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Probando, probando…

Os dejo junto a estas líneas una grabación en audio con un segmento de mi novela “Jinetes en la niebla” locutado por mí. Ya me contaréis qué tal suena y si os gusta.

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Todo llega.

 

06Ilustración JELN

Y todo pasa. O eso al menos decía aquel señor bajito con sombrero y bufanda que moriría lejos de su añorada patria. Me malicio -yo, que no soy demasiado listo- que el poeta tenía razón.

Después de un largo proceso que ha ocupado entre bromas y veras varios años de mi ajetreada vida, mi novela “Jinetes en la niebla” ya tiene fecha de presentación oficial. Tendré el placer de hablaros de ella con más calma el próximo día 17 de mayo, jueves, a las 19,30 horas, en el salón de actos de la Casa de la Comunitat Valenciana, situada en la calle Pintor Rosales número 58 de las de Madrid.

Nos veremos en esa excelente sala merced a los buenos oficios de mi querida amiga Marisa Somoza de Pablo, propietaria de la Librería Reno, lectora apasionada y siempre en busca de lo mejor para ofrecérselo a sus muchos clientes y amigos, entre los que tengo el placer de encontrarme desde los primeros años de mi juventud, que ya azulean en la distancia. En esa deliciosa casa -maravillosamente atestada de libros por todas partes, como debe ser- tuve la dicha de pulirme mis primeros salarios como abogado, bajo la mirada divertida y cómplice de Teresa de Pablo, madre de Marisa, que afortunadamente para nosotros sigue en activo como la librera de más edad de Madrid. Un abrazo muy fuerte para las dos y mil gracias por vuestro cariño, chicas.

Y claro está, será mi editor, Carmelo Segura, director de Entrelineas Editores, quien mantenga una charla con este cura para que conozcáis un poco más de cerca el crucial momento histórico en el que se desarrolla la novela, sus personajes y lo que en ella se relata. Desde aquí,  mi agradecimiento a esta editorial por la confianza que ha puesto en mi trabajo desde el primer momento y por las facilidades que me ha dado para desarrollar un producto final que espero que esté a la altura de cuanto os merecéis, amigos.

En fin, ya os recordaré el magno evento cuando se acerque la fecha, que os conozco, pecadores.

Mientras tanto, muchas gracias por vuestra atención.

Alea jacta est.

 

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Jinetes en la niebla

Tráiler promocional de la novela histórica “Jinetes en la niebla”, de Mariano Gómez García, que publicará esta primavera la Editorial Entrelineas. Formato 14 x 21, 200 páginas, papel offset ahuesado de 80 gramos, ilustraciones en blanco y negro, portada en color. Precio: 21 euros.

Noviembre de 1808. Napoleón necesita imperiosamente la colaboración  -o la rendición-  española para atacar con más garantías de éxito a Inglaterra, su enemiga mortal. O eso ha hecho creer a Godoy y al rey Carlos IV al firmar el tratado de Fontainebleau en 1807, que permite al Gran Corso atravesar sin problemas España para conquistar Portugal, a cambio de repartirse este último país con el monarca español. Vencidos los lusos, podría el emperador de los franceses asomarse al Atlántico para mejor golpear a los británicos. Pero el taimado estratega ambiciona secretamente las riquezas de nuestra patria y no está dispuesto a respetar lo pactado. Invade España casi silenciosamente y nombra rey a su hermano José, llevándose a los miembros de la familia real española a Francia.

Tal actuación desencadena los trágicos sucesos del Dos de Mayo en Madrid y la apresurada e inexplicable huida de la capital de Pepe Botella, el rey que reinó diez días, por lo que el iracundo militar se dispone a viajar hasta España para tomar el mando de las operaciones en persona y acabar con la resistencia, que ya comienza a organizarse en nuestro país y que acabará por fructificar en la poderosa guerrilla que pondría en jaque al ejército más poderoso de la época: el emperador habrá de enfrentarse a toda una nación en armas, hecho que ocurre por primera vez en la Historia. Pero mientras ese momento llega, y avanzando a la cabeza de la Grande Armeé, solo un último obstáculo le separa de Madrid: el puerto de Somosierra.

En aquellas desoladas alturas, un pequeño y bravo ejército le espera, jugándose la vida con tal de detenerle. A través de los ojos de un grupo de amigos segovianos, la obra narra los prolegómenos de la batalla de Somosierra sin olvidarse de reflejar la situación social del país, alzado en armas contra el invasor y temeroso de los cambios que la guerra causará en la sociedad española, que presencia expectante el derrumbamiento del Antiguo Régimen y la llegada de vientos renovadores procedentes, paradójicamente, del país invasor.

España y Francia se enfrentarán en una cruenta batalla de la que dependerá el destino de toda una nación, que espera inquieta a que las nieblas de Somosierra se levanten para contemplar el resultado del combate.

 

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El inevitable pasado

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21 de febrero de 2018

De acuerdo. Mi protagonista ya ha tomado contacto con otro de los principales personajes de la novela, con el que le une un pasado difícil y desagradable, aunque barrunto que será inevitable que surja la colaboración entre ambos hombres. El policía Martín Barrientos no le revela gran cosa a Carlos sobre lo que este desea saber, pero por algún sitio hay que  empezar.

Carlos está comenzando a intentar hacerse una composición de lugar sobre lo que le ha sucedido a la prima de Brianna, de manera que ya ha contactado con el Negro Olivares, por ejemplo, una figura del hampa local que le ha suministrado algunos datos de interés para que pueda encauzar su búsqueda.

Ese primer paso hacia el descubrimiento de la verdad debe desencadenar muchas otras acciones como consecuencia. Es hora de volver a repasar el plan de la novela, porque mientras la trama va tomando cuerpo resulta necesario seguir perfilando los personajes y el ambiente en el que se mueve el protagonista. Pretendo que la ciudad y su entorno sean algún alguien más dentro de la obra, que sus particularidades influyan de alguna manera en las vidas de los seres que en ella pululan.

En otro orden de cosas, ayer recibí una llamada de mi editora. Según me comentó, la semana que viene dispondré, por fin, de las pruebas de impresión de Jinetes en la niebla para realizar las últimas correcciones y darle el visto bueno antes de comenzar la impresión propiamente dicha. Me acompañará también pruebas de las ilustraciones interiores aunque aún no de la portada. Necesito todos esos datos para montar una modesta campaña de marketing antes del lanzamiento, así que bienvenidas sean las dichosas pruebas. Ardo en deseos de acabar todo el proceso y ver publicado mi libro, claro.

Espero que para mayo o así la novela ya esté en la calle. Veremos.

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Más madera…

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27 de enero de 2018

Contra todo pronóstico, antes de ayer he conseguido acabar la crónica de mi segundo viaje a la República Dominicana. Se compone finalmente de tres escritos (La Vie en Rose, Caribbean Blue y Caribbean Black) y ya está colgada en “La Salamandra”. No me desagrada el resultado; veremos si resiste una nueva lectura más desapasionada  pasado un tiempo. Me gusta hacer esa prueba con casi todo cuanto escribo y la verdad es que la mayoría de mis particulares creaciones se defienden con cierta dignidad; al menos, eso creo percibir.

