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Mi amigo Arturete

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Bon día, Arturete.

Ya me disculparás la familiaridad en el trato, pero, con franqueza, es la mejor forma de dirigirme a ti que se me ocurre. Me explico. Arturo es nombre lleno de nobles resonancias, de sueños caballerescos, de esencias de eternidad. Como podrás comprobar, nada que ver contigo. Por supuesto, en tu caso tampoco procede el don delante del nombre, porque ese es un título que hay que conquistar, muy en contra de la creencia popular, qué le vamos a hacer. De lo de “molt honorable” hablamos otro día, si no tienes inconveniente, que es que hoy me viene fatal.

De modo y manera que para dirigirme a ti me basta y me sobra con Arturete. Ya habrás notado que tiene un no se qué cariñosón y familiar, con una pizquita de pescozón bien intencionado, una llamada al redil que se emplea siempre con ese amigo tuyo que es tonto de los cojones, el pobre, y que hace bueno aquello de que cuando hay un tonto y una linde, la linde se acaba y el tonto sigue.

No puedo por menos de dirigirte estas letras amables y cordiales, aunque sobradamente sé que no me vas a hacer ni refitolero caso, hasta ahí podíamos llegar. En honor a la verdad, debo decir que te entiendo perfectamente. Al fin y al cabo, yo no soy más que un español de a pie, un ciudadano de ese país que tanto desprecias y al que intentas humillar todos los días mientras le exprimes para sacarle hasta el último céntimo, con la connivencia de los ineptos que dicen que nos gobiernan. Tú, por otra parte, ya apuntabas maneras cuando te nombraron delfín del gran tiburón blanco. Supongo que sería un motivo de orgullo para ti que el mayor sinvergüenza de la historia de España, el chorizo más atroz y repulsivo que nos ha tocado en suerte a lo largo de tantos y tantos siglos, el tipejo más miserable que ha alumbrado tu tierra, que también es la mía, te nombrase su sucesor y te enseñase con mucho cariño aquello tan guay de “Espanya ens roba”. Claro que, al final, el corolario y la frase son francamente disímiles de lo que tu santo patrón, Jorge Polluelo, predicaba. Resulta ser que el que robaba, y a manos más que llenas, era él, solo y en compañía de otros. Pero ese es otro bonito cuento catalán, sobre el que quizá charlemos más despacio otro día, Arturete.

Fíjate que con tanto rememorar esos brillantes momentos de tu trayectoria, se me ha ido el oremus; es lógico, con tanta gloria como contemplo en ti. He de confesarte que me tienes absolutamente flipado, amigo. Hay que ser una lumbrera para montar el chocho que has liado en Cataluña en tan poco tiempo, y no pensaba yo que fueras tan espabilado, la verdad. Me parecía a mi, torpe que es uno, que el gordo bisojo que parece tu sombra te iba a madrugar en cuanto se lo propusiera, pero quiá, no le ha hecho falta asediar tu cada vez más solitario castillo: tú mismo le has entregado las llaves encantado de la vida, a él y a toda la tropa independentista que le sigue, deseando prenderle fuego al resto de España para echarse unas sardanitas y atracarse de munchetas y calçots, celebrando la liberación de la magna nación catalana a golpe de botifarra.

Mientras tanto, los peperos se tiran de los pelos, los pobrecicos, porque no pillan ni pa dios, y los sociatas, como siempre, te hacen el caldo gordo por aquello de que antes que sociatas son catalanes, y porque, como todo el mundo sabe, los sociatas son gente de memoria frágil, por muy histórica o histérica que sea.

Se acerca el final del camino, Arturete, o eso parece. Después de tanto jeribeque, tanto dibujito, tanto referendo trufado de cadenas humanas y tanta hostia, pretendes pasarte por el forro a más del setenta por ciento de la población catalana, que ya te ha enseñado el dedo zezuá en más de una ocasión. Y encima tienes el hocico de afirmar que el estado central no escucha vuestras quejas  lastimeras, que no son otra cosa más que inagotables peticiones de belule, que es, al fin y a la postre, lo único que os preocupa. Que no respeta vuestro hecho diferencial, que masacra vuestro idioma  -yo sigo pensando que es un dialecto del castellano, pero, claro, qué te voy a decir yo- , que prostituye vuestra cultura, faro imprescindible de Occidente, que os estorba a la hora de abrir embajadas y que os jode el pasodoble con la vaina esa de la selección catalana de fútbol.

