Publicado el

Erbani

fuerteventura1 (80)

Despeinada y feliz me preguntas con voz ronca, anegada aún por el sueño, que  qué quiero desayunar. Me da igual el desayuno porque contigo,  bajo un sol amable y candongo, siempre es fiesta, no existe la prisa. Posiblemente me conformaría con morderte la nariz y ver cómo te vistes tras la ducha,  despacio y con mimos, pero tengo que pensármelo más despacio. Quiero que lleves la voz cantante, amore. Esta aventura en noviembre es para los dos, pero tú la mereces y la necesitas mucho más que yo. Al fin y al cabo, no soy más que un simple corsario en tu costa, alguien que intenta estar ahí para ayudarte a reconstruir tu compleja psicología de soberbia mujer mientras juntos nos restañamos las lágrimas, las pasadas y las futuras.

Fuerteventura renueva conmigo un pacto salado de sol y espuma que tú aún no conoces pero que espera alegre que te unas a él. Le prometí que, tarde o temprano, volvería contigo y aquí estamos. Sus imprescindibles playas y su continua oda a la vida enamoran con africana facilidad al visitante. Una vez que el viajero ha contemplado la desolada belleza de sus tierras y de sus cárdenas nubes invernales, ya no hay vuelta atrás. Inevitablemente dejas retazos de tu historia enganchados en las negras piedras que el corazón de la isla escupió, incandescentes, hace ya eones, y que salpican las arenas limpias, de puro jable. Pueblan el paisaje con sus formas torturadas, con sus miles de oquedades, mientras dormitan bajo la sombra ágil de las palmeras. Geológicamente, nuestra momentánea residencia  es la tierra más antigua de todo el archipiélago, la isla más extensa de su provincia y la de más longitud de todas ellas, de manera que tantos y tan brillantes títulos se hacen notar por fuerza a poco que recorras su torturada superficie. Comenzó a emerger de las aguas hace más de treinta millones de años, a golpe de pavorosas erupciones volcánicas, cuya violencia modeló lentamente su estampa y su carácter, auxiliada por la implacable erosión de los incesantes alisios.

Desde la playa de Verilitos, aledaña a nuestro apartamento,  se divisan a la perfección la Isla de Lobos y el cercano Lanzarote, siempre imponente, extrañamente mágico. Sus modos y sus maneras recuerdan a los de Fuerteventura, aunque la isla que hoy nos acoge es más desértica y salvaje que su hermana, si es que ello fuera posible. En su día, la tierra conejera, áspera y cruelmente quebrada por el poder del sol y por el demonio ardiente que ríe en su interior, me sedujo con su llamada arcana; en esta ocasión, mil quinientos kilómetros de playas festonean de brumoso azul los confines del desierto. Al suroeste, la península de Jandía, exótica y despoblada, nos espera meciéndose en la tranquila soledad de sus  infinitas arenas, y Cotillo, Morro Jable, Costa Calma y La Pared intentan competir con ella en cuanto a la belleza de las suyas, por fortuna para el visitante.

 La Concha, en Cotillo y muy cercana a su faro, es una playa de índole familiar en la que nadie molesta a nadie. Todo el mundo hace lo que le viene en gana en ella, y te encuentras con nudistas de continuo. Un par de construcciones que imitan con cierta gracia el estilo árabe rodean la playa sin empañar lo más mínimo su particular encanto. Multitud de cercos de negra piedra permiten a los bañistas más madrugadores aliviar un tanto el azote interminable del viento, que al principio puede resultar molesto. No tardas, sin embargo, en darte cuenta de que no es posible disfrutar de esta isla sin acabar por acostumbrarte a la fuerza de los poderosos céfiros que la recorren noche y día. La zona de arena es aquí amplísima, y desde el aparcamiento hasta el borde del agua se extienden no menos de trescientos metros. La caleta natural que describen los espigones naturales al hendir el mar consigue un agua más aquietada y tranquila que la que se divisa algunos metros más allá, tras el final de las rocas. Hierve allí el Atlántico y golpea con fuerza brutal las negras rocas que ponen fin a la playa y al refugio que ofrece.

Visitamos esta deliciosa zona con mucha frecuencia. Más hacia el este, y ya junto al pueblo, está Piedra Playa, zona preferida por los surfistas debido a la espectacularidad de sus olas. Yace la playa a unos cincuenta metros por debajo del nivel de Corralejo, y para acceder a ella hay que bajar por resbaladizos vericuetos anegados de arena. Mucho más pedregosa y violenta que La Concha, está rematada por imponentes farallones rocosos en ambos extremos, que se pierden en la brumosa atmósfera, saturada de sal, agua y arena. Y más al este aún, un desierto de piedra marrón y de líquenes verdes, sin caminos, sin falsas esperanzas, en el que debes orientarte utilizando tan sólo la vista.

Desierto, la verdadera naturaleza de la isla. Para llegar a nuestro alojamiento, hemos de atravesar un espectacular parque natural cuyas arenas invaden continuamente la carretera con el peligro que ello supone para el tráfico. Al lado izquierdo de la vía, y hasta donde llega la vista, un inmenso mar de dunas, falsamente inmóvil, permite reposar los ojos cansados en los tonos suaves de sus laderas. El viento las peina, abrasador y risueño, con tesonera insistencia mientras entierra y desentierra curiosas especies vegetales. Siempre siguiendo sus propias veleidades, el compañero inseparable de esta tierra revela a su antojo, en el límite de las cálidas arenas, cordilleras lunares cortadas a pico en duros perfiles, como cinceladas con rudeza contra el limpio cielo. Absorben de éste todos los matices del azul para proyectarlos con cegadora claridad contra un horizonte dibujado con un trazo firme y limpio, sin ambages. Reverbera la luz del sol sobre las arenas de color tostado y algunos camellos indolentes y despreciativos observan desde su soberbia a la turbamulta de guiris que intenta con ilusionada torpeza subirse a sus sillas. A la derecha, interminables playas tan sólo salpicadas por dos o tres grandes hoteles y la extensión azul y poderosa que asedia esta tierra sin descanso, sin dar cuartel ni pedirlo.