Sigo enfocado en los avatares de Carlos Zúñiga. Ya le he visto en acción mientras se gana el sueldo en su lugar de trabajo y creo que los principales personajes de esta primera versión de la obra están muy cerca de donde deben estar para cuando comiencen a desencadenarse los acontecimientos que forman su trama. Carlos ha protagonizado un primer acercamiento hacia la mujer que desea, pero las cosas no han terminado del modo que él buscaba.

Necesita ahora entender qué ha pasado, recabar toda una serie de datos que le ofrezcan la posibilidad de vislumbrar con claridad el panorama al que se va a enfrentar, y para ello habrá de valerse del concurso y de la ayuda  de otros personajes. Hay que investigar en cómo va a lograr esa colaboración y qué tipo de relación le une a cada uno de ellos, para que esa sensación de trabajo conjunto sea creíble y eficaz, sin dejar de definir las personalidades de quienes intervengan directamente en los hechos.

De manera que, como era de esperar, comienzan las dificultades, los quebraderos de cabeza y las vueltas y revueltas. Apuntar ideas de continuo, repasarlas e intentar conectarlas en infinitas combinaciones, esperar a que llegue ese momento en el que ves, con algo similar a la claridad, por qué derroteros debe discurrir la vida que quieres que tu obra contenga: de eso se trata y en ello estoy.

Deseadme suerte.

 

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Caribbean Black

 

Germany's Escort Girls Anticipate Increasing Demand During World Cup

Kevin, un joven dominicano nervioso y membrudo, se mueve sin parar detrás de la barra de este pequeño local, que mi tribu de adopción ha convertido en uno de sus lugares favoritos en Bávaro.

Nada más llegar, nos encontramos con otro compañero de aventuras, que nos estaba esperando ya con un gin tónic en la mano para ir calentando motores.

-Buenas tardes, amigo -saludamos ambos.

-Hola, qué tal -saluda el otro, con su pelotazo a tiro.

-¿Como ha ido la tarde? ¿Te ha gustado lo que has visto, Mariano?

-Hombre, lo cierto es que vengo impresionado por muchos motivos, como podrás suponer -le contesto, saboreando aún la experiencia vivida.

-Y ahora creo que ha llegado la hora de irnos a tomar unos tragos algo más especiales que estos… -afirma mi otro amigo, guiñándonos un ojo.

Se dirige al camarero resueltamente.

-Oye, tío, ¿dónde se puede tomar ahora una copa con tranquilidad y con niñas guapas?

Dado que son solo las nueve de la noche, supongo que la pregunta tiene toda la lógica del mundo: al menos, en mi tierra, la clase de compañía a la que se refiere mi amigo tiene hábitos claramente nocherniegos, y entiendo que en estas latitudes el asunto será muy similar.

El camarero no se hace de rogar lo más mínimo. Le comenta a mi anfitrión que la noche anterior ha estado en un local que acaban de abrir y le da las indicaciones aproximadas para llegar hasta él. “Puras princesas…”, dice, mientras nos enseña por la sordi unas fotos de un bello torso de mujer desnudo que, según él, pertenece a una hembra que hizo suya la noche anterior.

Yo no trabajo mucho el asunto del puterío. No lo hago por convicciones morales o religiosas, sino porque no me agrada comprar sonrisas forzadas, y menos si se trata del amor y de esas otras zarandajas que hacen que el mundo se mueva y que la vida sea más agradable. A lo mejor es que soy un romántico, quién sabe. Si a ese argumento le añadimos el macabro espectro de la explotación de seres humanos que suele ocultar este tipo de negocio, el resultado en mi caso no puede ser otro que una contemplación más o menos discreta de las hembras en liza, pagar a un precio exorbitante algo muy de lejos parecido a una copa y escuchar diez minutos de tópicos femeninos supuestamente pícaros. En suma, charlar además un rato con quienes me acompañan sobre qué buena está aquella y qué horror aquella otra, es decir, diez minutos de tópicos masculinos supuestamente viriles. Y ello sin dejar de observar la realidad humana de estos locales y de estas mujeres, sabiendo que estás inevitablemente en el punto de mira de todas ellas. En el fondo eso es lo que más me interesa como escritor, porque en esta tesitura se suele dar un error grave, que con frecuencia no percibe el putañero entregado: la mercancía no son solamente ellas, lo que no tiene nada que ver con que sea el macho quien elija su acompañante.

Y por añadidura, aquí existen serios problemas de logística para acabar la velada con compañía femenina de alquiler. Los hoteles ponen caritas de no me jodas o te meten un rejón importante sin pestañear en concepto de suplemento; por otra parte, irse a casa de tu bella hetaira resulta impensable por motivos obvios, de manera que la única solución consiste en actuar in situ, en cutres habitaciones dispuestas al efecto, cuya descripción me ahorro, o visitar lo que los isleños llaman las cabañas, pequeños grupos de bungalows o apartamentos modestos donde, por un módico precio, puedes disfrutar de los placeres de Venus con cama, ducha y aire acondicionado. Por cierto, tengo entendido que las mejores de Bávaro son propiedad de un español. El mismo panorama que en la vecina Cuba, poco más o menos. (Perdón, se me olvidaba que el gobierno revolucionario y popular de El Caimán ha proclamado hasta la saciedad que en su isla no existe la prostitución, de modo que yo conocí y disfruté de la compañía de fantasmas femeninos, súcubos perversos, durante mi estancia allí. Seguro que lo eran).

Para llegar hasta dichas cabañas, hay que disponer de vehículo o de alguien que te lleve y te traiga, lo que tampoco me parece plan: que te depositen en el lugar de autos y que te recojan al acabar de perpetrar tu hazaña me resulta un tanto excesivo y no demasiado discreto, por mucha amistad que medie entre el chófer y yo.

Pero bueno, no lo dudamos mucho más. Saltamos al amplio todoterreno de mi otro amigo y nos lanzamos en medio de la noche del trópico, que ya nos envuelve con su tremendo calor. No sé por dónde estamos circulando ni hacia dónde nos dirigimos -creo que hacia Higüey- porque a mi despiste habitual hay que sumar la oscuridad que nos rodea y la charla que mantengo con mis dos colegas, que me impide concentrarme en muchas otras cosas.

Las imágenes que veo a través de las ventanillas son algo familiares ya para mí. Las calles de Higüey, mal asfaltadas y llenas de charcos, zumban poderosamente repletas de vida bajo el pésimo alumbrado público. Si el tórrido calor del sol aplasta a los habitantes contra el suelo de sus casas, inmovilizándolos, el relativo frescor de la noche les libera por unas horas de ese estado, y ellos lo aprovechan alegremente, con toda la fuerza de sus pulmones. Pequeños bares con suelo de tierra y terrazas a base de mesas y sillas desiguales y desparejadas, pregonan la bondad de sus productos, idénticos en todos ellos.  Sucias y macilentas bombillas iluminan a duras penas las tabernuchas en tanto que los parroquianos charlan a voces, manoteando y gesticulando como solo ellos saben hacerlo.

