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El cazador y la doncella

ciervoMientras el frío hace gemir los cristales de mi despacho, empapados de agua, Clapton está desgranando los compases de “Worried life blues” en el reproductor. La magia indudable de Mano Lenta me transporta a través de las volutas del humo de mis cigarrillos, me hace adentrarme en la sombría alameda de mis recuerdos, frondosa y fresca algunas veces, poco cordial y desapacible otras, las más, desdichadamente. Las asociaciones de ideas se disparan, y como si de una enloquecida navegación por internet se tratase, al poco tiempo ya he olvidado por completo cuál ha sido el punto de partida, la memoria inicial, el rescoldo del tiempo que me ha llevado a donde ahora me encuentro, como un observador silencioso de mi propia vida.

Siempre he pensado que la Noche alberga arcanos secretos que no son para todos los ojos mortales; siempre he creído que solamente los desvela ante los sentidos de quien es capaz de mirarla de frente, de aguantar, siquiera sea por un instante, el inmenso poder que su oscuridad atesora. Después, con la llegada del alba, el insomne mira a su alrededor y percibe su propia diferencia, la que le separa del resto de las cosas, del resto de los seres: él ha vivido momentos que el sueño ha arrebatado a quienes se han refugiado, temerosos y cansados,  entre su denso y cálido plumaje; él ha estado presente en el origen de todo cuanto revela la naciente luz mientras los demás morían un poco más; él, en fin, ha sido testigo de antiguas maravillas que se repiten, una y otra vez, siempre bajo distintas apariencias, cuando Melania, la oscuridad, se adueña del mundo de los hombres.

Y acabo llegando, perdido en semejantes cuitas, a un atardecer de otoño tardío cuya luz vi hace ya muchos años. La naturaleza comenzaba a sentir la amenazadora presencia del invierno, que aquel año resultó ser, según pudimos comprobar más adelante extremadamente cruel. Siguiendo sus propias e inmutables leyes, todo el entorno empezaba a ocultarse en sí mismo, a concentrarse en su misma existencia, a proyectar en silencio los prodigios que la vida volvería a ofrecer, generosa y rampante, cuando el hielo se retirase, trazando así los planes de una nueva y magnífica primavera.

Yo había salido de caza con un amigo al que perdí de vista poco después, para no volver a saber más de él hasta la fecha, así son las cosas. Quizá no éramos tan amigos como yo suponía, o quizá nuestra relación fue agostándose sin que fuéramos capaces de reaccionar a tiempo para evitar el final, no lo sé. De cualquier manera, en aquellos luminosos días, estábamos cazando por los montes de Toledo, en pos de una de las criaturas más bellas y elegantes de nuestra fauna, en mi modesta opinión: el venado, el ciervo rojo ibérico. Yo ya había cumplido con el monte, ya había arrebatado una vida, siempre a caballo de la pasión que nos había llevado hasta aquellas hermosas soledades, pero mi amigo aún no había tenido la ansiada oportunidad, al menos no hasta aquella misma tarde, ya casi anochecido. Disparó a pocos metros contra un magnífico macho, pero lo hizo hecho un manojo de nervios, y las consecuencias fueron las que suelen acontecer en semejantes lides. Mal tocado en un jamón, el animal emprendió una velocísima huida, dejándonos con la miel en los labios, sabiendo que habría que enfrentarse a un largo y penoso rastreo para dar con él y acabar bien lo que tan mal habíamos empezado.

Ante mi disgusto, mi amigo prefirió dar media vuelta y encaminarse al todoterreno, con el fin de acabar la jornada delante de unas copas en el hotel, empeñado en dejar para el día siguiente el rastreo, al  que no concedió la menor importancia; tanto daba encontrar a la presa hoy que mañana, según él. Visto que no comulgábamos en absoluto de la misma manera sobre este punto, decidí, para su sorpresa, acabar la jornada en el monte e intentar solucionar tan lamentable asunto a la mayor brevedad posible; si la lluvia hacía acto de presencia, el resultado podría ser desastroso, tanto para el venado como para nosotros, y puesto que tan desagradable visita llevaba amenazando con aparecer todo el día, no me cupo ninguna duda sobre lo que había que hacer.

