Publicado el

Caribbean Black

 

Germany's Escort Girls Anticipate Increasing Demand During World Cup

Kevin, un joven dominicano nervioso y membrudo, se mueve sin parar detrás de la barra de este pequeño local, que mi tribu de adopción ha convertido en uno de sus lugares favoritos en Bávaro.

Nada más llegar, nos encontramos con otro compañero de aventuras, que nos estaba esperando ya con un gin tónic en la mano para ir calentando motores.

-Buenas tardes, amigo -saludamos ambos.

-Hola, qué tal -saluda el otro, con su pelotazo a tiro.

-¿Como ha ido la tarde? ¿Te ha gustado lo que has visto, Mariano?

-Hombre, lo cierto es que vengo impresionado por muchos motivos, como podrás suponer -le contesto, saboreando aún la experiencia vivida.

-Y ahora creo que ha llegado la hora de irnos a tomar unos tragos algo más especiales que estos… -afirma mi otro amigo, guiñándonos un ojo.

Se dirige al camarero resueltamente.

-Oye, tío, ¿dónde se puede tomar ahora una copa con tranquilidad y con niñas guapas?

Dado que son solo las nueve de la noche, supongo que la pregunta tiene toda la lógica del mundo: al menos, en mi tierra, la clase de compañía a la que se refiere mi amigo tiene hábitos claramente nocherniegos, y entiendo que en estas latitudes el asunto será muy similar.

El camarero no se hace de rogar lo más mínimo. Le comenta a mi anfitrión que la noche anterior ha estado en un local que acaban de abrir y le da las indicaciones aproximadas para llegar hasta él. “Puras princesas…”, dice, mientras nos enseña por la sordi unas fotos de un bello torso de mujer desnudo que, según él, pertenece a una hembra que hizo suya la noche anterior.

Yo no trabajo mucho el asunto del puterío. No lo hago por convicciones morales o religiosas, sino porque no me agrada comprar sonrisas forzadas, y menos si se trata del amor y de esas otras zarandajas que hacen que el mundo se mueva y que la vida sea más agradable. A lo mejor es que soy un romántico, quién sabe. Si a ese argumento le añadimos el macabro espectro de la explotación de seres humanos que suele ocultar este tipo de negocio, el resultado en mi caso no puede ser otro que una contemplación más o menos discreta de las hembras en liza, pagar a un precio exorbitante algo muy de lejos parecido a una copa y escuchar diez minutos de tópicos femeninos supuestamente pícaros. En suma, charlar además un rato con quienes me acompañan sobre qué buena está aquella y qué horror aquella otra, es decir, diez minutos de tópicos masculinos supuestamente viriles. Y ello sin dejar de observar la realidad humana de estos locales y de estas mujeres, sabiendo que estás inevitablemente en el punto de mira de todas ellas. En el fondo eso es lo que más me interesa como escritor, porque en esta tesitura se suele dar un error grave, que con frecuencia no percibe el putañero entregado: la mercancía no son solamente ellas, lo que no tiene nada que ver con que sea el macho quien elija su acompañante.

Y por añadidura, aquí existen serios problemas de logística para acabar la velada con compañía femenina de alquiler. Los hoteles ponen caritas de no me jodas o te meten un rejón importante sin pestañear en concepto de suplemento; por otra parte, irse a casa de tu bella hetaira resulta impensable por motivos obvios, de manera que la única solución consiste en actuar in situ, en cutres habitaciones dispuestas al efecto, cuya descripción me ahorro, o visitar lo que los isleños llaman las cabañas, pequeños grupos de bungalows o apartamentos modestos donde, por un módico precio, puedes disfrutar de los placeres de Venus con cama, ducha y aire acondicionado. Por cierto, tengo entendido que las mejores de Bávaro son propiedad de un español. El mismo panorama que en la vecina Cuba, poco más o menos. (Perdón, se me olvidaba que el gobierno revolucionario y popular de El Caimán ha proclamado hasta la saciedad que en su isla no existe la prostitución, de modo que yo conocí y disfruté de la compañía de fantasmas femeninos, súcubos perversos, durante mi estancia allí. Seguro que lo eran).

Para llegar hasta dichas cabañas, hay que disponer de vehículo o de alguien que te lleve y te traiga, lo que tampoco me parece plan: que te depositen en el lugar de autos y que te recojan al acabar de perpetrar tu hazaña me resulta un tanto excesivo y no demasiado discreto, por mucha amistad que medie entre el chófer y yo.

Pero bueno, no lo dudamos mucho más. Saltamos al amplio todoterreno de mi otro amigo y nos lanzamos en medio de la noche del trópico, que ya nos envuelve con su tremendo calor. No sé por dónde estamos circulando ni hacia dónde nos dirigimos -creo que hacia Higüey- porque a mi despiste habitual hay que sumar la oscuridad que nos rodea y la charla que mantengo con mis dos colegas, que me impide concentrarme en muchas otras cosas.

Las imágenes que veo a través de las ventanillas son algo familiares ya para mí. Las calles de Higüey, mal asfaltadas y llenas de charcos, zumban poderosamente repletas de vida bajo el pésimo alumbrado público. Si el tórrido calor del sol aplasta a los habitantes contra el suelo de sus casas, inmovilizándolos, el relativo frescor de la noche les libera por unas horas de ese estado, y ellos lo aprovechan alegremente, con toda la fuerza de sus pulmones. Pequeños bares con suelo de tierra y terrazas a base de mesas y sillas desiguales y desparejadas, pregonan la bondad de sus productos, idénticos en todos ellos.  Sucias y macilentas bombillas iluminan a duras penas las tabernuchas en tanto que los parroquianos charlan a voces, manoteando y gesticulando como solo ellos saben hacerlo.

Grupos de chicas jóvenes, vestidas con chillones colores, pasean por las aceras bajo la mirada golosa de los hombres de todas las edades que vacían una cerveza tras otra en los tabucos, susurrándoles alguna que otra ordinariez de vez en cuando. Una multitud de olores golpea las fosas nasales; aromas de frituras, de verduras y, a ratos, el olor suavemente salado del manglar, llegan hasta el viajero para sorprenderle un poco más.

Todo es bachata, merengue, salsa; todos bailan, se divierten, retuercen sus cuerpos sudorosos bajo el indudable hechizo del trópico y beben sin solución de continuidad. Con  sus calles a medio terminar, llenas de solares en los que la miseria florece con venenosa abundancia, en medio de gallinas sueltas y perros famélicos que rebuscan entre la basura, Higüey, como otras zonas de este país, da la triste impresión de estar a medio acabar. Recuerda a esos barrios casi fantasmales que hay en algunas de nuestras ciudades, donde constructores sin escrúpulos, sin suerte o sin ninguna de las dos cosas, han dejado tras de sí promociones enteras de viviendas que no ocupa nadie. Destartalados, vacíos, con la tristeza que desprende lo que pudo ser y no fue; agonizantes y patéticos como un sueño suspendido en el tiempo, a medio realizar.

Mis amigos celebran entre risas que estamos llegando al “lado oscuro”, como ellos le llaman a esta parte de Higüey, que en realidad recibe el nombre de El Verón. Aquí se concentra la mayoría de los habitantes de esta zona, de recursos muy modestos en su mayor parte. Los empleados de los hoteles que no desean alojarse en los grandes barracones que las compañías les ofrecen, residen casi todos por aquí: es lo que sus magros salarios les pueden proporcionar. En el año 2013, el entonces jefe de la Policía Nacional, alertaba sobre los peligrosos focos de delincuencia haitiana que se estaban activando en el área, formados por numerosos fugados de los penales de Puerto Príncipe después del brutal terremoto de 2011, que malviven aquí en la clandestinidad y sin documentación alguna. Además, el problema se está enquistando, porque los haitianos apenas conviven en estas zonas con los dominicanos, que les desprecian descaradamente -les llaman “negros”- lo que propicia la creación de ghettos en los que ni la policía quiere entrar. El asunto, desde luego, presenta caracteres cuando menos preocupantes. En consecuencia, esta es la parte más peligrosa y tétrica de la localidad, aunque sus amenazante entrañas solamente se divisan después de observarla con detenimiento. De momento, para los turistas que conducen grandes coches no suele haber problema alguno, pese a que el mismo jefe de policía afirmó que Higüey, zona en la que está enclavada este barrio, tiene el nivel de violencia más alto del país seguido por el gran Santo Domingo, lo cual no es moco de pavo.

Después de dar un par de vueltas y de preguntar a dos lugareños que no tienen ni la más remota idea de dónde se halla lo que estamos buscando, nos acercamos a una calle estrecha y oscura que se abre junto a una gasolinera, es decir, junto a una bomba, como se dice aquí. Un moreno grandote y sonriente nos indica por gestos que aparquemos a nuestro gusto, cosa que hacemos acto seguido.

Bajamos del carro y el obsequioso portero nos abre camino hacia el local, cuyo nombre no recuerdo. Sí veo aún, con total claridad, el espantoso cartel de la puerta que, en tonos grises, rojos y negros, exhibe el nombre del local en un feo rótulo, rodeado de las supuestas bellezas que vamos a contemplar en el interior. Sonrío para mí; es muy dominicano eso de cuajar de fotos de mujeres las fachadas de las numerosas casas de putas y bares de alterne con que cuenta la isla. Normalmente, es propaganda tan falsa como cualquier otra, sea cual  sea el producto del que se trate y la zona del mundo donde se publicite, ni que decir tiene.

Y cuando se abre la doble puerta de aquella casa habitada por “puras princesas”, se nos caen los palos del sombrajo a los tres de golpe. Bajo unos focos pobres y escasos, y en medio de una atmósfera tan húmeda que parece estar repleta de niebla, media docena de veteranas aburridas se apoyan en veladores de madera esperando a sus enamorados. La otra media docena de mujeres que hay en el local son jovencitas que no sé si llegan a la veintena, poco agraciadas e impacientes por ganarse el pan. Todo está decorado en tonos rosas y un empalagoso ambientador redondea el tremendo panorama que diviso nada más entrar, ensordecido por la inevitable música caribeña. Cuando me giro hacia mis compañeros para preguntarles qué quieren beber, ambos me dicen que no con la mano y me señalan la salida de aquel averno. Así que emprendemos la fuga ante la mirada indiferente de aquellas pobres mujeres, las unas y las otras.

Mi anfitrión insiste en llamar a Kevin para acordarse de sus muertos por la recomendación, pero conseguimos disuadirle de su idea entre risas. No obstante, jura que la putada le va a costar al camarero un par de rondas a su cargo, y con eso queda apaciguado.