Grupos de chicas jóvenes, vestidas con chillones colores, pasean por las aceras bajo la mirada golosa de los hombres de todas las edades que vacían una cerveza tras otra en los tabucos, susurrándoles alguna que otra ordinariez de vez en cuando. Una multitud de olores golpea las fosas nasales; aromas de frituras, de verduras y, a ratos, el olor suavemente salado del manglar, llegan hasta el viajero para sorprenderle un poco más.

Todo es bachata, merengue, salsa; todos bailan, se divierten, retuercen sus cuerpos sudorosos bajo el indudable hechizo del trópico y beben sin solución de continuidad. Con  sus calles a medio terminar, llenas de solares en los que la miseria florece con venenosa abundancia, en medio de gallinas sueltas y perros famélicos que rebuscan entre la basura, Higüey, como otras zonas de este país, da la triste impresión de estar a medio acabar. Recuerda a esos barrios casi fantasmales que hay en algunas de nuestras ciudades, donde constructores sin escrúpulos, sin suerte o sin ninguna de las dos cosas, han dejado tras de sí promociones enteras de viviendas que no ocupa nadie. Destartalados, vacíos, con la tristeza que desprende lo que pudo ser y no fue; agonizantes y patéticos como un sueño suspendido en el tiempo, a medio realizar.

Mis amigos celebran entre risas que estamos llegando al “lado oscuro”, como ellos le llaman a esta parte de Higüey, que en realidad recibe el nombre de El Verón. Aquí se concentra la mayoría de los habitantes de esta zona, de recursos muy modestos en su mayor parte. Los empleados de los hoteles que no desean alojarse en los grandes barracones que las compañías les ofrecen, residen casi todos por aquí: es lo que sus magros salarios les pueden proporcionar. En el año 2013, el entonces jefe de la Policía Nacional, alertaba sobre los peligrosos focos de delincuencia haitiana que se estaban activando en el área, formados por numerosos fugados de los penales de Puerto Príncipe después del brutal terremoto de 2011, que malviven aquí en la clandestinidad y sin documentación alguna. Además, el problema se está enquistando, porque los haitianos apenas conviven en estas zonas con los dominicanos, que les desprecian descaradamente -les llaman “negros”- lo que propicia la creación de ghettos en los que ni la policía quiere entrar. El asunto, desde luego, presenta caracteres cuando menos preocupantes. En consecuencia, esta es la parte más peligrosa y tétrica de la localidad, aunque sus amenazante entrañas solamente se divisan después de observarla con detenimiento. De momento, para los turistas que conducen grandes coches no suele haber problema alguno, pese a que el mismo jefe de policía afirmó que Higüey, zona en la que está enclavada este barrio, tiene el nivel de violencia más alto del país seguido por el gran Santo Domingo, lo cual no es moco de pavo.

Después de dar un par de vueltas y de preguntar a dos lugareños que no tienen ni la más remota idea de dónde se halla lo que estamos buscando, nos acercamos a una calle estrecha y oscura que se abre junto a una gasolinera, es decir, junto a una bomba, como se dice aquí. Un moreno grandote y sonriente nos indica por gestos que aparquemos a nuestro gusto, cosa que hacemos acto seguido.

Bajamos del carro y el obsequioso portero nos abre camino hacia el local, cuyo nombre no recuerdo. Sí veo aún, con total claridad, el espantoso cartel de la puerta que, en tonos grises, rojos y negros, exhibe el nombre del local en un feo rótulo, rodeado de las supuestas bellezas que vamos a contemplar en el interior. Sonrío para mí; es muy dominicano eso de cuajar de fotos de mujeres las fachadas de las numerosas casas de putas y bares de alterne con que cuenta la isla. Normalmente, es propaganda tan falsa como cualquier otra, sea cual  sea el producto del que se trate y la zona del mundo donde se publicite, ni que decir tiene.

Y cuando se abre la doble puerta de aquella casa habitada por “puras princesas”, se nos caen los palos del sombrajo a los tres de golpe. Bajo unos focos pobres y escasos, y en medio de una atmósfera tan húmeda que parece estar repleta de niebla, media docena de veteranas aburridas se apoyan en veladores de madera esperando a sus enamorados. La otra media docena de mujeres que hay en el local son jovencitas que no sé si llegan a la veintena, poco agraciadas e impacientes por ganarse el pan. Todo está decorado en tonos rosas y un empalagoso ambientador redondea el tremendo panorama que diviso nada más entrar, ensordecido por la inevitable música caribeña. Cuando me giro hacia mis compañeros para preguntarles qué quieren beber, ambos me dicen que no con la mano y me señalan la salida de aquel averno. Así que emprendemos la fuga ante la mirada indiferente de aquellas pobres mujeres, las unas y las otras.

Mi anfitrión insiste en llamar a Kevin para acordarse de sus muertos por la recomendación, pero conseguimos disuadirle de su idea entre risas. No obstante, jura que la putada le va a costar al camarero un par de rondas a su cargo, y con eso queda apaciguado.

Ante el estrepitoso fracaso y preocupados por la diversión de su invitado, mis amigos me llevan hacia un nuevo putiferio, esta vez al aire libre y en medio del barrio. No recuerdo cómo se llama, pero está junto a un gran aparcamiento, y el centro de la amplia terraza está cubierto por una enorme palapa. Nada más llegar, distingo perfectamente a las camareras de la casa, porque todas ellas llevan una camarera naranja chillón con el logo del antro. Supongo que será a modo de advertencia contra los depredadores, como hacen algunos insectos venenosos -o mentirosos- en las junglas del mundo, que advierten de su peligrosidad con brillantes libreas. O quizá no sea más que otra manera de separar el grano de la paja, aunque por lo que veo a continuación mucho me temo que esa distinción es más bien sutil.

Se nos acerca una joven negra bajita y muy linda. Pregunta qué vamos a beber con una cara de asco francamente llamativa, y a mi me dedica una mirada asesina cuando le pido una botella de agua mineral. No tienen zumos ni infusiones y yo no bebo alcohol, de manera que mi elección es forzada, por lo que le devuelvo la mirada con sumo placer y con toda mi educación. Mis amigos se decantan por la cerveza, más difícil de adulterar que las copas largas, que como es lógico estas tutis te traen ya servidas con sospechosa rapidez.

Sentados en un alto velador, me dedico a otear los alrededores como un halcón desde su percha, presto a captar esos detalles tan significativos que busco siempre en cualquier grupo humano. Hay mucha gente bailando en la pista y tomándola en varias barras, atendidas todas ellas por una nube de camareras. Me llama la atención una guapísima joven que está detrás de nosotros. Lo cierto es que no acaba de parecer una lumi al uso, aunque sin duda alguna lo es; me resulta más atractiva y elegante que el resto de sus compañeras, que revolotean por el local luciendo sus discutibles encantos. Es una morena alta, con un tipo espectacular, que no ha cumplido los veinticinco. Lleva un vestido vaquero de una pieza, sin sujetador y muy escotado; sus largas piernas acaban en un par de sandalias de tacón muy alto y sus ojos oscuros escrutan a los clientes del local con la habilidad que otorga la práctica, al tiempo que delatan sus pensamientos. Se aparta del rostro la pesada y oscura melena cada dos por tres, consciente de su embrujo.

