de macho alfa, para mi sed de ti.

Y comprobar que ese deseo es correspondido se traduce en un potente afrodisíaco, que hay que luchar por controlar para no incurrir en situaciones excesivamente claras con demasiada rapidez. Comienzan a desdibujarse los contornos de la responsabilidad de cada cual, de las promesas y de los compromisos de cada uno, y es tremendamente fácil dejarse llevar por semejante embriaguez, ponerse el mundo por montera y deslizarse con loca alegría,  lleno de vértigo,  por un tobogán lúbrico y sonriente que siempre acaba en el mismo sitio, en ese centro del universo que es el cálido vientre de una mujer hermosa, puerto infinito de aguas oscuras. La pasión es un poderoso narcótico que envenena y engaña con voz de sirena, que nos permite posponer el asedio del remordimiento, aún a sabiendas de que éste llegará en uno u otro momento; es un tóxico maravilloso, que impone su irrefrenable ley, su fuerza telúrica, su afán genesíaco.

Pese a todo ello, en el fondo creo que tú y yo somos unos flojos; o quizá sea mea culpa solamente. Es posible que la edad y las circunstancias me hayan restado fuelle  -no es tu caso; te aventajo en trece años-  pero lo cierto y verdad es que tú tampoco has echado un cuarto a espadas. A ambos nos ha asustado el calibre de la aventura a la que nos enfrentábamos, el enorme peso de nuestros cuerpos entrelazados y cubiertos de sudor, la visión inevitable de los rostros de nuestras parejas, el peligro inminente, letal y siempre presente, de que lo que empieza como una borrachera de deseo, como una danza de sexos,  se convierta, por mor de una irónica pirueta del destino, en algo mucho más perjudicial y autodestructivo, en una relación con vocación de trascendencia, en la tumba iridiscente de nuestras vidas anteriores, rasgadas por la divina ceguera que el placer provoca. Habríamos sembrado tu camino y el mío de ilusiones rotas, de tiernos cadáveres mecidos por una negra brisa, y el llanto de tus pequeños hubiera retumbado en tus sienes con la fuerza de mil huracanes, guiándote lejos de mí, apartándote de una nueva senda vital conquistada a sangre y a fuego.

Por eso, y por alguna que otra fruslería más, no sabemos nada el uno del otro desde hace un año largo, aunque yo tengo claro cómo dar contigo y tú cómo dar conmigo. Por eso, por una comprensible  -e imperdonable-   falta de arrojo y de valentía, todo quedó en unas cuantas caricias furtivas  que ya acumulan, tristes, el polvo del olvido, mientras se van ajando como flores que nunca llegaron a ser. Quizá peque de arrogante, pero tengo la sensación de que tú también piensas en mí, aunque cultives la natural precaución que te asalta cuando aparezco en tu mente, disfrazándola de una conveniente pereza  a la hora de volver a contactar conmigo. Se alzó entre nosotros, al final, el deseo de tranquilidad y el miedo a las complicaciones vitales, los antídotos más eficaces contra la sed de vivir peligrosamente.

Pero quedan pendientes algunos asaltos más entre tú y yo, lo sabes, lo percibes cuando te miras al espejo, cuando amaneces un día más sin el sosiego del sexo satisfecho. Eres mucha mujer para tan poco hombre como te ha tocado en suerte, y nos debemos aún un cierto entrechocar de floretes; ambos estamos deseando asomarnos nuevamente al abismo de los amores prohibidos, sentir abrazados la conmoción maravillosa y el rugir de la sangre, el delirio orgiástico que preludia la liberación total de los sentidos, porque no sabemos si seremos capaces de dar el paso definitivo, aparcando aunque solamente sea por una noche todas las convenciones y temores para dar rienda suelta al fuego que nos abrasa el alma, así llegue el fin de los días.

Mientras, agazapado y satisfecho como un tigre viejo, espero y disfruto de la bonanza de mi vida. Procuro vivir todos y cada uno de los instantes preciosos que mis particulares andanzas me regalan, arrojando la objetividad tan lejos de mí como me es posible, y recordando, con la adecuada frecuencia, unos labios febriles y mis manos en tus caderas. Como ves, linda morena, no pierdo la esperanza de arrancarte un día la ropa en ese hotel que nos gusta tanto, asumiendo de antemano el precio a pagar por tan magnífico privilegio, por tan inolvidable momento.

