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Cartas caribes, y III

2014-12-12 15.54.43Las luces del enorme resort en el que me alojo han comenzado a encenderse hace escasos minutos. Muy hacia el oeste, las tonalidades rosas del crepúsculo caribeño tiñen lentamente las luces de la escena que contemplo, llenándola de paz, acallando el bramido de las olas, que hoy no han cesado de romper violentamente contra la orilla, coronadas de blanca espuma. Los altísimos cocoteros agitan sus verdes copas, muchas de ellas recién podadas para evitar que la caída de sus pesadas pencas pueda acabar con la vida de algún viandante. Sus troncos inverosímiles hablan de la flexibilidad que asegura su existencia cuando la fuerza brutal de huracanes y tormentas tropicales asola esta tierra espléndida.

La República Dominicana, la Quisqueya de los primitivos taínos que la habitaban, ocupa algo más de los dos tercios orientales de la isla de La Española, en el archipiélago de las Antillas Mayores. Se trata del segundo país del Caribe, tanto por superficie como por población, por detrás de Cuba. El tercio occidental de la isla pertenece a la tristemente famosa República de Haití, una de las naciones más míseras y pobres de toda la zona, patria de zombies, mambos y houngans, castigada durante muchos años por la estúpida y violenta crueldad del infame Papá Doc Duvalier y por sus tontons macoutes, sangrientos esbirros no menos repulsivos que su jefe. Así pues, para bien y para mal, La Española es una isla compartida por dos estados. El país que visito limita al norte con el océano Atlántico, al sur con el mar Caribe o mar de las Antillas, al este con el Canal  de La Mona, que le separa de Puerto Rico, y al oeste con la citada República de Haití.

Descubierta, según ya sabemos, por Cristóbal Colón en 1492, su capital, Santo Domingo, se convirtió en el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo y en la primera capital de España en el mismo. Nuestra patria dominaría la isla durante tres largos siglos, si bien es cierto que con algunos interludios haitianos y franceses, hasta que esta tierra alcanzó la independencia en 1821, aunque Haití volvería rápidamente a conquistarla en 1822. Para librarse del yugo haitiano, la República Dominicana se embarcó en una guerra de liberación en 1844, de la que saldrían victoriosos pero con fuertes disensiones internas. Asistieron a continuación a un breve intervalo de nueva dominación española (1861-1865), manteniéndose el territorio independiente hasta la llegada de los yanquis, que ocuparían el país desde 1916 a 1924. Después, los seis años de calma y de prosperidad de Horacio Vásquez (1924-1930), fueron seguidos por la dictadura de otro repelente personaje, típicamente caribeño, el despreciable megalómano Rafael Leónidas Trujillo, que esquilmó a conciencia el país hasta 1961, año en el que un puñado de patriotas tuvo el valor y el buen gusto de borrarle a tiro limpio de la faz de la tierra. Para saber más sobre este turbulento período de la historia dominicana y sobre el atentado que le puso fin, me permito recomendar el libro “La Fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa, y la película del mismo nombre. La guerra civil de 1965 terminó con la intervención de los Estados Unidos y fue seguida por varios períodos de gobiernos represivos de Joaquín Balaguer (1966-1978). Desde entonces, la República Dominicana se ha ido moviendo hacia una democracia representativa… dicen ellos.

Una historia tan convulsa  -típica, por otra parte, de las naciones caribeñas-  ha imprimido en el carácter del dominicano fuertes señas de identidad, creo. Resulta más que evidente, como no podía ser menos, la admiración y el cariño que la gran mayoría del pueblo llano siente por nuestro país, no sé si llevados por la costumbre o por un verdadero sentimiento de afecto, pero así es. También parece ser cierto, según los últimos estudios históricos sobre la materia, que pese a la importancia comercial que el país tendría para la metrópoli española, los dominicanos no sufrieron a manos de los españoles los rigores de la esclavitud con tanta ferocidad como este lamentable fenómeno se verificó en otras colonias nuestras, si bien la mentada ferocidad por nuestra parte resulta ser un juego de niños al compararse con la actitud de otras naciones implicadas en el tráfico de esclavos.

Las clases más acomodadas de la isla, entre las que se incluyen los profesionales liberales, no tienen tan claro el objeto de sus pasiones, aunque me temo que distinguen con total claridad el blanco de sus inquinas. Son soberbios y miran al extranjero siempre por encima del hombro, como si quisieran demostrar que no le deben nada a nadie, mucho menos si se trata de un español, como si tuvieran algo que echarnos en cara. Al yanqui le tratan con algo más de respeto, no sé por qué, pero de cualquier manera no se llevan bien con los turistas extranjeros. A mi tanta exquisitez y tanta pamema ya me pillan con el arroz un poquito pasado, tanto más cuanto que mi estancia va a ser corta. En caso contrario, me creo que hubiera acabado charlando muy amigablemente de política, historia y economía con alguno de estos pisaverdes ilustrados, cuyas hembras usan sombrilla por la calle para que su piel no se oscurezca más,  y me creo también que los resultados de dicha conversación hubieran sido francamente divertidos, al menos para mí. Otra vez será, hermanos.

