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Bombones de sangre (Propofol, VI)

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“El realismo es una mala palabra. En cierto sentido todo es realista. No veo la diferencia entre lo imaginario y lo real.”

Federico Fellini.

Un par de días a la semana, según cómo anden de reservas, M y su amiga del alma, una cuarentona de voz aguardentosa que se parece mucho a la protagonista de “Nashville”, montan en el fondo de la UCI un restaurante que tiene fama en todo Madrid. El chef es un japonés de rostro enigmático, un auténtico maestro con los estremecedores cuchillos necesarios para el desempeño de su oficio. Los maneja con escalofriante facilidad, aunque algunos son grandes como katanas.

El restaurante es algo así como una gran terraza llena de mesas elegantemente montadas, con vajillas, manteles y cubiertos de primera calidad. M tiene una cartera de clientes notable, en la que figuran todos los tipos que pretenden ser alguien en  la capital, aunque tampoco resulta extraño ver por allí al personal del hospital, sobre todo a ciertos médicos. Este negocio está furiosamente de moda, y todos los lunes y jueves una gran cantidad de clientes atesta el local, es decir, la UCI.

Y es que no es para menos. Todos los platos están confeccionados a base de la carne de los enfermos que allí nos amontonamos. El perverso japonés corta con esmero las piezas de carne de manera que ningún paciente muere por los cortes recibidos ni nota dolor alguno, aunque yo me malicio que eso se debe a la acción de alguna potente droga. Hay ocho o diez camas un tanto especiales tras unos biombos: bajo sus colchones tienen instaladas unas resistencias eléctricas que mantienen calientes a los enfermos de los que saldrán los trozos de carne necesarios para dar de comer a la clientela del día.

Si peculiar es la naturaleza de aquel antro, no lo es menos la bienvenida que se da a los clientes: muy contenta y orgullosa, M les invita a bombones rellenos de sangre, delicatessen que parece estar muy de moda entre la gente de la jet. Obviamente, la sangre también es de los enfermos de la UCI.

Yo contemplo de lejos el infernal banquete. Como ya conozco el restaurante porque lo he visitado varias veces, distingo incluso a alguno de sus clientes más fervorosos. Concretamente, hay una especie de gigantón mongólico, un tipo desagradable con el mismo jetuño que Alfredo Evangelista, que no hace más que aullar “!yo, por esa carne, mato! !yo, por esa carne, mato¡”. No deja de berrear a voz en cuello ese sonsonete como un auténtico poseso hasta que su familia le sienta, y le calla la boca a base de llenársela con el horrendo manjar que reclama y que consume a grandes bocados. El resto de las mesa lo ocupan incluso familias con niños, en un alarde de lo que me parece una conducta del peor gusto, nunca mejor dicho.

Mi amiga S es una enfermera encantadora. Es simpática y cariñosa, una persona siempre atenta a las necesidades de cada paciente. La he prometido que me la llevaría de juerga el día de mi cumpleaños junto con mi pareja, pero al final no ha podido venirse con nosotros  y hemos tenido que celebrarlo allí mismo, en la UCI. Exactamente el mismo día en que, en el mundo real, me encontraba cara a cara con la muerte por primera vez durante mi grave enfermedad, en mi delirio no nos ha faltado de nada: unas copas y unos porritos de maría, algo de hash e incluso unas pirulas que aparecieron por allí como por casualidad. Después del tremendo colocón, me dice S que si conozco el restaurante de M. Le contesto que sí, pero que nunca he comido en él porque me da bastante asco, y me contesta tranquilamente que puedo pedir otras cosas para comer que nada tienen que ver con la carne, aunque esa es su especialidad.

