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Onán y yo, y III

IMG_2900Mi definitivo distanciamiento con la cosa católica se produjo cuando dejé de ir a la misa de los domingos, auténtica castaña pilonga que nos partía la mañana por la mitad. Salvo algún cuesco fugitivo, cuya presencia captábamos a la velocidad del rayo con el consiguiente descojone, que aumentaba irremisiblemente al taparte la boca para que no te oyeran carcajearte, poco recuerdo de aquellas plúmbeas ceremonias, a las que todavía no habían incorporado las mariconaditas de las guitarras y demás inventos de los siniestros laboratorios que parían toda aquella parafernalia, aunque el oficiante ya tenía el detalle, obligado por el último Concilio Vaticano,  de no decir la misa en latín y no colocarse de espaldas al sumiso y somnoliento pueblo elegido.

 Recuerdo perfectamente la ocasión: acababa de comulgar  -esta vez por lo chachi, claro- y estaba fervientemente arrodillado, con las manos entrelazadas y deseando pirarme para fumar un cigarrito, simulando un arrobo espiritual que estaba a años luz de sentir, cuando oí a mi derecha un feroz ronquido, seguido del ruido que alguien hacía al acomodarse de nuevo, despierto tras su propio y potente rugido. Mirando de hito en hito, distinguí de inmediato al autor de aquel atronador prodigio, que no era otro que mi señor padre, don Mariano. A mi querido progenitor, al que recuerdo con emoción y todo el amor del mundo por su bonhomía y honestidad, le importaban tres cojones y la bailadera la Iglesia católica, sus ceremonias y las martingalas correspondientes. Sí, papá, coño, se te notaba una barbaridad. Creo fervientemente que acudía a los servicios religiosos por no aguantar a mi pobre madre, que se ponía un tanto tabarrina con el tema. Como trabajaba mucho y descansaba muy poco, tendía a quedarse completamente dormido en la mismísima punta de un alfiler, pobrecillo. El efecto de la media luz del templo, de su calorcillo y del murmullo hipnótico de los fieles, resultaba ser un auténtico narcótico para él. La cabeza se le iba hacia atrás y hacia adelante, abriéndosele la boca en esa mueca ridícula que adorna todos los rostros en semejante tesitura, mientras resoplaba de vez en cuando. Haciendo esfuerzos ímprobos para no reventar de risa, acabé como pude mi pringosa imitación de recogimiento espiritual y salí del templo mondándome, con los ojos arrasados en lágrimas y con la firme intención de no volver a pisar uno ni de coña, visto el espantoso efecto que aquel ambiente provocaba en mis seres queridos… cojonuda excusa, a fe mía. A juzgar por la cara que puso cuando le comuniqué mis intenciones, y tras preguntarme con mucha guasa  -tan propia de él- si mis opciones filosóficas y políticas me impedían profesar la religión en la que me bautizaron, aquel excelente y preclaro varón que fue mi padre tenía muy claro que yo había sido testigo privilegiado de aquella atrocidad sonora y de lo que se ocultaba tras ella. No dijo ni mus, el pobre, y yo tampoco le di mucha más información, la verdad sea dicha. No recuerdo dónde andaba mi madre, porque de haber estado cerca, el codazo en las costillas no se lo había quitado a don Mariano ni la madre que le parió, es decir, mi abuela Angelina que en gloria esté, ferviente católica también, pero sin roncar.

Claro está que este episodio había tenido, dos o tres años atrás, un brillantísimo prólogo, a cargo esta vez de mi madre, mi querida Mercedes. Guapa, católica y sentimental, inteligente, sensible y adelantada a su tiempo en la medida de lo posible, decidió, venciendo algún que otro escrupulillo rancio, que había que desasnar a sus dos hijos en la cosa de encargar descendencia y otras artes de similar calado, con perdón. Comíamos los tres en casa sin mi padre, que apuraba el trámite en la fábrica que dirigió toda su vida. Al llegar a los postres, nuestro ángel guardián se levantó, y muy quedamente, se dirigió a su dormitorio, para volver con un objeto en las manos, que me entregó a mí por ser el mayor, supongo, mientras el cachondo de mi hermano Luis, tres años menor que yo, alargaba el cuello para no perderse detalle. Era un manojito de cuartillas blancas, sujetas entre sí por un grueso hilo de lana color rosa, a modo de encuadernador. En la portada de aquella canallada se apreciaba, dibujada con mejor intención que carga artística, una señora en pelota picada duchándose, juro que no lo olvidaré mientras viva. No recuerdo el título de aquella infame pocholada, pero más tarde supe que era copia de un texto preparado por un educador sueco  -aún no se hablaba de sexología ni de lejos, claro-  muy famoso, parece ser, en aquel tiempo. Pasaba de mano en mano entre las escasas madres tan responsables como para preocuparse de ayudar a los becerros de sus hijos en aquel duro trance, para evitar extravíos y comportamientos sexuales aún más terroríficos que los que exhibíamos ya la inmensa mayoría. Como todo el mundo sabe, y en lo relativo a los asuntos del folleteo y del puterío liberal, los suecos y los demás pueblos nórdicos nunca han tenido rival, como tampoco hay quien les eche la pata a la hora de suicidarse, de manera que aquella denominación de origen auguraba sana progresía y detallada información a raudales. La tuti aquella tenía grandes masas de espuma en el cuerpo, de manera que solamente se le veían los pezoncetes, no sé si intentando aparentar naturalidad o dibujando un cierto guiño pícaro, que no pasaba de patético, claro.

