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El horror

IMG_3514[1]Me he topado hace un rato con tu foto en Facebook, como no podía ser de otra manera. En esa nueva corte de los milagros cibernética, recorrida día y noche por el latido de una sociedad muy enferma, no es extraño encontrar noticias tan estremecedoras, tan terribles como las que acompañan a dicha foto. Pero no es la noticia lo que me atrae, lo que llama poderosamente mi atención, para disgusto de algunos, que siguen confundiendo la falta de interés con la ausencia de sentimientos. Peor para ellos. No es una noticia nueva, ni original, nada de eso. Sois, en este caso, cristianos perseguidos por la intolerancia yihadista en Irak, esa cuna de la humanidad bañada ahora en sangre y miseria, pero no nos engañemos: en este macabro baile, en esta espeluznante danza que ha convertido el exterminio en palaciega maniobra, como un espantoso minué, tanto monta. Me da exactamente igual: el horror tiene muchos rostros, tan infinitos como los nombres de esos dioses que dicen estar preocupados por nuestra salvación, esos hipócritas a los que nadie les ha pedido atención alguna. El dolor no reconoce más existencia que la suya propia, no tolera imperium distinto al que sus perros ululantes propalan con atroces dentelladas, no consiente la misericordia ni la compasión, y extirpa de raíz, con manos crueles, cuanto de bueno anida en nosotros.

Figuras en primer plano, caminando con uno de tus pequeños en brazos, y un rictus de férrea determinación se cierne sobre tu rostro curtido. Quién sabe, quizá María, siempre kecharitomene,  tuviera unos rasgos similares a los tuyos, un cabello negro y brillante y unos ojos hastiados de sufrir; desde luego, no creo que fuera la doncella rubia y morbosamente voluptuosa a la que nos tienen acostumbrados los corifeos de esa fe marchita que ya huele un tanto a puchero enfermo. Sus manos y sus pies hablarían alto y claro sobre su trabajo, manual, duro y humilde, y su espalda maltratada contaría la historia de sus partos, de su sufrimiento para traer al mundo a sus vástagos. Como tú, tuvo que huir para salvar la vida de los suyos, el cálido latir de su más preciado tesoro, mujer morena, dama triste de arenas tintas en sangre, imagen tremenda, impactante.

Humildemente atildada, de aspecto limpio pese al entorno brutal que te rodea, te cubres con un modesto vestido estampado, mientras que un pañuelo blanco sujeta tu melena, que adivino entrecana ya. La criatura que cansada y amorosamente sujetas en tus brazos está descalza, y sus piececillos cuelgan inermes contra tu vientre; luce, con un aire que se me antoja terriblemente patético y que me llena el pecho de inexplicable tristeza, un pantalón de chándal y un jersey rojo, cubriéndose la cabeza para defenderse del sol inclemente con un pañuelo azul, haciendo gala de la obligada modestia que muestran los desheredados de la tierra en su indumenta, y parece tan, tan desamparado…. Habrás tenido que pelear duro, qué duda cabe, para lograr vestir a tu osezno, para cubrir su cuerpecillo con las mejores galas que has podido conseguir, para protegerle, siquiera sea simbólicamente, de todos los peligros que esperan, con sonrisa de acero, al borde del camino, de los alfanjes relucientes que aguardan ansiosos para beberse vuestras vidas en medio de la nada que os rodea.

A tu izquierda, tu hija, que ya apunta maneras, que ya se parece sospechosa, tristemente, a su madre. Quisiera fervientemente equivocarme, gentil cristiana, desearía de todo corazón marrar el tiro, confundir la escena que contemplo apenado, pero mucho me temo que las cartas están echadas, repartidas ya hace muchos años y por gentes que no son humanas porque no reparan en el inmenso sufrimiento de los demás. Tu hija seguirá, de no mediar un milagro poco probable, la senda que tú dibujas con tanto dolor, con tanta ira, con tan terrible desesperación; deberá heredar de ti, para no naufragar en las coléricas mareas de la vida que le ha tocado recorrer, la misma determinación, el incansable impulso ascensional que se lee en el rostro ajado de su madre. Su pelo, recogido a duras penas, revuelto, como corresponde a una niña, su triste camiseta estampada, que seguramente tanto la hizo sonreír cuando se la regalaste, con esa tonta e inocente palabra inglesa, que intenta sin conseguirlo adornar la alegría de la niñez; ese pantalón deslucido, ese aspecto profundamente abatido en alguien tan joven, me provocan un desasosiego en el estómago y me humedecen los ojos.

Deambulando a tu derecha, tu otra hija, más joven que la primera, más pequeña y frágil, con un aire de abandono mucho más acusado. El abrasador simoun la despeina, y ella ni siquiera hace el gesto de apartar los mechones de pelo de su dulce carita. Mientras te sigue, es la viva imagen del cansancio de un niño, de una criatura de luz que nada entiende del horror que la rodea, que nada ha hecho para ser acreedora a tan bruñido espanto, a una tragedia que durará toda su vida, que la sepultará en llanto, en plañideros lamentos, en puro dolor, en desprecio por su sexo, único, maravilloso, bendecido una y mil veces con el estremecedor poder de dar la vida, ante el que ningún humano que se precie de serlo puede permanecer en pie, inalterable. Qué gran montón de estiércol, qué repulsiva injusticia, qué magnífico panorama. El diablo en la tierra, sentado en un trono de inmundicias, de negro odio, de esperanzas muertas que se agitan como hojas secas al viento, se relame y sonríe. Sabe que su misión se realiza todos los días con una inquietante brillantez, con una macabra cosecha de excelentes resultados, gracias a los hijos del hombre y a su inveterada costumbre de asesinarse entre ellos, espoleados por los mensajeros del miedo, del instinto tribal y primigenio que fortalece el egoísmo y suprime la más mínima posibilidad de trascendencia.

Muy por detrás de ti y de tus hijas, camina un hombre, cargado con algo que parece ser un bidón, que adivino lleno de agua, de esperanza de vida, de líquida redención. No sé si es tu marido, tu hombre, aunque cabe esa posibilidad. Camina detrás de tu figura porque los hombres siempre vamos a vuestra zaga en casi todo, luz del desierto,  cuánto más en los azarosos vericuetos de la supervivencia, en la durísima pelea por sobrevivir. No pongo en duda su valía, ni el amor inmenso que seguramente siente por su esposa y por sus hijas, por su pequeña familia, por esos queridos pedazos de sí mismo, por el estrecho reducto de su escasa felicidad; es posible que camine detrás retrasado por el peso del agua, no asustado ante la enormidad de vuestro empeño, no vencido por las dificultades ni humillado por el ciego peso de la vida. Quién sabe, quizá sigue caminando porque tiene la secreta convicción de que todo va a cambiar para mejor, de que la larga marcha que ha iniciado junto a vosotras tendrá un final feliz, tarde o temprano, un reposo espléndido bajo la sombra amable de un mundo mejor para todos. Pero mientras repite para su cansado caletre una y mil veces esta idea, mientras se aferra a ella con auténtica desesperación, con un miedo atroz que le taladra por entero, intentando convencerse de su realidad, no puede evitar mirar a hurtadillas hacia el cielo del desierto, profundamente azul y profundamente ajeno a todo, en busca de una señal de su dios, siempre en vano. El iracundo anciano no rompe jamás su cruel silencio, ni él ni sus compadres, sus distintas versiones, sus distintos espejos, esos espectros atroces que ennegrecen el aire;  no está en sus planes. De desvelarlos ya se encarga una repulsiva multitud de ministros, que vociferan  – en muchas lenguas, pues son infinitos los idiomas del mal-, el desprecio por el infiel, la persecución implacable del no creyente, la imperiosa necesidad de masacrar a quien no se arrodille ante el altar de dioses que tienen los pies de barro y las manos empapadas en sangre inocente, el odio por la diferencia, por el color, por la alegría, por la vida, disputándose en repugnante pelea la adoración de tanto desdichado como holla la tierra para mayor gloria de sus silenciosos caudillos.

