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La vida sosa

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Mi querido padre cerró los ojos a la luz de este mundo hace ya treinta y seis larguísimos años. El viaje sin él está siendo un tanto triste, si bien es cierto que me visita con amable frecuencia en mis sueños. Supongo que ese es el territorio en el que ahora  habita, en compañía de otros muchos recuerdos, de mis otros muy queridos muertos.

Y claro que le echo de menos. No pasa un solo día sin que su imagen se abra paso en mi cabeza; no deja de aconsejarme ante cada problema, ante cada bandazo de la vida. Precisamente por eso, porque su falta es del todo irreparable, me joden tantísimo que papá Estado intente suplantarle. Yo ya tuve un excelente padre y por desgracia hoy no lo tengo; no quiero ningún otro de ninguna clase ni categoría, no me hace falta ya, cojones. Me explico.

Llevamos ya una más que larga temporada soportando el padreo de los necios que dicen gobernarnos, a todos los niveles y en todas las instancias internacionales habidas y por haber. Atacaron en su momento, pongo por caso, al aceite de oliva: auténtico veneno, doña Engracia; ni se le ocurra consumirlo; pudre las tripas, da gases y mal aliento. Una calamidad que nos manda Dios, vaya. Siguieron después, por ejemplo, con el azúcar. Horroroso producto, nacional y ultramarino, que estropea las bocas y los corazones, empalagados hasta no poder más por su malévolo dulzor. Más tarde, se inventaron el deleznable  -por falso-  asunto de los productos light, y continuaron así socavando poco a poco la emoción de la vida, su auténtico espíritu, que no es otro que el de la aventura, el de asumir riesgos a sabiendas de lo que se hace. Todo alimento que se preciase debía tener su versión light, semidesnatada, sin azúcar, sin grasa, desnatada del todo y, finalmente, sin una puta gota de su sustancia original ni de las cualidades organolépticas que le distinguían como alimento. Cojonudo lo de usted, mon amí. Y con un precio superior al del alimento primigenio, por descontado.

Claro que el dislate definitivo se produce a continuación cuando el azúcar pasa a ser motor imprescindible de la vida humana  –“que no te amarguen la vida”–  y todos los chorizos que en el mundo han sido roban a manos llenas el oro líquido, es decir, el tan denostado, venenoso y nocivo aceite de oliva, que se compra y se vende a doblón. Hay que joderse.

Hasta aquí algunos ejemplos de la capacidad estatal para, en connivencia con el poder económico y so capa de una nobilísima preocupación por la salud de sus ciudadanos, vendernos en cada momento lo que en ese particular instante convenga. El último hito de esta actitud, hipócrita y repulsiva, se ha centrado en la cosa de la sal, otro pavoroso enemigo de la doliente humanidad. El noventa por ciento de los alimentos que llegan a nuestras mesas ya preparados, como las latas de conserva, adolecen del más mínimo rastro de este terrible veneno, no vaya a ser que nos suba la tensión, el ácido úrico y la madre que parió un tanque. Evidentemente, lo hacen por nuestro bien. Ni se les ocurre pensar en ahorrar en gastos médicos a costa nuestra ni en mantenernos vivos y coleando mucho tiempo para poder explotarnos a placer, qué coño; qué cosas tiene usted, amiga Fulgencia.

Hombre, ahora que lo pienso, pasa algo sospechosamente parecido con el asunto de los radares y las multas, que siempre nos achicharran del modo más inmisericorde en aras de nuestra seguridad, es decir, también por el bien común de la población. Pero, aunque digna del mismo agradecimiento, esa es otra historia. Otro día les pondremos a parir con tan fausto motivo, por supuesto. Faltaría más.

Querido papá Estado: vete a tomar por el culo; interven en mi vida lo mínimo imprescindible. Cumple con tu obligación de educar, de informar fidedignamente y déjanos en paz de una puta vez. Tus hijos, con padres en el mundo o sin ellos, son perfectamente capaces de discernir cómo quieren vivir y qué tipo de sensaciones desean experimentar durante ese maravilloso y corto periplo cósmico. Deja que tu pueblo madure tomando sus decisiones y, sobre todo, no mientas con tanto descaro.

Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, palabra, y, en algunas ocasiones, a cada cerdo le llega su San Martín. Bueno, de vez en cuando, creo.

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Eternamente rubia

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Para mi amigo Alfonso Truchuelo Cruz. Un abrazo fuerte, monstruo, y que cumplas muchos más…

Acabo de repasar las fotografías de la última sesión que ofreciste en vida. Por uno de esos azares del FB, y por puñetera casualidad, vuelvo a contemplar las imágenes que más me enamoraron de ti, querida. Tu amigo George Barris las tomó en la playa de Santa Monica (California, EE.UU) el 13 de julio de 1962. Y dice la leyenda  -todo respecto a ti lo es, incluso los fríos hechos consumados-  que tres semanas más tarde tus treinta y seis preciosos abriles se apagarían para siempre.

Debo confesarte que siento un cierto vértigo al escribir sobre ti, rubia. Entre otras cosas, y en honor a la verdad, me parece imprescindible para acometer semejante tarea con una lejana garantía de éxito,  poder fumar, fumar tanto y tan bien  como Bogart,  o como quien tú quieras, y utilizar para estampar mis pensamientos sobre el papel una hermosa y negra Underwood, llena de serigrafías doradas, como la que usaban  mi abuelo para sus cosas y Walter Mattau para las suyas en “Primera plana”. Bueno, mi abuelo era un cachondo y un hombre honesto, pero nunca llegó a ser actor; eso sí, le ofrecieron alguna que otra vez pruebas de cámara, pero se negó siempre, tímido él. Era una de esas ruidosas y entrañables maravillas  -la máquina, no mi abuelo-  a las que siempre les fallaba la letra e, que destrozaban una cinta pringosa cada poco, que resistían tozudas mis asaltos a base de dos dedos no excesivamente veloces, aunque ilusionados.

Pero ya no fumo, por prescripción facultativa y por gilipollas, y la Underwood de mi abuelo reposa, absolutamente inútil, en el cuarto de mi hermano, que es su castillo, así que resulta del todo impensable ponerme en plan Arthur Miller para expresar lo que hoy siento por ti, que sería lo suyo. Habrás de perdonarme la imprudencia temeraria con infracción de reglamento, porque es lo que hay. De cualquier manera, siempre estarías a tiempo, con un mohín de tus labios perfectos, de disuadirme de la empresa a la que me enfrento, orden que yo acataría como el más abyecto de tus esclavos, claro, que eso del sadomaso se llevaba y se lleva, y además viste mucho, sobre todo de cuero. Las reales hembras están para algo, qué coño. Pisa mi corazón, que ya está maduro, que decía el otro.