Al final, el ansia por celebrar el sacrificio definitivo en el altar de tu sexo acabará barriendo la razón, todas las razones. Después, el diluvio.

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Cantar de otoño.

oto

“El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”

André Maurois

Enfrentarse a la propia finitud puede resultar aterrador, tremendamente impactante. Es tener la total certeza, experimentada en carne propia, de que, pese a nosotros, todo tiene un final ineludible, que puede visitarnos sin previo aviso por muy luminoso y bello que sea el día, por romántica que sea la noche. Es convencerse, casi de golpe y porrazo, por la fuerza de los hechos,  de que todo cuanto hemos venido escuchando hasta ese momento sobre la dama oscura y sus circunstancias, resulta de perfecta aplicación a nuestro propio y personal caso, nos guste o no. Es notar cómo la edad va desgastando, inmisericorde, los cuerpos, los sueños y las ilusiones que un día nos empujaron a seguir avanzando. A pesar de todo, la vida es una fiesta, pero las luces pueden apagarse súbitamente y los fuegos de artificio perder sus espléndidas cabelleras multicolores, estallando en nubes de amarga ceniza.

Últimamente, me cuesta cierto trabajo reconocer al hombre al que me enfrento cada mañana ante el espejo. Sí, soy yo, por descontado, como de costumbre. Quien gesticula lleno aún de sueño soy yo; soy yo quien se examina meticulosamente, intentando atisbar el menor indicio de avance de la vejez, de la enfermedad, de la muerte. Esos ojos que finalmente sonríen con sorna, como casi siempre, son los míos, claro que sí, como lo es la boca que bosteza con cansancio, infinito a veces.

Pero donde antes había una frondosa mata de pelo entrecano y largo, tan sólo quedan ya unas modestas muestras capilares, que dejan entrever perfectamente la bóveda de mi cráneo, ese laboratorio de inquietudes, ahora insultantemente desprotegido, expuesto a las inclemencias de la vida,  incluso algo ridículo en su desacostumbrada desnudez. Supongo que no solamente ha sido cosa de la quimio; antes de enfermar, ya clareaba el cabello en mi cabeza, de manera que el veneno que me ha salvado la vida no ha hecho más que ayudar a la edad en su miserable tarea. Bien  es cierto que mi pelo sigue creciendo, pero no al ritmo al que antes lo hacía, y mucho me temo que tampoco con la misma fuerza de antaño.

Tampoco he vuelto a tener noticia de mi barba, de esa vieja compañera que ha compartido conmigo el camino desde los dieciocho años hasta hace escasas fechas.  Ahora, sólo sé de ella por algunas zonas en las que aún crece, con más rapidez y más dura que nunca, pero irremediablemente escasa, fatalmente diezmada, imposible de recuperar. He intentado dejarla crecer en un modesto remedo de lo que fue en su día, esperando que vuelva a prestarme su cobijo aunque sea un refugio de menor entidad. Pero no hay nada que hacer; solamente consigo entristecerme más cuando, pasados diez días, decido que ya es hora de eliminar ese patético adorno de mi rostro, adorno tan afectado por la radioterapia que jamás volverá a ser lo que una vez fue.

Sí, ya lo sé. Se me dirá que perder algo de pelo y la barba a cambio de seguir en este mundo no es un precio excesivo, y que muchos lo hubieran querido para sí. Al fin y al cabo, un montón de cabellos, por muy estratégicamente distribuidos que estén, no son ni un brazo ni una pierna, ni nada realmente importante y necesario para llevar una vida normal. Todo ello es cierto, y se trata, en todas las ocasiones, de un razonamiento bien intencionado y cariñoso, formulado con ganas de consolar al doliente, de sacarle de su tristeza, lo que siempre es de agradecer.