Así que, con tanta sordera, Arturete, os hemos fotut bien fotuts. Ya lo siento, hombre, de verdad. Pero me vas a permitir que discrepe, a pesar de que mi nacionalidad me desacredite defintivamente a la hora de opinar de lo vuestro, claro esta. Es falso de toda falsedad que el estado central no preste oídos a tus rebuznos ni a los de tus compañeros de viaje. No tienes más que pasearte por cualquier ciudad española, no catalana, y pararte a hablar de tu reino de taifas con los ciudadanos de a pie. Verás con cuánto mimo y con cuanta educación te mandan a tomar por el santísimo ojo del culo; comprobarás con qué arrobo y con qué admiración te hacen notar su cariño, ese que te has ganado a pulso con tu simpar donosura, que decía el amigo Forges. Escucharás también la pregunta que le quita el sueño a toda la parte no catalana de este chusco país, la incógnita que nos tiene fascinados: ¿por qué no nos preguntan al resto de los españoles si queremos que os vayáis a tomar por el culo más pronto que tarde? ;¿por qué es sólo decisión vuestra separaros de España?; ¿quiénes sois para arrogaros semejante derecho? O sea, que no me seas mentirosillo, amic: sí que te escuchamos en todos los demás rincones de España, y con harta devoción, palabra.

Para qué nos vamos a engañar, Arturete: nunca habéis tenido buena prensa donde realmente deberíais de haberla tenido, es decir, en vuestro propio país, España, por mucho que os joda y os acompleje. Pero es que os lo habéis ganado a pulso, os lo habéis trabajado con auténtica devoción, nois.Entre los mamoneos con los gabachos en 1641, cuando os arrodillásteis ante Luis XIII traicionando a España con su enemigo más encarnizado, las chorradas del Perico el Ceremonioso ese que no se cree nadie, el infumable Memorial de Agravios y la chifladura del pobre Companys, se os lleva viendo el plumero toda la puta vida, amiguete; al final sois, tú y tu caterva de paletos, una espina en la garganta de España, un molesto tumor que es necesario extirpar por el bien común: jamás nos habéis tragado… y mucho que temo que os pagamos con la misma moneda, claro.

Entiéndaseme bien, por favor. El catalán de a pie me parece otro español más, común y corriente en un noventa por ciento de los casos, al que se la pela toda la cosmogonia nacionalista y esos berrequeques tan graciosos que os cogéis cuando alguien se troncha de la risa ante todas vuestras mentiras. Bastante ocupado está, pobre mortal, con sobrevivir y sacar adelante a su familia en medio de la vorágine de mierda en la que vivimos. Sin duda, está orgulloso de su patria chica, y ello le honra, pero no pierde los papeles con la facilidad que queréis hacernos creer. Le jode, eso sí,sufrir continuos apagones en verano, por ejemplo, mientras os gastáis la guita en fomentar la megalomanía que os hace hervir la sesera, a golpe de inmersión lingüística y de embajadas “culturales”; le jode también que el resto del país lo flipe cuando habláis de la historia de vuestra nación, dejando a la altura del betún al Ministerio de la Verdad orwelliano; le joden, en fin, una miriada de detalles propios de ignaros como vosotros, que le hacen avergonzarse de ser lo que es  -catalán-  y provocan que salga de vuestra tierra a la defensiva, esperando una buena manta de hostias españolas al doblar cada esquina nada más abandonar Barna. Bien es cierto que afortunadamente no es así. Ahora viene cuando tengo que decir que yo tengo amigos catalanes y que son muy buena gente, como si a las magníficas personas que sin duda os sufren en su propia tierra  -que es la mía, insisto-  les hiciera falta excusarse por nacer donde nacieron. Y eso también te lo deben a ti, insigne estadista, y a otro puñado de zulúes como tú.