Me chocaba mucho, cuando llegué al hotel, la gran cantidad de empleados que me tuteaban tranquilamente. No es que me moleste el tuteo siempre y cuando venga de personas agradables, como es el caso, pero no dejaba de sorprenderme, en un ambiente como el que hay en el complejo, que sus empleados se permitieran tantas familiaridades con los clientes. Cenando anoche, al darle las gracias a uno de los camareros por sus atenciones, el moreno me contestó muy ufano: “de nadas, señor”. Como me sobrarba, y mucho, aquella ese, me quedé mirando a mi hermano, quien me explicó, divertido, que como los locales se comen continuamente las eses, consideran elegante y de buen gusto pronunciarlas al dirigirse a un español, aunque marran la colocación de la consonante con hilarante frecuencia. De manera que así quedó explicado el asunto del tuteo y del cómo estás.

Es curioso comprobar lo arraigado que está el odio al vecino haitiano. Actualmente, los trabajos más duros y míseros, los menos apreciados, son desempeñados por nacionales de ese país, a quienes los dominicanos se refieren despectivamente como “negros”, en clara alusión a su sorprendente tono de piel, que brilla bajo el sol. No deja de ser chocante y divertido escuchar a un dominicano, que de blanco tiene más bien poco, referirse a sus desdichados vecinos con semejante expresión, pero se trata, como digo, de un sentimiento muy extendido y debido, sin lugar a dudas, a los avatares políticos que sufrió esta nación. Por otra parte, la preparación cultural y social del haitiano medio es lamentabilísima, lo que no hace, a ojos de los dominicanos, más que ahondar las diferencias entre ellos.

Jamás había visto tantas mujeres hermosas por metro cuadrado como en Cuba. Recuerdo aquel viaje con especial cariño, aunque todavía no tuviera la costumbre de poner negro sobre blanco mis aventuras y desventuras, porque fue mi primer contacto con la rica  cultura caribeña, con la noche de los trópicos, siempre alegre y voluptuosa, y con la carne tibia, turgente y dorada de sus hembras. Pero cierto es que aquí, en Dominicana, el panorama a este respecto es igualmente cautivador, si no más. Sonrisas perfectas y ojos tremendamente expresivos, de mirar franco y alegre, abundan por doquier en hombres y  mujeres, estas últimas de pechos rotundos y anchas caderas, siguiendo los dictados del fenotipo de su raza. Fruto de los genes de los mejores esclavos que España comercializaba, no resulta en absoluto extraño encontrarte con auténticos gigantes de bronce, bien hechos y mejor acabados, como diría el castizo, y con hembras de tronío de porte similar. Son sus rostros más suaves y elegantes que los negroides puros, supongo que como resultado de la evidente mezcla de razas.

Me divierte mucho observar cómo se relacionan entre ellos y con el resto de las culturas. Tengo la impresión, aunque no sé si acierto, de que no está tan arraigada entre ellos “la caza del gallego”, al contrario de lo que ocurre en Cuba. Si se afirma que Colombia es un estado drogodependiente,  debido a sus graves problemas con la coca,  por ejemplo, bien podemos afirmar que Cuba es “putodependiente”, si se me permite la canallada verbal, por mucho que la repelente dictadura castrista tenga la poca vergüenza de afirmar oficialmente que la prostitución no existe en el Caimán. Por otra parte, el dominicano participa entusiásticamente, como es lógico, de la muy particular visión del sexo y de la amistad que impera en estos pagos. Puede enamorarse profundamente y con auténtico sentimiento, con veraz pasión, pero al día siguiente habrá olvidado del todo y para siempre al objeto de sus desvelos, por increíble que parezca.

Es esta una tierra de pasiones desatadas, desnudas, poderosas, irreprimibles. Aquí se lleva tener esposa, novia y querida, todo a la vez, y se gana uno el respeto de sus amigos masculinos  -y de una buena parte de las féminas, igualmente-  si el sujeto en cuestión resulta ser capaz de dejar preñadas a las tres al alimón, con los deplorables resultados que son de esperar, y que ponen los pelos de punta aún al occidental más avezado y follador. El clima influye poderosamente en todo ello, qué duda cabe. La verdad es que, tras una semana en esta tierra, lo que menos apetece es moverse para otra cosa que no sea la manduca o el sexo, cuestiones ambas irrenunciables tanto para el dominicano como para el resto de los mortales.