Retomé el rastro de sangre a pocos metros de donde se realizó el disparo, y comencé, con toda la paciencia del mundo,a  avanzar por el monte palmo a palmo, atento a cualquier señal de la presa, intentando controlar minuciosamente el entorno. Llevaba ya un rato en el interior de una vaguada llena de espesos robles, cuando la vi. Una silueta alta y enjuta, como hecha con retazos de niebla oscura, de pálida luz. Ojos grises y fríos, muy fríos, sin el menor atisbo de una sonrisa, de tibieza alguna, sin rastro de humanidad, pero muy viejos y muy sabios, tremendamente luminosos. El cutis terso, perfecto, enmarcado por una abundante melena azabache, negra como ala de cuervo; las manos finas, elegantes, pero fuertes, de cuidadas uñas. En la mano derecha, para mi mayor sorpresa, una guadaña destellaba cruelmente, como si me sonriera.

Repentinamente, sentí un frío atroz; noté como si una garra me oprimiera férreamente el pecho, dificultando mi respiración. Mis sentidos todos se embotaron ante la visión espantosa que estaba contemplando, sin que pudiera apartar la vista de ella.

Y entonces, la doncella me habló. Su voz era suave y acariciadora, pero bajo su agradable timbre, tras su falsa amabilidad, se adivinaba el hueco resonar de una caverna fría y oscura, de un abismo insondable y atroz, donde hasta el tiempo mismo naufragaba en un negro vendaval de locura.

“¿Cómo tú por aquí, Leizael? ¿No tienes nada mejor que hacer a estas horas? Me permito señalarte que hoy no es un buen día para deambular por estas soledades. Ando de cosecha, hombrecito, y no tengo inconveniente en afilar mi guadaña tantas veces como sea necesario”.

Mientras hablaba, su entera apariencia cambiaba vertiginosamente; tan pronto era una pila de cráneos mondos y lirondos como un corcel fantasmagórico; me pareció verla, en determinado momento, bajo una gran capucha gris que ocultaba su hermoso rostro.

“Discúlpame, dama oscura. Busco la presa que malhirió un amigo para acabar con su sufrimiento”  -pude apenas susurrar-.” No pretendía en modo alguno molestarte en tu trabajo. Sé que te gusta realizarlo en completa soledad y sin previo aviso, de modo que será mejor que me aleje de aquí cuanto antes, contando siempre con tu beneplácito, claro.”

Me miró, sonriendo sardónicamente. “El hombrecito es hábil con la lengua y está bien educado. Escúchame, miserable ser humano, porque no voy a repetir el mensaje. Os encanta jugar con las vidas de otros seres, iguales o distintos a vosotros. Lleváis siglos haciéndolo, suplantándome a la hora de administrar la oscura bendición que solamente yo puedo impartir. Tan sólo yo debo cerrar los ojos de los seres vivos; tan sólo yo soy capaz de privarles del divino hálito que contiene la vida. ”

“Hoy no he venido a por ti. Tu hora aún no ha llegado. Dejaré que acabes con el último aliento de esa criatura a la que tu amigo ha dado caza tan lastimosamente, y te ruego que lo hagas cuanto antes. Permitiré que regreses a tu hogar sano y salvo por esta vez, pero óyeme con atención: si no eres capaz de devolver la vida, no tengas prisa en dispensar la muerte. Esa tarea tan sólo me incumbe a mí.”

Y en un instante, desapareció de mi vista, con la misma celeridad con la que había aparecido. Me costó un buen rato dejar de temblar y recuperarme del trance en el que aquella mujer me había sumido. Más tarde, comprobé que habían pasado unos pocos minutos nada más, aunque mi sensación al respecto era justo la contraria.

