Publicado el

Perico (Propofol, VII)

cocaína mínimo psicoactivo“Tienes poder en tu mente, no afuera. Se consciente de esto y encontrarás la fuerza.”

Marco Aurelio

Uno de mis enfermeros favoritos, mi amigo J, viene corriendo a buscarme. Me sorprende un tanto verle en mitad de la UCI vestido con un traje verde algo pasado de moda, camisa blanca, corbata a juego con el traje y zapatos negros, pero sin duda es él. Cuesta reconocerle sin su blanco atuendo habitual, aunque ahí está, con su sonrisa de siempre.

– !Vamos, tío¡ !Espabila que esta noche nos vamos de juerga, que ya es hora¡ Las chicas ya se están vistiendo…

Y se frota las manos encantado de la vida. Yo no tengo inconveniente alguno en liarla, la verdad sea dicha; ya estoy más que saturado de tanta cama y de tanta inmovilidad. Cada vez que intento irme a mi casa, uno cualquiera de mis cancerberos, o todos a la vez, me lo impiden me ponga como me ponga. De manera que me visto yo también para la ocasión: jersey de cuello de cisne negro, un traje Armani negro también, un par de cómodos mocasines y un fular al cuello, una de mis muchas manías. Dicho y hecho, ya estoy listo.

Para mi alegría, se nos unen A y R, dos enfermeras. A será mi ángel custodio durante toda mi estancia en la UCI. Ya despierto, gozaré de su cariño y de sus cuidados, y será una de las personas que más se interese por mí. De momento, todavía en coma, me apetece mucho que se apunte a la fiesta. R también es un encanto y no se queda atrás en cuanto a atenciones por mi persona. Todo perfecto, como se verá.

Estoy en Miami. Podía estar en cualquier otro punto del globo, pero no es así. Estoy en Miami, aunque no tengo muy claro qué se nos ha perdido por allí. J comenta que es una ciudad muy divertida y muy adecuada para hacer compras. Veremos.

Hemos llegado durante un caluroso atardecer y las sombras de la noche me sorprenden en lo alto de una colina. Desde allí puedo ver las casas que se extienden a mi alrededor. Una multitud de luces puebla la oscuridad del valle. Oigo los mil y un ruidos propios de una comunidad humana y sé que es viernes por la noche: las calles parecen ríos de neón, tal es la cantidad de coches que veo circular con los faros encendidos.

Hay varios bungalows excavados en la falda de la colina. Como si de un documental se tratase, veo desfilar en imágenes la vida de sus moradores. Están enfrascados en un concurso que parece gozar de mucho predicamento entre los televidentes de aquel estado. El asunto consiste en ir desarrollando una trama, una historia cualquiera que sea invención del concursante. En un determinado momento, se le ordena que pare y que vuelva a empezar. Y el secreto del programa, la clave que le dará al participante fama y fortuna, radica en repetir exactamente igual conversaciones, movimientos, actitudes y miradas hasta llegar al punto en el que se le ha ordenado detenerse. Otro periodo de tiempo para seguir adelante con la historia, complicándolas más,  y una nueva parada: así hasta la saciedad.

Veo de cerca las vidas de algunos de ellos. Hay una negra preciosa que tiene muy claro que ganará pese a quien pese; un tipo blanco, escuchimizado y feo, acaba tiroteando a su pareja porque ha cometido un fallo que le hace perder el concurso; otro de ellos se aleja a toda velocidad en un cochazo cuando se da cuenta de que ha sido descalificado por equivocarse en la última frase… Este carnaval desquiciado sigue durante un buen rato, pero yo ya he tenido bastante.

Nos montamos en un gran coche que conduce J y atacamos el centro de la ciudad con todas las ganas del mundo. Menudean las copas, los canutos y algún que otro tirito. Bailamos con las chicas absolutamente desencajados y la juerga parece no tener final.