Pero el brutal descojone vino cuando mi hermano y yo, al alimón, nos pusimos a ojear el contenido, tan políticamente correcto, de aquel lamentable libelo. Ante los textos y las ilustraciones, que pretendían ser pedagógicas, claras y naturales, mi querido Luis y yo aullábamos literalmente de risa, sobre todo con las mariconadas aquellas de que papá se ponía encima de mamá porque la quería mucho, procediendo a plantar en su vientre una semillita de la que nacería, en nueve meses más o menos, el pelmazo del hermanito pequeño, cuya primigenia misión en la vida era joderlo todo, quitarnos los juguetes y privarnos del amor de mamá, cojones. Claro, esto último no lo contaban, pero la mitad de lo que leímos bastó para estar partiéndonos la caja durante una hora y media, más o menos.

 Pobre Merceditas; se quedó con una cara que era todo un poema mientras los caníbales de sus hijos nos mondábamos de la risa. Creo honradamente que le costó un  cierto tiempo reaccionar ante la enormidad del drama. Aun siendo una mujer de recursos, no sabía dónde meterse, y de vez en cuando repetía, con la desesperación de un náufrago agarrado a una minúscula tabla, un argumento que, por lo chorra, debía de proceder del mismo grupo de mamás bienintencionadas: “No sé de qué os reís tanto; esa señora es igual que yo, como lo somos todas las chicas; todas tenemos lo mismo en nuestros cuerpos”. La contestación no se hizo esperar, obviamente; atragantado todavía de risa, le dije que así era, pero que la disposición de las distintas piezas que componen ese milagro que es una mujer bella no tenía nada que ver con la de sus propias piezas, por decirlo de una manera suave, en la que juro que no hubo ni la más mínima intención de ofender a aquella santa. Aquello acabó con sus ya escasas fuerzas, así que se fue más corrida que una mona, hacia su dormitorio. Hubiera dado dinero por ver la cara de mi padre cuando le refiriera, cosa que sin duda haría, la monumental cagada, que, según supe más tarde, se repitió en más de un hogar, para cachondeo generalizado entre nosotros  -y yo creo que entre nuestros padres, seguro-  y escarnio de nuestras pacientes madres. Señalaré que nos criamos en Alcalá de Henares, vale decir pegados a Torrejón de Ardoz, donde se ubicaba una base aérea militar estadounidense, gentes bastante liberales, que no liberados, en aquel terreno. Por consiguiente, el trapicheo que nos traíamos con pleibois y otras revistas auténticamente enjundiosas en aquellas cruciales materias, era de chupa de dómine. Literalmente, estábamos hartos de contemplar espléndidos cuerpos desnudos, tan exageradamente dotados como indicaba el gusto yanqui de la época, impresos a todo color en lujoso papel cuché. Aquellas revistas pasaban de mano en mano hasta que quedaban tan almidonadas por nuestras hazañas sexuales que podían tenerse de pie, también literalmente. Mi pobre madre solamente cometió un error, investida como estaba de la mejor de las intenciones: llegó irremisiblemente tarde a nuestro despertar sexual, que ya era más que añejo cuando tuvo la brillante idea; más que despertar, era ya pura vigilia con ojo avizor y catalejo en mano.

Tiempos divertidísimos y tiernos, como cuando el capullo de mi hermano amenazaba con chivarse a mis padres, que dormían el sueño de los justos en el cuarto contiguo al nuestro, si no dejaba de pelármela inmediatamente. Dado que dormíamos en literas, él arriba y yo abajo, se le movían hasta los empastes cuando yo comenzaba mis maniobras cada noche, todas las noches, al punto de que en algunas ocasiones tenía que esperar a que se durmiese para acabar con la faena, porque se cogía unos rebotes del siete sesenta y dos calibre OTAN.

