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Rumor de floretes (Fantasmas del Paraíso, VI)

passion-56007“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿qué valdría la vida”

Jacinto Benavente, “Pasión”

“Delante de  mi marido te digo que a ver cuándo me llevas a pasar la noche en ese hotel que tanto nos gusta a ti y a mí.” “Delante de tu marido te digo que cuando tú quieras, querida, sin más explicaciones.” Y efectivamente, tu marido estaba allí, aunque ajeno por completo a la peligrosa demostración de esgrima a la que tú y yo nos entregábamos con tanto descaro como nos era posible, absolutamente embelesados por la intensidad del momento, disfrutando de una sensual y grata sensación de  intimidad entre tanta gente.

Luché por sujetar mis manos, por mantener la distancia entre tu boca y la mía, por poner coto a los desmanes que se me agolpaban en la lengua, presta a decirte lo que ansiabas escuchar, a susurrar en tu oído dulces requiebros. Gata de pelo oscuro, pagada de ti misma, tú me regalabas sutiles arrumacos de mujer envueltos en tu ronca voz, suaves ondulaciones de tu pecho y tus caderas, lejos de la vista del mundo y de sus habitantes, ajenos ambos a todo lo que no fuera nuestro particular choque de afilados aceros. Buscábamos herir placenteramente al adversario, hacerle desangrarse lánguida, lentamente, obligándole a someterse sin redención posible a las tiernas exigencias del contrario, espadachín tirano y amoroso.

Los seres humanos perseguimos el peligro con pasión desde el mismo momento en que nacemos, y al madurar, a algunos se nos acentúa esa arriesgada atracción por el abismo, eternos piratas de nosotros mismos,  mientras que otros la olvidan por completo. Sabido es que el placer del juego, de la seducción, de la conquista, es tan fuerte o más que el de la propia consumación: miradas que se cruzan con mensajes tan privados como pueden serlo; gestos del cuerpo, de las manos, que contienen una carga erótica difícil de disimular; escalofríos de anticipado placer que recorren las vértebras, haciéndolas reverberar, ahítas de adrenalina. Desde la noche que te conocí, y pese a mi natural torpeza de varón en estas lides, capté perfectamente el interés que sentías por mí. Tu melena se agitaba al escucharme y tus ojos bailaban, llenos de luz, mientras íbamos desgranando frenéticamente una conversación sin excesivo sentido, sin mucho interés, tú pensando en mí y yo en ti, ciñéndonos cada vez con más atrevimiento al asunto que ocupaba nuestras mentes pero sin osar hacer mención del mismo: ahí radica gran parte del placer de esos primeros momentos, en los que el ingenio y la gallardía son tan excitantes o más que el puro deseo sexual. Nos acercábamos a hurtadillas a la temida idea, a la frase más que clara, buscando en el rostro del otro el menor síntoma de complicidad, de comprensión, prolongando así el placentero juego. Provocar tu risa  -mejor, tu sonrisa-  , sorprenderte con una rápida finta que acabe rozando el borde de tu boca, el calor de tus senos, es una magnífica recompensa para mi orgullo de macho alfa, para mi sed de ti.

Y comprobar que ese deseo es correspondido se traduce en un potente afrodisíaco, que hay que luchar por controlar para no incurrir en situaciones excesivamente claras con demasiada rapidez. Comienzan a desdibujarse los contornos de la responsabilidad de cada cual, de las promesas y de los compromisos de cada uno, y es tremendamente fácil dejarse llevar por semejante embriaguez, ponerse el mundo por montera y deslizarse con loca alegría,  lleno de vértigo,  por un tobogán lúbrico y sonriente que siempre acaba en el mismo sitio, en ese centro del universo que es el cálido vientre de una mujer hermosa, puerto infinito de aguas oscuras. La pasión es un poderoso narcótico que envenena y engaña con voz de sirena, que nos permite posponer el asedio del remordimiento, aún a sabiendas de que éste llegará en uno u otro momento; es un tóxico maravilloso, que impone su irrefrenable ley, su fuerza telúrica, su afán genesíaco.

