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Bombones de sangre (Propofol, VI)

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“El realismo es una mala palabra. En cierto sentido todo es realista. No veo la diferencia entre lo imaginario y lo real.”

Federico Fellini.

Un par de días a la semana, según cómo anden de reservas, M y su amiga del alma, una cuarentona de voz aguardentosa que se parece mucho a la protagonista de “Nashville”, montan en el fondo de la UCI un restaurante que tiene fama en todo Madrid. El chef es un japonés de rostro enigmático, un auténtico maestro con los estremecedores cuchillos necesarios para el desempeño de su oficio. Los maneja con escalofriante facilidad, aunque algunos son grandes como katanas.

El restaurante es algo así como una gran terraza llena de mesas elegantemente montadas, con vajillas, manteles y cubiertos de primera calidad. M tiene una cartera de clientes notable, en la que figuran todos los tipos que pretenden ser alguien en  la capital, aunque tampoco resulta extraño ver por allí al personal del hospital, sobre todo a ciertos médicos. Este negocio está furiosamente de moda, y todos los lunes y jueves una gran cantidad de clientes atesta el local, es decir, la UCI.

Y es que no es para menos. Todos los platos están confeccionados a base de la carne de los enfermos que allí nos amontonamos. El perverso japonés corta con esmero las piezas de carne de manera que ningún paciente muere por los cortes recibidos ni nota dolor alguno, aunque yo me malicio que eso se debe a la acción de alguna potente droga. Hay ocho o diez camas un tanto especiales tras unos biombos: bajo sus colchones tienen instaladas unas resistencias eléctricas que mantienen calientes a los enfermos de los que saldrán los trozos de carne necesarios para dar de comer a la clientela del día.

Si peculiar es la naturaleza de aquel antro, no lo es menos la bienvenida que se da a los clientes: muy contenta y orgullosa, M les invita a bombones rellenos de sangre, delicatessen que parece estar muy de moda entre la gente de la jet. Obviamente, la sangre también es de los enfermos de la UCI.

Yo contemplo de lejos el infernal banquete. Como ya conozco el restaurante porque lo he visitado varias veces, distingo incluso a alguno de sus clientes más fervorosos. Concretamente, hay una especie de gigantón mongólico, un tipo desagradable con el mismo jetuño que Alfredo Evangelista, que no hace más que aullar “!yo, por esa carne, mato! !yo, por esa carne, mato¡”. No deja de berrear a voz en cuello ese sonsonete como un auténtico poseso hasta que su familia le sienta, y le calla la boca a base de llenársela con el horrendo manjar que reclama y que consume a grandes bocados. El resto de las mesa lo ocupan incluso familias con niños, en un alarde de lo que me parece una conducta del peor gusto, nunca mejor dicho.

Mi amiga S es una enfermera encantadora. Es simpática y cariñosa, una persona siempre atenta a las necesidades de cada paciente. La he prometido que me la llevaría de juerga el día de mi cumpleaños junto con mi pareja, pero al final no ha podido venirse con nosotros  y hemos tenido que celebrarlo allí mismo, en la UCI. Exactamente el mismo día en que, en el mundo real, me encontraba cara a cara con la muerte por primera vez durante mi grave enfermedad, en mi delirio no nos ha faltado de nada: unas copas y unos porritos de maría, algo de hash e incluso unas pirulas que aparecieron por allí como por casualidad. Después del tremendo colocón, me dice S que si conozco el restaurante de M. Le contesto que sí, pero que nunca he comido en él porque me da bastante asco, y me contesta tranquilamente que puedo pedir otras cosas para comer que nada tienen que ver con la carne, aunque esa es su especialidad.

Al rato viajamos S y yo por una carretera de montaña a bordo de un descapotable negro que yo conduzco. Creo que es un Jaguar o un Mercedes, no lo recuerdo con claridad. Ignoro hacia dónde nos dirigimos porque se con toda seguridad que el local se encuentra en la UCI y me extraña un poco que no nos acompañe mi pareja, pero así es el sueño. Vamos muy alegres puesto que por fin he podido salir del hospital, y vestidos de cuero negro, como mandan los cánones (no se cuáles). Llegamos al restaurante y S me lo va enseñando como si fuese suyo. M nos saluda muy cordial y seguimos con la visita. S me pasa más  drogas y empiezo a colocarme de nuevo. Me encuentro en la gloria, tumbado en una cama de las del restaurante y adormecido ligeramente. Siento mi cuerpo relajado y dejo ir mi mente. Noto que S está a mi lado y me coge el brazo derecho, pero aun tengo los ojos cerrados. Los abro cuando noto un dolor punzante en la muñeca; me giro y veo, consternado, cómo S me ha abierto literalmente la cara interna del antebrazo desde la muñeca hacia abajo y me está cogiendo un sinfín de vías para sacarme toda la sangre que yo pueda perder sin morir. La quiere, por supuesto, para los bombones de bienvenida del restaurante. Además, y ya puestos, me doy cuenta de que está conchabada con M para traerme a aquel infierno y servir mi carne a sus clientes. Por eso me ha facilitado la droga.