Muchos isleños, sobre todo varones, viven deseando cazar a una guiri rumbosa y cachonda, que les saque del país y de sus vidas, con escasas perspectivas, conduciéndoles entre sus pechos hasta el edén que la soberbia de Occidente les veta, hasta el paraíso del que tantas veces han oído hablar, cuyos engañosos oropeles creen distinguir brillando más allá del horizonte. Los cuentos de hadas no suelen funcionar en la inmensa mayoría de los casos, y muchos de ellos regresan a su patria cabizbajos, tristes, y mucho más arruinados como seres humanos de lo que lo estaban al salir de ella. Traen en los ojos el dolor que experimenta quien ha conocido todo lo bueno que la vida puede ofrecer, al menos desde el punto de vista de quien prácticamente nada tiene, según el putrefacto estándar occidental, sólo para verse a continuación privado de ello, cuando el extranjero de turno se cansa de su exótico juguete sexual y lo arroja a un lado. No es este drama, por supuesto, exclusivo de la hermosa isla que me acoge, claro está, pero, dada la concepción que del sexo tienen estos amables nativos, cabe decir que llevan este tipo de desengaño con especial tristeza.

La corrupción campa a sus anchas aquí, y lo hace a todos los niveles. Las redes clientelares, al estilo de la antigua Roma, hacen funcionar al país. Sus habitantes aceptan este hecho con la mayor naturalidad del mundo y sin sonrojarse ni un ápice. Nada más iniciarse una conversación, y según los contextos, una vez agotadas las fórmulas de cortesía no es extraño que te pregunten, tranquilamente, qué puedes hacer por ellos, o viceversa. Puede resultar todo lo chusco que se quiera, pero prefiero esta franqueza a la hora de poner las cartas sobre la mesa a la repulsiva cursilería, a la supuesta sutileza canalla que los sinvergüenzas de mi patria utilizan para los mismos menesteres y con iguales fines. Entre esta gente, por lo menos, se sonríe al otro y se le dicen las cosas con prístina claridad, como debe de ser, y si el bisnes no llega a buen puerto, aquí paz y después gloria con idéntica sonrisa.

Este fin de semana visitaremos una playa excepcional, y me han invitado al cumpleaños de un empresario español que reside y trabaja aquí, de manera que espero seguir descubriendo más de cerca la idiosincrasia dominicana y sus paradisíacos paisajes. Veremos y contaremos, pues.

 

 

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Cartas caribes, y II

“¡Como te pareces al agua, alma del hombre! ¡Cómo te pareces al viento, destino del hombre!”
Johann Wolfgang Goethe

Pese a mi natural falta de paciencia, evidente para los demás desde mi más tierna infancia, lo cierto y verdad es que suelo hacer gala de lo contrario durante mis viajes. No tiene mayor importancia para mi atizarme doce o trece horas en la cabina de cualquier avión; quiero suponer que la ilusión de enfrentarme a lo nuevo, o al hecho de reverdecer viejos recuerdos y anécdotas, supera en mi caletre a mi impaciencia y consigue atemperar las cosas.

Ha pasado ya mi primera noche de vuelta a los trópicos. Mientras cenaba ayer opíparamente con mi hermano en uno de los diez restaurantes temáticos con los que cuenta este enorme complejo, pude contemplar la luna llena brillando alegre y misteriosa a través de un dosel de negras nubes arrastradas por el viento, que llegaban hasta nosotros desde el cercano Caribe. Susurraba la inmensa masa de agua su eterno mensaje, y su canción de vida y muerte se dejaba oir desde todos los rincones de la isla. Tras una copa en el bar central del hotel, nos retiramos a una hora más que prudente para mi. Mi hermano está en pie a diario a eso de las seis de la mañana y yo, nocherniego impenitente, tenía ayer cuerpo de jota tras el largo viaje que me trajo hasta aquí.

El viaje, el viaje… Esos mágicos momentos que no necesitan de justificación alguna, que se explican y se contienen en sí mismos, en la ineludible necesidad de trascendencia que siente el hombre. Vivir, viajar, morir… La existencia toda se completa en ese eterno retorno, en esa búsqueda incansable de horizontes nuevos, de amaneceres preñados de distintos tonos de añil y de rosa, tan hermosos bajo la luz incierta de paisajes desconocidos, de sonrisas por investigar.

Salimos ayer de Barajas con veinte minutos de retraso, si bien es cierto que el comandante se puso las pilas y llegamos a estas tierras con diez minutos de antelación sobre el horario previsto. Después de la inevitable espera a la hora del embarque, me dirijo a mi plaza  -previamente reservada, con ventanilla y muy cerca del ángulo de ataque de las alas, como a mi me gusta-  y me topo de pies a boca con una joven mamá hondureña…  que sujeta, amorosa, a un cabroncete de dos años escasos, que se retuerce berreando con toda la puta fuerza de sus mínimos pulmones. La cosa no pinta demasiado bien, para empezar. La perspectiva de aguantar al pelmazo del niño durante ocho horas largas no me apetece lo más mínimo, claro está, pero está escrito que  así va a ser, por mis muchos pecados.