Ante el estrepitoso fracaso y preocupados por la diversión de su invitado, mis amigos me llevan hacia un nuevo putiferio, esta vez al aire libre y en medio del barrio. No recuerdo cómo se llama, pero está junto a un gran aparcamiento, y el centro de la amplia terraza está cubierto por una enorme palapa. Nada más llegar, distingo perfectamente a las camareras de la casa, porque todas ellas llevan una camarera naranja chillón con el logo del antro. Supongo que será a modo de advertencia contra los depredadores, como hacen algunos insectos venenosos -o mentirosos- en las junglas del mundo, que advierten de su peligrosidad con brillantes libreas. O quizá no sea más que otra manera de separar el grano de la paja, aunque por lo que veo a continuación mucho me temo que esa distinción es más bien sutil.

Se nos acerca una joven negra bajita y muy linda. Pregunta qué vamos a beber con una cara de asco francamente llamativa, y a mi me dedica una mirada asesina cuando le pido una botella de agua mineral. No tienen zumos ni infusiones y yo no bebo alcohol, de manera que mi elección es forzada, por lo que le devuelvo la mirada con sumo placer y con toda mi educación. Mis amigos se decantan por la cerveza, más difícil de adulterar que las copas largas, que como es lógico estas tutis te traen ya servidas con sospechosa rapidez.

Sentados en un alto velador, me dedico a otear los alrededores como un halcón desde su percha, presto a captar esos detalles tan significativos que busco siempre en cualquier grupo humano. Hay mucha gente bailando en la pista y tomándola en varias barras, atendidas todas ellas por una nube de camareras. Me llama la atención una guapísima joven que está detrás de nosotros. Lo cierto es que no acaba de parecer una lumi al uso, aunque sin duda alguna lo es; me resulta más atractiva y elegante que el resto de sus compañeras, que revolotean por el local luciendo sus discutibles encantos. Es una morena alta, con un tipo espectacular, que no ha cumplido los veinticinco. Lleva un vestido vaquero de una pieza, sin sujetador y muy escotado; sus largas piernas acaban en un par de sandalias de tacón muy alto y sus ojos oscuros escrutan a los clientes del local con la habilidad que otorga la práctica, al tiempo que delatan sus pensamientos. Se aparta del rostro la pesada y oscura melena cada dos por tres, consciente de su embrujo.

Unos de mis amigos le guiña un ojo y le hace una seña; se nos viene encima como un ciclón, claro. Se agarra como una lapa al osado aventurero y comienza una susurrante charla con él, mientras esquiva con facilidad sus lascivas aproximaciones, siempre sonriendo. Hay mucho oficio aquí, me parece. Pero no hay bisnes; la joven suelta a mi amigo con tanta celeridad como le había trincado y vuelve a su mesa, visto que mi otro acompañante y yo le sonreímos sin excesivo interés.

-Venezolana -me dice el valiente.- Aquí están triunfando en toda regla; a los isleños les encantan, creen que les da mucho caché hacérselo con una venezolana…

-Bueno, parece que no solo les gustan a los isleños…-bromeo.

-Es que me ha pedido mucha pasta, ya sabes -se excusa mi amigo-. Más de cincuenta euros es una pasada…

Asiento sin decir ni mus. No es que tenga muy clara la cotización de las putas, ni en Dominicana ni en Timbuctú, pero cada uno gasta su dinero como le place, por descontado. Todo depende del precio que le pongamos a la dignidad de la carne humana, suponiendo que lo tenga, ¿no?

-Pues cómo tiene que estar el patio en Venezuela para venirse hasta aquí… y trabajar en esto -reflexiono en voz alta.

-Sí, la cosa debe estar cojonuda -opina mi otro amigo.

En ese momento, la pista de baile está casi vacía y de súbito me llama la atención una pareja que se halla en su mismo centro. Ella es una americana bajita y tocha, con un sombrero de paja al cuello y grandes tetas. Parece que está bastante mamada, y baila descalza alrededor de un mulato alto y delgaducho que a duras penas soporta sus envites; al menos, eso creo distinguir en su serio rostro. Eso a ella le da igual; agachada y al ritmo de no sé qué empalagosa bachata o similar, frota su orondo culo contra la pelvis del moreno con tantas ganas que le mueve hacia atrás, al tiempo que cierra los ojos y canturrea; cuando comienza a trastabillar y está a punto de caerse, su sufrido galán la sujeta y le da la vuelta en un forzado paso de baile, supongo que ya hastiado del culo fondón que con tanta ansia le busca. Vano consuelo; la bacante le echa los brazos al cuello, empinándose para alcanzarle, y le ataca la boca con gula; está despeinada, sudorosa y decidida a todo. El otro la sujeta a duras penas y tira de ella hacia fuera de la pista; ambos se pierden entre la muchedumbre que se agolpa en una de las barras, unidos en un mortal y caluroso abrazo de borrachos. Las cosas del querer.

Las cervezas se acaban y llega la hora de pagar. No me dejan que yo lo haga de ninguna de las maneras, así que uno de ellos pide la cuenta. Reaparece la camarera que nos atendió y nos dice lo que debemos con el mismo careto con el que nos atendió. Cuando le da la vuelta a mi amigo, este se la devuelve; ella se queda mirando el dinero y entonces el jetuño con el que nos obsequia sí que es para recordarlo. Vuelta a mirar el belule y vuelta a mirar a mi compañero; al final, las monedas van al suelo una tras otra. Nos regala otra furibunda mirada y desaparece entre el gentío meneando el culo, muy cabreada.

Me doblo de la risa, no lo puedo evitar.

-Creo que has vuelto a triunfar por segunda vez… -le pincho. Mi otro amigo se monda.

-No te jode… sí, hombre, me iba a costar más ella que la cerveza, no te jode… -dice, muy indignado.

Salimos de nuevo a la noche caribeña. Mientras caminamos hacia el coche, uno de mis compadres propone volver a nuestra base en Bávaro: hay que seguir tomándola, porque aún es pronto, y tenemos que darle un par de cogotazos al amigo Kevin en justa compensación por sus acertadas sugerencias.

No tengo inconveniente alguno en volver a terreno conquistado y afrontar tranquilamente todo lo que la noche me ofrezca, incluyendo abroncar a Kevin. Mis juergas ya no son lo que eran, por desdicha; no fumo y no bebo, de modo que pierdo el tren de muchas conversaciones y suelo ir un poco por detrás de los acontecimientos, porque mis colegas se colocan y yo no. Pero procuro no bajar la guardia y seguir disfrutando, en la medida de lo posible, de la parte del día que más me ha gustado desde siempre.

Ya solo me quedan un par de días de estancia en esta tierra mágica. Camino de nuestros pagos, voy pensando en la jornada de hoy. Creo que la imagen que me llevo  de la República Dominicana en este mi segundo viaje no estaría completa sin un cierto acercamiento a la oscuridad que encierra, por otra parte no mucho más sórdida que la de cualquier país del orgulloso Occidente, aunque agravada por la pobreza y la miseria. Me atraen con fuerza las luces del lujo y de la buena vida, y disfruto con ganas de todo ello, tanto más cuanto más viejo me hago. Pero uno no puede olvidarse de la realidad que el turismo para millonarios enmascara con boato y oropeles, porque en ella reside el auténtico espíritu de la nación que visita. Negarlo y no salir en su busca del inmenso resort que te acoge es tanto como quedarte con la mitad de la escena, con una versión arteramente mutilada de la humana comedia.

Supongo que volveré a esta acogedora isla en breve. Para esa ocasión, me traeré mi carnet de conducir internacional y una completa póliza de seguros de accidentes de automóvil, naturalmente. El coche lo tengo resuelto. Queda mucha, muchísima isla por recorrer y, quién sabe, a lo mejor surgen historias legendarias que contar.

Sé que acechan, esperando al viajero que las descubra, en la terraza humilde de cualquier bohío o enredadas en el pareo multicolor de una mujer de mirada ausente que fuma junto a la piscina del hotel, cubierta con una gran pamela blanca.

 

 

 

 

 

Publicado el

Caribbean Blue

mar-caribe-mexico-sonido-misterioso

-No estamos de acueldo, helmano; solamente tienes que confiar en el Padre, orarle mucho y pedirle mersede; Él proveerá.

-Sierto. El hombre lo pué toó con la ayuda de Dios.

-Sí, pero fíjense en el rey David; él no pudo erigir el templo del Padre po’que tenía las manos manchadas de sangre. Antes de obrar, hay que arrepentirse de corasón, po’que el Salvador ve la mentira en el alma de sus criaturas, nosotros…

Los tres morenos departen amigablemente bajo el toldo vegetal de la pequeña palapa en la que venden atracciones turísticas. Mientras repasan con unas grandes tijeras de podar los bordes irregulares del tejado de palma, mantienen una conversación sobre asuntos religiosos que resulta del todo surrealista encastrada en semejante escenario y con protagonistas vestidos como ellos. La seriedad con la que se pronuncian sobre cuestiones tan solemnes me parece de lo más chocante, y les escucho un tanto perplejo desde mi tumbona. Se me olvida que estamos en la República Dominicana y que estas buenas gentes tienen profundos sentimientos religiosos sobre los que les encanta charlar con un empaque sincero y algo enternecedor. Infinidad de capillas, pertenecientes a todas las ramas del cristianismo, florecen en cada apartado rincón de la isla, situadas en el interior de templos profusamente decorados y con nombres tan rimbombantes que harían enrojecer a cualquier católico acendrado. Bueno, no es mi caso.

Son las nueve de la mañana y, muy en contra de mis horarios habituales, llevo ya casi un par de horas disfrutando de la maravillosa temperatura caribeña. Acomodado perezosamente en una larga tumbona, me debato entre mis deseos de irme a la playa y la imposibilidad casi física de moverme, tan relajado y tranquilo estoy en esta zona de la piscina. Es una de las muchas que alberga este complejo. Lo primero que hice, nada más llegar, fue dedicarme a explorar los alrededores. Como un caimán viejo y taimado, busqué detenidamente los rincones más solitarios de todas las piscinas que el resort atesora, para elegir al final una de las menos frecuentadas por la ruidosa clientela del hotel. Y allí, en ese punto favorito a pleno sol, me zambullo silenciosamente en el agua cada vez que me apetece, dejándome arrullar por su murmullo alegre de masa acuática domesticada, limpia y al servicio del hombre. Procuro permanecer ajeno a la casi totalidad de cuanto me rodea, y filtro sin piedad, a base de utilizar mis sentidos, la ingente cantidad de estímulos con los que el trópico me bombardea a cada momento. Molestos en particular resultan los yanquis borrachos que vocean su bronca alegría y su empacho de alcohol, pero son consustanciales al paisaje, de manera que habrá que aprender a ignorarlos. Es imposible de todo punto captar una conversación medianamente interesante entre ellos, por lo que me consuelo con los pronunciamientos evangélicos de los morenos.

