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Silencio (Rumores de la foresta, y III)

 1391998_569505043119752_1558062315_n “Un poco más, solamente un esfuerzo más y ya estamos arriba. Caramba, o este puesto está cada vez más complicado, o yo no me llamo Nacho. De todos modos, no es cuestión de engañarse en demasía, compañero. Hace tan sólo cinco años, te hubieras subido y bajado de este mismo puesto diez veces seguidas sin detenerte para nada, fumándote después un puro hasta los labios, todo ello sin mover un músculo. La verdad, cuando uno está ya frisando edades poco ortodoxas, por decirlo de una manera suave, o se vive de prestado o se teme, casi todos los días, alguna visita inesperada, que corte de raíz tus hábitos y modos de moverte en este divertido lupanar que es la vida. Muy bien, aquí estamos un día más, dispuestos a disfrutar todo aquello que este duende verde, espléndido y ubicuo, nos ofrezca a mi compañero y a mí.”

   “Después de tantos años, me creo con derecho a hablar de una cierta complicidad entre él y yo; entre él, maestro de todo lo que es, y yo, aprendiz de todo cuanto quiera enseñarme, seguramente dotado de una vida demasiado corta para aprovechar semejante caudal de cosas vivas, desprovistas de toda doblez. Y no estoy hablando, cuando hablo de él, de este espléndido arco que reposa junto a mí, supongo que tan fatigado o más que yo, por mucho que no lo deje ver. Va ya para doce años que este sujeto -madera y cuerda, todo él mala intención- y yo estamos juntos, y lo suyo es que empiece a notar ese cierto desapego a la vida que las personas traducimos, por miedo a la verdad, como sabiduría y templanza, cuando en realidad el nombre de ese sentimiento es muy otro”.

   Nacho, nuestro hombre, se arrebuja con alguna dificultad en el escaso hueco que el puesto le facilita, colocando minuciosamente su manta, su bota, su arco y todos aquellos enseres que son propios de su pasión, de su segunda naturaleza, de su razón última para vivir. Es un hombre enjuto, alto, con bigote y cabellos ya algo más que entrecanos, pese a que su edad no le hace acreedor a semejante desaguisado, por lo menos no en tan gran medida. Eso sí, la vida, esa puta veleidosa, esa cortesana elegante y despectiva que golpea siempre sin avisar, le ha regalado, dadivosa e irónica, atributos que casan con su ser y con su sentir. Porque es Nacho hombre de risa fácil, temperamento guasón y tolerante, elástico y reflexivo frente a las dificultades, presto siempre a la jarana -de mejor o peor gusto- , y, sobre todo, enamorado de sus amigos, que resultan vocingleros, nobles y decidores como el que más. Como buen profesional liberal ha hecho y deshecho a su antojo, ha conquistado mil veces un puesto en la vida, jugándoselo a la carta más alta y perdiéndolo otras tantas veces, sin importarle lo más mínimo.

   No faltará quien le envidie, porque de hecho nunca falta; no se hará esperar quien entone un plañidero canto de sapo repulsivo e hipócrita por su compañera y por sus hijos, canto por demás de sobra. Nunca entrará Nacho a discutir si detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer o si resulta ser todo lo contrario, porque tiene muy claro que apostó para ganar: alegra sus días una mujer de una sola pieza, que le siguió y le consiguió, que compartió de cabo a rabo su vida y que le dio hijas e hijos que han sabido digerir cuanto de papá y de mamá aprendieron, para después ponerlo en práctica con sorprendente brillantez. “Sí, hombre, lo cierto es que no me falta de nada, aunque lo mío me ha costado, qué coño. Vale ya de solucionar los problemas de los demás y de enredar por cuenta ajena, por bien pagado que esté, que no lo está. Los mozos buscándose la vida, mi mujer reventando de puro guapa y rebonita, con un fulgor en los ojos que no tenía a los treinta, y yo, a lo mío. Ratito libre, al monte, como las mismísimas cabras; arco, bota, bocata, y el que venga detrás que arree. Creo que ya he cumplido con todo y con todos en la justa medida. Curioso; en el momento en que me pongo a pensar en mis cuentas con la vida, lo primero que me viene a la cabeza es una tarde ya muy lejana, de ésas de las que uno se acuerda como si fuera un cromo de los repes, que cambiaba con los compañeros en el colegio durante el recreo: una imagen clara y llena de color, pero fija, inmóvil en la quietud del aire tibio. En aquel momento, yo, pipiolo y vacilón, tomé contacto con una realidad que a poco me devora con fuerza inusitada al pasar de los años. Casi no recuerdo mi primer contacto con la arquería, como no fuera por el dolor de espalda y de brazos que me dejó, y por la desesperación que sentí al pensar que aquél no era mi deporte, que no podría con él.”

   “Las vueltas que da la vida, Nachito; los tiros que llevo pegados, qué joder. Poco después de contactar con otros cinco o seis iluminados, nos convertimos en un puñado de locos divinos, impulsados por no se sabe qué espíritu, incansables, indomables: ferias, exposiciones, demostraciones, conferencias, cacerías, visitas a despachos oficiales, discusiones. Todo ello con la sonrisa en la boca, contagiando con terrible facilidad a quienes se nos acercaban demasiado con el virus mágico, con el lúdico demonio sonriente que nos poseía, pobres de nosotros. Con el paso del tiempo fuimos capaces de levantar un modesto edificio, una casa llena de alegría y de camaradería, un estilo de ser, vivir y estar. Disfrutábamos de un protocolo vital lleno de privilegios, que estábamos siempre dispuestos a compartir sin para mientes en edad, raza, sexo o condición social. Llegamos a ser, si no legión, sí centuria; estuvimos tocando las puertas del cielo con las puntas de los dedos, soñando para nuestra nación y para nosotros una manera de gestionar nuestros recursos cinegéticos y nuestra vida salvaje cumplidamente probada a muchos kilómetros de aquí.” “Me cago en la leche, Nachito; si te hubieran dado cinco duros por cada despacho oficial que visitaste, si te hubieran dado cinco duros por cada político pringoso, funcionario de vía estrecha y sueldo jugoso, que te estrechó la mano aparentemente asombrado de lo que le contabas, admirado de tu visión de futuro… Si cualquiera de ellos te hubiese dado esos puñeteros cinco pavos por cada estudio, proyecto, propuesta y oferta que les hiciste llegar, hoy estarías cazando, como muy cerca, en Camerún. Mientras tanto, el famoso inspector Alcesto, que trabaja apasionadamente para todas las administraciones del mundo, se ocupaba gustosamente de visar y de revisar todos vuestros proyectos, dilectos imbéciles de sonrisa confiada. Al final, acabasteis depositando vuestra esperanza, o lo que quedaba de ella, en la iniciativa privada que, al fin y al cabo, solamente se mueve por la peseta y por la bragueta, es decir, por las dos palancas que hacen girar al mundo””.

   “Ya metidos en harina, el carro echó a andar, y aquí estamos; eso sí, bastantes menos de los que empezamos. Muchos compañeros quedaron por el camino; algunos cayeron del ya mentado carro en contra de su voluntad, por la fuerza de las cosas; otros se tiraron en marcha, porque Dios reparte los redaños como lo hace con otro tipo de dones, incluida la paciencia; a otros muchos, visto que no se bajaban motu proprio, les bajamos nosotros. En fin, a cada uno lo suyo. Personalmente, les clasifiqué de acuerdo con mi particular manera de ver el mundo, y con arreglo a tal clasificación les trato cuando me les encuentro. Obviamente, a unos les echo de menos y a otros no, en absoluto. Sigo escogiendo, como a lo largo de toda mi vida, con quién comparto mi pan y mi sal, y es algo de lo que no me arrepiento ni me arrepentiré nunca”.

   Se mueve el monte y respira con latir propio, mientras nuestro hombre se ha perdido, relajado y tranquilo, por los vericuetos saltarines de su memoria, ya fecunda en experiencias y recuerdos. Olvidándose hasta de lo que aprendió de muy chico, al tiempo que escuchaba el tronar de la escopeta del abuelo, ha encendido un cigarrillo, sin prestar la más mínima atención a los vientos que se abaten taimadamente sobre el puesto, disimulado con aviesas intenciones. Está mirando al cielo, algo encapotado, como corresponde a una tarde de caza que se precie, exhalando el humo plácidamente; otea con tranquilidad las cumbres agrestes de la cercana sierra, llenándose los ojos con tanta belleza, cuando una flor roja de sangre se abre en el interior de su pecho, violenta y salvaje, con un estallido similar al de un triquitraque de feria. Nacho se encorva, se ahoga; siente como si se le abriera el corazón, como si una fiera se lo partiera en dos, y apenas si tiene tiempo de apuntar una lágrima furtiva y un recuerdo fugaz y emocionado para todos los suyos, agradeciendo todo cuanto ha recibido a lo largo de sus días, mientras se lleva las manos al pecho dolorido, preñado ya de sangre oscura y ominosa.

