Publicado el

Onán y yo, final.

IMG_2830Vanidad de vanidades y todo vanidad, según afirma el clásico. ¿Qué quedó de aquella época tan particular, qué sabor de boca nos dejaron aquellas aventuras y desventuras, aquella rancia educación con la que pretendieron engañarnos, robarnos el alma y la felicidad? Aquel país pacato y descompuesto que yo conocí, incapaz de dejar de mirarse el puto ombligo, sucio y casposo, es, en su mayoría, un espectro que se hunde cada vez más en la nada que merece, mirando con ojos anhelantes el lugar que ocupó, del que le desalojamos por derecho entre todos nosotros, aunque con sangre, sudor y lágrimas.

Poco después, llegarían tiempos bastante menos bonancibles para la banda de los del ojo, y especialmente iracundos para aquellos de nosotros que habíamos padecido sus desmanes, sus sinrazones y su fanatismo. El Vaticano, que además de ser un estado perfecto en términos laicos y constitucionales, es la inexpugnable fortaleza del ojo en la Tierra, comenzó tímidamente a pedir perdón, con una preocupante frecuencia… ¡por los escándalos de pederastia protagonizados, a diestro y siniestro, por sus putos secuaces de todos los niveles! Antes de todo aquello, ya estaba más que claro que, para guarros y folladores, los curas y las monjas: es sabido aquello de que el cura es el único sujeto al que todo el mundo llama padre, menos sus hijos, que le llaman tío. Resultaba evidente la utilidad de los muchos túneles descubiertos entre conventos masculinos y femeninos, así como la procedencia de la multitud de pequeños cadáveres exhumados en ciertos lugares, supuestamente santos. Y, además de saberlo, conveníamos todos  -bueno, casi todos; nunca falta un tonto en cada pueblo-  que no es bueno que el hombre esté solo. Tan es así, que creo que ese punto era el único que aceptábamos pacíficamente de todo el inmenso caudal de doctrina que contenía el ya famoso libro de instrucciones. Tragar aquello sin pestañear dice mucho sobre nuestra calidad humana; sin duda, éramos buena gente: después de la tralla que los muy hijos de la Gran Bretaña nos habían dado con el puñetero asunto del sexo, resultaba que ellos mismos eran auténticos expertos en la cosa del folleteo y demás artes  -que no profesiones-  liberales. Claro, ya decía yo: ¿cómo coño puedes decirme, puto grajo, a qué sabe la mierda si en tu vida la has probado, supuestamente? Y tan supuestamente; jartitos estaban, los condenados, de deleitarse con los placeres que nos prohibían a los demás.

De manera que enterarnos de las aberraciones terribles de aquella jauría y montar la de Dios es Cristo fue todo uno, nunca mejor dicho. Creo sinceramente que me quedé sin aliento y sin adjetivos para calificar el comportamiento de aquellas bestias del averno, que tantas jóvenes vidas llenaron de dolor, de inmerecida vergüenza y de miseria, de espantosa tristeza. Así que eL Papa al que le tocó la china y un par de sus sucesores en el cargo, de momento   -el Papa es algo así como el Presidente del Consejo de Administración de toda esta oscura pomada- y sus cardenales  -que obviamente son los Directores Generales interpuestos entre el Presidente y los secuaces del ojo más bajos en el escalafón-  se pusieron moraditos de tanto sufrir y de tanto penar, pobrecillos,  y pidieron perdón urbi et orbe y en todos los idiomas que la Curia utiliza, que son muchos. Estupendo. Que se lo cuenten a los afectados por tamaña barbaridad, que son legión. Mientras intentaban cercenar nuestras manos pecadoras, atrofiar nuestras mentes juveniles, metían las manos hasta los codos en las más horrorosas desviaciones sexuales que se me ocurren, obviamente tachadas de nefandísimas por ellos mismos. Muy bonito.

Por cierto, ya sé que estoy generalizando, y lo hago encantado. Conmigo y con mi generación ellos actuaron exactamente igual, aplicándonos bárbaros raseros, a todas luces desproporcionados, absurdos e injustos, de manera que yo, en estricto cumplimiento de la ley del Talión, tan del gusto de sus señorías y de su jefe, no hago más que agradecerles su actuación.