Y fíjate que hoy me atrae de ti un aspecto que creo poco conocido en tu figura. Llenas hasta el paroxismo  las soberbias fotografías de Barry con esa mezcla indefinible y única de tristeza tardía, de falsa vulnerabilidad,  de morbo maduro y reventón y de sexo puro y duro, apetecible y lujurioso como muy pocos, que hoy día capto con toda la fuerza que emanas, cosas de la edad. Sí, todos conocemos las instantáneas de tus pelis, tus faldas revoloteando a tu alrededor y tus breves sandalias de tacón, pero ninguna de esas fotos es comparable a las que hoy revisito, con tantísima nostalgia de ti. Por cierto, mis feivuraits (o sea, prefes) son aquellas en las que llevas una rebeca  -más cine-  de esas que estuvieron tan de moda,  de lana blanca con adornos negros,  punto muy grueso y cinturón. Lógico; yo tuve una  chaqueta igual -miento, otra vez mi hermano-  que también utilicé arteramente para tapar los hombros desvalidos de alguna que otra ninfa, aunque en aquellas ocasiones no andaba pensando en ti. El viento marino te azota y te agita la rubia melena, besándote con más limpieza que ninguno de tus fracasados amores, y tú sonríes satisfecha, hembra preciosa en sazón que desborda el objetivo de la cámara, tan linda.

 Pero lo que hoy llama poderosamente mi atención son una serie de frases y de pensamientos atribuidos a tu caletre,  que llevan una temporada circulando como novedades por esa inmensa telaraña  de mentiras amables y de estúpida, insípida crueldad, que conocemos como feisbuc. Quiero aceptar que son tuyos, porque siempre he pensado que habría que hacerte justicia tarde o temprano. Me resultan profundamente llamativos porque te retratan, siquiera sea por encima, como ente pensante de cierto calado, además de ser la rubia más explosiva que los tiempos han visto, con permiso de Mae West. Se te queda así estrecho el papelito tontorrón, aunque sexy, de “happy birthday, mister President”, con aquel taciturno estudiante de Harvard enfermo de la espalda que se volvería loco por ti; destrozas las fotos chorras y la filosofía imbécil y simplona del tonto del culo de Warhol y de sus putas sopas Campbell con tu sola sonrisa; te revelas, en suma, como una mujer más cierta que lo que nos quisieron vender, o que lo que nos vendiste, reguapa, asomándote muy por encima de tu imposible escote.

Siempre te hiciste pasar por tolay, me malicio. No me voy a liar aquí a colocar las citas tuyas de las que hablo entre comillas ni nada por el estilo, de todas formas. Estoy seguro de que tu inmensa legión de seguidores ya ha buceado en las tripas de la red de redes para localizar esos destellos de tu indudable personalidad, de manera que me ahorro esa aburrida tarea. Lo que sí quiero que te quede muy claro, reina mora, es que al final creo haber conseguido, siquiera sea para personal consumo, adentrarme un poco más en tu vida, en los vericuetos un tanto retorcidos que dirigieron tu viaje personal sobre la Tierra. Extraigo como triste corolario que nunca llegamos a prestarte la atención que demandabas, deslumbrados por ese sexo húmedo y enloquecedor que jamás aprendiste a controlar. Dejando aparte tus fantasmas infantiles, si nos hubiéramos mirado más en el fondo de tus ojos que en el forro de tu falda, muy posiblemente nos hubieras alegrado las masculinas pajarillas muchos años más. Pero disimulabas tan divinamente  tus necesidades que…

Hiciste polvo a Sinatra y a un billón de dolientes mortales con tu muerte, y dejaste un  gran enigma sin resolver. Por cierto, quiero que te conste que ya me importa tres cojones quién mató a JFK; me preocupa mucho más tu sórdida partida desde este mundo al otro, qué carajo, así que agradecería mucho que alguien rompiera el espeso velo que rodea tu secreto postrero. Bah, nos quedaremos con las ganas, para variar.

En fin, guapa, son las cuatro de la mañana pasadas, y hay que dormir. Me ha gustado mucho charlar contigo, porque aunque parezca que no te has molestado en contestarme, tú y yo sabemos que eso no es verdad, ni mucho menos. Te deseo un sueño tan dulce como la sombra de tus pestañas, y te rogaría que saludases a Bogart y le dieras, igualmente de mi parte, un besazo de tornillo a la Flaca, porque casi la quiero más que a ti, ya me disculparás. Ella, todo ojazos de gacela,  también sabe quién soy; nos hemos timado descaradamente infinidad de veces cuando su marido no miraba.

Fácil; siempre andaba fumando, el jodío.

Nota al pie: La casa de subastas londinense Bloomsbury ha vendido ocho de estas fotos el  4 de junio de 2015. Deberían haber formado parte de la autobiografía de la actriz, titulada “Marilyn: Her Life In Her Own Words“ , que el fotógrafo decidió no publicar tras la muerte de la estrella. Descansa por siempre en paz, preciosa, y muchas gracias.

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Ecuaciones de sangre

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“El que no sabe por qué camino llegará al mar, debe buscar al río por compañero”

 John Ray

La vida me ha quitado mucho últimamente. Desde un ya algo lejano diciembre del 2012, me he visto envuelto en un pavoroso torbellino de acontecimientos impactantes, que a pique ha estado de acabar con mi salud y con mi existencia.

He contemplado cómo mi oído, el más aguzado de mi sentidos, quedaba muy dañado para siempre, creo. Padezco la tortura imparable de los acúfenos y mi equlibrio es francamente precario. Me cuesta un congo tragar ciertos alimentos con la natural facilidad que sería de esperar en cualquier ser humano, y mi cuello me obsequia constantes tirones musculares. Tengo las manos dormidas de continuo, escribo mal a máquina y espantosamente a mano, y mis pies parecen estar siempre embutidos en un par de zapatos rellenos con arena de playa, esa es la sensación. Mis rodillas se doblan con mucho esfuerzo y me duelen horrores, dificultándome el desplazamiento.