Unos de mis amigos le guiña un ojo y le hace una seña; se nos viene encima como un ciclón, claro. Se agarra como una lapa al osado aventurero y comienza una susurrante charla con él, mientras esquiva con facilidad sus lascivas aproximaciones, siempre sonriendo. Hay mucho oficio aquí, me parece. Pero no hay bisnes; la joven suelta a mi amigo con tanta celeridad como le había trincado y vuelve a su mesa, visto que mi otro acompañante y yo le sonreímos sin excesivo interés.

-Venezolana -me dice el valiente.- Aquí están triunfando en toda regla; a los isleños les encantan, creen que les da mucho caché hacérselo con una venezolana…

-Bueno, parece que no solo les gustan a los isleños…-bromeo.

-Es que me ha pedido mucha pasta, ya sabes -se excusa mi amigo-. Más de cincuenta euros es una pasada…

Asiento sin decir ni mus. No es que tenga muy clara la cotización de las putas, ni en Dominicana ni en Timbuctú, pero cada uno gasta su dinero como le place, por descontado. Todo depende del precio que le pongamos a la dignidad de la carne humana, suponiendo que lo tenga, ¿no?

-Pues cómo tiene que estar el patio en Venezuela para venirse hasta aquí… y trabajar en esto -reflexiono en voz alta.

-Sí, la cosa debe estar cojonuda -opina mi otro amigo.

En ese momento, la pista de baile está casi vacía y de súbito me llama la atención una pareja que se halla en su mismo centro. Ella es una americana bajita y tocha, con un sombrero de paja al cuello y grandes tetas. Parece que está bastante mamada, y baila descalza alrededor de un mulato alto y delgaducho que a duras penas soporta sus envites; al menos, eso creo distinguir en su serio rostro. Eso a ella le da igual; agachada y al ritmo de no sé qué empalagosa bachata o similar, frota su orondo culo contra la pelvis del moreno con tantas ganas que le mueve hacia atrás, al tiempo que cierra los ojos y canturrea; cuando comienza a trastabillar y está a punto de caerse, su sufrido galán la sujeta y le da la vuelta en un forzado paso de baile, supongo que ya hastiado del culo fondón que con tanta ansia le busca. Vano consuelo; la bacante le echa los brazos al cuello, empinándose para alcanzarle, y le ataca la boca con gula; está despeinada, sudorosa y decidida a todo. El otro la sujeta a duras penas y tira de ella hacia fuera de la pista; ambos se pierden entre la muchedumbre que se agolpa en una de las barras, unidos en un mortal y caluroso abrazo de borrachos. Las cosas del querer.

Las cervezas se acaban y llega la hora de pagar. No me dejan que yo lo haga de ninguna de las maneras, así que uno de ellos pide la cuenta. Reaparece la camarera que nos atendió y nos dice lo que debemos con el mismo careto con el que nos atendió. Cuando le da la vuelta a mi amigo, este se la devuelve; ella se queda mirando el dinero y entonces el jetuño con el que nos obsequia sí que es para recordarlo. Vuelta a mirar el belule y vuelta a mirar a mi compañero; al final, las monedas van al suelo una tras otra. Nos regala otra furibunda mirada y desaparece entre el gentío meneando el culo, muy cabreada.

Me doblo de la risa, no lo puedo evitar.

-Creo que has vuelto a triunfar por segunda vez… -le pincho. Mi otro amigo se monda.

-No te jode… sí, hombre, me iba a costar más ella que la cerveza, no te jode… -dice, muy indignado.

Salimos de nuevo a la noche caribeña. Mientras caminamos hacia el coche, uno de mis compadres propone volver a nuestra base en Bávaro: hay que seguir tomándola, porque aún es pronto, y tenemos que darle un par de cogotazos al amigo Kevin en justa compensación por sus acertadas sugerencias.

No tengo inconveniente alguno en volver a terreno conquistado y afrontar tranquilamente todo lo que la noche me ofrezca, incluyendo abroncar a Kevin. Mis juergas ya no son lo que eran, por desdicha; no fumo y no bebo, de modo que pierdo el tren de muchas conversaciones y suelo ir un poco por detrás de los acontecimientos, porque mis colegas se colocan y yo no. Pero procuro no bajar la guardia y seguir disfrutando, en la medida de lo posible, de la parte del día que más me ha gustado desde siempre.

Ya solo me quedan un par de días de estancia en esta tierra mágica. Camino de nuestros pagos, voy pensando en la jornada de hoy. Creo que la imagen que me llevo  de la República Dominicana en este mi segundo viaje no estaría completa sin un cierto acercamiento a la oscuridad que encierra, por otra parte no mucho más sórdida que la de cualquier país del orgulloso Occidente, aunque agravada por la pobreza y la miseria. Me atraen con fuerza las luces del lujo y de la buena vida, y disfruto con ganas de todo ello, tanto más cuanto más viejo me hago. Pero uno no puede olvidarse de la realidad que el turismo para millonarios enmascara con boato y oropeles, porque en ella reside el auténtico espíritu de la nación que visita. Negarlo y no salir en su busca del inmenso resort que te acoge es tanto como quedarte con la mitad de la escena, con una versión arteramente mutilada de la humana comedia.

Supongo que volveré a esta acogedora isla en breve. Para esa ocasión, me traeré mi carnet de conducir internacional y una completa póliza de seguros de accidentes de automóvil, naturalmente. El coche lo tengo resuelto. Queda mucha, muchísima isla por recorrer y, quién sabe, a lo mejor surgen historias legendarias que contar.

Sé que acechan, esperando al viajero que las descubra, en la terraza humilde de cualquier bohío o enredadas en el pareo multicolor de una mujer de mirada ausente que fuma junto a la piscina del hotel, cubierta con una gran pamela blanca.

 

 

 

 

 

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Caribbean Blue

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-No estamos de acueldo, helmano; solamente tienes que confiar en el Padre, orarle mucho y pedirle mersede; Él proveerá.

-Sierto. El hombre lo pué toó con la ayuda de Dios.

-Sí, pero fíjense en el rey David; él no pudo erigir el templo del Padre po’que tenía las manos manchadas de sangre. Antes de obrar, hay que arrepentirse de corasón, po’que el Salvador ve la mentira en el alma de sus criaturas, nosotros…

Los tres morenos departen amigablemente bajo el toldo vegetal de la pequeña palapa en la que venden atracciones turísticas. Mientras repasan con unas grandes tijeras de podar los bordes irregulares del tejado de palma, mantienen una conversación sobre asuntos religiosos que resulta del todo surrealista encastrada en semejante escenario y con protagonistas vestidos como ellos. La seriedad con la que se pronuncian sobre cuestiones tan solemnes me parece de lo más chocante, y les escucho un tanto perplejo desde mi tumbona. Se me olvida que estamos en la República Dominicana y que estas buenas gentes tienen profundos sentimientos religiosos sobre los que les encanta charlar con un empaque sincero y algo enternecedor. Infinidad de capillas, pertenecientes a todas las ramas del cristianismo, florecen en cada apartado rincón de la isla, situadas en el interior de templos profusamente decorados y con nombres tan rimbombantes que harían enrojecer a cualquier católico acendrado. Bueno, no es mi caso.

