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Cartas caribes, y V

IMG_4299Andaba metido hasta el cuello en mi jacuzzi favorito esta mañana, dejándome acariciar por los potentes chorros de burbujas. El continuo golpeteo del agua y el agradable masaje resultante inducen, sin duda, a la meditación y al relax. Siguiendo, además, mi inveterada costumbre de huir de las multitudes, he tardado muy poco en averiguar la localización de las piscinas más tranquilas del complejo, y de los rincones menos frecuentados del mismo.

Resulta francamente placentero encontrar oasis de auténtica calma cuando uno está acompañado por una turbamulta vociferante que no hace más que chupar copas de todas las clases de manera continua, como si las fueran a prohibir mañana, para acabar aullando a la luna con toda la fuerza que otorgan unos pulmones encharcados en alcohol y un cerebro huero, así sean las tres de la tarde. Me encontraba, por tanto, en esa agradable disposición de ánimo, tan cara al hombre moderno, que consiste en disfrutar de los propios pensamientos mientras no hace uno absolutamente nada más que oír, en mi caso, el hipnótico atronar del agua a mi alrededor.

Y de esta guisa, contemplando el sensual cimbrear de los cocoteros y las elegantes evoluciones de algún ave tropical desconocida, reparé de súbito en que cualquier hombre digno de ese apelativo podría muy bien pelear por sus sueños bajo este cielo insultantemente azul, limpio, sin ambages ni engaños, luchando por insuflarles el soplo divino de la existencia. Podría, ese hipotético vagabundo cósmico, abrirse camino en esta tierra, que se me antoja llena de oportunidades, a base de trabajo, coraje, voluntad y habilidad. No parece ser hora ya  de bucaneros, de filibusteros, de piratas, de la hermandad de la costa, aunque otra cosa pudiera parecer tras leer la prensa o escuchar las noticias. Las patentes de corso, esos monumentos infames al cinismo de los estados y a la doblez de los seres humanos, carecen ya de sentido, o al menos del que tuvieron durante los años legendarios de estas aguas magníficas, bravas y sangrientas, tan llenas de historia.

Hoy día, la fortuna espera al aventurero en lugares muy diferentes, en sitios muy distintos al puente de mando de una veloz carraca o al vientre cuajado de cañones de un galeón español. Se trata, sin lugar a dudas, de una singladura de similar porte, eso sí, pero las circunstancias, los lugares y las armas necesarias para acometer la empresa se han adaptado a nuestras actuales circunstancias, lo cual no quiere decir que la hazaña sea menos peligrosa ni menos cruel el camino que lleva a su consecución.

Al tiempo que escucho el mensaje cristalino del agua estallando en limpios surtidores a mi alrededor, recuerdo que en pocas horas asistiremos al cumpleaños de uno de los principales empresarios españoles de esta isla. Amigo de mi hermano, ha tenido la amabilidad de hacer extensiva su invitación a mi persona, detalle que le agradezco de corazón. Me apetece sobremanera trabar contacto, cuanto más estrecho mejor, con la élite empresarial que, viniendo desde mi tierra, ha sido capaz de labrarse un futuro al socaire de esta arenas ardientes, de este pueblo alegre y casi por completo inocente. Quiero conocer de primera mano sus rumbos, el detalle de sus particulares derrotas, trazadas sobre el mapa fecundo de este rincón del mundo; necesito escuchar de sus labios el relato veraz, aunque aderezado por el ron y el orgullo, de sus andanzas isleñas, del devenir personal e irrepetible que les ha llevado hasta la cima del éxito. Se me hace necesario admirar, bajo la luz de las antorchas y con los pies casi enterrados en la blanca arena, los labios jugosos de sus cortesanas morenas, el brillo seductor de los ojos de los trofeos tan duramente conquistados, tan efímeros, tan adorablemente falsos y vacíos, y envidiar, por qué no, los frutos del éxito en su plena sazón.

Una placentera ducha, tan necesaria aquí que jamás saldrías de debajo del potente chorro de agua. Escoger cuidadosamente la indumentaria para la ocasión, aunque sin contar, ni muchísimo menos, con mi vestuario al completo. Yacen mis mejores galas a siete mil kilómetros de abrumadora distancia, junto a lo más granado de mi vida, de mis recuerdos. Pero, pese a ello, pese a no contar en la agenda inicial de mi viaje con una fiesta de la jet set caribeña, el húmedo fondo de mi armario isleño, mi práctica en estas lides y mis años, acuden en mi auxilio en la hora incierta que vivo, ayudándome a sacar un brillo mortecino pero sumamente atractivo de mis plumas ajadas, añejas, pero rectas aún y capaces de elevarme todavía, de situarme a la altura que deseo, de proporcionarme perspectiva aérea.

Acabo de atildarme y aún me sobra tiempo para asomarme un rato a mi cálida terraza. Acodado sobre la barandilla metálica, escucho la voz potente de las cercanas aguas y escudriño la oscuridad creciente en busca de las blancas crestas de espuma que las olas lanzan, encrespadas, contra la arena de la playa, paciente y dorada. En otros tiempos, no demasiado lejanos, hubiera sido el momento ideal  -sospechosamente, casi todos lo eran-  para degustar un cigarrillo o para encender un buen veguero, de los que abundan en esta tierra, aromáticos, suaves y fragantes. Pero no toca, no es así. Lejos del Camel  y de los productos de la isla plenos de amarga nicotina, saboreo un ron con hielo, y busco en el dorado licor, en las atractivas ondas que el agua produce en su seno, el consuelo que otrora me concedía el malhadado humo, el alejamiento contemplativo que sus volutas me proporcionaban en situaciones como ésta. Ascendían, entonces,  se perdían en el azul, y se llevaban consigo parte de mis secretos deseos, de mis fantasmas y de mis ensoñaciones, dejándolas sin mayor esfuerzo en el húmedo regazo de los dioses de mis padres, que hoy me niegan su presencia, que no consienten en colmar mis ansias ni en contestar a mis preguntas, malditos sean.