Esta isla   -y con ella África- se asoma, salvaje, al más impío de todos los océanos impíos, al verde leviatán que fue capaz de devorar al mito magnífico que le da su nombre y su carácter. Le desafía y le reta, le atrae y le complementa, jugando con él a la bestia de las dos espaldas, dejándose fecundar por la violencia de las olas y el aullido del viento marino para después parir dolorosamente interminables bandadas de gaviotas ruidosas y feroces. Las cometas de kitesurfing, como grandes pájaros cautivos, cabecean sin dejar jamás de pelear por la imposible libertad que sus amos les niegan, ansiando perderse en el azul, romper sus cadenas. La montaña  Tindaya contempla insomne, inmensa, la carretera que lleva hacia las magníficas playas de las cercanías. Hunde sus quebradas en la tierra rojiza requemada por el sol como si de enormes dedos se tratasen, intentando así aferrar el espíritu de la isla, sujetarlo en su puño ciclópeo.

Erbani, nombre indígena de la isla, se hallaba dividida en dos grandes comarcas, Jandía y Maxorata, de donde deriva su gentilicio, hoy majorero, antes majo o maxo. Sus primeros pobladores parecen haber sido libio-bereberes, tesis sustentada por un amplio legado de inscripciones y grabados esparcidos por toda la isla. Aun así, subsisten numerosas dudas sobre este asunto. Juan de Bethencourt, empresario de origen normando, junto a  Gadifer de la Salle, conquistan y colonizan la belleza de Fuerteventura a principios del siglo XV. En 1404 fundan su capital en la zona más protegida del interior de la isla, bautizándola como Betancuria.

Contemplo a placer esta hermosa zona desde las inmediaciones del mirador de Morro Veloso, obra del genial Manrique. La perspectiva es desde luego espléndida: cuando las oscuras nubes dejan pasar algunos rayos de un sol fugitivo y marchito, las durísimas colinas de la zona estallan en reflejos verdes y dorados, matizados por marrones crudos y ominosos. Pueblos blancos,  pequeños y encastrados en los casi yermos roquedales, saludan a noviembre en la quietud de la lejanía y la isla entera parece rendirse a los pies del viajero. Al fondo, muy al fondo, y si el día está claro, puede divisarse el Atlántico, engañosamente inofensivo en la distancia. Me sorprende un cartel que prohíbe dar de comer a las ardillas, y más tarde me entero de que, venidas de Marruecos y del Atlas, han colonizado esta parte de la isla como si de conejos se tratase, vivaces y ubícuas, aunque lo cierto es que no diviso ninguna.

fuerteventura1 (101)

El viento nos sacude a su antojo mientras nos fotografiamos junto a las enormes efigies de bronce de Guizé y Ayoze, los reyes aborígenes de las dos comarcas primitivas. Tras rendirse en 1405, acabaron sus días como Luis y Alfonso, respectivamente, cristianados a viva fuerza por sus captores, muy respetuosos con las culturas originales en clara concordancia con las costumbres de la época. Y así, desde el siglo XV al XIX, Erbani fue un señorío dependiente de los Reyes Católicos hasta que se integró en la provincia española de Canarias.

Nos hallamos, sin duda, en la  patria de los desharrapados elegantes, del elaborado descuido en el vestir. Cara ropa de surf que se rompe por los costados abunda en las  tiendas y las calles de la isla entera, incluso en los más humildes de sus blancos poblachones, y todo el curioso microcosmos de esta nueva tribu marina inunda con sus colores alegres y chillones las arenas doradas, las caletas azules, los negros acantilados. Rubicundos o simplemente rubiatos, tostados por el sol, barbudos de largas melenas y cuerpos escupidos a golpe de olas, siempre alegres y escoltados las más de las veces por plácidas damiselas que ocultan con picardía sus tempranas patas de gallo bajo divertidas gafas de sol, en absoluto femeninas. Bronceadores de colores cálidos y extraños, trajes de neopreno y collares de cuentas en atractivo y anacrónico contraste a lomos de costosas tablas de surf, primorosamente decoradas: animales amables de las playas, de las costas interminables de esta isla. Aquí todo empieza y todo termina en el agua, al borde del mar.

Comemos opíparamente en uno de los numerosos restaurantes de Fuerteventura, regalándonos el paladar con mis imprescindibles papas con mojo picón  -cuantísimo me gustan, coño- , queso majorero frito acompañado con una deliciosa mermelada de tomate y una fritada de pescado fresquísimo que huele a gloria bendita. El maître me pasa una tablet que contiene la carta de vinos del establecimiento, cuidada y diversa. Como me ve relajado y con cara de guasa me sugiere un vino hecho a base de plátano bajo la firme promesa de no cobrárnoslo si no resulta de nuestro agrado. Quién dijo miedo. Atacamos la botella y resulta ser francamente sabroso, aromático y afrutado, aunque algo agresivo, pero la aventura es la aventura, de manera que bebérnoslo es una forma más de seguir celebrando la vida y el hecho maravilloso de seguir juntos. Gozamos, los dos,  de la belleza del momento y del cotidiano milagro de la existencia, asoleándonos  porque el sol está picón, como dicen estos amables isleños. Hago el gamba a placer con el palito para selfis que hemos comprado, invento definitivamente chorra al que le sacaré mucho partido durante estos días.