Me llega un mensaje de mi hermano. Aunque él no podrá asistir por motivos de trabajo, sus amigos españoles, a los que he conocido hace un par de días, cuentan conmigo para degustar una paella. El asunto resulta un tanto chusco pero tiene fácil explicación. Un empresario mallorquín, que triunfa con su negocio de informática en la isla, se aburría como una ostra y decidió abrir un pequeño restaurante en Bávaro. Allí enseña a sus empleados, todos dominicanos, a cocinar platos típicos de nuestra cocina. Claro está, no podía faltar la paella.

Uno de los amigos de Luis me recoge amablemente en la puerta del hotel. En diez minutos estamos sentados a la mesa y encargando las bebidas. Una simpática mulata me pregunta que qué quiero beber, mientras la negra de rostro más hermoso y de piel más oscura que he visto en mi vida nos sonríe con una boca perfecta y comienza a servir los entrantes. Le contesto a la mulata que quiero té, y me dice que de qué clase. Rojo o negro, claro, pero resulta que solo tiene verde, cosa que averiguo cuando se vuelve a acercar a mi con las manos llenas de sobres, incapaz de encontrar entre ellos lo que le estoy pidiendo. Sea, pues; vamos a darle al té verde; si es posible, con hielo o helado, por favor. Me sabe un poco a hierbajo, pero es lo que hay. Al instante, aparece con un vaso de whisky lleno de agua helada, en el que sobrenadan tres cubitos de hielo tamaño familiar y un sobre de té, tristemente arrumbado entre los monumentales icebergs. Me percato de que el mejunje no ha hervido y se lo hago saber, por supuesto; se me queda mirando como si yo fuera marciano y, para evitar males mayores, le comento que no será el último té que me beba comiendo y que si es tan amable, que prepare una buena cantidad. Sonríe con amabilidad y me hace, según puedo comprobar algo más tarde, el mismo caso que si oyera llover, cosa que ocurre aquí cada dos por tres y a diario. Durante la comida consumiré otros cuatro o cinco tés, que siempre vendrán servidos en distintos tipos de envase, en vaso o en taza, con y sin hielo, con el hielo dentro o aparte y con el agua más o menos caliente, en hilarantes combinaciones con repetición de cuatro elementos tomados de cuatro en cuatro, que diría un matemático. Con lo difícil que resulta hacer las cosas así, joder. En fin, es algo perfectamente inherente a la idiosincrasia del Caribe, qué le vamos a hacer. Menos mal que los entrantes están bastante bien y que la paella tiene un digno pasar.

Acabada la comida, y como es un día de diario, cada mochuelo a su olivo. Mis nuevos amigos se disponen a retornar a sus quehaceres, pero uno de ellos me indica que si quiero tomar una copa con más tranquilidad, él mismo me acercará después al hotel. No puedo beber alcohol, por desdicha, pero me encantan las sobremesas. En el Caribe y con personas que apenas conozco, no es una oportunidad que vaya yo a desaprovechar.

Se anima la conversación mientras corren los tragos. Esta amable banda tiene la bárbara costumbre de comer o cenar sorbiendo bebidas largas, de manera que se han metido la paella entre pecho y espalda empujándola con vino, whisky y vodka con chinola, es decir, maracuyá. A pocas copas más que caigan, se olvidarán las precauciones y las convenciones sociales. En lo que a mi respecta, además de no estar bebido en absoluto, el asunto me la trae al pairo puesto que en esta tierra no me conoce nadie. Poca o ninguna apariencia voy a guardar entre estas palmeras cuando tampoco lo hago en mi hoy lejana patria.

Agotada la charla, llega el momento de volver a mi hotel. El amigo que me ofreció acercarme me mira fijamente.

-Mariano, ¿quieres conocer más de cerca la realidad de Dominicana? -pregunta, solícito.

-Naturalmente. ¿Quién dijo miedo? Es mi segundo viaje a la isla y lo cierto es que no la he visto de cerca.

-Pues ya estamos tardando; vámonos.

-¿Y tu trabajo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta. Es un hombre de negocios de éxito, su propio jefe.

-Déjame que haga un par de llamadas y lo arreglo -me dice, mientras echa mano al teléfono.

-Faltaría más. Yo soy un hombre fácil, ya tú sabes, mi amol…

Dicho y hecho. En pocos minutos, estamos sentados en su coche, camino de las zonas más impresionantes de la isla. Pasamos junto al aeropuerto de Punta Cana y mi amigo comienza su relato. Una familia siciliana llegó a Santo Domingo a mediados de los años cuarenta. Impresionados por la belleza casi virgen de estas tierras, se dedicaron a comprar terrenos a destajo, o a apropiarse de ellos por métodos poco ortodoxos, por decirlo de una manera suave, si los propietarios se resistían a vender. Al menos, eso es lo que se cuenta por estos pagos. Dotados de  una poderosa visión de futuro, vislumbraron en sus blancas playas un emporio turístico, una mina de oro que refulgía ante los ojos de su imaginación. La piedra angular de ese imperio fue el aeropuerto. Situado a once kilómetros escasos de Punta Cana, es el primer y único aeropuerto privado del mundo, y controla el sesenta por ciento del tráfico de viajeros que entran y salen de la isla. El volumen de negocio que genera es, por tanto, monumental, gigantesco. A destacar que cuenta con su propia seguridad privada, claro está, y que entre sus muros los deseos de sus dueños son ley indiscutible e indiscutida.

Mientras mi amigo me va contando esto, seguimos avanzando por la carretera en dirección al Punta Cana Golf Resort. Antes de llegar al club propiamente dicho, circulamos por grandes bulevares custodiados a ambos lados por la omnipresente selva, espesa y lujuriosa, mucho más densa que en otros lugares de la isla. Salvamos un par de barreras y observo el aspecto de los vigilantes de seguridad que las guardan. No son ni siquiera parecidos a los que he podido contemplar en los complejos hoteleros y en los centros comerciales que conozco. Jóvenes y algo menos jóvenes, todos ellos tienen una dura expresión en el rostro y miran con desconfianza y agresividad al viajero. Contestan de mala gana, casi rozando la grosería mientras acarician inconscientemente la culata de sus pistolas. Me comenta mi amigo que forman parte del auténtico ejército privado que vigila esta zona privilegiada de la isla, armados hasta los dientes y militares en su totalidad, lo que confirma mis sospechas en ese sentido.

Tras una corta charla con estos sujetos, que conocen a mi amigo porque fue propietario de una parcela en esta finca inmensa, aparece ante nosotros el club social de la urbanización. Me quedo parado sobre mis pasos. Es un enorme edificio, con una escalinata central y una terraza magnífica a la que se accede después de atravesar un hall de dimensiones similares. Está edificado con bloques de piedra de un ligero color terroso muy atractivo, y decorado con mucho gusto a la manera colonial, sin los barrocos excesos tan propios de esta tierra. Y al salir a la terraza, me encuentro suspendido en uno de esos momentos de rara y auténtica belleza en los que todo parece encajar a la perfección.

Nada parece estar fuera de lugar, nada chirría, nada entorpece el goce de los sentidos aquí y ahora. Frente a mí y bajo mis pies, una gran piscina, ya pasto de las sombras, acoge a cuatro o cinco jóvenes de cuerpos esbeltos y tostados por el sol. Están lánguidamente recostados en grandes sillones de caña y mimbre mientras sorben sus bebidas y fuman cigarrillos y puros. Su lenguaje corporal muestra ese cansancio sensual y delicioso que suele rematar un buen día de playa en excelente compañía. Hay un par de mujeres que me llaman la atención por su belleza, por la desusada perfección de sus formas. A mi derecha, un tipo rudo y desagradable, vestido como un auténtico gañán, vocea algo en un idioma que me parece ruso y en dirección al grupo, aunque nadie le contesta, porque los jóvenes están hablando en italiano. Pasada la piscina, el mar. Un Caribe que todavía muestra una gran barrera de redes que colocaron días atrás para evitar la marejada de algas que suelen provocar los huracanes, aunque las blancas rompientes que se divisan a más de trescientos metros de la playa revelan parte del secreto de este lugar: lo escogieron para construir el club precisamente por las barreras rocosas que aminoran los efectos tremendos del clima desatado. Y antes de poder pisar la limpia arena, una gigantesca pradera de lujurioso e impecable césped lo viste todo de verde. Grandes y suaves dunas que se alternan con los bankers propios del campo de golf; hoyos de una belleza espectacular, como el que se encuentra en el lago central de la urbanización; todas las mansiones -esplendorosas, de ensueño- que se divisan desde la terraza, pueblan la magnífica extensión verde, cobijadas entre bosques de palmeras y otras especies arbóreas de la isla, como joyas que resplandecieran bajo la dorada y dulce luz de la tarde, que ya desfallece lentamente.

Es una visión de ensueño y siento una grata sensación de paz que nunca había percibido en lugar alguno, tan perfecta es la belleza del conjunto, tan poderosa la armonía que emana de él. Es cierto que se trata de un monumento más a la vanidad del ser humano, es cierto que los orígenes de tanta hermosura pueden ser un tanto oscuros, pero he de reconocer que las tinieblas que se agitan en la trastienda de este mágico panorama se diluyen en su espectacular grandeza. La parte de abajo de esta construcción alberga un inmenso spa, con todo tipo de tratamientos de belleza. Atendido por guapas profesionales vietnamitas, es propiedad de la mujer de un famoso cantante español que cuenta con mucho predicamento entre los amables isleños. Nos saludan cortésmente mientras giramos una rápida visita por las instalaciones.

El restaurante es bastante caro pero todo el mundo puede acceder a él; en general, si comentas en la barrera de entrada que quieres comer allí, no suelen ponerte inconvenientes a la hora de entrar. Y pensando en volver a visitarlo antes de que mi estancia en el Caribe toque a su fin, salimos del club social.

Mientras nos dirigimos hacia la salida de la urbanización, siguen martilleando mis retinas las soberbias construcciones que se alzan en ella. Las parcelas tiene una extensión mínima de cuatro mil metros cuadrados, de los cuales el nuevo propietario se comprometerá a construir un mínimo de dos mil, y lo hará en el mismo contrato de compraventa, que incorpora además algunas cláusulas muy particulares. Todas ellas explican el éxito de la empresa gestora de toda esta maravilla, que pertenece también a la citada familia siciliana. Dicha empresa proporciona, en exclusiva y fijando ella misma los precios de los servicios sin cortapisa alguna, el suministro de agua y de luz, la retirada y gestión de basuras y la seguridad del complejo. Además, obliga al propietario a suscribir un cuantioso seguro de accidentes y de daños cuando acaba de edificar su casa, y se reserva el derecho de quedarse con el montante de una hipotética indemnización, que debería corresponder al dueño de la mansión siniestrada, en concepto de adelanto para una próxima compra de terreno en la misma urbanización. Como puede verse, auténtica mafia siciliana en su versión más elaborada y moderna. Eso sí, absolutamente nadie molestará a quien posea una propiedad aquí; no tendrá problema de tipo alguno cuando disfrute de su casa y jamás sufrirá un corte en el suministro de energía, todo ello por un precio módico, que oscilará entre los dos mil y los ocho mil dólares al mes. Negocio redondo para quien se lo pueda permitir: pagas una fortuna y vives con total tranquilidad.

