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Las cenizas de Manolo, I

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Para mis amigos José Antonio y Alfonso Sánchez Martínez, con cariño. Y para Manolo, a quien no tuve el honor de conocer.

El lento, insistente ronroneo del aire acondicionado y el parpadeo de las luces fluorescentes, que chasqueaban ocasionalmente en la suave noche de agosto, eran los únicos sonidos audibles en el enorme hospital. Reposaba el gigante en medio de la ciudad a oscuras, mientras grupos de polillas zascandileaban, suicidas, en los haces de luz de las farolas. Una brisa agradable y fresca preludiaba el amanecer, y la aurora, bajando desde las cumbres de la sierra cercana, se disponía a abrir con la ternura de una amante, los ojos de los durmientes. Ocultas en los pasillos interminables pintados de verde, agazapadas en rincones inverosímiles, la alegría y la tristeza aguardaban su oportunidad para visitar a los dolientes humanos que reposaban en las entrañas del edificio. Había pasado ya esa hora crucial, esa zona fantasmagórica entre la vigilia y el sueño de madrugada durante la cual la Parca acostumbra a recoger su amarga cosecha, en directa competencia con la vida, que se manifiesta invencible y hermosa a iguales horas, llenando los amplios espacios vacíos del hospital con los llantos de los recién llegados al mundo de los hombres.

Médicos y enfermeras comienzan a dotar de bulliciosa vida las instalaciones, a veces ajenos al dolor de los demás, a su descanso, a fuerza de costumbre y de la necesaria disciplina, imprescindibles ambas para el buen funcionamiento de semejante titán. Vuelan las batas blancas por los pasillos, como palomas atrapadas por el sufrimiento del hombre, por su espantosa insignificancia; los zuecos de goma sisean sobre el limpio suelo, mientras salen a relucir termómetros, jeringuillas y toda esa variada parafernalia tan propia de los talleres de reparación de la especie humana, tan patética en su fragilidad.

Luis está dormido en una incómoda silla de una de las muchas salas de espera del hospital. Diseminadas por doquier, en los sitios más insospechados, ofrecen un precario reposo de impasible plástico azul a enfermos y a familiares. Súbitamente, empiezan a encenderse las luces de la zona, y el poderoso latir del edificio, la mezcolanza de conversaciones y sonidos que lo habita, se unen para despertarle con cierta premura. No ha querido descabezar un sueño apresurado y febril en la habitación de su amigo; no ha resistido la visión de su cuerpo, que parece deshacerse lentamente, fundiéndose con el aire quieto de la pieza.

Obviamente, no ha descansado Luis en demasía, ni mucho menos. Por si la implacable dureza de la silla fuera poco, el sueño que le ha acabado rindiendo es de ese tipo, desabrido, triste e inquieto, que todo el mundo sufre cuando la vida de un ser querido se está apagando irremisiblemente. Anoche llamó a los otros integrantes de la cuadrilla, de su querida panda del moco; usó el móvil para lanzar su dolor, su pena, a través de las ondas de la cálida noche madrileña, para llegar hasta sus amigos del alma. Limpias a pesar de la distancia, duras y cristalinas, preñadas de amargura. Así llegaron sus palabras a oídos de Carlos y Pepe, de los otros entrañables apéndices de una vida en común, de una juventud ya casi perdida.

– Carlos, Manolo se muere. Sí, ya estoy yo en el hospital. Ya sabes, la poca familia que tiene, ni asomar. He llamado a sus sobrinos, pero no me han cogido el teléfono; les mandaré un guasap ahora mismo. De todos modos, me da que no llegan a tiempo…

-Pepe, querido, se nos va ya mismo, no tiene vuelta de hoja, tío… Corre, que no llegas.

Se le entrecorta la voz, se ahoga con sus propias lágrimas. Hombretón sensiblote y ñoño, no puede evitar que los sollozos agiten toda su gran fisonomía. Manolo se muere, se muere a chorros. Qué horrible frase, en su redondez, en su estremecedora sencillez, en su contundencia. Y de no ser por sus amigos, se muere absolutamente solo en una pequeña habitación de la cuarta planta, tan ajena, tan pulcra, tan vacía.

“Las habitaciones de los hospitales dirigen siempre sus miradas hacia afuera, para no arriesgarse a contemplar las tragedias que tan a menudo albergan”, piensa Luis, y lo surrealista de la idea le despista, le confunde.

“¿De dónde habré sacado yo semejante sandez?”, se pregunta, cabizbajo.

Por esas cosas que tiene la vida, Manolo está casi perfectamente aislado de lo poco que queda de su familia más cercana; de la más lejana, ni hablamos. Durante los últimos diez años, se ha apoyado constantemente en su reducido grupo de amigos. Ha deambulado por la vida, sencilla y sin complicaciones, de un cincuentón de cierto nivel, compartiéndolo todo con su gente, con las personas que ahora mismo acuden velozmente para verle marchar, para ayudarle, si ello fuera posible, en el tránsito misterioso y terrible que se aproxima aullando hacia él a una velocidad espantosa.

Ensimismado en sus cuitas, no oye el cercano ascensor, que se acaba de parar en la cuarta planta. Carlos y Pepe salen en tropel; no corren porque sienten hacia la situación, hacia el gran edificio en el que han penetrado, ese temor casi religioso que inspiran las construcciones de su clase, pero se lee perfectamente en sus rostros la angustia del momento, la zozobra que produce el enfrentamiento final con lo inevitable, aunque sea en persona ajena a la propia.

-Qué hay, chaval… ¿Hay alguna novedad? Carlos pregunta sin esperanza alguna, claro está.

-Ninguna, de momento, pero anoche a eso de las tres de la mañana estaba gravísimo, me cago en la leche puta…

– Puto cáncer, puta vida… Pobrecillo…

Pepe no suelta prenda. De los tres amigos, ha sido el más cercano a Manolo durante los últimos años, aunque hoy casi llega tarde para siempre. Los dos divorciados, los dos sin hijos, con una buena situación económica, aficionados a la juerga y a las mujeres… Ellos organizaron la última gran escapada, el fiestón postrero, para la cuadrilla; ellos escogieron el lugar y la compañía femenina; ellos, en fin, montaron todo el andamiaje de cariño y de atención que hay que poner en este tipo de saraos para que todo funcione como la seda, para que nada chirríe. Y así fue, vaya que sí. Se agolpan los recuerdos detrás de los párpados cansados de Pepe, y una sonrisa que no cuadra con el momento, aunque es completamente sincera, asoma  a los labios de Carlos.

-Hay que joderse, con la que liamos hace seis meses… Parecía que estaba perfectamente, de puta madre. Fumó, bebió, cantó y se lió con las tías aquellas como el que más…

Luis mira al suelo mientras desgrana sus palabras. Se enfrenta al absurdo que porta consigo la muerte, todas las muertes. Sigue sin entender el por qué, sigue sin digerir la respuesta a tanta pregunta inútil, a tanto silencio como emana de los hombres y de los dioses en amargo manantial.

Un médico aparece en la sala de espera, con una expresión en el rostro cansado que no augura nada bueno. Se acerca a los amigos con paso lento, harto de la guardia que le ha tocado hoy, de sentirse portador de trágicas noticias, de la futilidad de su ciencia.

– Buenos días. ¿Son ustedes los familiares de don Manuel Esteban?