Con gran esfuerzo, acabé de pistear al venado. Ya estaba muerto cuando lo encontré, de manera que lo desollé y preparé tan deprisa como pude. Llegué al hotel ya anochecido, pero no comenté el sombrío incidente absolutamente con nadie. Aquello me dejó tocado una temporada. Dudé, incluso, de mi habilidad como cazador y de la justicia de mi papel, de su racionalidad. Pero con el tiempo, la afición se impuso y hoy día sigo cazando. Eso sí, procuro ser muy escrupuloso a la hora de escoger pieza y tiro, y me controlo más aún, si cabe, a la hora de soltar la cuerda: puesto que no puedo devolver la vida, no tengo prisa en dispensar la muerte. No quiero que la Doncella de la Oscuridad se enoje demasiado conmigo cuando sus fuertes manos llamen a mi puerta.

Qué cosas tiene la vida. Comencé este relato en septiembre de 2012, y lo acabo hoy, 4 de octubre de 2013. Hasta hoy, era un simple borrador. Lo llamativo del asunto es que en diciembre de 2012 me diagnosticaron una enfermedad potencialmente mortal, cuyos síntomas noté bajando del monte. Hoy la he vencido, pero, sin lugar a dudas, he escuchado muy de cerca el relinchar del corcel fantasma, creedme. Y seguiré cazando.

 

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Tras los visillos (Fantasmas del Paraíso, III)

Ayer, durante uno de mis interminables paseos, reparé repentinamente en la presencia de aquella casa. Desde luego, el mero hecho de fijarme en su mole no tenía importancia alguna, puesto que paso junto a ella todos los días, dado lo repetitivo del recorrido que suelo describir. Sin lugar a dudas, sería la vergüenza de cualquier caminante que se precie, pero es lo que hay: me vale para fortalecer mis tristes piernas, y eso, de momento, es más que suficiente. Me ayuda, además, a concentrar mis pensamientos, a enfocar todo el poder de la mente consciente en muy diversas meditaciones sobre cómo ha transcurrido mi vida. Aun así, inesperadamente, el recuerdo me asaltó con la fiereza y la rapidez de un depredador, y me detuvo en seco, me obligó a pararme sobre mis pasos. Tras aquella ventana, en la oscura tibieza de aquella habitación, cuyo mobiliario puedo  recordar no sin cierto esfuerzo, disfruté por primera vez de los pechos de una mujer. Aunque me juré a mí mismo recordar perfectamente la fecha en cuestión, hoy día sólo puedo asegurar que corría el mes de agosto de 1975.

Durante aquel caluroso verano, y mientras nuestros mayores se preocupaban por la ya precaria salud del dictador, que presumían corría pareja al problemático futuro de nuestro país, yo tenía la mente puesta donde casi siempre la he centrado: en las mujeres, en esa eterna fuente de disgustos, de placeres y momentos maravillosos que siempre he tenido a bien adorar. En aquellos días que ya comienzan a azulear en la distancia, me tenía sorbido el seso concretamente una mocita que conocí en el barrio de la estación, y que me atrapó a las primeras de cambio gracias al brillo felino de sus ojos verdes.

Así, mientras el hombre que había regido los destinos de nuestro país con mano férrea y cruel durante cuarenta años se internaba irremisiblemente por su último y largo viaje, camino de la agonía y de la muerte, yo no escuchaba otra voz que no fuera la del torrente de hormonas que galopaba desbocado por mi sangre, urgiéndome a que te requiriera de amores cada vez con mayor insistencia, amiga mía.