Pero cuando uno lleva tantísimos años cultivando su propio personaje, confeccionando la máscara amigable que inevitablemente todos portamos, tendremos que coincidir en lo duro, lo tremendamente duro que resulta ese cambio de imagen radical, repentino y en absoluto deseado, por no hablar de una cristalina y dolorosa sensación de pérdida: después de toda una vida, cuando te has aceptado casi del todo y estás casi a gusto contigo mismo, te pierdes de vista de la noche a la mañana. ¿Qué ha sido de tu mejor personaje, de tu protagonista preferido? ¿En qué lugar, oculto e inalcanzable, languidece, ya por siempre abandonada, tu creación maestra? Una barba puede ser una perfecta trinchera, un búnker cálido tras del cual se esconde un devenir muy distinto al que ese adorno capilar deja apenas adivinar; la barba envejece, es decir, otorga de alguna manera una presunción de sabiduría y de estilo que no tiene por qué ser cierta, pero que desempeña su papel con cierta soltura, actuación que se pule y mejora con los años, mientras el barbudo sonríe para sí, porque sabe que está engañando al resto del mundo. En resumidas cuentas, tener que desprenderse de repente de esta eficaz defensa del yo más oculto, es como exponerse completamente desnudo ante las crueles miradas de la muchedumbre.

Por descontado, esto es lo que hay, y ya no tiene vuelta de hoja, según sabíamos. La bárbara diferencia con el ahora es que, además de seguir sabiendo lo que antes sabíamos, en este momento lo confirmamos plenamente por fuente propia, experiencia que podríamos tachar, cuando menos, de inquietante. La muerte de los demás, incluso la de los seres más cercanos y queridos, no dejaba de estar, finalmente, aureolada con un cierto halo anecdótico, como si algo tan terrible y definitivo siempre le ocurriera a los otros. Entonces, de repente, comienzas a cumplir años a una velocidad vertiginosa y te topas, además, con una enfermedad potencialmente mortal, para que no falte de nada en el escenario. Y en ese momento todo el tinglado salta por los aires y se desbarata, como un  sueño roto por un violento borracho, para dejarte, sin misericordia alguna, frente  a tu auténtica y horrenda verdad, a ese yo finito e imperfecto que se te impuso desde el mismo instante de tu nacimiento. Te invade, con todas las consecuencias, un devastador sentimiento de caducidad que no hace sino anticipar lo que ineluctablemente ocurrirá.

Cuando recuerdo el escaso margen que durante el pasado mes de septiembre me separó del final definitivo, no puedo dejar de estremecerme, tanto más cuanto que a pique estuve de no darme cuenta absolutamente de nada. Por doloroso que sea vivir tu propia agonía, por terrible que sea notar cómo la vida se va desasiendo de tu personal aventura, no se me ocurre una forma más estúpida de morir que hacerlo sin darte cuenta. Si la muerte confiere al ser humano una mínima dignidad, el ignorar el propio tránsito equivale a eliminar ese último don que la Parca nos regala, envuelto en su espantosa sonrisa.

Quiero entender que no todo el mundo se pierde en reflexiones tan poco agradables como las que anteceden con la debida profundidad hasta cumplir una edad determinada, que variará de acuerdo con la personalidad de cada uno, o hasta que, por desgracia, una enfermedad terrible llama  a su puerta, o cuando ambos factores coinciden. No obstante, y siempre al amparo de esa imprescindible ilusión, de esa tierna pamema que los humanos llamamos esperanza, es necesario reconocer que no todo son malas noticias. Sentado que hemos el principio inevitable de nuestra propia desaparición física  -sobre la espiritual no me atrevo a opinar-  , asumido el hecho, con el gran Savater, de que comenzamos a filosofar tras asumir que llegará ese final, lo cierto y verdad es que la bendita autodefensa que efectivamente llamamos esperanza, acude en nuestro auxilio y las circunstancias que nos rodean comienzan a cambiar su apariencia, ya que no su esencia, impulsadas por nuestro propio deseo.

De ahí el intento desesperado de ver las cosas bajo otro prisma, de comenzar a disfrutar de la última etapa de la vida con total plenitud, de aprender a discernir entre lo urgente, lo importante y lo totalmente nimio. Hay que hacer lo que nunca se hizo, aprender lo que siempre se nos resistió, decir todo aquello que una vez se quedó enganchado entre nuestros labios y nuestro paladar, pugnando por salir; viajar, reír, amar hasta la extenuación, con total entrega, con un divino frenesí que nos ayude a olvidar que el jardín comienza a llenarse de sombras.