Son las nueve de la mañana y, muy en contra de mis horarios habituales, llevo ya casi un par de horas disfrutando de la maravillosa temperatura caribeña. Acomodado perezosamente en una larga tumbona, me debato entre mis deseos de irme a la playa y la imposibilidad casi física de moverme, tan relajado y tranquilo estoy en esta zona de la piscina. Es una de las muchas que alberga este complejo. Lo primero que hice, nada más llegar, fue dedicarme a explorar los alrededores. Como un caimán viejo y taimado, busqué detenidamente los rincones más solitarios de todas las piscinas que el resort atesora, para elegir al final una de las menos frecuentadas por la ruidosa clientela del hotel. Y allí, en ese punto favorito a pleno sol, me zambullo silenciosamente en el agua cada vez que me apetece, dejándome arrullar por su murmullo alegre de masa acuática domesticada, limpia y al servicio del hombre. Procuro permanecer ajeno a la casi totalidad de cuanto me rodea, y filtro sin piedad, a base de utilizar mis sentidos, la ingente cantidad de estímulos con los que el trópico me bombardea a cada momento. Molestos en particular resultan los yanquis borrachos que vocean su bronca alegría y su empacho de alcohol, pero son consustanciales al paisaje, de manera que habrá que aprender a ignorarlos. Es imposible de todo punto captar una conversación medianamente interesante entre ellos, por lo que me consuelo con los pronunciamientos evangélicos de los morenos.

Me llega un mensaje de mi hermano. Aunque él no podrá asistir por motivos de trabajo, sus amigos españoles, a los que he conocido hace un par de días, cuentan conmigo para degustar una paella. El asunto resulta un tanto chusco pero tiene fácil explicación. Un empresario mallorquín, que triunfa con su negocio de informática en la isla, se aburría como una ostra y decidió abrir un pequeño restaurante en Bávaro. Allí enseña a sus empleados, todos dominicanos, a cocinar platos típicos de nuestra cocina. Claro está, no podía faltar la paella.

Uno de los amigos de Luis me recoge amablemente en la puerta del hotel. En diez minutos estamos sentados a la mesa y encargando las bebidas. Una simpática mulata me pregunta que qué quiero beber, mientras la negra de rostro más hermoso y de piel más oscura que he visto en mi vida nos sonríe con una boca perfecta y comienza a servir los entrantes. Le contesto a la mulata que quiero té, y me dice que de qué clase. Rojo o negro, claro, pero resulta que solo tiene verde, cosa que averiguo cuando se vuelve a acercar a mi con las manos llenas de sobres, incapaz de encontrar entre ellos lo que le estoy pidiendo. Sea, pues; vamos a darle al té verde; si es posible, con hielo o helado, por favor. Me sabe un poco a hierbajo, pero es lo que hay. Al instante, aparece con un vaso de whisky lleno de agua helada, en el que sobrenadan tres cubitos de hielo tamaño familiar y un sobre de té, tristemente arrumbado entre los monumentales icebergs. Me percato de que el mejunje no ha hervido y se lo hago saber, por supuesto; se me queda mirando como si yo fuera marciano y, para evitar males mayores, le comento que no será el último té que me beba comiendo y que si es tan amable, que prepare una buena cantidad. Sonríe con amabilidad y me hace, según puedo comprobar algo más tarde, el mismo caso que si oyera llover, cosa que ocurre aquí cada dos por tres y a diario. Durante la comida consumiré otros cuatro o cinco tés, que siempre vendrán servidos en distintos tipos de envase, en vaso o en taza, con y sin hielo, con el hielo dentro o aparte y con el agua más o menos caliente, en hilarantes combinaciones con repetición de cuatro elementos tomados de cuatro en cuatro, que diría un matemático. Con lo difícil que resulta hacer las cosas así, joder. En fin, es algo perfectamente inherente a la idiosincrasia del Caribe, qué le vamos a hacer. Menos mal que los entrantes están bastante bien y que la paella tiene un digno pasar.

Acabada la comida, y como es un día de diario, cada mochuelo a su olivo. Mis nuevos amigos se disponen a retornar a sus quehaceres, pero uno de ellos me indica que si quiero tomar una copa con más tranquilidad, él mismo me acercará después al hotel. No puedo beber alcohol, por desdicha, pero me encantan las sobremesas. En el Caribe y con personas que apenas conozco, no es una oportunidad que vaya yo a desaprovechar.

Se anima la conversación mientras corren los tragos. Esta amable banda tiene la bárbara costumbre de comer o cenar sorbiendo bebidas largas, de manera que se han metido la paella entre pecho y espalda empujándola con vino, whisky y vodka con chinola, es decir, maracuyá. A pocas copas más que caigan, se olvidarán las precauciones y las convenciones sociales. En lo que a mi respecta, además de no estar bebido en absoluto, el asunto me la trae al pairo puesto que en esta tierra no me conoce nadie. Poca o ninguna apariencia voy a guardar entre estas palmeras cuando tampoco lo hago en mi hoy lejana patria.

Agotada la charla, llega el momento de volver a mi hotel. El amigo que me ofreció acercarme me mira fijamente.

-Mariano, ¿quieres conocer más de cerca la realidad de Dominicana? -pregunta, solícito.

-Naturalmente. ¿Quién dijo miedo? Es mi segundo viaje a la isla y lo cierto es que no la he visto de cerca.

-Pues ya estamos tardando; vámonos.

-¿Y tu trabajo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta. Es un hombre de negocios de éxito, su propio jefe.

-Déjame que haga un par de llamadas y lo arreglo -me dice, mientras echa mano al teléfono.

-Faltaría más. Yo soy un hombre fácil, ya tú sabes, mi amol…

Dicho y hecho. En pocos minutos, estamos sentados en su coche, camino de las zonas más impresionantes de la isla. Pasamos junto al aeropuerto de Punta Cana y mi amigo comienza su relato. Una familia siciliana llegó a Santo Domingo a mediados de los años cuarenta. Impresionados por la belleza casi virgen de estas tierras, se dedicaron a comprar terrenos a destajo, o a apropiarse de ellos por métodos poco ortodoxos, por decirlo de una manera suave, si los propietarios se resistían a vender. Al menos, eso es lo que se cuenta por estos pagos. Dotados de  una poderosa visión de futuro, vislumbraron en sus blancas playas un emporio turístico, una mina de oro que refulgía ante los ojos de su imaginación. La piedra angular de ese imperio fue el aeropuerto. Situado a once kilómetros escasos de Punta Cana, es el primer y único aeropuerto privado del mundo, y controla el sesenta por ciento del tráfico de viajeros que entran y salen de la isla. El volumen de negocio que genera es, por tanto, monumental, gigantesco. A destacar que cuenta con su propia seguridad privada, claro está, y que entre sus muros los deseos de sus dueños son ley indiscutible e indiscutida.