Hay que joderse, oye. Según voy redactando estas palabras que nunca leerás, me va apeteciendo más y más dejar de llamarte Arturete, pero la corrección política reinante y mi cara educación española e imperialista van a conseguir que no te moteje por tu auténtico nombre, siquiera sea por esta vez. Pero no te me acostumbres, majete

Bueno, noi, no te doy más la chapa, que los tíos importantes como tú andan siempre azacaneados con multitud de graves y enjundiosos asuntos. Ya me dolería que perdieras el tiempo acordándote de mis ancestros vivos y muertos, porque sé que andas muy justo de agenda y que descojonar tu país y el mío  -que son lo mismo, Arturete-  es algo trabajoso y ciertamente complejo, tarea para la que te hace falta la participación entusiasta de todos y cada uno de los esbirros de los que con tanta inteligencia has sabido rodearte. Te adoran tantísimo que harías muy bien en vigilar tu espalda, y si no, tiempo al tiempo.

Nos tienes a todos en vilo ante la próxima fecha fatídica, ante el supuesto culmen del desafío independentista. Nadie más que tú sabe si, siguiendo tu inveterada costumbre y tu falta de gónadas, te echarás atrás en el último minuto, provocando la ira y las lágrimas del gordo bisojo  -qué putada, no tienes corazón; cómo bizqueaba mientras lloraba, el pobre-  o si proclamarás la independencia de Cataluña, o de lo que quede de ella. Nos intriga sobremanera la reacción del pueblo llano en ese supuesto y, por encima de todo, la del gobierno que nos desgobierna.

No sé si es una cuestión de pelotas, porque si así fuera, con el gallego gangoso al frente, vamos tan de rasca como si del circunflejo empalagoso se tratase, claro. Habré de decirte que estoy tentado muchas veces de darte la razón, que ardo en deseos de verte esposado ante la justicia sufriendo las iras del colonialista, imperialista e hijoputoso estado español, ese que os ignora tan brutalmente. Pero por otra parte, como yo además de español soy otra cosa que tú tampoco eres,  hago votos por que esta infumable pomada que has amasado se resuelva cuanto antes y levéis anclas como la espectacular nación que sois, ya libre de las ataduras del euro, del Tratado de Schengen, de la liga española de fútbol y de la pasta del resto de los españoles, sobre todo y antes que todo. Y de paso, dejéis de insultar a diario al resto del pais de una requeteputísima vez, salao.

Mientras tanto, Arturete, sigue así que lo vas a conseguir, hermoso. Ah, y antes de despedirme, te cuento uno de catalanes que, aunque ya pasadejo, mola mucho, para que le vaciles al gordo bizcocho y le consueles cuando le dé la llorera: ¿sabes lo que dicen una docena de gambas del Delta en un plato? Fácil; “soms una raçió”…

Molt bé, noi, molt bé, y zin acritú.

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SPQR

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Léase “spequor”, si uno va de latinista chachi, o “espequor”, si la cosa va más por lo castizo. Desde luego, léase como se lea, el significado no cambia un ápice:  “Senatvs Popvlvsqve Romanvs”, es decir, “el Senado y el Pueblo de Roma”, o “romano”, según se decline la última palabra del acrónimo en cuestión. Y he aquí lo realmente interesante del asunto: Senado y Pueblo de la mano, caminando juntos hacia el bien común en una nación libre y justa.

Concebido como un consejo de ancianos  -senex, senis-   este grupo de patricios millonarios en sestercios está presente durante una buena parte de la apasionante historia de la Roma monárquica, republicana e imperial. Extraña mezcla de patriotismo, preñado a veces de conservadurismo a ultranza y en otras ocasiones progresista y rebelde hasta la saciedad, y de descarnada lucha por sus propios intereses económicos, el Senado romano permanece siempre junto al pueblo que gobierna, y en continua pugna con los tribunos de la plebe, poderosos representantes del pueblo llano. Obvio es que esa cercanía no siempre implicaba un feliz entendimiento entre las partes; antes bien, podía  -y debía-  perfectamente significar todo lo contrario, como en muchas ocasiones sucedió. La tradicional corrupción que desde tiempos protohistóricos ha engalanado la historia de Roma se manifiesta con particular crudeza en los modos y maneras de gobernar de este peculiar sanedrín, y en la labor de contrapeso de los desmanes del poder ejercida por los tribunos de la plebe.