Todo este catálogo de incomodidades, que ya entiendo convertidas en secuelas, se ha producido por el duro tratamiento al que me sometí, de manera que no hay rehabilitación posible de las mismas, puesto que su naturaleza es farmacorradiológica y no neurológica. Mis médicos, encantadores todos ellos, me dicen que hay quien se recupera del todo y hay quien no; que hay quien vuelve casi por completo a ser quien era y que hay quien parece, como el clásico, una sombra de lo que era.

En mi caso, creo que me encuentro a mitad de camino de esa supuesta recuperación casi total que, insisto, no creo que llegue jamás; ya hace mucho que mi diabólico huésped remitió por completo, y no experimento, o no creo experimentar, mejoría alguna en los síntomas arriba descritos. Lógicamente, a semejante panorama hay que añadir la implacable actuación de la edad, que me castiga a diario con su cruel mensaje como a todo hijo de vecino. Llega un momento, no exento de amarga ironía, en el que no sé a quién adjudicar la infame autoría de mis goteras, si a mi tratamiento o a mis años. A mis canas imposible, porque estoy calvorota perdido, que esa es otra.

Pero estoy vivo. Perfecta, lujuriosa, alegre, desesperada, malhumorada y completamente vivo, mal que me pese en ocasiones. Me hallo en el proceso de aceptar todo cuanto me ocurre, aunque con franqueza no sé si al final tendré el coraje de asumir mi nueva y definitiva transformación en la persona que ahora soy. Me he dejado muchos pelos en la gatera, y el individuo que salió por el extremo opuesto del túnel,deslumbrado y muy asustado, me mira inquisitivo cuando le saludo frente al espejo, intentando recuperar la confianza en sí mismo. Parece decirme: ¿”Qué hacemos ahora, amigo mío? ,¿qué nos queda que esperar?,¿qué nos va a ofrecer la vida de ahora en adelante?”. Todavía hay días muy duros, aún hay momentos en que la conciencia de la propia situación física me hace polvo.

No obstante, no me quiero resignar. Me parece una actitud digna del esclavo que nunca he sido, y esa certeza me fuerza a buscar en mi interior la motivación necesaria para seguir avanzando en esta loca aventura de existir. Antes de enfermar, yo era la alegría de la huerta; incansable en la charla amable con los amigos, la diversión ruidosa, el escarceo excitante y lúbrico, el alcohol, el tabaco, las drogas. En una sola frase, estaba perdidamente enamorado de la vida, de la mía  -aunque perfectible, claro-  y de la de los demás. De modo y manera que en algún lugar de mi viejo armario ropero debe hallarse una caja que contenga el secreto de mi vida anterior, de mis pasos perdidos y añorados bajo la luz del sol.

Y para hallar esa caja, acuden en mi auxilio los valiosos regalos que Fortuna, en una típica demostración de justicia cósmica aunque ciega, me ha hecho llegar poco a poco. Ecuaciones de sangre, ecuaciones vitales, incógnitas aún por despejar. Mi afición por la escritura está reportándome una enorme cantidad de minúsculas satisfacciones, una pléyade de anónimos triunfos cotidianos que me ayudan a sobrellevar mi actual historia, que alejan la depresión y la tristeza, exorcizando viejos espectros. Disfruto de la bendición de un maravilloso entorno personal, porque estoy rodeado de personas a las que adoro y que me corresponden, que se preocupan por mí, que están siempre donde tienen que estar. Pareja, hijos, familia, amigos: mis actuales devociones, las anclas que pugnan por devolverme al lugar del que nunca debí salir. Y mis secuelas no me impiden practicar unos cuantos deportes con la mínima soltura requerida para poder disfrutarlos. Así pues, alguna playa remota me espera, con seguridad, para acogerme de nuevo con la alegría del reencuentro.

La vida me ha quitado mucho últimamente. Pienso en todo ello cuando sopla un viento negro a mi alrededor, cuando oigo la risa estremecedora de antiguos dioses que me reclaman cruelmente.

Pero estoy vivo. La vida me ha dado mucho últimamente.

 

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Aurora

new dayPor segunda vez en lo que va de noche, llora. Siente una congoja indefinible, que le arranca gruesos lagrimones. Sentado en la acera, con las manos entrelazadas bajo las rodillas, todo gira a una velocidad de vértigo a su alrededor. Luces intermitentes, destellos azules y naranjas; curiosos que se arremolinan como polillas suicidas, atraídas por el resplandor de los faros presentes en la escena.

A su derecha, una motocicleta destrozada exhibe impúdicamente sus entrañas, o lo que queda de ellas, empotrada contra el maletero de un todoterreno. Sus jugos, la esencia de su vida, se desparraman lentamente sobre la acera y la van tiñendo de un curioso color verde fósforo.

La puerta abierta del automóvil deja ver a una mujer, hermosa y joven, que se suena ruidosamente la nariz mientras consigue hablar a duras penas con un policía. Con el ceño fruncido, el agente va tomando nota de la declaración de la joven.

El hombre se levanta y se dirige, con premura, hacia el grupo de personas que rodean la escena del accidente. De repente, necesita enterarse con auténtica desesperación de lo que acaba de acontecer allí; no sabe por qué, pero así lo siente hasta en la médula de sus huesos.

Pero tan sólo el silencio responde a sus enfebrecidas preguntas; nadie se gira, ni siquiera para mirarle, mucho menos para contestarle. Intenta, ya fuera de sí, agarrar a uno de los agentes de policía para suplicarle, para exigirle que le cuente, detalle a detalle, qué ha sucedido allí…

Más todo es en vano. Horrorizado, percibe perfectamente que es incapaz de tocar, de asir, de interactuar con todo lo que le rodea. Objetos y personas se resisten, crueles, a sus tremendos esfuerzos. Y cuando gira sobre sí, preguntándole al cielo qué es lo que le ocurre, rezando a gritos para poder salir de semejante pesadilla, entonces lo ve. A cierta distancia de la motocicleta, como un muñeco roto, un pelele triste yace sobre el asfalto. Su cuerpo presenta multitud de heridas y su cabeza, con el casco aún puesto, describe un ángulo imposible para una persona viva.

Instintivamente, se echa la mano al cuello dolorido. Recuerda, entonces, bajo la lluvia cruel y recortándose su espectro contra la fachada de un edificio cercano, por qué ha llorado la primera vez durante esta noche que es ya interminable.

El personal médico introduce el cadáver en la ambulancia y el vehículo  se aleja raudo, aunque ya no hay prisa alguna. La policía acompaña a su casa a la mujer del todoterreno, que una grúa se encarga de transportar. Los restos de la motocicleta, como si de un insecto enorme y malparado se tratase, viajan ya hacia el desguace a lomos de otro vehículo.