Y comienza la función. Ya atrás el despegue, en ese momento en que el nómada que llevo dentro comienza a plantearse cómo gestionar el largo trecho de inmovilidad que hay por delante, el mocito llora como un auténtico becerro, ignorando las constantes jaculatorias de la mamá, que van desde el cariño más chorra  hasta el autoritarismo más militante, absurdo del todo si tenemos en cuenta la edad del destinatario. Patalea el pequeño zulú, salta y se retuerce como una inoportuna lombriz de tierra. Ni pensar en leer tranquilamente la prensa, claro. Repentinamente, el arrapiezo se fija en mi y se aproxima con las del turco, por supuesto. Empieza por ofrecerme uno de sus juguetes, para engañarme con ofertas de  falsa paz, mientras su madre gorjea, complacidísima, una mezcla de excusas y alabanzas al carácter nobilísimo de su cachorro, bañada en sonrisas. La feroz criatura prosigue con sus avances e intenta echar mano a mi reloj: es la gota que colma el vaso. Procuro ponerme mi mejor capa de invisibilidad total y evito cualquier contacto ocular con la bestezuela, mientras me refugio en mis escritos y en mi música, cuyo volumen elevo a todo trapo, presa ya del terror pánico.

Según me comenta la concienciada autora de los días de semejante salvaje, llevan viajando desde las seis de la mañana saliendo de Barcelona, y claro, el niño está desquiciado, el pobre. Que es como voy a acabar yo si no media milagro o divina intervención, que va a ser que no.  Menos mal que un viejo agnóstico reconcentrado como yo tiene ciertas cosas más bien claras; en caso contrario, resultaría adecuado traer al caso aquello de que los dioses ciegan primero a quienes quieren perder… Porque lo peor está por llegar. Mientras el avión devora incansablemente kilómetros, me doy cuenta de que estoy rodeado por completo  por miembros femeninos de la familia del pequeño cafre, que viajan con  la pareja de progenitores. El papá aguanta al infante un ratejo de cada dos horas, más o menos, como debe de ser. Cuando el gorgojo se pone coñazo, se lo pasa a la mamá con la mismna expresión que si se estuviera quitando una mancha de mierda de la chaqueta, de modo que el niñato permenece casi invariablemente en manos de su madre, mientras me curte a patadas, estornudando con frecuencia y poniendo todo perdido de “mocos de angelito”, en palabras de la gilipollas de su abuela. Además, cuando la amenaza se adormece, el músculo duerme y la ambición descansa, resulta que alguna de las muchas féminas que le escoltan, presa de ese ansia imbécil de adorar al machito tan estúpidamente femenina, se levanta y obsequia a la fiera adormecida con besitos, morisquetas y todo un arsenal de frases cariñosas y tontas de solemnidad. Resultado inmediato y automático: el niño se espabila y se verifica un encabronamiento súbito y agudo en su comportamiento, porque quiere cambiar de brazos, o de postura, o vaya usted a saber de qué.  Y vuelta a empezar con el circo.

Procuro entretenerme mirando por la ventanilla, pero el empeño es complejo. Contemplo con interés los bosques fantasmagóricos que a nuestro alrededor tejen incontables cantidades de cumulonimbos, las oníricas ciudades de los espíritus que sobrevuelan el mundo, adoptando las formas más caprichosas e increíbles; a pesar de lo hermoso del panorama, ese es el magro consuelo que puedo obtener durante un muy largo rato.

Bueno, ya hemos pasado sobre Puerto Rico, de manera que queda poco viaje por delante. También hemos pasado por todas las etapas de la ceremonia que por cojones  -más bien, por localización espacial dentro de la nave-  me tengo que tragar. La mamá ya ha agotado ese repertorio de recursos con que Natura dota a todas las hembras que han dado a luz. Ya hemos oído reprensiones, amenazas, mimitos, y hemos contemplado jueguecitos y gracietas más que diversas del retoño y de su madre, que parece querer que perdonemos el insufrible coñazo con el que nos obsequia el coleguita a base de demostrar a la martirizada audiencia  -es decir, a mí-   lo graciosísimo que es su niño. Claro, rodeado como estoy por la tribu del infante, la cosa tiene un éxito tremendo, con aplausos y carcajadas incluidas. El papá de la criatura incluso tiene que sacarse el chupete de su hijo de la boca para poderse reir con ganas; ignoro, con franqueza, qué coño pinta un negrazo enorme como él con el chupete de su hijo encajado en las putas fauces, pero así es, aunque en el fondo me importa tres cojones y la bailadera.