Concedámosle, eso sí, el reconocimiento a su inagotable actividad, a su incansable funcionamiento. Aunque también contaba con su cuota de inútiles y de vagos de solemnidad, lo cierto es que sus trabajos legislativos no tenían fin, empeñados en manejar la inmensa maquinaria política, administrativa, económica y militar que conocemos como Roma, mientras peleaba por su propia supervivencia como institución enfrentańdose a dictadores, tiranos y generales ambiciosos. La carrera política en Roma se conocía como cursus honorum,  y me creo que sobra la traducción.

Así pues, y en directa conexión con la tradición romana, la institución del Senado se expande por todas las naciones de Europa con mayor o menor exito, e  incluso llega allende los mares, recalando al otro lado del Atlántico con total normalidad. En ese sentido, recuerdo mis días de estudiante de Derecho, embutidos en la ilusionada efervescencia del nuevo país cuya eclosión contemplábamos. Se desplegaban ante nuestros ojos incredulos toda suerte de elegantes construcciones teóricas, perfectas en su definición, atractivas y tentadoras. En la cátedra de Derecho Político, y en habitual ausencia de los sinvergüenzas que supuestamente iban a desasnarnos en tan primordial materia, saltaban chispas entre nosotros y se oian las discusiones, apasionadas, hasta en el bar del campus: era meridianamente claro que el nuevo modelo de organización política que los españoles nos habíamos dado iba a funcionar como un tiro; era, además, cósmicamente justo y decididamente necesario.

Por supuesto, una de las joyas de la corona era la estructura bicameral del nuevo y flamante Parlamento. Mientras el Congreso de los Diputados mostraría la variedad política e ideológica de nuestro pais, albergando el mismísimo templo de la palabra entre nosotros, el Senado funcionaría como la perfecta cámara de representación territorial que la bisoña Constitución del 78 tan claramente describe. Lejos de perder un ápice de su importancia, pese a su papel de confirmador legal de las decisiones congresuales, este areópago reflejaría con exactitud las inquietudes y necesidades legislativas del nuevo estado de las autonomías que nuestro ordenamiento jurídico había previsto.

El trabajo, entonces, estaba perfectamente definido, y resultaba abrumador pero crucial e interesantísimo. A la hora de captar el sentir de la calle en el complejo mapa autonómico que comenzaba a dibujarse en España, resultaba evidente para nosotros, futuros profesionales del Derecho, el papel crítico que la segunda cámara iba a desempeñar a la perfección en tan vital asunto. Corría el año 1979; yo tenía 19 abriles y el pecho lleno de aire limpio y de esperanza, como todos mis compañeros…

Hoy estamos a viernes, 24 de julio de 2015. Escribo a resguardo del sofocante calor que está azotando Madrid una y otra vez durante lo que llevamos de verano. Veo azulear a lo lejos las cumbres de Gredos, mientras el valle que abre el camino hacia Ávila reverbera bajo los golpes de este poderoso sol del estío, que nunca conocerá la misericordia. Y siento de repente un tremendo amor por este país triste y maltratado por tirios y troyanos en el que yo nací. Un inmenso rimero de años, sin redención posible, me contempla risueño desde mi época de estudiante universitario. Mi país ha cambiado dramáticamente, y en los últimos tiempos, por desdicha, no ha sido para bien. La marea de la podredumbre ha anegado de igual modo al Senado, de manera lenta pero continua, sin prisa pero sin pausa.

9 de julio de 2015; 11,15 horas de su mañana. Hay pleno en el Senado: de 266 estafadores,  faltan 212. Sin duda alguna, sus muchas otras tareas, ciertamente más importantes que fingir que trabajan por su país mientras viven como Cristo, les habrán impedido personarse en la cámara, claro está que con harto dolor de su corazón, of course. El pesar por su patria les estará haciendo rasgarse las vestiduras y sufrir los tormentos del Tártaro donde quiera que esten: oye, Patria, mi aflicción, y tal y tal.