Al rato viajamos S y yo por una carretera de montaña a bordo de un descapotable negro que yo conduzco. Creo que es un Jaguar o un Mercedes, no lo recuerdo con claridad. Ignoro hacia dónde nos dirigimos porque se con toda seguridad que el local se encuentra en la UCI y me extraña un poco que no nos acompañe mi pareja, pero así es el sueño. Vamos muy alegres puesto que por fin he podido salir del hospital, y vestidos de cuero negro, como mandan los cánones (no se cuáles). Llegamos al restaurante y S me lo va enseñando como si fuese suyo. M nos saluda muy cordial y seguimos con la visita. S me pasa más  drogas y empiezo a colocarme de nuevo. Me encuentro en la gloria, tumbado en una cama de las del restaurante y adormecido ligeramente. Siento mi cuerpo relajado y dejo ir mi mente. Noto que S está a mi lado y me coge el brazo derecho, pero aun tengo los ojos cerrados. Los abro cuando noto un dolor punzante en la muñeca; me giro y veo, consternado, cómo S me ha abierto literalmente la cara interna del antebrazo desde la muñeca hacia abajo y me está cogiendo un sinfín de vías para sacarme toda la sangre que yo pueda perder sin morir. La quiere, por supuesto, para los bombones de bienvenida del restaurante. Además, y ya puestos, me doy cuenta de que está conchabada con M para traerme a aquel infierno y servir mi carne a sus clientes. Por eso me ha facilitado la droga.

Intento empujarla para quitármela de encima, pero se resiste y me chilla, muy enfadada; la empujo nuevamente hasta que consigo tirarla de la cama, y me arranco de cuajo todas las vías que aquella zorra me estaba cogiendo mientras me mantenía sedado. Empiezo a dar voces y entonces me doy cuenta de que estoy atado a una de las “camas-grill” de aquel antro. S se va, pero aparece M, de muy mal humor, y me dice que me calme, que no me va a doler pero que hoy el plato principal soy yo. Tiene muchas reservas y no está dispuesta a perder más dinero conmigo, después de mis fiascos con sus anuncios para la televisión. Y se va para atender a sus clientes después de poner en marcha el termostato de la cama, que empieza a calentarse lenta pero inexorablemente.

Monto un tiberio magnífico. Me pongo de pie en la cama, como un Prometeo encadenado, y reparto golpes a diestro y siniestro a todo el que se me acerca. N, una de mis enfermeras, intenta engatusarme como si fuera un niño pequeño, ofreciéndome no sé qué fruslería si me quedo quieto y me dejo cortar lo que sea necesario; I, otra enfermera, ensaya una maniobra similar, pero el resultado es el mismo. Aullo mi ira a voz en cuello y sé que estoy argumentando mejor que Aristóteles lo que siento, mientras dirijo mis críticas contra las barbaridades que se están cometiendo a mi alrededor cargado de razón, me consta. Hay varios enfermos ensangrentados en unas cuantas camas. Les están vendando después de cortarles los pedazos de carne necesarios para dar de comer a aquellos salvajes, encantados en sus mesas y sin prestar la menor atención al sufrimiento de los enfermos.

Aciertan a aparecer por allí un par de mis médicos. El doctor C, tranquilo como de costumbre, se mantiene a una prudente distancia del soberbio cisco que estoy montando sin querer intervenir para nada. Una joven doctora rubia de ojos claros, cuyo nombre no recuerdo, se acerca muy digna para recriminarme la escenita y comentarme que estoy vaciando el restaurante. Le argumento como es de rigor y con toda rotundidad, le recuerdo su profesión y le echo en cara su repugnante complicidad con aquella animalada, pero la muy cínica sonríe y me espeta que estoy en una UCI y que allí quienes mandan, hacen y deshacen son ellos…

Poco a poco, parece que me voy saliendo con la mía. Observo, más tranquilo, cómo los camareros  -todos extranjeros-  van recogiendo el menaje y desmontando las mesas, porque los clientes se han cansado de esperar y se han ido marchando con el rabo entre las piernas. Ya no queda nada parecido a un restaurante por allí, aunque yo sigo en una de las extrañas camas preparadas para mantener la carne caliente, si bien es cierto que N la ha desenchufado hace ya un buen rato. Y así consigo que me dejen en paz , que no corten pedazos de mi cuerpo molido y derrotado, que no me consuman en una ceremonia diabólica, llena de crueldad y de dolor. Pero me preocupa la reacción de M, porque se de buena tinta que me lo hará pagar caro y que lo hará no tardando.