Se queda de pie, parado y triste, luchando por aceptar su nueva condición. Sabe que su llegada al mundo espectral no tiene viaje de retorno, aunque reconocer tal hecho no le consuela en absoluto.

Mientras la aurora comienza a clarear, el espectro se aleja caminando muy despacio, disolviéndose poco a poco en la nada pavorosa que en adelante será su hogar.

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Bajo el asfalto

vampirosPor la noche, se puebla el metro de fantasmas amigables, de seres humanos que ya han olvidado lo que fueron. Imaginándose, soñándose a sí mismos en tiempos mejores, caminan por los interminables pasadizos mientras les sigue el sonido de sus propios pasos como un zorro de humo y sombras que huele a goma quemada.  Resuenan los tacones imposibles de punkis y moteros fuera de su siglo, y sus chupas de cuero y acero hacen guiños que un día fueron amenazadores  a currantes marroquíes en mitad del Ramadán.  Se apagan los reflejos del Hombre sobre los bruñidos raíles; los rostros de la multitud bailan una danza vertiginosa rebotando sobre las lunas de los vagones, asépticos y blancos, preñados de dulce anonimato. El mío, mi rostro, no baila.

 Suenan, impertinentes, los guasaps y se oyen los estúpidos vídeos del momento, reproducidos y compartidos en alas de la ignorancia, del mal gusto. Menudean los selfis, las crudas exaltaciones del ego machacado por la vida, puta cruel que no respeta a santos ni a pecadores. Cuando yo era joven, tatuábamos nuestras pulsiones, a golpe de hormonas, en los troncos indefensos de nuestros árboles favoritos. Hoy día, arrasan estos desdichados redes y blogs con las imágenes que segrega su desesperación, su ansia vertiginosa de esa fama irrenunciable de la que hablaba Warhol, gigantesco y pésimo poeta de la vaciedad moderna. Cambian semanalmente su foto de portada en las redes sociales: hay que aparecer más atractivos, más interesantes, más felices; o aceptan semejante exigencia, o nada son. Cualquiera es periodista, aunque ahora se dice bloguero; cualquiera es fotógrafo vía Instagram y similares; yo mismo soy ambas cosas, qué carajo. Bueno, hablando con propiedad, fui periodista. Ahora no soy nada, y lo soy todo.

 El aburrimiento de las taquilleras se desparrama sobre sus teléfonos, ahítos de feisbuc, rebosando información inane, conspicua. Repulsivos anuncios de empresas todopoderosas acechan bajo las innumerables y centenarias teselas, que levantan obreros polacos y vociferantes en un intento de reparar lo que es, a todas luces, irreparable. Sus desagradables gritos se funden con el tren, con sus luces implacables y ciegas, conquistando túneles y presencias, asustando ratas enormes y malos pensamientos. Mientras, el silencio hosco de algunos viajeros tropieza con las voces desaforadas de otros tantos, y la alegría desatada de unos pocos ofende los pensamientos tristes de la mayoría. Yo no tengo necesidad alguna de gritar; prefiero susurrar suavemente. Me basta y me sobra.

Al mismo tiempo, mi ciudad sueña, febril y apresurada; respira con un ritmo profundo y caótico que nada bueno augura, al menos para ellos. Vomita historias, volutas de seres humanos y bestias diversas que se entrecruzan, arrítmicas, bajo la luz impía de Occidente. El cielo es color beige y se divide en planchas curvas de metal que separan piadosamente a la doliente humanidad de la oscuridad insondable y amarga que les rodea por doquier. Ellos no la distinguen, no notan cómo estrecha el cerco sobre sus vidas vacías. Yo sí. Yo vivo en esa oscuridad; me alimento de ella.

 Un dragón inmenso, enorme, acecha en el fondo del túnel, muy cerca de la estación. Devora, goloso, una montaña interminable de deseos muertos, de sueños abandonados con crueldad en el andén, y ya nada es lo que parecía ser. Chasquea sus poderosas mandíbulas, cerrándolas sobre sus víctimas una y otra vez. Ellos, los mortales que me rodean, no pueden verlo; yo lo percibo con total claridad.

Paso desapercibido entre tanto maniquí animado como se mueve aquí abajo. Sombra entre sombras, procuro salir a la superficie solamente cuando el Hambre acecha, y, una vez saciada, vuelvo sobre mis pasos. Mi apariencia es gris y anodina cuando yo quiero que lo sea. Cualquier observador normal apenas se fijaría en mi presencia, lo que juega a mi  favor. Puedo ser el mendigo borracho y barbudo que ladra a la luna en un instante, para convertirme en un atildado funcionario minutos después; desaparezco en el interior de un muro para resurgir al otro lado, y siempre con la elegancia de un espectro y con su mismo silencio. He encontrado en este laberinto de galerías sucias, interminables, algo similar a un útero amigable y cálido que me cobija durante las horas de debilidad. Cuando despunta el alba de los hombres acaba mi día, y es imprescindible que el sueño me rinda estando a salvo de sus insidias y de su odio.

Algunos hermanos se extrañan ante el maloliente alojamiento que he escogido. Se jactan de habitar en nobles criptas bajo la luz incierta de una luna que se filtra entre las ramas antiguas de árboles centenarios. Presumen de los bellos paisajes que contemplan al anochecer, del olor a madreselva y tomillo que inunda sus despertares, frescos y fragantes. Gustándome como me gusta semejante panorama, soy más práctico que ellos y, por el mismo motivo, mucho más viejo. ¿Qué mejor lugar para esconderse, entonces, que en las cercanías de una multitud abigarrada y ruidosa, que apenas tiene tiempo para levantar la vista y contemplar a sus semejantes? La  luz artificial que aquí todo lo inunda de continuo, no me hiere, y multiplica, además, mis horas de actividad. Si no fuera por el sueño, que me derrota como a cualquier criatura, mis andanzas no tendrían fin.