La segunda cámara se cae a pedazos, y debería hacerlo aplastada bajo el peso de la vergüenza, suponiendo que sus señorías ilustrísimas tuvieran alguna. El Senado es, hoy día, un puto coladero, una cámara de jubilados para figurones del PP y del PSOE. Esta casposa representación de la casta extractiva ha acabado definitivamente con el papel legal de esta cámara: de representación territorial, nasti de plasti. Cobran aquí sus regalías los miembros de ambos partidos cuya utilidad pública y política, si es que llegaron a tener alguna, ha desaparecido. Vegetan en la Plaza de la Marina Española viejas glorias, en el justo pago que reciben los estómagos agradecidos. Y cuando no mojan sus anatomías en la famosa piscina, se entretienen jugueteando con los caros dispositivos electrónicos que entre todos les costeamos, chupando riojas y riberas a precios de saldo mientras encargan sus billetes para putañear el fin de semana en Ibiza pagándolos con una de las tres tarjetas de crédito de las que disponen para viajar con seguros gratis.

Últimamente, se habla mucho de reformar la Carta Magna, por muchos y muy sesudos motivos. Se me ocurre que, ya empeñados a poner a cada uno en su sitio, deberíamos de acabar de modo definitivo y radical, con esta lacra democrática, simple y llanamente porque no vale para nada de nada. Jubilar a estas ajadas señorías, a esta banda de pendejos, sería una muy recomendable medida de higiene política y de importante ahorrro en términos económicos. Coño, se me ocurre también que, a lo mejor, no seria tarea titánica encontrar un mejor destino para los fondos que esta patulea fagocita de continuo a costa de todos los españoles.

A falta de un Julio César o de un Augusto que modere los infames excesos de este club de jetas y de aplauseros,  es tarea irrenunciable de todo el pueblo español sanear nuestro ordenamiento jurídico y nuestra vida pública a través de los instrumentos que para ello poseemos. Con la que está cayendo, que no parece que vaya a escampar, lo mínimo que se puede exigir a estos birriosos padres de la patria es un nivel digno de vergüenza torera a la hora de simular que cumplen con sus obligaciones. Trabajarse el moco denodadamente, ver páginas porno mientras el pelma de turno desgrana sin piedad su plúmbeo discurso, o sobar con todo el descaro, no parecen ser las maneras adecuadas de currar en pro del desvencijado país que mantiene, inmerecidamente, el injustificable tren de vida de esta repulsiva tropa.

Que se vayan a su casa, que envejezcan allí rumiando sus vidas, como todo hijo de vecino, y que cada palo aguante su vela, visto que jamás tuvieron la más mínima gana de navegar. Que pierdan regalías, puros, whiskys, pensiones privilegiadas y tarjetas de crédito a pelo puta, sean black o white. Que demuestren su honradez y su vocación pública cumpliendo dignamente con sus honrosas obligaciones, como el resto de sus sufridos ciudadanos…. cursus honorum, ni más ni menos. Y si así no fuera, que cubran sus cabezas con sus túnicas bordadas de púrpura en señal de vergüenza e infamia, porque serán acreedores a ambas.

Alea jacta est… o debería estarlo, coño.

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Leviatán

Autobs_cubanoLa línea del horizonte está incandescente, abrasa las retinas. El amanecer comienza a dejarse ver, agitando su ígnea cabellera en mitad de la estepa castellana. El día va a ser cálido y luminoso, ideal para viajar cómodamente contemplando el paisaje mientras se da rienda suelta a los recuerdos. Se agolpan estos en ruidosa vorágine, cobran una nueva y pavorosa vida al tiempo que Andrés se va acercando al pueblo donde vio la luz.

Salió ayer de La Habana, de ese abigarrado rincón del mundo que ha sido su hogar durante los últimos veinte años. Un oscuro hispano-soviético entre otros, ganándose la vida trabajando para la Revolución. O, al menos, eso le dijeron en su momento. Si, hispano-soviético: así llamaban en Cuba a los niños españoles que la República envió al extranjero, intentando evitarles los horrores de la guerra, y que durante los años sesenta arribaron a la joya del Caribe.

“Lo cierto es que salí de aquí siendo un chavalín. Cinco añitos recién cumplidos, qué barbaridad. Y puedo darme con un canto en los dientes, encima. De no haber sido por los buenos oficios de mis padres, y de su cercanía con ciertas personas, no sé si hubiera podido abandonar el  país”.