Pese a todo ello, en el fondo creo que tú y yo somos unos flojos; o quizá sea mea culpa solamente. Es posible que la edad y las circunstancias me hayan restado fuelle  -no es tu caso; te aventajo en trece años-  pero lo cierto y verdad es que tú tampoco has echado un cuarto a espadas. A ambos nos ha asustado el calibre de la aventura a la que nos enfrentábamos, el enorme peso de nuestros cuerpos entrelazados y cubiertos de sudor, la visión inevitable de los rostros de nuestras parejas, el peligro inminente, letal y siempre presente, de que lo que empieza como una borrachera de deseo, como una danza de sexos,  se convierta, por mor de una irónica pirueta del destino, en algo mucho más perjudicial y autodestructivo, en una relación con vocación de trascendencia, en la tumba iridiscente de nuestras vidas anteriores, rasgadas por la divina ceguera que el placer provoca. Habríamos sembrado tu camino y el mío de ilusiones rotas, de tiernos cadáveres mecidos por una negra brisa, y el llanto de tus pequeños hubiera retumbado en tus sienes con la fuerza de mil huracanes, guiándote lejos de mí, apartándote de una nueva senda vital conquistada a sangre y a fuego.

Por eso, y por alguna que otra fruslería más, no sabemos nada el uno del otro desde hace un año largo, aunque yo tengo claro cómo dar contigo y tú cómo dar conmigo. Por eso, por una comprensible  -e imperdonable-   falta de arrojo y de valentía, todo quedó en unas cuantas caricias furtivas  que ya acumulan, tristes, el polvo del olvido, mientras se van ajando como flores que nunca llegaron a ser. Quizá peque de arrogante, pero tengo la sensación de que tú también piensas en mí, aunque cultives la natural precaución que te asalta cuando aparezco en tu mente, disfrazándola de una conveniente pereza  a la hora de volver a contactar conmigo. Se alzó entre nosotros, al final, el deseo de tranquilidad y el miedo a las complicaciones vitales, los antídotos más eficaces contra la sed de vivir peligrosamente.

Pero quedan pendientes algunos asaltos más entre tú y yo, lo sabes, lo percibes cuando te miras al espejo, cuando amaneces un día más sin el sosiego del sexo satisfecho. Eres mucha mujer para tan poco hombre como te ha tocado en suerte, y nos debemos aún un cierto entrechocar de floretes; ambos estamos deseando asomarnos nuevamente al abismo de los amores prohibidos, sentir abrazados la conmoción maravillosa y el rugir de la sangre, el delirio orgiástico que preludia la liberación total de los sentidos, porque no sabemos si seremos capaces de dar el paso definitivo, aparcando aunque solamente sea por una noche todas las convenciones y temores para dar rienda suelta al fuego que nos abrasa el alma, así llegue el fin de los días.

Mientras, agazapado y satisfecho como un tigre viejo, espero y disfruto de la bonanza de mi vida. Procuro vivir todos y cada uno de los instantes preciosos que mis particulares andanzas me regalan, arrojando la objetividad tan lejos de mí como me es posible, y recordando, con la adecuada frecuencia, unos labios febriles y mis manos en tus caderas. Como ves, linda morena, no pierdo la esperanza de arrancarte un día la ropa en ese hotel que nos gusta tanto, asumiendo de antemano el precio a pagar por tan magnífico privilegio, por tan inolvidable momento.

Al final, el ansia por celebrar el sacrificio definitivo en el altar de tu sexo acabará barriendo la razón, todas las razones. Después, el diluvio.

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Muñeco roto (Fantasmas del Paraíso, V)

Eres, sin discusión alguna, corazón,  la mujer que más daño me ha hecho en mi vida. Poco sospechaban mis veinte años, nada más conocerte, que lo nuestro  -sería mucho más ajustado a la realidad decir “lo mío” a secas, o  “lo mío contigo”-  iba a acabar en tragedia. Al menos, así lo vivió mi pecho, henchido de vida y de juventud, poco acostumbrado al sufrimiento y al pesar de cualquier clase.