   El infarto ha sido implacable, fulminante, diríase perfecto en su maldad. Ha cerrado unos ojos de mirar apacible, amable, con ese gesto inmemorial de quien ha visto mucho y, en consecuencia, mucho comprende, mucho asume, mucho comparte. Nacho ha quedado tendido de lado, sobre el respaldo del puesto. Su rictus de dolor ha quedado fijo en su rostro: la dama oscura ha golpeado bien, certeramente, de una sola vez, con la eficacia que haría enorgullecerse a cualquier cazador arquero de verdad: una flecha, una vida; una sola vez hendió el aire la hoja de la guadaña… Un viento ululante, juguetón y risueño, desciende desde la sierra cercana. Despeina los cabellos del muerto, juega con su blanco bigote, teñido de nicotina, acaricia su cara aterida con cariño de amante y le susurra al oído con ternura. Le está hablando del jabalí, que busca bellotas en lo profundo del monte; le cotillea el camino del muflón que conduce a la manada a través de la espesa umbría, le cuenta hermosas leyendas sobre la brava perdiz, que se oculta en las jaras. Le lleva, en suma, mensajes del Bosque, que le respeta y le admira, como a todo aquél que cumple sus leyes inexorables. Pero todo es inútil; silencio, absoluto silencio le responde. Nacho viaja ya, solo y desnudo, armado con su amor por la vida y con su arco, hacia otros cazaderos eternos, enormes y nebulosos, donde espléndidos venados de grandes cuernas y ojos aterciopelados pastan pausadamente sobre la verde, fragante hierba de la esperanza.

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Fiebre de otoño temprano (Rumores de la foresta, y II)

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“Curioso; ese montón de hierbajos y ramas resecas no estaba aquí antes de ayer, cuando pastábamos muy cerca. Me pica bastante la curiosidad, todo hay que decirlo, pero, en el fondo, siento más recelo que otra cosa. Bueno, estaremos ojo avizor por si las que vuelan.”

   “Da gusto pasear por el bosque en estas madrugadas del septiembre temprano, cuando la niebla lo envuelve todo, peleando con la luz ya cercana por el dominio del espacio, compartido con una brisa de fragancia muy especial. El rocío que cubre la tierra, los pastos todos, se deshace bajo nuestras patas sigilosas, y un algo vibrante que flota en el ambiente comienza a encender nuestra sangre. Es hora ya, ya se acerca, de iniciar nuestros rituales de vida y de perpetuación, nuestros espectaculares combates, nuestro fin último y primario. Muy en breve, se nos olvidará hasta comer, el sueño abandonará nuestras vidas y una sola obsesión se asentará entre nuestros ojos, entre nuestros enfebrecidos ijares, en la garganta barbuda y vocinglera. Desde lo alto de la sierra, desde lo más profundo del bosque, iniciaremos la búsqueda incansable de nuestras compañeras, de ojos suaves y huidizos, de tierno mirar, que soportarán embravecidos embates de la vida misma, de la loca ansia de amar que nos posee durante unos pocos días al año. Alguno, como siempre, se llevará la parte más sabrosa, y no siempre será el mejor ni el más valiente, aunque esos sí, será seguramente el más avispado; otros morirán de pura consunción, de cansancio y de hambre, frustrados por no haber podido cumplir con su papel o con parte del mismo; en fin, así es este asunto.”

   “En lo que a mí respecta y sobre este particular, estoy absolutamente tranquilo. Mi sangre corre por las venas de la mayoría de los venados que pueblan este fragoroso lugar; mi semilla ha germinado, fructífera, en el vientre de muchas hembras, de muchas. De cualquier modo, y por lo que a las ganas de pelear se refiere, mi cuerna posee ya doce candiles simétricos, oscuros como el ébano y de un grosor más que respetable, y mi corazón se siente alegre y joven, presto al combate y al amor. Así pues, que venga; bienvenida sea esa fiebre de otoño temprano, ese desafío, ese canto a la vida.”

   “Resulta siempre una ocasión peligrosa para nosotros, no obstante; poseídos por ese voraz demonio de faz sudorosa, descuidamos la vigilancia que nos preserva del enemigo, bajamos la guardia hasta extremos insospechados. Basta así con escuchar un cercano entrechocar de cuernas, con aspirar la deseada fragancia de la hembra, para desoír el latido de nuestro propio corazón y emprender veloz carrera en busca del combate, de uno u otro tipo. En esos momentos, somos claramente vulnerables ante el ataque de cualquier enemigo. Y, ciertamente, no nos faltan de estos últimos. Todavía recuerdo, aunque ya entre brumas, las advertencias de mi abuelo, venado viejo y versado en las artes del bosque por demás, sobre lobos, zorros y demás predadores naturales, que nos acechaban por doquier, aprovechando todas las oportunidades posibles para robar nuestras crías, nuestras hembras y a los más jóvenes de entre nosotros, acosando sin piedad a los más mayores. Hoy día, esa amenaza ha desaparecido casi por completo: muy de vez en cuando, algún enjuto y viejo trotador de ojos amarillos traspone la cercana sierra, enloquecido de hambre, y se busca la vida en nuestro valle; de todos modos, dura más bien poco entre nuestros bosques. Ya se preocupa de desalojarle el peor de nuestros enemigos, la pesadilla recurrente que se calma durante muy poco tiempo al año, la bestia feroz y sin entrañas que nos persigue sin tregua: el Hombre, el rey del mundo, la creación más disparatada de la Naturaleza, esa madre cruel.”

   “No puedo reprimir un cierto escalofrío al pensar en él; no deja de escocerme la herida de mi lomo, vieja como yo, ya casi cubierta por mi pelaje. A pesar de que mi encuentro con el cazador ocurrió en mi juventud, un tanto lejana a estas alturas, jamás olvidaré el dolor, el miedo, el ansia irreprimible de respirar, mis pezuñas levantando terrones ensangrentados y mi loca carrera hacia lo más profundo de la foresta, sin otro pensamiento que escapar del fogonazo que surgió a mi espalda entre la espesura, del estampido que me hizo respingar, afortunadamente, hiriendo mis tímpanos con el inconfundible sonido del espanto. Al llegar a mi refugio y encontrarme con mis compañeros, me costó trabajo poderles explicar qué había ocurrido; entrecortadamente, y mientras mi hembra lamía amorosamente la fea herida, conseguí transmitirles mi susto, mi miedo, mi experiencia y mi rencor. Han pasado muchas primaveras desde entonces; la luna, carirredonda y suave, se ha asomado en infinidad de ocasiones entre la crestería de los montes que circundan nuestro hogar, apaciguando las noches de invierno con luz limpia y clara, sin engaños, como debe de ser.”

   “Con el correr de los días, he dejado de ver a muchos compañeros, a muchos amigos y amigas que ya no marcharán junto a mí, que interrumpieron su tranquilo pastar para siempre, que quedaron suspendidos entre el cielo y la tierra en ese momento terrible, estremecedor, en el que la vida se es capa irremisiblemente. Sí, ya sé, es ley de vida. Está escrito en algún sitio, aunque supongo que no en el lenguaje de los hombres, sino en caracteres más antiguos, más amargos y atroces, que todo ser vivo ha de cumplir de modo inexorable un ciclo de vida, que quien vio un día la luz retornará a la oscuridad más tarde o más temprano, que nada dura eternamente. Si me preguntan a mí, prefiero, desde luego, morir en el combate o a manos del cazador, si es que la disyuntiva consiste en el hambre, en el frío y en la vejez inmisericorde. Suponiendo que haya nacido quien deba darme muerte, sólo le pido nobleza en el lance, que sea de poder a poder, que me dé una oportunidad, que muestre respeto y admiración por una criatura del bosque, libre y salvaje, nacida para ser feliz. Y ya puestos a dejar mi mundo, que sea de manera rápida y discreta, antes de que la edad me agarrote los ijares y deforme mi cuerna, antes de que mi pelo brillante y espeso comience a clarear.”