Y, desde luego, uno aprende a disfrutar con estas maniobras postreras, tanto más cuanto más en peligro se haya visto el animal asustado y solo que todos albergamos en el pecho, que se reconcome continuamente mientras escucha el gotear de una frágil clepsidra cuya capacidad nadie conoce. Es agradable dejarse acunar por estos sentimientos, y es francamente necesario también aprender de nuevo a disfrutar de la vida, de la que nos quede, de la que aún chisporrotea alegre a nuestro alrededor, luminosa, perfumada y ajena.

El otoño ya colorea árboles y campos, destilando su melancolía con voz suave, cubriendo la Tierra con una dulce capa de feliz olvido. Tras él, el feroz invierno.

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Muñeco roto (Fantasmas del Paraíso, V)

Eres, sin discusión alguna, corazón,  la mujer que más daño me ha hecho en mi vida. Poco sospechaban mis veinte años, nada más conocerte, que lo nuestro  -sería mucho más ajustado a la realidad decir “lo mío” a secas, o  “lo mío contigo”-  iba a acabar en tragedia. Al menos, así lo vivió mi pecho, henchido de vida y de juventud, poco acostumbrado al sufrimiento y al pesar de cualquier clase.

Muy posiblemente, a estas alturas de mi travesía,  la cosa no hubiera pasado de un disgusto de fin de semana, quizá ni eso, pero en aquellos entonces, rodeado por un mundo bastante más joven, amable  y sencillo, experimenté un dolor que aún hoy, más de treinta años después, recuerdo con cruel claridad.

No he dejado de pensar en ti con el correr de los años. Apareces de vez en cuando en mi despacho, con tus limpios ojos azules y tu cara de niña ausente, envuelta en las imágenes y los sonidos que en aquel luminoso ayer nos acunaron. Pero, al igual que en la vida real, tu querida visión se desvanece con vertiginosa rapidez, dejando tras de sí un suave rastro de perfume, y un amargo sabor a ceniza en mi boca.

Tuve que dar clases particulares para poder recorrer la enorme distancia que me separaba de ti tras aquellos magníficos días del verano; tuve que pelear duro para volver a ver aquel reflejo en tu rostro, aquella forma de mirar que me enloqueció durante una noche de julio, absurdamente lejana ya. Discutí en mi casa y fuera de ella, rompí con casi todo lo que me convertía en un ser civilizado, descuidando los consejos de tu hermana que, encantadora como era, veía venir el desastre, y pretendía ahorrarme la triste experiencia.

Nada pudo pararme. El amor es un dios cruel; exige siempre un sacrificio de sangre para bien o para mal, y como el resto de los Inmortales, ciega a quien quiere perder. Y conmigo no iba a hacer excepción alguna. Me bajé del tren una fría mañana de octubre, peleando con el sueño por llegar a verte cuanto antes. La sucia estación estaba envuelta en niebla, y una suave brisa marina me revolvía los cabellos, remedando la promesa de una felicidad que no llegó a ser. No percibí, en el aire quieto de la mañana, señal alguna de peligro; tirando de mi maleta, me alojé en casa de unos familiares, que sonreían divertidos ante mi desfachatez, ante el desafiante orgullo que me había traído hasta tan lejos, contemplándome feliz, rebosando amor.

Cuando te vi, horas más tarde, toda aquella pantomima se vino abajo con un doloroso estruendo, con el ruido que hacen los amores rotos, tan similar al de la cerámica fina cuando estalla en pedazos, sin posibilidad alguna de redención. Recuerdo vagamente una cafetería muy antigua, con un friso en relieve representando a un rebeco en un pico de montaña; recuerdo mi sorpresa y tu reticencia a la hora de acabar de romperme el corazón. Pero, pese a ella, me informaste cumplidamente del asunto, con todo lujo de detalles. Salí de allí desnortado, hecho astillas, temblando como un azogado.

Volví a verte aquella noche, pero ante la noticia de que mi rival iba a aparecer por aquel bareto, opté por marcharme, por aquello de evitar males mayores. Nunca he sido excesivamente violento, aunque si la ocasión lo requiere tampoco soy manco. De manera que el martillear de la sangre en mis sienes me indicó, prudentemente, el camino a seguir. Y me senté en un portal cercano al tugurio en cuestión, esperando no sé qué, pensando quizá en arreglar a última hora lo que, a todas luces, no tenía remedio.