 Del mismo modo que ocurre con Lucifer, mi mejor defensa resulta ser la incredulidad de los hombres, su negativa a aceptar mi existencia. Pero, sin embargo, soy real, terriblemente real. Yo soy ese retazo de miedo que creen percibir por el rabillo del ojo en la soledad de una estación en la madrugada. Yo soy el soplo gélido que eriza el vello de sus cogotes, que les hace girarse súbitamente para encontrarse con el vacío que deja mi estela. Soy la angustia irracional que duerme bajo cada cama, la rama del árbol muerto que araña el cristal de la ventana en una dura noche de febrero. Mi fuerza radica en el horror cotidiano que habita en cada objeto, en cada situación aparentemente normal. Yo soy, en fin, la encarnación eterna de un poder arcano y cruel, mucho más antiguo que cualquiera de sus patéticas civilizaciones.

En consecuencia, antes que nada observo; observo todo cuanto me rodea como un tigre viejo y sagaz, absorbiendo, clasificando, anotando datos en mi cerebro  como un entomólogo dedicado y erudito. Me regodeo en los detalles, en los retazos de vida que se les escapan a los hombres. Dejan pasar ante sí porciones de universo, galaxias desgajadas, sentimientos únicos e irrepetibles sin inmutarse lo más mínimo. Desperdician groseramente la llamada de lo eterno porque, en su inmensa mayoría, son incapaces de captarla en toda su dolorosa intensidad. Yo veo, con todo lujo de detalles, las miradas que se cruzan, los pensamientos entrelazados y las vidas paralelas que buscan encontrarse, aún sin saberlo. No puedo evitar sonreír con crueldad cuando el infinito yerra sus dardos, cuando la providencia es ignorada a pesar de su desbordante bondad.

Procuro no engendrar hijos, discípulos. Me aburre soberanamente la tediosa labor que supone la difícil educación de uno de los nuestros, y estoy convencido de que es mucho mejor, por más discreto, alimentarme de unos y otros sin llegar a apurar sus vidas. Bebo de todos y cada uno, me mantengo fuerte y saludable, y evito asumir la insoportable responsabilidad que supone dar a conocer el Hambre a otros seres y propagar el miedo entre mis víctimas.

Solamente hay una ocasión en la que me resulta muy difícil obedecer mis propias reglas, y es cuando me alimento de una mujer hermosa y joven. Sentir cómo se retuerce bajo la presión de mi mordisco, oír cómo gime de placer, es algo que puede llevarme más allá de mis límites con consecuencias desastrosas. No puedo impedir que me invadan los recuerdos de mi otra vida; no soy capaz de sustraerme al intensísimo goce de los sentidos que me produce semejante situación, y a menudo siento una malsana curiosidad sobre la vida de esa mujer. Quién es, cómo se gana la vida, a quién ama. En esos momentos, desearía hacerla mía por completo, aspirar el tesoro de su sangre impetuosa y adorarla por toda la eternidad. Jóvenes para siempre, recorreríamos como almas gemelas la tierra toda, buscando bajos los cielos nocturnos el camino que estamos condenados a recorrer. Compartiríamos aventuras amargas y apasionadas para hundirnos, al final de los días, en una tiniebla definitiva y olvidada por los dioses y por los hombres.

Pero dura poco semejante ensoñación. Se impone al final el sentido común y se disipan las dudas en cuanto contemplo una nueva beldad. Vuelvo a ser consciente de que todas las hembras de la tierra están a mis pies, a mi entera disposición si yo así lo deseo. Y pese a ello, a despecho de la conciencia de mi innegable superioridad, ciertas noches resultan ser un tanto especiales, por decirlo de alguna manera. Paseando bajo pobladas arboledas, perdido en mis pensamientos, creo percibir de repente una luz en la distancia, un resplandor que me llama. Se dirige certeramente a la persona que fui antes de nacer para la oscuridad, y la llama con voz de trueno, recordándole sus orígenes, reclamándola para sí con algo que se parece mucho al amor. Me espantan semejantes visiones; turban la rojiza paz de mis noches y me llenan la mente de espantosos recuerdos a los que ya no debo prestar atención, porque podrían suponer mi desaparición definitiva, mi total aniquilación. Me duermo asustado y pesaroso, pues deseo con todas mis fuerzas salir de  mi refugio y desafiar al amanecer, resolviendo así de una vez por todas el periplo de Caín sobre la tierra. Poseído por tales ideas, me cuesta trabajo conciliar el sueño, aunque finalmente lo consigo. Y nuevamente me despierto en paz. Vuelve a invadirme la fría calma que a diario preside mis actos; tomo conciencia, otra vez, de los goces innumerables que me proporciona deambular por la sutil zona crepuscular que separa nuestros mundos, y agradezco ser lo que soy. Y siento, como siempre, el aguijonazo acuciante que me saca de mi sueño noche tras noche.

Algún día, esta ciudad que me cobija y me alimenta aún sin quererlo, no será más que un montón de ruinas cubiertas de olvido. La hiedra, ingobernable, entorpecerá el paso de la luz, que no podrá llegar hasta las entrañas del gigante muerto para intentar revivirlo, y los hombres que una vez la habitaron se habrán convertido en ceniza y recuerdos vanos, pues tal es el destino de esta singular raza.

Algún día, y entre los restos desvencijados de los vagones y de las estaciones que en su momento los cobijaron, me alzaré en busca de un nuevo horizonte. Cuando la noche tiña la vida de negrura, cuando sus criaturas magníficas huellen el mundo para alimentarse, me iré con ellas lejos, muy lejos, porque esta ciudad será una cáscara vacía y exánime.

Pero yo seguiré siendo el mismo. Acecharé entre las sombras y susurraré los nombres ocultos del dios de los hombres; llevaré el miedo en mis manos y buscaré, por siempre, la compañía de mujeres hermosas para sentir por ellas un amor imposible.

Y lo haré por toda la eternidad. Porque yo soy lo que soy.