Vendrían ya imparables los tiempos de las estupendas gayolas por tercera persona interpuesta, aquellas delicias en las que pasamos de ser cascantes a ser cascados, por decirlo de alguna manera. La verdad es que el cambio fue recibido de muy buen grado, como se puede suponer. No se me ocurre un intercambio de caricias entre dos personas más excitante ni más íntimo y placentero que ése, la verdad sea dicha.

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Onán y yo, y II

 IMG_2885Pero eso lo supe  luego, cojones. Me refiero a que mis amigos se pajeaban, no a lo de la rebaja: en aquel malhadado asunto, aquellos tipejos eran más agarrados que un chotis, y no abrían el puño así les dieras con un martillo en el codo, los muy ruines. Resultado de mi vergonzosa ocultación de datos:  confesaba  de  modo  imperfecto, según  aquellos  cotillas que todo lo  querían    saber, y comulgaba a  continuación sin estar  preparado para el asunto en  cuestión, con lo que siguiendo  los dictados implacables de  aquella panda de cabrones y de    su dios, cometía tantos    sacrilegios como veces  comulgaba.  Mal rollo,  malísimo. La vaina aquella del  sacrilegio encabronaba a toda   aquella peña y a su jefe hasta el  paroxismo; era el pecado más  terrible, más nefando y más  mortalísimo de la hostia que se  podía cometer. Lo del perdón  se ponía muy chungo, y lo de dejar de cometer tan  espantoso pecado, igualmente difícil, porque si dejabas de  comulgar, un interrogatorio  de tercer grado de los chicos  del FBI era una fiesta de tunos  comparado con lo que te  esperaba en manos de los  pajarracos.  Aquello comenzó a  ejercer su  nociva influencia en  mi infantil  caletre. Se me  pasaban las  noches en blanco,  acojonado  como sólo puede  estarlo un  chaval de siete años,  sujeto a  semejante presión. Me  veía venir a todo un comité de  recepción demoníaco con las  del turco, y sufría como un  pequeño galeote con almorranas, jamás lo  olvidaré. Mi pobre madre me  oía llorar de vez en cuando, en  el momento en que yo  despegaba la cara de la  almohada, casi asfixiado por el  llanto. Venía corriendo a  verme y a consolarme, lo que  lograba con besos, caricias y  con el aura maravillosa,  potente y mágica, que rodea a una  madre, pero yo no me    atrevía a contarle la verdad, así  que le encajaba alguna  mentirijilla y me agarraba a  ella con todas mis fuerzas,  hasta que el sueño venía a  apiadarse del gran pajillero de  Oklahoma, terrible pecador, y me cerraba  misericordiosamente los  ojillos, escocidos por el llanto. Con el paso de los años, me di cuenta de que aquellos inocentes embustes fueron las primeras mentiras piadosas que le endilgué a alguien, pero esa es otra historia.

Y  así,  una  noche  sí  y  otra    también.  Mencionaré  ,además,  que,  como guinda  del pastel y    para  complacer a  mi querida    madre, yo me leía todas las  noches unos cuantos pasajes de  la Biblia, que es algo así como  el libro de instrucciones de  estos chiflados, algo así como  un tétrico manual de estilo,  centrado en narrar las  incomprensibles putadas del  ojo de marras, que parece ser que son inescrutables e insondables, lo que es tanto como afirmar que hay que aceptarlas como vienen, callarte, joderte y encima estar agradecido. El efecto era    demoledor. Aquellos textos    sórdidos, llenos de una ira    oscura, de una cruel soberbia y de un rencor que me  acojonaba aún sin entender  gran cosa, remataban la faena  que acabo de describir. Lo más   fuerte  del asunto consiste en    que  aquellas lecturas se    entendían  como edificantes y    constructivas, y como tales se    recomendaban.

Con total  sinceridad, ignoro  cómo pude    vivir aquel  calvario  sin  que    se me fuera la  chaveta,      palabra.    Posiblemente me    salvase mi  corta edad, mi    supuesta  capacidad para     desconectar.  Claro,  lo      lógico    es   que    un  niño    con esos añazos  sea    un  tío      fuerte     responsable y    dueño  de  sus        actos, con una    capacidad        acrisolada para    discernir    entre    el bien y el    mal,  y una      voluntad  tan    acerada  como      los músculos    de  Superman,      devotamente    dedicada a      mantenerse puro y    limpio, a      salvo por completo    de los      turbios manejos del    mundo,     el  demonio y la  carne,        cojones;   un perfecto      conocedor de una oscura    religión que nadie le ha     preguntado si desea aceptar      como suya. Y  si no,  haber      pedido  susto.    Menuda      caterva de  hijos  de    puta.