El doctor C no se ha acercado a mí finalmente; lo siento porque me hubiera gustado darle un buen repaso: no me esperaba verle por allí saludando encantado a aquellos caníbales siendo tan buen médico como es. Mientras tanto, su compañera rubia de ojos claros se va alejando poco a poco sin dejar de mirarme con desprecio, la boca torcida en un rictus de asco que me duele en lo más hondo. Volveré a toparme con ella en el transcurso de un viaje absolutamente descabellado a Colombia, en busca de los señores de la droga para hacer ciertos tratos con ellos a la par que probamos su mercancía…

 

 

 

 

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Un capitán de caballería (Propofol, V)


“La vida es agradable. La muerte es pacífica. Es la transición la que es problemática.”

Isaac Asimov.

He pasado toda la noche emboscado en la jungla asiática, esperando los carros de combate del enemigo, que no acaban de aparecer. Me levanto cuidadosamente y veo a R, uno de mis enfermeros, que me hace una seña desde su propio escondite, indicándome que por hoy hemos acabado con nuestro trabajo. Se asegura de que llevo todo el equipo bien sujeto y colocado mientras echamos a andar.

Voy solo por los pasillos del cuartel , que a la vez es un hospital. Me encuentro muy cansado y necesito que alguien me dé un masaje como los que suelen prodigarme en cuanto vuelvo de una misión. Deambulo un tanto despistado y de repente me topo con una patrulla de soldados altos y fuertes, que me detienen de inmediato. Me quejo pero no me dan explicación alguna, y a rastras me conducen hacia uno de los muchos despachos que veo por allí.

En el interior, hay un tipejo muy particular. Es larguirucho y delgado, con miembros frágiles y manos similares a patas de araña. Lleva un uniforme verde con hombreras rojas  -¿ruso, quizás?- y yo sé sin lugar a dudas que es un capitán de caballería. El rostro es el de un actor secundario americano bastante conocido, cuyo nombre no recuerdo, pero se deforma constantemente bajo las emociones del sujeto; es algo así como una cara normal pasada por el escritorio de un dibujante de cómics. Tiene poco pelo, peinado con fijador hacia atrás, y en su ojo derecho destella malévolamente un monóculo. Se le enraman los ojos con facilidad porque es una persona colérica y malhumorada. Me mira con fijeza y sonríe de una manera particularmente desagradable.

Sin mediar palabra, sus hombres me desnudan, me tumban boca arriba y realizan todo tipo de pruebas en mis genitales, usando extraños aparatos que arrojan diversas lecturas, llenas de decimales. Sé que sospechan de mí porque me han encontrado moviéndome por las instalaciones algo confuso, pero yo no he hecho nada. Al contrario, vengo de trabajar en defensa de mi país, que es el suyo. Acaban sus mediciones y en ese momento, el oficial se acerca y coge uno de mis testículos en la mano, lo sopesa y lo mete en un círculo metálico de bordes afilados que lleva a la cintura . Y entonces, presa de un ataque de ira que le desencaja el espantoso rostro y hace que le cuelguen los ojos sobre las mejillas, le propina un patadón brutal al pedal que hace funcionar la cuchilla del aparato, que brilla en el borde de la pieza circular. Se cierra la cuchilla como lo haría un esfínter y mi testículo salta hacia su mano por efecto del golpazo.

Y yo sé que me acaba de castrar con el mismo aparejo que usa para capar a sus caballos. Los soldados recogen la sangre y trozos de cierta sustancia que ha salido de la herida y cuchichean entre sí, como si les hubiera asustado la barbaridad que acaban de presenciar.

– Capitán, ¿no le parece a usted que nos hemos pasado un poco?  -dice al final uno de ellos.

El energúmeno se gira y contesta:

– !De eso nada¡ !Con un solo testículo los hombres se hacen mucho más fuertes¡ !Recojan eso y vámonos¡

Dicho y hecho. Los militares recogen sus trastos y desaparecen detrás del salvaje, que ha tirado mi testículo a una papelera. Yo no he sentido dolor alguno, pero me invade una furia bestial, porque me han capado sin mi consentimiento, sin tener derecho a ello, sin que yo hubiera merecido semejante castigo… Empiezo a elucubrar y lo primero que se me viene a la cabeza es que tengo que llamar a mi abogado para iniciar los preparativos legales contra el capitán, y me imagino contándole las circunstancias de lo ocurrido una y otra vez. Además, no quiero que nadie se entere de mi desgracia hasta que no me haya resarcido económicamente de la misma, porque la indemnización, supongo yo, será millonaria.