Llega la hora de partir hacia la fiesta, que se celebrará en el hotel que mi hermano regentaba hace tan sólo tres meses. Se trata de otro enorme complejo, pero de muy distinto estilo al que actualmente dirige Luis, entre otras cosas porque está enfocado hacia un cliente de diferentes gustos y aficiones. Frente al hotel, y mientras aparcamos el vehículo, contemplo a duras penas el espectacular manglar que lo rodea, cuajado de vida que ya se oculta siguiendo los ritmos vitales que la luz marca. Entretejidos con los mangles, multitud de enormes bambúes cobijas entre sus hojas una populosa tribu de criaturas aéreas, que comienzan a buscar acomodo para pasar la noche. Grandes tortugas, que acuden al pantalán sobre el que me hallo, acostumbradas a que los turistas las alimenten, remueven las aguas oscuras y ácidas bajo la mirada fija, casi hipnótica, de elegantes garzas de ojos amarillos. Una focha zangolotea a escasos metros de mí, sin recato alguno ante la presencia humana, sujetándose sobre las raíces de los mangles, que buscan su ayer hundiéndose en las aguas.

Tras la calurosa bienvenida que dispensan a mi hermano sus antiguos trabajadores, quienes expresan en voz alta su interés por seguir trabajando con Luis, subimos a una guagua que nos llevará hasta el restaurante anexo a la playa donde se celebrará el ágape. Recién decorado en suaves tonos de azul y con motivos marineros, admiro su estilo mientras saludo al jefe de mi hermano, que además es su amigo, y a su esposa, responsable de la decoración que contemplo. Se suceden las presentaciones y los saludos, que suelen ser cariñosos abrazos en lo que a mi hermano se refiere. Compruebo, con el orgullo propio de quien le quiere y de quien es mayor que él, que mi pequeño gran hermano se ha hecho sitio en esta sociedad isleña, que su hombría de bien y su seriedad en el trabajo le han granjeado el respeto y la admiración de quienes nos rodean, flor y nata de los empresarios españoles bajo el cielo dominicano.

La comida y la bebida, ambas de excelente calidad, se hallan por doquier. Barras de sushi, alimentos locales, frutas, embutidos y mil delicatessen,  como aperitivo, compiten con los sabores de las más nobles ginebras, de los obligados cócteles,  del ron dominicano ,dulce y tostado, o de los whiskies de malta. Me deleito con un daiquirí de fresa recién preparado, mientras el viento marino llega, cálido y salado, hasta nosotros. Agita alegremente las llamas de las antorchas que iluminan tenuemente la playa, llena de sombrillas y de oasis, de arena blanca y limpia. Un par de barcas varadas casi completan la ensoñación, de manera que falta sólo un par de piratas departiendo junto al mar para transportarnos a tiempos pretéritos.

Una legión de cocineros, camareros y sus respectivos ayudantes, pulula por el local. Enloquecidos como blancas polillas tras la luz, intentan dar lo mejor de sí mismos, conscientes de que entre los invitados se halla la plana mayor de sus jefes. Relucen los cubiertos, los vasos y las copas, sobre la impecable blancura de los manteles, que esperan a los comensales desde hace ya muchas horas. A mi mesa se sientan un par de bellezas, madre e hija, y otra mujer menos interesante que ambas, al menos físicamente.

Pero en estos momentos no es el indudable atractivo de mis compañeras de ágape lo que me atrae; mi mente está en otros asuntos. Se juega a mi alrededor una de las esgrimas más fascinantes que conozco, la del lenguaje mundano y despreocupado, la de las poses elegantes y estudiadas, la que consiste en ver y en dejarse ver. Ocultan semejantes maniobras, cuando se ejecutan entre gentes similares a las que me rodean, intereses mucho más prosáicos que los propios de la mera vida social, pero igualmente apasionantes a la hora de perseguirlos: dinero, prestigio, fama, poder. Es este un juego cuyas reglas conozco a la perfección, que he jugado en infinidad de ocasiones, si bien es cierto que con resultados meramente dignos, pero es la partida lo que me embelesa, no su desenlace. No me resisto a pensar que mi estrella podría alzarse, rutilante, bajo este sol de fuego, entre estas arenas blancas y crueles. Ascendería hacia su cenit, brillando poderosa, inundándolo todo con su calor y su fuerza… aunque, conociéndome como me conozco, su esplendor se apagaría pronto, poco a poco, consumida su vida por la energía desbordante que derrocharía, dejando a su paso un ligero aroma de leyenda, fragantes recuerdos de su magnífico viaje,  y muy poco más.IMG_4248