Así estaban de alborotadas mis meninges, con altas y bajas, con ocasionales crisis de acojone, y del mismo modo caminaron hasta que cumplí catorce abriles de los de antes, que no tienen absolutamente nada que ver con los de ahora, como es de público dominio. Me eché entonces una novieta algo mayor que yo, encantadora y coqueta, como correspondía a los años felices que estábamos viviendo, que además no tenía un pelo de tonta. Ya teníamos edad para meternos mano desaforadamente, tarea a la que nos poníamos con todo el entusiasmo  del mundo y con la fuerza de dos cuerpos repletos de vida. Poco después de uno de aquellos ataques de rijo incontrolable, me dio el bajón.  Mujer al fin, mi chica lo notó a las primeras de cambio. Me preguntó cariñosamente qué me ocurría y yo, que ya estaba hasta el bigote de comerme en soledad tanta triste bazofia, canté de plano y con todo lujo de detalles. Al acabar mi amplia confesión, se me quedó mirando, y con el admirable sentido práctico del que hacen gala nuestras adorables contrincantes, me dijo que me fuera inmediatamente a  confesar con el cura más próximo, venciendo de una puñetera vez una vergüenza que ya carecía de sentido.

Créase o no, yo era tan tolay que nunca había caído en aquella solución, que era elegante y doctrinalmente acertada, puesto que aprovechaba con rigor  la propia ortodoxia católica  para poner un generoso fin a mis sufrimientos. No perdamos de vista el hecho de que hasta mi Primera Comunión era pura filfa, tema muy gordo para nosotros en aquella época. Hay que joderse. Yo sin enterarme y aquel bomboncete, que tan feliz me hizo de muchas otras maneras  -incluso comencé a fumar por una apuesta con ella- ,  había dado con la vía correcta en un santiamén. Qué hubiera sido de mí sin mis mujeres, las de aquellos días y las de estos otros. Dicho y hecho. Arrastrando sin embargo la sensación de que había renunciado a mis principios  -cuántas veces volvería a sentir aquel retortijón en el futuro, y bajo qué distintas circunstancias y con qué diferentes asuntos, joder-  me arrodillé delante del ministro de turno, le besé el puto anillo y le dejé el confesionario perdido con tanta gayola y tanto fluido corporal. Cierto es que me quedé como un reloj cuando me comentó lo de que el jefe y yo volvíamos a hacer buenas  pajas, si se me permite la inoportuna licencia. Salí de allí encantado del brazo de mi chica, sintiendo que me había liberado de una tremenda opresión interior, de una losa de negro granito que me había impedido  respirar con normalidad durante tantos años.

Para celebrar el dichoso acontecimiento, nos estuvimos dando el lote como posesos durante una semana entera, creo recordar. Le debo mucho  a aquella deliciosa criatura, aunque lo nuestro no acabó nada bien, según cuento en otra entrada de este blog, ni llegamos a consumar aquella época dorada y romanticona, llena de un inocente encanto.

Después de aquella venturosa decisión, se abrió para mí una edad de oro, que ya me estaba esperando hacía tiempo. Comencé a vivir el sexo con mucha más alegría, y comprobé, ciertamente aliviado, que no era yo el único  que jugaba con su chisme con cierta frecuencia, dado que todos mis colegas sin excepción se la pelaban beatíficamente en cuanto la ocasión les era propicia, incluso en grupo, en aras de algo así como un rito iniciático algo gamberro y cachondón, muy propio de los tíos, ya se sabe: más cantidad, más rápido y más lejos que tú, etcétera. O sea, como en los Juegos Olímpicos: más alto, más lejos  y más fuerte, pero tirando exclusivamente de carajo; eso sí, cada uno con el suyo y Dios con el de todos y eso. Yo,  que  soy  de  natural  tímido y  reservado  para jugar  con los  aperos de  mear propios  y  ajenos,  prefería una sosegada clandestinidad para cumplir con aquellos apremiantes menesteres.