Y en esas estoy cuando la gitana se manifiesta ante mí. Le cuento, muy angustiado, lo que me ha ocurrido, porque no tengo a nadie más con quien compartir el horror que acabo de sufrir, y me dice que si de ella depende nadie se enterará de lo sucedido. Creo en su palabra, pero al poco de desaparecer nuevamente, me entero de que tiene contactos en Tele 5 y que va a contar mi desgracia… Si la hubiera tenido delante, habría intentado estrangularla.

Al poco, estoy galopando a toda velocidad por una llanura en compañía de cinco o seis desconocidos. Galopamos en línea, como si fuéramos a cargar contra el enemigo, un enemigo que no se deja ver por parte alguna. Repentinamente, uno de los jinetes coge la piel de mi escroto desde detrás de mí y tira de ella con todas sus ganas; la piel cede y mi escroto queda en carne viva. Es un martirio seguir galopando, así que vuelvo a mi cama en la UCI.

Con los ojos cerrados, escucho acercarse a mis enfermeras y a mis celadores. Les cuento lo que me ha ocurrido y noto cómo examinan mi horrenda herida al tiempo que intentan calmarme con sus palabras.

– Tranquilo; Mariano, que esto no es nada, te vamos a curar ya mismo. Dinos qué testículo quieres que te coloquemos en su sitio, pero dínoslo ya. mismo, que esto hay que hacerlo muy deprisa para que no se infecta la herida. Venga, dime, ¿te colocamos el izquierdo o el derecho?  -me dice A, uno de los celadores.

-Pero si es que me han  capado, es que me falta un huevo… -les digo con voz angustiada.

-Nada, nada, tú dinos qué testículo quieres que funcione… -insiste A.

-Bueno, pues el izquierdo… _les contesto. No sé dónde he leído que de entre las dos manifestaciones de masculinidad que llevamos colgando, la izquierda es la más importante, de manera que no dudo ni un instante en contestar a la pregunta, aunque yo sigo teniendo claro que me falta un testículo.

-Venga, vale… A ver, no te muevas… Ahora, ya está, ya lo tienes colocado en su sitio, tranquilo… -me dice nuevamente.

Recordaré esta conversación tiempo después, ya completamente despierto. Supongo que quienes me atendieron se reirían un buen rato a costa del cuento que les largué, pero yo lo pasé francamente mal. Estuve un par de días sin atreverme a bajas las manos hasta mis genitales, porque sentía un miedo atroz ante la idea de comprobar que efectivamente me habían cortado un testículo.

-Oye, A, y ahora ¿qué voy a hacer yo? Quiero decir, ¿volveré a funcionar normalmente con una mujer? -pregunto, angustiado por la duda.

-Tranquilo, hombre. Te han dejado un poco malparado, pero verás como se arregla todo con el tiempo…

A se da media vuelta y prosigue con su trabajo. Yo me quedo a solas con mis temores, con mis deseos, con mis ganas de escapar de un universo que amenaza con devorarme a base de horror.

Poco después visitaré el restaurante que M ha abierto al fondo de la UCI, un local absolutamente peculiar…

 

 

 

 

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Todo está en venta (Profopol, IV)

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.”

Confucio

No hay rastro de enfermeras ni de celadores. No se oye ni un solo gemido del resto de mis compañeros de cautiverio. Ignoro qué hora es, pero tengo la sensación algo angustiosa de estar estancado en una madrugada intemporal, envuelto en su cálido útero y en medio de un denso silencio. Frente a la puerta de mi habitación, que siempre está abierta, todo es oscuridad. Contemplo sus negras entrañas con los ojos muy abiertos, o, al menos, eso creo yo. Muy poco a poco, una luz dorada y rojiza comienza a iluminar las espesas sombras, como si un sol cruel y extraño se levantase de su ocaso. Veo crecer la claridad que emite y me parece adivinar, a lo lejos, una figura gruesa y abultada, también vestida de rojo oscuro. Se va acercando poco a poco a mi habitación. Su tamaño aumenta con rapidez y, en un instante, el personaje flota ante mi, levita en medio del claroscuro que acompaña su presencia. Puedo por fin verla detenidamente, contemplarla a mis anchas. Es una gitana de cierta edad, quizá frisando los cuarenta. Ojos negros de mirada socarrona, no exenta de piedad; una túnica roja cubre su cuerpo enorme, grueso, y su larga melena negra le cae casi hasta las piernas, pues está sentada en la postura de la flor de loto. Se agita la poblada cabellera con cada uno de sus gestos y parece cobrar vida propia para subrayar las palabras y los sentimientos  de su dueña; diríase una Medusa morena y oronda, tal es la energía que se agita en su cabeza. Me consta que visita el hospital de vez en cuando, aunque también tengo la seguridad de que no se manifiesta ante cualquiera.