Cuando ya estoy a punto de bajarme a la bodega de carga y dejar que las temperaturas bajo cero y la despresurización acaben piadosamente conmigo, aliviándome de la tortura de aguantar a toda aquella caterva de dementes, el comandante nos advierte de la inminente llegada a Santo Domingo, y respiro un poco más tranquilo. Me hallo dudando de la existencia de Dios, aunque con los ojos llenos de lágrimas de gratitud, cuando se desarrolla ante mis ojos una curiosa escena: todas las hembras presentes en el avión, que son muchas, tiran de neceser y empiezan a acicalarse meticulosamente. Salen a relucir cepillos, peines, lápices de labios y demás armas de destrucción masiva de esas que pueblan amenazadoramente los bolsos femeninos. Mi mamá favorita saca, para mi consternación, un lápiz afilado y comienza a pintarse el borde de los párpados tranquilamente, sin reparar en que el más mínimo bandazo del avión podría traducirse en una brutal herida en el hueco donde debería estar su cerebro. Tremendo. Enorme, más bien, como dicen por estos pagos.

Ya estamos sobrevolando territorio dominicano. Bajo nosotros, una magnífica manta verde comienza a desplegar sus encantos. Se distinguen claramente infinidad de parcelas, geométricamente dispuestas y festoneadas por manchas de espesa jungla. Disipados ya los efluvios de los perfumes que emplean sin reparar en lo adecuado de las dosis mis compañeras de viaje, los poderosos motores de la nave invierten su esfuerzo, frenándola, y tomamos tierra con sorprendente suavidad;  todos aquellos chiflados aplauden a rabiar la pericia de nuestro piloto, mientras gritan alabanzas a su tierra y cosas por el estilo. Exactamente igual que los guiris cuando llegan a Canarias, vaya. En ese momento, el increíble brillo del sol sobre el mar, que resplandece con tonos mates como el acero pavonado, me deja con la boca abierta, asombrado ante la belleza de la escena. Aprovechando mi proximidad a la puerta, y pasados cinco minutos escasos, emprendo desbocado galope para alejarme del trágico escenario de mis desdichas. Contra todo pronóstico, acabo de sobrevivir a siete mil kilómetros largos de tortura china. Aplaudí a rabiar la iniciativa de algunas compañías hoteleras, que pusieron a la venta un producto exclusivo para adultos, como el complejo en el que voy a alojarme, que no admite ni a tres tirones huéspedes menores de dieciocho abriles; seguí aplaudiendo la iniciativa de Renfe cuando puso en circulación los trenes del silencio, y juro por todos los dioses aplaudir hasta partirme las manos el día en que alguna aerolínea aventurera se decida a programar vuelos exclusivamente para adultos. No tengo por qué aguantar el producto de los arrebatos sexuales de los demás, entre otras cosas porque nada tuve que ver en su fabricación,  como no quiero tener que verlo en su educación. Los niños y los perros son monísimos durante diez minutos;  pasado ese plazo de tiempo, resultan ideales para que los aguanten, respectivamente, sus progenitores y sus dueños. Por cierto, no me voy a disculpar por mezclar infantes y canes a los fines que nos ocupan.

Supero con facilidad los trámites de llegada y me dirijo a recoger mi abultada maleta: es enorme, verde oscuro, está plastificada desde Barajas en color verde, y lleva atado un enorme pañuelo verde para distinguirla a distancia… En fin, cosas de la edad y de llevar continuamente gafas de sol, que dificultan la apreciación de los matices… Llego rápidamente a la cinta de equipajes, y veo complacido que somos pocos los viajeros que estamos allí; supongo que el resto de la tribu está entretenida con algún que otro trámite. Comienzan a desfilar los equipajes, y tras unos veinte minutos sigo sin avistar a mi fiel compañera, que viaja conmigo desde que la compré en Columbus, Ohio. Repentinamente, las otras trescientas noventa y  nueve personas que componían el pasaje del avión aparecen de golpe y porrazo, o, al menos, esa es la impresión que sufro en cuestión de segundos. Aquello es el desbarajuste padre; todo dios chilla, gesticula y se empuja para recuperar su equipaje. Frente a mi, un jefe de terminal  -eso reza el chaleco reflectante que viste-  bajito y ancho como un armario ropero, retira sin cesar bultos de la cinta y los envía de un empellón al otro lado de su posición, con la misma facilidad con la que se fumaría un cigarrito. Mientras tanto, la cosa va de mal en peor. Una local bajita y maciza ejerce de delantero de fútbol americano y me hace una entrada que a pique está de dar con mi triste anatomía en la cinta de equipajes, de manera que le ofrezco un gentil repasito verbal, pero es como si hablase con la puta pared: me mira, sin verme, y prosigue atacando mis riñones, mi paciencia y mi débil posición junto al montón de maletas. Como no es cuestión de darle un hostión de cuello vuelto,  aunque vive Dios que me quedo con las ganas, me decido a emplear un truco de viejo turista avezado y me voy a por el jefe de terminal, que suda la gota gorda mientras hace su trabajo. Entablo conversación con él y no tarda en preguntarme cómo es mi maleta. No me gusta explotar las necesidades de los demás, pero el gachó del arpa y yo nos entendemos a las mil maravillas, como era de esperar. Asoma mi maleta y la trinca como el rayo; le doy cinco euretes de propina y todo dios tan feliz. Consigo pasar la aduana sin incidente alguno y, por fin, me dirijo a la salida del recoleto y modesto aeropuerto.