Mientras mi amigo me va contando esto, seguimos avanzando por la carretera en dirección al Punta Cana Golf Resort. Antes de llegar al club propiamente dicho, circulamos por grandes bulevares custodiados a ambos lados por la omnipresente selva, espesa y lujuriosa, mucho más densa que en otros lugares de la isla. Salvamos un par de barreras y observo el aspecto de los vigilantes de seguridad que las guardan. No son ni siquiera parecidos a los que he podido contemplar en los complejos hoteleros y en los centros comerciales que conozco. Jóvenes y algo menos jóvenes, todos ellos tienen una dura expresión en el rostro y miran con desconfianza y agresividad al viajero. Contestan de mala gana, casi rozando la grosería mientras acarician inconscientemente la culata de sus pistolas. Me comenta mi amigo que forman parte del auténtico ejército privado que vigila esta zona privilegiada de la isla, armados hasta los dientes y militares en su totalidad, lo que confirma mis sospechas en ese sentido.

Tras una corta charla con estos sujetos, que conocen a mi amigo porque fue propietario de una parcela en esta finca inmensa, aparece ante nosotros el club social de la urbanización. Me quedo parado sobre mis pasos. Es un enorme edificio, con una escalinata central y una terraza magnífica a la que se accede después de atravesar un hall de dimensiones similares. Está edificado con bloques de piedra de un ligero color terroso muy atractivo, y decorado con mucho gusto a la manera colonial, sin los barrocos excesos tan propios de esta tierra. Y al salir a la terraza, me encuentro suspendido en uno de esos momentos de rara y auténtica belleza en los que todo parece encajar a la perfección.

Nada parece estar fuera de lugar, nada chirría, nada entorpece el goce de los sentidos aquí y ahora. Frente a mí y bajo mis pies, una gran piscina, ya pasto de las sombras, acoge a cuatro o cinco jóvenes de cuerpos esbeltos y tostados por el sol. Están lánguidamente recostados en grandes sillones de caña y mimbre mientras sorben sus bebidas y fuman cigarrillos y puros. Su lenguaje corporal muestra ese cansancio sensual y delicioso que suele rematar un buen día de playa en excelente compañía. Hay un par de mujeres que me llaman la atención por su belleza, por la desusada perfección de sus formas. A mi derecha, un tipo rudo y desagradable, vestido como un auténtico gañán, vocea algo en un idioma que me parece ruso y en dirección al grupo, aunque nadie le contesta, porque los jóvenes están hablando en italiano. Pasada la piscina, el mar. Un Caribe que todavía muestra una gran barrera de redes que colocaron días atrás para evitar la marejada de algas que suelen provocar los huracanes, aunque las blancas rompientes que se divisan a más de trescientos metros de la playa revelan parte del secreto de este lugar: lo escogieron para construir el club precisamente por las barreras rocosas que aminoran los efectos tremendos del clima desatado. Y antes de poder pisar la limpia arena, una gigantesca pradera de lujurioso e impecable césped lo viste todo de verde. Grandes y suaves dunas que se alternan con los bankers propios del campo de golf; hoyos de una belleza espectacular, como el que se encuentra en el lago central de la urbanización; todas las mansiones -esplendorosas, de ensueño- que se divisan desde la terraza, pueblan la magnífica extensión verde, cobijadas entre bosques de palmeras y otras especies arbóreas de la isla, como joyas que resplandecieran bajo la dorada y dulce luz de la tarde, que ya desfallece lentamente.

Es una visión de ensueño y siento una grata sensación de paz que nunca había percibido en lugar alguno, tan perfecta es la belleza del conjunto, tan poderosa la armonía que emana de él. Es cierto que se trata de un monumento más a la vanidad del ser humano, es cierto que los orígenes de tanta hermosura pueden ser un tanto oscuros, pero he de reconocer que las tinieblas que se agitan en la trastienda de este mágico panorama se diluyen en su espectacular grandeza. La parte de abajo de esta construcción alberga un inmenso spa, con todo tipo de tratamientos de belleza. Atendido por guapas profesionales vietnamitas, es propiedad de la mujer de un famoso cantante español que cuenta con mucho predicamento entre los amables isleños. Nos saludan cortésmente mientras giramos una rápida visita por las instalaciones.

El restaurante es bastante caro pero todo el mundo puede acceder a él; en general, si comentas en la barrera de entrada que quieres comer allí, no suelen ponerte inconvenientes a la hora de entrar. Y pensando en volver a visitarlo antes de que mi estancia en el Caribe toque a su fin, salimos del club social.

Mientras nos dirigimos hacia la salida de la urbanización, siguen martilleando mis retinas las soberbias construcciones que se alzan en ella. Las parcelas tiene una extensión mínima de cuatro mil metros cuadrados, de los cuales el nuevo propietario se comprometerá a construir un mínimo de dos mil, y lo hará en el mismo contrato de compraventa, que incorpora además algunas cláusulas muy particulares. Todas ellas explican el éxito de la empresa gestora de toda esta maravilla, que pertenece también a la citada familia siciliana. Dicha empresa proporciona, en exclusiva y fijando ella misma los precios de los servicios sin cortapisa alguna, el suministro de agua y de luz, la retirada y gestión de basuras y la seguridad del complejo. Además, obliga al propietario a suscribir un cuantioso seguro de accidentes y de daños cuando acaba de edificar su casa, y se reserva el derecho de quedarse con el montante de una hipotética indemnización, que debería corresponder al dueño de la mansión siniestrada, en concepto de adelanto para una próxima compra de terreno en la misma urbanización. Como puede verse, auténtica mafia siciliana en su versión más elaborada y moderna. Eso sí, absolutamente nadie molestará a quien posea una propiedad aquí; no tendrá problema de tipo alguno cuando disfrute de su casa y jamás sufrirá un corte en el suministro de energía, todo ello por un precio módico, que oscilará entre los dos mil y los ocho mil dólares al mes. Negocio redondo para quien se lo pueda permitir: pagas una fortuna y vives con total tranquilidad.

Eso explica la abundancia de altos cargos militares que residen por aquí, a pesar de que con sus sueldos oficiales no podrían pagar ni la factura de la luz de la más modesta de las mansiones que se ven en este enorme emporio. La corrupción es el pan nuestro de cada día en esta zona del mundo, y la cosa no tiene aspecto de ir a mejor, antes bien al contrario.

Conduciendo lentamente junto a casas valoradas en cifras astronómicas, que se sitúan entre dos y veinte millones de dólares, vamos saliendo de la urbanización. Me duelen las sienes con el impacto sensorial de tanta magnificencia, de tanto lujo desaforado y alegremente soberbio, y siento que una envidia verde y macilenta me roe los talones. Esto es lo que hay, para esto valen el éxito y el dinero, y dado que carezco de ambos, me toca bailar otro son distinto. Los malencarados tipos de la última barrera nos saludan al salir y nos dirigimos hacia el Village, que es donde vive mi amigo.

Llaman así a este barrio porque recuerda vivamente a uno cualquiera de los pequeños pueblos americanos que tan acostumbrados estamos a ver en el cine. Largas calles con arbolado y cuidado césped; casas de madera blanca y grandes ventanales, con uno o dos coches aparcados en la rampa del garaje, y grupos de niños montando en sus bicicletas bajo la mirada atenta de la seguridad privada. Una iglesia con una gran cruz en la parte superior de su tejado y un colegio, del mismo estilo que las viviendas, completan la ilusión que proyecta el barrio: por un momento, podrías creer que te encuentras en el extrarradio de Miami, por ejemplo, aunque el suave acento español de los lugareños disipa súbitamente el ensueño. Y junto a la parte residencial, un moderno conjunto de edificios de negocios y de pisos de lujo, en grandes y amplias avenidas de aspecto impecable. En uno de los bloques centrales tiene su sede el grupo empresarial que controla esta parte de la República Dominicana, cómo no. Aquí la vida es cara, selecta y reservada para unos pocos.