   “Cada vez que mi cuerna cae, para resurgir al poco tiempo más hermosa y mejor armada, me sorprende el chasquido que produce, me desorienta la falta de peso en mi cráneo y me asusta pensar en el futuro; ni la hierba más rica y dulce me devuelve la tranquilidad hasta pasados unos días, cuando los botones que comienzan a aflorar en mi cabeza vuelven a hablarme de renovación, de vuelta a la vida y a la esperanza de ver un año más.”

   “Bueno, pues resulta ser que no tengo el día muy católico hoy, vaya. Entre trocha y monte, entre mi caminar por umbría y solana, mis reflexiones me están llevando hacia una melancolía que no está acorde, de momento, con los días de lujuria y alegría que se avecinan. No obstante, sigo sintiendo que algo no marcha bien; me barrunto problemas a la vista, no puedo desprenderme de ese sentimiento, mal que me pese. Lo peor del caso es que no consigo identificar la fuente de esa sensación. En fin, quizá se trate de emociones propias de la edad; ya veremos.”

   “Caramba, qué bien huele por aquí; no sé si me gusta más el aroma de hembra o la espesa fragancia de las manzanas ligeramente pasadas, pero tengo claro que ambos olores me apetecen, me atraen. Siendo como somos auténticas máquinas de supervivencia, es muy necesario analizar la situación con ojo crítico y desdeñar, en su caso, la deseada golosina; no vayamos a engrosar el número de bajas de esta temporada.

   “Veamos, el monte está en calma; ni un solo trinar en las jaras; no cae piña alguna ni avisa la perdiz de presencias extrañas al bosque, y el viento no trae mensajes de espanto. No veo nada amenazador, así que no encuentro razón alguna por la que no pueda probar ese montoncito de manzanas que tengo enfrente de mí; desde luego, no parece en absoluto sospechoso. Pues, en efecto, están deliciosas; con un poco de suerte, a lo mejor encuentro más por aquí. Es sorprendente este fenómeno; de cuando en cuando, si bien no con la frecuencia que sería de desear, aparecen por la sierra montoncitos de comida apetecible y tierna, que alegran un poco la vida de este venado a base de variar su dieta, un poco aburrida, a fuer de sincero. Todavía no he dado con la explicación, aunque no desespero; no quisiera creer que mi sentimiento de inquietud esté relacionado con estos caprichos culinarios…”

Mientras mastica confiada y ruidosamente, machacando con el placer de un gourmet las manzanas, que llenan la boca glotona, el gran venado deja en suspenso su atención, relaja por un momento sus agudos sentidos, pese a que levanta la orgullosa cabeza cada dos por tres, en busca de signos de peligro. A escasos metros de allí, oculta entre el montón de ramajes que de mañana temprano llamó su atención y despertó su instinto, brilla, letal y fría, una punta de caza. Tras la flecha camuflada, un arco; tras el arco, el Hombre, tenso y en silencio, inmóvil, al acecho. Está cercano el culmen del lance; queda muy poco para cobrar la recompensa que lleva buscando con ahínco tantos días; vienen a su memoria madrugadas de hielo, tardes de frío intenso en pos de la pieza soñada. Ha leído signos, rastros, huellas; ha probado con distintos cebos y en distintas emboscadas; ha aplaudido la huida grácil y veloz del escurridizo venado de gran cuerna que ha burlado su habilidad y sus conocimientos en tantas ocasiones como ésta. Y, justamente ahora, en este mágico momento, le asaltan las dudas propias de todo hombre de bien, de todo cazador que se precie de serlo: hay tanta belleza en los elásticos movimientos del venado, hay tanta majestuosidad contenida en sus andares, tal gracia orgullosa y displicente, casi despreciativa…

Se sorprende a sí mismo el deportista perdonando la vida de su pieza, de un modo prácticamente inconsciente; tiene que hacer un verdadero esfuerzo para volver a centrarse en su idea, en su voluntad; se atasca y se retuerce en esa contradicción íntima que se contiene en el lance de caza, en ese querer y no querer, en ese desear el inexorable final, siempre agridulce.

Así pues, fuerza la postura, busca el ángulo debido y centra su atención en un punto de pelo más oscuro, justo por encima del codillo del venado; es un tiro a pulmón alto, con muy poco riesgo y a una distancia en la que el arquero se sabe letal. Contiene la respiración en la medida necesaria, relaja los dedos y deja partir la flecha, mensajera de muerte sin posible retorno ya. En casi completo silencio, la punta de caza y el astil se entierran, en cuestión de segundos, en la zona escogida por el tirador, mientras el gran venado respinga y cocea a la vez, repentinamente alerta, avisado demasiado tarde, congelado en el tiempo y comenzando a desaparecer como ser vivo, en su propia y personal niebla.

“¿Qué ha sido eso, qué ha ocurrido? He notado un fuerte empujón, algo así como la picadura de un gran tábano o de una abeja furiosa, y un ligero escozor se extiende por mi pecho. Qué extraño, no he oído ruido alguno; está bien, inspeccionemos la zona y sigamos comiendo; esta noche habrá que acercarse al pantano para abrevar; ciertamente, tengo una sed terrible. Bueno, no parece que aceche nada peligroso. Pero… caramba, qué mareo; de repente, todo se ha movido a mi alrededor; siento una debilidad en las patas, en el pecho; me escuecen los costillares, se me inclina la cabeza, no puedo más, me echaré a descansar un rato… ¡Por el ciervo que me dio el ser, el valle se está llenando de sombras rojas y negras, de una neblina gris y espesa que avanza hacia mí! ¿Qué significa esto, qué me pasa? ¡Un venado enorme se acerca! Tal y como me siento solamente me faltaba que viniera buscando pelea. Pero no; sus ojos destilan paz y amor; qué hermosa cuerna, qué prestancia; a su lado, la mía parece un juguete roto…¡Y me hace señas para que le siga! Está bien, amigo mío, mi hermano, te sigo; no sé a dónde me conduces, pero algo me hace presagiar que nada debo temer de ti ni de los tuyos; al contemplar tu noble faz, me vienen a la cabeza verdes prados, arroyos rumorosos de aguas limpias, bosques nemorosos y oscuros, que invitan al reposo, llenos de amorosa compañía femenina. Espera, espera; te sigo; no tan aprisa, por favor; estoy tan cansado ahora…”

A pocos metros del comedero ha caído el venado, ya inmóvil, sin vida ya. Su propia sangre empapa ambos costados, y sigue manando mansamente, en obediente silencio, hasta formar un charco sobre el suelo, ennegreciéndolo. Diríase, al verlo a cierta distancia, que está simplemente sesteando, reponiéndose de los rigores de su existencia montaraz y arriesgada: plegadas en cómoda postura sus cuatro patas, la cabeza sobre el suelo, sin mostrar rictus de dolor, con la boca cerrada y la trufa aún húmeda. No obstante, ya le azulean los ojos, y su musculatura ha perdido el tono; la muerte se ha llevado el color de sus ojos y la tensión divina que animaba su corpachón; para seguir al Gran Venado, es requisito indispensable ser ingrávido como él, etéreo y de color gris, casi transparente.

Se mueven las ramas a la entrada del escondrijo, y una figura camuflada se yergue bajo la luz de la media tarde, que comienza a perder su energía, preparando el tránsito a la noche cercana. Con el arco en la mano, preparado para impartir la misericordia del tiro de remate, el arquero se acerca con cautela a la bestia inerme. Tras comprobar la efectividad de su disparo, la limpieza con la que la punta de caza ha atravesado de parte a parte el poderoso cuerpo que yace ante él, llevándose una vida por delante, el cazador se arrodilla. Busca lentamente una mata de hierba fresca y jugosa, que arranca del suelo y que coloca, con mimo, con delicadeza, en los labios blanquinegros de su presa: muerte limpia, muerte noble, muerte sagrada para un animal salvaje, digno de ella.

   “Gracias, amigo mío. Tu recuerdo permanecerá conmigo para siempre, tu cuerna honrará el salón de mi casa y tu hermosa piel dará calidez a mi cama y a mis sueños. Viéndote ya sin vida casi me arrepiento, pero… Como en otras ocasiones, siento que no tengo palabras para describir lo que siento ahora, aunque supongo que tú me entenderías perfectamente; bien está lo que está bien.”