Eso explica la abundancia de altos cargos militares que residen por aquí, a pesar de que con sus sueldos oficiales no podrían pagar ni la factura de la luz de la más modesta de las mansiones que se ven en este enorme emporio. La corrupción es el pan nuestro de cada día en esta zona del mundo, y la cosa no tiene aspecto de ir a mejor, antes bien al contrario.

Conduciendo lentamente junto a casas valoradas en cifras astronómicas, que se sitúan entre dos y veinte millones de dólares, vamos saliendo de la urbanización. Me duelen las sienes con el impacto sensorial de tanta magnificencia, de tanto lujo desaforado y alegremente soberbio, y siento que una envidia verde y macilenta me roe los talones. Esto es lo que hay, para esto valen el éxito y el dinero, y dado que carezco de ambos, me toca bailar otro son distinto. Los malencarados tipos de la última barrera nos saludan al salir y nos dirigimos hacia el Village, que es donde vive mi amigo.

Llaman así a este barrio porque recuerda vivamente a uno cualquiera de los pequeños pueblos americanos que tan acostumbrados estamos a ver en el cine. Largas calles con arbolado y cuidado césped; casas de madera blanca y grandes ventanales, con uno o dos coches aparcados en la rampa del garaje, y grupos de niños montando en sus bicicletas bajo la mirada atenta de la seguridad privada. Una iglesia con una gran cruz en la parte superior de su tejado y un colegio, del mismo estilo que las viviendas, completan la ilusión que proyecta el barrio: por un momento, podrías creer que te encuentras en el extrarradio de Miami, por ejemplo, aunque el suave acento español de los lugareños disipa súbitamente el ensueño. Y junto a la parte residencial, un moderno conjunto de edificios de negocios y de pisos de lujo, en grandes y amplias avenidas de aspecto impecable. En uno de los bloques centrales tiene su sede el grupo empresarial que controla esta parte de la República Dominicana, cómo no. Aquí la vida es cara, selecta y reservada para unos pocos.

Mi amigo me sonríe, acabado el tour por el enorme centro comercial, plagado de grandes firmas, que acaban de inaugurar en pleno Village. Está claro lo que es: una enorme lavadora de dinero, llena de magníficas y caras tiendas en las que absolutamente nadie compra nada, puesto que resultan prohibitivas para casi todo el mundo, habitantes del Village incluidos. Tan solo unas pocas personas comen hamburguesas en esas furgonetas que tanto gustan por aquí, de cuyos costados abiertos surgen infinidad de comidas y de bebidas de dudosa calidad.

Y me sonríe porque es un hombre de mundo. Hace muy poco que nos conocemos, pero llevamos enfrascados en una interesante conversación toda la tarde gracias a su amabilidad, y tiene muy claro que quiero ver la otra cara de este país, que no me conformo con el tentador espejismo a través del cual acaba de guiarme. Ya conozco las luces y ahora quiero sumergirme en las sombras; sin las unas, las otras carecen de sentido; sin el concurso de ambas, la realidad que aparece a la vista del viajero no es más que una imagen distorsionada e incompleta, un trampantojo más o menos elaborado.

De manera que nos encaminamos al pequeño pub que nos servirá de base de operaciones en Bávaro, porque allí hemos quedado con otro amigo que quiere acompañarnos en un desquiciado viaje hacia la parte más lóbrega de Bávaro. Pero esa es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado el

La Vie en Rose

Son las ocho de la tarde y llueve como si no hubiera un mañana. Cae agua con una furia ciega; parece que el cielo tiene prisa por volcar todo el líquido que le sobra encima de nuestras cabezas. El gran voladizo bajo el que me hallo tiene alguna que otra sutil gotera, y de vez en cuando alguna gota traviesa me golpea, haciéndome respingar con su agradable frescor. Frente a mi, unos cuantos currantes del complejo en el que me alojo recogen apresuradamente unos instrumentos musicales y tapan con fundas los amplificadores y micrófonos. De momento, nada de conciertos; el agua no quiere oír más ruido que el de sus gruesas y cálidas gotas al golpetear alegres contra el suelo.

Pero ninguno de los numerosos clientes que abarrotan las sillas y mesas de la galería cubierta se inmuta lo más mínimo. Tienen claro que la actuación tendrá lugar en breve, en cuanto escampe: esto es el Caribe, señores, y aquí los aguaceros copiosos y pasajeros son cosa de todos los días durante todo el año. Efectivamente, a los diez minutos escasos, ni una sola nube enturbia el azul Prusia del cielo. Una luna redonda y limpia se deja ver con plateada claridad; su luz recorta nítidamente las siluetas de las palmeras, que agitan sus largas melenas verdes con un ritmo tranquilo y sincopado. Estamos a veintiocho grados, y la escala higrométrica marca un setenta y cinco por ciento de humedad, de manera que el calor está presente por todas partes, acompañado por una sensación de densidad que es común a estos tipos de clima. En lo que a mi respecta, sin problemas. Cada vez me atrae más el buen tiempo, sentir el sol sobre la piel y disfrutar de la alegría que proporciona la justa cantidad de calor. Adoro enterrar los pies en la arena de la playa y tostarme concienzudamente bajo la alegre luz del sol como un lagarto viejo y rancio, pero lagarto al fin. Pese a mis viajes de caza y a la pasión que siento por el monte, la edad no perdona. Supongo que mi afición a los climas cálidos viene también dictada por los años que voy cumpliendo, qué le vamos a hacer.

Pero lo que en realidad importa, por supuesto, es que he vuelto al Caribe. Llegué ayer a la República Dominicana, después de un largo y aburrido viaje en avión. Gracias al cariño y a la generosidad de mi hermano Luis, ando de nuevo por estos pagos. Me he acostado tardísimo, a la una de la tarde hora española, porque tenía trabajo que entregar sin demora alguna. Dado que el día anterior en España tampoco había dormido nada, en cuanto he cerrado los ojos me han dado las uvas descansando. Hoy no he disfrutado del día porque lo he empleado en reparar el viejo andamio que sujeta mi devenir. Me he levantado sin prisa, me he dado una buena ducha y he bajado a comer con mi hermano sobre las cinco y media de la tarde hora local. Bueno, yo he comido y él ha mirado, porque como es lógico Luis ha seguido su horario de todos los días.

Comemos en un estupendo restaurante italiano y saboreo con placer los platos que he encargado. El chef, atento a la jugada, ha salido a saludarnos y a preguntar qué había pedido, por aquello del lucimiento personal con el hermano del director. Y se nota su esmero y su buena intención, sin duda alguna. Entran tres músicos de la tierra con la sana intención de ganarse un dinerito y amenizarnos la velada. Perfectamente entrenado su instinto de supervivencia, se dirigen casi sin dudarlo a una mesa a la que se sientan cuatro parejas de americanos maduros, que cenan entre risas y brindis con copas rebosantes de vino. Uno de los morenos ataca, con buena voz, La Vie en Rose, perfectamente traducida al español, mientras dedica la canción con simpático descaro a una de las comensales que, muy ruborosa, atiende al cantante cruzando las manos tímidamente sobre su regazo. De súbito, oigo al Ruiseñor de Montmartre con toda claridad, y distingo tu rostro querido muy, muy lejos, en algún punto de la inmensidad azulada que ahora nos separa. Por extraño que parezca, te siento cerca de mi.

Después de la cena, Luis se va a la fiesta de empleados del hotel, porque aunque parezca mentira bajo estas palmeras y con este calor, estamos en Navidades aquí también. Para mi serán venturosas hasta mi vuelta a España; aquí me ahorro los continuos anuncios de perfumes, ropa y juguetes, los inanes mensajes de paz en la tierra y demás soplapolleces que nadie se cree y las continuas carcajadas demenciales del pederasta barbudo vestido de rojo, viejo y gordo, epítome de lo que es un rubicundo tonto del ciruelo. Sí, adoro la puta Navidad, su parafernalia y su insufrible mercantilismo de tercera.

Y no es que en esta tierra extraña y soleada no la celebren. En realidad, cualquier excusa es buena para que estos amables isleños se líen a festejar, cantar, bailar y, sobre todo, beber y aparearse, cosa que adoran y que hacen a las mil maravillas. Además, como los clientes americanos son mayoría en este hotel y en todos los de la isla, hay que hacerles el rendibú y celebrar estas fiestas con la cursilería que estos niños grandes adoran. De cualquier manera, el cambio de paisaje y de paisanaje priva de algunas de sus mejores armas a esta fiesta lamentable, esa es la verdad: no logro creerme el mes en el que estoy cuando veo muy cerca de mi una bella playa, una orgía de azul, verde y blanco que acaricia los sentidos. La Navidad la dejo aparcada hasta dentro de quince días, algo es algo.

Sorbo despacio un sabroso té helado -a la fuerza ahorcan- mientras contemplo las evoluciones del grupo de músicos que, pasado el chaparrón, atacan de nuevo su tarea. Limpian el escenario con una cantidad inverosímil de papel de cocina en grandes rollos; me da la impresión de que van a desgastar en poco tiempo la gran tarima elevada, porque siguen enjuagando un agua ya evaporada durante cinco minutos largos. En fin, cosas del Caribe. Más que seco ya el asunto, destapan sus instrumentos y se enredan con agradables versiones de temas rockeros y latinos. Claro, no puede faltar el insufrible Despacito, pero es lo que hay. Dos o tres parejas de yanquis mamados hasta las trancas intentan unos torpes pasos de baile, iniciativa que al poco abandonan entre carcajadas, vista su imposibilidad. Tan solo dos abueletes siguen entregados al asunto, con el torpe fervor que los ancianos le ponen a estas cosas. El abuelo gira y gira, la camisa abierta hasta la cintura, los pantalones flojos, mientras la suave brisa le despeina los cuatro pelos que le quedan. Parece un sabio loco feliz y desinhibido, y sonríe sin mirar a nadie en particular a través de sus sucias gafas, siguiendo el ritmo de la música con la cabeza. Se siente poderoso y joven, arropado por el alcohol que circula por sus viejas tuberías. Viéndole moverse, da la impresión de que está bailando otra canción distinta a la que ahora suena, pero eso da igual. Brindo por él y por sus ancianas pelotas, por su épica carencia de sentido del ridículo. Su compañera, algo más comedida -mujer al fin-, baila también sin parar, aunque para ella está claro que el asunto consiste en una prueba de fondo: administra cuidadosamente su fuelle porque sabe que la noche es larga,, mucho más en el Caribe.