Se me abren los ojos como platos. La multitud vociferante que espera la salida de los viajeros resulta impresionante, acojona. Me pregunto si hoy se celebrará alguna fiesta nacional o similar, pero lo cierto es que no es así. Los nacionales que salen delante de mí sueltan de repente, en mitad del camino del resto de la humanidad, maletas, trolleys y paquetes para liarse a besos y abrazos con los suyos, que invaden la plataforma de salida a cientos. El atasco es fenomenal; menudean codazos, gritos y voces, pero nadie parece mosquearse para nada: me río con ganas y saludo de nuevo al poderoso sol de primeras horas de la tarde, que me da la bienvenida otra vez a este mundo mágico que es el Caribe.

El pobre Franklyn, que así se llama mi chofer, lleva una hora esperándome, cosas de los aeropuertos. Me saluda cordial y me deja en el enorme SUV Ford, con el aire acondicionado a tope, mientras se va a pagar el aparcamiento. Minutos después, comenzamos a recorrer los ciento catorce kilómetros que nos separan del hotel. Franklyn escoge la ruta más larga porque es también la más típica, si bien es cierto que la noche cae en  los trópicos con sorprendente rapidez y que no habrá lugar a disfrutar demasiado con el paisaje, pero agradezco su buena intención.

En este país conducen como auténticos desalmados. En el breve trecho que nos toma alejarnos de Santo Domingo, soy mudo testigo de una más que brillante colección de barbaridades, de canalladas, de flagrantes atentados contra el más mínimo concepto de seguridad vial. Tocan tanto el claxon, con tanta frecuencia y con semejante ardor, que tardo unos minutos en discernir si es que se están saludando entre ellos o si se llaman la atenc como hacemos los conductores cabreados en el resto del mundo, al menos del mundo que yo conozco. Pues efectivamente, se llaman la atención, pero sin encabronarse lo más mínimo. Si el bocinazo no surte el efecto deseado, que no suele hacerlo, entonces el conductor en cuestión ejecuta la maniobra suicida de la que se trate sin inmutarse para nada, y lo hace hasta el final, con todas las consecuencias y a una velocidad de vértigo.

Aquí no se conduce, se maneja; no se adelanta, se rebasa, y los stops no son stops, son pare, pero a todo el mundo parece traérsela floja cualquier cuestión que tenga que ver con unas mínimas nociones de seguridad vial, por no hablar de disposiciones legales sobre la materia, tanto por parte de  los peatones como de los conductores. Cuando mi asombro corre parejo con mi acojone, comienzan a aparecer ante mis ojos, como nutridos enjambres de ruidosos insectos, los innumerables motoristas que trufan la isla. A bordo de infames motocicletas, denominados por ellos como “motores“, o “pasolas” , si de ciclomotores hablamos,  cayéndose todas ellas a pedazos, dos, tres y hasta cuatro personas viajan tranquilamente por esta tierras. Lo hacen apenas vestidos y apenas calzados; camisetas, bermudas y chanclas de goma son todo lo que separa a sus anatomías del duro asfalto, asunto primordial que parece no preocuparles en absoluto. En mitad de la modesta carretera que nos aleja de la capital, y junto a la mediana de cemento, un tipo charla tranquilamente sentado sobre su moto con otro paisano que, circulando en sentido contrario, ha hecho lo propio, parando igualmente su vehículo. Hablan reposadamente, como si estuvieran en el salón de su casa y no en medio de una infernal barahúnda de tráfico, jugándose la vida. Menudean a ambos lados de la carretera los controles policiales, que de vez en cuando detienen a algún conductor, siempre con aviesas intenciones, claro. Mientras tanto, y acodados sobre sus grandes todoterrenos americanos y japoneses, contemplan las mismas canalladas que yo sin mover un músculo. Esta fuerza oficial, esta lacra del país,  es ineficaz, corrupta y vergonzante, y solamente parará a un automovilista cuando huela la posibilidad de sacarle algo de dinero, nunca con otro propósitos supuestamente más propios de su cargo.