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Fútbol y mujeres

mujerfutbolYo no sé si esto pasaba con Franco  -o sea, cuando yo era joven, que también lo fui-  o si no; no sé si es que mi natural despiste me impedía apreciar según qué cosas o si es que tales asuntos no existían en absoluto. Cabe dentro de lo posible que, dado que siempre me han importado tres cojones y la bailadera la cuestión balompédica, tampoco me fijase demasiado en semejantes menesteres, y menos en la época que nos ocupa.
Como todo español bien nacido, tenía yo tarea más que suficiente en mantener, dentro de lo posible, mi sexo dentro de mis pantalones y mis manos alejadas de todo lo hermoso que la vida me ofrecía, que era mucho y bueno en aquellos lejanos entonces. Se me iban la especie y el resuello en perseguir hembras, lo cual no significa, claro está, que siempre alcanzase mi objetivo. Y una vez alcanzado, el triunfo o el fracaso pasaban, curiosamente, a segundo término. Así que nunca entendí eso de perseguir una pelotita en calzoncillos y rodeado de tíos,  la verdad sea dicha.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar del público que asistía a los partidos de fútbol, y que era masculino por una abrumadora mayoría. Las Puris de entonces, que se llamaban Conchitas, o Marías Isabeles, o algo así, se quedaban muy recatadamente en casa mientras su Pepe correspondiente acudía encantado al estadio del equipo de sus entretelas. Lo hacía perfectamente dispuesto a ciscarse en la madre que había parido a Panete, al árbitro y a toda la familia de los jugadores contrarios, con razón y sin ella, faltaría más. Mientras tanto, Puri se quedaba en casa, escuchando a  Ama Rosa, aguantando a los churumbeles o planchando, o todas esas cosas a la vez. Ni por asomo se le ocurriría a aquella buena mujer oplnar de fútbol, por mucho que le apeteciera, y ya no digamos cogerse del brazo de Pepe, enganchar la bufanda y marcharse al estadio para vociferar junto a su hombre, encantada de la vida. O al menos, esa era mi percepción sobre el asunto. Porque lo cierto, cuando mis padres eran jóvenes, no era que las féminas no entendieran de fútbol; tenían sus preferencias y podían ser tan forofas como el que más, pero no daban rienda suelta a sus sentimientos por si las que vuelan.
Curiosamente,  en mi casa mi padre era colchonero furioso y mi madre merengue a tope, y ambos iban juntos al fútbol con cierta frecuencia, pero yo tenía la convicción, no sé por qué, de que eran una pareja excepcional en aquel sentido.
De manera que  crecí identificando  los partidos de fútbol como una cuestión definitivamente masculina, tirando a basta, debo confesarlo, y alejadísima por tanto del eterno femenino. Diré, de igual modo, que tengo atragantado el deporte rey desde mi más tierna infancia, sin que tenga demasiado claros los motivos de semejante gato. Pero es lo que hay.
Claro está, me ha tocado caerme del guindo en este asunto como en tantos otros, y como no soy muy listo que digamos, me he caído de cabeza del árbol en cuestión después de que la realidad patease groseramente el tronco. Anda, mira, casi me sale un juego de palabras…
En los tiempos que corren, ya no es notorio ver y escuchar a nuestras compañeras opinando de fútbol con la misma pasión que sus gachós, mientras manejan diestramente el glosario propio del asunto con el desparpajo que da la costumbre. Vuelan entre ellas los insultos hacia el equipo contrario, las descalificaciones del árbitro y los linieres, los gritos de júbilo o de desencanto. O sea, que las ninfas, nínfulas y ninfulillas que me rodean caen también en los brazos del puto fútbol, dejándome con cara de vaca viendo pasar el tren. Exactamente igual que si fueran tíos, vaya.
Ya lo siento, pero sigue sin encajarme, qué le vamos a hacer. Sí, ya sé que todo esto puede sonar a reviejo, carpetovetónico y machista, pero lo cuento como lo siento, qué coño. Alguien habrá que me lo llame, y quizá le asista cierta razón, sin duda. Me permito, no obstante, reivindicar la imagen que yo tenía de nuestras chicas en mi juventud: con su propia personalidad y su mala leche, anárquicas y divertidas; madres o no, solteras o casadas, sexys o sensuales, pero siempre lejos de los rebuznos inevitables relacionados con algunas prácticas falsamente deportivas, diseñadas para machos muy machos… aunque, iluso de mi, ignoraba yo que la procesión iba por dentro.
Ay, tolay, que así te luce el poco pelo que te queda. No te das cuenta de que, en perfecto uso de sus derechos, las chorbas nos adelantan por la derecha y por  la izquierda sin dejar de sonreír, de darnos la razón en todo y de hacer lo que se les pone en el moño con todo el descaro del mundo. Bueno, también es cierto que ya iba siendo hora, compañeras.
Pero lo del fútbol es que no lo veo…

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Cien días

lascortesNi uno más, ni uno menos. Es el período de tiempo que la cortesía parlamentaria y la higiene democrática aconsejan observar tras la proclamación de nuevas autoridades, sean del nivel que fueran, y no soy yo quién para enmendarle la plana a semejante tradición, líbreme Dios y válgame un debé. He procurado hacerlo con todos y cada uno de los gobiernos que llevamos sufriendo desde que palmó el abuelo, intentando ser lo más objetivo posible por el bien del país que amo, aunque para ello haya tenido que poner sordina a la vocecilla que habla de política en mis tripas en multitud de ocasiones. Algunas veces lo he conseguido y otras no, pero ese es otro cuento. Que uno no es de piedra, carajo.

La convulsión electoral a la que hemos asistido es perfectamente lógica y saludable en una democracia que se precie de serlo, y en principio, aunque con mucha cautela, le doy la bienvenida. Y a continuación cuento por qué , desde luego. Antes morir que callar.

Recuerdo la ascensión al poder de Isidoro y sus secuaces; recuerdo los comentarios que se hacían en mi casa; recuerdo algún atisbo de miedo en los más mayores, la alegría de los jóvenes y el coco que la derecha agitaba frenéticamente, hablando de hundimiento de los mercados, de recesión, de paro y de todas esas cosas que tan a menudo utilizan los dueños del belule cuando quieren acojonar al personal. En aquellos tiempos ya algo lejanos, ni se fracturó España, ni se hundieron los mercados, ni nada por el estilo, y todos aquellos agoreros tuvieron que envainársela y callarse. Si la situación económica empeoró después, creo que no se debió a ningún tipo de histeria mercantil o financiera, sino a una clara ineficacia a la hora de gobernar. El capital reaccionó como suele hacerlo, con rapidez y con hambre desmesurada, y en menos de lo que se santigüa un cura loco, fagocitó a los coleguitas de las americanas de pana y las corbatas de punto, por el mero expediente de embutirles en un terno de Armani con corbata de Hermés, pongo por caso. Claro, la cura fue radical, qué coño. Socialdemocracia sí, socialismo no; OTAN, de entrada, tampoco. Y hala, a meter mano a la guita.