Recuerda nuestro hombre una madrugada gélida, un  viento cortante y cruel en el rostro infantil, en un puerto vasco. Le rodean los suyos y otras muchas voces infantiles similares a la suya, gimientes, asustadas. Un revoloteo de paquetes, de maletas, de lágrimas y de besos, de abrazos en los que se pone la vida, le envuelven aquella mañana terrible, azul y lejana, muy lejana. Llora su madre con desgarro y su padre se traga el dolor, apretando los dientes. Jamás volverán a verse, y él lo sabe.

“Vendría después el largo viaje, la travesía. De lo que más me acuerdo es del frío, del frío terrible que lo inundaba todo. Frío por la mañana, por la tarde y por la noche; frío para desayunar, comer y cenar. Y así durante tantos días que perdí completamente la noción del tiempo. Al fin y al cabo, no era más que un pobre crío con los mocos colgando, con más miedo que vergüenza y deseando que su madre le besase y le dijese cosas bonitas”.

Andrés siente de nuevo el zarpazo del frío en la cubierta del barco, que comenzó a olvidar al divisar los gallardetes y la fiesta que les esperaba en el puerto de Leningrado. El niño que era se quedó prendado de los colores, los olores y los sonidos que aquel país extraño y triste ofrecía a los chavalitos que escapaban de la ya casi olvidada España. Y el adulto que es se tapa con la manta, satisfecho, en el asiento del enorme autobús que le lleva hacia su destino, complacido por vencer otra vez al gélido ambiente que durante tanto tiempo le castigó. Años después, en cuanto la situación política lo permitió, abandonó aquel país de hielo para alejarse tanto como pudo de aquellas mañanas espectrales y tristes, cambiando la sombría tundra por los alegres colores caribeños.

“No acababan de creerse, allá en La Habana, que fuera a viajar en guagua desde Madrid hasta mi pueblo. Algún otro avión habrá, me decían, o cógete el tren, que es muy rápido. Y seguramente será así, aunque yo solamente sé de esto de oídas, claro. Siempre procuré estar perfectamente informado sobre todo lo que ocurría aquí, en España, siempre pendiente de los acontecimientos políticos y sociales. Nadie me puso trabas para ello, al contrario.”

“No he podido evitar, por supuesto, el viaje en avión desde allí, aunque no es algo que me agrade. Y ya tuve barco más que suficiente cuando me mandaron a Rusia, qué coño .Y desde Leningrado hasta Asia Central, cuando la retirada, en un tren de ganado, zarrapastroso y sucio. Así que no quiero saber más de aviones, trenes ni barcos. Prefiero la carretera, prefiero el asfalto. Me he ganado la vida honradamente conduciendo una guagua de La Habana a Santa Clara ida y vuelta durante treinta años. Sé lo que es conducir por las carreteras cubanas, sé lo que significa una avería, sé lo que ocurre cuando te llenan el bus de gallinas o de pollos enjaulados. Me gusta la sensación de libertad que da llevar el volante entre las manos, poder parar cuando uno quiere o cuando alguien se lo pide con la debida cortesía. Me gusta saludar a los compadres que suben y bajan todos los días en los mismos pueblos y aldeas; me da seguridad, porque me hace sentirme en casa. Porque no hay guagua que cruce el charco, que, si no, de qué; en una de ellas hasta España…”

Sueña el emigrante con una guagua grande, plateada y de afilado morro, con grandes luces para encontrar el camino a la patria perdida en alta mar, con una potente bocina que sonase en las noches de niebla, mientras el leviatán surca veloz las aguas oscuras en dirección a casa, lleno de alegres viajeros y escoltado por esbeltos delfines… Y sonríe.

“Claro que cualquier parecido entre mi vieja guagua y ésta es pura coincidencia”. Andrés repasa con la vista, por enésima vez, el interior del autobús en el que viaja. Observa los elegantes colores de la tapicería, se fija en los acabados de asientos y ventanillas, mira arrobado la película que un lector de DVD proyecta para los pasajeros. Muchos de ellos se han colocado los auriculares que la compañía facilita a los viajeros y disfrutan tranquilamente de la proyección. La calefacción sopla suavemente y caldea el ambiente lo justo, ni más ni menos.