Muy posiblemente, a estas alturas de mi travesía,  la cosa no hubiera pasado de un disgusto de fin de semana, quizá ni eso, pero en aquellos entonces, rodeado por un mundo bastante más joven, amable  y sencillo, experimenté un dolor que aún hoy, más de treinta años después, recuerdo con cruel claridad.

No he dejado de pensar en ti con el correr de los años. Apareces de vez en cuando en mi despacho, con tus limpios ojos azules y tu cara de niña ausente, envuelta en las imágenes y los sonidos que en aquel luminoso ayer nos acunaron. Pero, al igual que en la vida real, tu querida visión se desvanece con vertiginosa rapidez, dejando tras de sí un suave rastro de perfume, y un amargo sabor a ceniza en mi boca.

Tuve que dar clases particulares para poder recorrer la enorme distancia que me separaba de ti tras aquellos magníficos días del verano; tuve que pelear duro para volver a ver aquel reflejo en tu rostro, aquella forma de mirar que me enloqueció durante una noche de julio, absurdamente lejana ya. Discutí en mi casa y fuera de ella, rompí con casi todo lo que me convertía en un ser civilizado, descuidando los consejos de tu hermana que, encantadora como era, veía venir el desastre, y pretendía ahorrarme la triste experiencia.

Nada pudo pararme. El amor es un dios cruel; exige siempre un sacrificio de sangre para bien o para mal, y como el resto de los Inmortales, ciega a quien quiere perder. Y conmigo no iba a hacer excepción alguna. Me bajé del tren una fría mañana de octubre, peleando con el sueño por llegar a verte cuanto antes. La sucia estación estaba envuelta en niebla, y una suave brisa marina me revolvía los cabellos, remedando la promesa de una felicidad que no llegó a ser. No percibí, en el aire quieto de la mañana, señal alguna de peligro; tirando de mi maleta, me alojé en casa de unos familiares, que sonreían divertidos ante mi desfachatez, ante el desafiante orgullo que me había traído hasta tan lejos, contemplándome feliz, rebosando amor.

Cuando te vi, horas más tarde, toda aquella pantomima se vino abajo con un doloroso estruendo, con el ruido que hacen los amores rotos, tan similar al de la cerámica fina cuando estalla en pedazos, sin posibilidad alguna de redención. Recuerdo vagamente una cafetería muy antigua, con un friso en relieve representando a un rebeco en un pico de montaña; recuerdo mi sorpresa y tu reticencia a la hora de acabar de romperme el corazón. Pero, pese a ella, me informaste cumplidamente del asunto, con todo lujo de detalles. Salí de allí desnortado, hecho astillas, temblando como un azogado.

Volví a verte aquella noche, pero ante la noticia de que mi rival iba a aparecer por aquel bareto, opté por marcharme, por aquello de evitar males mayores. Nunca he sido excesivamente violento, aunque si la ocasión lo requiere tampoco soy manco. De manera que el martillear de la sangre en mis sienes me indicó, prudentemente, el camino a seguir. Y me senté en un portal cercano al tugurio en cuestión, esperando no sé qué, pensando quizá en arreglar a última hora lo que, a todas luces, no tenía remedio.

Vi pasar a tu galán y lo cierto es que no te puedo aplaudir el gusto, querida. Tu hermana lo motejaba con el apellido de un célebre actor cómico de cine mudo, y no marraba el tiro.  Pero claro está, un marrajo como aquél, de veintinco años o más, muy intelectual y cinéfilo él, no tenía ni para descalzarse ni contigo ni conmigo. Yo no fui obstáculo a tener en cuenta de ninguna de las maneras, pese a que le doblaba la estatura, y para hacerse contigo le bastó hablarte de un maravillosísimo corto de cine que quería que protagonizases, eso sí, con las tetas al aire y debidamente asesorada en esa y otras materias por él. Y todo aquello, mira tú por dónde, siendo feo si Dios tiene un qué. Qué envidia, ¿no? Eso se llama gestión eficaz de los recursos. Bueno, también tiene otro nombre, pero es un poco más crudo, aunque más cierto.