– Somos sus amigos; no hay ningún familiar presente y no sabemos si van a aparecer por aquí…

– Ya veo. Lo lamento muchísimo, pero debo comentarles que el señor Esteban ha fallecido hace diez minutos, a consecuencia de una parada cardiorrespiratoria. En breve, bajaremos el cadáver al tanatorio. Comprendo que es un momento muy difícil, pero tendrán ustedes que ir pensando en los trámites legales necesarios, si no hay familiares presentes…

Ya está. Se acabó definitivamente. El médico les da la mano, susurra apenas una frase de pésame y abandona la estancia, adentrándose en las entrañas del hospital, desapareciendo en sus fauces como por ensalmo. El tiempo parece detenerse mientras los tres amigos se miran entre sí, con los ojos cuajados de lágrimas, tapándose el rostro con las manos para no ver el horror que sobrevuela la habitación, que oprime sus corazones con dedos gélidos y crueles. Manolo ya no está.

Sin decir palabra, con los hombros caídos y los rostros en ruinas, toman el ascensor que les conducirá hacia el séptimo círculo, hacia el lugar del que nadie regresa, preñado de un silencio blanco y triste más allá del cuál nada sabemos.

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Aguas peligrosas (Rumores de la foresta, y V)

     grizzly-bear-wallpaper-2 “No puedo hacerlo… Eres tan hermoso, tan inocente, tan… ¿fieramente “humano”, por los dioses? Titania me perseguiría hasta los confines del mundo si se enterase. No, definitivamente no merece la pena devastar tanta belleza, buscando nada más que un nuevo carcaj; al fin y al cabo, ya cubre mis flechas una noble piel de lobo negro; es envoltura más que suficiente, creo yo…”

       Oculto tras una mancha de robles milenarios, de ramas retorcidas y nudosas, el elfo gris –niebla entre la niebla- respira hondo, sujetando el poderoso arco de caza en su mano izquierda. Apenas se distingue su enjuta figura entre el abrumador festival de colores otoñales que viste el bosque en esta época del año: un bosque libre y salvaje, lejos en el tiempo y en la distancia, ubicado en una era desconocida y, sin embargo, siempre cercana al corazón del hombre. Tan solo sus ojos, que chispean de cuando en cuando, soberanamente sabios, podrían llamar la atención de algún observador avezado, diestro en semejante menester. Su cabello, muy largo y casi blanco, contrasta fuertemente con la sensación de juventud que transmite el rostro aniñado y casi lampiño, en extraña mezcla de vejez e inocencia, propia de los individuos de su raza.

       Hace ya varios días que avistó, muy a lo lejos, la familia de osos de la que en este momento apenas le separa una veintena de metros. Dejó a buen recaudo su grifo de guerra, feroz montura, intentando así que su penetrante olor no pusiera sobre aviso a las astutas piezas que, a partir de ese momento, comenzaría a perseguir. Así pues, inició el largo y lento rececho, poniendo en la tarea todo el arte que un auténtico cazador atesora para tales momentos. Silencio absoluto, nada que cruja o que se rompa, llamando la atención; pasos lentos, espaciados y medidos, para controlar continuamente los caprichos del viento, las veleidades del aire y de los mil y un aromas que pueden delatar al predador.

       Tras un par de días de ardua labor, el elfo ha conseguido situarse a distancia de tiro de su presa. La osa, enorme, está reposando entre unos arbustos de bayas silvestres, tras haber dado buena cuenta de una cantidad asombrosa de los dulces frutos. Sesteando plácidamente, sin presentir el peligro que tan de cerca le ronda, aún se relame entre esporádicos gruñidos de placer, con la andorga llena. A pocos metros de ella, y concediendo un inusitado respiro a su madre, tres oseznos enredan y zangolotean, en infantil actitud, sin pensar ni por asomo en concederse un instante de quietud o de tranquilidad. Pletóricos de la energía que da la juventud, se persiguen, se muerden, ruedan por el suelo y se amenazan, creyéndose osos grandes, fuertes y feroces, en simpática parodia de sus mayores.

       Nuestro elfo, que en un principio se había visto atraído por el denso pelaje de la madre, ha cambiado repentinamente de opinión. En efecto, vista más de cerca, la piel de la osa revela, con patético descaro, las huellas inevitables de la edad. Algunas calvas por allí, tremendas cicatrices por allá; pelo que se cae y que cambia de color; trazas, en fin, del inexorable paso del tiempo. Posiblemente, deslucirán mucho el carcaj que el elfo desea fabricar con la piel, o la silla de montar que, sin duda, podría pergeñar igualmente el cazador. En cambio, la piel de los oseznos, la de uno de ellos en particular, reluce bajo la suave luz de la tarde, que el techo arbóreo y la ligera niebla tamizan entre sus dedos, derramando misterio sobre la hojarasca. Pese al barro y al polvo, producto de sus juegos, el abundante pelo marrón aparece mimoso y joven, perfecto y puro.

       Esta coyuntura hace que nuestro cazador decida definitivamente cuál será su presa: el osezno más activo de los tres, el que parece dirigir juergas y correrías con sus hermanos, el que más gruñe y amenaza, pensando sin duda en el gran macho que en su día podría llegar a ser…

       Manos a la obra. Extrae con movimientos lentos y precisos una flecha del carcaj, encocándola suavemente en la cuerda del arco. La flecha, de madera de cedro, luce tres hermosas plumas de cisne gris; brilla su barniz vegetal, que protege los anillos dibujados en el astil, símbolo inequívoco de su propietario. Mientras, la punta de caza presenta dos afiladísimos cortes que, sin duda, contribuirán a impartir una muerte rápida, indolora y limpia, según exigen las reglas del arte de la arquería de caza. Maestro indudable en este menester, el elfo ya ha tendido el arco, que se apresta a entonar su canto de guerra, de vida y de muerte, dejando partir en casi absoluto silencio su doloroso mensaje, que no es sino ansia de sangre.

       Ya están coordinados el ojo y el cerebro; aparece con claridad meridiana el punto de impacto sobre el cuerpo de la víctima, inmóvil por un instante; en ese momento supremo en el que los dedos que sujetan la cuerda comienzan a relajarse para dar paso a lo inevitable, durante ese segundo fugaz para el que todo cazador ha nacido, una duda asalta al elfo.

       “Es la primera vez que me siento así; muy curioso, después de tantos años de caza”, piensa para sí nuestro protagonista, francamente sorprendido por su propia actitud. “Si mi viejo maestro me estuviese viendo, no sé qué opinaría de mí; supongo que me habría ganado una buena reprimenda… o quizá no, quién sabe. Realmente, y por encima de todo, ¿no cazamos en persecución de la belleza? ; ¿no deseamos fervientemente atesorar efímeros momentos de emoción en el lance?. De alguna manera, nos equiparamos a los dioses a la hora de impartir vida o muerte, según nuestro arbitrio. Así pues, sea; le devuelvo la vida a esta criatura hermosa, feliz y libre, pues que libre soy yo también para hacer y deshacer a mi antojo, como dueño y señor del bosque…”

       “No obstante, y para que disculpes mis intenciones de hace tan sólo un momento, pese a que nunca llegarás a conocerlas, voy a hacerte un regalo, pequeño hermano. Cancelo así mi deuda contigo, y me voy tanto más satisfecho cuanto que me consta que nunca sabrás de mí, que jamás comprenderás qué te ocurrió en el día de hoy, así vivas muchos años. Sea esta mi ofrenda a tu belleza y a tu inocencia, y mi legado para el resto de tu vida”.