“Mi negra linda, mi Jana se caía a pedazos, pobrecita”. Nuestro amigo no puede evitar reírse al recordar la pintura saltada en mil sitios, las cerraduras chillonas y el olor a rancio de su querida guagua, con los neumáticos siempre a punto de darle el disgusto definitivo.

 “Y mira que le echaba horas y cariño a la condenada. Venga a reparar, a engrasar y a pulir, pero que si quieres. Cuando no se puede, no se puede, aunque es verdad que nunca me dio un disgusto serio”.

Algún que otro compañero no corrió la misma suerte. Las carreteras en la isla no son gran cosa, ni mucho menos, y ocultan peligros sin cuento: una curva mal peraltada, un carromato inoportuno, un crío que cruza la vía súbitamente… y la cosa puede acabar pero que muy mal para todo el mundo. Darío se estampó contra una palmera barrigona camino de Viñales; Edmundo se cayó por un puente y murieron diez personas cuando viajaban hacia Santiago…

“He tenido suerte o le he echado al asunto más atención y más cariño, no sé yo qué habrá sido. Pero aquí estoy, camino de mi pueblo. No vengo para quedarme, ni mucho menos. Este ya no es mi hogar, por mucho que pudiera dolerme. Mi vida está muy lejos de aquí, porque así son las cosas y así me ha tocado vivirlas. Toda la gente a la que quiero, mi familia y mis amigos, mis compañeros de trabajo, han quedado allá, y esperan mi regreso, y no les voy a defraudar. Pero no quería yo perderme un viaje en una buena guagua como esta, de esas que conocía por los folletos de las agencias de viajes…”

El vehículo reduce su velocidad y nuestro hispano-soviético favorito ve destellar la enorme intermitencia. Se dirigen a un magnífico restaurante que se alza junto a la autovía. Es una construcción de piedra y madera, sobria y elegante, que sin duda acoge a diario a los viajeros que transitan por el oscuro asfalto. Rápidamente, se llena de pasajeros deseosos de refrescarse la garganta, de fumar un cigarrillo o de visitar el baño, pese a que el autobús cuenta con el suyo propio. No sabe Andrés qué le llama más la atención, si las limpias estanterías del local, que ofrecen una gran variedad de productos de la tierra, o la existencia de semejante dispositivo en el interior del bus.

“Qué barbaridad, si no lo veo no lo creo. Había oído hablar de estos servicios, y tenía muchas ganas de ver uno de cerca… y de usarlo”, piensa, satisfecho. A su alrededor, los camareros se mueven con la soltura propia del oficio cuando es más que conocido, y atienden diligentemente los pedidos de los viajeros. Al fin y al cabo, la parada dura muy pocos minutos y hay que rentabilizarla.

“Allá en Cuba solamente paraban en algunos bohíos los autobuses de turistas, y de eso no hace tanto. Para el resto, para nosotros los cubanos de a pie, tocaba pararse en el arcén para comprar algo de queso, maíz o batatas, todo lo más. Y antes tenías que ingeniártelas para no llevarte por delante al guajiro, que se te echaba prácticamente encima con las manos llenas de su mercancía…”

Vuelta al camino. El bus devora kilómetros incansable. Sus retrovisores exteriores captan la brillante luz del sol como las grandes antenas de un enorme insecto blanco, azul y negro, y sus faros horadan el aire limpio con su luminoso escudriñar. Busca nuestro hombre, inútilmente, el asiento plegable del acompañante del conductor: ni rastro, claro está. El auriga de la poderosa máquina que lleva a Andrés hacia su destino está casi encerrado entre limpios cristales, sentado en un cómodo butacón. Maneja el volante con suavidad mientras observa la multitud de luces del salpicadero y del cuadro de mando, que le informan continuamente sobre el estado de la bestia que tan gallardamente cabalga.