Está sentada sobre un enorme montón de telas, de trapos diversos, de alfombras de todas clases, tamaños y colores. Se los quita de debajo de las nalgas con una rapidez sorprendente  y me los muestra zalamera, con sus manos cuajadas de anillos, con esa sonrisa de mercader que oculta casi siempre un desprecio infinito y una total falta de empatía con el futuro cliente. Como no hago ademán alguno de querer comprar su mercancía, al menos la que hasta ahora he visto, los vuelve a colocar en su sitio a igual velocidad. Noto entonces que a su derecha hay un gran montón de libros nuevos y usados, viejos y recién editados; a su izquierda, mientras tanto, distingo un gigantesco montón de cachivaches muy viejos, en un desorden espantoso: patas de sillas, tableros de mesas, armarios desmontados y muebles de jardín y de baño se dejan ver entre cuadros, estanterías y lavadoras. Y vuelta a empezar. No me ofrece los libros, pero chasquea los dedos y veo que las sombras a su alrededor inician un bailoteo frenético, hasta que del vientre parturiento de las mismas saltan un par de siluetas igualmente oscuras. Son dos seres extraños, hechos de guedejas de tinieblas, ayudantes de la gitana. Se zambullen en la gran pila de chismes viejos y principian a revolverlos a toda velocidad, mostrándome algunos de ellos.

Asombrado, compruebo que son muebles y enseres muy antiguos que en algún momento formaron parte de la historia de mi familia, que pertenecieron a mis abuelos o a mis tíos, que alguna vez tuvieron un cierto significado para mí. No me lo puedo creer. ¿Cómo han llegado aquellos fantasmas polvorientos a manos de la gitana? Son trastos de todas las categorías que acabamos por regalar o por tirar cuando les llegó el día, presas del inevitable cansancio que produce la impertérrita apariencia de las cosas que invaden nuestro existir. No debe de conocer el origen de aquella barahúnda de objetos, porque, en caso contrario, no me los ofrecería, sabría que fui yo quien se desprendió de ellos.

No hemos cruzado ni una sola palabra mientras toda esta ceremonia se iba desarrollando. Del mismo modo que ha aparecido, comienza a desvanecerse, supongo que harta ya de mi apatía, arrastrando tras ella ayudantes y mercancías en un suave torbellino que va engullendo absolutamente todo muy despacio, como si la negrura del hospital reclamase lo que es suyo. Volveré a ver a esta gitana en más ocasiones, en otros de mis sueños, y pensaré incluso en reclamar su ayuda cuando vea erguirse ante mí la presencia diabólica del capitán de caballería y de su máquina de capar caballos…

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Mi trabajo (Propofol, III)

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Los hombres despiertos no tienen más que un mundo, pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo.

William Hazlitt

Estoy dormido en una playa deliciosa. Las olas me acarician mientras se van retirando, pues ya baja la marea. Hacía mucho tiempo que no reposaba con tanta placidez, con tanta paz. Y sueño. Sueño dentro de mi sueño que me contratan para rodar una película de ciencia ficción en pleno Mediterráneo. El argumento es de lo más coherente que pueda darse, como se verá: somos unos soldados americanos enormes, operados para convertirnos en superhombres, que reposamos en el fondo del océano en posición fetal. Si nuestros enemigos  -que son rusos, faltaría más- se nos acercan sin detectarnos, saltamos sobre ellos, con nuestros chillones uniformes resplandeciendo bajo las olas,  y les atrapamos en el interior de nuestras cajas torácicas, ahuecadas para poder asfixiarles allí dentro. Obviamente, si son ellos quienes no descubren antes de tiempo, la cosa acaba igual de mal para nosotros. La película va francamente bien, pero a mí me preocupan los aspectos legales, cómo no: no hemos firmado contrato alguno y las modificaciones físicas que nos han hecho son tremendas e irreversibles, y mucho me temo que la pasta no aparezca por parte alguna. Me ha contratado mi amiga M, que será un personaje recurrente en todos mis delirios, mi particular bestia negra,  que me hará sufrir mucho sin que yo alcance a comprender por qué.