Y perdiéndose en los últimos planos de esta magistral fotografía, borrosa ya, fuera de foco en la foto y en la vida, irremisiblemente desnortada,  una legión de almas descamisadas, casi zombis, pavorosos clones vuestros, camina tras las huellas de sus hermanos en la desdicha, con los mismos gestos, con el  mismo miedo, con idéntica resignación, flotando en medio de un archipiélago de tristeza y con el único y doloroso anhelo de sobrevivir, reducidos casi a la mera condición de famélicos animales.

Al fondo, sobre los cálidos colores de la arena, una enorme cortina que no sé si es de polvo o de humo, henchida de odio, como si os persiguiera para aplastaros, para borraros del mapa, aullando su ira, su furia contra los hijos del hombre, avanza dispuesta a devorarlo todo con sus ásperas fauces como si de un perverso heraldo de la destrucción se tratase. Quizá sea el humo que vuestras casas calcinadas dejan escapar, exhalando así su último aliento y enviando al cielo todos los recuerdos que atesoraban en forma de sucias volutas, dejando escapar todas las vidas que protegían.

No sé qué habrá sido de vosotros, porque eso de la aldea global es una pamema del opulento occidente, que jamás centra su interés en lo que realmente merece la pena. Es una boutade para niños ricos que deja miserablemente de funcionar en cuanto la pobreza, la marginación y el miedo entran en escena. Pero es espantosamente posible que, poco después de tomar esa foto, muchos de vosotros, o todos a la vez, hayáis regado con vuestra sangre las áridas arenas por las que huiais; es casi seguro que el ciego ejército de la intolerancia, los espeluznantes voceros del delirio, os hayan diezmado, sin respetar a nada ni a nadie; podría creer que vuestros cadáveres yacen, contorsionados en un último intento de escapar a su suerte, bajo un sol inclemente que muy pronto secará vuestros huesos, o lo que de ellos quede tras el implacable asalto de las bestias del desierto.

Y yo, mientras, estoy sentado en la penumbra de mi despacho, con la vista fija en la brillante pantalla del ordenador. A veces echo de menos tener una fe que no profeso, ser capaz de un acto de amor y de humilde entrega hacia uno cualquiera de los muchísimos dioses a los que diariamente denigro, de los que todos los días reniego. Podría así, quizá, encontrar algo de consuelo, algo parecido a una explicación, algo que diera sentido a esta interminable vorágine de muerte y de desolación. Pero no es ese el caso. En mi universo no caben según qué cosas, no tienen sitio ciertas presencias que no contribuyen en absoluto a enriquecerlo, antes al contrario.

¿Qué me queda, pues, ante la contemplación aterrada de la matanza de los inocentes, de todos los inocentes? Sólo mis pobres palabras, que son mi espada y mi escudo, mis únicas armas, embotada la una y ya muy mellado el otro, palabras inútiles como la lluvia sobre el mar, palabras hueras de contenido y pálidas de espanto ante la magnitud del desastre, palabras que jamás conseguirán pintar con exactitud la pena que siento, porque son instrumentos para la vida y la felicidad, y no cuadran bien con las cosas tristes.

Te deseo, tierna rosa de Jericó, toda la felicidad que seas capaz de aguantar; hago votos por que tú y tu pequeña familia, esa humilde y frágil llama de esperanza, esa descarnada y pobre embajada del ser humano en esta tierra de fieras, lleguéis a buen puerto y podáis descansar de todos los trabajos y fatigas con que vuestros semejantes os han azotado.

Mientras, afuera, las alas de la tormenta se tornan cada vez más ominosas, y se pueblan de negras criaturas aladas, con sus picos chorreando sangre.

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Consejos para un caminante

black-amp-white-highway-journey-photography-the-road-Favim.com-459348Cuando comiences el viaje, camarada, procura ir ligero de equipaje. El camino, que te espera con amable sonrisa, es un ser tan vivo como tú, tan hermoso y perfecto como una plegaria apasionada, un ente milagroso y magnífico que siente y padece bajo los impulsos de su propio yo. No pierdas nunca de vista sus ojos; son antiguos, comprensivos y bondadosos casi siempre, aunque algunas veces la sombra de un espectro, de un viento aullante y cálido, de un horror marchito, pueda cegar la fuente de su luz, su esencia toda.

 Es tu guardián, el voluntario mensajero de tantas cosas bellas y buenas como te esperan plácidamente entre sus meandros, sus praderas y sus bosques: la mirada prometedora, rasgada y limpia, felina,  que te acabará encontrando, aunque tú no lo quieras, aunque lo temas; las fragancias que acunarán tu personal devenir, que harán enloquecer tu deseo, tu imaginación febril, tu necesidad de lo eterno; el cuerpo que partirá en dos tu pecho para saciarse con el latido de tu corazón mercenario y el amigo que te acompañará cuando el silencio te ahogue, cuando la soledad te oprima entre sus crueles brazos, cuando la madrugada te abrume, cuando la tardanza de la aurora te obsesione.

Es también el heraldo inquieto de la porción de oscuridad que, inevitablemente, te envolverá una y otra vez, ansiando engullirte, devorarte, destruirte y condenarte al peor de los abismos, al olvido, que es el siniestro hermano de la nada y del sueño;  de los demonios interiores y exteriores que acechan a quien se atreve a vivir, a respirar, reivindicando así el indiscutible derecho al goce de los sentidos que nos acompaña desde la cuna hasta la tumba, el deambular tranquilo bajo el sol, envueltos en una túnica trenzada con hebras de paz, lirios del valle y caléndulas.

Si todo va como debiera, pequeño hermano, el camino proveerá por ti, y nada te faltará. No prestes atención a las inclemencias del tiempo, a los azarosos vaivenes de todo aquello que a tu alrededor acontezca. Atiende, más bien, a lo que va quedando bajo tus pies mientras te sigues moviendo, porque solamente a través de sus huellas en esa senda podemos distinguir al hombre de la bestia que implacablemente lo habita, que le destroza por dentro intentando salir. No te aconsejaría, puesto que solamente procuro tu bien, que volvieras la vista atrás en demasiadas ocasiones, con demasiado ahínco. Si lo haces, verás como todo lo que acabas de visitar, de vivir,  se va disolviendo lentamente a tu espalda, deshaciéndose, desintegrándose y desapareciendo como un pájaro en las ciegas alas de la tormenta. Oirás el crujir de los huesos y el batir de oscuros tambores en salas desiertas, pintadas con cenizas, decoradas con sangre, porque renegar de tu presente es una de las pocas cosas que el viaje no te permitirá jamás, como tampoco lo hará el camino. Su obligación consiste en hacerte habitar en la mansión del hoy, del presente,  voluptuosa como la espesa cabellera de una mujer, llena de asechanzas, aventuras sin cuento, divertidos peligros, amores y desencuentros; debes apurar hasta las heces la copa que esa casa maravillosa te ofrece, compañero. Bebe ese licor embriagador a grandes sorbos, hasta que escurra, fresco, brillante, felino, por las comisuras de tus labios, inundando tu pecho de alegría, de luz. Sáciate con su sabor, con su aroma, y piensa que es solamente para ti, que ha sido creado por alguna extraña fuerza, capaz de amasar, en extraña y explosiva mixtura,  estrellas y lodo con sus manos, para tu uso particular, para solaz de tu alma altiva y noble. Aprovecha esa crátera divina, ese quitón arcano, porque, una vez vacío, una vez yermo y seco, tus días y tus noches comenzarán a perder la saludable apariencia de lo joven, de lo lozano, para encaminarse hacia extraños y espeluznantes páramos, donde ya nadie jamás volverá a llenarlo, donde la leyenda de tu coraje será como un pájaro en las manos de un niño.