       Con suave sonrisa, el elfo coloca de nuevo la flecha de caza junto a sus compañeras en la rica aljaba que cuelga de su espalda; luego, distinguiéndola al tacto, extrae otra, de muy especial naturaleza. Reverbera con vida propia al recibir la luz, ya escasa, sobre su bruñida superficie, que parece por instantes transparente, diríase que etérea. En su punta, brilla intensamente una luz blanca y pura, capaz de dañar los ojos con fiero afán. Sin dudarlo esta vez, el mágico ser monta el arco y apunta contra el osezno; éste, de pie, amaga golpes contra sus hermanos, que se prestan al juego encantados de la vida. Ofrece, en toda su extensión, el pequeño pecho, cubierto por una suave borra marrón claro, casi peluche. Y es exactamente en el pequeño corazón donde impacta, con todo su maravilloso poder, la flecha que acaba de disparar el arquero…

       El osezno oye un ligero chasquido y nota, simultáneamente, un firme empujón en el pecho, que le hace caer de espaldas todo lo largo que es. Asustado, se incorpora, mira a su alrededor y gime lastimeramente; se frota la zona dolorida con una de sus patas y se pregunta, muy intrigado, qué le ha ocurrido. No hay heridas, no hay dolor excesivo ni sangre en parte alguna; tan sólo una comezón en el pecho, un poco enrojecido bajo el espeso pelaje. Sus hermanos le observan, repentinamente inquietos, y la gran osa se incorpora de golpe, con un gruñido profundo y amenazador, mientras atisba la zona boscosa que les rodea en busca del peligro, tardíamente detectado.

       Pero ahí queda todo. El osezno, ya repuesto del susto inicial, se revuelca de nuevo junto a los otros dos, y su madre parece dispuesta a retomar su plácida siesta, tras comprobar que nada malo ocurre.

       El elfo, otra vez tiniebla entre tinieblas, inmóvil como una estatua tras el disparo, ya se está alejando del escenario; continua sonriendo con ironía mientras sigue las trochas que le llevarán hacia el corazón del bosque. Su cabalgadura brama lejos de allí.

       “Bendito sea el bosque y benditas sus criaturas; algún día me lo agradecerás, hermano.”

       Muchos años después de estos sucesos, el bosque permanece virgen, perpetuándose a sí mismo en un rito inalterable…

       Una ardilla, que salta de rama en rama y de árbol en árbol, perturba la tranquilidad de la tarde con su frenética actividad y con agudos chillidos. En su incesante búsqueda de alimentos, y mientras azacanea entre piedras y ramas tras sus frutos preferidos, se engolfa en animada conversación con el resto de los habitantes del bosque con quienes se topa. Invariablemente, se trata del mismo mensaje:“Amigo, tienes que acudir tú también; esta noche, la Sombra espera en el claro bajo el gran roble, en lo más profundo de la foresta; creo que quiere hablarnos y yo, desde luego, no me lo pienso perder ni por todas las piñas del mundo…”

       Llegan sus palabras hasta el valiente azor, hasta el lobo de fríos ojos; las escucha el raposo de rostro afilado y el jabalí, nocherniego y montuno; acaban de herir el delicado oído del ciervo y ya bailan alegres ante los ojos saltones del sapo, inmóvil en su charca. Casi aplastan al frágil lirón mientras las paladea el águila de feroz pico, deteniéndose luego en las grandes orejas del conejo; tan eficaz ha sido la ardilla en su labor.

       Ninguno de ellos se permitiría la grosería imperdonable de faltar a la cita, entre otras cosas porque resulta un auténtico placer escuchar las narraciones de la Sombra, del peludo monarca de la espesura, a quien todos temen y respetan por igual. Todos se sienten a salvo, seguros y confortados ante la imponente presencia que inunda la umbría del bosque desde hace años incontables; los más avispados de entre ellos creen advertir, bajo la sombra de la Sombra, un eterno guardián, una garantía indestructible de la pureza de su mundo. Barruntan, sin saberlo, toda la esencia de la magia antigua que destilan los espíritus del propio bosque, y que se aloja en un pecho poderoso. Y aunque no son capaces de expresar esta sensación con palabras propias, sin lugar a dudas la dejan translucir en su actitud con total claridad.

       La noche está comenzando, mientras tanto, a enseñorearse del mundo, al verter el bálsamo oscuro de su llegada sobre las heridas y los azares de lo cotidiano, generosa siempre en el olvido y la misericordia. En silencio, patas y garras, alas y picos toman la senda casi oculta que lleva al santuario, al lugar sagrado que la Sombra habita desde que cualquiera de ellos es capaz de recordar. Toman asiento los lobos junto a los zorros, y las comadrejas entre ambos, mientras conejos y ratones, confiando plenamente en la protección que dispensa el monarca, se acomodan a su antojo entre las fieras, reparando apenas en la amenaza. Halcones y águilas esponjan sus plumas y se relajan en las perchas improvisadas que ofrecen las ramas antiguas, esperando la llegada de los búhos de grandes ojos, que no tardan en posarse silenciosamente entre sus congéneres, saludándose los unos a los otros, en tensa expectación.

       Sienten todos la inminente aparición que, en efecto, no tarda en producirse. Tras la densa maraña de árboles y arbustos que se asienta a la derecha del gran roble, se escuchan pasos cautelosos pero firmes, se intuye el caminar de una criatura poderosa y arcana. Abriéndose camino entre la espesura, irrumpe en el claro un enorme oso gris, que gruñe como para sí. Su pelaje, aunque gastado por los años, está tan luminoso y limpio como siempre; sus patas inmensas se asientan aún sobre la madre Tierra con la solidez de la roca, rematadas por enormes garras, mientras que sus ojos… ¡ah, sus ojos¡

       Apenas el lobo, de entre todas las criaturas allí presentes, es capaz de sostener la mirada de este ser legendario; el jabalí, valiente entre valientes, bufa incómodo, y el zorro, desde luego, aparta su mirada con rapidez. Destilan los grises ojos de la Sombra tal poder, tan tremenda fascinación ejercen sobre su auditorio, que son capaces de parar en seco a carnívoros y a herbívoros, a predadores y a presas sin excepción alguna. Radica en ellos, con total seguridad, todo el misterio de su fuerza, toda la fuerza de su magia, toda la magia de su ser. Abundan en su mente arcanos tan ocultos que ni siquiera él conoce todavía; si bucea en su memoria, solamente consigue recordar que comenzó a tomar una luminosa conciencia de sí mismo tras un suceso muy especial, acaecido hace ya un número incontable de lunas. Dejó atrás juventud y madurez, sobreviviendo a padres, hijos y hermanos, ignorando siempre el por qué, ajeno a la herida convulsa que sigue ardiendo en las entrañas de su corazón, dándole lucidez, sabiduría y poder.

       Y en noches como ésta, cuando la luna apenas es capaz de asomar entre las oscuras nubes del pájaro del trueno, cuando el viento detiene su alocada carrera, la Sombra sale de sus dominios ocultos y decide compartir su experiencia vital con el resto de los habitantes de su mundo.

       En esta ocasión, así habló y así dijo:

       “Sentí sed aquella noche; mucha sed, hermanos míos. Por eso, decidí acercarme hasta el cercano lago y beber largos tragos de agua hasta calmar mi ansiedad. Comenzaba a amanecer sobre la Tierra. Un viento frío soplaba a través de los robledales que rodean el ancho corpachón del lago, retirando poco a poco la espesa niebla, nacida de la gran masa de agua. Entre sus guedejas se podía distinguir un sol mortecino, aún adormilado en el blanco y húmedo regazo. Muy cerca de la cabecera del lago, donde el agua es más azul y profunda que en otras zonas, la líquida superficie rielaba y multiplicaba sus tonos verdosos; hacia allí me encaminé, por disfrutar del limpio frescor de la mañana. Al salir completamente el sol y retirarse los últimos jirones de maltrecha niebla, empezó a vislumbrarse el fondo –tan clara es el agua allí- erizado de rocas y matojos que se engastaban en una capa de arena, bullendo de pececillos, insectos y pequeños reptiles que se arrastraban presurosos en busca del refugio que la claridad del nuevo día les negaba. El fondo, hermanos míos, el fondo: corazón oscuro del lago y puerta de todos sus misterios; el fondo, que dicen que atrae al Hombre con fuerza terrible; el fondo, silencioso y eterno…”

       La voz profunda y evocadora mantenía en vilo a toda la audiencia; un par de lagartijas, que habían estirado el cuello orgullosas al mencionar la Sombra a sus parientes acuáticos, se subieron de un salto a la cabeza de un jabalí, tremendamente asustadas al oír la palabra odiada, temida: “…Hombre…”. Un estremecimiento recorrió a todos los presentes, pasando entre ellos como un viento negro y ululante; tal era el poder evocador del gran anciano. Este, sin apenas darse cuenta del efecto de sus palabras, siguió con su narración, enfrascado en la vastedad de sus recuerdos.