Acaba la película y hay que seguir rodando unos anuncios para la televisión centrados en la empresa de M. En lo más profundo de las tempestades que agitan el océano, viven unos cangrejos gigantescos que son capaces de enrollar su cuerpo para defenderse o atacar. Ser les puede ver flotando entre las tremendas y oscuras olas como masas informes de carne y caparazón mezclados sin orden ni concierto, oscura aquella y afiladísimos los pedazos de este. Los barcos propiedad de la compañía de M navegan hasta aquellos lugares inhóspitos y pescan los cangrejos para venderlos como marisco fresco de altísima calidad y elevado precio, por el riesgo terrible que supone para los marineros la captura de semejantes presas. Este negocio es propiedad de la familia de M desde hace generaciones, y les ha hecho millonarios a todos ellos, de manera que lo defienden con uñas y dientes.

En el anuncio, yo salto al agua vestido como un cruzado y me hundo a toda velocidad hasta que uno de los cangrejos me atrapa y quiere destrozarme entre los filos de su troceado caparazón. Acaba por tragarme pero, en ese momento, yo me abro paso desde su interior a golpes de espada y de escudo, destrozo el costado del animal y salgo a la superficie de un salto. No recuerdo qué parrafada presuntamente épica tengo que soltar, pero lo cierto es que es una enorme sandez preñada de publicidad, como es lógico. Hasta ahí todo bien. El primer anuncio queda perfecto y M me suelta un sobre repleto de dinero, tras recibir  todos nosotros las felicitaciones de su familia. Pero al rodar el siguiente anuncio, idéntico al primero,  nadie me llama por la mañana, con lo que llego tarde y no hay forma de arreglar el desaguisado: una bronca tremenda, claro. A la mañana siguiente, cuando vamos a empezar a trabajar, resulta ser que no me han pasado el guión con las frases: otro desastre  irreparable y nueva bronca por todo lo alto. Y ya en la tercera ocasión, me despiden y quieren que ruede un anuncio para niños en el que tengo que cantar una melodía estúpida, muy infantil. Horrorizado, y pese a que mis enfermeros me ruegan que cante, compruebo que me es totalmente imposible, porque no tengo voz. Acabo llorando a lágrima viva, con los ojos cerrados y sin ser capaz de emitir ni un solo sonido para explicar lo que me ocurre, por qué no puedo cumplir con mi trabajo. Oigo algunas frases de conmiseración de mis cuidadores y el sueño me invade piadosamente.

Entre esos sonados fracasos y la noticia de que la empresa de mi hermano  -que se dedica a la hostelería-  ha entrado en competencia con la de M por el carísimo crustáceo, me convierto en el blanco perfecto de la ojeriza de mi supuesta amiga. Le reclamo mi dinero por el despido y por las operaciones sufridas y parece que no me debe nada: el resultado de las intervenciones ha desaparecido poco a poco y estoy como siempre. Tengo que agradecerle, además y siempre según ella, que no me denuncie por trabajar sin contrato. A partir de ese momento, me hará objeto de toda clase de desplantes, amenazas y desprecios; intentará manipular mis medicamentos para hacerlos más potentes y atontarme más, maniobrará con enfermeros y celadores para hacerme la vida imposible y se acostará con un imbécil al que no trago para que me haga la vida imposible. Sé de buena tinta que ha viajado al Caribe para hablar con sus mejores cllientes y que ha empleado sus artes de mujer para convencer al poderoso dominicano que compra sus productos de que me asesine lo antes posible. Me toparé con ese siniestro personaje en otro sueño, aunque parezca mentira.