Aquello tenía toda la lógica del mundo, según recapacité años más tarde, cuando el dolor no era más que un eco sordo y lejano. Tu temperamento rebelde, que me enamoró, la impía distancia y la brutal inconstancia de tus dieciséis abriles, no hicieron más que combinarse en una mezcla volátil y peligrosa, que rindió sus venenosos frutos a la primera de cambio. Mi ansia de ti y la certeza de quererte, el deseo de pasar por encima de todas las dificultades con tal de que fueras mía, no hicieron más que enriquecer el poder explosivo de aquel cóctel. No podía ser de otra manera; yo tenía que darme de bruces con todo aquello para que se me abrieran los ojos de una vez por todas.

No recuerdo ningún otro viaje tan largo, tan eternamente largo y tan triste, tan vacío de esperanza. Me sentía como un muñeco roto, estampado contra la pared por el  pronto aburrimiento de un niño en busca de un juguete nuevo, más brillante y prometedor, que en breve habría de sufrir el mismo destino que el primero. Me era imposible dejar de repasar una y otra vez aquellos crueles acontecimientos, a tal punto que no pegué ojo en las diez horas largas que duraba el viaje. Llegué a mi tierra con la desagradable impresión de tener entumecidos el cuerpo y el alma. Mi madre, sabia mujer, se dio cuenta de todo nada más verme, pero guardó un piadoso silencio durante muchos años, cosa que siempre le agradeceré. Si mi orgullo juvenil se hubiera tenido que enfrentar con el reconocimiento del desastre en boca de mis familiares, con el más mínimo atisbo de burla por su parte, supongo que el mazazo habría sido infinitamente peor. Anduve trastornado una larga temporada, hasta que el dolor y la amargura fueron cediendo y ocupando lentamente su lugar en el borroso anaquel de los malos recuerdos.

Cinco o seis años después, yo ya era un hombre con canas en la barba y en el corazón: me brotaron en los dos sitios con cierta prontitud, supongo que como resultado de mi vida, azarosa, intensa  y un tanto anárquica.  Así que cuando nuevamente te vi en el pueblo, me limité a saludarte con un par de besos y a seguir con mi copa. Por aquel entonces bebía yo whisky con coca cola, muy lejos aún de la sobriedad del gin-tonic, y debo confesarte que el aroma y las irisaciones de mi vaso me distrajeron mucho más que tu charla, que se me antojó francamente insulsa pese a que el tiempo también te había regalado una cierta distancia de las cosas, o al menos eso suponía yo. Te acompañaba también una amiga del alma, irremediablemente sinsorga, que contribuyó en gran medida a que me apartase de ti, visto el tinglado casi lésbico y estúpidamente posesivo que se traía contigo.

Porque no era más que tinglado, claro. Aquella misma semana me enteré de que las dos os acostábais con uno de mis mejores amigos de siempre, lo que me produjo un cierto resquemor, algo de sana envidia y una acuciante sensación, harto conocida, en la bragueta. Bah, ya eras más que inalcanzable para mi, de cualquier manera, y tu amiga me sobraba por todos los lados. Ni siquiera pensé en futuras oportunidades; el asunto había dejado de interesarme, entre otras cosas porque, incansable como siempre, ya ponía mis miras en otro cuerpo de mujer, más maduro y hermoso que el tuyo. Otro par de suaves caderas requería mi atención, y no era cuestión de desperdiciar esfuerzos en vanos empeños.

Y como era de esperar, vista mi falta de interés, la oportunidad llegó un par de años más tarde, como cuando recuerdas una palabra súbitamente por el mero expediente de dejar de intentarlo. Estabas algo triste, no recuerdo bien por qué; con sinceridad, tampoco me importaba en demasía. Me sorprendió percibir que sí tenía interés, desde el primer momento en que te divisé, en saldar aquella vieja deuda, en hacerte mía de una vez por todas, aunque no fuera más que durante un par de noches. Primeramente me lo planteé lleno de rabia, pensando en ello como si de una venganza se tratase; al poco, el viejo amor me acariciaba las mejillas del alma y me ablandaba por completo: aún sin tú proponértelo, reina, me vencías por segunda vez. Si aquella noche te amaba, sería de corazón, buscando en la tibieza de tu seno el rastro improbable del fuego que en un tiempo lejano quise que anidara allí.