Vi pasar a tu galán y lo cierto es que no te puedo aplaudir el gusto, querida. Tu hermana lo motejaba con el apellido de un célebre actor cómico de cine mudo, y no marraba el tiro.  Pero claro está, un marrajo como aquél, de veintinco años o más, muy intelectual y cinéfilo él, no tenía ni para descalzarse ni contigo ni conmigo. Yo no fui obstáculo a tener en cuenta de ninguna de las maneras, pese a que le doblaba la estatura, y para hacerse contigo le bastó hablarte de un maravillosísimo corto de cine que quería que protagonizases, eso sí, con las tetas al aire y debidamente asesorada en esa y otras materias por él. Y todo aquello, mira tú por dónde, siendo feo si Dios tiene un qué. Qué envidia, ¿no? Eso se llama gestión eficaz de los recursos. Bueno, también tiene otro nombre, pero es un poco más crudo, aunque más cierto.

Aquello tenía toda la lógica del mundo, según recapacité años más tarde, cuando el dolor no era más que un eco sordo y lejano. Tu temperamento rebelde, que me enamoró, la impía distancia y la brutal inconstancia de tus dieciséis abriles, no hicieron más que combinarse en una mezcla volátil y peligrosa, que rindió sus venenosos frutos a la primera de cambio. Mi ansia de ti y la certeza de quererte, el deseo de pasar por encima de todas las dificultades con tal de que fueras mía, no hicieron más que enriquecer el poder explosivo de aquel cóctel. No podía ser de otra manera; yo tenía que darme de bruces con todo aquello para que se me abrieran los ojos de una vez por todas.

No recuerdo ningún otro viaje tan largo, tan eternamente largo y tan triste, tan vacío de esperanza. Me sentía como un muñeco roto, estampado contra la pared por el  pronto aburrimiento de un niño en busca de un juguete nuevo, más brillante y prometedor, que en breve habría de sufrir el mismo destino que el primero. Me era imposible dejar de repasar una y otra vez aquellos crueles acontecimientos, a tal punto que no pegué ojo en las diez horas largas que duraba el viaje. Llegué a mi tierra con la desagradable impresión de tener entumecidos el cuerpo y el alma. Mi madre, sabia mujer, se dio cuenta de todo nada más verme, pero guardó un piadoso silencio durante muchos años, cosa que siempre le agradeceré. Si mi orgullo juvenil se hubiera tenido que enfrentar con el reconocimiento del desastre en boca de mis familiares, con el más mínimo atisbo de burla por su parte, supongo que el mazazo habría sido infinitamente peor. Anduve trastornado una larga temporada, hasta que el dolor y la amargura fueron cediendo y ocupando lentamente su lugar en el borroso anaquel de los malos recuerdos.

Cinco o seis años después, yo ya era un hombre con canas en la barba y en el corazón: me brotaron en los dos sitios con cierta prontitud, supongo que como resultado de mi vida, azarosa, intensa  y un tanto anárquica.  Así que cuando nuevamente te vi en el pueblo, me limité a saludarte con un par de besos y a seguir con mi copa. Por aquel entonces bebía yo whisky con coca cola, muy lejos aún de la sobriedad del gin-tonic, y debo confesarte que el aroma y las irisaciones de mi vaso me distrajeron mucho más que tu charla, que se me antojó francamente insulsa pese a que el tiempo también te había regalado una cierta distancia de las cosas, o al menos eso suponía yo. Te acompañaba también una amiga del alma, irremediablemente sinsorga, que contribuyó en gran medida a que me apartase de ti, visto el tinglado casi lésbico y estúpidamente posesivo que se traía contigo.

Porque no era más que tinglado, claro. Aquella misma semana me enteré de que las dos os acostábais con uno de mis mejores amigos de siempre, lo que me produjo un cierto resquemor, algo de sana envidia y una acuciante sensación, harto conocida, en la bragueta. Bah, ya eras más que inalcanzable para mi, de cualquier manera, y tu amiga me sobraba por todos los lados. Ni siquiera pensé en futuras oportunidades; el asunto había dejado de interesarme, entre otras cosas porque, incansable como siempre, ya ponía mis miras en otro cuerpo de mujer, más maduro y hermoso que el tuyo. Otro par de suaves caderas requería mi atención, y no era cuestión de desperdiciar esfuerzos en vanos empeños.