       “Pude entonces contemplar, y apreciar en toda su pureza, cómo se iba poniendo en movimiento la vida que el lago y sus alrededores albergan, sacudiéndose la pereza que trae la oscuridad y dejando que las gaviotas, las fochas y los patos se llevasen el sueño y el descanso prendidos en el bullicio multicolor de sus alas, de sus gritos. Mientras bebía y saciaba mi sed entre una gran masa de juncos, que me ocultaba así de miradas indiscretas, en las orillas los grandes lagartos ocelados buscaban afanosos las viejas piedras rugosas que no tardarían en arder bajo los rayos del sol, que se disponía a castigar duramente aquellos lugares remotos. Nubes de mosquitos se levantaban del mismo borde del agua para ejecutar complicadas danzas, que cesarían muy pronto bajo el empuje del calor, sólo para repetirse tesoneramente cuando el sol se hubiera escondido de nuevo. En tales momentos, la superficie bruñida del agua se rompía en miles de puntos distintos, señalando el banquete de los peces y la muerte de los insectos, que en cantidades ingentes eran devorados sin piedad. ¿Querréis creer, amables amigos, que, pese a mi espíritu, de natural sosegado, pese a mi sabiduría y fortaleza, temblé ante la fuerza de aquel ser inmenso y terrible? El lago desplegaba ante mí todo su poder, su catálogo inagotable de formas vivas, y sentí un enorme respeto ante el soberbio espectáculo que asaltó todos mis sentidos. El agua me hablaba de tú a tú, sin temor alguno, tentándome con su espejeante superficie, amenazando con atraparme para siempre en su seno, ceñir mi cuerpo con algas y sujetarme en un sueño eterno, anclado por los azules lazos de sus ondas en el ominoso silencio subacuático.”

       “Y, sin embargo, a pesar del evidente peligro, aún sabiendo que el lago es una fiera con piel de cordero,”– el lobo se extrañó mucho, en este punto del relato, de no formar parte de la comparación; se estiró y gruñó ligeramente, lo que le valió para recibir una colmillada de advertencia por parte del jabalí, que escuchaba arrobado- “noté el impulso, a despecho de lo que mi razón me indicaba, de dejarme mecer por las olas, de adentrarme en las entrañas de aquel mundo frío y azul que se adivinaba bajo las aguas, en pos de no sé todavía qué. No obstante, salí a tiempo de mis meditaciones, ya consciente de lo que significa la atracción por el abismo, mis hermanos, aunque sé que es una sensación que jamás podréis, por vuestro bien, sentir.” Se estremeció el gran animal, como si fuera presa de un ataque de fiebre repentina; recuperándose al pronto, decidió retomar el hilo de la narración.

       “A pocos metros de donde yo me hallaba, ya repuesto de mi ensueño y vencido el hechizo maligno del lago, un pequeño pato, ruidoso y gorgoteante, estaba limpiando sus plumas y su pico, despiojándose y atrapando feliz los numerosos parásitos que encontraba en su propio cuerpecillo. Al tiempo que correteaba levemente por la brillante placa del agua, cumplía con este ritual matutino emitiendo sonidos guturales y suaves trompeteos para saludar, sin duda, al nuevo día. Es hora ya de comenzar a pescar; atrapemos pues pececillos y ranas en los juncales que abundan allí donde el agua no es demasiado profunda. Ea, pues; abandonó su refugio nocturno, cercano a la orilla, y comenzó su avance rodeando el macizo de carrizos por el lado más profundo; agitando las alas, bullicioso, tiembla de expectación ante el placer de la comida cuando, súbitamente, la muerte le sorprende con trágica rapidez. Yo estaba tan complacido contemplando al pato que ni siquiera me dio tiempo a reaccionar, aunque no creo que hubiera podido hacer nada por él… además, creo que, aún pudiendo, tampoco debería haberlo hecho”.

       Todos los allí presentes asienten silenciosamente. Aunque carecen, desde luego, de la terrible inteligencia que flota como una maldición sobre el anciano monarca –al menos, así la siente él en muchas ocasiones- son perfectamente conscientes de que, de no ser por la tregua que la Sombra impone con su sola presencia cuando convoca a sus súbditos, el juego macabro de la vida y de la muerte se estaría desarrollando entre ellos en toda su esplendorosa realidad, víctimas unos, verdugos los otros, girando vertiginosamente en un eterno retorno que nada ni nadie debería interrumpir, ni siquiera Él.

       “En fracciones de segundo, amigos, el agua estalló en un surtidor bajo el animalejo, que se sintió proyectado casi a un metro de altura, merced al poderoso empuje del gran pez que acabó con su vida cerrando su enorme boca, literalmente plagada de dientes, en torno a la aterrorizada ave, que graznó desgarradamente su pavor. Antes de que pudiera escapar, o pensar en hacerlo, el viejo lucio, pues no era otro quien así acometía, se dejó caer verticalmente en el agua, que se cerró sobre él sin dejar más muestras del brutal ataque que un puñado de plumas, un remolino y una mancha de sangre –sí, hermanos, sangre como la nuestra, roja, cálida y valiosa- que se iba extendiendo hacia los carrizos a medida que el viejo pez trituraba entre sus mandíbulas el frágil cuerpecillo. Cuando me serené de nuevo, comprendí cómo había sucedido todo, y os confieso que sentí cierta admiración por el inteligente proceder de aquel ser de ojos crueles, tan ajeno a nosotros, tan frío y distante. El lucio había llegado a la vera de los carrizos la noche anterior, en un momento en el que ya descansaban todas las aves acuáticas, a salvo en la orilla. Permaneció tranquilamente apostado en el fondo, mientras saboreaba su última víctima, supongo, y, al despuntar el día, acuciado por su insaciable apetito, se desperezó junto con el resto del lago. No tuvo más que salir de entre las fuertes raíces de los juncos y aprestarse al ataque, puesto que había detectado sobradamente el jolgorio que su presa provocaba en la superficie del agua y bajo ella. Así, el destino del pato que yacía en su estómago estaba sellado desde la noche anterior; le bastó con colocarse bajo él y, embistiendo con fiereza mediante un fuerte coletazo, se tragó casi por entero al desprevenido animal.”

       Una familia de patos ha optado por retirarse con sus pequeños: el tema de la velada ha bastado, creen los atribulados padres, para meter el miedo en los delicados cuerpecitos de su media docena larga de vástagos. Pasará mucho tiempo antes de que padres e hijos trompeteen con tranquilidad al clarear el día en la zona del lago que está describiendo la Sombra, zona que conocen sobradamente bien. Pero el gran oso prosigue, puesto que el resto de la concurrida audiencia parece pender de sus palabras como si le fuera la vida en ello.

