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Muflonas, mi recurvado y yo (Rumores de la foresta, y IV)

muflon7Parece ser que a muchos de mis compañeros de andanzas y de común afición, que son bien conocedores de aquel proverbio (sabio por demás) que afirma que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, les cuesta muy mucho comentar aquellos de sus lances que terminan con la pretendida pieza de caza yéndose, muy merecidamente, a criar. En este determinado asunto, delicado y escabroso como pocos, resultan los cazadores arqueros sospechosamente parecidos a aquellos otros deportistas que dan rienda suelta a su pasión con un arma de fuego o con una caña de pescar.

Contamos con asombrosa claridad y lujo de detalles los lances cuyo desarrollo y resultado son dignos de aumentar nuestro caché entre los componentes de nuestra tribu, y callamos solapadamente aquellos otros en los que la suerte no nos acompañó, o bien los relatamos con el «excusario del arquero» cerca de la mano, prontos a utilizarlo con pasmosa habilidad, casi siempre acompañados por las sonrisas o el cachondeo más descarado de los contertulios de costumbre, por lo común tan troleros o más que nosotros, llegado el caso.

    Desde luego, ese no soy yo, o no suelo serlo. Y no lo digo por dármelas de original o de sincero; simplemente, estoy desde hace trece años enredado en este singular mundo de la caza con arco y puedo afirmar, sin temor al sonrojo, que aprendo cosas nuevas cada día, y de las personas más insospechadas, lo cual no hace sino hablar en pro de la riqueza de matices y contenidos de nuestro deporte, y de mi acrisolada ignorancia. Así pues, y siquiera sea a modo de catarsis personal, allá va mi última experiencia cinegética.

    Mi amigo Enrique Herrera llevaba ya cierto tiempo hablándome de una finca que él suele frecuentar, siempre en pos de caza mayor, y que reunía determinadas características que la hacían idónea para la práctica exitosa de la caza con arco. Desde luego, me recalcaba, la primera y no menos importante de todas era la predisposición de la propiedad hacia nuestro particular estilo venatorio, que comprendía y aceptaba con todas sus consecuencias. Si a esa peculiaridad añadíamos un entorno natural bellísimo y una densidad de piezas más que aceptable, el cuadro, sinceramente, resultaba de los más apetecible.

    Después de varios intentos fallidos de acercarme por allí, el pasado fin de semana pudimos cuajar una cita. Dicho y hecho; el sábado de mañanita, César y yo cargamos su coche con arcos, flechas, equipo diverso y una tonelada de ilusión y partimos hacia Toledo, lugar de encuentro con nuestros compañeros de correrías para la ocasión, es decir, Quique, Jorge y José María, este último dueño de la finca que íbamos a visitar. De ésta solamente sabíamos que lindaba prácticamente con Cabañeros y que estaba, por tanto, muy cerca de Ventas con Peña Aguilera, pueblo con rancia tradición cinegética.

    José María Colomina Velázquez-Duro, que tal es su gracia, resultó ser un simpático guasón, aunque serio y cabal a la hora del negocio. Ya de camino nos vaticinó que veríamos caza hasta hartarnos, y que era más que probable que tirásemos todos. Con semejante perspectiva (aunque con las debidas reservas, todo hay que decirlo) nos plantamos en la finca, conocida como «Los Baños de Villanarejo», en un santiamén. Tras ocupar nuestras habitaciones y comer opíparamente, nos enredamos con el café y con el coñac en la terraza del chalet hasta las seis o las siete, hora de entrar en el monte y ocupar nuestros puestos. Inmediatamente, aparecieron Angel y ramón, dos cordiales jienenses que desempeñan el oficio de guardas de caza en la finca. César con Ramón; yo con Angel; Quique y Jorge a su aire, puesto que ya conocían la finca sobradamente. Además, habían instalado nada más llegar una plataforma para cazar, hecha por ellos, que colgaron a unos diez o doce metros del suelo, con lo que estaban deseosos de probar su efectividad.

    Cuando llegamos a lo alto de la sierra, silencio total y absoluto; nos parecía mentira, con la cantidad de bichos que habíamos visto durante todo el día. Mi puesto es un cuadrado hecho de jara seca y trenzada, con puerta de quita y pon y dos pequeños taburetes de corcha, no demasiado grande , con una generosa tronera mirando hacia el comedero, que está a unos veinte metros de distancia, según creo apreciar. Angel se agazapa detrás de mí, y hala, a esperar. Pasan las horas tediosamente, y comienzo a creer que el café y el coñac nos han robado el día; hemos subido demasiado tarde, al menos para los muflones.