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Memorias de un arco de caza (Rumores de la foresta, I)

Hace ya muchos años, quizá demasiados, que escribí estos pequeños relatos sobre la vida en el monte y la caza con arco, una de mis pasiones favoritas. Creo que se nota el paso del tiempo por ellos, pero, aún así, no puedo ni quiero renegar de mi creación. Lo cierto es que los escribí durante una de las épocas más dulces y apasionantes de mi vida; quizá por ello les tengo un indudable cariño. Aunque están colgados en mi web, no me resisto al impulso de subirlos a este blog, dudando, no obstante, de si es este su lugar o si tendrían mejor acomodo en mi blog de caza. En fin, seguiremos el primer impulso, que seguramente será el más acertado, y que venga el diluvio después…

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Crepitaba el fuego en su apogeo, dibujando extrañas cenefas en las paredes del refugio. Volutas de humo ascendían hacia el cielo, llevándose enredados recuerdos y visiones fugaces del monte, de la naturaleza infinita y multiforme que lo envolvía todo. Distraídamente repartidos por el interior de la habitación, colocados como por un engañoso azar, se encontraban todos los instrumentos propios de la afición del habitante de la cabaña, uno más entre los muchos que la habían frecuentado en pos de la aventura de la caza, del misterio de la vida.

Prudentemente alejado de la gran chimenea de piedra, un arco de caza reposa en silencio y piensa, observando calladamente a su dueño, que se encuentra a pocos metros de él, fumando un cigarrillo, con la ropa de caza ya aflojada y descalzo, lejos de la tensión vivida en las últimas horas, en lo más denso del monte extremeño, en medio de este octubre frío y luminoso como solamente puede serlo en el sur de España. Fuera de la cabaña, rústica pero confortable, el viento ulula despiadadamente, empujando los últimos vestigios de luz, abriendo paso a la noche, certera siempre, siempre cercana. “Vaya, vaya” -piensa el arma, satisfecha. “Cuando salimos de casa, hace ya tres días, nada hacía suponer que este hombre fuera un maestro en su afición. Bien es verdad que le han salido canas en el monte, viviendo y respirando la caza siempre que sus ocupaciones le permitían un momento de libertad; bien es verdad que nunca se ha rendido ante los avatares de la caza, sin perder jamás la afición ni la esperanza, pero lo de hoy quizás haya sido demasiado, incluso para él.” “Mírale” -sonríe el arco, no sin cierto sarcasmo- “ni siquiera ahora está completamente seguro de lo que le acaba de ocurrir, o, por mejor decir, de los que nos acaba de ocurrir.”

“Desde luego, el viaje empezó muy bien, con el coche devorando kilómetros alegremente, cargado como siempre con todos los trastos y mi dueño silbando distraídamente sus melodías preferidas, para variar. Lucía un sol espléndido y contábamos nada menos que con seis días, seis largos días de holganza, de libertad total, solos él y yo, también como de costumbre. Parecía una muy buena oportunidad para visitar la finca de marras, para seguir buscando ese gran venado que le quita el sueño a este mindundi desde hace ya un par de años. Caramba, a Genaro, el guarda de la finca, parece que le faltó tiempo para colgarse del teléfono y avisar al “señorito” de que había vuelto a encontrar la pista del “jodío bicho”, como llama al pobre animal. Este Genaro no aprenderá nunca; ni trata a mi amo como a éste le gusta, que le sobra por todos lados lo de señorito, ni califica con justeza al famoso venado. Menos mal que siempre que habla de él se le enciende en los ojillos, pitañosos, una luz traviesa y vivaracha que delata sus auténticos sentimientos; en realidad, es un buenazo que se ha ganado la vida pateando esas sierras de Dios con más redaños que nadie, por lo que sabe distinguir lo bueno en cuanto lo ve. También es cierto que al ver a mi dueño conmigo en la mano y conocer sus intenciones, se le escapó una media sonrisa, muy de esta tierra, que casi consigue que se me atragantase desde el primer momento la finca, el guarda, esta parte de España y todos sus habitantes…”

“¿Cuándo se dará cuenta toda esta patulea de que mis hermanos llevan más de veinticinco mil años evolucionando sobre la superficie del planeta y dando de comer a sus dueños fiel y lealmente? ¿Es que mi poder letal resulta despreciable porque es limitado en el espacio, en la distancia, porque es nobilísimo y no abate de lejos, de forma alevosa e indignante para los oídos y para la vista? En fin, creo que lo suyo es contestar a esa media sonrisa, que ya he visto en tantas ocasiones, con sonrisa y media y con una demostración clara y explícita de lo que mi dueño y yo podemos hacer a las primeras de cambio, en cuanto se presente la oportunidad, que siempre llega.” “Por eso, al bueno de Genaro se le cambió el color el día en que abatimos nuestro primer venado a veinticinco metros, con un tiro certero a pulmón alto que lo atravesó limpiamente, doblándole la pata en menos de un minuto escaso… me reí mucho al acabar el lance, que ofrendó a mi amo un estupendo animal, casi plata; el individuo en cuestión no acababa de dar crédito a sus ojos; nos miraba a mí y al venado alternativamente y se rascaba el cogote, al tiempo que murmuraba un largo y sentido “jooodeeeer…” muy por lo bajinis. Tras ese y otros muchos lances, Genarito es un incondicional de la arquería de caza y farda de continuo, con absoluto descaro entre sus compañeros de profesión y amiguetes de taberna, de lo que mata su señorito conmigo, de cómo vuelan mis flechas, de que si las puntas de caza, de que si el visor… vamos, ni que fuera Howard Hill reencarnado, regalando conocimientos a diestra y siniestra… otro converso más, vaya.”

“Claro está, al otro le faltó igualmente tiempo para hacer la mochila y salir echando chispas hacia la finca, faltaría más; a mí me entró también el gusanillo de la caza, así que todo el mundo contento y nosotros a lo nuestro. Hacía muy poco tiempo que habíamos llegado al refugio que hay en mitad del cazadero cuando ya aparecía Genaro, con esa motillo suya que hace un ruido de mil demonios, apestando a gasolina y a escape fundido; creo que este pollo sigue sin entender la importancia y la belleza del Silencio, pero qué le vamos a hacer. Tras los saludos de rigor, y con un par de pitos encendidos, que Genarín se priva por el humo americano, entran en materia. Resulta ser que la semana anterior, y en el Barranco de la Sierpe, pues tan atractivo nombre tiene el rincón en particular, Genaro había descubierto rascadas muy grandes en uno de los árboles que festonean el fondo del terraplén, junto con excrementos y con abundantes huellas que, de tomarle juramento al buen guarda, hubiera afirmado con toda rotundidad que pertenecían al gachó del arpa, se lo juro por mis hijos, señorito, que son inconfundibles por el tamaño y por la profundidad, que joder qué pedazo de patas tiene el bicho, coño, que ya es nuestro esta vez, etc., etc.”

“Por todo lo cual, y a despecho de la astucia y experiencia que presumimos en el venado en cuestión, Genaro se entregó en cuerpo y alma a montar un cebadero y su correspondiente puesto de los de antología, tapando las ramas cortadas con barro, esparciendo en los lugares adecuados orina de pepa en celo, borrando sus huellas perfectamente, manejando todo con guantes de cirugía y, en fin, echando mano de todo su saber y finura en el monte, por no hablar del cuidado especialísimo que puso en controlar los vientos dominantes del lugar, complejos y caprichosos tratándose de un barranco no demasiado profundo. Además, y según él, el venado venía acompañado por alguna pepa que otra, lo que dotaba al futuro lance de mayor dificultad y atractivo, si ello fuera posible.” “A estas alturas de la charla, a mi amo le hacían los ojos chiribitas; casi se le acaba el tabaco, que se han cepillado ambos contertulios en nervioso contubernio y con la celeridad del rayo. Nada, nada; de aquí a una hora estaré sentado en el puesto, y ya te contaré, Genaro; muy bien, señorito, verá Vd como esta vez lo trincamos al bicho ese, hombre”.