Me voy a celebrar el despido por todo lo alto. Nos han dado unos boletos para canjearlos por comida y bebida, que me apresuro a compartir con mis enfermeros y enfermeras a la orilla de un río. Allí mismo organizamos una fiesta magnífica, con alcohol y droga de calidad por todas partes. El último boleto que me queda ofrece otra copa más o teletransportarte a casa. Como me encuentro bastante bebido, lo gasto en volver, y siento que caigo hacia una terraza cuyos baldosines imitan los que antiguamente se veían por los comedores de los pueblos de España. Y noto que me he hecho mucho daño al llegar al suelo, que he sufrido heridas graves. Me cuesta respirar y me duele todo el cuerpo.

Al abrir los ojos, estoy de vuelta en la playa, durmiendo de nuevo plácidamente. Este delirio, entremezclado con otros, se repetirá muchas veces durante mi coma, a veces con finales distintos pero siempre preocupantes.

Una gitana viene a visitarme a la UCI; parece ser que es una vieja conocida del hospital…

 

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Avancarga (Propofol, II)

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«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión.He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.”

Blade Runner (Riddley Scott, 1982)

No sé a ciencia cierta qué ha sido de mi pareja. No tengo noticias de ella hace mucho tiempo y eso me preocupa. Claro que, por otra parte, tampoco sé cómo he acabado trabajando para el cine y la televisión, pero ese es un asunto menor. No recuerdo cuándo he salido de mi casa, cuándo he llegado a esta playa en la que me gano la vida. ¿Quién me ofreció este puesto, de dónde vino la oferta? Sé que ni lo sé ni lo voy a saber, con esa certeza fatalista propia de los sueños, pero ahí estoy.

Entonces me entero de lo que ha ocurrido con Mariví. Al marcharme yo de Madrid, parece ser que sin decir ni una palabra, se ha ido a Estados Unidos y se ha casado en Kentucky con un tipo bastante peculiar. Es un mountain man, que curiosamente tiene un estilo muy similar al mío de hace seis o siete años: barba y bigote entrecanos y una larga y cuidada melena en la que también asoman las canas por doquier. Eso sí, parece más viejo y cansado que yo y no resulta ni la mitad de atractivo de lo que yo era. Tienen un niño y un gato, y se ganan la vida haciendo exhibiciones de tiro con armas de avancarga, en cuyo manejo ambos son expertos. Y cuando ella se entera de que me voy despertando, hace las maletas y se presenta de nuevo en España. Yo sé, con toda seguridad, que ha decidido abandonar a su marido y volver conmigo, y estoy encantado de la vida, aunque ignoro qué demonios vamos  -va-  a hacer con el barbudo, porque con respecto al niño y al gato está claro que es lo que pretenderá.

De manera que cuando la veo entrar en la UCI todos los días a la hora de la visita, que espero impaciente, después de besarla le pregunto por su niño y por su gato. No es que ninguno de los dos me interese gran cosa, la verdad, pero me parece lo correcto. Me reservo la espinosa charla sobre su marido para otro momento, de modo que nunca abordamos ese desagradable asunto. Las primeras veces que le pregunto sobre su hijo y su mascota, noto que me mira y, o yo no recuerdo la respuesta o es que ni siquiera me contesta. Sí la veo intercambiar miradas con su hermano Javier, pero no sé a cuento de qué vienen. Mucho después, y ya completamente despierto, me contarán que mis médicos sospechaban que la prolongada sedación podía haberme causado alguna lesión neurológica seria, así que se les ponían los pelos de punta ante una cualquiera de mis alucinaciones. Recuerdo que me compraron una pequeña pizarra para entenderse conmigo por escrito, puesto que mi traqueotomía me impedía el habla por completo. Yo pensaba que el lápiz era magnético, porque en cuanto intentaba escribir algo, era como si se quedase pegado a la pizarra por la punta: imposible trazar una sola letra medianamente legible, no digamos ya una frase completa. Cuando conseguía escribir algo, corto y atropellado, muchas letras estaban del revés, lo que puede suponer una señal clara de lesión cerebral. El súmmum de aquellos miedos se produjo en la ocasión en la que me arranqué a escribir en inglés mientras, a base de susurros, intentaba hablar con ellos en castellano, aún lo recuerdan con pavor.