 Desde la terraza podemos contemplar un pequeño muelle, cuyo pavimento reventó inmisericorde la violencia del mar durante la última luna llena, arrancando grandes planchas de cemento merced a su furia. Un negrata limpia pescado al borde del mar mientras arroja los despojos a las insaciables gaviotas, que le rodean prestas a caer sobre él al menor signo de debilidad al tiempo que trasiegan las sangrantes entrañas en medio de una monumental algarabía. Olas tranquilas besan la orilla sin demasiado rencor, escoltadas por bandadas numerosas de palomas morunas. La tarde se va cerniendo sobre nosotros y todo invita al relax y al placer de vivir; el sol agonizante brilla aquí y allá entre las espesas nubes, apuñalando de plata a la inquieta bestia azul y verde.

Después del café, Corralejo nos espera bajo las nubes que cubren el norte. Mientras conduzco, una luna llena oronda, inmensamente blanca y pagada de sí, inunda hoy el firmamento. Combate, no sin cierta placidez, para hacer brillar su mensaje, mientras su ojo mágico y preñado de luz, nos contempla en espectral silencio tan sólo quebrado por la blancura vieja y rumorosa de las olas.  Tras la cena, tan casera y tan nuestra, hay que tomar las copas en Murphy’s, un divertido pub irlandés que se halla frente a nuestros alojamientos. Sin lugar a dudas, son los celtas más latinos de todos, si es que semejante cosa existe. Tienen pasión por beber y por cantar y se entregan a ambas actividades con un sentido de la medida tan escaso, con tal carencia de moderación de tipo alguno que me recuerdan inevitablemente a mi propia y querida tribu. Hemos pasado con ellos momentos francamente entretenidos, y se sorprendieron mucho cuando canté con ellos  -fatal y sin karaoke, claro-  “Raglan road” y “The auld triangle“, dos canciones clásicas de su folklore. No acababan de explicarse, para cachondeo lloroso de mi pareja, cómo demonios un español como yo tenía semejante conocimiento de su cultura y se miraban entre ellos un tanto aturdidos. Naturalmente, a la segunda noche ya nos habían aceptado y se complacían en servirnos, con toda la guasa del mundo, unos gin tonics tan cargados que tumbarían a un húsar, encantados con nuestras protestas y nuestras caras de susto. Son así, niños grandes rodeados de duendes verdes, de San Patricios y de barbaridades en gaélico y en inglés que decoran las paredes del local escritas sobre atractivas placas de metal.

La hostelería de esta tierra salvaje y hermosa es excelente, sin duda alguna. Todos y cada uno de los establecimientos que hemos ido visitando son limpios y agradables, bien atendidos por nacionales y extranjeros que conocen de sobra su oficio y lo ejercen con cariño y clase. No hemos tenido discusión alguna durante todo el viaje, al contrario de lo que nos ocurrió en otras islas. Nunca había visto servicios  -masculinos y femeninos-  tan grandes y tan limpios, la verdad. Ignoro cómo están los precios de los alquileres de locales, pero los quiero suponer francamente asequibles, por el tamaño y la decoración de todos ellos. Eso o la economía de la isla nada en dinero, que también podría ocurrir, al menos en lo que a Corralejo se refiere. Me cuentan algunos trabajadores que actualmente esta población es el centro neurálgico de la actividad turística de la isla, por otra parte muy despoblada y ni de lejos tan explotada como otras de sus hermanas, afortunadamente para todo el mundo. Es magnífico poder recorrer playas inmensas, casi vírgenes, sin necesidad de esperar un milagro para poder plantar con tranquilidad la toalla; es estupendo bañarse sin tener que pedir la vez, sin masticar de cerca el olor de los demás.

Vemos pasar los días desde nuestra terraza con sospechosa rapidez pese a lo plácido de la existencia que llevamos. Sabemos cercano el final de nuestra nueva singladura atlántica; se nos viene encima a pasos agigantados con esa mueca amenazadora que lucen las malas noticias. Pero nos llevamos momentos soberbios arrancados a manos llenas a la vida que bulle por doquier en esta isla tan parca en palabras y tan rica en imágenes; atesoramos planes de futuro que dejamos a medio enterrar en sus cálidas arenas y ya, antes de partir hacia la tozuda realidad, estamos deseando volver.

Y así, lo haremos, pero en la siguiente ocasión nos acompañará nuestra cometa de salto, que aún no hemos estrenado. Espero que sus seis metros de envergadura nos acerquen aún más al duro cielo majorero y a las emociones que Erbani reserva para nosotros.

Publicado el

¿Tarjeta o efectivo?

vasowhisky

A estas horas, que ya son deshoras, las hadas del polvo danzan en los duros conos de luz que los halógenos proyectan sobre la barra del local. Sudando bajo su implacable resplandor se puede llegar a distinguir el brillo distante de los grifos de cerveza, casi cubiertos de hielo. Una música que quiere ser sutil y elegante desgrana sus notas ordinarias con estéril suavidad en las entrañas del bar. El resto del lugar está casi totalmente sumergido en una densa tiniebla, tan sólo acuchillada aquí y allá por las lámparas de los altos veladores.