Intento empujarla para quitármela de encima, pero se resiste y me chilla, muy enfadada; la empujo nuevamente hasta que consigo tirarla de la cama, y me arranco de cuajo todas las vías que aquella zorra me estaba cogiendo mientras me mantenía sedado. Empiezo a dar voces y entonces me doy cuenta de que estoy atado a una de las “camas-grill” de aquel antro. S se va, pero aparece M, de muy mal humor, y me dice que me calme, que no me va a doler pero que hoy el plato principal soy yo. Tiene muchas reservas y no está dispuesta a perder más dinero conmigo, después de mis fiascos con sus anuncios para la televisión. Y se va para atender a sus clientes después de poner en marcha el termostato de la cama, que empieza a calentarse lenta pero inexorablemente.

Monto un tiberio magnífico. Me pongo de pie en la cama, como un Prometeo encadenado, y reparto golpes a diestro y siniestro a todo el que se me acerca. N, una de mis enfermeras, intenta engatusarme como si fuera un niño pequeño, ofreciéndome no sé qué fruslería si me quedo quieto y me dejo cortar lo que sea necesario; I, otra enfermera, ensaya una maniobra similar, pero el resultado es el mismo. Aullo mi ira a voz en cuello y sé que estoy argumentando mejor que Aristóteles lo que siento, mientras dirijo mis críticas contra las barbaridades que se están cometiendo a mi alrededor cargado de razón, me consta. Hay varios enfermos ensangrentados en unas cuantas camas. Les están vendando después de cortarles los pedazos de carne necesarios para dar de comer a aquellos salvajes, encantados en sus mesas y sin prestar la menor atención al sufrimiento de los enfermos.

Aciertan a aparecer por allí un par de mis médicos. El doctor C, tranquilo como de costumbre, se mantiene a una prudente distancia del soberbio cisco que estoy montando sin querer intervenir para nada. Una joven doctora rubia de ojos claros, cuyo nombre no recuerdo, se acerca muy digna para recriminarme la escenita y comentarme que estoy vaciando el restaurante. Le argumento como es de rigor y con toda rotundidad, le recuerdo su profesión y le echo en cara su repugnante complicidad con aquella animalada, pero la muy cínica sonríe y me espeta que estoy en una UCI y que allí quienes mandan, hacen y deshacen son ellos…

Poco a poco, parece que me voy saliendo con la mía. Observo, más tranquilo, cómo los camareros  -todos extranjeros-  van recogiendo el menaje y desmontando las mesas, porque los clientes se han cansado de esperar y se han ido marchando con el rabo entre las piernas. Ya no queda nada parecido a un restaurante por allí, aunque yo sigo en una de las extrañas camas preparadas para mantener la carne caliente, si bien es cierto que N la ha desenchufado hace ya un buen rato. Y así consigo que me dejen en paz , que no corten pedazos de mi cuerpo molido y derrotado, que no me consuman en una ceremonia diabólica, llena de crueldad y de dolor. Pero me preocupa la reacción de M, porque se de buena tinta que me lo hará pagar caro y que lo hará no tardando.

El doctor C no se ha acercado a mí finalmente; lo siento porque me hubiera gustado darle un buen repaso: no me esperaba verle por allí saludando encantado a aquellos caníbales siendo tan buen médico como es. Mientras tanto, su compañera rubia de ojos claros se va alejando poco a poco sin dejar de mirarme con desprecio, la boca torcida en un rictus de asco que me duele en lo más hondo. Volveré a toparme con ella en el transcurso de un viaje absolutamente descabellado a Colombia, en busca de los señores de la droga para hacer ciertos tratos con ellos a la par que probamos su mercancía…

 

 

 

 

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