Dejamos atrás numerosas pick ups achacosas y sucias, que cargan en sus cajas traseras, invariablemente, dos o más locales, que disfrutan embelesados de la caricia del sol, del aire y de la lluvia del trópico en sus rostros. Los camiones más grandes llegan a transportar un número inverosímil de dominicanos, sujtándose como pueden al chasis y a la carrocería de los atestados  vehículos. Al avanzar la noche, determinados puntos neurálgicos de las carreteras se llenan de dominicanos que charlan tranquilamente entre sí, sin una sola luz, y esperando con paciencia a que algún buen samaritano les haga una bola, es decir, les  lleve a sus destinos. Sorprende comprobar, en semejantes situaciones, la amabilidad con que estas buenas gentes se relacionan entre  sí y con los extranjeros. El dominicano es, en términos generales, correcto, servicial y amable, aunque capaz de entusiasmarse por un puñado de cuentas de cristal hasta las últimas consecuencias, con los desastrosos resultados que son de prever.

Esquivando nubes de motoristas kamikazes, enormes autobuses tipo school bus americano y todo tipo de furgonas, pick ups y furgonetas, llegamos ya de noche a la algarabía de Higuey. Como estoy un poco harto de aire acondicionado, le ruego a Franklyn que lo desconecte y bajo el cristal de la ventanilla. Inmediatamente, todo el abigarrado guirigay del trópico se cuela en el interior del vehículo. Voces, ruidos del espesísimo tráfico de vehículos y de personas, olores y rápidas visiones de los lugareños, componen un ariete de poderosas sensaciones que martillea mis sentidos con un enfebrecido latido de vida en la noche dominicana. Propietarios de pequeños negocios, que parecen no cerrar nunca sus puertas, charlan en las aceras mientras pregonan las bondades de sus mercancías, apenas iluminados por el deficiente alumbrado público.

Menudean las bancas  -es decir, los prestamistas, una de las plagas de la isla-  , los clubes gallistas, porque a los dominicanos les encanta este sangriento espectáculo, y los sport bar, es decir, las barras americanas y los puteríos liberales que exhiben los encantos de sus señoritas de compañía en grandes fotos que cubren sus fachadas. Mezclados con todo este color local, se hallan numerosos carteles publicitarios en los que se amenaza con la inminente llegada de Cristo o se afirma que enseñar a leer es una obra de amor en la que todo el mundo debe de colaborar, enriqueciendo así el enloquecido caleidoscopio de la vida en los trópicos.  Damos todos los botes del mundo al pasar sobre los reductores de velocidad que cuajan, inexplicablemente, caminos, carreteras y autovías sin previo aviso, y que, esos sí, todo dios respeta religiosamente, mientras los lugareños observan curiosos al guiri que, con gafas de sol en la noche ya cerrada, acaba de pasar junto a ellos con cara de asombro.

Llegamos a La Otra Banda, municipio gemelo de Higuey con chusco nombre, tras superar algunos tramos interurbanos por los que mi chofer circula a una velocidad endiablada, para mi espanto. Porque ahora que ha caído la noche, contemplo estremecido toda una legión  de motoristas que circula sin una sola y triste luz en sus añejos cacharros. No alcanzo a comprender cómo no alfombran con sus cadáveres las patéticas carreteras, junto a los de infinidad de perros atropellados por estos vándalos. Tampoco se cortan, además, a la hora de echar carreritas con el resto de los vehículos de cuatro ruedas que circulan junto a ellos,  lo que me deja más ojiplático aún.

Bueno. Por fin hemos llegado al hotel sanos y salvos,  supongo que con la divina intercesión de Nuestra Señora de la Altagracia, patrona de la isla, o por la de alguna que otra deidad caribeña, tan poderosa o más que la citada virgen, o por la de ambas al alimón. Mi hermano me espera en la entrada de la recepción, y tras un fuerte abrazo comienzo a recobrar la calma perdida. Parece que estoy ya fuera de peligro; veremos…

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Cartas caribes

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Una suave brisa sopla desde la cercana jungla, haciendo cabrillear la limpia espuma sobre las olas que rompen alegres contra la playa. La blanquísima arena refleja y multiplica la cegadora luz de esta tierra abrasada, expandiendo el calor atroz con cruel eficacia. A trescientos metros de la orilla, fondeada en la azul inmensidad como un amenazador presagio, se adivina la negra silueta de un navío. Esta enorme y desgarbada cáscara de nuez, arrostrando peligros inimaginables, ha traído a su agotada tripulación hasta estos parajes, siguiendo la visión, aparentemente descabellada, de un hombre único, de un iluminado.

Hendiendo la apacible superficie, que destella en purísimos azules, un esquife desportillado avanza hacia la playa. Ojos de dura expresión a bordo, reflejos acerados que el sol arranca de morriones y de petos, de espadas y arcabuces. Un par de frailes sufre los tormentos del Tártaro, aprisionados en sus hábitos de grueso paño, junto a los ceñudos hombres de armas. Y en la proa de la frágil embarcación, con la entrecana melena al viento, el hombre que más tarde será nombrado Almirante de la Mar Océana por los soberanos a quienes sirve, sujeta firmemente un pendón de Castilla, bajo la mirada reverencial de un notario del reino, un funcionario ratonil y poco aficionado a la aventura, que a duras penas mantiene el tipo bajo el embate continuo e inmisericorde de la sal y de las olas.