    Queda aún, no obstante, esperar la visita del rey de la noche, del protagonista de tantos y tantos emocionantes lances en lo profundo del bosque: el jabalí. Nada; ni a tiros. El taimado monarca no nos honra con su esperada visita. Angel me hace una seña, recogemos los trastos y nos vamos a otro comedero con el coche. Hacemos una entrada despaciosa, a conciencia, y un golpear de piedras nos deja clavados en el sitio, con el pulso alterado y el oído alerta: dos hermosos ciervos están comiendo en el lugar, pausados y tranquilos, hasta que el aire les lleva el odiado olor a hombre. Bufan, se echan al monte, cerrado y oscuro; abandonan el comedero, que es justo lo que nosotros queríamos, aunque, como es lógico, nos hubiera gustado no espantarles, tratando así de no alertar a nuestro colmilludo amigo.

    Ocupamos el puesto, hecho con cómodas balas de paja, y vuelta a empezar. Horas después, me canso, me mosqueo, bostezo y enciendo un cigarrillo. Angel me mira, divertido: «Don Mariano, aquí no hay nada que hacer; mañana será otro día». Le digo entonces que si plegamos y, por respuesta, se levanta y coge mi mochila, que se ha empeñado en llevar, y parte hacia el coche. Ya en el vehículo le digo que prefiero intentar el muflón al día siguiente, a mejor hora; se me queda mirando, suelta un juramento y me dice, con su peculiar acento, que si él hubiera sabido que yo quería un muflón, estaríamos de vuelta con el bicho haría ya un rato «mu’largo».

    Bueno, qué le vamos a hacer; esto es caza, y no tiro al blanco; mañana más. Llegados a la casona, resulta que César me enseña, mitad compungido, mitad alegre, una de sus puntas de caza, ensangrentada y retorcida: «No la hemos podido cobrar, me cago en la leche. Yo hubiera jurado que le acerté en el codillo, pero Ramón me dice que la vió con la flecha atravesándole la parte baja del cuello; hemos pisteado casi un kilómetro, hasta que ha dejado de dar sangre». Para colmo de males, César se tiene que ir a las once de la noche, puesto que al día siguiente un compromiso profesional le aguarda en Madrid.

    Siento mucho su partida, que César es hombre cabal y muy buen amigo, tanto más cuanto sé que nuevas emociones nos aguardan cuando despunte el día, y me cabrea que su primer contacto con la caza mayor con arco haya tenido un final tan desabrido. Un adiós, gran cena, dos copas, y a dormir.

    Al día siguiente, y tras un madrugón de padre y muy señor mío, que nos permitió pasar toda la mañana intentando recechos en esta espléndida finca, subimos mucho antes a nuestros puestos, ya perdida la cuenta de los animales que hemos podido contemplar, incluyendo zorros y aves de presa. Yo le he cogido ley al primero que visitamos, y hacia allá vamos, Angel, ramón y yo. Apenas hemos acabado de acomodarnos el primero y un servidor, mientras Ramón esparce el grano, cuando éste comienza a hacernos señas para que nos cobijemos del todo en el interior del puesto. Sale zumbando con el coche; silencio expectante. A los dos minutos, murmullo de patas, suave y cauto: doce bonitas muflonas están alimentándose en el comedero. Pelaje limpio, andar reposado y elástico; todo un placer para la vista.

    Doce pares de sagaces ojos nos contemplan: el viento, a nuestro favor, acaba convenciendo a las visitantes de que nada hay que temer, y ahí comienza mi calvario. Cuando por fin las doce están comiendo otra vez, me doy cuenta -Dios confunda a los cretinos- de que me voy a tener que incorporar, asomando prácticamente hasta la cintura por el borde del escondite, para poder disparar a gusto. La tronera, que haría las delicias de un arquero de poleas, es inútil para este pobre tirador de recurvado; mi Border tiene una envergadura de sesenta y dos pulgadas, lo que dificulta su manejo en tan reducido espacio.

    Sudando por cada pelo una gota, saco una flecha del carcaj adosado que me hizo mi amigo Alfredo, encoco y comienzo a levantarme, muy poco a poco. Tiemblo como un azogado por la tensión del momento y por el esfuerzo muscular que estoy haciendo; ánimo, en peores plazas hemos toreado. Noto la inquietud de Angel, a través de las jaras y preguntándose, sin duda, por qué coño no tiro. Ya en suspensión, elijo a mi víctima, fijo mi atención en su codillo, abro el arco, anclo y suelto, con toda la suavidad de la que soy capaz en ese instante eterno y terrible.