Con aquellos tiempos de gloria  llegaron otras muchas cosas, como ciertas palabras que ya  son míticas: lefa y corrida. No sé qué tiene eso de la lefa que aún hoy lo oigo y me descojono de risa, como si fuera algo graciosísimo per se. Claro, que debe de serlo, porque lo mismo le ocurre a un buen número de compañeros de aquellos tiempos heroicos: oyen la más mínima referencia al untuoso elemento y se doblan de la risa, como los críos chicos con aquello tan socorrido de caca, culo, pedo,  pis. En cambio, nuestras  compañeras arrugan el hociquillo en ese mohín tan femenino que indica, indefectiblemente, que el varón más cercano a ellas es un guarro irredento, que para más inri se retuerce de risa con las barbaridades de sus amigotes, unos brutos sin sensibilidad, borrachos, vocingleros, tragones y juerguistas. Qué jodïas; como si en su vida hubieran tenido contacto  alguno con el curioso liquidillo del amor masculino;  como si,  divertidas y  lúbricas,  no se  hubieran  entregado a  algún  malabar  subido de tono con el fruto de su habilidad y de nuestros colgantes y exhaustos atributos. Se os ve el plumero, ricuras…

Por cierto, yo, que como el Cela de La Colmena soy inventor de palabras y tengo a bien regalarlas, soy el orgulloso progenitor de un término que goza de cierto predicamento  en determinados círculos, siempre selectos y discretos, como corresponde a los ambientes propios de auténticos caballeros: lefardo, es decir, corrida de argentino, porteño por más señas, o goterón de lefa un tanto desdibujado en sus contornos pero indiscutiblemente copioso. Por descontado, aquí lo dejo para que lo adopte el amable lector al que le pete, faltaría más. Úsese a  discreción y sin complejos, eso  sí.

Lo  de  la  corrida  era ya algo    más  jarcor,  o sea,  propio  de  iniciados en  el lado  oscuro  de  toda aquella  divertida  pomada.  Normalmente, quién utilizaba  el vocablo de marras  era un  sujeto de intenciones  más  negras que mi pasado,  poco  fiable y de dudosa  higiene. De  cualquier manera,  en aquel  disparatado jitpareid, cuajado de  palabros tremebundos, los  había bastante más  desagradables y ordinarios,    aunque resulte difícil de creer (véanse, por ejemplo, sabo, o “leche de mi nabo”; pomío, o “leche del carajo mío”,  etc.; utilícese el acrónimo L.E.F.A., por “leche entera fabricada con amor”). Aprendimos igualmente a distinguir con rapidez entre “algarronchos” y “zumacas”, para no caer en la trampa de los espantosos ripios con los que nos deleitábamos desafiándonos los unos a los otros cada dos por tres,  tronchados de la risa cada vez que algún incauto pillaba lo suyo y lo del inglés a manos de otro colega más avispado o con mejores reflejos y peores intenciones.

 Nuestra liberación sexual, la mía y la de mis camaradas,  incidió también en esa rica  manifestación folklórica que  son los juegos de sociedad.  Nos convertimos en forofos de  maravillas populares como el  “teto” y la “piragua”, incluso la  impagable “lagartija”,  aunque no  habíamos llegado al indudable  refinamiento técnico         que poseen joyas  de la actual ludoteca del  libertinaje como el imprescindible “muelle”, sin ir  más lejos. Una de mis nuevas amigas me informó  de su existencia hace quince  días y, con franqueza, me  divirtió comprobar cómo  avanzan estas cosas del rijo, siempre de la mano, o del carajo, de la gente joven, que para eso lo es, entre otras cosas. En el fondo, y mal que me pese, tengo que darle la razón a mi pareja: padezco un caso grave de síndrome de Peter Pan, de modo y manera que mis amigos son los Niños Perdidos, se pongan como se pongan. Mantengo, o pretendo mantener,  la mínima cantidad imprescindible de ganas de risa, de alegre blasfemia, que me permitan vivir sin demasiadas complicaciones espirituales, al menos no de la calaña que nuestros siniestros secuaces pretendían. Brindo al sol siempre que puedo y reparto, si no desdén a estas alturas de la película, sí un sanísimo distanciamiento con todo lo que huela a opio del pueblo, lo propale quien fuere, pues ya hemos visto que ojos hay muchos, y secuaces muchos más.

