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Todo está en venta (Profopol, IV)

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.”

Confucio

No hay rastro de enfermeras ni de celadores. No se oye ni un solo gemido del resto de mis compañeros de cautiverio. Ignoro qué hora es, pero tengo la sensación algo angustiosa de estar estancado en una madrugada intemporal, envuelto en su cálido útero y en medio de un denso silencio. Frente a la puerta de mi habitación, que siempre está abierta, todo es oscuridad. Contemplo sus negras entrañas con los ojos muy abiertos, o, al menos, eso creo yo. Muy poco a poco, una luz dorada y rojiza comienza a iluminar las espesas sombras, como si un sol cruel y extraño se levantase de su ocaso. Veo crecer la claridad que emite y me parece adivinar, a lo lejos, una figura gruesa y abultada, también vestida de rojo oscuro. Se va acercando poco a poco a mi habitación. Su tamaño aumenta con rapidez y, en un instante, el personaje flota ante mi, levita en medio del claroscuro que acompaña su presencia. Puedo por fin verla detenidamente, contemplarla a mis anchas. Es una gitana de cierta edad, quizá frisando los cuarenta. Ojos negros de mirada socarrona, no exenta de piedad; una túnica roja cubre su cuerpo enorme, grueso, y su larga melena negra le cae casi hasta las piernas, pues está sentada en la postura de la flor de loto. Se agita la poblada cabellera con cada uno de sus gestos y parece cobrar vida propia para subrayar las palabras y los sentimientos  de su dueña; diríase una Medusa morena y oronda, tal es la energía que se agita en su cabeza. Me consta que visita el hospital de vez en cuando, aunque también tengo la seguridad de que no se manifiesta ante cualquiera.

Está sentada sobre un enorme montón de telas, de trapos diversos, de alfombras de todas clases, tamaños y colores. Se los quita de debajo de las nalgas con una rapidez sorprendente  y me los muestra zalamera, con sus manos cuajadas de anillos, con esa sonrisa de mercader que oculta casi siempre un desprecio infinito y una total falta de empatía con el futuro cliente. Como no hago ademán alguno de querer comprar su mercancía, al menos la que hasta ahora he visto, los vuelve a colocar en su sitio a igual velocidad. Noto entonces que a su derecha hay un gran montón de libros nuevos y usados, viejos y recién editados; a su izquierda, mientras tanto, distingo un gigantesco montón de cachivaches muy viejos, en un desorden espantoso: patas de sillas, tableros de mesas, armarios desmontados y muebles de jardín y de baño se dejan ver entre cuadros, estanterías y lavadoras. Y vuelta a empezar. No me ofrece los libros, pero chasquea los dedos y veo que las sombras a su alrededor inician un bailoteo frenético, hasta que del vientre parturiento de las mismas saltan un par de siluetas igualmente oscuras. Son dos seres extraños, hechos de guedejas de tinieblas, ayudantes de la gitana. Se zambullen en la gran pila de chismes viejos y principian a revolverlos a toda velocidad, mostrándome algunos de ellos.

Asombrado, compruebo que son muebles y enseres muy antiguos que en algún momento formaron parte de la historia de mi familia, que pertenecieron a mis abuelos o a mis tíos, que alguna vez tuvieron un cierto significado para mí. No me lo puedo creer. ¿Cómo han llegado aquellos fantasmas polvorientos a manos de la gitana? Son trastos de todas las categorías que acabamos por regalar o por tirar cuando les llegó el día, presas del inevitable cansancio que produce la impertérrita apariencia de las cosas que invaden nuestro existir. No debe de conocer el origen de aquella barahúnda de objetos, porque, en caso contrario, no me los ofrecería, sabría que fui yo quien se desprendió de ellos.

No hemos cruzado ni una sola palabra mientras toda esta ceremonia se iba desarrollando. Del mismo modo que ha aparecido, comienza a desvanecerse, supongo que harta ya de mi apatía, arrastrando tras ella ayudantes y mercancías en un suave torbellino que va engullendo absolutamente todo muy despacio, como si la negrura del hospital reclamase lo que es suyo. Volveré a ver a esta gitana en más ocasiones, en otros de mis sueños, y pensaré incluso en reclamar su ayuda cuando vea erguirse ante mí la presencia diabólica del capitán de caballería y de su máquina de capar caballos…

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