Una bella mulata, con un sencillo y sensual traje de noche blanco y flanqueada por tres músicos, rompe el creciente rumor de las conversaciones atacando Summertime con voz de negra seda. Las notas de esta hermosa canción, que resulta ser una de mis favoritas, me sacan de mis ensoñaciones y me centran en la mesa a las que nos sentamos y en la conversación que en ella se desarrolla, agradable, civilizada, inofensiva. Para después de los postres, procuraré visitar los corrillos que se irán formando ineludiblemente, centrándome en los de aquellas personas que acabo de conocer, intentando así percibir mejor el latido de la vida económica de la isla, las oportunidades profesionales y laborales que pueda ofrecer esta tierra a un nómada como yo. Tampoco será cuestión de desdeñar la conversación que pueda entablar con alguna de las beldades que mariposean por las cercanías, exhibiendo todos y cada uno de sus colores, de sus encantos. Despliegan, indolentes, toda la panoplia voluptuosa de sus armas de mujer, y sonrío para mis adentros mientras me doy cuenta de  que la danza de las aves del paraíso es idéntica sea cual fuere el color del cielo bajo el que se celebra, la latitud de la tierra que la acoge. No parece que pinte mal la noche, vive Dios.

Pero repentinamente, y al tiempo que  la mulata sonríe con dulzura y acaba su actuación, al menos de momento, estalla una alegre barahúnda a mi alrededor. Por el rabillo del ojo, y hace algunos minutos, me ha parecido distinguir entre las sombras del pasillo que lleva a la cocina, a tres morenas ataviadas con grandes adornos de plumas y de lentejuelas. Esperan para ofrecer al amigo que celebra su fiesta lo que aquí se llama el Feliz Cumpleaños Dominicano, que, según podré comprobar en pocos minutos, es una versión del clásico Happy Birthday llena de grandes dentaduras blancas, rítmicas danzas a la manera de esta gente, y algún que otro jipío más o menos acertado. Y, en efecto, súbitamente, las mulatonas se acercan a nuestro anfitrión y comienza el espectáculo. Pero lo más divertido, lo absolutamente caribeño, llega a continuación. Camareros, camareras y algún que otro cocinero, olvidando sus exquisitos modales y su excelente trato al cliente, saltan, bailan y cantan arrobados alrededor del protagonista de la velada, con el mismo entusiasmo que si les fuera la vida en ello, dándole palmadas en la espalda y abrazándole. Mientras actúan así, comienzan a hacer el trenecito por todo el salón al ritmo de la misma canción que van cantando durante sus buenos cinco minutos, hasta que parecen ir recobrando la calma, el aplomo y la profesionalidad perdidas tan de repente. Sirven entonces cafés y copas como si aquí no hubiera pasado nada, tan serios y serviciales como cuando comenzó la cena. Tremendos, estos caribeños, doy fe.

Y acabada la copa, mi gozo en un pozo. Cuando estoy dispuesto a indagar en las opiniones de mis nuevos conocidos, son algo más de las doce de la noche. Mi hermano, que ha venido conduciendo hasta aquí porque yo no tengo licencia, obviamente, se levanta a diario a las seis de la mañana, y aunque algunos amigos amagan con tomar unas copas en el cercano Bávaro, el asunto no pasa de un tímido approach, que desde luego apoyo con todas mis ganas. Vano intento. Hay que rendirse a las razones prácticas que esgrime mi querido chófer, de manera que abandonamos el sarao en el mejor momento, con todos los invitados calentando motores y sin prisa alguna por retirarse, dispuestos ya para la charla y el copeteo, entre el humo amable y espeso de los vegueros, para seguir después la velada en otros locales de las inmediaciones. Tendré que esperar a otra visita a la isla para saber si me hubiera acogido entre sus gentes como ha hecho con mi hermano. En otro viaje, quizá, que ignoro si llegará a cuajar ni cuándo lo hará, si es ese el caso, intentaré escuchar el rítmico latir de las finanzas que surcan la geografía de la República Dominicana, dotándola de su peculiar vida y de una dosis de esperanza en el futuro que espero y deseo que se corresponda con la realidad, por el bien de esta nación y de sus buenas gentes. Trataré de averiguar, aunque no sé si me quedará esperanza alguna cuando ese día llegue, si La Española oculta, enterrada en verde, blanco y azul, una  lozana promesa de prosperidad, de paz y de tranquilidad, para el viejo corazón que se niega, tozudo, a dejar de latir en mi pecho.

El viento del norte castiga, bárbaramente, la costa de la que nos alejamos, y las nubes que comienzan a ocultar la luna llena avanzan junto a nosotros, como etéreos custodios.

Mi viaje se aproxima a su fin.

 

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Cartas caribes, y IV

IMG_4074Me sorprende el whatsapp de mi hermano tirado en la playa, en mi oasis particular, y entregado con estudiada saña al dolce far niente que resulta casi de obligado cumplimiento en estas latitudes y en mi situación concreta. Ya casi del todo espabilado, mal que me pese, y apartadas mis meditaciones, me dirijo a mi habitación tras saludar a mis camareros favoritos y a mi instructor de buceo, Franklyn  –“Paquito el Chocolatero” por mal nombre para los españoles, Franklyn dixit-  un negrazo que ríe a carcajadas jaleando a una yanqui entradita en años y de muy buen ver que se halla en proceso de beberse piscina y media durante la clase de buceo. Se tambalea bajo el peso inclemente de la botella de oxígeno y de los pelotazos ingeridos a esta hora temprana de la mañana,  y farfulla no se qué sandeces con el respirador en la boca, provocando el descojone generalizado de propios y extraños.