No sé si nos pusimos previamente de acuerdo, no sé si sería fruto de nuestro creciente y mutuo deseo, pero, aquella tarde, tras el festín habitual de besos y caricias, y al tiempo que Carlitos Santana sonaba en el estéreo, nos decidimos por fin. Tomados de la mano, y temblando como azogados, nos dirigimos hacia el dormitorio que arroparía nuestro mutuo descubrimiento carnal. Sólo recuerdo una media oscuridad, un pequeño chorro de luz que entraba por la ventana  y se filtraba a través de los visillos, suficiente para vislumbrar el tesoro que yo ansiaba poseer. Te desnudaste con rapidez y yo hice lo propio, espoleado por un tremendo golpe de adrenalina que sentía perfectamente palpitar en mis sienes. Después, el delirio. Acariciar y besar aquella redonda calidez, contemplar detenidamente aquellos pezones oscuros y grandes, como de barro cocido,  aquel manjar divino que con tanto amor me ofrecías, fue  -y sigue siéndolo-  uno de los mejores momentos de mi vida, un recuerdo imborrable, un retumbar de alas de mariposa que perecerá conmigo, amada mía, envuelto por la hermosa sonrisa que se dibujaba en tu boca en aquellos instantes.

Cuando la temperatura alcanzó una zona peligrosa, nos obligamos a interrumpir nuestra fiesta privada por si acaso llegábamos a perder los estribos, decidiendo dejar las exploraciones más delicadas… “para la noche de bodas”. Aún me sonrojo al recordar aquello; aún siento vergüenza por haber sido tan iluso, tan estúpidamente inocente;  aún maldigo a la dictadura por emponzoñar a la generación de nuestros padres y a la nuestra con aquella suciedad que lo invadía todo, con aquellos turbios manejos que pervertían asuntos tan naturales e imprescindibles como el sexo, el amor, la libre expresión del cariño entre dos personas. Perdimos aquella oportunidad gracias a aquel ambiente represivo e incomprensible, y pudimos darnos por afortunados de haber sido tan atrevidos como para entrever, al menos, un pedacito de eternidad, un retazo de la maravilla que resulta de la comunión de dos seres humanos que se aman.

Tras aquella tarde mágica, vendrían muchas más. Todas acababan con un espléndido dolor en mis genitales, que a ti te hacía reír y a mí blasfemar como un poseso, sabiendo como sabía cuáles eran las soluciones al problema, y cuál sería la que pondría en marcha, la de siempre, la menos apetecible, la que más me alejaba de ti, querida. Y hablando de lejanías, yo fui quien desmanteló todo aquel amasijo de sueños y de deseos. Yo, con la impaciencia propia de un chaval de quince años, incapaz de esperar a que volvieras a vivir a Madrid tras acabar tus estudios; yo, con el amor inmaduro y endeble de un niñato, quería más y mejor, no me resignaba a tenerte sólo durante las vacaciones. Y así, con perfecto  conocimiento de causa, acabé con nuestra relación con una frialdad que aún hoy deploro, quedando de paso contigo como el grosero que nunca he sido. No fui capaz de entender la profundidad que requería amarte en la distancia siendo tan jóvenes; pese a nuestras cartas, el olvido empezó a carcomer mi frágil cariño y acabó por echarlo todo a perder. Una vez más; ni la primera ni la última, pero sí, paradójicamente, una de las más dolorosas. Hace poco te buscaba por internet, intentando localizarte, tener noticias tuyas, preso de un feroz ataque de nostalgia. Quería tomar una copa contigo, saber qué había sido de tu vida, incluso disculparme por haberte dado un gran disgusto, con pésimo estilo, hace casi cuarenta años. No conseguí dar contigo, preciosa, y lo siento. Las pistas sobre tu padre  -hombre famoso al cabo-  sí abundan en la red, pero no me pareció oportuno preguntarle sobre ti. Algo me dice que sigues viva, lo que me alegra infinito, por supuesto. Espero y deseo que tus hermosos ojos verdes sigan riendo como en aquel entonces, que tu linda boca haya besado con amor a alguien que te haya hecho feliz, que tu pecho generoso haya alimentado a tus hijos, dándoles la vida como a mí me la diste, que tu singladura haya sido plena y dichosa, porque te lo mereces.