“Dicho y hecho; mientras mi amo se aprestaba a vestirse y a recoger su equipo, a revisar las puntas y a preparar el maquillaje, Genaro revisaba el todo terreno aparcado en las inmediaciones del refugio, silbando para sí una cancioncilla de lo más tonta. Quince minutos después, nos bajábamos del vehículo en el mismísimo barranco. Todo acto de creación es también un acto de orgullo, y Genaro no podía disimular el que le embargaba tras la contemplación del puesto de marras que, desde luego, era una obra de arte. Incluso había calculado el hombrecillo las líneas de tiro más correctas para que mis flechas pudieran alcanzar el tan deseado objetivo. Se quedó mirando a mi dueño, con ojitos de querer, esperando una palabra amable, el reconocimiento de lo bien hecho; cierto agradecimiento, en suma. Mi amo miró el puesto, lo examinó minuciosamente, detalle por detalle, como a él le gusta. Acto seguido, dirigió la vista hacia Genaro durante un instante que me pareció eterno, y le guiñó un ojo, sonriendo ampliamente. Ambos rieron bajito, por no alterar demasiado el silencio, y se estrecharon las manos con fuerza. Poco después, el coche que se va y yo que subo al puesto izado por mi dueño con una ligera cuerda; un par de movimientos más, la mochila colgada de una rama providencial y una flecha encocada en mi cuerda… comienza la espera.”

“A mí, desde luego, no me pilla por sorpresa pasar una noche en el monte, haga frío o calor, con luna o sin ella y colgado de un árbol. No obstante, puedo entender a la perfección los nervios, sudores y sobresaltos que padece un novato en estas lides. El bosque entero parece cobrar vida a medida que la luz se va extinguiendo; cada matorral se convierte en un amasijo de sombras móviles, que susurran palabras oscuras dirigidas al cazador; los movimientos repentinos de las aves nocturnas, de pequeños predadores del aire y de sus víctimas, confunden los sentidos del hombre que se encuentra solo, inmerso en toda esta sinfonía vital. Poco a poco, se va imponiendo una calma tensa, que el deportista espera ver quebrada por la súbita aparición de su presa, de su rival, de su contrincante que, la mayoría de las veces, es más astuto que él. ¿A quién, sino a un hombre, se le ocurriría internarse en el terreno propio de su presunta víctima, dándole así la mayor parte de las oportunidades a la hora de la defensa o de la huída? Supongo que alguien puede llamarme cínico, pero, con franqueza, me parece un tanto descabellado el intento; en fin…” “Total, que como a las dos horas de estar subido en el puesto, en silencio y en completa inmovilidad, como mandan los cánones, ahogando algún carraspeo en la axila y reprimiendo unas tremendas ganas de fumar, nada ni nadie había perturbado la quietud del atardecer, ya casi convertido en noche cerrada.”

“De cualquier manera, mi amo no desespera ni languidece; es más paciente que yo, que ardo en deseos de enviar una flecha hacia el corazón de la pieza. Por algo soy un arco de caza de alta gama, cuyo diseño vio la luz en los laboratorios de una reputada compañía americana; no he atravesado el Atlántico para estar cruzado de brazos, antes al contrario. Así, él aprovecha estos momentos de espera para encerrarse en sí mismo, para disfrutar de los recuerdos de lances anteriores y, sobre todo, para prepararse mentalmente ante la posibilidad de un enfrentamiento cercano, que puede ser único. Por eso, intenta alcanzar un cierto estado de armonía interior, o un mínimo reflejo del mismo -no sé por qué me da que esa situación es francamente difícil de alcanzar para casi todos los humanos, por mucho tiempo que vivan- que le permita serenarse a la hora de la verdad, antes, durante y después de ese instante místico en el que la flecha parte desde mi cuerda, rápida y letal”. “Pasan horas y más horas, densas, espesas, largas, muy largas. Ni rastro de movimiento, al menos no del que nos interesa. Bien es verdad que algunos conejetes despistados han pasado muy cerca de nosotros; también es cierto que un zorro les ha seguido taimadamente al poco rato, pero nada más; ni cuernos ni navajas han roto el monte. Supongo que a mi amo no le importaría en absoluto flechear un buen marrano, ya que estamos puestos; no es para nada un hombre que le haga ascos a un buen lance y, en honor a la verdad, el jabalí es una pieza que parece hecha a la medida del arquero que gusta de practicar la espera, capaz de colmar los deseos de todo buen aficionado. Todo ello, además, con independencia de su tamaño o del largo de sus colmillos, que esa es materia en la que la mayoría de los compañeros de correrías de mi amo resultan más bien poco exigentes, los pobres”.

“Aún así, no quiere hoy el bosque dejarnos ver ninguno de los tesoros que guarda, y en cuya busca hemos llegado hasta aquí; qué se le va a hacer; por eso se llama caza y no tiro al blanco. Mi amo se despereza lenta y dolorosamente, sacándose el entumecimiento de los huesos tras de una larga espera; baja su equipo, me baja a mí, y a esperar, esta vez a Genaro, que llega muy pocos minutos después, nervioso e ilusionado. Sonríe el cazador y le enseña, a la luz de los faros del todo terreno, las manos vacías. Genaro parece que encoje de tamaño, el cuitado, y se le caen al suelo las comisuras de los labios, de puros achares que le entran. Nada, hombre, vamos al refugio y ya hablaremos. Llegados allí, un par de cigarrillos, unas copas de coñac al amor de la lumbre, y a cenar, que mañana será otro día, digo yo. Que si el viento ha revocado; que si mucho ruido en el monte; que si no hay luna… ¡Qué más da, caramba¡ No acabo de entender esta manía de buscarle explicación a todo, de intentar encorsetar en pautas humanas el comportamiento de los animales salvajes. Quizás sea porque yo no tengo ningún problema en permanecer quieto y en silencio, siempre expectante, durante todos los días de mi vida; quizás sea porque yo envejezco mucho más despacio que cualquier humano; tal vez, porque mi corazón de metal juzga con mucha más dureza mis errores y los de los demás que uno de estos patéticos muñecos de carne y huesos, que se dicen hombres. Si no se caza, no se cazó, y punto; qué barbaridad, qué ansia de recuerdos embarga al ser humano…”

“Un nuevo día golpea con suavidad los cristales de las ventanas de nuestro refugio, esperemos que cargado de buenas intenciones. No es mi dueño un hombre madrugador, precisamente, pero en el campo se sacude la pereza con un afán digno de mejores empeños, desde luego.”

“Con las primeras luces estamos él y yo explorando el monte con detenimiento, saboreando con deleite estos momentos, que no hacen sino enriquecer la experiencia suprema de la caza, de la comunión con la naturaleza que lo envuelve todo. Mi amo se inclina, revuelve el suelo, levanta hojas, se pone a cuatro patas, otea desde los riscos con los prismáticos, deshace alguna bolita de excremento entre sus dedos enguantados y, por fin, encuentra algo de lo que está buscando con tanta intensidad. Efectivamente, a pocos metros de donde hemos instalado el puesto, profundas huellas denotan el paso de una pequeña punta de venados, comandados, obviamente, por el fantasma de grandes cuernos cuyo recuerdo nos ha arrastrado hasta estas soledades. Se desplaza en compañía de tres hembras y de un cervatillo, con cautela, atravesando el monte por ese paso de vuelta a su encame, supone mi amo. Algo más notamos, un tanto extraño: tras las huellas del venado y de su séquito, encontramos las de otro ciervo más pequeño que el primero, y que parece seguir al grupo principal a una cierta distancia, como con reparos, como si intentase que su presencia pasase desapercibida para los otros animales. Me gustaría hallar la explicación a este comportamiento, así que espero impaciente la caída de la tarde para volver a ocupar nuestro lugar en el barranco.” “Hemos comido solos en el refugio, degustando plácidamente los fuertes sabores de los alimentos de esta tierra, abastecidos con largueza por la amabilidad de Genaro y de su esposa. El guarda no hace acto de presencia durante este rato; algo le habrá entretenido en el cortijo o en el pueblo; algún “enredo”, como se dice por aquí, le habrá ocupado esta tarde. No importa; café, cigarrillos, mochila al hombro y caminito hacia el puesto, que para luego es tarde. No sopla ni gota de viento, y la hora, aunque fresca, transmite una placidez agradable y candonga, como invitando a la siesta; ya dormirás cuando mueras, amigo mío; ahora hay mucho que hacer. Ya encaramados en la plataforma, comenzamos el ritual tantas veces ensayado, tantas veces vivido, pero siempre preñado de esperanza. Se acabó el fumar; comienza el silencio…”

“Mientras, por unos momentos, reposo sobre las rodillas de mi dueño, ya bastantes horas después de iniciada la espera: parece que se está cansando un poco. Divaga su mente, ya relajado, por los bulevares cercanos al sueño, festoneados de recuerdos de aquí y de allá, que llaman con voz de sirena, que precipitan al incauto en brazos de esa necesidad tan curiosa e inoportuna, de ese cerrar los ojos y ser feliz, tan humano…”.