Me cambio de ropa porque mi hermano me espera para visitar, aprovechando su día libre, uno de los lugares más bellos de esta bella tierra: Cap Cana, la urbanización privada que hizo famosa Donald Trump, el magnate americano. Procura Luis desconectar de toda su frenética actividad diaria dejándose mecer por las olas de este pacífico lugar, como haríamos cualquiera de nosotros. Manejar con eficacia un monstruo de setecientas cincuenta habitaciones, diez restaurantes y diecisiete bares, banco, tiendas, casino y discoteca, junto con una cabaña para actividades tan diversas como el buceo, la pesca  o el kite surfing, es un inmenso problema diario  de logística que mi hermano, pese a su valía, no podría solucionar sin estar rodeado por un excelente equipo humano con el que departe casi de continuo. Se entiende a la perfección su necesidad de aislamiento y de tranquilidad aunque sea solamente por unas pocas horas.

Viajamos durante treinta kilómetros a bordo del SUV Ford del hotel y llegamos muy en breve a nuestro destino. Hemos sorteado, para no variar, a todo tipo de canallas motorizados, kamikazes de muy diversa laya y condición, pero hemos conseguido llegar indemnes al final del viaje. Ya dentro de la propiedad, nos movemos por carreteras perfectamente asfaltadas, que se abren camino por praderas cuidadas con mimo y meticulosidad. Son anchas zonas robadas a la selva omnipresente, que acecha nuestro devenir a veinte metros escasos, espesa y verde, preñada de vida. De vez en cuando, enormes nubes blancas se alzan desde sus profundidades: se trata de insecticida, con el que los empleados de la urbanización fumigan con frecuencia las entrañas de la criatura esmeralda, para evitar en lo posible el tormento de la miriada de molestos seres alados que de ella nace. Se divisan, cerca de la carretera, numerosas residencias de lujo sin acabar, desangeladas, con ese aire tristón y desamparado que las casas sin habitar exhiben, con sus entrañas desparramadas, sin que las cubra la capa misericordiosa de una techumbre. En esta gran urbanización, como en todas las de similares características, soplan muy distintos vientos según la bonanza económica del momento, y las espléndidas villas se recortan orgullosas contra el horizonte de la jungla o se hunden calladamente en ella, desapareciendo para siempre, del mismo modo que las fortunas de sus habitantes bailan la danza obscena que la vida les marca.

Y si llamativo era el edificio de la entrada, que se halla junto al control de vehículos que da paso a la privilegiada zona, no deja de estremecerme la elegancia de la recepción que antecede a la piscina y a la playa de El Caletón, que así se llama la maravilla que vamos a visitar. Una enorme palapa, que se divisa casi enterrada entre grandes cocoteros y palmeras, abre su fresco porche ante nuestros ojos. Varios automóviles de lujo ocupan el motor lobby, celosamente vigilados por un mozo elegantemente vestido de blanco, y el interior de la recepción reluce con suavidad bajo la luz amortiguada del trópico, que todo lo inunda, acariciando colores y texturas con manos sabias y haciéndolos virar en un formidable caleidoscopio de infinitas variaciones. La decoración, muy cuidada, navega entre un recargado estilo colonial español y ciertos toques marinos francamente atractivos. Lianas y bejucos sujetan, anudados, las intersecciones de las barandillas de madera de palmera, que se abren para dejar paso, al fondo del edificio, a la zona de la piscina. Llegamos a ella saliendo directamente desde la recepción, sin atravesar puerta alguna, siguiendo el diseño de la sala que acabamos de abandonar.

El sol se deja caer en abrasadoras oleadas. Parece mentira, pero tengo la impresión de que, a menos de cincuenta kilómetros de Uvero Alto, el clima es más tropical, más cálido aún que en el noreste que nos acoge. Me comenta mi hermano que es muy posible que así sea, y que él tiene la misma sensación que yo desde que llegó a la isla y descubrió el rincón en el que ahora penetramos. Las aceras son de piedra coralina, de manera que presentan con claridad a la vista del caminante los arabescos magníficos que antiguas colonias marinas trazaron en el lecho del océano al abandonar sus vidas al empuje insobornable del Caribe. Pero lo que en realidad llama inmediatamente la atención, como no puede ser menos, es la magnífica piscina que reluce, zafiro profundo bajo el cielo, milagro a veces glauco que consuela la vista del viajero cansado, mientras ofrece el refugio fresco de sus cuidadas aguas, que cabrillean apenas rizándose bajo la acariciadora brisa. Siente uno algo de respeto a la hora de quebrar la superficie del agua, de alterar la paz inestable de este pedazo de cielo que ha caído en el vaso inmenso de la piscina.

Y mientras me sacuden semejantes sensaciones, mientras adoro con los ojos y con el alma la tranquila hermosura de cuanto estoy contemplando, me doy cuenta de que a unos veinte metros de distancia, las escaleras de coralina bajan, en amplios escalones, hacia la playa que remata este espacio magnífico. Me acerco despacio, sin prisa, saboreando el momento como quien se aproxima a la mujer amada, al sexo insondable, húmedo y feroz que espera sediento la respuesta a su llamada. Siento, curiosamente, como si estuviera regresando a una patria cósmica que aún no es la mía, a la cuna de una humanidad muy anterior a mi, y a punto están de caérseme las lágrimas ante la panorámica que diviso, anonadado por la grandiosidad del espectáculo.IMG_4078

Azul, blanco y verde se entrelazan a mi alrededor en un ballet enloquecido y, sin embargo, perfectamente dosificado en su difícil sencillez. La arena es la más blanca que he visto en mi vida, y no quema los pies pese a la elevada temperatura que nos envuelve a la una de la tarde y bajo este sol cruel. Suavísima y muy fina, conserva aún las gotas del reciente chubasco, soportando el peso de las tumbonas de teca que proliferan por la playa. En la zona que el mar baña continuamente, el color vira a un crema cálido y acogedor, que no me resisto a hollar de inmediato para sentir su áspera caricia en los pies y en el corazón. Cocoteros de altas copas, acribillados sus troncos por los picos inmisericordes de los pájaros carpinteros que aquí abundan, regalan su preciada sombra, al tiempo que sus hojas juegan con la brisa marina y con la luz, inundando la playa con una hermosa danza de espectros sobre la arena.