Sus modos y maneras me indican que lo son, así que contemplo a  dos o tres clientes de los de toda la vida acodados en la barra de madera, oscura y cuajada de vetas más claras. Mimada a base de frotarla con ginebra al final de cada jornada, reluce de puro limpia. Los demás allí presentes no pasan de ser una mera contingencia: no pertenecen al establecimiento, no forman parte indivisible del mismo aún. Mientras el susurro leve del aire acondicionado habla al oído de los parroquianos, las conversaciones imponen su ley.

Como era de esperar, son tan variadas como el público de esta casa, predominando en especial el fútbol y la política, claro está. Eso sí, hay un común denominador entre ellas: se habla a voz en cuello, se gesticula frenéticamente, se soba al compañero en un intento feroz y cariñoso de convencerle. Todo español, muy español, tan nuestro que ya a nadie le choca. En cuanto al fondo del asunto, solamente se echan de menos las mujeres y los toros pero, sin duda, allá llegaremos. No puedo creerme que en un lugar como este no acabe imperando lo latino más pronto que tarde, pero hay que darle tiempo al tiempo. Acabo de empezar esta solitaria noche de sábado y dada mi fe en la humanidad  -o mi absoluta falta de ella, por mejor decir-   me malicio que algo interesante va a ocurrir a mi alrededor muy en breve. Es estadísticamente inevitable.

Estoy  sentado a mis anchas en uno de los extremos de la larga barra. En los bares que frecuento me gusta sentir una sólida pared en la espalda, de manera que nada ni nadie se pueda acercar por ese peligroso ángulo muerto sin que yo lo advierta.  No, no soy policía; no temo una bala perdida o un malintencionado navajazo. Me aterran, eso sí, los innumerables pelmazos que mi ciudad vomita a diario, y que invaden los locales de moda completamente solos y cargados de aviesas intenciones; eso es auténtico peligro y no el que supone un daño físico.

Cargo, por mi edad, elitista educación y absurda paciencia, con un triste rimero de cadáveres de noches de tranquila y gozosa soledad devotamente enfocada al alcohol, desventradas sin piedad por la aparición de alguno de estos criminales sujetos, de esta canalla inmisericorde. Prefiero un buen puñetazo en la boca del estómago a  media hora de estúpida conversación con uno de estos brasas insoportables, qué le vamos a hacer.

Pero esta noche no hay pared alguna tras de mí. Disfruto de mi copa y de mis reflexiones a espalda descubierta, como el héroe audaz que nunca fui, y que ocurra lo que tenga que ocurrir.

Así pues, tan seguro de mí como puede estarlo un viejo tigre en mi situación, espero con la paciencia del cazador que también soy. En entornos como este, mi mente febril de escritor encuentra alimento más que suficiente en la callada contemplación de las miserias humanas. Guardo silencio y observo con interés pero sin amor  el gentío abigarrado que invade a estas horas el local.

Me sorprendo pensando que observar unas piernas absolutamente imposibles desde la atalaya infame de la edad madura es una enorme faena, y sonrío para mí: la camarera es una preciosa mulata que zangolotea, encantadora, por detrás de la barra, fingiendo estar muy ocupada. Mueve el culo con salero y resulta más que evidente que no tiene ni puta idea del trabajo que le toca hacer. Se me acerca, solícita, cuando ve fallecer mi copa, y me pregunta, muy candonga, qué deseo. Mi pequeño ángel de ébano, lo que yo deseo no puedes, o no debes, dármelo tú. Pero no llega la sangre al río; el abuelo, cordial, ha pedido otro copetín, claro. Sin pasarse ni una cala.

Mientras jugueteo con el segundo  gintonic, servido con mejor intención que eficacia, un golpe de frío en la espalda me dice que alguien acaba de entrar. Llevo toda la noche notando ese toque, no hay novedad alguna en ello. Sin embargo, y sin que yo sepa por qué, me asalta de repente  la sensación de que ha llegado lo que tan ansiosamente esperaba. Obedezco el mensaje de esa comezón que me indica una buena nueva y me giro con suavidad sobre mi banquetín

Irrumpe en el local un cincuentón como quien esto escribe. Bueno, no exactamente como yo, qué coño. De mediana estatura, grueso y francamente atildado, un fino bigotillo remata un labio superior algo sudoroso y temblón. Mi abuelo Luis le habría motejado de inmediato como rijoso impenitente. Muy correcto en el vestir, quizá demasiado conservador para el lugar y para la ocasión, coronan su testa los vestigios de una cabellera que sin duda conoció mejores tiempos. La corbata de seda luce un nudo Wilson bien hecho y en su sitio; los zapatos de cuero de potro negro brillan recién cepillados. Y bajo la americana de tweed, elegante y entallada, una camisa a medida luce las iniciales del sujeto en su puño y en los caros gemelos. A los ojos de cualquier observador no demasiado perspicaz, todo un dandy de edad madura.

Un bourbon caro ha aparecido en la mano derecha del sujeto como por arte de birlibirloque; la izquierda se aloja con displicencia en el bolsillo del pantalón. Mientras aprecia el sabor del alcohol con un corto sorbo, escanea literalmente el local con ojos de halcón en busca de su presa. No tarda en fijar su atención en una joven morena, lejos aún de la treintena, guapa y elegante, que festeja la noche en compañía de sus amigas con la alegría cruel y desconsiderada de la juventud.

El tipo se ajusta el nudo de la corbata, se quita una mota de polvo inexistente de la solapa de la americana con un papirotazo y al tajo. Al tiempo que se acerca al grupo de jóvenes, va desplegando las que entiende como sus mejores galas.