“De pronto, suaves crujidos a la derecha del puesto ahuyentan el ensueño que se estaba apoderando del cazador tan alevosamente. Bajo la luz que comienza a ser incierta, una linda pepa rompe el monte con toda la prudencia de la que es capaz, que no es poca. Tras ella, otras dos comparecen, seguidas por el cervatillo cuyas huellas distinguió mi amo esta mañana. Sin duda, las golosinas que Genaro depositó en el comedero han sido detectadas por su fino olfato y, por una vez, la curiosidad y la gula han vencido al recato y a la cautela naturales.”

“El corazón de mi dueño comienza a galopar, frenético; pese a haber visto infinidad de piezas de caza, siempre se siente como si fuera la primera vez. Supongo que por eso sigue cazando, claro. La vista resulta espléndida, pero el monarca no acaba de aparecer; quizá está esperando, oculto entre las altas jaras, en espera de los acontecimientos. Por si acaso, el arquero no mueve ni un músculo; nada hace adivinar la vida que se oculta tras la cara maquillada e inmóvil, cuyos ojos se desplazan con toda la lentitud y suavidad posibles, evitando siempre mirar de frente a las ciervas. Algo terrible debe de contener la mirada del hombre cuando ningún animal es capaz de aguantarla de frente, según se dice; a mí, en todo caso, me deja completamente frío. Cuando ya las ciervas se están alimentando golosamente, de súbito, unos pasos sobre la tierra seca, una gran cuerna que comienza a adivinarse por entre la muralla de arbustos que nos rodea, catorce puntas que cortan el aire quieto y dulce de la última hora de la tarde… llegó el noble animal, que es ciertamente impresionante en su apostura. Dejándose ver poco a poco, adelantando el robusto cuello para fisgar cómodamente, acaba por acercarse al comedero, que se halla a unos veinte metros de nosotros. Mi amo, completamente imbuido en su papel, le deja cumplir, le permite una falsa tranquilidad, acorde con sus fines, con suavidad, sin prisas.”

” El soberbio espectáculo tiene enganchado completamente al arquero, que lo está disfrutando a fondo, según veo. Lentamente, el clímax se acerca; el cazador está ya tomando una posición más cómoda para el disparo; la punta de caza brilla en la penumbra, preñada de amenaza y de dolor; comienza la apertura, mis palas se están doblando ya, aprestándose a cumplir su misión…” “Algo no marcha; algo está fallando. La pepa más vieja, la primera que se asomó al puesto, rebufa y ladra, nerviosa. Mi amo respinga y deja la cuerda nuevamente en reposo. El venado, colocado en tres cuartos con respecto a nosotros, gira su cuello hacia la derecha, en dirección a la espesura, donde otra cuerna surge de improviso. Es el segundo ciervo que rastreamos esta mañana, no hay duda. Joven, más que el primero, mueve la cabeza en señal de claro desafío al monarca. Este le contesta con un bufido y recoge el guante, mientras toma posición, henchido de poder y de gracia, en el centro del pequeño claro que se abre junto al comedero, cerca del fondo del barranco, como esperando la acometida del rival, que no cesa de patear el suelo y de menear su noble testa “.

“Mi dueño no puede creer lo que estamos viendo; no estamos en berrea; ya pasó y, sin embargo… parece algo personal entre ambos machos, idea absurda, desde luego, pero no se le ocurre otra explicación.” “Entonces, en ese momento, mi amo advierte, con asombro, que las dos luchaderas de la cuerna del intruso son dos auténticas dagas: por un capricho de la vida, del bosque, este sujeto ha desarrollado dos armas letales en su arboladura, dos instrumentos que pueden convertir en encuentros mortales las luchas intra específicas de estos hermosos animales, que normalmente no tienen mayores consecuencias. No ceja el rebelde en su actitud agresiva, ni se echa atrás el gallardo monarca; la tensión crece en el aire, mientras las pepas se arremolinan tras su dueño y señor, sin saber qué hacer, sin apenas moverse. Sin previo aviso, se produce la embestida brutal, repentina; suenan las cuernas, como madera viva, en la umbría del bosque; saltan pedazos de tierra en todas direcciones y el polvo envuelve a los combatientes, que se acometen una y otra vez, sin piedad. El arquero no es capaz ni de pestañear y yo contemplo la feroz escena con todo el interés que soy capaz de sentir, mi espíritu junto al del venado más viejo, seguramente porque siento que la lucha de quien pelea sabiendo que va a perder me resulta la más noble de todas, en un arranque de humanidad que no me corresponde en absoluto, que me sorprende y que achaco, desde luego, a la perniciosa compañía de mi dueño, digo yo”.

Porque, efectivamente, las fuerzas del paladín se están agotando con rapidez; se detiene, resuella trabajosamente, elevando los costados sucios de polvo, y parece que le cuesta ya mucho trabajo responder a la fogosidad del intruso, incansable y violento. Así las cosas, y cuando el gran venado se encuentra parado a mitad de camino, el joven le embiste con fiereza redoblada, pero apuntando esta vez a un costado, donde le hunde las afiladas luchadoras, hiriéndole de gravedad. Es terrible, pero sin duda conoce el poder de su letal deformidad. Brama el herido, insiste el asesino; la sangre, roja y cálida, salpica las jaras, hiende el aire quieto que presencia la escena, salvaje y tremenda. “El arquero ya no duda más; ha salido de su trance a los pocos instantes de que acabase la tragedia, que ha durado escasos minutos. Aprovechando que los dos animales están completamente concentrados en sus propios ritos de vida y de muerte, se incorpora en el puesto, se deja colgar de su arnés, y en un movimiento fluido y rápido, me hace enviar una flecha, una sola, hacia el pulmón del asesino, que respinga, cocea y emprende una huída que acaba, treinta metros más allá, bajo una alta mata de jaras que suelta una nube de polvo al recibir el impacto de su cuerpo sin vida. Las pepas, más astutas que los machos, ya nos han divisado, por lo que se pierden, raudas, en la espesura, ladrando y acompañadas por el cervatillo, que huye despavorido.”

“Acaba aquí el drama, fugaz y violento, tan cierto como la propia luz de esta tierra. A pocos metros de nosotros, envuelto en polvo y sangre, se halla el monarca, cubierto de heridas por las que su vida ha salido en busca de pastos mejores, arrastrada por un error de la naturaleza, por una injusticia cósmica a la que mi amo, con buen criterio, ha puesto punto final. El asesino reposa cerca de allí, junto a la jara. Hará, desde luego, un hermoso trofeo, feroz y trágico, en casa del arquero. En cuanto al otro ciervo, posiblemente ocupe otro lugar, muy cercano al de su matador, en nuestro hogar.” “De lo que no cabe duda es de que ambos habitarán por siempre en los recuerdos que compartimos, en callada amistad, mi amo y yo. Jamás olvidaremos, ninguno de los dos, el espectáculo salvaje y maravilloso que hemos tenido el raro privilegio de presenciar hace muy poco tiempo, aunque suspendido ya, tan pronto, en la niebla de la vida que pasa.” “Bajamos del puesto, caminando hacia las luces del coche de Genaro, que se acerca con rapidez. Esta noche, en el refugio, habrá mucho que contar, muchos recuerdos que compartir, mucha carne que preparar. Creo que estoy contento de pertenecer a quien pertenezco; alabo su decisión, porque me parece justa y acertada, y solamente siento la muerte del gran venado, que posiblemente hubiera merecido un final más noble, menos violento”.

“Pero, al fin y a la postre, el drama que contemplamos no hizo sino demostrar, una vez más, el humilde papel que le toca jugar al hombre en el concierto de la naturaleza, de la vida del bosque, por muy distinto que sea el concepto que de sí mismos tienen, en general, estos curiosos forjadores de sueños, estos divertidos ilusos que tratan el mundo como si fuese suyo. Mi amo, por supuesto, ha aprendido bien la lección, suponiendo que fuese acreedor de ella, pobre hombre.”

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Pisando suave…

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“Por tu pie, la blancura más bailable,
donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable.”