Y rematando la divina escena, la leyenda increíble que acaba de materializarse ante mi, ese cuento de piratas tantas veces soñado, el mar. El efecto del blanco y el azul es devastador, poderoso, imparable. Deseas, súbitamente, zambullirte en esa superficie que te espera, prometedora y voluptuosa; olvidarte de quién eres, de a dónde conduce tu singladura personal, tu trayectoria bajo la cúpula del mundo, dejando atrás pasado, presente y futuro, para nadar, libre por fin, entre esas ondas azules y tibias, primigenias, que inundan el seno de Gaia como el líquido amniótico de una madre universal, infinita. Siempre el Caribe, levantisco, gallardo, explosivamente preñado de vida. La cala en la que nos hallamos tendrá poco más de trescientos metros de anchura, extensión suficiente como para poder apreciar el azul clarísimo y limpio de sus aguas, algo bravas ahora. Posiblemente, mar de fondo debida a vientos más audaces que días atrás han agitado el corazón de la vasta extensión de agua, y que hoy rompe sin descanso contra nuestros cuerpos, ansiosos por sentir su frescura. Como es lógico, he dejado la piscina para más adelante, para después de la comida. No puedo esperar más para sumergirme en la espléndida criatura multiforme que despliega sus mejores galas ante mí, para mí. Huele el Caribe con una fragancia más recatada y suave que el Mediterráneo, por ejemplo, aunque otra cosa pudiera suponerse, visto el carácter alegre y peligroso de estas aguas, y huele más y mejor este Caribe que el que baña nuestro hotel.

En el extremo izquierdo de la cala, un pequeño mirador soporta impávido el incansable castigo que le propinan, de consuno, agua y viento, empapándole de salada y limpia espuma. Aquí se fotografían los recién casados que vienen hasta este rincón inmortal a celebrar sus esponsales. Hay toda una floreciente industria en la isla dedicada a semejante menester, y las interminables sesiones fotográfica que he podido presenciar en el rato que llevamos aquí resultan de lo más hilarante, por lo cursis y forzadas. La playa está, por fortuna, muy poco frecuentada, pero, aún así, las poses a las que curtidos profesionales del objetivo y la lente someten a sus víctimas contribuyen a animar nuestra tranquila estancia, viendo, entre otras cosas, los achares que sufren los pobres recién casados ante el cachondeo generalizado que provocan sus peripecias fotográficas, sus ropas empapadas y sus poses pretendidamente eróticas y picaronas.  En fin, el resultado es casi el mismo que el de una sesión fotográfica de una boda celebrada en mi país, pero sustituyendo el inefable parque o el castillo por un mundo improbable, feliz, de arena y agua, que aporta un mínimo toque mimosón y exótico a las siempre aburridas fotos sobre el evento.

Tras divertirme con las evoluciones de una novia joven, bella y pícara, de soberbias piernas,  que hace que su marido quede como el pisaverde que sin duda es, salgo del agua calándome el jipijapa que mi hermano me ha regalado  -pensando en que es ése mucho arroz para tan poco pollo, claro-  y nos dirigimos a La Palapa, el restaurante italiano que se yergue en la margen izquierda de la cala, tras el mirador. Hermoso y limpio, está dirigido porMarina, una encantadora barcelonesa amiga de mi hermano, que nos obsequia invitándonos a una deliciosa comida. Frente a mí, rompe bravía la mar contra un pequeño muelle, y en la lejanía puedo divisar El Farallón, que así llaman a una enorme prominencia rocosa, alta y alargada, desde cuya cumbre se contempla toda la urbanización, y un campo de golf que llega hasta el mismo borde del mar, sobre un pequeño acantilado. Un pájaro clásico de la isla, similar a un mirlo, de plumaje negro brillante y vivos ojos amarillos, nos asalta descaradamente en busca de alimento, y se acerca tanto que está a punto de comer de la mano de mi hermano. Nos comenta Marina que estos audaces piratas del aire  – conocidos como “judíos” o cinchilines–  destapan, incluso, los tarros de las distintas variedades de azúcar de las que dispone el restaurante, y que nada ni nadie es capaz de detener su insaciable ansia de alimento y de aventura…IMG_4410

Y tras los inevitables cafés, atacamos la piscina. La tarde, cálida, deliciosa, amable, está comenzando a caer. Tenemos la piscina para los dos solos, y se nos antoja tan grande como el propio Caribe, que respira ahora mucho más tranquilo en las cercanías. La luz es ya incierta y el sol, una inmensa bola de fuego vivo entre las grandes hojas de bordes quebrados, inicia su sempiterna retirada, su eterno ritual de oscuridades, de diarias desapariciones. Una penumbra aterciopelada, acariciadora y susurrante, estalla con dulzura en las profundidades de la selva que nos rodea, invadiéndolo todo con la esencia reparadora de la noche caribeña, bella entre las noches bellas, fragante y salvaje como la brea que el océano arrastra.