Después de otro té, emprendo la vuelta a mi hotel. Carricoches de ocho o diez plazas circulan continuamente por las entrañas de este enorme complejo hotelero. Llevan a los clientes de una parte a otra, de una a otra atracción, saltando con rapidez entre los puntos de interés del resort. Pero prefiero ir dando un tranquilo paseo por la gran avenida que, festoneada de grandes palmeras y cuidado césped, me llevará hasta mi habitación. Todas estas palmeras están forradas, hasta casi la mitad de la altura de sus troncos, de pequeñas luces blancas, azules y malvas. El efecto es muy agradable, casi relajante: luces que brillan con intensidad en el húmedo ambiente de la noche del trópico, en una atmósfera densa que huele a selva y a sal, indicando al viajero el camino a casa. Si las pierde de vista, el cercano manglar, que abre sus oscuras fauces a pocos metros de distancia, espera paciente al descarriado para coronarle de algas y de nenúfares en su seno oscuro.

Mañana, cuando el sol golpee frenético mi ventanal, será un día distinto y nuevo. Me esperan la piscina, el mar susurrante, la playa resplandeciente de puro blanco, y quién sabe cuántas cosas hermosas más. Vivir es un magnífico deporte, aunque a veces resulte un poco agotador.

Publicado el

Tremendo mambí (iii)

Havana-1202933757-L

“Sufro la inmensa pena de tu extravio,
siento el dolor profundo de tu partida,
Y lloro sin que sepas que el llanto mio
Tiene lagrimas negras,
Tiene lagrimas negras como mi vida.”

Lágrimas negras.

Miguel Matamoros, 1930

La noche habanera es cálida y llena de rumores, de susurros húmedos, de deseos inconfesables. Todas las noches de todos los puertos de mar lo son, merced a las sirenas que habitan sus aguas. Camino de la famosa Bodeguita, calle Empedrado número 206, esquina con Cuba y San Ignacio, veo con súbito temor que las luces del establecimiento están apagadas. Y, efectivamente, está cerrado, cerrado a cal y canto. Vale, no es lo que se dice un buen principio, pero quiero pensar que en el transcurso de los quince días siguientes ya habrá ocasión de repetir la visita y de triunfar en nuestro empeño. Faltaría más: no probar el mojito o el ajiaco del establecimiento sería algo imperdonable, ni más ni menos.

Media vuelta y a seguir explorando los alrededores del hotel. Caminamos despacio, sin prisa, saboreando todo el nuevo mundo que nos envuelve y nos observa con tanta o más curiosidad que nosotros a él. Ante nosotros, como silueteado contra la oscuridad que todo lo invade, comienza a revelarse el rostro de la urbe. Las calles están iluminadas con una luz mortecina, amarillenta, que solamente brillará con algo más de fuerza en las avenidas principales. El suelo es irregular y está en mal estado: aquí y allá, alcantarillas nauseabundas, con sus tapas levantadas, dejan escapar un hedor de todos los diablos y muestran enjambres de sanguijuelas que se retuercen en sus fétidas aguas. Kilómetros y kilómetros de cables eléctricos, negros, gruesos, colganderos, recorren las fachadas de las casas afeándolas hasta lo indecible mientras se entrecruzan en el aire para ocultar el cielo, limpio y cuajado de estrellas. En los zaguanes de los numerosos edificios barrocos  -casi toda La Habana Vieja está construida en este estilo-  , las masas de cables alcanzan un tamaño y una complejidad asombrosa: es increíble que no ardan súbitamente, es increíble que no sumerjan toda la ciudad vieja en un océano de fuego verde y negro que se la lleve al fondo del Caribe, anclándola allí por toda una eternidad con sus innumerables tentáculos. Una barahúnda de sonidos se escucha perfectamente en segundo plano, algo soterrada por la densidad del aire. Cerca de allí, hay una mujer que canta y algún alguien que silba, siguiendo una melodía pegadiza y caliente que deja escuchar la radio. Los vecinos hablan a voces desde un balcón al de enfrente, desde la calle hasta la ventana del primer piso, y charlan a gritos sentados a la puerta de sus casas, en sus propias sillas. Nos observan, sonrientes, tras las rejas que guardan las puertas de sus casas, muchas de ellas locales bajos con cierres de tijera como única protección frente a los intrusos, aunque ese es un asunto que no parece preocuparles demasiado. Como en todas las ciudades que en el mundo han sido, algún que otro estúpido perro ladra como si le fuera la vida en ello, con ese afán idiota que los canes ponen en tan molesta tarea.

Y entre semejante desbarajuste de sensaciones, a partir de esa vorágine para los sentidos, el viajero observador puede sentir a la perfección el pulso del espíritu de la ciudad: juguetón, amable, terriblemente decadente y sin duda eterno. En contra de lo que podría esperarse, el conjunto no ofende los sentidos; pese a tratarse de algo a todas luces compuesto por excesos, o quizá debido precisamente a ello, las primeras imágenes de esta ciudad revoltosa y bella impactan con fuerza en la retina del espectador y dejan su impronta en ella con singular facilidad.

En 1977, La Habana Vieja fue declarada monumento nacional; al año siguiente, y en una honrosa pelea que creo perdida de antemano contra la vejez, la enfermedad y la muerte, se inició un vasto proyecto de rehabilitación, que contaba con una buena parte de fondos españoles. No había otro remedio: una gran parte de sus 3.157 edificios estaban prácticamente en ruinas. La dejadez, la falta de recursos y el golpeteo incesante e implacable de la sal y del viento se habían empleado a fondo en su destructiva tarea, reduciendo progresivamente a polvo las plazas y las calles empedradas, las hermosas mansiones de purísimo estilo colonial, los recuerdos de un pasado magnífico. Enormes manchas de humedad y de salitre, fachadas que se caen a pedazos, escaleras podridas, cubanos semidesnudos viviendo en casas inmensas de suelos primorosamente ajedrezados, preñadas de antigua gloria: un fortísimo sentimiento de nostalgia, de desgarradora añoranza por los buenos días perdidos, te invadirá, viajero, a poca atención que prestes: Cuba es España, una España de ultramar, de algas y de aventura incomparable, y eso es algo que el corazón percibe con meridiana claridad.

Mientras camino  -mis amigos detrás de mí, obedientes-, me pierdo con facilidad en el pasado de la ciudad. Es algo inevitable aquí. La oscuridad y las duras sombras que nos preceden hacen que resulte sencillo olvidar en qué siglo nos estamos moviendo, encabritan la imaginación y engañan a los sentidos. Todo esta barriada vieja no es sino un gigantesco y risueño trampantojo, un decorado de cine, una ilusión bárbara y alegre que te transporta, mientras te miente, a la edad de las leyendas. Esa poderosa sensación de vivir en otro tiempo se verá reforzada cuando el sol del trópico ilumine esta tierra. Entonces comenzarán a destacar los suaves colores pastel de los edificios que componen este barrio superpoblado; las faldas de las mujeres, sus blusas ceñidas y sus sandalias de tacones invadirán la atmósfera y en ese preciso y fugaz instante la zona brillará como la joya caribeña que es. Repleta de vida inquieta y alegre, se abrirá para nosotros como una flor extraña y lúbrica, tentándonos con sus luces y con sus misterios innumerables. Pero de momento, solamente puedo imaginar ese instante mágico. Habrá que esperar a que rompa el día para comprobar si resulta cierta la promesa que creo percibir entre tanta decrepitud.

Pascual y Carlos charlan animadamente, comentando con asombro cuanto ven. Apenas queda ya ni un alma por la calle; la ciudad comienza a sumirse en el inquieto silencio que presagia la madrugada. Se van retirando los últimos viandantes y los vecinos guardan sus sillas y se meten en sus casas. Me creo que va siendo hora de volver al hotel. Ya habrá tiempo de orientarse y de hacer planes mañana por la mañana.

En ese momento, oigo una voz femenina que canta suavemente. A mi izquierda, sentada en las escaleras de su portal, hay una joven que nos mira con atención. Tras ella, una escalera tétrica, de pésimo aspecto, hunde sus entrañas en los pisos superiores, flanqueado uno de sus paños por la consabida e inevitable selva de cables, interruptores y enchufes.

No tiene los treinta años, ni mucho menos; una larga melena negra enmarca un rostro lindo y moreno, mientras en la boca perfecta cabrillea una sonrisa blanquísima. Viste con modestia y calzan sus pies un par de chanclas de goma.

-Buenas noches; ¿de dónde tú eres, extranjero? -me interpela directamente.

-Buenas noches. Vengo de muy lejos, del otro lado del mar, y he llegado hasta esta tierra para probar el sabor del Caribe… – le digo, con cara de guasa.

-Ah, ya, claro, tú eres español -decide- ¿Me regalarás un cigarrillo, español?

-Por supuesto.

Le alargo la cajetilla de Camel y le doy fuego. Aprovecho el momento para contemplar más de cerca sus ojos, muy oscuros y luminosos, que me miran con curiosidad. No es que tenga yo nada de particular, creo; mi barba entrecana, mi melena recogida en una gruesa coleta y mis pendientes no resultan excesivamente originales en esta tierra que ha visto de todo. En fin, supongo que quizá se pregunte por qué me siguen sin despegarse de mi esas dos sombras que también la observan con detenimiento; me temo que ya están valorando una posible presa, los muy jodíos… y ella es experta en semejantes lides.

-Ven, siéntate aquí conmigo. Cuéntame qué vais a hacer en Cuba…

-Pues verás, vamos a recorrer de punta a punta La Habana y sus alrededores -le digo mientras me siento a su lado, a riesgo de destrozarme los pantalones de lino contra los adoquines-  , haremos también alguna excursión, supongo, y nos dedicaremos a fumar, a comer y a beber…

Me mira con la risa asomándole a la boca, esperando algo más.

-Y voy a ver si caso a mis dos amigos, que creo que ya están en la edad… -concedo.

Suelta la carcajada con todas sus ganas. Se ríe echando la cabeza hacia atrás y con la boca bien abierta; su melena le tapa casi toda la espalda. Huele a limpio, a cabello recién lavado. La observo divertido. No es para tanto. No soy tan gracioso, ni mucho menos. Nos está obsequiando con la ceremonia de la confusión que supone que esperamos de ella, agitando las plumas magníficas como el ave del paraíso que es. Por mí está bien, sin duda. Color local. Los dardos van dirigidos directamente contra la entrepierna de mis compañeros, así que yo también me río bastante en perfecta connivencia con la hechicera, que no tiene ni un pelo de tonta. Ambos sabemos jugar a este juego.