Es un esquema que sin duda tenderá a repetirse con terrible eficacia, porque los poderes financieros, al igual que Natura, le tienen horror al vacío. Escucho hoy comentarios muy similares, cargados de temor y de odio, que es mucho más triste; se agitan y se manejan los mismos fantasmas de entonces. Volverán las oscuras golondrinas y estará por ver  -de ahí los cien días-  cómo se las gastan los recién llegados frente a la que se les viene encima, cómo reaccionan ante las tentaciones del mundo, el demonio y la carne. No me creo que estos nuevos cátaros se la sigan cogiendo con papel de fumar mucho tiempo, francamente; no me creo sus proclamas de pureza ideológica ni sus consignas medio pijiprogres medio guevaristas, ni que lo asambleario siga vivo y coleando. O coleteando, con perdón por el dislate.

Y es que no me acaba de entrar por el ojo bueno el señor Iglesias, qué le vamos a hacer. Me huele un poco a puchero enfermo la trova que tanto airea, que tan bien vende. Es un tipo soberbio, que hace gala de su condición con excesiva facilidad y que no me parece que tenga el temple imprescindible para gobernar; está tan encantado mirándose el ombligo y repasando sus triunfos, que no sé si tiene bien claro la que le espera. Adolece, además, de un grave problema: que no es político profesional. Es decir, que, por contra, tiene  -tenemos-   también una gran ventaja: que no es político profesional. Creo a pies juntillas, eso sí, en la honestidad de tantos miles de personas como le apoyan, en la ilusión que ponen en su esfuerzo y en lo saludable de su actitud. Lo que no sé es si creer del mismo modo en lo acertado de su postura; ya se verá.

Por otra parte, debo confesar que a mi vena iconoclasta, que aireo y cultivo con primor, le pone mucho ver a la ciudadanía en marcha, a la sociedad civil repartiendo hostias a diestro y siniestro en los durísimos jetuños de tanto sinvergüenza como chupa de la teta so capa de gobernarnos. Ya era hora, a fuer de sincero.  A ver si reparten unos capazos más, bien colmaditos, que falta hace. Es un derecho inalienable de un pueblo maduro, responsable de sus actos: poner pie en pared y dejar muy clarito quién es el que manda, lejos de ser populismo, es llamar a las putas cosas por su nombre.

Vamos, que lo del shock and awe es pura filfa comparado con los escalofríos que llevan sufriendo una temporada ya larga los miembros de la casta, que dice el amigo Iglesias.  Yo, que ya no soy joven y que ya no me da el físico ni para barba, ni para coleta ni para pendiente, voy más allá: son casta, sí, pero no de cualquier tipo. Son la puta casta extractiva, tal cual. Me permito sugerir una búsqueda en internet del término en cuestión, por lo que tiene de ilustrativa y pedagógica, si bien es cierto que revuelve bastante el estómago.

Explota la capital de mi país, y tras ella todas las capitales de provincia y de autonomía, de gentuza venida de toda España a no hacer nada, a saquear los fondos de los demás, a descargarse fotos porno en caras tablet que no han pagado. Cuando no duermen en los plenos, se hurgan en las narices en las comisiones, y como excelsos sorbecepas que son, se ponen ciegos de menús de puta madre a precios de escándalo en el restaurante de las Cortes, regados con vinos simili modo. De los sindicatos, esas magníficas agencias de viajes para afiliados, no vamos a hablar, que acabo de cenar y se me puede subir mucho la mostaza.

Ah, por cierto y antes de que se me olvide: la canalla que intenta regir los destinos de este país a golpe de asaltar la caja común, esa tropa de sanguijuelas infames, no tiene color político alguno; quiérese decir que absolutamente todos los miembros de los partidos cuyos gobiernos hemos padecido desde la primera victoria socialista, son igual de chorizos, golfos, aplauseros y tuercebotas, sin distinción alguna de credos ni de banderas. A ver si se me va a entender mal, que ya sabemos que aquí lo que mola es poner a parir a unos olvidando piadosa e hipócritamente las trapacerías de los otros. No es mi caso, vaya. Yo tengo memoria histórica para todo dios, no como algunos que yo me sé, y puestos a dar tiza, a cada uno lo suyo. No me vale el pues anda que tú como argumento, pero sí como telón de fondo clarísimo y fácil de documentar en cualquier hemeroteca.

Y sentados en la parte de atrás, un montón de escombros. Los peperos, desnortados, con un partido hecho astillas, sin pegada ni corazón para hacer lo que todos ellos saben que hay que hacer. Los sociatas, desesperados por tocar pelo, haciéndole descaradamente el juego a la nueva izquierda, vendiendo su primogenitura por un plato de gallinejas, por ejemplo. El gallego medio tartaja anda despistadísimo y herido de muerte, pero el economista guapito y joven está empedrando el camino hacia su propia perdición. Otro flojo en la cosa de la memoria histórica, mira tú por dónde. Y los reyes del rocanrol dejándose querer y diciendo Diego donde dijeron que de pactos ni hablar. La hostia, vaya. Mal empezamos.

Así pues, tengo el corazón partío, como decía el flamenquito. La cabeza me indica una dirección y las entrañas muy otra, esa es la verdad. Me haría muy feliz ver a mi querida España gobernada, en todos los niveles de la administración del Estado, por gente honrada, capaz y honesta. Celebraría ver las cárceles llenas a rebosar de delincuentes y de malas personas; oír el sonido cantarín de los euros robados al ser devueltos. Me encantaría amanecer todas las mañanas en una nación unida, fuerte, justa, próspera y solidaria, amante de sus hijos, al socaire amable de la misma bandera. Daría los cuatro cacharricos que tengo por que así fuera, lo juro. Pero me pasa un poco lo que al imprescindible don Francisco, que no hallo cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Y tal y tal. Vaya currazo que os espera, troncos. Que no os pase ná.

Esperanza sí, pero muy desesperada. Luz, más luz.

Cien días. Ni uno más, ni uno menos.

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Márketing y gin tonics

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Muy serios, muy formales y muy circunspectos, en el estudio de marketing de la puta ginebra aquella que nunca llegamos a probar. Sí, no me pongas caritas de yo no fui; te acuerdas más que perfectamente. Nos había pasado la bola aquel mamón grande y gordo, que aún tardaría algunos años en demostrarnos palmariamente que nunca fue nuestro amigo. Un tórrido mes de junio tocaba a las puertas y ya andábamos como locos el uno por el otro. Algo desazonados, que diría algún castizo que conozco. Cachondos, vaya.