Es hora de volver. Nuestro cuartel nos espera a lo lejos, allá dónde el noreste trenza negras cabelleras de coléricas nubes sobre la isla, donde el agua es más brava y la arena más dorada, donde el mar que nos da la vida brama atronador noche y día, para recordarnos que es principio y final de todas las cosas, dador de vida y de muerte, por siempre altivo, desmemoriado y ajeno.

 

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Otra Nochevieja

pictMi padre se mesa la barba suavemente. Mira, ensimismado, las volutas que el humo de su cigarrillo traza en al aire limpio, fragante, frío,  de mi casa, de la casa de mis abuelos. Mientras se deja mecer, confiado, por los fantasmas que le saludan con frecuencia desde la muerte de mi abuelo, su padre, aspira con deleite el humo del Ducados, del negro tabaco que le aísla de su entorno, que le conecta con su yo más profundo y arcano, en una comunión estrictamente privada. Sentado en el arcón del pasillo, ese oscuro mueble que ha aguantado carros y carretas, mudanzas a través de la entera piel de toro sin perder la amarga gallardía, espera paciente la llegada del resto de los protagonistas de la velada, que promete ser memorable, como lo lleva siendo desde hace ya tantos años, desde que tengo memoria y raciocinio.

Aparece, risueño como siempre, alegre y vacilón, mi tío Antonio. Qué hay, Mariano, cómo estás, cuñado. Sonríe mi padre y le lanza, en una pirueta vieja y gastada por la bendita costumbre, un cigarrillo que mi tío coge al vuelo y enciende casi en el mismo gesto, trazando un malabar en el que se revela como un maestro consumado, manejado por ese vicio magnífico y mortal que consiste en consumirse a uno mismo a base de largas,  suculentas, sensuales  caladas. Dios, cómo echo de menos el puto tabaco.

Se acomodan los dos, codo a codo, sobre el mismo viejo mueble, que ya anda desgastado por las posaderas de un par de generaciones de los míos. En la fresca umbría del pasillo, su asiento y su respaldo han acogido las nerviosas pausas de los varones de mi casa, que deambulábamos sin nada concreto que hacer, sin saber dónde sentarnos,  mientras las reales hembras que siempre habitaron mi casa madre se azacaneaban en cocinas y en hornos, ultimando los detalles necesarios para que las cenas rituales de esas fiestas supuestamente entrañables discurrieran con la atildada perfección que ellas deseaban para su tribu, para su gente, para su razón de ser y de existir. Aprendí yo, a la vera de mis mayores y sentado en aquel venerable despojo, más sobre los silencios de los hombres de mi casa que sobre su alegría pronta y explosiva; contemplé más graves decisiones en aquellos entrañables areópagos de las que jamás presenciaría mucho después a lo largo de mi vida profesional. Echando la vista atrás, nunca sentí el pulso de los míos más vivo y más presente que durante aquellos momentos.

Mi madre repasa, por enésima vez, los detalles de la mesa, del mantel, de los cubiertos. Salen a relucir, como en todas las casas normales que una vez fueron algo más, soberbios achiperres del beber y del yantar reservados para ocasiones especiales, para días señalados. En semejantes ocasiones, mi abuelo Luis  -siempre don Luis; qué grande eras, queridísimo; cuánto te debo-  es feliz hasta la saciedad contemplando a todo su clan sentado a una mesa que ha sabido mantener surtida y firme a través de una singladura que a muchos se nos antoja eterna. Desde luego, con todo su pretendido mal carácter y su amenazadora presencia, que a estas alturas ya a nadie impresiona, la meta se le habría escapado de las manos, se le habría escurrido entre los dedos como agua helada y yerma sin el concurso de mi abuela Emilia. Menudita, encantadora, simpática y discreta hasta la exageración, sin su mirada de dulce corza y sin su amable control, el mundo sólido y sin fisuras que yo conocí hubiera estallado en mil pedazos al primer embate de la vida que, ajena y cruel, jugaba sus cartas fuera de las puertas de mi casa, de la suya. Complementa a mi abuelo y le tiene a sus pies, entregado, rendido hace mil años. Es el ying del yang, y él lo sabe, es consciente del asunto. Claro está, como todos los machos de mi familia  -es decir, como todos los machos que en el mundo han sido-  fanfarronea y vacila de todo lo contrario, tan sólo para encontrarse con que las hembras de su peculiar harén se descojonan en su cara y hacen, sin mover un músculo y a continuación, lo que se les pasa por el mismísimo. Tranquilo, yayo; todos tus descendientes subiremos, tarde o temprano, semejante Gólgota. Por tus pecados y por los nuestros, nunca por los suyos…