Mi amigo me sonríe, acabado el tour por el enorme centro comercial, plagado de grandes firmas, que acaban de inaugurar en pleno Village. Está claro lo que es: una enorme lavadora de dinero, llena de magníficas y caras tiendas en las que absolutamente nadie compra nada, puesto que resultan prohibitivas para casi todo el mundo, habitantes del Village incluidos. Tan solo unas pocas personas comen hamburguesas en esas furgonetas que tanto gustan por aquí, de cuyos costados abiertos surgen infinidad de comidas y de bebidas de dudosa calidad.

Y me sonríe porque es un hombre de mundo. Hace muy poco que nos conocemos, pero llevamos enfrascados en una interesante conversación toda la tarde gracias a su amabilidad, y tiene muy claro que quiero ver la otra cara de este país, que no me conformo con el tentador espejismo a través del cual acaba de guiarme. Ya conozco las luces y ahora quiero sumergirme en las sombras; sin las unas, las otras carecen de sentido; sin el concurso de ambas, la realidad que aparece a la vista del viajero no es más que una imagen distorsionada e incompleta, un trampantojo más o menos elaborado.

De manera que nos encaminamos al pequeño pub que nos servirá de base de operaciones en Bávaro, porque allí hemos quedado con otro amigo que quiere acompañarnos en un desquiciado viaje hacia la parte más lóbrega de Bávaro. Pero esa es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Primeros pasos

 

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11 de enero de 2018

Bien, el asunto ya pita. He acabado la primera versión  -sepa Dios cuántas más me esperan- de los tres primeros capítulos de la novela. Ya sé quién es Carlos Zúñiga, dónde vive y dónde trabaja, como en el chiste, aunque en realidad creo que siempre lo supe. Empiezo a sentir esa picazón familiar en la punta de los dedos que me asalta cuando uno cualquiera de mis proyectos literarios comienza a tomar cuerpo, a imponer su propia ley.

Muy en breve, espero, la novela iniciará su andadura por sí sola; los personajes se moverán a su antojo y reaccionarán como las criaturas vivas que son, de manera que toda la obra principiará a tirar de sí misma hasta el momento final. Al menos, así lo siento yo… aunque todo eso no significa que no haya que hacer un esfuerzo titánico para que las cosas chirríen lo menos posible y todo el andamiaje se mantenga en pie desde la primera  a la última página.

Como era de esperar, el resto de mis escritos está experimentando un cierto retraso, lo cual no deja de preocuparme, porque no tengo apuntes sobre nada de lo que estoy contando en esa serie de recuerdos y de viajes: dependo única y exclusivamente de mi memoria, que no me ha fallado hasta ahora, veremos. Pero no puedo hacer más de lo que hago… creo.

Todos los comienzos son duros, y este asunto de la escritura no supone excepción alguna a la regla. En fin, vuelvo al bar donde trabaja Carlos Zúñiga; me espera para que le acompañe a casa de una mujer que le obsesiona…

 

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En marcha.

Madrid, a 1 de enero de 2018.

Efectivamente, creo que ya va siendo hora de atender las voces de mis viejos demonios. Aunque aún no he recibido las pruebas de imprenta de la editorial de mi primera novela, “Jinetes en la niebla” (Editorial Entrelíneas), ha llegado el momento de comenzar con la segunda.

A pesar de que, desoyendo las reglas del arte y los consejos de quienes saben de esto, no he acabado de poner en pie al muñeco antes de vestirle, ya no quiero seguir esperando. Los personajes bullen en mi cabeza, hablan entre sí a mis espaldas y tengo muy claro que desean ver la luz del día sin más dilación. En mi descargo habré de decir que sé cómo empieza la novela y sé también cómo termina; alguien me decía hace un par de días que eso ya era más que suficiente para empezar; ya veremos…

Y enredando con el asunto, se me ha ocurrido colgar este pequeño blog, que dedicaré a comentar todos  -o casi todos-  mis escritos. No sé si le interesará a alguien o si su contenido podrá resultar útil o provechoso, pero esa es la intención. Si por ende consiguiera que fuera ameno y agradable de leer, miel sobre hojuelas. De momento, supongo que aparcaré otras aventuras menores que me traigo entre manos o, en el mejor de los casos, intentaré simultanearlas con la novela para darles el final que se merecen. Tengo al menos cuatro series de entradas que acabar en mis dos blogs (Tremendo mambí, Propofol, La Vie en Rose y Venados, gamos y cochinos); se me acumula el trabajo: menos mal que no tengo otra cosa que hacer más que escribir, al menos por ahora. Bueno, y grabar podcasts y programas de radio de vez en cuando.

Esta obra es  -o pretende ser- una novela negra, con un antihéroe que me parece original, con una femme fatale, claro, y otras no tan fatales pero igualmente complejas., imprescindibles para complicarle la vida al personaje principal, que posiblemente se llame Carlos Zúñiga. Obviamente habrá uno o varios crímenes que tendrán que ser resueltos por el protagonista. Y de momento, nada más puedo contar. Ya sé que es poco, pero es lo que hay.

Por cierto, creo que tengo el título. Se me ocurrió antes de ayer paseando por Madrid, aunque ya se sabe lo que ocurre con los títulos: te suenan muy bien al principio, los crees brillantes y acertados, y según avanza tu trabajo surgen las dudas por todas partes. En fin, creo que eso tiene una solución no demasiado compleja. Así que ataco sin más dilación “El último de los nuestros”.

Alea jacta est.

 

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La Vie en Rose

Son las ocho de la tarde y llueve como si no hubiera un mañana. Cae agua con una furia ciega; parece que el cielo tiene prisa por volcar todo el líquido que le sobra encima de nuestras cabezas. El gran voladizo bajo el que me hallo tiene alguna que otra sutil gotera, y de vez en cuando alguna gota traviesa me golpea, haciéndome respingar con su agradable frescor. Frente a mi, unos cuantos currantes del complejo en el que me alojo recogen apresuradamente unos instrumentos musicales y tapan con fundas los amplificadores y micrófonos. De momento, nada de conciertos; el agua no quiere oír más ruido que el de sus gruesas y cálidas gotas al golpetear alegres contra el suelo.