Entonces, el insulto definitivo, el ridículo sublime, quizá en justa correspondencia a mis iniciales intenciones. Nos sentamos en mi coche, viejo y zarrapastroso, pero suficiente para llevarnos al Camelot que tan bien conocíamos. Arranqué, y a los escasos doscientos metros, me quedé sin gasolina. No llevaba encima ni un duro, porque aún era estudiante y pobre; las tarjetas de crédito eran cosa de alienígenas, y tú no tenías más que la ropa que te cubría, para variar. Allí acabó definitivamente aquella aventura; tú a tu casa  -era tarde para ti, repentinamente formal-  y yo a mi bar favorito, a tomar copas de prestado, más corrido que una mona, todavía caliente y rumiando el espantoso patinazo, la monumental payasada. Estaba claro que contigo nada llegaba a funcionar como es debido, por tu culpa o por la mía: éramos ontológicamente incompatibles, sin duda alguna.

Hace ya muchos años que nada sé de ti. Te perdí la pista sin darme cuenta, sin que me incomodara lo más mínimo, porque no podía ser de otra manera.  Cada edad en la vida del hombre trae sus hitos, sus sucesos de referencia, y tú lo fuiste para mi. Superada esa edad, sus mitos y sus leyendas deben desaparecer con ella; es un sano ejercicio de salud mental que no siempre practicamos con la frecuencia adecuada, o que, aún practicándolo, no alcanza el éxito en todas las ocasiones… como suele ser mi caso. No te guardo rencor alguno, pequeña ninfa; como ves, si bien algo oscuro y ominoso, sigues siendo un fantasma de mi paraíso. Debo aclarar que es todo cuanto estoy dispuesto a concederte, no obstante. Como punto de inflexión, la verdad es que no tuviste rival, pero jamás intentaré localizarte, no sé si por despecho, por miedo a otro sonado fracaso o porque me dolería mucho ver cómo has abdicado de todos tus postulados rebeldes para abrazar la más común y corriente de las vidas comunes y corrientes, con su generosa dosis de aburguesamiento, aquello que tanto miedo te daba.

Te deseo todo tipo de dichas y parabienes, aunque te confieso que me cuesta un tanto poner el empeño que sería políticamente correcto en ese deseo. Bien es verdad que me hiciste muy feliz durante un breve plazo de tiempo, y me enseñaste una lección inolvidable a un precio altísimo, lección que no olvidaré jamas.

Distinta cuestión es que yo haya puesto en práctica o no, después de todos aquellos días de amargos malabares, el corolario contenido en ella. He seguido amando y me he seguido equivocando, en consecuencia,  aunque la digestión de mis otros errores no ha sido tan problemática ni tan larga como en tu caso. Además, cuando he vuelto a meter el remo, lo he hecho sabiendo lo que iba a ocurrir, aceptándolo y asumiéndolo como inevitable, disfrutando de la pelea aún sabiéndola perdida de antemano: esa es la gran diferencia que separa el resto de mis tropelías amorosas de las que viví contigo, amiga mía, y esa es, en definitiva,  la lección a la que me refiero, no otra.

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Aire (Fantasmas del paraíso, IV)

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Apenas nos separa un delgado cristal y un par de metros de aire limpio, frío y ajeno, y parece como si toda la inmensidad del Gobi se extendiera entre nosotros con su inconmensurable presencia, querida. Hace escasos minutos que has entrado en la calidez de este local, que nos acoge cada noche como si de un útero amigable se tratase, con un suave revoloteo de pestañas, con un coqueto aunque discreto taconeo.

Tu aparición ha logrado, como tú ya sabías, captar la atención de todos los presentes; nunca falla. Las mujeres sisean sus viperinas envidias, su tan femenino despecho ante la hermosura ajena cuando los machos la admiran; nosotros, pobres polillas deslumbradas por tu luz, giramos hacia ti en círculos enloquecidos, sin esperanza y sin mañana, seguros de tu elección y deseosos de ella, tal es el espejismo que nos abrasa, la mentira magnífica que tejen tus ojos y tus piernas.