       “Pensé en marcharme, pero algo me decía que no iban a acabar allí los sucesos de la mañana, que todavía podría presenciar, si me quedaba por allí, acontecimientos extraños y maravillosos. Por ello, y a pesar de que sentía cierta tristeza, la curiosidad pudo más que yo y decidí esperar, convenientemente oculto bajo las ramas de un gran árbol que casi rozaba el agua. Mientras el asesino amarillo buscaba un nuevo apostadero, sin duda preparado para causar más estragos, un bass muy grande le observaba a cierta distancia, flotando perezosamente a medias aguas, tras contemplar impasible el desarrollo del drama. Vigoroso e inquieto, acababa de llegar al final de su paseo durante las horas de oscuridad, puesto que él, como muchos de vosotros, caza de noche; ya se dirigía a su guarida habitual para adormecerse ligeramente durante las horas más calurosas del día. Desde luego era bastante viejo, aunque no más que el lucio y, a despecho de su buen tamaño, supongo que sus hazañas culinarias nunca habrían tenido como protagonista una pieza del tamaño de la que había visto desaparecer poco antes en las fauces de su feroz vecino. Su cuerpo, rechoncho, musculoso, de un hermoso color verde oscuro con reflejos broncíneos, flotaba indolente en el seno de las aguas sin pensar en alimentarse, al menos por ahora. Por la manera que tenía de mirar al lucio, supuse que también él, siendo más joven, habría pasado por algún que otro problema con el viejo tirano; también él había huido despavorido ante la masa de músculos y dientes que se le venía encima, intentando vanamente defenderse del glotón con los ocho radios espinosos, durísimos, de su aleta dorsal. Y en ocasiones como aquella, sólo su pequeño tamaño y su velocidad le hicieron posible escapar de una muerte cierta, de unas mandíbulas letales que conducían a un estómago eternamente hambriento. Su tamaño indicaba su habilidad para escapar de situaciones como aquella y un buen cupo de buena suerte, todavía por agotar. Me pareció, incluso, verle sonreír; debería de recordar aquellos tiempos de su juventud, nadando en bandadas con otros compañeros de su misma edad. Aquellos grupos habían sido diezmados, sin duda alguna, tanto por otros peces como por congéneres de su especie, e incluso por el odiado Hombre, cómo no. Había visto desaparecer a compañeros grandes y fuertes, debatiéndose furiosamente, luchando con denuedo contra algo que les arrastraba, que limitaba sus movimientos, que tiraba de ellos hacia un destino inexorable. Sin embargo, él corrió mejor suerte. Los años le habían convertido en un temible pirata verde, audaz y rápido en el ataque y en la defensa, fuerte y combativo. Aunque ya siempre nadaba en soledad, tenía pocas cosas que temer en sus dominios; más bien, era él quien comenzaba a ser temido por la multitud de pececillos, ranas y lombrices que acostumbraba devorar, sin desdeñar alguna que otra rata de agua o cualquier pajarillo que se pusiera al alcance de sus fauces. Fallaba muy pocas piezas en las que hubiera fijado sus brillantes ojos, y sus mandíbulas se cerraban en el vacío en contadas ocasiones.”

       “Hallándose en estas cavilaciones, comenzó a sentir hambre. Pasada ya la estación del amor, esa que nos hace suspirar a todos una vez al año, hermanos, volvía a ser libre para moverse a sus anchas por el lago, vacío su nido de alevines a los que proteger o… devorar, vaya. Vi entonces cómo se dirigía hacia un grupo de rocas medio sumergidas, no demasiado lejos de la orilla; formaban un pequeño cañón, festoneado en uno de sus extremos por abundante vegetación acuática, lo que convertía aquella zona en una trampa mortal para las pequeñas presas que se aventurasen a fisgonear alegremente en la oquedad. Tan bueno era el cazadero que algún rival había intentado quitárselo en el pasado, pero como el último acabó sus días en el fondo de la recula, debilitado por la pérdida de sangre, hacía ya mucho que ningún otro intruso se acercaba por allí. En cuanto a las carpas, grandes y tímidas, que comían como auténticos cerdos, revolviendo el limo del fondo y provocando grandes nubes que ensuciaban el agua largo rato, bastante tenían con defenderse del ataque de los lucios; nunca había tenido problemas con ellas, demasiado ocupadas en hozar como para molestarle. Y lo mismo podía decirse respecto de los barbos, de cómico aspecto, con su cuerpo estilizado y hermoso rematado en una absurda cabeza, de ojillos cansinos y gruesos labios.”

       “Llevaba ya un rato atrapando pececillos cerca de su escondrijo cuando le sorprendió un ruido sordo, ronroneante, acompañado de una gran agitación en la superficie del agua. No cabía duda; algo muy voluminoso se estaba acercando. Yo, que por supuesto distinguí a la perfección qué era lo que producía aquel sonido, me apreté más contra el suelo, casi metiéndome de nuevo en la escasa altura de agua que había debajo de mí, bastante asustado por lo que veía, pero a la vez incapaz de huir, presintiendo que se acercaba el final del drama. Despreciando el peligro que suponía el hecho de que el extraño pez fuese mucho más grande que él, el bass se acercó sigilosamente a aquel bulto grande y blanco que avanzaba hacia su cazadero, ahora ya sin ruido. Con el último gobio que había atrapado todavía en su bocaza, apreció el tamaño del intruso colocándose debajo de él; le intrigaba su repentina inmovilidad, puesto que detenerse en el lago al descubierto y en pleno día podía significar la muerte. No obstante, muy grande habría de ser el lucio que se atreviese con aquella pieza de piel blanca y reluciente, que hundía su extraña cola en el agua.”

       “Satisfecha su curiosidad, y ante la inmovilidad del visitante, el bass decidió entregarse de nuevo a su ocupación favorita, y así lo hizo. Al rato, olvidado de sobra el extraño pez, atrajo su atención un fuerte chapoteo a su izquierda, más o menos a un par de metros de distancia. Se desplazó de inmediato hacia allí para observar de cerca al autor de este nuevo y molesto ruido. Desde luego, era francamente extraño: un pequeño pez cilíndrico con grandes ojos y morro chato, de color chillón y con un poblado plumero en el lugar de la cola, que le miraba burlón, con cara de guasa, agitándose convulsivamente de cuando en vez y produciendo así secos taponazos al chocar su morro contra el agua. Ya decidido a acometer al escuerzo aquel, éste se retiró raudamente, como si hubiera notado las intenciones del bass, pero lo hizo ¡saliendo del agua de un salto!. Además, volvió a aparecer en el mismo sitio en que el gran pez le había visto por primera vez muy poco tiempo después, tras de lo cual siguió haciendo ruido como si tal cosa. Iracundo por naturaleza, el bass se lanzó a acabar de una vez por todas con aquel ser molesto y arrogante, que le crispaba los nervios y le espantaba la caza con sus incesantes chapoteos. Así pues, se alejó un poco del intruso, desplegó colérico las aletas y enfiló, con todo su impulso, contra el insolente bichejo, que zangoloteaba a escasa distancia. Segundos antes del brutal choque, vi cómo abría su desproporcionada boca, erizada de dientecillos, sintiendo al cerrarla el golpe de la víctima contra el duro paladar.”

       Las caras de los depredadores, abundantes entre la concurrencia, eran todo un poema; podía verse en ellos satisfacción y orgullo. Al fin y al cabo, era agradable saber que cerca de allí, en las aparentemente plácidas aguas del lago, vivían otros animales similares a ellos en cuanto a comportamiento, por mucho que la barrera infranqueable del líquido les convirtiera en eternos desconocidos, a los unos para con los otros. En justa compensación, podía notarse una cierta inquietud entre las víctimas potenciales de aquellos animalotes de tierra y de agua, que asistían también a la narración, si bien les tranquilizaba la presencia enorme de la Sombra y el hecho de que no acababan de imaginar cuanto ésta les estaba relatando, sin duda debido a su escaso magín. De cualquier manera, todos ellos seguían enfrascados en las palabras del anciano.