Créeme, querida mía, jamás te olvidaré, aunque eso no valga ya de gran cosa. Nunca te agradeceré bastante el regalo que me hiciste aquella tórrida tarde de agosto: tu juventud primera, el manantial de vida que de ti brotaba. Bendita seas, donde quiera que estés.culllo

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Azul, plata, rojo (Fantasmas del Paraíso, II)

“Por tu pie, la blancura más bailable…” Miguel Hernández

Una luna llena perfecta, redonda y plena, ilumina con su fría luz los alrededores. Está rielando sobre el agua susurrante que me rodea, azul, limpia, fragante. Me encuentro apoyado sobre el borde de granito que delimita la piscina, con la espalda contra la piedra, como si no tuviera escapatoria posible. El agua, tratada con mimo y dedicación, me llega hasta los hombros y me acaricia suavemente, en esa noche de agosto que parece no tener fin, desde el mismo momento en que me has dicho que sí. A dos metros de mí, un elegante pie de mujer, con sus uñas pintadas de un excitante color rojo, rompe con suavidad la callada superficie del agua. Las ondas rompen contra mi pecho, heraldos de delicias por llegar, mensajeros de placeres sin cuento.

Al pie le sigue una pierna de similar belleza, y el agua se abre para recibir un cuerpo moreno y esbelto que me quita el sueño hace ya varios días. Diríase una gran carroza, un deportivo de muy alta gama; tal es la limpieza de líneas, la calidez del conjunto, la epatante sensación que recrea los sentidos todos, que los embota y satura. Sobre el agua, y acercándose muy lentamente, disfrutando la situación, dos hermosos ojos verdes se aproximan, como dos focos inmensos, como propios de un caimán cruel, de piel tersa y aterciopelada, dispuesto a destrozarme entre sus mandíbulas, a arrastrarme hacia la insondable profundidad de su deseo, para devorarme poco a poco, sin prisas, gozando con mi dolor, saboreando mi sangre y mis entrañas. Pero no soy yo hombre que se arredre; avanzo, febril, jadeante, venciendo la tenaz resistencia del agua, buscando desesperadamente el abrazo, el contacto, el maravilloso calor del encuentro. No soy, en esos momentos, más que un manojo de sensaciones, un montón de nervios desatados a flor de piel. Pero acepto el desafío y me adelanto, como Aquiles en Troya, conociendo el final, a pecho descubierto, ansioso por abrazar mi propia gloria aún a costa de la propia vida. Y, al alcanzarte, ya no hay más que agua azul, limpia, fragante, primigenia, que envuelve dos cuerpos en celo, enfebrecidos, perdidos en su propia eternidad. Tus piernas me rodean, me oprimen, me ahogan en un divino delirio; tu cuerpo maravilloso se curva bajo mis acometidas, desafiándome sin cesar.

La luna estalla en miles de pedazos mientras el agua, siempre susurrante, vuelve poco a poco a su sitio, imponiendo cordura. Durante toda la noche, ni siquiera se ha movido una hoja. Ni la más mínima muestra de céfiro ha alterado el sortilegio magnífico del momento que acabamos de vivir. Por más que lo intento, solamente oigo rumor de ángeles, besos húmedos y suaves, gemidos tan tiernos y dulces … Salimos del agua muy despacio, como si no quisiéramos abandonar el líquido amniótico que nos ha acunado, cómplice, amigo, protector. Te seco con delicadeza, besando sin prisa cada centímetro de tu piel perfumada, morena y tan mía…

