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Maraton Man

gladiator

 

Entro en la ducha despacio, con cierta torpeza. Adopto todas las precauciones posibles para no resbalar y partirme la crisma. Abro el grifo lentamente y regulo la temperatura hasta un punto intermedio, como a mi me gusta. Hace cinco largos meses que no me doy una simple ducha, que me he visto obligado a sustituir por el aseo diario del hospital, siempre agradable pero nunca suficiente.

Cierro los ojos y dejo resbalar al agua repiqueteante por toda mi reseca anatomía. El líquido me envuelve, me acaricia y me relaja, y pese a mi cansancio noto a la perfección cómo se lleva los  momentos de miedo, los zarpazos de tristeza y desesperación que han sido tan abundantes en estos días aciagos. Muchas noches tristes desfilan ante mis ojos a toda velocidad, plenas de alucinaciones aterradoras; tres meses de sedación completa, tres feroces asedios de la Parca y dos meses de estancia en planta se van por el sumidero mientras respiro asustado aún.

Acabada la ceremonia del aseo personal, tan añorada, me visto y dirijo mis pasos vacilantes hacia mi refugio, mi cueva particular, mi lugar de trabajo. Entro en mi despacho, umbrío y fresco, y compruebo de repente que todas las cosas están donde yo las dejé hace casi medio año. Me observan, cautelosas y suspicaces, con ese distanciamiento con el que los objetos contemplan a los seres humanos. Se apilan sobre mi gran mesa obsequios de todas clases que se han ido acumulando durante mi ausencia y que esperan que mis manos les acomoden para siempre, que les den un lugar en mi vida. Libros, perfumes y juguetes disparatados, que me visitaron con fugacidad en el hospital para ser llevados a mi hogar inmediatamente merced a la paciencia de mi pareja y de mis chicas de oro. Ahora es el momento de disfrutarlos más despacio, y a esa tarea me entrego. Descubro sus detalles, saboreo sus matices y agradezco la inmensa carga de amor que atesoran para mi.

Mi madre se asoma a la puerta para decirme que la comida está esperando, y aromas deliciosos la siguen, penetrando en mi despacho. Me siento a comer junto a los míos, en una mesa grande y limpia, llena de alimentos cocinados con esmero, muy lejos de la bazofia con la que a diario ofenden a los pacientes de cualquier sanatorio del mundo. Después de la comida ocuparé mi sitio en mi butaca favorita, junto al gran televisor, para ver cualquier cosa que me apetezca, o para dormitar plácidamente antes de ponerme a enredar con tanto como tengo pendiente.

Y tengo la clara sensación de haber corrido un intenso maratón contra la muerte, una prueba de paciencia agotadora y extrema que contra todo pronóstico  -hablad con mis médicos- he conseguido acabar. No sé qué hubiera sido de mi sin el auxilio de mi gente, de mis seres queridos. Como en tantas otras ocasiones desgraciadas, he notado la fuerza tremenda de su cariño, el tesón incansable a la hora de permanecer a mi lado para ayudarme a rasgar el velo de la creciente oscuridad que quería devorarme. Y me siento, claro está, muy afortunado por tan impagable privilegio. En estos últimos y ajetreados años he protagonizado un espantoso desembarco en la madurez, venciendo un cáncer, una grave crisis renal y una pancreatitis gravísima. Deben ser ciertas mi fortaleza física y mi entereza moral, pero ya va siendo hora de disfrutar de un período de tranquilidad que espero dure una muy larga temporada. Tengo que enfrentarme todavía a un proceso de rehabilitación muscular que no sé cuánto durará, peor lo peor de la tormenta ha quedado atrás.

Una legión de amigos queridos ha preguntado por mi constantemente, día tras día. Muchas personas han rezado por mi; otras han canalizado sus energías a través del reiki para ayudar en mi sanación; otras tantas me han hecho llegar su recuerdo silencioso y amable, siempre presentes en mi camino; he recibido visitas de las que no consigo acordarme, navegando como estaba entre el sueño y la vigilia. Se han acumulado en mi teléfono wassaps, correos, mensajes y llamadas que no siempre he tenido la delicadeza de contestar de inmediato, por lo que desde aquí les pido disculpas a todos ellos y les agradezco su amistad y su cariño, con toda sinceridad. Hay ocasiones en las que la cabeza no obedece al corazón, y hay otras en las que este músculo infatigable se pone de cara a la pared y no quiere saber nada de nadie, por mucho que uno intente hacerle sonreír. Pero hay un momento para cada cosa, afortunadamente.

El té humea en mi mano al tiempo que ojeo un libro recién adquirido. Oigo en la distancia la charla de mi madre y mis tías y espero la llegada de la reina de mis horas, de la real hembra con la que comparto mi devenir. Estoy en paz.

He vuelto.