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Finis caniculae

La noche me está mirando. Llega repleta de sonidos, de aromas. A lo lejos, los patéticos intentos de una disco móvil, o de algo peor, insultan a la tremenda quietud de la luz que agoniza suavemente frente a mi. En la cercanía, los rumores de conversaciones familiares inundan el aire: la vida estalla por doquier y nadie quiere dejar de homenajear al verano que nos deja. No se mueve una hoja, y la temperatura es francamente deliciosa, increíble de todo punto para estos días y para estos lares. Hay tan poca diferencia entre el suave calor de hace dos o tres horas y la dulcísima calma de estos momentos, que cerrando los ojos resulta casi imposible distinguir un momento de otro. Es el legado magnífico de un estío que agoniza con elegancia entre pinos y jaras, de un tiempo recientemente pasado que se aleja a toda velocidad, diciendo adiós como hay que decirlo, con una sonrisa amable y con esperanza en el pecho. Parece mentira, pero a las diez menos veinte de la noche, la luz aún pelea con la oscuridad en este espléndido teatro de mis sueños.Aunque el sol sigue imponiendo su ley, comienza ya a perder el empuje de hace unas semanas. El viento del norte, apenas una brisa risueña y cálida durante agosto, galopa ya con más brío, desvelando la furia que en él habita y que el otoño desencadenará. Los días se acortan, siguiendo el ritmo inexorable de las estaciones, y todo hace presagiar la llegada de la calma otoñal, de esa vida ralentizada con la que nos obsequian los meses venideros. Es hora ya de que me retire a mis cuarteles de invierno. Sin prisa pero sin pausa, con la discreción que semejantes maniobras requieren. He vuelto a Ávila tras un largo y en ocasiones muy doloroso paréntesis, para encontrarme solo y desnudo con una sospechosa frecuencia. Gracias a un saber hacer que afortunadamente aún me adorna y, sobre todo, a la cariñosa intervención de algunos amigos bien escogidos, asisto al ocaso de un verano que me deja vibrantes recuerdos. Dado que aún conservo la bendita capacidad de sorprenderme, de agradecer los nuevos amaneceres que mi devenir me depara, he saboreado las mieles que este particular verano ha tenido a bien regalarme. Es cada día una nueva oportunidad de celebrar la vida con todas sus consecuencias, tanto más cuanto que las sombras, hoy por hoy, han cedido el paso a la luz.
No mencionaré uno por uno a mis nuevos amigos de este verano, como tampoco citaré a mis amigos de siempre, de todos mis estíos, de mis singladuras todas bajo este cielo. Se corre el peligro cierto de dejarse algún nombre en el tintero, de olvidar mencionar ese recuerdo que te apuñala el alma, esa noche que quisiste sin final o esa copa de vino que sabía a gloria bajo el cruel sol de la sierra.
Todos vosotros me pertenecéis de alguna manera, puesto que conozco vuestros nombres y con ellos os invoco, del mismo modo que una parte de mí vive ya en vuestro interior. Así pues, no es necesario enumeraros para saberos cerca y para agradeceros el calor humano y la gallarda compañía con la que me obsequiáis, tan decididamente necesaria.
Sólo me resta brindar por un nuevo estío, más cálido y fecundo si ello fuera posible, más poderoso y cuajado de nuevas experiencias. Espero y deseo poder vivirlo de nuevo, rodeado de mi hermosa gente, de mis queridos paisajes, de los siempre emocionantes avatares de un viaje magnífico que no cesa.

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Onán y yo, I

1794746_658888087505807_263812846_nA la tierna edad de trece añitos, más o menos, el famoso Sátiro de Extremadura era un tío mierda, un piernas comparado con quien esto escribe. Yo ya era un pajillero ilustre, de leyenda, un hombre de respeto entre mis compañeros de afición, casi mítico. Me la pelaba con fruición, con un empeño digno de mejores causas, poniendo en aquellas divertidas maniobras tanto afán como me era  posible.  También hay que decir que yo, cuando me pongo a algo, me pongo muy en serio, y como tengo cierta facilidad para según qué cosas, acabo triunfando en multitud de tareas humanas de entre las que son realmente importantes. Además, en tan  sana  costumbre, practicada a  lo  largo de toda la historia de la Humanidad por personas inteligentes, muy limpias y de probada imaginación, tenía yo nobilísimos antecedentes,  sobre todo en la persona de mi  abuelo Luis, a quien mi tío  bisabuelo de idéntico nombre  llamaba, por incomprensibles  motivos, “Dulce Meneo”.

 Así  pues, y descendiendo de quien  yo lo hacía, no resultaba  extraño en absoluto mi  dominio del funesto vicio de Onán. Bueno, funesto les parecía a curas, monjas, y a su jefe, que como todo el mundo sabe, es un triángulo con un ojo dentro, que camina  siempre por las nubes y tiene la  puta costumbre de aparecer de  repente, sin que nadie le haya  dado vela en entierro alguno,  para echar la bronca a todo  hijo de vecino y dando unos  sustos morrocotudos a tirios y  troyanos. Al loro con él, que es uno de los dramatis personae fundamentales aquí; no le perdamos de vista. Tengo entendido  que provoca  un miedo de cojones con las barbaridades que se le ocurren para meter en cintura a la banda, que se descarría con facilidad, total por un quítame allá esas pajas, con perdón. Sin ir más lejos, al pobre Onán, que tenía un nombre feo de pelotas, el pobre, no sé qué putadón le hizo el tío pellejo, acusando al pobre desgraciado de desperdiciar su semilla sobre la tierra, o una gilipollez por el estilo. Si el hombre se ponía cachondo con facilidad, pues qué bien, coño, si era un adulto gastando de lo suyo sin hacer daño a nadie, caramba. Pues el ojo, erre que erre. Aunque nunca se le veía el rostro, debía ser un tío muy mal encarado, seguro, y andaba siempre de muy mal café, con la voz muy grave, así como para dar mucho miedo, vamos.