-Bueno, pues si no encuentras novia cubana para tus amigos, ven a verme. Tengo yo un par de primas que estarán encantadas de marcharse pa’España con esos dos hombretones, ya tú sabes… Ya yo tengo mi hombre y no me puedo ir…  -se guasea- .Y tú, ¿tú no quieres nada con nadie, español? ¿Tú ya tienes una mujer?

– Sí, reina mora. Yo tengo mi hembra igual que tú tienes tu varón. Y es más que suficiente, no necesito a nadie más.

-¿Te hace feliz? -pregunta de sopetón. Me sorprende su repentina franqueza.

-Sí. mucho.

-Vaya, qué raro… -me observa atentamente, con una expresión nueva en el rostro encantador, como si me volviese a evaluar- .Los extranjeros que pasan por aquí no suelen hablar tan rápido y tan bien de sus mujeres…

-No todos tienen una mujer como la mía… -redondeo sin dudar.

-Pues enhorabuena, compadre… -sonríe de nuevo y me guiña un ojo con picardía.

Se levanta y tira la colilla al suelo, para pisarla después. Se acabó la entrevista. Nos sonríe por última vez, nos desea suerte y desaparece en la oscuridad de la escalera, que parece devorarla en un instante. Tan solo el tris tras de sus chanclas al alejarse nos convence de que no ha sido una aparición, un duende habanero y hermoso que nos ha salido al paso.

-Qué pedazo de chavala, ¿eh?  -dice Pascual. sonriendo como un niño que recuerda el escaparate de una pastelería.

-Sí, estaba un rato buena  -acota Carlos, mientras camina un tanto cabizbajo.

-Joder, no hemos hecho más que llegar y ya estáis pensando en lo de siempre; pero si no habéis deshecho ni las maletas; algo de calma, hombre… -les pincho, disfrutando horrores con sus caras de satisfacción anticipada.

Y así, entre bromas de pésimos gusto, de esas que nos hacemos los hombres entre nosotros cuando no hay mujeres delante,  llegamos al hotel. Mis dos colegas se van derechos a sus habitaciones; están muy cansados por el largo viaje y por la tensión acumulada durante un día tan especial para ellos. Yo me siento en el bar del establecimiento, siempre abierto, hospitalario siempre, y pido un daiquirí guerrillero, que no sé qué coño es, pero que me ha hecho gracia por el nombre. Resulta ser un daiquirí de menta, muy bien servido en copa de cóctel, como mandan los cánones. Tiene el inconveniente de todos los cócteles, por supuesto; es caro y me dura dos asaltos para ser exactos, de manera que procedo a pedir otro mientras me enciendo un cigarrillo y me arrellano cómodamente en una banqueta próxima a la barra, sin prisa, encantado de la vida, de la soledad que se respira en el bar y de estar un rato a solas conmigo mismo. El zumbido del aire acondicionado y la gran cantidad de plantas que decoran el lugar me distraen durante unos instantes.

-¿Le gusta así de cargado, don Mariano? -Daniel, un guapo mulato me hace esa pregunta al tiempo que me sonríe amablemente. Es un excelente camarero, me han comentado.

Coño… pego un respingo, pero no sé de qué me extraño. Aunque no llevo más de cinco horas en Cuba y en el hotel, todo dios sabe en la casa quién es el español de la coleta y la barba. Bueno, tampoco es que me importe o me moleste. Al fin y al cabo, como buenos profesionales que son, tan solo buscan agradar al cliente.

-Sí, Daniel, muchas gracias. Creo que caerá algún guerrillero más antes de que salga el sol, ¿no le parece?

-Celebro que le agrade, señor. Claro que sí, tremenda matanza haremos, señor…

El reloj del hall, enorme y carirredondo, da las tres de la mañana con voz solemne.

Dios, qué lejos estoy de mi hogar… y qué cerca.

 

Publicado el

Tremendo mambi (ii)

02-Cuba-habana-vieja-Paseo-del-Prado-Gran-Teatro-Capitolio-dicas-de-viagem-havana-1024x768

“Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia
de tu querida presencia,
Comandante Ché Guevara.”

“Hasta siempre, comandante”.

Carlos Puebla, 1965

Una pared de madera se yergue frente a nosotros. Practicadas en ella, varias puertas dan paso a sendas cabinas para que las autoridades cubanas puedan sellar los pasaportes de los visitantes de su patria. Abro, entro, cierro la puerta y veo a mi derecha un cubículo en el que se retrepa, a duras penas, la mínima expresión de un funcionario de fronteras. Cómo será de pequeñito aquel señorín que, pese a estar sentado en una banqueta que se apoya sobre una tarima, sigo teniendo que mirar hacia abajo para poder dirigirme a él.

– Buenas noches, caballero. ¿Negocios o placer? -indaga el amable gnomo.

-Placer, o eso espero al menos… -le contesto, mientras le tiendo mi pasaporte.

-Muchas gracias.

-¿Trae usted divisas, señor Gómez? -el enanito me mira fijamente, dispuesto a reconvenirme si la cifra que le tengo que comentar no resulta de su agrado o, mejor dicho, no se ajusta a la legislación cubana.

-Sí, compañero, traigo dos mil euros encima -miento como un bellaco.

Me mira por encima de las gafas; está claro que valora si le estoy tomando el pelo o no, más que nada por la cara de guasa que se me está poniendo. Decide, al fin, que soy un hombre honrado y me entrega el pasaporte.

-Le deseo una muy feliz estancia en Cuba, señor Gómez -me espeta con una sonrisa.

-Muchas gracias, oficial.

Y, en fin , en dos minutos, aliviado el tango. Apenas puedo contener la risa porque durante toda la entrevista que acabo de referir, no hago sino figurarme a Pascual, un tipo muy bajito, intentando entenderse con este sujeto, que es de tamaño muy similar al de mi amigo.

Salgo de la cabina y veo que entra, efectivamente, Pascual. Sale a los dos minutos y me dice muy risueño:

-Joder, que tío más bajito… casi no le veía, me he tenido que poner de puntillas…

Aparece al cabo Carlos, que tampoco ha tenido problema alguno con su documentación, y seguimos adelante por el interior del pequeño y modesto aeropuerto José Martí. Cuando ya vislumbramos la salida, una boca enorme, perfectamente llena de dientes, me sale al paso como por ensalmo. Es una boca que parece dotada de vida propia; sonríe y gesticula como si le fuera la vida en ello y parece funcionar con total independencia de su dueño, un negrata a juego con semejante caverna, un tío enorme que me mira como si me fuera a devorar. El gigantón luce una bata blanca que sin duda ha conocido tiempos mejores; cuatro o cinco bolígrafos asoman por el deshilachado bolsillo del pecho y una identificación, cuyo contenido no me molesto en leer, cuelga desganada al lado izquierdo de la prenda.

-Buenas noches, señor, y bienvenido a Cuba. Este es un control sanitario de entrada que le vamos a efectuar a usted -me dice, tan contento, con una profunda voz de barítono.

-Usted dirá…-me rindo.

-¿Tiene usted fiebre? -abre unos ojos grandes como platos y ladea la cabeza, consciente de que es el mismísimo Torquemada reencarnado.

-Pues no, en absoluto.

-¿Tose usted? -vuelta a girar la cabeza, sin dejar de mirarme.

-Cuando fumo…

-¿Padece usted alguna enfermedad infectocontagiosa? -me mira como si le encantase la posibilidad de pillarme muy malito y de meterme de vuelta en el avión.

-Sigue usted sin acertar, compañero; estoy sano como una pera…

-Pues muy bien  -trompetea triunfante-, siendo así, sea usted muy bienvenido a Cuba, señor…

La boca sonríe tanto que puede acabar engullendo a su propietario, haciéndole desaparecer en un abracadabra caribeño y surrealista que sería el final más adecuado para el riguroso trámite sanitario que acabo de superar. Y antes de fijar su atención en el resto de los pasajeros que pretenden salir del aeropuerto, la boca se dirige de nuevo a mi y me dice:

-Por cierto, señor, ¿tendría usted algún inconveniente en cambiarme estas monedas de euro por billetes de euro?

Dado que mueve una de sus manazas muy cerca de mi rostro con dos o tres cilindros de plástico llenos a reventar de monedas de un euro -hay unos treinta a simple vista- , opto por complacer al bruñido galeno, aunque maldita la falta que me hace cargar con semejante peso. En fin, el hombretón ha sido muy amable y lo cierto es que he tenido que volver a reprimir la risa ante lo chusco de la escena.  Nada ni nadie va a estropearme el desembarco en esta tierra, palabra de honor.

Junto a mi salen mis compañeros que, por descontado, han sufrido exactamente el mismo examen médico que yo y han pasado de igual manera por caja, aunque les ha tocado cargar con menor cantidad de monedas que a mí. Ventajas de ser el líder de la expedición…

Por fin, el Caribe. Al igual que me ocurriría algunos años más tarde al llegar a la República Dominicana  -me permito sugerir la lectura de mis Cartas Caribes, en este mismo blog-  siento una espantosa e instantánea ola de calor que me golpea todo el cuerpo, como si aquellas tierras me dieran la bienvenida a su propia y exagerada manera. Al menos, así quiero entenderlo mientras rompo automáticamente a sudar como un cerdo, muy a mi pesar. Durante toda mi estancia en la isla, y pese a no sufrir el embate de días en exceso calurosos, la humedad será mi eterna compañera, mi carcelera y mi torturadora. Tan solo podré escapar a su indeseable compañía en el recinto del hotel, donde optaré por purgar mis penas entre el humo de mis habanos, el ron y la observación de los muy diversos animales humanos que por allí se dejarán caer.

Frente a nosotros, algunas farolas rompen la oscuridad circundante para dejarnos ver los alrededores del aeropuerto y la modesta barriada que lo rodea. Hay una alegre algarabía de voces, de vestidos de colores explosivos, de pieles blancas y negras que se revelan bajo la amarillenta luz que baña la escena. Insectos grandes como portaaviones zumban a toda velocidad cerca de los focos y los ruidos de la urbe sirven de contrapunto omnipresente a las conversaciones de los nativos, que vocean a placer en un casi perfecto castellano. Giro la vista buscando un taxi, sin perder de vista a mis amigos, que parecen recién salidos de un largo ensueño, y entonces distingo un cartel con mi nombre bien clarito en manos de un mulato: es el chófer del director del hotel en el que nos vamos a alojar. Gracias a la amistad que le une con mi hermano, disponemos de los servicios de Heraldo, que así se llama el compañero, para movernos por La Habana con entera libertad. Al final, no ha hecho falta el taxi.

-¿Su primera vez en Cuba, don Mariano?

Heraldo ha cargado nuestras maletas en el coche en un santiamén. Conduce tranquilamente bajo la bóveda estrellada entre un laberinto de calles y de avenidas oscuras y prácticamente vacías. Quedan atrás las luces del aeropuerto.

-Sí, así es. Hemos venido para conocer su país y para disfrutar de unas buenas vacaciones, que falta nos hacen.