Abandona la estúpida aritmética que un dios borracho de ira nos quiso enseñar, para extirparnos la esperanza; no te sientes bajo las sombras del camino, no te detengas a hacer arqueo de tu vida, por larga que haya sido. Jamás extraerás placer alguno de semejante costumbre; déjasela a quienes carecen del coraje de vivir, a quienes cada dos por tres necesitan asegurarse del terreno que pisan, saber si son acreedores o deudores, si tienen o si tan sólo desean tener, si deciden sobre sus vidas o si algún alguien lo hace por ellos. No respetes a estos contables cochambrosos, que siguen sin entender que las estrellas no están hechas para contarlas, y mucho menos si se reflejan en esos ojos que pueblan tus sueños de dolorosos anhelos. Asume tu pasado con una sonrisa valiente, sin renegar de él ni de ti,  y procura abandonar cuanto antes sus amplias estancias, sin sentir nostalgia: a este imponente enemigo, que te observa calculador y paciente, le place adornarlas con toda clase de trampantojos, con sutiles reclamos de tiempos mejores, con deliciosas voces de mujer, con los cadáveres mutilados de todo lo que no pudo ser, para agitarlos ante tus ojos en una obscena parodia de vida y conseguir así truncar tu singladura para siempre, ya lejos de las playas que adivinaste en la rojiza lejanía. Quiere aherrojarte con los poderosos lazos de la melancolía, de los que habrás de guardarte a toda costa, caminante, pues pondrán plomo en tus piernas, sangre en tus manos y escarcha en tu corazón.

No te postres jamás ante nadie que no sea una mujer que ría y ame mejor que tú, sin bajar los ojos cuando la atravieses con la mirada; que no muestre temor, que no retroceda ni un solo paso cuando la luna riele en el abismo de sus ojos hechiceros, cuando se abra un lúbrico volcán en su pequeña colina. Búscala con tesón, amigo, porque es más que probable que no la encuentres, aunque la hayas visto infinidad de veces; búscala siempre, porque así será más fácil para ella encontrarte a ti. Estate preparado para reconocerla cuando se acerque, no vayas a fallar en el embroque; escucha sus pasos y notarás entonces el suave roce de sus blancas alas de cisne acariciando tu rostro cuando te sonría y diga tu nombre, haciéndote así más cierto, más verdadero, más fieramente humano que nunca, tan hombre como jamás volverás a serlo; verás en ese momento que la Estrella Polar refulge en su noble frente y sabrás que es ella. No pretendas que sea tuya, porque no lo será jamás: pertenece, al igual que tú, al camino, y es un presente maravilloso que él te hace. No la aprisiones con las cadenas de tus brazos, por amorosos que pretendas que sean; no la agobies con nada que ella no desee de ti. Mira que un cisne es una criatura mágica y delicada, de pecho frágil, que es desgraciadamente sencillo sumirla en un profundo pozo de tristeza azul y oscura, del que no podrá escapar ya jamás. Y si amanece el día, melancólico y gris, en el que ella escucha los cantos de sus ancestros, en el que algo en su interior le obliga inexorablemente a separarse de ti, estréchala contra tu corazón con todas tus fuerzas, dile lo mucho que la has querido, que la quieres y que la querrás; besa la estrella de su frente y déjala partir, regalándole una sonrisa para que la ilumine en su nueva peripecia, para que las noches al raso no agosten su divina alegría de vivir ni dañen esa piel que tanta felicidad te regaló, para que no te olvide jamás. El camino es uno y multiforme, distinto para cada ser que avanza por sus complejas vueltas y revueltas, de manera que habrás de estar agradecido al haber podido compartir un trecho del suyo con un ser angélico y libre, que se habrá entregado a ti simplemente porque así lo quiso, y que te abandona por el mismo poderoso motivo.

Discute siempre, y procura disfrutar con ello, aun cuando seas consciente de que muy pocos dan la talla en este artístico y difícil menester. Conversa, pregunta, indaga, goza de la música de tus sentidos y escucha siempre lo que tu corazón indique mientras seas joven. Deja que el cerebro, adusto y carente de imaginación, imponga su ley cuando se trabe en un dueto miserable con la edad a la hora de vencerte, nunca antes. Pelea siempre a brazo partido y muéstrate siempre orgulloso e irónico, aunque estés perfectamente roto por dentro; ofende siempre con saña, con ardor, con la peor de las intenciones, pero procura recibir con una sonrisa y con nobleza al enemigo que se disculpa; no le incomodes más mostrándole conmiseración, a no ser que quieras destruirle definitivamente y por entero.

Ama, juega, bebe, blasfema y peca  con pasión, con fiera entrega, a pecho descubierto y sin subterfugios; ama siempre y no te preocupes por ser amado, que eso ocurrirá después, sin duda alguna, aunque quizá no consigas recibir amor de quien tú lo desees, porque así es el camino y así el viaje, y ni toda una pléyade de mortales o de inmortales lograrían variar ni un ápice esta situación.

Escribe, escribe mucho, todos los días,  y medita sobre lo escrito. Es un arte difícil saber cuándo dejar de corregir el texto, que es tanto como corregir tu vida, hermano, pero es del todo necesario, tanto como leer, que te enriquecerá enormemente, abriendo tu mente y tus sentidos a millones de conexiones mágicas con la vida, con los demás. Ensanchará tu pecho, ayudándote a distinguir los contornos, a veces envueltos en sombras, de todo cuanto te insufla, día a día, la fuerza para seguir adelante;  a discernir entre los complejos matices, tanto más peligrosos cuanto más difusos, que separan al bien del mal; tarde o temprano, inevitablemente, tendrás que tomar partido por uno de los dos, lo quieras o no.

Evita, en la difícil medida de lo posible, el pánico, la espantosa presencia del Mal que se oculta dentro de ti, el maléfico cuchillo que se agazapa en las tinieblas. El miedo a sentir miedo, a no ser capaz, a no dar la talla, te matará con más seguridad que una daga en el corazón, condenándote a la muerte más cruel por más lenta, la del cobarde. No cedas, no cejes, aprende a volar, aprieta los dientes, entierra los zarpazos del temor en lo más profundo de ti. Enfréntate al tedioso discurrir de los días sin huella que se te echarán encima, a su espeso aliento, a su pérfido intento de robarte la energía, de desencuadernarte como si fueras un viejo pecio; busca tus paraísos privados y ánclate a ellos, para poderte refugiar cuando el metálico sabor de la sangre ensucie el aire que respiras, emponzoñando tu caminar, manchando tus pies y salpicando tus manos. Comparte esos lugares con quien tú desees en tranquila contemplación, en apacible paseo, en ingeniosa conversación, y cierra siempre con llave al salir. Habrán de ser pocos y cuidadosamente escogidos quienes te acompañen en semejantes afanes, porque el número oculta siempre mediocridad, que es la triste madre de todos los desastres.