Llega, por fin, mi tío Carlos. Gamberro, divertido y con un par de copillas de más, que lleva con un salero y una gracia que no he vuelto a conocer en ninguno de mis amigos, pese a que tengo muchos y ninguno de ellos abstemio. Menudean los abrazos; siguen sin parar las rondas de cigarrillos y comienzan a susurrarse los últimos chistes verdes. Mientras las colillas acaban en los requetecuidados tiestos de mi abuela, cosa que hace cambiar de color a esa santa, aunque no consigue hacerla aullar, mis queridos zulúes se descojonan vivos contando las salvajadas de moda, que lo están, y mucho, pese a que internet y whatssap no existen ni siquiera a nivel conceptual, ni se adivinan en un futuro medianamente cercano. Me aproximo con cautela a la pomada, aunque bien es cierto que comienzan a admitirme en sus conciliábulos apenas advertidos, por aquello de que ya tengo barba y pelos en los huevos, señal inequívoca de madurez y de hombría, según los estándares de la época. Ya soy perfecto acreedor a su confianza, a sus chistes verdes y a tomarme unos pelotazos con ellos, y debo confesar que en pocas ocasiones me he sentido tan feliz como en aquellos entonces. Sentía muy cercano el aliento de mi tribu, de mi gente, de los héroes y de las heroínas junto a los que me sentaba en aquellas noches de mi juventud, dulces, maravillosas, que imaginé sin final, para mi desgracia. Me aceptaban mis mayores, los chamanes de aquella alegre comunidad, y yo me dejaba llevar, arrobado, fumando un cigarrillo tras otro,  por aquella turbamulta de sensaciones que me transportaba al más allá, al edén; nada malo podía ocurrir, nada turbio ni oscuro, porque mi pertenencia a mi clan me identificaba y me defendía frente a las fuerzas de la creciente oscuridad que, sin yo saberlo, nos cercaba implacablemente a todos, aullando en atronador silencio tras aquellas protectoras paredes.

Nos sentamos, en fin, para la opípara cena que nos espera. Vorágine de aperitivos, mariscos y embutidos selectos, seguidos de un buen pescado que augura una mejor carne, aunque muchos no somos capaces de llegar hasta el final, como ocurre, invariablemente, año tras año, pese a las propósitos de enmienda que todas las hembras de mi clan formulan tras acabar la pantagruélica sentada. Comienzan a encenderse, de nuevo, cigarros y cigarrillos; rula el café y chisporrotea su alegría el champagne  -lo del cava es un estúpido eufemismo comercial muy posterior, y de lamentable calidad, claro-  , en espera de ese momento extraño en que las doce campanadas anuncian la muerte de lo viejo y la renovación de votos y esperanzas que creíamos perdidas para siempre. Lloran mis mayores y siento que exageran, que la cosa no es para tanto, coño. Al fin y al cabo, estamos todos, los que siempre estaremos, de manera que no ya espacio para el miedo ni para la tristeza, qué joder.

Hoy sé lo que entonces no sabía. Hoy callo, como todos los míos, porque no quiero empañar momentos que se entienden como alegres con el velo espantoso de la realidad, tozuda y consagrada. Hoy abrazo con toda mi pasión a los míos y lloro sin remilgos porque he visto lo que se oculta tras el velo rasgado que me separa de todos mis queridos muertos, de la pavorosa legión de mis ausentes, que aumenta con crueldad día a día, sin solución de continuidad.

Acaba la noche empalmando con la madrugada, como siempre se ha hecho en mi casa madre, tanto para las alegres ceremonias de la vida, a las que éramos adictos, como para los oscuros avatares de la parca, cuya inevitable visita recibimos en su momento. Habían llovido chistes, ocurrencias, discusiones de mejor o peor gusto y de diferentes tonos; la política, con el dictador ya muerto y enterrado, nos había hecho levantar la voz y votar a bríos, surtiendo la mesa de puñetazos y de opiniones de diverso calibre, arreglando un país que ni tenía arreglo antaño ni cuenta hogaño con compostura posible, qué cojones;  las botellas vacías se arrinconaban en la gran mesa del comedor y quedábamos de pie solamente los más duros, los más amantes de la juerga, es decir, mi tío Carlos y yo, ya sobraditos de copas pero siempre con ganas de más. Las chicas se afanaban en retirar los vasos de la mesa, los ceniceros con imposibles comuergos de colillas, que llegaban hasta el techo; las  aspiradoras zumbaban, antipáticas, para retirar del suelo enmoquetado confetti y serpentinas, restos del estupendo cotillón que mi tía Isabel, gobernanta del hotel Castellana Hilton durante casi toda su vida, traía a casa para nosotros en aquellas fechas. Volaban aquellas gracietas por toda la puta casa antes de la cena, durante y después, y las soltábamos a manos llenas adultos y jóvenes, tocados con sombreros ridículos y divertidos, enormes matasuegras y gafas de plástico con nariz y bigotes incluidos, como hipsters alucinados y alegres, como si no hubiera un mañana. Aquello era perfectamente ajustado a derecho porque, efectivamente, no existía aquel mañana, ni se adivinaba siquiera en el amanecer del nuevo año que rascaba, indolente, los cristales de la ventana del comedor, crisol de todas nuestras juergas.