Salta al agua nuestro hombre antes de que la embarcación entierre la proa en la cálida arena, impaciente por pisar la bendita ribera de un Nuevo Mundo. Ante él, se despliega en un fugaz momento un esbozo, apenas adivinado, de la formidable epopeya que acaba de abrirse ante la Humanidad, de la aventura maravillosa que aguarda al hombre oculta tras el lujurioso dosel verde de la cercana selva: ya nada volverá a ser nunca lo mismo; el mundo ya no podrá ser explicado ni entendido, en adelante, sin recordar la cruda luz de la mañana de este 12 de octubre de 1492, mientras el enigmático genovés reclama esta nueva inmensidad para la corona de España. Unos ojos recelosos contemplan la escena, ocultos en la húmeda espesura…

…Siento en los riñones la titánica aceleración que consigue lanzar al magnífico pájaro de plata y gules más allá del temido punto sin retorno. Envueltos en el atronador estruendo de los grandes motores gemelos, despegamos con una suavidad que he echado francamente de menos en mis últimas peripecias aéreas. Qué magnífica es la soberbia humana, qué divinamente insultante resulta su eficacia. A ningun lugar hubiera llegado el hombre sin el concurso de este elegante pecado. En ocasiones como esta, no deja de asombrarme el control que el hombre ejerce sobre las leyes físicas que rigen la parte del Universo que él conoce. Por muchas ecuaciones que lo expliquen, por clara que sea, con arreglo a la física más elemental, el vuelo de una aeronave, jamás dejará de hechizarme la contemplación de su elegante silueta contra el bellísimo dosel azul que acuna al mundo.

Claro está que yo no soy el ilustre genovés, ni ninguno de los gigantes que, poco a poco, desvelarían los fabulosos misterios del recién descubierto continente. Muy a pesar de mis deseos de juventud, he llegado muy tarde a esta vida como para poder participar de la edad dorada de la exploración, de los grandes descubrimientos. Me limito, como un modesto e irreverente Jonás aéreo, a viajar en el vientre de la bestia, con el triste convencimiento de que no quedan ya fronteras que superar, misterios que desvelar o héroes a los que emular. Pero me dirijo, intrigado y  contento en la medida de mis posibilidades, al encuentro con un  nuevo destino. Gracias al cariño de mi querido hermano Luis, en poco más de cuatro horas, estaré pisando de nuevo las míticas arenas del Caribe español. Conservo muy buenos recuerdos de mi viaje a Cuba, y quiero pensar que La Española me acogerá con el mismo cariño con que lo hizo El Caimán.

Y aún sin ser Colón, Cortés o Pizarro, mis entrañas me dicen que la emoción que siento al pisar estas tierras sublimes tiene mucho que ver con la que experimentaban mis aguerridos compatriotas. Al fin y a la postre, y pese a Heráclito, ellos y yo contemplamos, al arribar a destino, el mismo paisaje increíble, la misma llanura azul e inconmensurable, rematada por idénticos horizontes de añil y de fuego, mientras el verde y el blanco se turnan en un voluptuoso ballet, para embellecer esas legendarias latitudes.  Carezco yo del temor reverencial ante lo nuevo que proporciona la ignorancia, y que supongo que abrumaría ocasionalmente a los conquistadores, pero sigo sintiendo una genuina alegría al comprobar que muchas de las cosas hermosas de este hermoso planeta existen en la realidad. Puedo olerlas, saborearlas y contemplarlas en vivo y en directo, como si cobrasen vida repentinamente ante mis ojos cansados, como si un milagro primigenio y poderoso arrancase las sugerentes imágenes que todos conocemos de su rígida existencia de papel couché, insuflándolas el soplo divino que las hace presentes y espléndidamente reales, estruendosamente ciertas. Brillan como gemas en la oscuridad aterciopelada de mis días y de mis noches, porque un piadoso demiurgo, cuyo nombre desconozco y cuya existencia niego, las ha puesto en su lugar para permitirme gozar de su veracidad, de su  ígnea presencia.

Llegaré al Caribe a las 20,50 hora local, aunque merced a ese divertido birlibirloque de los husos horarios, serán más de las doce de la noche en mi patria, tan querida y lejana ya. Arropado por la presencia imprescindible de los míos, por su salvífico recuerdo y por el abrazo emocionado de mi hermano, me apresto para  contemplar el rostro alegre de una nueva noche caribeña, bajo las refulgentes estrellas del trópico.

He vuelto.

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