Otra cosa francamente rara era que al dueño del ojo no se le podía llamar por su nombre, a pesar de que por lo visto tenía un huevo de ellos, porque se agarraba unos mosqueos de no te menees, disculpando la licencia poética y tal. De todos modos, como   a  mi  ese    asunto me la  pelaba  desde  mi    más temprana juventud  -nunca    mejor dicho-  yo seguía    entregado a mis  tareas con    singular eficacia, y con el interés que pongo yo en las cosas del querer, aunque sea a solas, que uno siempre ha pecado de cierta timidez.  O  sea, que en    mi modesta  opinión, de    funesto  nasti de  plasti; si  acaso y todo  lo más,  algo  incómodo  por el  asunto  de  los fluidos    corporales,  fáciles  de  detectar  por el ojo  avizor   de  madres y  tías  abuelas,  las  muy zorras,  que  en menos    que  se santigua  un  cura loco,  te  asaltaban en plan comando salvífico, augurándote  todo  tipo de  lindezas si te  tocabas  “la  pitita”, que era el  nombre  cariñosón y cursi  como un  guante que usaban  para  referirse a una buena  polla,    como ya era mi caso,  que yo    siempre apunté  buenas    maneras  en ese  terreno gracias a mi padre.  Desplegaban ante  tus ojos  todo un espeluznante    catálogo virtual,  encuadernado en    tapa dura con guaflex    judeo-cristiano, que contenía,    lujosamente editada y con    profusión de ilustraciones, una    enorme variedad de    cabronadas, algunas realmente  escatológicas -o sea, muy guarras, con mierda y eso- que esperaban    arteramente para castigar, de      parte del dichoso ojo, a quien    como yo se la cascase con    cierta soltura, fruto terrible de  la frecuencia, de la pecaminosa    insistencia en darle al mundo    lo que es del mundo, es decir,    un buen manguerazo. Hoy día,  tengo la piel hecha  un asquito,  aunque no sé si por  culpa de  mi frenético vicio,  por  herencia gitana, por  genética, por la quimio o por  todo a la    vez, pero no han  conseguido    convencerme con  el cuento    del ojo, qué coño.

De cualquier manera, los secuaces del ojo  -de todos los ojos, porque resulta que hay mogollón de ellos- hicieron una estupenda labor de zapa entre nosotros, dedicándose en cuerpo y alma, con una encomiable saña, a joderle concienzudamente el pasodoble a la generación de mis padres, a hacerles sentirse culpables por experimentar alegría y ganas de joder, que, según se vio más tarde a poco que nos pusimos a ello, es una cosa muy sana que acerca a los pueblos y tal.  Nosotros  salimos  algo más revoleras, pero igualmente alicortados al final, hasta que aparecieron unos tíos muy cachondos que se llaman sexólogos y que son algo así como los fontaneros del sexo, porque se dedican, en plan mental, a arreglar tuberías en mal estado y eso. La putada es que a muchos de nosotros ya no les podía salvar ni la paz, ni la caridad, ni los bienintencionados sexólogos, ni un batallón de valquirias tetonas buscando tema temario un sábado por la noche.

Coño, sin ir más lejos, yo mismo estuve a punto de caer para siempre bajo el tenebroso influjo de aquella panda de cabrones, los del ojo, y me salvé por los pelos, gracias a una novieta que tuve que no se creía ni un pijo de las milongas aquellas… Lo voy a contar porque luego viene mi amiga Cris, que además de ser sexóloga y una tía cañón, escribe muy bien, y cuando lee lo que me sale del magín dice eso de que me explico debuten y que soy un tío valiente porque me muestro al desnudo  y tal y tal. Hombre, lo cierto del caso es que yo desnudo gano bastante, y si además estoy callado ya te pedes Nicomedes, pero aunque así no  fuera, como me lo dice Cris, que me tiene loco, pues la cosa me pone mucho, de manera que procedo, sin más dilación, a la cosa del despelote psicológico.