       “Tras embocar la presa, que resultó ser muy dura, el bass dio media vuelta, girando hacia su escondrijo para tragarla del todo con tranquilidad; en ese momento, sintió un fuerte tirón en sus mandíbulas. El extraño pez había saltado en el interior de su boca, pegándose a sus branquias y perforándole aviesamente una de sus comisuras, allí donde la mandíbula superior derecha hace juego con su gemela inferior. Reculó furiosamente, alejándose con rapidez del lugar mientras cabeceaba para desprenderse de su malvada víctima, pero ésta no cejaba en su empeño; se clavaba más y más, hasta que acabó por atravesar completamente la boca del pez. Al mismo tiempo, el pececillo tiraba de su sorprendido captor con una fuerza inexplicable, acercándole cada vez más a la superficie y al gran objeto blanco, que flotaba cerca de allí.”

       “Continuó el combate, casi fuera del agua. El poderoso pez se debatía con rudeza, saltando encogido por el aire para estirarse de golpe con gran fuerza al iniciar la caída hacia el agua; ensayaba sin cesar diversas maniobras, tales como sumergirse a gran velocidad, golpear la cabeza contra la arena o desplazarse de derecha a izquierda, pero todo ello sin resultado alguno.”

       “Al cabo de casi diez minutos de enconada lucha, el cansancio comenzó a vencerle, hermanos; se acercaba el fin. Ya inerme, se dejó izar por su enemigo hasta la superficie, donde quedó panza arriba, intentando aún escapar, moviendo débilmente la gruesa cola y respirando con fatiga. Y, de pronto, sintió que se ahogaba, fuera del agua, y que el aire que nosotros ansiamos respirar quemaba sus branquias, matándole poco a poco. Entonces, amigos míos, forcejeó entre un par de manos cálidas, cuyos dedos se introducían en sus agallas para sujetarle, y notó el manoseo delicado que le separaba del bichejo maldito que le había derrotado en toda regla. Rota su boca, sangrando en abundancia, contempló, por primera y última vez en su vida, un rostro humano, el del pescador que le capturó.”

       Aquello ya fue demasiado para la concentrada audiencia. Se apretaron todos contra el suelo, temerosos, y algunos de ellos incluso miraban los alrededores del claro, no fuera a ser que el autor del desaguisado anduviera rondando por las cercanías. En un instante, se sintieron absolutamente desvalidos, hermanados fuertemente ante el terrible poder del Hombre, de ese ser oscuro que les obligaría, en caso de aparecer, a olvidar sus mutuas diferencias para entregarse a una loca carrera, para salvar sus vidas a toda costa.

       La Sombra, sabedor del efecto de su relato, dejó que el miedo atenazase durante algunos minutos a sus súbditos, que les asilvestrase aún más, preparándoles así para un momento que él juzgaba inevitable. Calmados los ánimos, siquiera ligeramente, el monarca remató la narración.

       “Tras ser llevado hasta la barca, que no otra cosa era el gran bulto blanco, y ya sin anzuelo en su boca, recibió un fuerte golpe en la nuca; se retorció, convulso, y murió. El verdoso pez, que comenzaba a perder el color de su hermosa librea, resbaló por el fondo del bote hasta quedar apoyado, escama contra escama… ¡contra el enorme lucio que había devorado al pato poco después de amanecer!.¡Cuando pude verlo, levantando ligeramente la cabeza, os juro, hermanos, por la gran osa que me dio la vida, que no daba crédito a mis ojos! Me figuro la cara que pondría el pescador al llegar a su casa y desventrar al lucio, encontrándose con los restos del pobre pato. Sin duda, le habría hecho mucha gracia al bass la escena, si hubiera podido verla…”

       “Corrí hacia el bosque a toda velocidad, y no paré hasta llegar a mis dominios, estremecido todavía por cuanto había alcanzado a contemplar durante aquella triste mañana. Así os lo he contado porque así ocurrió. Id ahora en paz; el alba comienza ya a teñir el cielo de rosa y violeta, y pronto el sol nos obligará a bajar la cabeza. Dormid, soñad, descansad; puede que muy pronto vuelva a convocaros, hermanos.”

       Obedientes, los súbditos de la Sombra se fueron retirando con sigilo, volviendo cada uno a su guarida ordenadamente. Cada uno rumiaba para su caletre el tremendo relato del oso, extrayendo sus conclusiones y tomando nota de todo cuanto había oído aquella noche. Después de escuchar a la Sombra, siempre volvía uno a casa con la extraña sensación de no haber logrado captar en su totalidad el profundo misterio que la voz del oso hacía bailar ante los ojos de su audiencia, el sentido último y tremendo de las narraciones que les dedicaba y su intención final. Lo que sí quedaba claro, sin embargo, era que merecía la pena arrebatar algunas horas al sueño para disfrutar de la poderosa magia que rodeaba al monarca en las noches en las que se decidía a compartir sus maravillosas experiencias con sus agradecidos hermanos.

       Desde el gran roble, una enorme masa gris, como tallada en piedra, observa atentamente la retirada del cortejo de criaturas, que se adentra en el bosque como si nunca hubiese existido. Después, sólo un suave roce de ramas delata que la noche ha acabado, que la Sombra se ha retirado ya.

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Muflonas, mi recurvado y yo (Rumores de la foresta, y IV)

muflon7Parece ser que a muchos de mis compañeros de andanzas y de común afición, que son bien conocedores de aquel proverbio (sabio por demás) que afirma que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, les cuesta muy mucho comentar aquellos de sus lances que terminan con la pretendida pieza de caza yéndose, muy merecidamente, a criar. En este determinado asunto, delicado y escabroso como pocos, resultan los cazadores arqueros sospechosamente parecidos a aquellos otros deportistas que dan rienda suelta a su pasión con un arma de fuego o con una caña de pescar.

Contamos con asombrosa claridad y lujo de detalles los lances cuyo desarrollo y resultado son dignos de aumentar nuestro caché entre los componentes de nuestra tribu, y callamos solapadamente aquellos otros en los que la suerte no nos acompañó, o bien los relatamos con el “excusario del arquero” cerca de la mano, prontos a utilizarlo con pasmosa habilidad, casi siempre acompañados por las sonrisas o el cachondeo más descarado de los contertulios de costumbre, por lo común tan troleros o más que nosotros, llegado el caso.

    Desde luego, ese no soy yo, o no suelo serlo. Y no lo digo por dármelas de original o de sincero; simplemente, estoy desde hace trece años enredado en este singular mundo de la caza con arco y puedo afirmar, sin temor al sonrojo, que aprendo cosas nuevas cada día, y de las personas más insospechadas, lo cual no hace sino hablar en pro de la riqueza de matices y contenidos de nuestro deporte, y de mi acrisolada ignorancia. Así pues, y siquiera sea a modo de catarsis personal, allá va mi última experiencia cinegética.

    Mi amigo Enrique Herrera llevaba ya cierto tiempo hablándome de una finca que él suele frecuentar, siempre en pos de caza mayor, y que reunía determinadas características que la hacían idónea para la práctica exitosa de la caza con arco. Desde luego, me recalcaba, la primera y no menos importante de todas era la predisposición de la propiedad hacia nuestro particular estilo venatorio, que comprendía y aceptaba con todas sus consecuencias. Si a esa peculiaridad añadíamos un entorno natural bellísimo y una densidad de piezas más que aceptable, el cuadro, sinceramente, resultaba de los más apetecible.