Desconfía del futuro, hazme caso; es una hermosa dama, una espléndida pluma de negro marabú que ríe cruel mientras el viento juega con ella, danzando en el oscuro vientre de la tormenta; es una cortesana aparentemente joven de la que pocas noticias tenemos,  de la que tampoco sabemos si llegará por ventura a visitarnos, si nos dejará quizá anhelantes, fiándolo todo a su más que dudosa aparición, y cuyo precio desconocemos hasta que ya es demasiado tarde para negarnos a satisfacerlo. Acostúmbrate a contemplar su llegada sin prisa, sin incertidumbre y sin demasiada esperanza, porque es posible que sus pies etéreos no se posen jamás en tu jardín, mal que te pese, mal que nos pese a ti y a mí.

Y cuando, finalmente, llegues a destino, querido amigo, házmelo saber. Descálzate y remoja tus pies cansados en las espumosas aguas que rugen allí adelante, henchidas de vida y ansiosas por acogerte, por restablecer la salud de tu cuerpo agotado y ya casi exánime. Deja que la cristalina brisa que desde el mar avanza aparte algún canoso mechón de tu frente, mientras la luz del occidente saluda a tus ojos, haciendo alegres cabriolas para celebrar tu llegada. Escucha el murmullo tumultuoso del devenir de tu vida, que ya va quedando atrás, y no viertas una sola lágrima por lo que pudo ser, ni te lamentes por lo que hayas hecho con ella. Dedica un último y emocionado recuerdo a todos los que amaste y sonríe para ellos, para que vean que no sientes miedo ni tristeza, diciéndoles adiós  con la frente levantada.

Acaba tu viaje con nobleza, con orgullo y con alegría, hermano; distínguete como un hombre entre los hombres y permite al tiempo que borre tu entera historia, los avatares de tu existencia, los trazos de la negra tinta con que tu alma se dibujó y que ya pertenecen a la eternidad. El lienzo de tu vida, ya en blanco, será el comienzo del mismo camino para quien venga detrás de ti, y le ofrecerá, con la misma sonrisa que tú conociste, misterios insondables y maravillosos para que trace su propio rumbo bajo la mirada amigable de los viejos dioses.

 

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Luna de agosto

702598angeles_goticos_008Qué hermosa noche la de hoy. El día ha sido largo y ha transcurrido con sospechosa placidez, hasta que una pareja de viejos amigos ha tenido la gentileza de llamarme, sacándome de mi retiro casi  habitual, para invitarme a tomar una copa de delicioso Malta al atardecer. Tras degustarla en un agradable y fresco jardín, acomodados en sillones de recia teca, hemos pasado por lo de Carmela para cenar, rematando la faena con bourbon seco y más Malta, de nuevo en su casa. Ya estaba, cómo no, lanzado, encantado de y con la vida y deseoso de muchas cosas más, pero el desastroso estado de mis finanzas, desgraciadamente endémico, me ha llevado inexorablemente hacia mi casa.

El día de hoy era emblemático para mí. Estamos a siete de agosto, de modo que se ha cumplido un año desde que me deshice del molesto huésped que quiso taimadamente acabar con mi historia sobre la tierra. Me hubiera gustado celebrarlo más a lo grande y con más personas, pero el plan tampoco era para desdeñarlo, con franqueza, y con agradecimiento a mis queridos amigos y a la vida, que ha tenido a bien conducirme hasta aquí sano y salvo.

Volviendo a casa, me he sorprendido a mí mismo admirando embobado, como tantas otras noches, la arrobadora belleza del entorno. Un silencio espectral, lleno de serenidad, actúa como un suave lienzo para las sonoras pinceladas de los escasos grillos que intentan, en eterna condena, hipnotizar a la luna con su monótono sonsonete. La reina de la noche, casi llena, bendice el sueño de cielo y tierra, el descanso de los hombres,  con una luz purísima, brillante a fuerza de plateada, romántica y limpia. Los pinos, extrañamente inmóviles por una vez, no susurran hoy sus viejas cuitas, limitándose a contemplar atentos la bellísima trama de cuanto a su alrededor acontece, como si no quisieran perder detalle de la misma.

Hace un par de años tan sólo, fumador empedernido, no hubiera podido sustraerme a la tentación de disfrutar un par de cigarrillos bajo esta poderosa luz, cargada de misterio y de pureza, tan antigua como el mundo. Aún sin la concentración que me proporcionaba el tabaco, hechizándome con las evanescentes figuras que el humo produce, conozco pocas sensaciones tan placenteras como dejarse ir con los ojos cerrados, divagando entre tus espectros más familiares y queridos, entre tus sueños y tus deseos más salvajes, bajo el mágico influjo de estos raros momentos de auténtica paz. Algún perro inoportuno o el paso de un tren nocherniego interrumpen el inapreciable ensueño que me transporta lejos, terriblemente lejos en el tiempo, cobijado bajo sus níveas alas. Contemplo, desde una altura pavorosa, el incesante azacaneo de mi vida bajo las estrellas, mis vueltas y revueltas, mis amores, mis desamores, mi historia toda. Observo todo este friso que compone mi particular singladura agarrado con fuerza a los brazos de mi tumbona favorita, como un impasible espectador de mi propia peripecia, con la que mantengo las distancias tratando así de conservar la objetividad. Acabo por decidir, influido quizá por la sobrecogedora belleza de esta noche, que soy un hombre afortunado. Mi vida ha sido hasta este momento larga y plena, fecunda en experiencias de todos los calibres, amargas algunas, espantosas otras, y dulces las más de ellas.

Y en medio de tales devaneos me hallo cuando me doy cuenta, con brutal certeza, de que siento la dolorosa urgencia de hacerte el amor con desesperación, con saña; de cabalgarte asido a tu cintura hasta el fin de los días bajo este silencioso palio de plata bruñida, tan cierto como la pesadilla de un niño, tan lleno de esperanza como la plegaria de una virgen. Se me sigue alborotando el pecho al pensar en ti, al conjurar tu imagen. Giras y giras en mi imaginación y me transportas en el hueco de tus manos, hasta algún rincón desconocido de la memoria, hasta una tierra abrasada por la fiebre, por mi fiebre y por la tuya. De noche, estoy seguro de que serás mía, de que me amarás siquiera sea hasta que rompa el alba, pero las primeras luces del día me arrebatan esa seguridad y te agigantan ante mis ojos, convirtiendo la empresa de seducirte en algo titánico, inasequible para un doliente mortal como yo. Te yergues ante mi amenazadora y terrible como una doncella guerrera…

Supongo que será una sensación pasajera, un devorador deseo que se irá apagando con el correr de los días al no verse satisfecho. Poco a poco, perderá sus espléndidos colores y se desvanecerá como se desvanece una cortina de niebla vespertina, como una gavilla de sombras. Ocupará su lugar en el anaquel de las cosas que pudieron ser, ya tan tristemente poblado. Con seguridad, revivirá y se agitará de nuevo intentando escapar de su cautiverio para poder seguir arañando la corteza de mi corazón, los ribetes de mi alma,  con cierta periodicidad, muy de vez en cuando, cada vez que te vuelva a ver. Quizá sea mejor así, mi encantadora morena. Puede que sea más conveniente, más prudente,  tascarles el freno a los rojos corceles de mi ciego deseo por ti hasta que amanezca, si es que tal momento llega, el día en que yo aprenda a distinguir entre las diferentes pasiones que aderezan mi vida con su tumulto, hasta que llegue la hora en que me pueda deshacer del temor para echarme en brazos de la fantasía sin que me asusten en exceso las consecuencias de mis actos, sin que me corroa la duda, sin que me asalte el cruel demonio del remordimiento.