En fin, lamentó la digresión, pero en lo tocante a mujeres hermosas, me voy por las ramas, detrás de ellas, echando hostias como el rápido de Guadalajara, a ver qué pillo. Bueno, al turrón. Comencé yo el asunto esté de  los tocamientos deshonestos –  con lo de deshonesto me pasa  un poco lo que con lo de nefasto, más que nada porque  yo me la meneo con total sinceridad y aplomo, y con las manos limpitas-  sobre los siete años o así, en escrupuloso seguimiento de la noble tradición familiar que ya he mencionado. Aquello era muy cómodo, claro, porque no se verificaba la expulsión de líquido alguno, y el  calambrecillo final debía ser  muy similar al que sentía más  tarde, pero en plan inocente, digo yo. Creo recordar que me  la cascaba de oído, porque yo siempre he sido un tío con la imaginación muy húmeda. Lo cierto y verdad es que era yo muy feliz con mis mini pajas, hasta que en el cole empezaron a prepararnos para lo de la Primera Comunión, que es algo así como apuntarse definitivamente y per secula a  darle la razón en todo al del  ojo. Tan es así, que para que  sus secuaces te dejen en paz  cuando eres mayor, tienes que  cometer una cosa que se llama apostasía, que consiste en pedir que te borren del asunto y que a los curas les sienta como una patada en los huevos, tengo entendido. Claro, con un nombre tan extraño no puede ser nada bueno, por lo menos para los que no somos de la tribu.

 En aquél momento empecé a  darme cuenta de que lo de las  pajas no le molaba a aquella perniciosa banda, y encima  sospeché que yo era el único  guarreras bajo la capa del cielo,  y que no había nadie tan depravadete como yo, sospecha gordísima de la que nadie me sacó. Te ofrecían, magnánimos y generosos, una solución ideal, aunque a mí no me ponía mucho, que consistía en ir a contarle a un tío gordo y casi siempre calvo y viejo, metido en un infecto zaquizamí de madera y con  un olor muy raro, todas tus  intimidades. Tú lo decías todo muy rápido,  porque daba  mucho corte y tal, y entonces  él bisbiseaba no sé qué  letanías,  y te decía que volvías a ser un tío  cojonudo y que al dueño del ojo volvías a molarle, que te ajuntaba otra vez. Eso sí, por pecador y por canallita, tenías que rezar un montón de cosas muy aburridas, para que se te pasasen las ganas de  repetir las putadas que habías  hecho, lo que no funcionaba nunca, claro está. Aunque yo lo intentaba con  todo mi fervor y mi mejor  voluntad, no acababa de distinguir nítidamente las bondades del sistema.  ¿Por qué tenía yo que contarle  a un tío pedorro, al que no conocía de nada, mis secretos más vergonzantes? Y además, si volvía a hacerlo, ¿tendría que contárselo otra vez? Tenía claro que el pollo  aquel iba a  acabar hasta las  pelotas de mí,   porque aquello de la pelación,  como más tarde lo de la  follación, me seguía  encendiendo las pajarillas, qué  coño. Y si el mismo vejete no  estaba en posteriores ocasiones, ¿había qué contárselo a otro  colega? Y una mierda como el  sombrero de un picador, o, por mejor cuadrar con el presente contexto, una polla como la manga de un abrigo de pelo de camello. A aquel paso, todo dios se  iba  a  enterar  de  que yo  era un  guarro de  tomo  y lomo,  y  las  chicas no me querrían, ni me  harían morisquetas, ni me tirarían besitos,  ni nada de  nada, condenándome al más  cruel de los ostracismos  sexuales por pajillero  impenitente y, desde luego,  multirreincidente
y sin el  menor propósito de la  enmienda. No te jode, a ver  quién me garantizaba a mí que los tíos de la casetita achantaran la muy, por mucho que me lo jurasen. El hombre  es dueño de sus silencios y  esclavo de sus palabras, y yo no  pensaba ni por asomo darle  cuartillos al pregonero.  Visto lo visto, les hablaba a  aquellos pajarracos de  cosas  ligeritas, mariconaditas tipo  “pego a mi hermano” y “miento  en casa”; auténticos vodeviles, nada para tirar  cohetes, vaya, pero suficiente para desviar su atención enfermiza de mi incipiente y solitaria vida sexual. El caso es que  los pecados  gordos, los  mollares,  los que  tenían que  ver con el  frenético  manejo de  mi cipote,  me los  callaba como un puta, porque  me daba mucha lacha; alguno de aquellos obsesos insistía con ciertas preguntitas ad hoc, pero yo les colocaba una trola bien dirigida al mentón y me zafaba de la pérfida emboscada, aunque con la triste sensación de que mi menda era el único pajillero por los  alrededores ,  y nadie me  mostraba  solidaridad alguna. Si  yo  hubiera sabido  que el resto  de  mi banda se la cascaba símili  modo, hubiera pedido hora  para confesarnos todos juntos,  a ver si los curas se enternecían    y nos hacían rebaja,  o precio  de grupo, a la hora de la  penitencia.