    Después de varios intentos fallidos de acercarme por allí, el pasado fin de semana pudimos cuajar una cita. Dicho y hecho; el sábado de mañanita, César y yo cargamos su coche con arcos, flechas, equipo diverso y una tonelada de ilusión y partimos hacia Toledo, lugar de encuentro con nuestros compañeros de correrías para la ocasión, es decir, Quique, Jorge y José María, este último dueño de la finca que íbamos a visitar. De ésta solamente sabíamos que lindaba prácticamente con Cabañeros y que estaba, por tanto, muy cerca de Ventas con Peña Aguilera, pueblo con rancia tradición cinegética.

    José María Colomina Velázquez-Duro, que tal es su gracia, resultó ser un simpático guasón, aunque serio y cabal a la hora del negocio. Ya de camino nos vaticinó que veríamos caza hasta hartarnos, y que era más que probable que tirásemos todos. Con semejante perspectiva (aunque con las debidas reservas, todo hay que decirlo) nos plantamos en la finca, conocida como “Los Baños de Villanarejo”, en un santiamén. Tras ocupar nuestras habitaciones y comer opíparamente, nos enredamos con el café y con el coñac en la terraza del chalet hasta las seis o las siete, hora de entrar en el monte y ocupar nuestros puestos. Inmediatamente, aparecieron Angel y ramón, dos cordiales jienenses que desempeñan el oficio de guardas de caza en la finca. César con Ramón; yo con Angel; Quique y Jorge a su aire, puesto que ya conocían la finca sobradamente. Además, habían instalado nada más llegar una plataforma para cazar, hecha por ellos, que colgaron a unos diez o doce metros del suelo, con lo que estaban deseosos de probar su efectividad.

    Cuando llegamos a lo alto de la sierra, silencio total y absoluto; nos parecía mentira, con la cantidad de bichos que habíamos visto durante todo el día. Mi puesto es un cuadrado hecho de jara seca y trenzada, con puerta de quita y pon y dos pequeños taburetes de corcha, no demasiado grande , con una generosa tronera mirando hacia el comedero, que está a unos veinte metros de distancia, según creo apreciar. Angel se agazapa detrás de mí, y hala, a esperar. Pasan las horas tediosamente, y comienzo a creer que el café y el coñac nos han robado el día; hemos subido demasiado tarde, al menos para los muflones.

    Queda aún, no obstante, esperar la visita del rey de la noche, del protagonista de tantos y tantos emocionantes lances en lo profundo del bosque: el jabalí. Nada; ni a tiros. El taimado monarca no nos honra con su esperada visita. Angel me hace una seña, recogemos los trastos y nos vamos a otro comedero con el coche. Hacemos una entrada despaciosa, a conciencia, y un golpear de piedras nos deja clavados en el sitio, con el pulso alterado y el oído alerta: dos hermosos ciervos están comiendo en el lugar, pausados y tranquilos, hasta que el aire les lleva el odiado olor a hombre. Bufan, se echan al monte, cerrado y oscuro; abandonan el comedero, que es justo lo que nosotros queríamos, aunque, como es lógico, nos hubiera gustado no espantarles, tratando así de no alertar a nuestro colmilludo amigo.

    Ocupamos el puesto, hecho con cómodas balas de paja, y vuelta a empezar. Horas después, me canso, me mosqueo, bostezo y enciendo un cigarrillo. Angel me mira, divertido: “Don Mariano, aquí no hay nada que hacer; mañana será otro día”. Le digo entonces que si plegamos y, por respuesta, se levanta y coge mi mochila, que se ha empeñado en llevar, y parte hacia el coche. Ya en el vehículo le digo que prefiero intentar el muflón al día siguiente, a mejor hora; se me queda mirando, suelta un juramento y me dice, con su peculiar acento, que si él hubiera sabido que yo quería un muflón, estaríamos de vuelta con el bicho haría ya un rato “mu’largo”.

    Bueno, qué le vamos a hacer; esto es caza, y no tiro al blanco; mañana más. Llegados a la casona, resulta que César me enseña, mitad compungido, mitad alegre, una de sus puntas de caza, ensangrentada y retorcida: “No la hemos podido cobrar, me cago en la leche. Yo hubiera jurado que le acerté en el codillo, pero Ramón me dice que la vió con la flecha atravesándole la parte baja del cuello; hemos pisteado casi un kilómetro, hasta que ha dejado de dar sangre”. Para colmo de males, César se tiene que ir a las once de la noche, puesto que al día siguiente un compromiso profesional le aguarda en Madrid.

    Siento mucho su partida, que César es hombre cabal y muy buen amigo, tanto más cuanto sé que nuevas emociones nos aguardan cuando despunte el día, y me cabrea que su primer contacto con la caza mayor con arco haya tenido un final tan desabrido. Un adiós, gran cena, dos copas, y a dormir.

    Al día siguiente, y tras un madrugón de padre y muy señor mío, que nos permitió pasar toda la mañana intentando recechos en esta espléndida finca, subimos mucho antes a nuestros puestos, ya perdida la cuenta de los animales que hemos podido contemplar, incluyendo zorros y aves de presa. Yo le he cogido ley al primero que visitamos, y hacia allá vamos, Angel, ramón y yo. Apenas hemos acabado de acomodarnos el primero y un servidor, mientras Ramón esparce el grano, cuando éste comienza a hacernos señas para que nos cobijemos del todo en el interior del puesto. Sale zumbando con el coche; silencio expectante. A los dos minutos, murmullo de patas, suave y cauto: doce bonitas muflonas están alimentándose en el comedero. Pelaje limpio, andar reposado y elástico; todo un placer para la vista.

    Doce pares de sagaces ojos nos contemplan: el viento, a nuestro favor, acaba convenciendo a las visitantes de que nada hay que temer, y ahí comienza mi calvario. Cuando por fin las doce están comiendo otra vez, me doy cuenta -Dios confunda a los cretinos- de que me voy a tener que incorporar, asomando prácticamente hasta la cintura por el borde del escondite, para poder disparar a gusto. La tronera, que haría las delicias de un arquero de poleas, es inútil para este pobre tirador de recurvado; mi Border tiene una envergadura de sesenta y dos pulgadas, lo que dificulta su manejo en tan reducido espacio.

    Sudando por cada pelo una gota, saco una flecha del carcaj adosado que me hizo mi amigo Alfredo, encoco y comienzo a levantarme, muy poco a poco. Tiemblo como un azogado por la tensión del momento y por el esfuerzo muscular que estoy haciendo; ánimo, en peores plazas hemos toreado. Noto la inquietud de Angel, a través de las jaras y preguntándose, sin duda, por qué coño no tiro. Ya en suspensión, elijo a mi víctima, fijo mi atención en su codillo, abro el arco, anclo y suelto, con toda la suavidad de la que soy capaz en ese instante eterno y terrible.

    Estupendísimo; la 2216, equipada con una Thunderhead de 125 grains, eficaz donde las haya, ha pasado a unos diez centímetros por debajo del codillo de mi presa, estampándose contra un pedregal: desbandada general  -por el ruido; no me han visto ni olido- , juramentos que no son para repetir aquí, y más quietud.

    Todo eso a veinte metros de distancia y en una postura más que conocida y ensayada; para mondarse, vamos. No obstante, y a fuer de sincero, creo que no he “sentido” el tiro; no he sentido esa sensación, tan conocida para el arquero instintivo, de que la flecha “va” a su sitio inexorablemente, que se produce nada más soltar la cuerda. Más tarde, y con la cabeza más fría, llegaré a la conclusión de que me ha faltado fe en mí mismo y en mis facultades.

    Angel me hace señas para que deje de farfullar barbaridades, y así lo hago, aunque lo mío me cuesta; uno no puede tirarse el conguito a diario con la caza con arco y fallar un tiro así, leche. En fin, aquí están de nuevo, bastante avisadas, eso sí. Imposible; me han visto a través de la tronera, y a pesar de que me lo hago de árbol, con pintura en la cara incluida, ojos cerrados y demás, cuando ya las he convencido dos veces de que soy inofensivo como un bebé, un golpe de aire en la espalda me anuncia que llega el final del lance. Vuelta a plegar, comentarios de rigor , y Angel, que me quiere llevar a un comedero más lejano, animándome a intentarlo de nuevo. Nos alejamos charlando sobre el lance unos quinientos metros y llegamos a la punta del morrión donde se ubica el comedero de marras.