La aurora de rosáceos dedos, en palabras del ilustre orate, nos da el primer aviso. Muy a pesar nuestro, apretamos el paso. El amanecer nos encuentra a ti en tu cama y a mí en la mía, como debe de ser. El imbécil de tu marido no es muy comprensivo con lo nuestro, de modo que es mejor no dar cuartos al pregonero. Ignoro si descansas algo, si el sueño bendice tus ojos; yo me agito, en la soledad de mi lecho, como un alma en pena; no puedo olvidar los colores, los olores y, sobre todo los sabores que colman mi boca, enloqueciéndome de deseo. Me duermo, finalmente, y sueño un sueño sin sueños, liberado por unas horas de tu hechizo. Aún nos quedaban dos o tres encuentros fugaces, furtivos, magníficos, protegidos por la risueña noche. Pero, como de tácito común acuerdo, lo nuestro empezó a mustiarse. Se espaciaron las llamadas, se enfrió la pasión. Como sin quererlo, el olvido se abrió hueco a codazos entre nosotros, ayudado quizá por la pena que ambos sentíamos -buena gente, al fin- por el imbécil de tu marido. Creo que ahora tienes dos hijos, que eres el ama de casa perfecta, y que te cuesta trabajo pulirte la pasta que gana tu chico. De corazón, me alegro, mi precioso duende; celebro que todo te vaya muy bien. Pero ni todo el olvido que nos separa, ni todo el dinero de tu marido, ni los abrazos de tus hijos -créeme ni siquiera ellos- serán capaces de arrebatarnos o de hacernos olvidar aquella noche irrepetible bajo las estrellas, envueltos tú y yo en luz de luna y agua azul, dulce y misteriosa, plena de rojos destellos.pies-femeninos-en-piscina-20550253

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Fantasmas del Paraíso

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“Regocijaos, oh jóvenes,en vuestra juventud…”

Eclesiastés

Pobláis la foresta de mis recuerdos como una tribu de mágicas amazonas, siempre dispuestas a manifestarse a la menor oportunidad, a arrancarme el alma a base de nostalgia, con ese dolor profundo y terrible que causa el certero conocimiento de que aquellos tiempos de ensueño ya no volverán jamás. Puedo ver todos vuestros rostros con cristalina claridad, mientras danzáis, hermosas y crueles, en la difusa frontera que separa, cada vez con mayor frecuencia, la realidad de la fantasía, lo vivido de lo soñado.

Os amé a todas, pero no todas me correspondisteis, no todas quisisteis compartir mi mundo, ni aceptar lo que os podía ofrecer, lo que os quería regalar. Pero, aun así, a ninguna guardo rencor: entre todas, me ayudasteis a hacerme hombre, me mostrasteis el camino a seguir, no siempre recto y claro, no siempre alfombrado con flores. Al calor de vuestros senos, aprendí a sentir la inmensa alegría de vivir, a disfrutar del magnífico latido de la vida, mientras iba recorriendo los arcanos senderos del amor, siempre iguales y siempre distintos, llenos de escurridizos diosecillos sonrientes y de afilados dientes de acero, que contemplaban mis progresos con mirada atenta y vigilante, prestos a utilizar su aterrador poder.

Por todo ello, he decidido, arrastrado por la fuerza tremenda que aun hoy ejercéis sobre mi vida, hablar de vosotras y de mi sin demasiados tapujos, con total sinceridad. No citaré nombres, como veréis, ni todas vosotras saldréis a relucir, por diversos motivos, aunque está más que claro que hay un lugar en mi alma para cada miembro de esta sensual tribu. Si tuviera que hablar sobre todos y cada uno de los hermosos ojos que llegaron a vencerme en alguna ocasión, que me capturaron en su hechizo, creo que no acabaría nunca: aunque nocherniego y algo taciturno, mi corazón jamás ha conocido ni el reposo ni el cansancio en lo que a semejantes lides se refiere.

Así pues, fantasmas del paraíso, fugaces damas aladas, jirones de hermosa niebla blanca y luminosa que me dais la vida, yo os invoco: venid una vez más a mí, prestadme vuestro poder y dotadme con el agridulce don del recuerdo; permitidme que os rescate del cruel olvido para que podáis lucir, una vez más, vuestras mejores galas ante mis ojos enamorados. Que brille vuestro antiguo esplendor, que reluzcan las diademas de vuestras frentes: bailad una vez más para mi, os lo ruego. Quizá así pueda romper el implacable sortilegio que me ata a vosotras, quizá así afloje la presa mortal que me impide olvidaros…