Y como era de esperar, vista mi falta de interés, la oportunidad llegó un par de años más tarde, como cuando recuerdas una palabra súbitamente por el mero expediente de dejar de intentarlo. Estabas algo triste, no recuerdo bien por qué; con sinceridad, tampoco me importaba en demasía. Me sorprendió percibir que sí tenía interés, desde el primer momento en que te divisé, en saldar aquella vieja deuda, en hacerte mía de una vez por todas, aunque no fuera más que durante un par de noches. Primeramente me lo planteé lleno de rabia, pensando en ello como si de una venganza se tratase; al poco, el viejo amor me acariciaba las mejillas del alma y me ablandaba por completo: aún sin tú proponértelo, reina, me vencías por segunda vez. Si aquella noche te amaba, sería de corazón, buscando en la tibieza de tu seno el rastro improbable del fuego que en un tiempo lejano quise que anidara allí.

Entonces, el insulto definitivo, el ridículo sublime, quizá en justa correspondencia a mis iniciales intenciones. Nos sentamos en mi coche, viejo y zarrapastroso, pero suficiente para llevarnos al Camelot que tan bien conocíamos. Arranqué, y a los escasos doscientos metros, me quedé sin gasolina. No llevaba encima ni un duro, porque aún era estudiante y pobre; las tarjetas de crédito eran cosa de alienígenas, y tú no tenías más que la ropa que te cubría, para variar. Allí acabó definitivamente aquella aventura; tú a tu casa  -era tarde para ti, repentinamente formal-  y yo a mi bar favorito, a tomar copas de prestado, más corrido que una mona, todavía caliente y rumiando el espantoso patinazo, la monumental payasada. Estaba claro que contigo nada llegaba a funcionar como es debido, por tu culpa o por la mía: éramos ontológicamente incompatibles, sin duda alguna.

Hace ya muchos años que nada sé de ti. Te perdí la pista sin darme cuenta, sin que me incomodara lo más mínimo, porque no podía ser de otra manera.  Cada edad en la vida del hombre trae sus hitos, sus sucesos de referencia, y tú lo fuiste para mi. Superada esa edad, sus mitos y sus leyendas deben desaparecer con ella; es un sano ejercicio de salud mental que no siempre practicamos con la frecuencia adecuada, o que, aún practicándolo, no alcanza el éxito en todas las ocasiones… como suele ser mi caso. No te guardo rencor alguno, pequeña ninfa; como ves, si bien algo oscuro y ominoso, sigues siendo un fantasma de mi paraíso. Debo aclarar que es todo cuanto estoy dispuesto a concederte, no obstante. Como punto de inflexión, la verdad es que no tuviste rival, pero jamás intentaré localizarte, no sé si por despecho, por miedo a otro sonado fracaso o porque me dolería mucho ver cómo has abdicado de todos tus postulados rebeldes para abrazar la más común y corriente de las vidas comunes y corrientes, con su generosa dosis de aburguesamiento, aquello que tanto miedo te daba.

Te deseo todo tipo de dichas y parabienes, aunque te confieso que me cuesta un tanto poner el empeño que sería políticamente correcto en ese deseo. Bien es verdad que me hiciste muy feliz durante un breve plazo de tiempo, y me enseñaste una lección inolvidable a un precio altísimo, lección que no olvidaré jamas.

Distinta cuestión es que yo haya puesto en práctica o no, después de todos aquellos días de amargos malabares, el corolario contenido en ella. He seguido amando y me he seguido equivocando, en consecuencia,  aunque la digestión de mis otros errores no ha sido tan problemática ni tan larga como en tu caso. Además, cuando he vuelto a meter el remo, lo he hecho sabiendo lo que iba a ocurrir, aceptándolo y asumiéndolo como inevitable, disfrutando de la pelea aún sabiéndola perdida de antemano: esa es la gran diferencia que separa el resto de mis tropelías amorosas de las que viví contigo, amiga mía, y esa es, en definitiva,  la lección a la que me refiero, no otra.

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