– Buenas noches, señoritas. Celebrando el sábado… -sonríe mientras hace un gesto con la copa como si quisiera envolver todo el local.

Las chicas le contemplan desconcertadas; se miran entre sí y deciden, sin intercambiar una sola palabra, la estrategia a seguir ante el intruso que acaba de interrumpirlas. No pierdo ripio de la escena y me divierto horrores fantaseando por adelantado con lo puede suceder.

-Pues sí, algo de eso hay, caballero -contesta la más guapa y pizpireta, justo la que supongo que ha enamorado al maduro.

– Nosotras siempre salimos los sábados; es nuestro día favorito  -tercia otra, rubia y bajita con los ojos muy luminosos, como llenos de promesas.

– No viene usted mucho por aquí, ¿verdad?

Otra de las amigas remata el gambito y el polvoriento galán toma el engaño con una rapidez y una ceguera que no pueden por menos que llamarme la atención: además de elegante, gilipollas. Me repantigo en mi asiento, ya más que encantado con el asunto y con su desarrollo. Pero lo mejor  quizá esté por venir.

– Por favor, chicas, no me llaméis de usted; me hace muy mayor y no es para tanto. Así que apeadme el tratamiento. No, no vengo mucho por aquí, pero es que tengo un amigo que me había comentado que este es un sitio muy… ¿cómo decís los jóvenes? Guay, creo…

Pronuncia la palabra muy lentamente, como si la saborease. Me mondo; es un experto en jerga juvenil cuyo bigotejo sigue los movimientos de sus labios con sus pelos entrecanos disparatados, mientras el mozo sonríe.

– Claro, sin problemas. Lo importante es un espíritu joven, ¿no?, y tú lo tienes, creo. Mira, nos vamos a presentar. Esta es Ana, la rubia se llama Marisa y esta otra es Raquel. Yo soy Cuca, encantada de saludarte.

Y tan cuca, ya te digo. Nuestro hombre declama orgullosamente su nombre, lleno de larguísimos apellidos, con muchos “de” y muchos “y” intercalados, y observa el efecto que sus palabras surten en las chavalas. Está acostumbrado a epatar a gallinas de su quinta con semejantes credenciales y supone que tratándose de mozuelas jóvenes y tiernas, que nada saben del ars amandi, el efecto será demoledor.

Lo va a ser, pero no del modo que él sospecha, me temo. Cuca mira de reojo su reloj, como calculando algo, y lanza la primera andanada contra la línea de flotación del tolay, que sigue a por uvas, mirando embelesado a las pérfidas tutis y degustando por anticipado la victoria.

– Uff, qué calor hace aquí, qué barbaridad. Yo me tomaba otra copita, ¿vosotras no, chicas? Bueno, perdona, Augusto, a ti te apetecerá otra, digo yo… Los hombres bebéis más que nosotras y aguantáis mejor el alcohol…  -baja los ojos con modestia y sumisión.

– Cierto, guapísima, así es. Se trata del efecto producido por la mayor masa muscular del hombre que, naturalmente, le permite absorber el alcohol con diferente tasa que…

Y se engolfa en una erudita exposición que se la trae descaradamente al pairo a las chicas, pese a que, malignas y guasonas, le escuchan en medio de un arrobado silencio. A la vista del asunto, no sé por qué me da que todas las maniobras de esta peligrosa y sensual flota están perfectamente ensayadas. Los años y las repeticiones no han hecho más que afilar su matemática precisión, mortal de necesidad.

– Bueno, ya voy pidiendo yo  -dice Ana, mientras se acerca a la barra.

– Ya sé lo que tomáis vosotras, pero me faltas tú, querido… ¿Qué quieres beber?  – ha acompañado la frase con un gracioso mohín de la bien dibujada boca, mirando a los ojos del contrario con delicioso descaro.

Me faltas tú… qué rica estás, hija mía; no te preocupes que de aquí a un rato no me va a faltar de nada… Los pensamientos del conquistador le pasan por la frente como si se tratasen de los textos en un luminoso de neón. Me revuelvo inquieto y en mi mano suda la copa; no puede ser, no puede tratarse de un imbécil tan completo, tan redondo. Algo arruinará el espectáculo, sin duda…

– Creo que en esta ocasión me decantaré por un bourbon de reserva, dulce y tentador como vosotras… Pídeme, si eres tan amable, un Arcadia Gran Reserva Master’s Choice en vaso bajo y sin hielo. Este bourbon en particular hay que beberlo así… -dice sacando pecho y forzando la pronunciación inglesa.

-Marchando  -sonríe solícita Ana. Ahora mismo vuelvo.

– Bueno, bueno, bueno… ¿Quién me iba a decir a mí que iba a acabar el sábado en tan selecta compañía, chicas…? Supongo que ya estaréis trabajando, ¿no? Por favor, no me lo toméis a mal, pero creo que el asunto universitario ya os queda algo lejos, ¿correcto?

-Uy, qué va; solamente Ana trabaja. Las demás estamos todas estudiando, o haciendo que estudiamos para que en casa no se enfaden, ya sabes. Si no hacemos el paripé, se nos acaban las juergas de los sábados…

El tipo asiente a Cuca  sin prestar excesiva atención. Solamente tiene ojos para Ana, que ya vuelve de la barra repartiendo consumiciones, encantada con su papel.