El tiempo corre; me desgasta en medio de un atronador silencio; aventa las cenizas de mis ensoñaciones bajo esta poderosa luna de agosto. Mientras, ¿qué estarás haciendo tú? Conveniencia, prudencia, qué tremendas palabras…

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Asuntos estivales

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“El corazón tiene razones que la mente desconoce”.

Pascal.

 

A pesar de los muchos años que ya acarreo, a pesar de las numerosas canas que sigo peinando, nunca he sido capaz de aprender a desentrañar ese complejo lenguaje de las señales femeninas, ese delicadísimo ballet corporal mediante el que te comunican que estás en su punto de mira, en su lista de deseos, como dirían los yanquis.

De hecho, si el mensaje no es tan claro  -pese a su siempre innegable sutileza- que hasta un pampirolón como quien esto escribe es capaz de cazarlo a la primera, me atormentan siempre las dudas, que son compañeras inseparables del hombre tímido, sensible, galante y enamorado hasta las trancas del sexo contrario hasta extremos realmente peligrosos, pero entorpecido en su labor de seducción por escrúpulos y temores que no son propios del don Juan voraz que uno, en multitud de ocasiones, desearía ser. Mucho me temo que, en estas lides amatorias, somos los hombres mucho más torpes y canijos de lo que nos gustaría reconocer frente a nuestras astutas compañeras…

Al fin y a la postre, te enfrentas a esa nueva y azarosa incógnita exactamente igual que si tuvieras quince años, como si toda la experiencia y el conocimiento acumulados durante tantos años de aventuras desapareciesen súbitamente, para dejarte desnudo y desarmado frente al más arcano, aterrador  y sugerente de los misterios que la vida puede ofrecer: una hermosa mujer en orden de batalla.

Me mira de tal modo o de tal otro; parece que acaricia mi espalda con dedos cálidos al saludarme; es claro que yergue su busto cuando me dirige la palabra, arreglándose el cabello continuamente… Perfecto; leo señales inequívocas que denotan un cierto interés; ¿y qué? ¿Realmente me muestra su deseo, sus ganas de mí, o simplemente, sin pensarlo, hace gala de su palmito, de su espléndida esencia de mujer? ¿No será que curva su espalda bajo la caricia del sol, como la gata sensual que es, por el mero placer de sentir sus rayos? ¿No será un espejismo provocado por mi propia ansiedad? ¿Me rechazara, altiva y risueña en el mejor de los casos, o acallara mis requiebros, contestando al enigma a base de besos, largos, ígneos, arrebatadores e intensos como el sueño del opio y terribles como él? ¿Quien dará el primer paso, quien iniciara la danza que dio origen al mundo?

Sin duda, esa incertidumbre, unas veces deliciosa, un auténtico tormento otras, forma parte inseparable del juego, nos agrade o no. Sigo pensando, no obstante, que ellas son  -diga lo que diga la literatura o el cine-  las verdaderas maestras a la hora de administrar tiempos y ritmos en este magnífico sortilegio que es el arte de amar. O eso, o bien los hombres somos tan conscientes  -algunos- de nuestra cortedad de recursos, que olvidamos el hecho de que todos somos personas, seres humanos perdidos en la misma oscuridad, bajo el mismo cielo de plomo. De cualquier manera, aguardan tras el enigma de esa turbadora esfinge recuerdos imborrables, divinos gemidos en el calor de la noche, peligros ciertos y tremendos agazapados entre esos senos que deseas adorar con toda la fuerza de tu ser, en esas piernas hechas para recorrerlas muy lentamente con los ojos y con los labios. Y percibes todo ese inquietante panorama sin  ser capaz, al principio, de distinguir todos los matices que en él se alojan, sin poder diferenciar lo dulce de lo amargo, porque te ciega el deseo, el prurito desbocado de tu masculinidad. Ese potente conjunto de sensaciones se yergue ante ti como la cima de todas las cimas, como el premio final y definitivo que aguarda al viajero impenitente y osado, al audaz aventurero que se atreva a adentrarse en semejantes parajes, sin que importe nada más, aun conociendo el riesgo cierto de perderse para siempre en abismos de fuego y de dolor.

Y, si todo llega a cuadrar, si las piezas del rompecabezas se ajustan en su sitio, comienza el auténtico juego. Siguiendo el imperativo de tu piel, el rumbo que marcan tus manos, te ruego que te quedes un poco más, que no tengas prisa por irte, perversa hechicera. Déjame que disfrute comenzando a explorarte, sabiendo más de ti, siquiera sea por una sola noche, efímera e intensa. Quiero oírte hablar de lo humano y de lo divino, de todas esas cosas que fingimos que nos interesan, mientras intento leer en tu cuerpo lo que tu mente realmente está tramando. Te imagino gloriosamente desnuda, y te adivino madura, espléndida, rotunda, sin dar cuartel ni pedirlo, permitiendo que me asome al insondable pozo de negras estrellas que refulge en tus ojos. Sentiré el miedo abrasador que me produce notar cómo se estremecen de arriba abajo los parámetros de mi tranquila vida de burgués cuando beso tu pecho, cuando percibo con todos mis sentidos la lucha que se desarrolla en mi interior. Pero es un dolor tan placentero, tan completo, tan sublime…

Debemos, sin duda alguna, a nuestra educación judeo-cristiana, la enorme carga de moralina que arrastramos durante toda nuestra vida, la infame cantidad de karma que nunca pedimos soportar ni redimir. En multitud de ocasiones, ese obstáculo nos impide disfrutar de tantas cosas hermosas como surgen a nuestro paso. Bailamos siempre sobre el filo de la navaja, sin saber nunca si vamos a caer  -al menos en mi caso-  del lado epicúreo del asunto o en la vertiente puramente hedonista del mismo. Es trabajoso soportar un dilema como este, pero es lo que hay: ¿iniciar nuevas aventuras , arriesgándose a la catástrofe por unas noches de placer? ¿Sustraerse al maléfico influjo del propio deseo, negando la auténtica naturaleza de cada uno, desoyendo el crepitar del fuego que arde en la penumbra, que danza entre tus sienes?

Nadie cambia nunca, y el escorpión siempre picará a la rana, precipitando la muerte de ambos: está en su naturaleza.

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Vapor

NA139

Ayer, este mes de julio, casi caduco, nos regaló un magnífico chaparrón, seguido por un par de días oscuros y fríos, extraños en estas fechas pero no en estos lares. Al acabar la lluvia, casi de inmediato, la tierra comienza a exhalar una sublime fragancia, tan llena de matices que me resulta muy difícil poder describirla con claridad. Quizá, la mejor manera de referirse a ella sea mencionándola como telón de fondo, como eterna sinfonía de los mejores momentos de mi vida. Llegué a esta bendita tierra abulense cuando solamente contaba nueve meses, durante un tórrido y ya muy lejano mes de junio. Comencé así una andadura veraniega que durante más de cincuenta años me ha traído hasta aquí, primero buscando la diversión y el ejercicio que la infancia necesita, bajo la mirada vigilante y cariñosa de mis padres, para pasar luego a asuntos de mayor calado según los años se iban amontonando sobre mi escritorio.