“Esa palanca tan chiquita debe ser la caja de cambios”, observa el viajero. “Lo mismo que la de mi Jana, igualita. Casi medio metro de acero soviético, que había que mover con un par, mientras pisabas el embrague con todas tus ganas, carajo. Si no, no engranabas las marchas ni a tres tirones. Y el volante… madre mía, si te dejabas los riñones en cada curva, a poco que tuvieras que maniobrar… Será magnífico conducir una guagua como esta. Si no fuera por lo que es, le pediría al compañero que me dejase manejar un ratejo…”

Mientras Andrés continúa engolfado en sus recuerdos, mientras camina con suavidad por el umbrío zaguán de su memoria, el paisaje a su alrededor comienza a cambiar. La dura estepa castellana, los trigales y los girasoles, van dejando lugar a las mejores galas del verde, que va invadiéndolo todo con alegría. La tierra se eleva poco a poco para formar colinas redondeadas que se transformarán casi de súbito en sierras escarpadas, y el agua, que discurre por multitud de pequeños cauces entre praderas, fecunda estos parajes magníficos en los que pasta el ganado.

Algo capta nuestro amigo por el rabillo del ojo. Algún retazo de terruño grabado en su mente coincide con lo que la vista acaba de captar y llama su atención. “¡Carajo, si ya estamos llegando! ¿Será posible que recuerde algo de todo esto, con lo niño que salí de aquí? Pues sí, pues sí, qué maravilla… Allí estaba el aprisco del tío Luciano, y en aquel pequeño valle… Dios mío, es todo un bosque; si casi ni se ve la finca de Joseba, el hijo de la tía Arantxa…”

Una deliciosa fragancia a sal, a algas y a espuma invade el aire; Andrés incluso cree oír a lo lejos  la conversación inagotable y solemne entre las olas y la arena de la playa, murmurando su eterno son de mar. Y es entonces cuando no puede más, cuando la emoción que le sube desde las entrañas le embarga y le zarandea como a un pelele. Arrasados los ojos en lágrimas, no sabe si está riendo o está llorando, pero percibe a la perfección el abrazo fuerte y sincero que su cuna le ofrece: su tierra jamás ha dejado de añorarle, de llamarle en la distancia con suave voz de mujer, por mucho que él haya tardado en contestar a su lamento marinero.

El autobús ya está entrando en el corazón del pueblo, dirigiéndose lentamente hacia su plaza, hacia su parada. Viejas fachadas comidas por la sal; construcciones más modernas y  menos señoriales pintadas en alegres colores; todo es nuevo a los ojos de nuestro hombre, y antiguo a la vez; conoce todo, recuerda todo, incluso lo que no llegó a contemplar; tan poderoso es el bello canto, sereno y limpio, que emana de la patria chica..

Ya detenida, la guagua exhala algo así como su último aliento, y sus puertas se abren silenciosa y lentamente. Caladas las gafas de sol, el pelo casi blanco del todo, Andrés pisa, por última vez en su ya larga vida, el rincón del mundo donde su madre le dio el ser. En la mano, un par de periódicos sobados, ya leídos una y cien veces, extinguida, por tanto, su gracia y su razón de ser. El vientre de la bestia se abre con suavidad, mostrando a los pasajeros las entrañas repletas de equipajes de todos los tamaños y colores; el conductor, cortés, va despidiendo a los viajeros al tiempo que observa de cerca la retirada de las maletas, por si fuera necesario ayudar o poner orden.

Ahora sí, Andrés oye de lejos, pero con nitidez, el trasiego del cercano puerto. Las sirenas de los barcos que llegan y que parten se entrecruzan en una alegre algarabía, aderezada con el impertinente griterío de las gaviotas, astutas y crueles. Con su ajada valija en la mano, el emigrante contempla el panorama procurando llenarse los ojos con él. Echa a andar, sin prisa alguna, como si no creyera aún que está pisando suelo español. Siguiendo el ritmo emocionado de su corazón, endereza hacia el dédalo de callejuelas que desembocan en el puerto y se confunde con el gentío que alborota bullicioso por los alrededores. Ya no es hispano-soviético; en realidad, nunca lo ha sido. Y él lo sabe. Y su patria, también.

A su espalda, arranca el potente motor del bus. Nuevamente a los mandos, el conductor inicia la maniobra para abandonar la pequeña dársena y volver a galopar sobre el duro asfalto. Puede nevar, tronar o abrasar el sol; las negras arterias del país necesitan sentir, de continuo, el pulso poderoso de la vida, de las vidas que las recorren, imparables y ajenas, a bordo del leviatán.