-Me parece muy bien. Mi país les va a encantar; Cuba es… -y se engolfa en una colorida, apasionada y apasionante descripción de su tierra. Como todos los cubanos, ama con ternura a su patria y no tiene empacho alguno en hacérnoslo saber, cosa que le aplaudo. No sé de qué pie cojea, políticamente hablando, y tampoco deseo ofenderle, de manera que no le he comentado que lo que yo quiero es conocer Cuba en vida del dictador, antes de que la imparable marejada de odio que se agita en Miami devore aquel mundo supuestamente utópico cuando los demonios se lleven al Comandante a base de tirarle de la birriosa barba.

-Heraldo  -le interrumpo-, discúlpeme la interrupción, pero… ¿cómo se hicieron ustedes con los carros que circulan por toda Cuba? Quiero decir, ¿cómo los eligieron? ¿alguien los fue repartiendo o…?

Me mira como si de repente se hubiera dado cuenta de que soy gilipollas, pero su educación le ayuda a disimular sus sentimientos.

-Pues no, claro que no, eso no hubiera funcionado bien, don Mariano. Cuando los yanquis se botaron de aquí, bueno, pues nos fuimos haciendo con sus carros poco a poco; según llegabas, cogías el que más te gustaba o el que estaba libre y así… luego fueron pasando de padres a hijos, ya usted sabe…-fija sus ojos claros en mi para cerciorarse de que no babeo del todo y de que he entendido su explicación, que por otra parte me esperaba.

-Ya veo. Maricón el último…

-Vaya que sí, compadre, vaya que sí… sonríe mientras sigue manejando camino del hotel.

Chevrolets, Fords, Plymouths y Chryslers de todo tamaño y condición pasan traqueteando junto a nosotros, envueltos en nubes de un humo tan negro, espeso y hediondo como jamás había olido en mi vida. Me recuerda de una manera lejana a los días de mi niñez, cuando la gasolina que quemaban los coches de nuestros padres no era un producto tan refinado como el actual, pero tengo la impresión de que el combustible que consumen a raudales estos sedientos cacharros es muchísimo más tóxico que el que yo recordaba, sin duda. Casi todos ellos están aceptablemente conservados , y de vez en cuando aparece alguno personalizado con todo lujo de detalles, de cromados y de símbolos de estatus de dudoso gusto. Abundan los colores más o menos originales, de fábrica, pero de vez en cuando algún avispón rosa fucsia o morado muy nazareno, con las llantas furiosamente niqueladas, nos adelanta a toda velocidad. Está claro que los cubanos hacen ostentación de sus viejos coches como la hacen de su pasión por el sexo, el baile y el alcohol, sin cohibirse en absoluto. No es ningún secreto que los domingos muchos de ellos se dedican a la reparación y mantenimiento de estos artefactos, fabricando con paciencia e ingenio en sus casas la mayor parte de las piezas necesarias para que estas reliquias sobre ruedas sigan funcionando. La antigüedad de los carros y el embargo milenario impuesto por los Estados Unidos al comercio con la isla se han conjugado para hacer de la necesidad virtud, de manera que muchos propietarios de estos vehículos se han ido convirtiendo, con los años, en avezados mecánicos. Trafican entre ellos con las distintas piezas, siempre sobre la base del trueque y hace sus tratos como lo hacen casi todo, hablando mucho, muy deprisa y con muchos gestos de las manos y del cuerpo.

Y llegamos al hotel, enclavado en el mismísimo corazón de La Habana Vieja. El Parque Central es la puerta de entrada a esa parte primordial de la ciudad; en él nace el famoso Paseo de José Martí, popularmente conocido como del Prado, una de las arterias vitales para el casco antiguo, que va a morir al Malecón, la Avenida de Antonio Maceo. Estamos a cincuenta metros escasos del nombrado Hotel de Inglaterra, del Teatro de La Habana y del Capitolio Nacional, que se halla junto a la Fábrica de Tabaco Partagás.  Las calles Obrapía, O’Reilly, Obispo y Empedrado se abren en las cercanías de nuestro alojamiento, conduciendo todas ellas hacia las entrañas coloridas y alegres del arcano corazón de la ciudad. También muy cerca de nosotros, esperan el Floridita y la Bodeguita de Enmedio. Creo que las perspectivas no pueden ser mejores y me desperezo descaradamente, con todas mis ganas, mientras el bueno de Heraldo descarga el coche y nos conduce hacia la recepción.

-Bienvenidos a Cuba, señor Gómez, señores… -una bonita recepcionista cubana nos sonríe amablemente mientras inicia los trámites para darnos entrada en el hotel.

-Don Santiago les recibirá de inmediato, señores. Aquí tienen sus llaves; muchas gracias y que disfruten de su estancia.

-Muchas gracias, Laura; es usted muy amable.

Ya que he tenido el más que dudoso placer de trabajar trece larguísimos años en la recepción de un hotel, se por experiencia que a cualquier recepcionista le agrada que reconozcan la calidad de su trabajo con una sonrisa y llamándole por su nombre, de modo que así lo hago. Eso establece un cierto nexo de proximidad entre empleado y viajero que predispone a ambas partes a una relación distendida y amable, mucho más de desear, si cabe, en tierra extraña.

En ese momento aparece Santiago, director del hotel y amigo de mi hermano, quien nos saluda cariñosamente y se pone a mi disposición, junto con su chófer, para cualquier cosa que podamos necesitar durante nuestra estancia. Es un hombre joven y muy activo, un profesional brillante que poco después acabaría siendo director de la zona del Caribe por cuenta de la misma compañía que gestiona el hotel en el que nos alojaremos. Nos invita a una copa de bienvenida y nos deja en manos de su comercial, Aramís, para tomar otra copa y charlar en plan más distendido, puesto que sus múltiples ocupaciones no le permiten entretenerse en exceso con nosotros.

-Mariano, ya la hemos jodido… !nos han robado las maletas! -aúlla repentinamente Pascual, antes de la llegada de Aramís, pegando un bote.

Me sobresalto al escuchar a mi amigo, tan solo para relajarme en fracciones de segundo.

-No, hombre, no; no te preocupes. Los botones han subido las maletas a las habitaciones, tranquilo… -le digo, sabiendo ya lo que ha ocurrido.

-Coño, pues no me he enterado… -me dice, rascándose la coronilla mientras esboza una media sonrisa.

Aramis nos saluda y le toma el relevo a Santiago. Atildado y elegante, nos invita a otro cóctel más y algo de charla, al tiempo que nos detalla las bondades del hotel, de la ciudad y del país entero. No pierde el cubano la oportunidad de indagar los motivos de nuestro viaje, aunque me supongo que la contestación no hace sino corroborar la opinión que se ha formado nada más vernos.

Le comento, en plan de guasa, que vengo a ver si mis dos amigos sientan la cabeza con alguna mulatona guapa, y me contesta que, a poco que se despisten, así será.

-¿Y tú, Mariano -me pregunta con picardía.

-Yo estoy muy bien servido. No tengo intención de ligar con nadie, tovarich.

Sonríe ladino y me espeta:

-No se trata de tus intenciones, sino de las de las hembras de esta tierra, amigo…

Acabada la copa, subimos a las habitaciones. La mía, la 543, es una suite de unos sesenta metros cuadrados, un pequeño apartamento. Está impecablemente limpia, si bien el mobiliario y la decoración son un poco vintage, que dicen los pijos de hoy. Una cama absolutamente king-size la preside desde el fondo. Toda ella está vestida con tonos burdeos y cárdenos, y aunque resulta un tanto opresiva, la luz que entrará a raudales por sus amplias ventanas a la mañana siguiente le dará un aire mucho más alegre. Las vistas son excelentes, de manera que no puedo pedir más.

Antes de darme una buena ducha, que va siendo ya imprescindible, deshago mi equipaje. Siempre que llego a un hotel, aun cuando la estancia vaya a ser corta, procuro colocar adecuadamente mis pertenencias en los armarios y mesillas correspondientes. Es una de mis muchas manías, pero me proporciona una sensación de estabilidad muy agradable. Consigo así un punto de referencia, un pequeño refugio en un lugar desconocido y, al menos en principio, totalmente ajeno; de este modo, tomo posesión de mi cueva y sitúo las coordenadas de mi vida en la civilización muy cerca de mi para no perder el norte.

Y cuando me dirijo al gran cuarto de baño para quitarme el sudor y el cansancio de encima, llaman a la puerta con suavidad. El inefable Pascual de nuevo.

-Mariano, tío, que se han equivocado…

-¿Y eso?

-Que me han dado a mi la habitación de los tres. Es grandísima, no puede ser solo para mi… -me dice el cuitado.

Casi me mondo de la risa pero procuro contenerme porque no le quiero ofender.

-No hombre; tú tranquilo. Son habitaciones más grandes de lo normal porque el director es amigo de mi hermano. No he visto ni la tuya ni la de Carlos, pero pasa, echa un vistazo a la mía y dime si es igual que la tuya.

Mirándome aún no muy seguro de si le estoy tomando el pelo o no, entra en mi estancia.

-Anda, coño, pues es igual que la mía; pensé que… -me sonríe, visiblemente aliviado.

-Ya te lo decía yo. Por cierto, dentro de media hora nos vemos en el hall del hotel, ?¿vale?

-Claro, ya se lo digo yo a Carlos.

-Fetén. Hala, con Dios…

Finalmente, logro mi propósito. Media hora después, estoy en el bar del hotel tomando una copa y esperando a los dos bergantes, que aún tardarían un rato en dejarse ver. Aparecen los dos muy limpios y atildados y con gesto alegre me señalan la salida, la gran puerta acristalada que nos conducirá hacia la aventura de vivir en un país desconocido.

Fuera, la cálida noche cubana nos acoge con alegría. Sin dudarlo ni un momento, enderezo mis pasos hacia la Bodeguita de Enmedio; mis viajeros me siguen, sumisos. Alea jacta est…

 

Publicado el

Tremendo mambí

“Guantanamera, guajira, Guantanamera…”

José Martí/ Julián Orbón “Guantanamera”

 

Ayer me encontraba mano sobre mano, un tanto desnortado por la falta de trabajo y por la inactividad. Para aliviar un poco mis penas, dí en repasar algunos rincones de mi despacho, de mi querida cueva, para ordenar una vez más lo ya ordenado en anteriores ocasiones, para sacudir un polvo inexistente de mis libros, de mis ideas y de mi vida, a ver si conseguía entretenerme un poco y sentir que mi tiempo se consumía en algo útil.