Cierto día, y al formularle por enésima vez la pregunta en cuestión, se me quedó mirando muy fijamente y me dijo: “A ver, Mariano, soy Mariví, tu pareja; sigo viviendo en la calle Lista, sigo enamorada de ti, no me he casado con nadie ni aquí ni en Estados Unidos y no tengo ni un niño ni un gato. Sí que tengo un perro enorme que se llama Tizón y es muy pelma,  pero eso es todo”. Entonces, y solamente entonces, comencé a aterrizar: empecé  a recuperar, súbitamente,  un sentido de mi realidad todavía un tanto relativo, pero ahí estaba. De todos modos, me costó un cierto tiempo convencerme de que lo que ella me contaba era verídico, que lo que yo pensaba no era más que una ensoñación absurda, basada en qué se yo qué cosas.

Pero todavía me quedaba un largo camino antes de despertarme del todo. A las pruebas me remito.

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Propofol

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La claridad que reflejan los muros del mercado de San Fernando y alguna balconada de la cercana calle Tribulete entra a raudales por el amplio escaparate. La tarde de mayo es agradable y fresca, un tanto locuela como corresponde a este disparatado mes. Estoy enredando con la tablet en busca de no sé qué datos para una próxima novela, que me ronda las meninges hace ya cierto tiempo. Hastiado de tanto navegar en un mar electrónico y sin espuma, en un extraño océano que ni siquiera huele a sal, me quito las gafas y cierro los ojos un instante.

Y al abrirlos, noto su mirada. Sus ojos pícaros me miran con ternura entre las plantas, como si de una gata en la selva se tratase. Me sonríe por encima de esas gafas nuevas, tipo señorita Rottenmeyer, que tanta gracia me hacen. Me lanza un beso con la punta de los dedos y sigue a lo suyo. Está enfrascada preparando un ramo de flores, o un centro de mesa, o qué sé yo; con seguridad sus manos crean alguna pequeña obra de arte de entre las muchas que trabajar con flores permite traer a la vida.

Le correspondo con una sonrisa y vuelvo a pensar en lo afortunado que soy, pese a todo. Todavía nos quedan estas tardes silenciosas y tranquilas, en las que solamente el rumor de un te quiero o el suave chasquido de un beso apenas insinuado cruzan el aire quieto que se extiende entre nosotros, para llenarlo todo.

Recuerdo entonces, de súbito y sin saber por qué, las ensoñaciones, las alucinaciones tremendas que he padecido durante tres meses de estancia en un hospital recientemente. Supongo que jamás las olvidaré y tampoco sé si quiero hacerlo. Todas las personas que las conocen de primera mano, por habérselas yo comentado, me insisten en que las ponga por escrito, en que las cuente de una vez. Deben de creer que así podré exorcizarlas, alejarlas de mí, cuando lo cierto es que eso va a resultarme del todo imposible, lo sé. Esas imágenes oníricas, esos fantasmas que la química alumbró en mi cansado magín, permanecerán junto a mi por el resto de mis días en este mundo. Me atormentan, me asombran y me divierten de tanto en tanto y no pasa un día sin que me visiten sin pedir permiso. Me asaltan de improviso, juegan conmigo durante unos momentos y desaparecen después, como las esfinges de humo y de sueño que son.

Profopol. El principal culpable. La potentísima droga que ha acabado con la vida de tantos artistas descarriados, de tanto genio cansado de la existencia, me sumió durante tres larguísimos meses en un sueño interminable, cuando no en una duermevela tan espesa que aún hoy sigo dudando de la autenticidad de algunas de las escenas que contemplé, agazapado tras una cortina de fiebre y con los ojos repletos de asombro.

Y finalmente me he decidido a contar lo que vi o, por mejor decir, lo que viví. Contaré en pequeñas dosis  -ya que hablamos de una sustancia química-  el mundo hermoso, aterrador y no sé si tan falso como ahora me parece, que desfiló ante mí a lo largo de aquellos días extraños y peligrosos.

Allá vamos. Espero que mis delirios resulten útiles, interesantes o divertidos a alguien, o que sirvan simplemente para dar testimonio del estremecedor poder de la ciencia cuando se conjuga con una mente febril y asustada que lucha por que el cuerpo que la alberga siga contándose entre los vivos.

Muy en breve, de cómo reencontré a mi pareja, que ya no lo era…