El rayo que no cesa, Miguel Hernández

No recuerdo con demasiada claridad cuándo comencé a sentirme atraído por los pies femeninos. Cierto y verdad es que siempre me habían parecido obras maestras de esa misteriosa ingeniería que conocemos como evolución, de ese alegre demiurgo que, con el concurso de infinidad de eones, entra y sale de nuestras existencias a capricho, para modelarlas según sus propias creencias, deseos y opiniones. No hay más que verlos funcionar para darse cuenta de que son una magnífica e imprescindible herramienta para el ser humano, que arranca su carrera hacia la supremacía universal en cuanto se convierte en un animal bípedo, en el momento en el que eleva su mirada por encima de amigos y enemigos, apoyado precisamente sobre sus pies, y protegidos éstos por el calzado. Hacen posibles  los movimientos de la persona, velan por su equilibrio y reparten con asombrosa facilidad pesos y potencias para que todo funcione como la seda, puesto que esa y no otra es su función fisiológica.

Pero yo no soy médico ni fisiólogo; en todo caso, y otorgándome yo mismo un voto de confianza, podríamos afirmar que, en lo tocante a tan deliciosos asuntos, soy un simple esteta de cierta edad, al que le apasiona contemplar el epítome de la hermosura, de la belleza y de la personalidad que es un pie femenino bien formado. Este asunto de la perfección de las formas reviste cierta complejidad, lo sé. Sin ir más lejos, el otro día una querida amiga me pedía que definiera, según mi punto de vista claramente fetichista  -más bien obsceno, aunque civilizado, en consecuencia-   qué requisitos debe reunir un pie femenino para que de él podamos predicar su perfección. La verdad es que la pregunta me sorprendió un tanto porque, pese a que otra cosa pudiera parecer, no había reparado mucho en esa cuestión, al menos no de manera consciente.

Me explico. Nadie aquejado de la bendita afición de la que estoy hablando le haría ascos a un pie femenino de tamaño medio, bien cuidado, suave, con esas uñas parejas y diríase que nacaradas que brillan como cinco diamantes, rematando unos dedos del largo adecuado, sin imperfecciones. Si añadimos un arco bien proporcionado, un tobillo fino y elegante y la cantidad justa de venas, ligeramente abultadas, y, en su caso, un esmalte de uñas atractivo y sugerente, no podremos negar que nos encontramos ante un verdadero regalo para los sentidos, una visión magnífica tanto para la contemplación como para el sexo. Cánones hay que marcan los requisitos para la perfección del pie, como el griego o el egipcio, disímiles entre sí pero igualmente interesantes a la hora de disfrutar y polemizar con este asunto.

Por otra parte, y sin renegar por descontado de la hermosura de ejemplares semejantes a los arriba descritos, hay pies  -como hay manos-  con una personalidad tan acusada, con una vida tan propia, que no necesitan de una excesiva cercanía a la perfección para enamorar casi de inmediato. Pueden tener alguno de los defectos más comunes quizá, pero la visión de su conjunto te acaba atrapando irremisiblemente; por descontado, ignoro el por qué, pero me consta que así es. No descubriré gran cosa si afirmo que el calzado, bien escogido para la ocasión, puede marcar importantes diferencias. No es lo mismo un anodino zapato de salón que un modelo con tacones imposibles, con afilada punta, que posee, a mi modo de ver, una potente e innegable carga erótica; no es lo mismo una sandalia claudia que una egipcia, ni sujetar un dedo  -casi siempre el gordo-  para dejar libres los otros que hacerlo justamente al revés, si bien todos estas variedades de calzado abierto resultan, opino, tremendamente favorecedoras  para un pie hermoso o de fuerte personalidad; le complementan, le embellecen y adornan, y aumentan drásticamente su atractivo natural, que ya alcanza cotas sublimes si su afortunada poseedora usa anillos en sus dedos. Me torturan esas sandalias que, por falta de un diseño correcto o con la peor intención del mundo, apenas dejan ver más que la punta de los dedos de quien las calza. No me refiero a los famosos peep-toe, que pueden resultar pícaros e interesantes, sino a sandalias más modernas, cargadas de mala intención, y que siguen esa máxima del erotismo que afirma que es mucho más sexy sugerir que enseñar, y con la que no siempre estoy de acuerdo, máxime en el tema que nos ocupa.

Juega también, qué duda cabe, un papel fundamental, la intención con que su dueña luzca estos bellos miembros, o su falta de ella. Como siempre ocurre en la vida, hay quien se sabe sobradamente dotada y hay quien conoce a la perfección sus limitaciones, como hay también quien no se preocupa en absoluto por semejantes cuestiones, no llegando siquiera a reparar en ellas. Las primeras pueden echar a perder su natural ventaja por el mero hecho de abusar de la misma, mientras que las segundas, sin embargo, es fácil que destaquen más por saber jugar mejor sus bazas, siendo éstas como son más escasas que las del primer grupo. Por descontado, todas ellas son mujeres y algo saben del tema, en mayor o menor medida. Y si no es así, que alguna me conteste, por favor, a la siguiente pregunta: ¿por qué muchas mujeres, cada vez más, se pintan las uñas de los pies y no las de las manos, mucho más a la vista normalmente? Pues porque saben perfectamente que esa parte de su anatomía, que se revela a la luz, a la vida, y se ofrece como ambrosía a los sentidos, florece en primavera y verano, puesto que en invierno el frío obliga a proteger los pies, ocultándolos hasta que el ciclo interminable vuelve a hacer eclosionar su innegable belleza. “ Hay que aprovechar, por tanto, los cortos días en los que el bendito sol de este país y el relajo al que inclina el verano favorecen la orgullosa exhibición que tanto me agrada”, piensan todas ellas, cosa que les agradezco profundamente. No obstante, puesto al habla nuevamente con la amiga que antes citaba, y formulada la anterior pregunta sin la menor intención retórica, me contesta, en resumidas cuentas, que se trata de embellecer algo que suele ser, por defecto, “feíto”, más que las manos, y que por lo tanto hay que acudir a la pedicura para mejorar en lo posible estos poco favorecidos miembros; además, parece ser que llevar uñas de manos y pies a juego es hortera y antiguo… Bueno, vale. Lo de “feíto”, en labios de una mujer hermosa, que acompaña la palabra con un ligero y encantador mohín de suave repugnancia, me aterroriza totalmente. Preferiría sin duda la mas atroz obscenidad a semejante diminutivo, por cuanto éste alberga, en pavorosa condensación,  el más espantoso de los desprecios femeninos… Casi nada.

Pero me gusta más mi propia teoría, la verdad, y con ella me quedo. Posiblemente no se acerque a la realidad; a lo mejor los hechos son mucho más prosaicos y anodinos, más planos y vulgares, pero mi propia creencia me permite, claro está, juguetear con la maravillosa ensoñación que todo objeto de deseo produce, con el mundo de sensaciones que regala a los sentidos, fantaseando con entera libertad y sin traba alguna, sin tener que descender a una aburrida y ramplona sesión de pedicura.

Destacar también que, casi inevitablemente, uno acaba buscando similitud, correspondencia, entre manos y pies. Supones, de modo casi automático, que la poseedora de unas manos atractivas disfrutará de unos pies con idéntico privilegio y viceversa; claro está que yerras estrepitosamente, para lo mejor y para lo peor, en infinidad de ocasiones, lo que no hace más que aumentar el placer de conocer, de ver, de tocar y de besar. Tengo una amiga –o por mejor decir, conocida-  que encaja a la perfección en lo que conocemos como mujer de bandera, como real hembra, a pesar de que, como yo, ya está más en las filas del Tercio Viejo que en las de la  caja de reclutas. Pues bien, una gran parte de su indiscutible encanto, se disipa, en lo que a mí respecta, cuando llega el verano y exhibe de continuo sus cuidados pies en  sus sandalias, siempre caras y elegantes, pero incapaces de suplir aquello de lo que su dueña carece, por desgracia… para mí, claro, no para ella. No cuadran sus apéndices con su cuidado estilo ni con su más que evidente atractivo, qué le vamos a hacer; nadie es perfecto, y la naturaleza se ocupa de recordárnoslo a diario.

Sea como fuera, es este un asunto divertido y lúbrico que ocupa de vez en cuando mi caletre. Entretiene mis meninges y alegra mi corazón y mis sentidos todos, cuando me enfrasco en la peculiar apuesta que hago conmigo mismo al contemplar a las mujeres, en las preguntas que me asaltan al borde ya del verano, ese mágico momento del año en el que tantos deliciosos misterios son, finalmente, revelados. Sin lugar a dudas, el fragante céfiro del estío me regala nuevas ocasiones para brindar por la belleza y por la vida.