    Según mi acompañante me lo pinta, hemos de bajar un profundo y espeso barranco, subir una colina, bajarla y meternos entre pecho y espalda la pendiente de un enorme cortadero que veo a lo lejos; total, unos cinco kilómetros. La respuesta me la dan mis pies, encallecidos y con sangre por unas puñeteras botas algo grandes: tiriviqui, o sea, nasti. “Nada, Don Mariano, como Vd. diga. Vamos dando un paseo hasta la casa, cogemos un coche y seguimos”. Dicho y hecho, echamos a andar en animado parloteo y, de pronto, como a unos doscientos metros, otra vez las muflonas en el comedero. Naturalmente, hemos girado en redondo para volver por donde habíamos venido, pero no me sospechaba yo que los animalitos en cuestión fueran tan tesoneros. “¿Hacemos una entrada?”, me dice el bueno de Angel; “…o cien”, le digo yo, otra vez animado.

    Deslizándonos hacia la ladera de la derecha, encorvados y cautos, comenzamos a andar, posando los pies con infinitos miramientos para evitar ruidos. El viento, esta vez, nos mece suavemente de frente, con un soplo regular y firme.

    Me viene a la mente la imagen de un toro en una cacharrería y, mejorando lo presente, me siento exactamente igual; todo me suena, me cruje; las piedras resbalan y se ríen de mí, hablan entre sí, golpeándose unas a otras, las muy pendonas. Entre el sudor, la melena y la lluvia, que ha comenzado a caer silenciosamente, estoy de pintura hasta los ojos; me duelen las rodillas y los codos de arrastrarme, pero, al final, ya estoy allí, a unos estupendos veinte metros, muy escasos. Detrás de mí, Angel espera en tensión. Tan sólo me oculta de las agudas miradas de las muflonas una minúscula mata de hierbajos; me preparo para el tiro, tomando todas las precauciones posibles, cuando una de ellas me mira descaradamente. Vuelta al cuento del árbol, vuelta la burra al trigo, pero ya cambiando, sabias máquinas de sobrevivir, ángulos y posturas, porque hay no menos de seis animales calmando su apetito frente a mí. Tras repetir el cuento otras dos veces, se acabó lo que se daba. Bufidos, carreras y yo con una cara de canelo espectacular, supongo.

    Pero Angel no se rinde nunca, pese a que tenga que habérselas con capullos como yo. Otro comedero, esta vez en lo alto de un barranco, para llegar al cual hemos de atravesar un hermoso bosquecillo de encinas, melancólico y mágico bajo la dulce luz de la tarde. Y ahí están, como siempre, comiendo y saltando, ignorantes de mi, según se ha visto, peligrosísima presencia. Así que me arrastro de piedra en mata, de mata en árbol y me pongo a quince metros de ellas. Pero aún así, están lo suficientemente anguladas con respecto al borde del barranco como para ofrecerme un blanco muy precario. Voy a esperar; el viento es bueno y no tengo prisa, pese al bueno de Angel, que me espera veinte metros más abajo, supongo que ya acostumbrado al espectáculo que le estoy ofreciendo. Y hete aquí que a mis amigas se les acaba la comida; media vuelta, sin prisa pero sin pausa, y enfilan hacia el gran olivar que corona la meseta en la que acaba la pendiente en la que me encuentro. Aprovechando la lluvia, que cae ahora con más fuerza, salgo como un cohete hacia ellas, arropándome en los olivos, y cuando me he situado a unos treinta metros, la burla final. La más vieja de ellas se da la vuelta, me caza completamente, no se cree para nada el cuento del árbol (las noticias vuelan), bufa a sus chicas , y adiós Madrid, que te quedas sin gente.

    A todo esto, mi carrera me había llevado hasta unos trescientos metros de la casona, circunstancia que aproveché para dar por terminado tan brillante episodio cinegético y atizarme una cerveza grande y fresquita, que bien ganada me la tenía.

    No quiero dar en absoluto la impresión de estar disgustado, aunque a nadie le gusta venirse de vacío, y más cuando se ha tenido el triunfo tan al alcance de la mano. Lo cierto es que me lopasé como un auténtico enano, desde que me senté en el puesto hasta que volví a la casa, donde tuvo lugar el inevitable cachondeo; además, me alegró la tarde saber que César había abatido no una, sino dos muflonas, la primera de las cuales apareció con un perfecto tiro en el codillo, ese mismo día, tras un minucioso rastreo de la zona. La segunda, tocada en el cuello, fue la que Ramón vio nada más disparar mi amigo, que se quedó sentado en su sitio, como mandan los cánones, por lo que no pudo comprobar lo acertado de su impacto. Supongo que la otra, herida de muerte, saltó hacia la espesura con la rapidez del rayo, cayendo a unos cuarenta metros del comedero.

    Le cortamos las dos patas delanteras y lo celebramos con generosidad, a pesar de que es la segunda vez que mi escurridizo amigo se escapa de un merecido noviazgo de montero; ya te trincaré, personajillo…

    Porque, pensándolo bien, tengo que dar la razón a Quique y a José María. La casa es espléndida, con un sobrio estilo solariego y señorial a la vez; no ha faltado el agua caliente de la ducha de cada uno de nuestros baños; la comida cocinada por Brígida, la mujer de Angel, estaba deliciosa (acuérdate, Mariano, de los solomillos de jabalí empanados, picantes, o del sorbete de melón de la propia huerta…); José María, perfecto anfitrión, no nos ha dejado parar quietos a base de cazar y cazar. Hemos ido allí cuatro amigos, los cuatro hemos visto caza más que de sobra, los cuatro hemos tirado y dos de nosotros han conseguido su premio; la fina está a dos horas escasas de Madrid, es preciosa, recechable y con gran densidad de población cinegética; hay puesto de sobra, en el suelo y en los árboles; los comederos están atendidos a diario; de haber tenido tiempo podíamos haber tirado unos faisanes o montado a caballo por la propiedad, así que… ¿Qué más se puede pedir?

    Son casi las diez de la noche, serena y refrescante. Estoy sentado solo, en la terraza de la casa de mi amigo José María, dueño afortunado de tanta belleza como me rodea en este momento. Frente a mí, la sierra, salvaje y silenciosa, con alguna guedeja de niebla en sus cumbres, testigo de mis recientes hazañas, de mis emociones, mis alegrías y fracasos, me mira a la cara, sin tapujos, de poder a poder. Sé que el gran muflón cojo está pastando en la pradera que se abre a mi izquierda, allá a lo lejos; sé que ciervos y ciervas le acompañan y que estarán hablando de mí, en animado compadreo, mientras sus crías juegan a su alrededor. Sé que saben que Quique, mal que le pese, mal que nos pese, falló un muflón muy de cerca la misma tarde que yo; sé que lamentan que Jorge consiguiera abatir una muflona, colgado en un puesto a doce metros de altura sobre el suelo, cuyos lomos se llevó consigo. Hablan también del recién llegado que se fue sin saber que su primer lance de caza mayor con arco había tenido tan buen final para nosotros, tan malo para ellos. Y por un instante, emocionante y efímero, creo volver a oír el discreto tristrás de las patas de mis muflonas muy cerca, muy cerca de mí, en estas benditas tierras manchegas, henchidas, ahítas de caza y, ya, de recuerdos.

    Volveré, lo prometo.