Entonces, aparecen mis amigos J y B, una pareja a la que tengo especial cariño. La idea es visitar la mansión de un capo colombiano de la droga, famosa en el mundo entero por su tamaño y por su belleza. No sé cómo ha sido mi amigo J capaz de contactar con semejantes desalmados; ignoro de qué métodos se ha valido para lograr una invitación de ese calibre, pero no parece una oportunidad que se pueda desperdiciar así como así. Al fin y al cabo, aunque no sea Colombia un país que en principio me atraiga demasiado, a buen seguro que la experiencia resulta inolvidable. Solamente hay un requisito imprescindible: que no se nos vean las manos durante todo el viaje. Parece ser que hay cámaras ocultas rodando sin parar por todo el país y las imágenes de las manos de los ciudadanos revelan una gran cantidad de información, mal que les pese a sus dueños. Si los narcos nos ven con las manos fuera de los bolsillos, nos jugamos realmente la vida.

Comenzamos el periplo por los impresionantes valles colombianos. Verdes y feraces, tan lujuriosos como solo aquellos lugares pueden serlo; festoneados de nubes bajas, plenos de campos de café. Yo voy tumbado en un coche descapotable, con la cabeza reposando en el regazo de A. Me tapa el rostro continuamente con una sábana blanca, de manera que tan solo puedo ver parte del paisaje que nos rodea intentando asomarme por debajo. Cada vez que ella se da cuenta de mis intenciones, me vuelve a tapar y me dice que me quede quieto, que tenga cuidado, aunque ignoro el por qué. Mientras, me va pasando algo de droga que me entra en el cuerpo a través de mis lacrimales.

Llegamos a la mansión del capo y comenzamos el paseo. Atravesamos salas inmensas, profusamente adornadas con carísimos objetos, las manos siempre en los bolsillos. Después de cruzar un último salón que parece una inmensa selva virgen, llegamos al despacho del dueño de aquella monstruosidad. Y para mi asombro, me encuentro a la doctora que con tanto desprecio me miraba en el restaurante del japonés, que habla con especial soltura con el gángster sobre precios, dosis y oportunidades de negocio. Maneja una jerga que se me antoja compleja aunque adecuada al asunto a tratar, algo chulesca y malsonante. Una persona como ella no debería conocer tan a fondo semejante idioma; al menso, no es lo que uno espera de una doctora en medicina. Mientras habla, y como el que no quiere la cosa, va probando distintas drogas de las que el mafioso dispone, mostrando un particular cariño al perico, que le empolva la nariz y parte del rostro. J, B y yo contemplamos la escena tranquilamente. El colombiano es un tipo renegrido, con un bigotazo cuyas guías le cuelgan a ambos lados de la boca como oscuras enredaderas. Tiene un rostro desagradable que no inspira ninguna confianza y su mirada es penetrante e incómoda. Sonríe a medias ante la perorata de la doctora y le presta más atención a sus pechos que a la interminable charla de la chica.

Veo libélulas gigantescas, con un cierto brillo metálico, que se mueven por los alrededores. Transportan entre sus patas bolsas de perico y de otras sustancias que no reconozco. Está claro que son las encargadas de hacer funcionar la distribución del producto del siniestro personaje que tengo delante, eso seguro. Viven, claro está, en la jungla que hemos atravesado hace un rato.

Abandonamos el despacho de aquel tipo sin haber llegado a intercambiar ni una sola palabra con él. cosa que no lamento en absoluto. La doctora va hablando sin parar con J y con A, proponiéndoles organizar fiestas para consumir todo el perico que el capo les envíe, haciendo números extraños y afirmando que ganarán una fortuna.

Vuelvo a mi cama sin saber cómo. Aparezco allí como por ensalmo, aunque aún veo a lo lejos las luces del valle de Miami que hace un rato largo he abandonado. Al final, vengo muy disgustado porque los narcos le han visto las manos a mi prima B,  que no sé cómo ha aparecido por allí, y sé que nos costará Dios y ayuda librarla del terrible peligro que se cierne sobre ella.  Aunque sé que su madre ya ha ido a hablar con los delincuentes, me tocará ir a mí, supongo, qué remedio. Cuando me dispongo a salir nuevamente de mi cama, me entero de que los buenos oficios de mi amigo J han conseguido lo que a priori se nos antojaba imposible: el narco ha perdonado la vida de mi prima.

De modo que me quedo dormido con una sonrisa de satisfacción. Mejor, me ahorro tristezas, que suelo combatir de varias maneras cuando me es posible. La última vez, visité la heladería americana que mi amiga R gestiona en un extremo de la UCI…

Comentarios desde Facebook