De los interminables paseos en bicicleta, de las excursiones épicas -entonces nos lo parecían- hasta el pueblo, de los viajes en familia hasta el pantano de El Burguillo, las Pozas o la Peña de Madrid, nos fuimos desplazando, sin apenas notarlo, hasta las largas veladas al amor de la copas, de nuestras compañeras y de nuestros amigos. Perseguíamos, con la alegre furia de aquellos días llenos de vida, los imposibles que sobradamente conocíamos y que apenas habíamos comenzado a percibir a nuestro alrededor, latiendo en nuestras sienes, embrujándonos con todo el poder de los sueños recién nacidos, de las auroras que despuntan, maravillosas, en la cálida noche de la juventud.

Más tarde, si bien cualquiera habría dicho que apenas habían transcurrido un par de años entre una y otra situación, el fuego interior que nos alimentaba comenzó a perder intensidad, como no podía ser menos. Buscábamos de repente diversiones más tranquilas, más acordes con el cansancio -o, peor aún, la desidia- que ya hacia estragos entre nuestra ardorosa tribu. Era menos frenético el ritmo, más pausado y menos impetuoso, aunque siempre lleno de esperanza. Llegaron los hijos, las hipotecas y los jardines, asuntos todos que requerían imperiosamente nuestros cuidados, que demandaban de manera implacable nuestra atención, restando espacio a los deseos y a las ilusiones que ya jamás llegaran a ser, por falta de tiempo y de energías.

Yo he atravesado -aun atravieso- este periplo magnífico con cierta fortuna en casi todos sus capítulos. Voy cumpliendo con lo que la vida espera de mi como mejor puedo y se; voy disfrutando, agotando, cuantos placeres y desdichas me ofrece, y no por una actitud filosófica determinada, sino porque no queda otra. Avanzamos por nuestra existencia a tientas, en el mejor de los casos, pero siempre resulta más gratificante moverse sin cesar que permitir a la edad que inmovilice, antes de lo inevitable, corazón y cerebro, piernas y voluntad.

Durante todas las emocionantes jornadas de este viaje, y bajo este cielo entrañablemente azul, algunos hilos conductores han estado siempre presentes, brillando como hebras de plata,  entre la trama que la propia vida iba tejiendo a mi alrededor. A Proust le bastó una magdalena para desencadenar un maremágnum de recuerdos que le llevaría a escribir siete voluminosos tomos sobre su particular peripecia vital. A mí, que no soy Proust, me basta con mucho menos, con algo mucho más sutil y etéreo, pero dotado de una fuerza evocadora particularmente inmensa: mientras viva, jamás seré capaz de separar mis veraneos en la provincia de Ávila -vale decir, mis momentos más felices- del olor de la brea y de la resina, ambos íntimamente relacionados con el ferrocarril y con los pinares; del nocturno parloteo de los pinos y del poderoso aroma de la tierra mojada, del estruendo atronador de un convoy de ferrocarril lanzado a toda máquina. Olores y sonidos que me acompañarán hasta el final de mis días, siempre llenándome el alma de paz.

En mi casa, mi familia ha estado siempre muy cerca del tren. Cada vivienda que íbamos alquilando -casi ninguno de mis mayores tuvo la prudencia de comprar una propiedad aquí- nos acercaba más y más al vibrante universo de los raíles que recorrían la tierra requemada y dura de este lugar, domándola, doblegándola ante el altar del progreso. Contaban, si les prestabas atención, brillantes historias de viajes, amoríos, grandezas y desencuentros, mientras nuestras jóvenes vidas iban tomando cuerpo cerca de ellos. Éramos aún aprendices de soñadores en plena efervescencia, sin cuajar todavía.

Recuerdo perfectamente el traqueteo lejano y el resoplar de las magníficas locomotoras de vapor tomando a toda velocidad la curva del puente después de dejar atrás la cercana estación de Las Navas. Apenas dibujado al principio y ensordecedor poco después, el ruido se acercaba a nosotros amenazador y rapidísimo, para acabar drásticamente deformado en un estremecedor mugido por el efecto Doppler, que tanto nos intrigaba en aquellos días llenos de luz. Aparecía el gigante de hierro como una exhalación, dirigiéndose hacia su siguiente parada presa de una fuerza ciega, imparable, con sus bielas rotando enloquecidas y coronado por un magnifico penacho de humo negro, acre y espeso. Gemían las traviesas de madera bajo su peso enorme, y sangraban brea por cientos de heridas al sentir la presión, mientras el carbón crepitaba alegremente. Aquel aroma espeso y penetrante lo impregnaba todo alrededor, y se percibía con claridad en las apacibles noches de agosto, arrastrado con generosidad por la brisa nocturna o evaporándose sutilmente en los tórridos mediodías. Bajo su presencia, nos acercábamos a jugar a las peñas de la vía para espanto de nuestros pobres padres, que no conseguían ni a tres tirones apartarnos del peligroso embrujo que emanaba de las traviesas.

Contemplábamos estremecidos el veloz paso de los enormes convoyes de mercancías, siempre atentos por si dejaban caer algo, esperando siempre que parasen en las cercanas vías muertas de la estación para robarles los faroles de los vagones de cola, preciadísimos trofeos -perfectamente inútiles, como todos los trofeos- al tiempo que el aire se llenaba con el feroz estruendo del vapor, con el polvo oscuro del carbón, con la materia magnifica de la que estaban hechos nuestros sueños. Si por fortuna alguno de aquellos negros gigantes paraba en nuestra estación, corríamos hacia allí como posesos para admirarlo de cerca, para tocarlo y para olerlo, haciéndonos acreedores a alguna que otra bronca del pobre jefe de estación, preocupado por aquellos arrapiezos que no tenían ojos más que para las enormes bestias que respiraban fuego, varadas junto a los andenes, con toda su brillante musculatura tensa y dispuesta a seguir devorando kilómetros incansablemente bajo las ordenes de sus aurigas, de rostros sucios y mirada pensativa.

Los trenes de pasajeros resultaban más románticos que los de mercancías, si bien me parecían mucho menos poderosos y salvajes, bastante más civilizados, con sus vagones más limpios y mejor pintados que los de carga. Con el correr de los años, y ya mocitos, contemplábamos los elegantes coches, rotulados en vivos colores, con la secreta esperanza de que de ellos descendiera la más hermosa de las mujeres, de ojos rasgados, elegante y letal, para embrujarnos y llevarnos en sus brazos muy lejos, hasta los mismos confines del horizonte. Nuestro recuerdo quedaría así suspendido de una guedeja de tiempo azul y misterioso, y todo el mundo hablaría, en voz muy baja, de aquellos jóvenes que desaparecieron, un buen día, tras los pasos suaves de una famosa mujer, de una taimada y bella cortesana que les hechizó con el mortal contoneo de sus caderas.

Fueran los convoyes de lo que fuesen, transportasen lo que transportaren, aquellas hermosas maquinas formaban parte imprescindible de nuestro paisaje cotidiano. Si el exprés que se dirigía a Bilbao pasaba, arrollador, a las doce de la noche, el traqueteo hipnótico del mercancías de las seis de la mañana nos acompañaba a casa tras la juerga diaria. Risueños, ebrios de alcohol y de vida, cerrábamos los ojos acunados por aquel ruido familiar, casi tranquilizador, o los abríamos a esa misma hora, mientras nos sentábamos en la cama, asustados por el estruendo y por los fogonazos de luz intermitente que entraban por las ventanas, al tiempo que  la veloz bestia se interponía entre nosotros y el sol naciente.