-Venga, chicos, coged vuestras copas… Marisa, ron para ti, gin para Cuca. Raquel, cariño, no les queda de tu whisky favorito, así que te he pillado este… Y claro está, ese pedazo de bourbon para nuestro guapo chico…

Sí, de bourbon sí sabe nuestro guapo chico, pero mucho me parece que de poca cosa más. Se aproxima, seductor, al objeto de sus deseos intentando separarla sutilmente del resto del grupo para entablar conversación con ella, y Ana, astuta, se deja llevar. Augusto se pavonea sin moverse del sitio, utiliza todos sus trucos y se acerca físicamente cuanto puede a la mocita, que esquiva sus intentos con habilidad y clase. Ya va siendo hora de madrugar al pardillo.

– ¡Pero bueno, cuánto macizorro por aquí!

Raquel, que ha estado muy calladita toda la noche, da el queo a sus compañeras en el momento en que cuatro chavalotes de la misma edad que ellas irrumpen en el local entre carcajadas. Bien vestidos, sanos y llenos de desbordante vida.

– ¡Coño, aquí estáis! Nos ha costado un trabajo loco encontraros, guapitas, pero ya hemos llegado.

Y como si hubieran oído un toque militar, cada oveja con su pareja. Comienzan a comerse el morro con todas las ganas del mundo ante la mirada atónita de nuestro galanteador, que sigue hablando con la encantadora muchachita. Súbitamente, Ana se gira hacia uno de los chicos y empieza a imitar a sus compañeras, dándole la espalda con descaro a nuestro involuntario protagonista.

Durante un brevísimo instante, la tragedia sobrevuela la escena. Me sobrecoge el férreo control que esta banda de alegres bandidos posee sobre el ritmo del asunto y temo, también por un instante, que se pasen de frenada y tiren abajo la magnífica tela de araña que tejen ante mis ojos. Augusto contempla la escena y saca pecho, al tiempo que emite una intempestiva tosecilla para hacerse notar.

-Y este amigo se llama… – oigo decir al chico de Cuca, mientras se dirige al pretendiente, cogiendo aire tras el feroz morreo.

-Bueno, habrá que pedirse unas copas, que nosotros venimos secos. A ver, ¿lo de siempre, tíos? ¿Alguna repite? Augusto, tú te tomas otra con nosotros, claro… -apostilla la pareja de Raquel, dando por hecho el asunto y sin admitir un no por respuesta.

-Naturalmente, amigo mío. Creo que repetiré de este delicioso brebaje. Hay que aprovechar los buenos momentos que la vida nos ofrece, que no son muchos…

-No sé por qué me da que nos vamos a entender muy bien contigo, Augusto; está claro que eres un hombre de mundo…  -apostilla uno de los perillanes, apoyando en el hombro del tipo una mano confianzuda y grande.

Avanza la noche con espantosa suavidad. Todo el grupo se halla enzarzado en una animada conversación, en una serie de afirmaciones casi voceadas y completamente carentes de sentido, de importancia. Una charla de barra, de sábado noche, un indecente intento de comunicación entre seres que no tienen nada en común y que no desean tenerlo. Se sale del paso con frases hechas mientras se ataca la copa con saña, preparando la contestación para una expresión del otro que apenas se escucha. El móvil, las redes sociales, la mensajería instantánea, reciben todos ellos mucha más atención que el prójimo, que pasa a ser un recurso claramente prescindible. Escucho cómo se van cerrando los dientes del cepo que alguien está a punto de pisar, y ese inquietante sonido me saca de mis reflexiones.

– Bueno, monas  -dice súbitamente el noviete de Ana mientras apura su copa- , vámonos a cambiar de monumento  que esto ya huele, ¿no?

– ¡Venga, vamos, que no hemos hecho más que empezar, vámonos¡

Las chicas recogen bolsos y abrigos y salen disparadas del local del brazo de sus efebos, despidiéndose, como si hubieran recordado de repente las más elementales normas de urbanidad, del amigo Augusto. Y lo hacen justo cuando están ya en la puerta del antro marcando perfectamente los tiempos como sólo una mujer es capaz de hacer cuando busca multiplicar el daño.

– ¡Adiós, guapo, nos vemos!

– ¡Cuídate, cariño, no bebas demasiado!

-¡Chaíto, rey! ¡A ver si nos vemos pronto por ahí!

Los muchachos agitan la mano en ademán de despedida y salen en pos de sus gachises con la guasa pintada en los rostros, haciendo comentarios en voz que pretende ser baja pero que resulta perfectamente audible a pesar  del ruido que impera en el garito. Y no se trata desde luego de opiniones demasiado misericordiosas, por decirlo de una manera suave.

Observo detenidamente la nueva expresión que aflora en el rostro del pringao. Ya no hay brillo en los ojos y el labio inferior tiembla levemente. Ahora que los hombros ocupan la posición natural en un hombre de su edad, se nota a la perfección que frisa los sesenta años. Me da la impresión de que aún no tiene muy claro qué acaba de ocurrir, tan rápido ha sido el desenlace de esta opereta. No quiere, o no puede, aceptar el hecho tremendo de que, alcanzada cierta edad, uno no debe meterse en proyecciones pélvicas hacia objetivos sensiblemente más jóvenes, salvo contadísimas excepciones: el ridículo acecha siempre con su cruel sonrisa, dispuesto a aplastar bajo su peso inmenso al ego mejor entrenado. Es ley de vida, chaval.

La verdad es que siento emociones encontradas frente al zombi que estoy viendo, pasado ya el descojone. Por un lado, me da lástima; estoy por acercarme y darle una palmada en la ahora vencida espalda; habría que mandarle a casa en un taxi, pobre hombre. Por otra parte, me apetecería darle dos hostias de cuello vuelto porque gracias a cretinos como él muchas mujeres jóvenes miran a los cincuentones con aire receloso y viceversa.