Personalmente, ya no tengo tiempo ni ganas de invertir el enorme caudal de energía que requiere odiar algo o a alguien, con lo que doy por saldada mi cuenta con la triste Iglesia católica. Supongo que los secuaces de aquel ojo terrible, que se transformó repentinamente en un anciano colérico, de melena larga y blanca, a juego con la barba, pero con el mismo rostro iracundo y feroz, intentaban cumplir con lo que consideraban su obligación como mejor sabían y podían. Supongo igualmente, o quiero suponer, que estaban convencidos de actuar por nuestro propio bien, con arreglo a los dictados implacables de aquella obscena pedagogía que intentaba castrarnos. Pero eso último no puedo perdonarlo. Siempre he dicho que somos seres de luz, destinados a ser felices en esta vida, porque mucho me temo que, una vez consumidas las galas y los oropeles, los felices licores que aderezan la existencia, no resta más que silencio y una aterradora oscuridad. Un ser humano completo es un bello animal sexuado, que tiene el inalienable derecho y el deber  de poder degustar la inmensa alegría que tan divina  -sí, ahora sí lo digo claramente, divina-  herramienta puede proporcionar, que sus zonas erógenas pueden irradiar, en un hermoso canto a la vida, a la trascendencia, a la apasionada entrega al otro. El salvaje encanto de una erección, la maravilla de unos pechos enhiestos, de unas manos que acarician bajo el sol el cuerpo amado; el glorioso latigazo del orgasmo, compartido o no, degustado como si de una copa de ambrosía se tratase, como el misterioso milagro que en el fondo es, tan lejos de la química como pueda estarlo, tan irreductible a términos fácilmente expresables; el ansia ciega de acariciar, de besar, de morder, de lamer, de gritar ahíto de placer, proclamando así el esplendor de la creación toda, sin ambages ni trucos, con toda la esperanza que sea posible. Quizá mi viejo corazón de descreído pudiera, no sin cierto esfuerzo, recuperar la fe en un dios semejante, que sintiera la alegría de sus hijos como propia, justa y necesaria.

Todo eso y mucho más intentaron arrebatarnos. La verdad es que no doy con el castigo adecuado para semejante iniquidad, como no sea darles cienes y cienes de patadas en el culo, con opción a dejarles la bota en el orto y tal. Porque, si Dios, suponiendo que exista  -que es mucho suponer, me creo-  es realmente nuestro padre, ¿no será tanto más feliz cuanto más lo seamos nosotros, sus criaturas? No me imagino puteando a mis queridos hijos, haciéndoles sufrir so capa de una draconiana obediencia que a nada bueno conduce, salvo a la muerte de la esperanza,  precisamente porque les amo, porque velo para que  su felicidad sea completa en la medida de mis fuerzas, porque deseo de todo corazón que sean felices hasta caerse de culo, puesto que para eso han nacido. No me vale, por tanto, ese dios extraño, malhumorado, soberbio y lejano, ese dios de las batallas, ese tirano incomprensible y obsceno con el que casi nos joden la juventud y media madurez. Olvidadme, por favor; alejaos de mí. No tengo ni tuve nada que ver con vosotros, tristísimos asesinos de sueños en flor, de esperanzas e ilusiones recién nacidas.

 Sí me gustaría saber si mi querido “Dulce Meneo” está sentado a la derecha del dios de sus padres. Me alegraría mucho por este último, porque mi abuelo era un hombre divertido, un culto e ingenioso conversador y una excelente persona. Excuso deciros la canela fina que se montaría si su querido Mariano, su yerno, mi padre, anduviese por los alrededores…. Al fin y al cabo, si ese dios en el que ellos creían  -o algo-   se lo ponía tan difícil a todo el mundo para llegar a contemplar su terrible presencia, tiene que estar muy solo allá arriba. Con semejante planazo, la eternidad debe de ser la hostia de aburrida. Claro, ahora entiendo por qué tiene tan mala leche, el jodío.

Bien, creo que eso es todo. Honradamente, me he quedado muy a gusto, muy relajadito. Permitirle al alma que suelte de vez en cuando unos cuantos pedos, fosforescentes ya a fuer de reprimidos, es a todas luces saludable. Y me encuentro tan bien que siento un cosquilleo especial… casi me apetece…; esto… voy un segundo a mi dormitorio; no os mováis, enseguida vuelvo.