    Estupendísimo; la 2216, equipada con una Thunderhead de 125 grains, eficaz donde las haya, ha pasado a unos diez centímetros por debajo del codillo de mi presa, estampándose contra un pedregal: desbandada general  -por el ruido; no me han visto ni olido- , juramentos que no son para repetir aquí, y más quietud.

    Todo eso a veinte metros de distancia y en una postura más que conocida y ensayada; para mondarse, vamos. No obstante, y a fuer de sincero, creo que no he «sentido» el tiro; no he sentido esa sensación, tan conocida para el arquero instintivo, de que la flecha «va» a su sitio inexorablemente, que se produce nada más soltar la cuerda. Más tarde, y con la cabeza más fría, llegaré a la conclusión de que me ha faltado fe en mí mismo y en mis facultades.

    Angel me hace señas para que deje de farfullar barbaridades, y así lo hago, aunque lo mío me cuesta; uno no puede tirarse el conguito a diario con la caza con arco y fallar un tiro así, leche. En fin, aquí están de nuevo, bastante avisadas, eso sí. Imposible; me han visto a través de la tronera, y a pesar de que me lo hago de árbol, con pintura en la cara incluida, ojos cerrados y demás, cuando ya las he convencido dos veces de que soy inofensivo como un bebé, un golpe de aire en la espalda me anuncia que llega el final del lance. Vuelta a plegar, comentarios de rigor , y Angel, que me quiere llevar a un comedero más lejano, animándome a intentarlo de nuevo. Nos alejamos charlando sobre el lance unos quinientos metros y llegamos a la punta del morrión donde se ubica el comedero de marras.

    Según mi acompañante me lo pinta, hemos de bajar un profundo y espeso barranco, subir una colina, bajarla y meternos entre pecho y espalda la pendiente de un enorme cortadero que veo a lo lejos; total, unos cinco kilómetros. La respuesta me la dan mis pies, encallecidos y con sangre por unas puñeteras botas algo grandes: tiriviqui, o sea, nasti. «Nada, Don Mariano, como Vd. diga. Vamos dando un paseo hasta la casa, cogemos un coche y seguimos». Dicho y hecho, echamos a andar en animado parloteo y, de pronto, como a unos doscientos metros, otra vez las muflonas en el comedero. Naturalmente, hemos girado en redondo para volver por donde habíamos venido, pero no me sospechaba yo que los animalitos en cuestión fueran tan tesoneros. «¿Hacemos una entrada?», me dice el bueno de Angel; «…o cien», le digo yo, otra vez animado.

    Deslizándonos hacia la ladera de la derecha, encorvados y cautos, comenzamos a andar, posando los pies con infinitos miramientos para evitar ruidos. El viento, esta vez, nos mece suavemente de frente, con un soplo regular y firme.

    Me viene a la mente la imagen de un toro en una cacharrería y, mejorando lo presente, me siento exactamente igual; todo me suena, me cruje; las piedras resbalan y se ríen de mí, hablan entre sí, golpeándose unas a otras, las muy pendonas. Entre el sudor, la melena y la lluvia, que ha comenzado a caer silenciosamente, estoy de pintura hasta los ojos; me duelen las rodillas y los codos de arrastrarme, pero, al final, ya estoy allí, a unos estupendos veinte metros, muy escasos. Detrás de mí, Angel espera en tensión. Tan sólo me oculta de las agudas miradas de las muflonas una minúscula mata de hierbajos; me preparo para el tiro, tomando todas las precauciones posibles, cuando una de ellas me mira descaradamente. Vuelta al cuento del árbol, vuelta la burra al trigo, pero ya cambiando, sabias máquinas de sobrevivir, ángulos y posturas, porque hay no menos de seis animales calmando su apetito frente a mí. Tras repetir el cuento otras dos veces, se acabó lo que se daba. Bufidos, carreras y yo con una cara de canelo espectacular, supongo.