Te sabes admirada, adorada por sistema, y evitas mis ojos, que te contemplan con avidez, intentando no perder detalle sin llegar a ofenderte. No sé, ni me importa, cómo te llamas ni quién eres; de dónde vienes, a quién conoces y a quién no. Semejantes conocimientos no me hacen falta para enamorarme de ti, tanto más cuanto que sé que la mía es una lucha perdida de antemano, porque no repararás en mí más que para regalarme un sutil pavoneo, un elegante intercambio de miradas que me haga saber que sabes que te observo, y nada más.

Actúas para mí  -eso creo yo, al menos-  desplegando todos tus encantos con una sabia dosificación; alargas tu intervención como mostrándome el espléndido catálogo de mortales delicias que regalarías a tu amante, ese vergel lozano, fresco y sombrío en el que nunca podré recostarme, siempre hambriento de ti.

Y, súbitamente, con la misma rapidez con la que apareciste, decides abandonar la escena. Te incorporas, recoges tu bolso y te colocas, con un gracioso mohín, la pesada y espesa cabellera castaña que enmarca tu hermoso rostro; se acabó. Está claro que nos dejarás, a todos los aspirantes a amarte esta noche, con la miel en los labios. Te vas con un tipo que se me antoja insignificante, sin brillo ni interés alguno… como no podía ser menos, tratándose de otro macho rival.

Me hubiera gustado, amor, hablarte de mis jardines secretos, de mi búsqueda incansable; hubiera querido indagar en tu historia, en tu particular singladura, por saber cómo quererte; me hubiera ahogado felizmente en la prometedora oscuridad de tus negros ojos, luminosos y crueles, contento de mi última victoria, de mi postrer conquista.

Tal vez en otra ocasión, en otro tiempo, en distinto lugar. Quizá el contoneo de tus caderas vuelva a captar mi atención, o tu mirada hechicera repare de nuevo en mi, con distintas intenciones, en ese feliz día. De momento, apuro mi copa y guardo muy dentro un nuevo dolor, el de tu ausencia, bella desconocida. Lo pondré junto a muchas otras penas y esperaré a que el suave bálsamo del olvido borre el contorno de tu figura.

 

Relato finalista en el I Certamen Mundial de Excelencia Literaria MP Literary Edition, fallado en junio de 2015; publicado en la antología de finalistas de dicho concurso, obra incorporada a la Biblioteca de Autores Latinoamericanos.

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Tras los visillos (Fantasmas del Paraíso, III)

Ayer, durante uno de mis interminables paseos, reparé repentinamente en la presencia de aquella casa. Desde luego, el mero hecho de fijarme en su mole no tenía importancia alguna, puesto que paso junto a ella todos los días, dado lo repetitivo del recorrido que suelo describir. Sin lugar a dudas, sería la vergüenza de cualquier caminante que se precie, pero es lo que hay: me vale para fortalecer mis tristes piernas, y eso, de momento, es más que suficiente. Me ayuda, además, a concentrar mis pensamientos, a enfocar todo el poder de la mente consciente en muy diversas meditaciones sobre cómo ha transcurrido mi vida. Aun así, inesperadamente, el recuerdo me asaltó con la fiereza y la rapidez de un depredador, y me detuvo en seco, me obligó a pararme sobre mis pasos. Tras aquella ventana, en la oscura tibieza de aquella habitación, cuyo mobiliario puedo  recordar no sin cierto esfuerzo, disfruté por primera vez de los pechos de una mujer. Aunque me juré a mí mismo recordar perfectamente la fecha en cuestión, hoy día sólo puedo asegurar que corría el mes de agosto de 1975.