Y en esa tarea andaba cuando posé la vista sobre un libro de llamativa portada amarilla y negra, editado por National Geographic; en ella, junto a algunas magníficas fotografías, el título: Cuba. Ni más ni menos, así de claro. Al abrirlo, cayó a mis pies una hoja de tabaco ya más que añeja y un billete de cinco pesos cubanos. En el reverso de este modesto pedacito de papel se puede ver una reunión de bigotudos personajes en grave actitud; en segundo plano, ocho militares, de pie, contemplan la entrevista que están manteniendo otros dos espadones, sentados en sendos chinchorros. Bajo la escena, una leyenda asevera que “Cuba será un eterno Baraguá”. Y es que el día 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, cerca de Santiago de Cuba, Arsenio Martínez Campos, general español, se reúne con su homólogo cubano, Antonio Maceo y Grajales, quien le dice al extranjero que no se van a someter a la paz sin independencia que supone aceptar el Pacto del Zanjón.

En el anverso del billete, el general Maceo contempla la eternidad desde su verde retrato, con el gran mostacho de retorcidas guías que le empujó hacia la revolución y hacia la guerra que acabarían separando a Cuba de la madre patria.”Tremendo mambí”, me digo, sin poder reprimir una sonrisa: aquella fue la frase que acompañó al billete cuando una joven jinetera cubana me lo regaló. Y digo jinetera porque, como todo el mundo sabe y gracias al excelente reparto de bienes y propiedades que supuso la revolución cubana, en aquel país no existe la prostitución, ergo no hay putas ni putos. Al menos, eso es lo que afirma machaconamente la propaganda oficial, y lo hace entre nubes de hombres y mujeres que han convertido la caza del turista en todo un arte, en un modo de vida peculiar. Eso sí, todos ellos afirman, con la desfachatez propia del trópico, que no se acuestan con nadie por dinero, aunque si les tratas bien y les haces algún “regalo”, no tienen inconveniente alguno en “compartir” con el generoso donante. A pesar de ser un verbo transitivo, no añaden a la frase el correspondiente objeto directo que aclare qué es lo que se comparte; no hace falta, claro. Pero no adelantemos acontecimientos: en lo que respecta al amor y al sexo en el Trópico, volveremos a ello en su momento.  Y en cuanto a la hoja de tabaco, un guajiro   -de los de verdad, no de los de guardarropía-  me la regaló igualmente en los secaderos de tabaco de Las Barrigonas, camino de Viñales.

Al contemplar aquellos objetos, como en ocasiones me ocurre poco antes de sentarme a escribir, una vorágine de recuerdos, de sonidos y de imágenes se me echa encima con la fuerza de un tifón, de tal manera que consigo ver muy claro qué es lo que deseo garabatear sobre la blanca superficie del papel. La hoja de tabaco, que aún conserva su aroma, y el modesto billete han conjurado los momentos de mi vida, ya lejanos, que pasé en aquel país, en aquel remolino de colores crudos y alegres que resplandece y baila bajo el sol del Caribe. Quiero hablar de Cuba, de los cubanos que conocí y de los recuerdos que atesoro desde aquel entonces. No tenía yo todavía la costumbre de escribir sobre mis viajes, pero sí conservo una abundante colección de fotografías, y mi memoria, aunque comienza a jugarme malas pasadas, aún me acompaña en la mayoría de las ocasiones, de modo que allá vamos.

Marzo de 2010. Me encontraba acodado en la barra del bar del pequeño pueblo segoviano que con tanto cariño nos acogió, a mi pareja y a mi, hace ya unos cuantos años. Aguantábamos a base de gin tonics el asedio cruel de una fría tarde de primavera. Yo fumaba un cigarrillo y contemplaba mi copa mientras pensaba en nada, haciendo dos de las tres cosas que más me han gustado en la vida; mi amigo Pascual, inquieto para no variar, enredaba con su cerveza, sobando el vaso y haciéndolo girar al tiempo que encadenaba un cigarrillo tras otro. Carlos estaba atareado preparando la cena que íbamos a degustar esa misma noche; sacaba la carne de cordero de su envoltorio y preparaba las chuletas en grandes fuentes, siempre en silencio, como es su costumbre.

No recuerdo cómo surgió la conversación, pero dije ante todos los presentes, en tono de guasa, que ya iba siendo hora de que se buscasen compañía femenina, que ya estaban en edad de merecer y que me tenían muy harto; les iba a organizar una caravana de mujeres, a ver si maridaban con una buena hembra y se corregían de una puta vez. Excuso los comentarios que mi idea produjo, las barbaridades que sonaron y el cachondeo que por allí imperó durante un buen rato, aunque finalmente aquellos jenízaros llegaron a la conclusión de que semejantes caravanas no portaban más que hembras ya entraditas en años y en kilos y todas ellas sudacas: auténtico desecho de tienta, en una palabra. No pude por menos que desternillarme ante semejantes afirmaciones, proferidas todas ellas por sujetos que perfectamente podrían pasar por ser excelentes árbitros de la juventud, la elegancia y la cultura, claro está.

En esas estábamos cuando a mi pareja, a esa endiablada mujer, se le ocurrió la idea peregrina de que lo suyo sería organizar un viaje a Cuba por aquello de Mahoma y la montaña, con la sanísima intención de que alguno de nuestros amigos se trajese de vuelta a España algo más que un recuerdo del brazo, y que puesto que yo era el menos descerebrado entre tanto zulú, me tocaba a mi todo el asunto logístico y demás. Se hizo un silencio espectacular en la reunión. El primero en quedarse mudo fui yo, por supuesto, ante la enormidad de la tarea que se me podía venir encima de un momento a otro. Pero al escuchar a Pascual y a Carlos apuntarse a la idea a las primeras de cambio, mientras celebraban la posibilidad como si ya estuvieran en mitad del Caribe, quién dijo miedo. Dado que siempre me ha gustado vivir peligrosamente y a que los gin tonics me ponen  -me ponían- de un humor ferozmente épico, les dije que contasen conmigo y que atacaría la cuestión de inmediato, puesto que lo lógico era visitar Cuba en mayo a más tardar, para evitar calores espantosos en la medida de lo posible, las hordas de turistas que se mueven por la zona durante los típicos meses vacacionales y el azote de los huracanes. Automáticamente, me eligieron comandante en jefe de aquel desatino y siguieron cada uno a lo suyo, encantados según rumiaban más y más la idea, mientras yo comenzaba a diseñar el viaje en aquellos mismos instantes, acompañado por las risas de mi pareja, que celebraba el éxito de su canallada.

Confeccioné un par de carteles anunciando el magno evento y los coloqué en sitios estratégicos de la zona; pensaba yo que podíamos formar un grupo de 0cho o diez personas como mucho y que la experiencia podía atraer a más conocidos y amigos. Comencé a informarme sobre precios para el vuelo y el alojamiento y a recopilar documentación sobre nuestro destino, incluida la guía que he mencionado más arriba. Tengo la costumbre de informarme cumplidamente sobre los países que voy a visitar y lo hago con la debida antelación; es una táctica que siempre me ha rendido buenos frutos y que me ha evitado algunas sorpresas desagradables, y Cuba no iba a ser una excepción.

A los pocos días ya estaba más que claro que nuestra expedición sería más bien parca en tropas: tan solo Pascual, Carlos y yo partiríamos a la conquista de las blancas playas de la joya del Caribe español. Bueno, lo de las playas es un decir. Yo quería pasar una semana en Varadero, bañarme tranquilamente y tomar mucho el sol; lo haría mientras me fumaba unos buenos Cohibas ligeramente humedecidos con ron, observando a placer magníficos ejemplos de anatomía femenina moverse por la fina y cálida arena. Después, otra semana en La Habana, para conocer de cerca la capital de la isla. Pero resultó que a mis compañeros de viaje la idea de la playa les ponía los pelos como escarpias. Preferían, con mucho, los encantos de la ciudad, porque lo de la playa era muy aburrido y muy poco masculino; una mariconada, vaya. Además, la arena se te metía por todas partes y luego era un coñazo quitársela. De manera que hube de ceder y conformarme con ver el mar desde el Malecón y con pisar asfalto en vez de arena. Qué le vamos a hacer.

Algunos días ante de la partida me topé, volviendo de dar un paseo por el monte, con Nieves, la hermana de Carlos. Muy apurada me preguntó que qué le “echaba ” en la maleta a su hermano, que no sabía por dónde empezar. Me llamó tremendamente la atención aquella pregunta, hasta que caí en la cuenta de que Pascual no había llegado más allá de Bilbao, y en cuanto a Carlos, sus correrías no le habían llevado mucho más allá de Madrid, de manera que el asunto no tenía nada de particular. Aquello me dejó mucho más claro, por si me hubiera cabido alguna duda, lo titánico de nuestro empeño al proponernos aquel viaje y la labor que me quedaba por delante.

El día de la partida viajamos hasta Madrid en mi coche, lo aparcamos y nos fuimos al aeropuerto en un taxi. Cuando llegamos a Barajas, mis dos compañeros acabaron por acoquinarse del todo, arrinconados por las dimensiones de mi tierra, por tantísimo letrero luminoso en idiomas para ellos desconocidos. La vida exultante y frenética de nuestra capital y el ajetreo tremendo de un gran aeropuerto les habían descolocado completamente; se encontraban del todo perdidos y sus rostros, habitualmente poco expresivos, habían perdido el gesto adusto del castellano viejo para reflejar a la perfección su estado de ánimo. En aquel instante comencé a sentirme como mamá pato, llevando a mis espaldas a dos patitos que no se despegarían de mí en los quince días siguientes ni para decir buenos días. Sin problemas; a decir verdad, ya contaba con aquello y no me molestaba en absoluto. Mi intención era conocer un país lejano en buena compañía y que mis dos amigos disfrutasen tanto como les fuera posible de la experiencia. Dado que comparado con ellos yo era poco menos que el capitán Cook, era mi obligación velar por su confort y por su seguridad, y acepté aquella tarea sin inconveniente alguno.

Superados los siempre engorrosos trámites del vuelo, en un par de horas sobrevolábamos el Atlántico tranquilamente. Yo leía la prensa sin quitarles el ojo de encima a mis dos viajeros, por si había que echarles una mano con algo. Vano empeño: ambos permanecían sentados con la mirada clavada en el respaldo del asiento que tenían delante, como si estuvieran contemplando algo tremendamente interesante. Hieráticos como el famoso auriga, no se movían ni un milímetro, los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija. Al rato, noté que Pascual rebullía algo, sin duda tan deseoso de echar un cigarrillo como yo mismo, y le pregunté qué le ocurría a Carlos. Para mi sorpresa, me contestó que nuestro amigo estaba encantado de la vida y poco menos que en el séptimo cielo, aunque no dijera ni mus…

Y así transcurrieron doce largas horas, en un silencio casi completo. Molidos después del largo vuelo, bajamos del avión para encontrarnos, de hoz y de coz, sumergidos en la bella noche tropical de aquella isla mágica. Comenzaba nuestra aventura.