    Pero Angel no se rinde nunca, pese a que tenga que habérselas con capullos como yo. Otro comedero, esta vez en lo alto de un barranco, para llegar al cual hemos de atravesar un hermoso bosquecillo de encinas, melancólico y mágico bajo la dulce luz de la tarde. Y ahí están, como siempre, comiendo y saltando, ignorantes de mi, según se ha visto, peligrosísima presencia. Así que me arrastro de piedra en mata, de mata en árbol y me pongo a quince metros de ellas. Pero aún así, están lo suficientemente anguladas con respecto al borde del barranco como para ofrecerme un blanco muy precario. Voy a esperar; el viento es bueno y no tengo prisa, pese al bueno de Angel, que me espera veinte metros más abajo, supongo que ya acostumbrado al espectáculo que le estoy ofreciendo. Y hete aquí que a mis amigas se les acaba la comida; media vuelta, sin prisa pero sin pausa, y enfilan hacia el gran olivar que corona la meseta en la que acaba la pendiente en la que me encuentro. Aprovechando la lluvia, que cae ahora con más fuerza, salgo como un cohete hacia ellas, arropándome en los olivos, y cuando me he situado a unos treinta metros, la burla final. La más vieja de ellas se da la vuelta, me caza completamente, no se cree para nada el cuento del árbol (las noticias vuelan), bufa a sus chicas , y adiós Madrid, que te quedas sin gente.

    A todo esto, mi carrera me había llevado hasta unos trescientos metros de la casona, circunstancia que aproveché para dar por terminado tan brillante episodio cinegético y atizarme una cerveza grande y fresquita, que bien ganada me la tenía.

    No quiero dar en absoluto la impresión de estar disgustado, aunque a nadie le gusta venirse de vacío, y más cuando se ha tenido el triunfo tan al alcance de la mano. Lo cierto es que me lopasé como un auténtico enano, desde que me senté en el puesto hasta que volví a la casa, donde tuvo lugar el inevitable cachondeo; además, me alegró la tarde saber que César había abatido no una, sino dos muflonas, la primera de las cuales apareció con un perfecto tiro en el codillo, ese mismo día, tras un minucioso rastreo de la zona. La segunda, tocada en el cuello, fue la que Ramón vio nada más disparar mi amigo, que se quedó sentado en su sitio, como mandan los cánones, por lo que no pudo comprobar lo acertado de su impacto. Supongo que la otra, herida de muerte, saltó hacia la espesura con la rapidez del rayo, cayendo a unos cuarenta metros del comedero.

    Le cortamos las dos patas delanteras y lo celebramos con generosidad, a pesar de que es la segunda vez que mi escurridizo amigo se escapa de un merecido noviazgo de montero; ya te trincaré, personajillo…

    Porque, pensándolo bien, tengo que dar la razón a Quique y a José María. La casa es espléndida, con un sobrio estilo solariego y señorial a la vez; no ha faltado el agua caliente de la ducha de cada uno de nuestros baños; la comida cocinada por Brígida, la mujer de Angel, estaba deliciosa (acuérdate, Mariano, de los solomillos de jabalí empanados, picantes, o del sorbete de melón de la propia huerta…); José María, perfecto anfitrión, no nos ha dejado parar quietos a base de cazar y cazar. Hemos ido allí cuatro amigos, los cuatro hemos visto caza más que de sobra, los cuatro hemos tirado y dos de nosotros han conseguido su premio; la fina está a dos horas escasas de Madrid, es preciosa, recechable y con gran densidad de población cinegética; hay puesto de sobra, en el suelo y en los árboles; los comederos están atendidos a diario; de haber tenido tiempo podíamos haber tirado unos faisanes o montado a caballo por la propiedad, así que… ¿Qué más se puede pedir?

    Son casi las diez de la noche, serena y refrescante. Estoy sentado solo, en la terraza de la casa de mi amigo José María, dueño afortunado de tanta belleza como me rodea en este momento. Frente a mí, la sierra, salvaje y silenciosa, con alguna guedeja de niebla en sus cumbres, testigo de mis recientes hazañas, de mis emociones, mis alegrías y fracasos, me mira a la cara, sin tapujos, de poder a poder. Sé que el gran muflón cojo está pastando en la pradera que se abre a mi izquierda, allá a lo lejos; sé que ciervos y ciervas le acompañan y que estarán hablando de mí, en animado compadreo, mientras sus crías juegan a su alrededor. Sé que saben que Quique, mal que le pese, mal que nos pese, falló un muflón muy de cerca la misma tarde que yo; sé que lamentan que Jorge consiguiera abatir una muflona, colgado en un puesto a doce metros de altura sobre el suelo, cuyos lomos se llevó consigo. Hablan también del recién llegado que se fue sin saber que su primer lance de caza mayor con arco había tenido tan buen final para nosotros, tan malo para ellos. Y por un instante, emocionante y efímero, creo volver a oír el discreto tristrás de las patas de mis muflonas muy cerca, muy cerca de mí, en estas benditas tierras manchegas, henchidas, ahítas de caza y, ya, de recuerdos.

    Volveré, lo prometo.

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