Durante aquel caluroso verano, y mientras nuestros mayores se preocupaban por la ya precaria salud del dictador, que presumían corría pareja al problemático futuro de nuestro país, yo tenía la mente puesta donde casi siempre la he centrado: en las mujeres, en esa eterna fuente de disgustos, de placeres y momentos maravillosos que siempre he tenido a bien adorar. En aquellos días que ya comienzan a azulear en la distancia, me tenía sorbido el seso concretamente una mocita que conocí en el barrio de la estación, y que me atrapó a las primeras de cambio gracias al brillo felino de sus ojos verdes.

Así, mientras el hombre que había regido los destinos de nuestro país con mano férrea y cruel durante cuarenta años se internaba irremisiblemente por su último y largo viaje, camino de la agonía y de la muerte, yo no escuchaba otra voz que no fuera la del torrente de hormonas que galopaba desbocado por mi sangre, urgiéndome a que te requiriera de amores cada vez con mayor insistencia, amiga mía.

No sé si nos pusimos previamente de acuerdo, no sé si sería fruto de nuestro creciente y mutuo deseo, pero, aquella tarde, tras el festín habitual de besos y caricias, y al tiempo que Carlitos Santana sonaba en el estéreo, nos decidimos por fin. Tomados de la mano, y temblando como azogados, nos dirigimos hacia el dormitorio que arroparía nuestro mutuo descubrimiento carnal. Sólo recuerdo una media oscuridad, un pequeño chorro de luz que entraba por la ventana  y se filtraba a través de los visillos, suficiente para vislumbrar el tesoro que yo ansiaba poseer. Te desnudaste con rapidez y yo hice lo propio, espoleado por un tremendo golpe de adrenalina que sentía perfectamente palpitar en mis sienes. Después, el delirio. Acariciar y besar aquella redonda calidez, contemplar detenidamente aquellos pezones oscuros y grandes, como de barro cocido,  aquel manjar divino que con tanto amor me ofrecías, fue  -y sigue siéndolo-  uno de los mejores momentos de mi vida, un recuerdo imborrable, un retumbar de alas de mariposa que perecerá conmigo, amada mía, envuelto por la hermosa sonrisa que se dibujaba en tu boca en aquellos instantes.

Cuando la temperatura alcanzó una zona peligrosa, nos obligamos a interrumpir nuestra fiesta privada por si acaso llegábamos a perder los estribos, decidiendo dejar las exploraciones más delicadas… “para la noche de bodas”. Aún me sonrojo al recordar aquello; aún siento vergüenza por haber sido tan iluso, tan estúpidamente inocente;  aún maldigo a la dictadura por emponzoñar a la generación de nuestros padres y a la nuestra con aquella suciedad que lo invadía todo, con aquellos turbios manejos que pervertían asuntos tan naturales e imprescindibles como el sexo, el amor, la libre expresión del cariño entre dos personas. Perdimos aquella oportunidad gracias a aquel ambiente represivo e incomprensible, y pudimos darnos por afortunados de haber sido tan atrevidos como para entrever, al menos, un pedacito de eternidad, un retazo de la maravilla que resulta de la comunión de dos seres humanos que se aman.

Tras aquella tarde mágica, vendrían muchas más. Todas acababan con un espléndido dolor en mis genitales, que a ti te hacía reír y a mí blasfemar como un poseso, sabiendo como sabía cuáles eran las soluciones al problema, y cuál sería la que pondría en marcha, la de siempre, la menos apetecible, la que más me alejaba de ti, querida. Y hablando de lejanías, yo fui quien desmanteló todo aquel amasijo de sueños y de deseos. Yo, con la impaciencia propia de un chaval de quince años, incapaz de esperar a que volvieras a vivir a Madrid tras acabar tus estudios; yo, con el amor inmaduro y endeble de un niñato, quería más y mejor, no me resignaba a tenerte sólo durante las vacaciones. Y así, con perfecto  conocimiento de causa, acabé con nuestra relación con una frialdad que aún hoy deploro, quedando de paso contigo como el grosero que nunca he sido. No fui capaz de entender la profundidad que requería amarte en la distancia siendo tan jóvenes; pese a nuestras cartas, el olvido empezó a carcomer mi frágil cariño y acabó por echarlo todo a perder. Una vez más; ni la primera ni la última, pero sí, paradójicamente, una de las más dolorosas. Hace poco te buscaba por internet, intentando localizarte, tener noticias tuyas, preso de un feroz ataque de nostalgia. Quería tomar una copa contigo, saber qué había sido de tu vida, incluso disculparme por haberte dado un gran disgusto, con pésimo estilo, hace casi cuarenta años. No conseguí dar contigo, preciosa, y lo siento. Las pistas sobre tu padre  -hombre famoso al cabo-  sí abundan en la red, pero no me pareció oportuno preguntarle sobre ti. Algo me dice que sigues viva, lo que me alegra infinito, por supuesto. Espero y deseo que tus hermosos ojos verdes sigan riendo como en aquel entonces, que tu linda boca haya besado con amor a alguien que te haya hecho feliz, que tu pecho generoso haya alimentado a tus hijos, dándoles la vida como a mí me la diste, que tu singladura haya sido plena y dichosa, porque te lo mereces.