Harto ya de copas, recuerdo que me iba al pasillo y me acercaba a la puerta del despacho de mi abuelo Luis, desde donde hoy escribo estas líneas. Siempre se alzaba allí, en un enorme tiesto, un pino natural invadido con todas las pequeñas boberías que la Navidad requiere, y envuelto, incomprensiblemente, en un delicioso y atronador silencio que contrastaba con el zumbido vivísimo que en aquellas ocasiones  habitaba mi casa. Mi madre y mis tías adornaban toda la vivienda  con esa entrañable mezcolanza de objetos que se presumen adecuados para las fiestas en cuestión, de manera que el árbol era, junto con el sempiterno belén, protagonista de aquellos días, aún mágicos para mí, aunque ya dejaba de participar en la ceremonia comunitaria de engalanar el hogar. No obstante, hundía la cara entre las ramas del árbol, y mientras sus agujas me pinchaban, malévolas, aspiraba con auténtica fruición el aroma que desprendía, al tiempo que  moría irremisiblemente en mi casa, lejos de la foresta que le vio nacer. Si cierro los ojos, aún soy capaz de recordar, con asombrosa claridad, aquellos instantes únicos: la fragancia del pino moribundo, el suave titilar de las bombillas intermitentes y el frescor del pasillo, que contrastaba placenteramente con la atmósfera cargada y plena de poderosos aromas, del cercano comedor. Se oían las voces de los míos amortiguadas por las puertas de recia madera y por los cristales que las dividían. Mi mundo entero, mi casa, palpitaba, llena de vida, de alegría, de grandes esperanzas, de ilusiones sin cuento, porque la Navidad aún no era propiedad de los grandes almacenes de siempre. Mi mesa, la de mi hermosa gente, no clareaba con vacíos terribles, irremediables; no estaba manca, ni coja, ni para siempre maldita con la pena inenarrable de la ausencia, de las ausencias, infinitas y sin redención posible.

Corría hacia su inevitable final 1978. Yo contaba dieciocho primaveras, como dieciocho soles, era el rey del mundo y mis correrías jamás tocarían a su fin. Las mujeres, en legión,  se rendían irremisiblemente ante mi simpar donosura, que diría el impagable Forges, y los hombres quedaban hechizados por el encanto de mi conversación, por el poderío indudable de mi acento, por mi facilidad para la empatía y el copeteo liberal, anárquico: mataiotés mataiotú, kai panta mataiotes… Puta filfa; bisutería, perrunilla, vaya…

Estamos a uno de enero de 2015, y son las seis y treinta y cinco minutos de su mañana, fría y desabrida. Hoy no ha habido una especial celebración nocherniega para mí  por circunstancias muy difíciles en la vida de mi pareja, de manera que, tras la cena con mi gente y unas cuantas copas, todo cuanto antecede me ha asaltado en la solitaria  penumbra de mi despacho  -el de mi querido abuelo Luis-  urgiéndome a poner estos recuerdos negro sobre blanco. Obviamente, jamás podré reflejar con la riqueza y con la triste, estremecedora claridad con que las siento, las vivencias que acabo de relatar. Estoy solo con ellas, mientras me revientan el pecho con la fuerza telúrica de la pena terrible que siento al saber, sin lugar a dudas, que ya solamente son fantasmas de mi cerebro, angustiosos despojos de un tiempo maravilloso que nunca, nunca, nunca  -qué horrible palabra-  volverá a llamar a mi puerta, que se escapará sin esfuerzo y sin misericordia de mi llamada, arrancándome amargas lágrimas ante la contemplación del paraíso perdido, cuyos tiernos detalles solamente puedo volver a hacer míos por unos instantes efímeros viendo fotos de aquella época legendaria, gloriosa.  Es desolador comparar las celebraciones de aquellos días, casi paganas en su salvaje, despreocupada alegría, con el presente, y ello aún teniendo en cuenta que me acompañan todavía muchos seres queridos a los que hoy he podido abrazar a placer y decirles lo mucho que les quiero, detalle que hace que me sienta francamente afortunado, de corazón. En realidad, es posible que envejecer no sea mucho mas que eso: asistir, impotente, al lento gotear de la nieve de invierno deshaciéndose en los tejados, en las calles y en los corazones, arrastrando en su agonía rostros, gestos, recuerdos, tiempos mejores y miradas que no volverán, envueltas ya en la geometría amarga de la vida que se escapa. Luchamos por ese momento más, por otro instante junto a los ojos que nos dan la vida, antes de que las luces del teatro se apaguen de una vez por todas. Es lo que hay, me temo.

En estos momentos, ahora mismo,  me puede la tristeza, a decir verdad,  y las lágrimas que este año recién parido me regala generosamente me ahogan. Me duele el pecho y me cuesta respirar, “…porque la pena tizna cuando estalla…”, pero siento que  debo poner en juego, en honor a la verdad, parte de lo mucho que aprendí de labios de mis mayores, de las magníficas presencias que en la oscuridad velan por mí, como altos arcángeles de piedra y sueño, espada en mano. Me enseñaron mis queridos ancestros, entre otras cosas, que no tenemos derecho a rendirnos, hasta el mismísimo momento en que nuestro cadáver adorne, con gallardía siempre, no se sabe qué ignota playa. Me comunicaron, hasta la saciedad, que es nuestra obligación mantener el tipo, la pelea, morir matando, esquivando, con sardónica sonrisa, los certeros zarpazos de la tristeza.  Continuar luchando, aun cuando sea sin esperanza,  debe formar parte de nuestros reflejos, hasta que el céfiro divino nos abandone para siempre.

Y confieso que, con un tremendo esfuerzo, con auténtico dolor  y sin demasiadas esperanzas en las enseñanzas de mis mayores  -ya lo siento, queridos todos-  , hago lo posible y lo imposible para sonreír, desafiante,  a este nuevo año y a todos los que tenga la fortuna de ver nacer, con juerga o sin ella. Afrontemos con semblante divertido la ignota aventura que hoy inauguramos, hasta que el tiempo nos entierre a todos. Creo que me voy a tomar otro gin tonic, qué coño. Un día es un día, y nos esperan otros trescientos sesenta y cinco.

Feliz 2015, de corazón.