Ya con cierta edad, nos sentábamos en los portalones de un edificio de carga al que llamábamos el Muelle. Las grandes puertas tenían ruedas para facilitar su apertura, y espiábamos su interior por todas las rendijas, solo para encontrarnos con una enorme nave, vacía casi por completo en la mayoría de las ocasiones, repleta otras veces con grandes montañas de carbón, cuya fría fragancia impregnaba el lugar. Pero las enormes planchas de granito crudo que formaban el umbral de aquellas entradas, siempre frescas y tan anchas como para tumbarse -y amarse- cómodamente en ellas, contemplaron los primeros cigarrillos, los primeros amores y las primeras borracheras de casi todos nosotros. Escondíamos allí el tabaco y el whisky, y recogíamos o entregábamos amorosas misivas, encajadas entre los viejos ladrillos, erosionados por los años y por las inclemencias del tiempo.

Una vez más, y sin que nos diéramos cuenta, el tren acunaba así con dulzura las primeras luces, los balbuceos primeros de la generación a la que pertenezco, observando benevolente nuestros esfuerzos por romper la membrana protectora que aún nos separaba del mundo, tejida laboriosamente por nuestros padres y destinada, por pura ley de vida, a caer ante los certeros embates de la energía desbocada que nos poseía. Mientras tanto, además, insuflaba vida en las arterias de aquel joven pueblo que yo conocí. En el tren y para el tren trabajaba un importante contingente de sus habitantes, los más sudando bajo el inclemente sol, con los pulmones ahítos de alquitrán, para mantener en perfecto estado el camino del gigante y alimentar a sus familias con sus magros salarios. El comercio, que fluía libremente gracias a las brillantes vías de acero, a su eterno zumbido, iba desarrollando muy lentamente aquel pequeño pueblo que nos recibía, un poco a regañadientes, año tras año.

Y mientras tanto, como paisaje de fondo de aquella época heroica y disparatada, un aroma muy especial invadía el escaso espacio libre que restaba tras la potente fragancia de la brea. A pesar de que conozco infinidad de rincones de nuestra geografía plagados de pinos, en ningún otro lugar he percibido un olor tan sutil como aquí. Los pinos, numerosísimos, mezclan su peculiar exhalación con la de las jaras y los brezos, con los matorrales de boj y las arizónicas, creando una mixtura difícil de superar, que hace que lamentes no disponer de otro par de pulmones para llenarlos con semejante delicia. Y cuando la noche empieza a cerrarle los ojos al día, al bajar la temperatura, la tierra comienza a respirar su propio olor, que es una mezcla de los anteriores sobre un tono a tierra húmeda pletórico y lleno de notas personales. Sopla una suave brisa nocturna sobre la que tejen sus murmullos los pinos; orquestan una conversación arcana y oscura, un susurro tranquilizador y discreto que llevo escuchando toda mi vida y que siempre he identificado con la grata sensación de encontrarme a salvo, de estar en casa. A veces, el murmullo se torna discusión iracunda, cuando el feroz viento del norte descarga su cólera sobre nosotros, agitando las verdosas cabelleras de los pinos hasta hacerlos temblar.

Cambiamos nosotros, cambiaron nuestras vidas, perdimos la sencillez de los principios, olvidamos la salvaje alegría de vivir. Las noches carecen ya del fulgor de aquella época inolvidable, y los días se arrastran en una monótona y ramplona igualdad, carentes de las emociones que nos esperaban a la vuelta de cada esquina. Volaron las peñas de la vía para ampliar el camino que da servicio a la misma, y una valla de cemento y metal nos separa, llena de terribles advertencias, de los raíles. Los trenes, que cada vez circulan menos por aquí, pasan por delante de una estación ya casi sin vida, que funciona a ratos y a ratos duerme con un sopor triste de yonqui moribundo del que ya nunca saldrá, amparada bajo su gran marquesina, único y hermoso recuerdo de tiempos mucho mejores. Ya no se ven las grandes columnas de vapor en el horizonte, y las sirenas de los trenes son igualmente ruidosas que antaño, pero han perdido todo el sentido que tenían en aquellos días tan lejanos. El pueblo pelea, pancarta en mano, por no perder los trenes de pasajeros que hacían escala aquí cada pocos minutos durante todo el día, pero es una batalla perdida de antemano: el dinero, ese dios repulsivo con los pies bañados en sangre al que todos adoramos, todo lo puede. El Muelle ya no existe; lo demolieron hace mucho, y con su caída desapareció también el espíritu burlón y viajero que bendecía esta tierra: lo han sustituido por una espantosa casa de pisos, práctica y cara, insultante, sin alma.

La vieja cantina de la estación, con su pequeña y cómoda terraza, no es ni de lejos el lugar ignoto en el que tomábamos un refresco con nuestros mayores, con las piernas colgando de las sillas, contemplando boquiabiertos aquellos hermosos mensajeros del maravilloso e inmenso mundo que nos esperaba tras el horizonte. Ahora es un cuartucho sucio, con los cristales rotos, que muestra al viajero la hedionda tristeza que lo habita. Me duele el alma cuando paso junto a este lamentable vestigio de tanta gloria, de tanto momento inolvidable suspendido en el tiempo, en mi propio y personal tiempo.

Pero el aroma de los pinos, de la tierra mojada, de la resina, la fragancia de la brea -la sangre del ferrocarril- y los sonidos propios de ambos mundos, forman ya parte inseparable de mis días de esplendor, de mi infancia, de mi juventud y de mi madurez. Esté donde esté, intento siempre, en el silencio del monte, llenar mis pulmones con los dones magníficos que Natura nos regala, y afino los oídos para intentar percibir el traqueteo entrañable del tren de mi vida, que está ya a punto de doblar, ebrio de furia, la curva del puente, después de dejar atrás la cercana estación de Las Navas, mientras su penacho de humo y carbonilla se esparce a su paso como la negra cabellera de aquella chica a la que siempre quise.

 

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Lo cotidiano.

writingAunque se trata sin duda de una sensación añeja, no por ello deja de ser apremiante e incómoda. Comienza como un cierto picor en los dedos, como una ansiedad que trepa por tu columna para acabar llegando indefectiblemente a tu cerebro, a tu psique toda, convirtiéndose en un remordimiento que no ceja en sus voraces mordiscos hasta que no te pones frente al ordenador, por ejemplo, aunque también es eficaz remedio el que se pone en práctica tirando de lápiz y papel, a pesar de que algunos ignorantes lo tengan por trasnochado. Desconocen, infelices, el placer que proporciona el hecho físico de escribir con un buen instrumento estilográfico sobre un papel de calidad, en resma, folio, cuartilla o cuaderno, que a la postre es lo de menos. Pero no es el deseo de manifestar físicamente la escritura lo que me atormenta desde hace ya muchos años.

Desde luego, tengo muy claro que no soy yo el único aquejado por este vértigo divino, por esta presión que se siente en la base del alma día a día, todos los días con sus noches. El doloroso placer de la escritura, la autoimpuesta obligación de contar algo, de transmitir a los demás ensueños, fantasmas y deseos, ataca a miles de afortunados mortales, que atraviesan con valentía los yermos desesperados donde acecha ese aterrador espectro que es la falta de inspiración: notar que quieres relatar algo y sentir la urgencia de hacerlo, cuadra rematadamente mal con no saber, en concreto, qué es lo que se desea comunicar en ese momento. Además, resulta complejo explicar esta situación a quienes nunca la han padecido: es casi inevitable la mirada compasiva, que intenta en el mejor de los casos comprender al doliente, que cosechará en según qué auditorios el vano intento de compartir nuestra inquietud.