Se sucedían las preguntas sin solución de continuidad, maquinalmente, una tras otras. El envase, la etiqueta, el tapón y la madre que lo parió todo; la cámara oculta que, silenciosa, rodaba respuestas, actitudes y miradas. Un grupo de gente cuya principal característica era -debía ser- que no se conocían entre ellos. Falso, falsísimo de toda falsedad; lo sabían ellos y lo sabíamos todos nosotros. El amigo convoca al amigo con la promesa de una ganancia fácil, y el resto es siempre historia.

No recuerdo qué destino le di al cheque regalo con el que nos iban a pagar. Supongo que lo canjearía -lo redimiría, como se dice ahora en pútrida emulación del castellano, en pésima traducción del inglés- por alguna fruslería que me agradase para ti o para mi madre, o para quien fuera, lo mismo da. Desde luego, provenía de esos grandes almacenes, excesivamente grandes hace muchos años ya, que todos conocemos más o menos de cerca. Resulta inevitable, claro, porque inundan la realidad española con su repulsiva publicidad, pero te puedes poner como te pongas. Es lo que hay.

Jamás entendí por qué aquellos jetas nos pagaban con semejante milonga cuando lo que todos queríamos era tocar belule del bueno para pulírnoslo en una noche loca y acabar aullando a la limpísima luna de Madrid a lomos del Viaducto. Por cierto, y ya que estamos, todavía no afeaban ese hito madrileño las vallas anti suicidio que hoy apuñalan su estética; aún podías poner fin a tus días con cierta dignidad, sin estropear la postrera despedida teniendo que ejecutar una sesión de saltos de obstáculos previa. A aquellas alturas de mi vida, cuando me faltaban mundos para ponerme por montera, una madrugada que no destilase finalmente alguna anécdota inolvidable, un beso más que prohibido o un pasote de alcohol y de porros, no merecía ni la más mínima reseña entre las carcajadas resacosas del día siguiente. Bah, cualquier excusa era buena en aquellos días magníficos y repletos de sol. Bueno, un poco como lo sigue siendo ahora, pero entonces era mucho más mejor. Bocú de bien, que dicen los francos. O algo.

Mientras aquel capullo de la vela se devanaba los sesos para poder completar su estudio con nuestras inteligentísimas respuestas, yo me columpiaba, con todo el descaro del mundo, entre tus ojos verdes y tu generoso escote, y tú, mucho más descarada que yo, por supuesto, pero siempre más sutil, me seguías el juego por todo el morro. Y encantada de la vida, creo. Qué coño creo, lo afirmo categóricamente.

Llevabas un vestido azul con escote recto, muy recto; tu pelo rubio y cortado a lo garçon -qué viejo debo de ser, caramba- no ocultaba tus mohines, que iban toditos destinados a mi, no al pelma de la encuesta. Una cierta mirada, como en Cannes; una sonrisa mucho más cierta, un aleteo de las manos, largas y expresivas, que jugueteaban con el bolígrafo como sin proponérselo. Y este cura, más colgado que un chumbo, bebiéndote entera a grandes sorbos, sin necesidad ni punto de comparación con la dichosa ginebra de marras.

Me mirabas sin mirarme, y yo te devolvía la mirada que no me dedicabas  contra la hembra que tenía más cercana, una simpática y vulgar Puri que sonreía divertida porque el cheque tiñoso que nos esperaba a la salida le iba a solucionar el regalillo para su Francisco Fernando, que la quería un huevo y se la llevaba de aperitivo, domingo sí domingo no, a la Cruz Blanca de la mismísima calle Goya. Aquello era como darle patadas a Rajoy, pongo por caso, en el culo del gobierno, no sé si me explico, pero sé que tú me entiendes, mi querida gata nocherniega y vagabunda. Y me basta con eso.

Jamás olvidaré cómo salimos todos los participantes de aquella soberbia muestra sociológica, cabal y rigurosa, de la oficina donde se desarrolló la pantomima. Nuevamente serios, formales y circunspectos, en ridícula fila india, saludando con nuestra mejor sonrisa, estrechándole la mano al pobre pelele que se comió el fenomenal marrón -hubo quien le dio un besito y todo, acuérdate- y trincando la magra recompensa a nuestra paciencia a toda velocidad, no fueran a arrepentirse aquellos pedorros.

Ya el botín en el bolsillo, y ya toda aquella variopinta tribu en la puta calle, aquel grupo imposible empezó a disolverse con la velocidad que la situación demandaba. Por descontado, se mandaron al carajo todas las exigencias sociológicas, y juntos pero no revueltos, los amigos nos despedimos como se hace en este curioso país: abrazos para ellos, besos para ellas. Había pasado la tormenta, y la triste engañifa ya no tenía razón de ser, si es que alguna vez la tuvo.

Nos faltó tiempo, querida. Nos faltaba siempre. Apenas el último bergante se había esfumado en dirección al metro, o a coger un taxi, o a donde sus pasos le llevasen, tú y yo ya habíamos retomado la esgrima deliciosa y elegante que tanto nos gustaba. Unas tapas, ni recuerdo dónde; un café, bien negro y cargado, y toda una maravillosa noche de viernes por delante para los dos. Exclusivamente para los dos. No había nadie más a nuestro alrededor; no hacía falta. Madrid se desdibujaba, se perdía como las lágrimas en la lluvia, porque estábamos juntos, y solos, y felices, y nos queríamos con toda la fuerza imparable de la treintena. Acabamos la noche, un poco altos de copas ya, en aquella cafetería espantosa que había en la esquina de la calle Santa Feliciana con Santa Engracia. Ahora, veinte años después, ya no existe. Creo recordar que es un puto banco, claro; no podía ser otra cosa. Pero en la noche de autos -por mejor decir, en aquella ya luminosa madrugada- nos acogió, nos dio de beber el último gin tonic e hizo la vista gorda mientras nos metíamos mano de forma desaforada, absolutamente rendidos ya el uno al otro. Aquello no pasó a mayores porque no teníamos dónde acabar de liarla del todo, de manera que hubo que posponer, muy a pesar nuestro, el inevitable evento que veíamos venir con tanta codicia.

Ya decía yo que todo tiene su explicación. Ahora acabo de entender por qué coño me gusta tanto a mí la cosa esa del márketing, el merchandising, la mercadotecnia y sus respectivas progenitoras. Porque descubrí las innegables bondades del estudio del mercado a la americana y tal dejándome la vista, el olfato y el alma entera, estampados contra toda tu persona y contra un traje azul que algo después aprendería a quitarte poco a poco, acordándonos entre risas y besos de una tórrida tarde de viernes en el junio de Madrid. Por eso mismo.