Pero ninguno de los numerosos clientes que abarrotan las sillas y mesas de la galería cubierta se inmuta lo más mínimo. Tienen claro que la actuación tendrá lugar en breve, en cuanto escampe: esto es el Caribe, señores, y aquí los aguaceros copiosos y pasajeros son cosa de todos los días durante todo el año. Efectivamente, a los diez minutos escasos, ni una sola nube enturbia el azul Prusia del cielo. Una luna redonda y limpia se deja ver con plateada claridad; su luz recorta nítidamente las siluetas de las palmeras, que agitan sus largas melenas verdes con un ritmo tranquilo y sincopado. Estamos a veintiocho grados, y la escala higrométrica marca un setenta y cinco por ciento de humedad, de manera que el calor está presente por todas partes, acompañado por una sensación de densidad que es común a estos tipos de clima. En lo que a mi respecta, sin problemas. Cada vez me atrae más el buen tiempo, sentir el sol sobre la piel y disfrutar de la alegría que proporciona la justa cantidad de calor. Adoro enterrar los pies en la arena de la playa y tostarme concienzudamente bajo la alegre luz del sol como un lagarto viejo y rancio, pero lagarto al fin. Pese a mis viajes de caza y a la pasión que siento por el monte, la edad no perdona. Supongo que mi afición a los climas cálidos viene también dictada por los años que voy cumpliendo, qué le vamos a hacer.

Pero lo que en realidad importa, por supuesto, es que he vuelto al Caribe. Llegué ayer a la República Dominicana, después de un largo y aburrido viaje en avión. Gracias al cariño y a la generosidad de mi hermano Luis, ando de nuevo por estos pagos. Me he acostado tardísimo, a la una de la tarde hora española, porque tenía trabajo que entregar sin demora alguna. Dado que el día anterior en España tampoco había dormido nada, en cuanto he cerrado los ojos me han dado las uvas descansando. Hoy no he disfrutado del día porque lo he empleado en reparar el viejo andamio que sujeta mi devenir. Me he levantado sin prisa, me he dado una buena ducha y he bajado a comer con mi hermano sobre las cinco y media de la tarde hora local. Bueno, yo he comido y él ha mirado, porque como es lógico Luis ha seguido su horario de todos los días.

Comemos en un estupendo restaurante italiano y saboreo con placer los platos que he encargado. El chef, atento a la jugada, ha salido a saludarnos y a preguntar qué había pedido, por aquello del lucimiento personal con el hermano del director. Y se nota su esmero y su buena intención, sin duda alguna. Entran tres músicos de la tierra con la sana intención de ganarse un dinerito y amenizarnos la velada. Perfectamente entrenado su instinto de supervivencia, se dirigen casi sin dudarlo a una mesa a la que se sientan cuatro parejas de americanos maduros, que cenan entre risas y brindis con copas rebosantes de vino. Uno de los morenos ataca, con buena voz, La Vie en Rose, perfectamente traducida al español, mientras dedica la canción con simpático descaro a una de las comensales que, muy ruborosa, atiende al cantante cruzando las manos tímidamente sobre su regazo. De súbito, oigo al Ruiseñor de Montmartre con toda claridad, y distingo tu rostro querido muy, muy lejos, en algún punto de la inmensidad azulada que ahora nos separa. Por extraño que parezca, te siento cerca de mi.

Después de la cena, Luis se va a la fiesta de empleados del hotel, porque aunque parezca mentira bajo estas palmeras y con este calor, estamos en Navidades aquí también. Para mi serán venturosas hasta mi vuelta a España; aquí me ahorro los continuos anuncios de perfumes, ropa y juguetes, los inanes mensajes de paz en la tierra y demás soplapolleces que nadie se cree y las continuas carcajadas demenciales del pederasta barbudo vestido de rojo, viejo y gordo, epítome de lo que es un rubicundo tonto del ciruelo. Sí, adoro la puta Navidad, su parafernalia y su insufrible mercantilismo de tercera.

Y no es que en esta tierra extraña y soleada no la celebren. En realidad, cualquier excusa es buena para que estos amables isleños se líen a festejar, cantar, bailar y, sobre todo, beber y aparearse, cosa que adoran y que hacen a las mil maravillas. Además, como los clientes americanos son mayoría en este hotel y en todos los de la isla, hay que hacerles el rendibú y celebrar estas fiestas con la cursilería que estos niños grandes adoran. De cualquier manera, el cambio de paisaje y de paisanaje priva de algunas de sus mejores armas a esta fiesta lamentable, esa es la verdad: no logro creerme el mes en el que estoy cuando veo muy cerca de mi una bella playa, una orgía de azul, verde y blanco que acaricia los sentidos. La Navidad la dejo aparcada hasta dentro de quince días, algo es algo.

Sorbo despacio un sabroso té helado -a la fuerza ahorcan- mientras contemplo las evoluciones del grupo de músicos que, pasado el chaparrón, atacan de nuevo su tarea. Limpian el escenario con una cantidad inverosímil de papel de cocina en grandes rollos; me da la impresión de que van a desgastar en poco tiempo la gran tarima elevada, porque siguen enjuagando un agua ya evaporada durante cinco minutos largos. En fin, cosas del Caribe. Más que seco ya el asunto, destapan sus instrumentos y se enredan con agradables versiones de temas rockeros y latinos. Claro, no puede faltar el insufrible Despacito, pero es lo que hay. Dos o tres parejas de yanquis mamados hasta las trancas intentan unos torpes pasos de baile, iniciativa que al poco abandonan entre carcajadas, vista su imposibilidad. Tan solo dos abueletes siguen entregados al asunto, con el torpe fervor que los ancianos le ponen a estas cosas. El abuelo gira y gira, la camisa abierta hasta la cintura, los pantalones flojos, mientras la suave brisa le despeina los cuatro pelos que le quedan. Parece un sabio loco feliz y desinhibido, y sonríe sin mirar a nadie en particular a través de sus sucias gafas, siguiendo el ritmo de la música con la cabeza. Se siente poderoso y joven, arropado por el alcohol que circula por sus viejas tuberías. Viéndole moverse, da la impresión de que está bailando otra canción distinta a la que ahora suena, pero eso da igual. Brindo por él y por sus ancianas pelotas, por su épica carencia de sentido del ridículo. Su compañera, algo más comedida -mujer al fin-, baila también sin parar, aunque para ella está claro que el asunto consiste en una prueba de fondo: administra cuidadosamente su fuelle porque sabe que la noche es larga,, mucho más en el Caribe.

Después de otro té, emprendo la vuelta a mi hotel. Carricoches de ocho o diez plazas circulan continuamente por las entrañas de este enorme complejo hotelero. Llevan a los clientes de una parte a otra, de una a otra atracción, saltando con rapidez entre los puntos de interés del resort. Pero prefiero ir dando un tranquilo paseo por la gran avenida que, festoneada de grandes palmeras y cuidado césped, me llevará hasta mi habitación. Todas estas palmeras están forradas, hasta casi la mitad de la altura de sus troncos, de pequeñas luces blancas, azules y malvas. El efecto es muy agradable, casi relajante: luces que brillan con intensidad en el húmedo ambiente de la noche del trópico, en una atmósfera densa que huele a selva y a sal, indicando al viajero el camino a casa. Si las pierde de vista, el cercano manglar, que abre sus oscuras fauces a pocos metros de distancia, espera paciente al descarriado para coronarle de algas y de nenúfares en su seno oscuro.

Mañana, cuando el sol golpee frenético mi ventanal, será un día distinto y nuevo. Me esperan la piscina, el mar susurrante, la playa resplandeciente de puro blanco, y quién sabe cuántas cosas hermosas más. Vivir es un magnífico deporte, aunque a veces resulte un poco agotador.