Y mientras dilucido qué hacer, se produce el insulto final, definitivo, memorable. Le oigo decir para sí mismo: “¡Habrase visto! ¡Qué poca clase!…”, mientras se dirige, noqueado aún, hacia la salida del local. En ese momento, la mulatona pasa junto a mí como una exhalación, con la cuenta en la mano.

-¡Caballero, caballero¡ Disculpe señor, pero se deben cien euros de la última ronda. ¿Tarjeta o efectivo?

– ¿Cómo dice usted, señorita..? –balbucea.

Cojo cazadora, fulard y sombrero y salgo a la madrugada de esta noche madrileña. Poco queda ya de ella; la aurora comienza a azulear en la distancia y restan escasas estrellas que se asomen al inquieto devenir de los habitantes de esta urbe. Camino con lentitud, saboreando el saludable frescor que comienza a invadir vidas y haciendas, mientras repaso mentalmente los acontecimientos de los que he sido testigo.

Publicado el

Cinco de diciembre

navidad

Hoy es el día cinco de diciembre de 2015. Un día más, uno como otro cualquiera de los otros de este año, o del pasado, o del anterior. Desde la ventana de mi despacho, oigo los mismos sonidos cotidianos, el mismo latir de mi ciudad. El chatarrero sigue voceando inmisericorde sus míseros negocios y los dominicanos que viven en la calle Quesada aún no han ajustado el volumen de su portero automático, así que toda la vecindad conoce sus ruidosas andanzas narradas a viva voz, sin pudor alguno, por ellos y por sus frecuentes visitas. La cercana iglesia sigue marcando el paso de las horas con una campana de profundo tañer y los bocinazos del denso tráfico, profundamente antipáticos, continúan importunándonos a todos mientras se oyen a lo lejos los gritos alegres de la chiquillería que alborota la plaza de Olavide. Hasta aquí, nada fuera de lugar.

Pero hoy hace treinta y seis largos años que el día cinco de diciembre dejó de ser un día cualquiera para mí. Súbitamente, un viento negro y atroz se abatió sobre nosotros con toda la fuerza del más ciego de los destinos. Impío, poderoso y ajeno, se llevó bajo sus alas oscuras la vida de mi padre, que estuvo luchando con este pavoroso enemigo durante quince largos días, los más terribles y azarosos que hasta la fecha he vivido. De improviso, sin apenas avisar, su bondadoso corazón se apagó con un último suspiro, regalándome así mi primer y más espantoso cara a cara con la soledad, con ese mazazo en el pecho que te corta el resuello y te llena las entrañas de escarabajos de negro acero.

Prácticamente todos mis amigos han pasado por un trance semejante por razón, simplemente, de la edad que nos cerca, lo sé, como también sé que nunca hay una oportunidad que sea buena para aliviar semejante tango. Pero en mi caso y pasados los primeros instantes de desolación, de brutal tristeza, se abrió paso en mi cansado magín una idea que hoy puede parecerme absurda, aunque en aquella difícil situación la vi con total claridad: estábamos ya prácticamente en plenas Navidades y mi padre jamás volvería a sentarse a cenar con nosotros. Ya no habría lugar nunca más a escuchar sus chistes malos, su risa contagiosa y sus anécdotas; se acabaría pasa siempre compartir un cigarrillo con él previa la discusión sobre quién invitaba a esa ronda, aquella tonta porfía que tanto le agradaba.

Experimenté, en aquel preciso momento, aquella aterradora sensación y la saboreé muy a mi pesar hasta las heces. A la tragedia indescriptible de perder a mi padre a mis diecinueve años se le unía el amargo bonus que supone la muerte de alguien tremendamente importante para ti en semejantes fechas. Sin duda, me acababa de convertir en un hombre hecho y derecho, y mi hombría devino en cierta actitud recelosa ante aquellas fiestas. Hasta entonces habían sido ocasión de disfrute y de ruidosa alegría entre los míos, pero aquel amable panorama comenzó a teñirse de sombras el mismo día del fallecimiento de mi padre. Las Navidades empezarían a adquirir tintes agridulces para mí, colores oscuros cuyo tono iría saturándose al ir clareando los asientos en torno a la gran mesa del comedor de mi casa madre, amplia estancia donde celebrábamos la vida a borbotones a la más mínima excusa.

Se irían después mis abuelos, mis tíos, alguno de mis primos. El abeto ya no sería natural; era más cómodo y barato comprar uno desmontable; yo ya no decoraba la casa junto con mi madre y mi hermano, ni me daba la gran paliza montando el enorme belén que con los años fuimos ensamblando. Las simpáticas figuras con caras de niño que el amor de mi madre fue comprando poco a poco para nosotros ya no me hablaban al oído, y los camellos de los monarcas de Oriente dejaron de acercarse día a día al portal empujados por manos infantiles y llenas de impaciente ilusión.