¿Será, acaso, por eso, mi estación favorita?

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Plaza de Olavide

damas_thumb[10]Anoche, de madrugada temprana, una lluvia fina y molesta caía sobre Madrid. Inmisericorde, calaba hasta los huesos de puro aburrimiento, a fuerza de insistir en su monótona tarea, dejándome el cogote helado al desaparecer casi instantáneamente, evaporada por el calor de mi cuerpo.

Atravesaba yo la plaza de Olavide, camino de mi casa, cuando les vi. Casi ocultos entre las sombras que proyectaban los arbustos y setos que adornan el lugar, y apenas dos siluetas para mis ojos, cegados momentáneamente por las farolas de la calle, pero allí estaban. Pude distinguirles con más claridad al irme aproximando a ellos, mientras seguía mi camino.

Eran muy jóvenes, apenas en la veintena. Bajo el cielo anaranjado y húmedo de anoche, de estas noches, exhibían sin pudor alguno su juventud, como debe ser. Me llamó la atención lo escaso de sus ropas, teniendo en cuenta la temperatura y el agua que caía como si no tuviera otra cosa mejor que hacer. Pero, en realidad, esa circunstancia, esa llamativa falta de abrigo, no era lo más importante de la escena que yo estaba presenciando. Lo realmente peculiar, lo mágico del momento era, sin lugar a dudas, la actitud de aquellos dos mocitos, chico y chica: se estaban besando apasionadamente, sin contemplaciones, tan entregados a su placer que ni siquiera levantaron la vista cuando mis botas les salpicaron, sin poderlo evitar, cuando pasé junto a ellos.

Sí, ya lo sé. Se me dirá que qué tiene de extraordinaria semejante visión. Se argumentará de contrario que tantísimos seres humanos, jóvenes y menos jóvenes, se besan y se acarician en público, que la escena que estoy refiriendo no tiene mayor importancia, que es algo trivial. Y muy posiblemente, tenga quien así opine toda la razón del mundo, no seré yo quien lo discuta. Al fin y a la postre, y en lo tocante a cuestiones relativas a los usos sexuales del momento, poca cosa hay que me pueda sorprender, como calculo que le ocurre a la inmensa mayoría de los miembros de mi generación: nada tiene de particular , por tanto, una pareja que se besa en una plaza.

Pero yo sé lo que vi. Esa postura llena de ansia, las manos crispadas, ese abrazarse como si el mundo se fuera a acabar de inmediato, esos rostros ajenos a todo lo que no fuese su amor, me emocionaron profundamente, para mi sorpresa. No importaba el frío; la lluvia era un accesorio más de aquel improvisado escenario; ni las miradas de guasa de los escasos viandantes ni el viento que jugaba con los cabellos de la chica tenían el más mínimo significado; no suponían impacto alguno contra la férrea determinación de los jóvenes amantes. Tras cada beso, profundo, lleno de entrega, separaban sus labios y se miraban a los ojos, sonrientes; se acariciaban el rostro y los cabellos, con la expresión arrobada de quien descubre, maravillado, la extensión insondable y eterna de la persona amada, el territorio fecundo en emocionantes enigmas que espera a cada amante en el corazón y el alma de su pareja. Se estaban entregando, ante mis ojos, el regalo más preciado y magnífico que una persona puede dar y recibir de otra.

Yo, como casi cualquier mortal,  he tenido mi parte en esas necesarias ceremonias del amor y de la vida, y las he disfrutado con tanta pasión, decisión y entrega como me ha sido posible, a fuer de sincero. Y claro, no pude evitar el rápido asalto del recuerdo, que se me echó encima con la fuerza cantarina propia de un ser de luz nacido en tiempos mejores, más jóvenes y alegres. Ante mí desfilaron en un instante, y a la velocidad del rayo, los momentos más hermosos, más intensos, románticos y sensuales de toda mi particular trayectoria. Y si no fueron todos, sí, desde luego, los más recientes y los más apasionados, vive Dios.  Aunque sólo se deba a que más sabe el diablo por viejo que por diablo, ningún ritual amatorio me pilla demasiado a trasmano, entre otras cosas porque siempre he profesado la sana costumbre de pasarme por el arco del triunfo todo lo que en semejantes lides me oliera a corrección política. Hoy día, sigo disfrutando del amor y de las delicias de la vida en pareja, afortunadamente para mi, y el caleidoscopio de mis experiencias y de mis recuerdos es, así,  cada vez más rico y variado.

Pero, no obstante lo largo de mi periplo sobre esta tierra,  yo también llegué anoche a casa con una sonrisa en los labios y con un grato calorcillo en el pecho, como supongo que les ocurriría a esos dos jóvenes desconocidos, por no citar algún que otro asunto fisiológico que les acompañaría a la cama, sobre todo a él.  Contemplé un pequeño milagro, cuya importancia no se ve menoscabada por su cotidianeidad: en mitad de la noche, pese al frío y a la lluvia, dos seres humanos priorizan lo que es realmente importante, se ponen el mundo por montera y deciden que, frente a todo y frente a todos, su amor, su placer, su entrega son lo primero, lo único que merece la pena bajo las oscuras estrellas del cielo de Madrid.

Quiero suponer que lo mismo ocurre bajo cualquier otro cielo, en cualquier otra noche y contra cualquier otra cortina de lluvia que descienda del azul. Y espero y deseo que así sea, por nuestro bien.

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Nuevo orden

IMG_0924Intenta uno escribir como vive, o, lo que es lo mismo, vivir como escribe. Escribo  -insisto, intento escribir-  a carajo sacado, con toda la valentía de la que soy capaz, poniendo en ello todo el coraje del que carezco, lamentablemente, para otros menesteres. Hago frente a mis fantasmas y a mis obsesiones en un doloroso viaje, para conseguir exorcizarlos por el mero expediente de compartirlos con quienes me hacen la merced de asomarse a mis llanuras interiores, con aquellos que curiosean amablemente en los recovecos de mi ego. Procuro así deshacerme de antiguos demonios, aunque esa arriesgada maniobra no sirva, en multitud de ocasiones, más que para invocar otros nuevos, diferentes e igualmente poderosos.

Vivo  -insisto, intento vivir- con el escaso arrojo que a estas alturas me queda, guarecido en la fortaleza infame, nunca deseada,  de la edad madura, en ese correr de los días que comienza a perder el brillo lujurioso de lo que fue. Me resisto, siquiera sea a la desesperada, a abandonar antiguas posiciones, viejos postulados vitales que amenazan con  venirse abajo ante el peso insoportable y blanco de la nada que se aproxima.

De ahí esa dicotomía sangrante, esa tan íntima contradicción. Muy posiblemente, se acerca el momento de comenzar a aceptar la actual situación, más que a resignarse ante ella, de aplicar a la vida el valor que uno muestra frente a la pantalla del ordenador o a la taimada cuartilla.  Con toda seguridad, tiene que ser posible recoger todo aquello que el paso del tiempo no ha deteriorado irremisiblemente para recomponerlo, para contemplarlo todo bajo una nueva luz. Es imprescindible aplicar un nuevo prisma a los avatares de la vida ya recorrida y a los oscuros, ignotos meandros que se adentran en una desconocida distancia, esperando ser hollados para revelar sus arcanos.

Soy un hombre afortunado, siempre lo he sido. Cuento, a mi alrededor, con casi todos los ingredientes necesarios para encarar la peripecia diaria en busca de algo muy similar a la felicidad, por aquello de no pedir demasiado. Se impone, así pues, reunir el valor necesario para seguir adelante con arreglo a un nuevo y mejor orden de cosas. Me creo que ya he dejado en la gatera casi todos los pelos que me tocaba dejar, de manera que el resto del viaje no debería resultar excesivamente batido por los vientos ni azotado por la lluvia.

Y todo ello, porque en el fondo de mi viejo corazón creo a pies juntillas que ni escribir ni vivir merecen la pena si no ponemos en ambas actividades la pasión imprescindible, el tan necesario arrojo que permite al pecho ensancharse y respirar al compás del alma, aventurera,  reinventando la propia existencia si ello fuera necesario. Lo que haga falta con tal de poder seguir contemplando amaneceres llenos de limpia niebla, atardeceres oníricos y noches cuajadas de apasionadas singladuras.