Momentos hay -diríase instantes- en los que uno se siente rebosante de ideas, de asuntos, más o menos enjundiosos, que compartir con el mundo bullicioso y tremendamente ajeno que se convulsiona tras las ventanas de mi despacho. Padeces por dentro un cierta agitación, un hervor interno que se va transformando, poco a poco, en negro sobre blanco, en esa salutífera sangría que supone para todo escritor  sacarse de dentro sus cuitas, sus ensoñaciones, para ponerlos a los pies de quien le haga la merced de indagar con interés en su propia y peculiar noche, personal e intransferible: siempre es de noche en mi mente a la hora de escribir, y para mi no hay mejor momento.

Son ocasiones felices, siempre fructíferas, o, al menos, así las siento yo: gloriosas hemorragias de verbo, de la herramienta mágica y poderosa  que distingue al hombre del resto de la Creación. Quizá la calidad no siempre acompañe a la vorágine creativa que en tales ocasiones me suele embargar. Muy posiblemente, una gran parte de los escritos que mi caletre produce en semejantes circunstancias, carezcan de la mínima calidad exigible a un sencillo juntaletras como yo; muy posiblemente, no resistan ni el primer asalto contra mi más acerbo crítico, contra mi demonio interior, cayendo como caerían unos desdichados soldaditos de plomo bajo las manos crueles de un niño cuando comienzo la revisión de lo escrito, esa tarea que nunca sé, a ciencia cierta, cuándo debe acabar.

Puede ser así, qué duda cabe. Pero resulta francamente gratificante conseguir emborronar unas cuantas cuartillas al día, por electrónicas que sean. El hecho de que sean prácticamente etéreas no significa que sean más fáciles de  hollar: se resisten denodadamente a entregar sus secretos. A veces creo que cuanto escribo ya estaba allí mucho antes de que yo me pusiera a la tarea, oculto entre las aguas procelosas, engañosamente blancas y puras, de la pantalla del ordenador. Pienso, en otras ocasiones, que las mismas palabras con cuya invocación me deleito y pretendo alegrar a los demás, me esperan emboscadas y alerta, más que prestas a saltar sobre mi cuando llega su turno: ya saben que las llamaré por sus nombres infinitos, como si intentase nombrar a Dios,  que me esforzaré por servirme de su ígneo fulgor para crear efímeros instantes de sutil belleza. Saben, igualmente, que sin el concurso apasionado de su voluntad, no hay absolutamente nada que hacer, que narrar, que vivir. Volubles y coquetas, consienten en visitarme según los puros designios de su voluntad, prestando oídos sordos a mis requiebros y a mis súplicas y conjuros. Son palabras; son mujeres, y se comportan según los cánones insondables de su divino sexo.

Y como tales, acuso  su ausencia de manera dolorosa, con mariposas en el estómago y el pulso acelerado, febril. Es espantoso sentir la sequía, la invasión de lo yermo, de la nada pura que se aloja entre tus aladares cuando vives épocas estériles a la hora de crear, de cometer ese delicioso pecado de soberbia que se traduce en el milagro de la escritura.  Lo tremendo del asunto es que, al mismo tiempo que tu yacimiento de ideas se agosta a toda velocidad, si realmente amas lo que haces no dejas de sentir el prurito implacable, la angustiosa necesidad de contar una o mil historias, siquiera sea, en el peor de los casos, para el cuello de tu camisa, según comentaba más arriba. Tal es el dilema que yo vivo; así es el excitante tormento que me asalta cada poco, con una frecuencia atroz,  que desearía para otras muchas cosas en mi vida.

 Hay también circunstancias  externas a mi singladura que  precipitan el advenimiento de  uno u otro tipo de estados en  lo que a la famosa inspiración  se refiere.  Conocer personas o lugares interesantes suele provocarme un fuerte deseo de escribir, de volcar sensaciones sobre la mesa. Sin embargo, supongo que lo mismo le ocurre a todo el mundo, como es de buena lógica. Dime, ¿no es así, tú que sabes mucho más que yo de todo esto, magnífica presencia femenina?

Por otra parte, lo que más me seca las meninges, no excesivamente fecundas ya, es el aburrimiento. Sentir el lento transcurrir del tiempo sin sentido ni dimensión alguna, sin wa, sin armonía, sin propósito, es puro veneno para mi corazón de viejo esteta. Me cuesta un gran esfuerzo abandonar estas aguas cenagosas, estás arenas movedizas y ciegas. Volver a bahías más amables me calma y me tranquiliza sobremanera, devolviéndome una parte de los sueños perdidos en el blanco horror de la nada.

Se dice, por otra parte, que escribir requiere una constancia y una disciplina que se pueden adquirir con la práctica continuada. Por la parte que me toca, me atrevería a afirmar que hay una buena parte de verdad en dicho aserto; en la escritura, como en tantas otras cosas importantes de la vida, deberemos suponer que la paciencia es la madre de la ciencia, según diría el castizo. Y digo deberemos porque, en el fondo, no acabo de comulgar del todo con la afirmación que antecede. Por mucho tesón que un gorrión, pongo por caso, atesore a la hora de volar, es más que tristemente evidente que jamás hendirá el espacio con la elegancia y poder con que lo hace un halcón. Pueden divertirnos sus piruetas; es posible que su gracia trapacera y canalla encante nuestros sentidos, pero la contemplación de sus habilidades jamás nos sobrecogerá, muy raramente nos dejará sin aliento, cosa que ocurre de continuo al disfrutar del espectáculo increíble que supone un halcón en vuelo.

Y halcón se nace, como se nace gorrión. Esa, y no otra, es la dura realidad, nos guste o no, me parece. Afilar las palabras hasta que corten como escalpelos, aceradas y amenazadoras, negras y ominosas como el vuelo del cuervo; convertirlas en un susurro suave y acariciador, tierno, dulce como el  amor de una madre; revestirlas de deseo, de pasión desaforada, embriagadora, febril; esculpirlas en fuego, en ardiente tempestad, para lograr que besen con el mismo poder telúrico del que hace gala una hermosa  boca  de mujer, lúbrica y magnífica, húmeda y expectante, llena de espantosas promesas…

Y todo ello, sin que nada chirríe, sin que el trabajoso andamiaje que subyace a la engañosa sencillez de las mejores obras de arte se revele en modo alguno, evitando así arruinar la magia del mensaje. Y todo ello sin que la pasión, sin que la falta o el exceso de oficio nublen la claridad de lo que se desea expresar: el corazón de la idea, como el del ángel,  debe ser prístino,  meridianamente claro, pues que en él viaja todo cuanto el escritor desea compartir con quien le lee, con quien calma su sed de eternidad, de trascendencia, con ese yang desconocido que para siempre perseguimos. Coincidiremos, entiendo, en que no es tarea baladí precisamente, y que no está al alcance de cualquiera: muchos son los llamados.

En ello estamos, huelga decirlo. Es esta una trinchera en la que cabemos muchos, y en la que muchos perecemos, seguramente asfixiados por le enormidad de la batalla, por su escalofriante fragor. El peso tremendo de lo cotidiano resulta a veces insoportable. Pero, para el hombre avezado e intrépido, para quienes ya hemos doblado un sinnúmero de veces el cabo de Hornos, una luz salvífica y blanquísima se yergue en el centro de la tempestad, sobreponiéndose a sus rugidos: patria amable, playa plácida de suave arena que espera al cansado navegante para ofrecerle la parca recompensa de quienes hasta su ribera llegan. Si sobrevivo, si consigo de un modo u otro arrastrarme hacia esa rada tranquila, hacia ese nuevo útero acogedor, espero poder ver a compañeros y amigos por allí, distinguir sus rostros y comprobar que, al igual que yo, han vencido en este durísimo combate de cada día.