A partir de aquellos días aciagos dí en advertir que todas aquellas luces, el jolgorio en la calle y la desbordante solidaridad entre los seres humanos no eran más que un sutil trampantojo, una elaborada ilusión óptica que, a la manera de los decorados del cine, ocultaba un estremecedor vacío y una ambición desmesurada. Caí en la cuenta de que las fiestas que tanto nos gustaba celebrar eran ya propiedad de una o dos cadenas de repugnantes grandes almacenes, de los mercachifles de siempre, que amenazan las Navidades con su machacón mensaje consumista, con esa falsa, impostada e hipócrita sensación de hermandad que nos venden a raudales, más que nada porque ahora toca vender semejante bazofia. Las iglesias, supuestos centros de los fastos religiosos propios de esta época del año, se vaciaban a la misma velocidad con que se llenaban tiendas y comercios al primar lo pagano sobre lo divino definitivamente. No pensaba yo en reivindicar algo en lo que no creía, pero por ese mismo hecho me molestaba -y me molesta- sobremanera la descarnada mercantilización de algunos símbolos que son sagrados para muchas personas porque denota una profunda falta de respeto y un repulsivo materialismo.

Comenzó a escucharse por todas partes la risa imbécil del gordo abuelo venido de allende los mares, un invento rubicundo y blandengue de todos sabemos quién. Entre rebuzno y rebuzno del ridículo personaje, las empresas preparaban esas magras cestas con las que anualmente pretenden redimirse ante sus currantes por todo un año de excesos y desafueros y esos mismos curritos se afanaban en organizar una de esas cenas de empresa en las que todo el mundo tiene que divertirse mucho y pasárselo fetén por cojones. Ha llegado la hora de perdonar agravios y de compadrear con todo hijo de vecino, que para eso se celebra el nacimiento del Redentor de la humanidad, qué coño. Es momento ya de cocerse como sapos para abrazar, borrachos perdidos, a personas cuya existencia se nos da una higa intentando de paso meterle mano a esa compañera de oficina que tanto nos gusta y que tan poco caso nos hace. Y si aparece por allí el jefecillo de turno a lo mejor, dada la carga etílica de la ocasión, puede resultar procedente el comentario confianzudo o la gracieta mordaz para que el resto de la etilizada tribu vea lo machotes que somos.

Y los Reyes Magos se fueron olvidando de juguetes y de divertidas golosinas para acabar dejando camisas, jerséis, calzoncillos y calcetines. Todo muy útil, desde luego, y tan carente de espíritu como práctico: la imaginación al poder, salvo contadísimas y honrosas excepciones. Nosotros, los más jóvenes de mi tribu, fuimos postergando también, como sin querer, la costumbre de enviar christmas a familiares y a amigos. El correo electrónico es más rápido, más barato y permite envíos masivos aunque no desprenda la deliciosa fragancia del papel de calidad.

Con el correr de los años tuve la mala fortuna de ponerme a trabajar en la recepción de un hotel en la que pasé trece amargos años, la mayor parte de los cuales en el turno de noche, lo que me supuso permanecer no pocas Nochebuenas y no menos Nocheviejas lejos de los míos y aguantando estoicamente la nauseabunda imbecilidad de la que el género humano hace tan cumplida gala en semejantes ocasiones.

De manera que todas las circunstancias que me rodeaban se han ido conjurando lentamente en contra de las famosas fiestas hasta conseguir que su mera cercanía me ponga los pelos como escarpias, que decía el otro, ante la avalancha de tristes recuerdos que indefectiblemente las acompañan. Me atosiga la estruendosa descarga de amor fraternal con la que todo dios pretende salpicarte, con franqueza, y me cabrea mucho el despilfarro que se produce por doquier. Puesto que no soy precisamente moderado en casi nada, no me molesta tirar dinero por el mero hecho de hacerlo, sino porque nos pulimos nuestros magros haberes sin tino alguno cuando nos lo indican, ni más ni menos.

Quiero entender que no soy el único que piensa así sobre las fechas que se nos acercan. De hecho, coincido con la inmensa mayoría de mis amigos cuando charlamos sobre al asunto y me creo que por motivos muy similares a los míos. Como resulta indiscutible que tanta tontería, tristeza y falsedad como acabo de describir siempre estuvieron ahí, parece evidente que es la propia vida la que nos abre cruelmente los ojos en el momento en que lo considera oportuno. Se desmorona entonces todo el dulce edificio de la infancia con impresionante y doloroso estrépito, y entre los escombros surge el hombre que nos acompañará ya hasta el final de nuestros días y que nunca dejará de escuchar el ruido que hicieron sus ilusiones al convertirse en sueños rotos.

No, no me gustan las navidades. Y aún así, a veces mi mente racional baja la guardia. Me figuro que de vez en cuando necesita algo de esperanza, algo de calor. En semejantes momentos me quedo colgado con tal o cual canción, con una estampa navideña ridículamente clásica y obligada. Me emociona algún anuncio bobalicón y huero al que en otras circunstancias no prestaría mayor atención y me encuentro deseando que la paz y la justicia imperen por siempre entre la doliente humanidad, no solamente durante unos días. El niño que una vez fui alza los ojos alegres al cielo y cree distinguir, asomándose entre las nubes que contemplan mi ciudad, una gran estrella fugaz que lentamente guía a los hombres hacia el mayor acontecimiento de la historia. Oye a camellos galopando bajo el azote de la arena furiosa y sabe que el mejor día del año se acerca al comedor de su casa.

Pero ese espejismo dura más bien poco. Deshace sus delicadas hebras el primer petardo al estallar, el correspondiente anuncio de juguetes o de perfumes o algún tolay con rojo gorrito de elfo y cocido hasta las trancas mientras perpetra un villancico. Cualquiera de esas prosaicas realidades me despierta con la misma eficacia con que lo haría una patada en los dientes, pongo por caso.

Y al final se imponen el distanciamiento y un sano cinismo, ejercido con todo el desamor del que aún soy capaz, que no es poco.

No, no me gustan las navidades.