Créeme, querida mía, jamás te olvidaré, aunque eso no valga ya de gran cosa. Nunca te agradeceré bastante el regalo que me hiciste aquella tórrida tarde de agosto: tu juventud primera, el manantial de vida que de ti brotaba. Bendita seas, donde quiera que estés.culllo

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Fantasmas del Paraíso

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“Regocijaos, oh jóvenes,en vuestra juventud…”

Eclesiastés

Pobláis la foresta de mis recuerdos como una tribu de mágicas amazonas, siempre dispuestas a manifestarse a la menor oportunidad, a arrancarme el alma a base de nostalgia, con ese dolor profundo y terrible que causa el certero conocimiento de que aquellos tiempos de ensueño ya no volverán jamás. Puedo ver todos vuestros rostros con cristalina claridad, mientras danzáis, hermosas y crueles, en la difusa frontera que separa, cada vez con mayor frecuencia, la realidad de la fantasía, lo vivido de lo soñado.

Os amé a todas, pero no todas me correspondisteis, no todas quisisteis compartir mi mundo, ni aceptar lo que os podía ofrecer, lo que os quería regalar. Pero, aun así, a ninguna guardo rencor: entre todas, me ayudasteis a hacerme hombre, me mostrasteis el camino a seguir, no siempre recto y claro, no siempre alfombrado con flores. Al calor de vuestros senos, aprendí a sentir la inmensa alegría de vivir, a disfrutar del magnífico latido de la vida, mientras iba recorriendo los arcanos senderos del amor, siempre iguales y siempre distintos, llenos de escurridizos diosecillos sonrientes y de afilados dientes de acero, que contemplaban mis progresos con mirada atenta y vigilante, prestos a utilizar su aterrador poder.

Por todo ello, he decidido, arrastrado por la fuerza tremenda que aun hoy ejercéis sobre mi vida, hablar de vosotras y de mi sin demasiados tapujos, con total sinceridad. No citaré nombres, como veréis, ni todas vosotras saldréis a relucir, por diversos motivos, aunque está más que claro que hay un lugar en mi alma para cada miembro de esta sensual tribu. Si tuviera que hablar sobre todos y cada uno de los hermosos ojos que llegaron a vencerme en alguna ocasión, que me capturaron en su hechizo, creo que no acabaría nunca: aunque nocherniego y algo taciturno, mi corazón jamás ha conocido ni el reposo ni el cansancio en lo que a semejantes lides se refiere.

Así pues, fantasmas del paraíso, fugaces damas aladas, jirones de hermosa niebla blanca y luminosa que me dais la vida, yo os invoco: venid una vez más a mí, prestadme vuestro poder y dotadme con el agridulce don del recuerdo; permitidme que os rescate del cruel olvido para que podáis lucir, una vez más, vuestras mejores galas ante mis ojos enamorados. Que brille vuestro antiguo esplendor, que reluzcan las diademas de vuestras frentes: bailad una vez más para mi, os lo ruego. Quizá así pueda romper el implacable sortilegio que me ata a vosotras, quizá así afloje la presa mortal que me impide olvidaros…