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Tremendo mambí (iii)

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“Sufro la inmensa pena de tu extravio,
siento el dolor profundo de tu partida,
Y lloro sin que sepas que el llanto mio
Tiene lagrimas negras,
Tiene lagrimas negras como mi vida.”

Lágrimas negras.

Miguel Matamoros, 1930

La noche habanera es cálida y llena de rumores, de susurros húmedos, de deseos inconfesables. Todas las noches de todos los puertos de mar lo son, merced a las sirenas que habitan sus aguas. Camino de la famosa Bodeguita, calle Empedrado número 206, esquina con Cuba y San Ignacio, veo con súbito temor que las luces del establecimiento están apagadas. Y, efectivamente, está cerrado, cerrado a cal y canto. Vale, no es lo que se dice un buen principio, pero quiero pensar que en el transcurso de los quince días siguientes ya habrá ocasión de repetir la visita y de triunfar en nuestro empeño. Faltaría más: no probar el mojito o el ajiaco del establecimiento sería algo imperdonable, ni más ni menos.

Media vuelta y a seguir explorando los alrededores del hotel. Caminamos despacio, sin prisa, saboreando todo el nuevo mundo que nos envuelve y nos observa con tanta o más curiosidad que nosotros a él. Ante nosotros, como silueteado contra la oscuridad que todo lo invade, comienza a revelarse el rostro de la urbe. Las calles están iluminadas con una luz mortecina, amarillenta, que solamente brillará con algo más de fuerza en las avenidas principales. El suelo es irregular y está en mal estado: aquí y allá, alcantarillas nauseabundas, con sus tapas levantadas, dejan escapar un hedor de todos los diablos y muestran enjambres de sanguijuelas que se retuercen en sus fétidas aguas. Kilómetros y kilómetros de cables eléctricos, negros, gruesos, colganderos, recorren las fachadas de las casas afeándolas hasta lo indecible mientras se entrecruzan en el aire para ocultar el cielo, limpio y cuajado de estrellas. En los zaguanes de los numerosos edificios barrocos  -casi toda La Habana Vieja está construida en este estilo-  , las masas de cables alcanzan un tamaño y una complejidad asombrosa: es increíble que no ardan súbitamente, es increíble que no sumerjan toda la ciudad vieja en un océano de fuego verde y negro que se la lleve al fondo del Caribe, anclándola allí por toda una eternidad con sus innumerables tentáculos. Una barahúnda de sonidos se escucha perfectamente en segundo plano, algo soterrada por la densidad del aire. Cerca de allí, hay una mujer que canta y algún alguien que silba, siguiendo una melodía pegadiza y caliente que deja escuchar la radio. Los vecinos hablan a voces desde un balcón al de enfrente, desde la calle hasta la ventana del primer piso, y charlan a gritos sentados a la puerta de sus casas, en sus propias sillas. Nos observan, sonrientes, tras las rejas que guardan las puertas de sus casas, muchas de ellas locales bajos con cierres de tijera como única protección frente a los intrusos, aunque ese es un asunto que no parece preocuparles demasiado. Como en todas las ciudades que en el mundo han sido, algún que otro estúpido perro ladra como si le fuera la vida en ello, con ese afán idiota que los canes ponen en tan molesta tarea.

Y entre semejante desbarajuste de sensaciones, a partir de esa vorágine para los sentidos, el viajero observador puede sentir a la perfección el pulso del espíritu de la ciudad: juguetón, amable, terriblemente decadente y sin duda eterno. En contra de lo que podría esperarse, el conjunto no ofende los sentidos; pese a tratarse de algo a todas luces compuesto por excesos, o quizá debido precisamente a ello, las primeras imágenes de esta ciudad revoltosa y bella impactan con fuerza en la retina del espectador y dejan su impronta en ella con singular facilidad.

En 1977, La Habana Vieja fue declarada monumento nacional; al año siguiente, y en una honrosa pelea que creo perdida de antemano contra la vejez, la enfermedad y la muerte, se inició un vasto proyecto de rehabilitación, que contaba con una buena parte de fondos españoles. No había otro remedio: una gran parte de sus 3.157 edificios estaban prácticamente en ruinas. La dejadez, la falta de recursos y el golpeteo incesante e implacable de la sal y del viento se habían empleado a fondo en su destructiva tarea, reduciendo progresivamente a polvo las plazas y las calles empedradas, las hermosas mansiones de purísimo estilo colonial, los recuerdos de un pasado magnífico. Enormes manchas de humedad y de salitre, fachadas que se caen a pedazos, escaleras podridas, cubanos semidesnudos viviendo en casas inmensas de suelos primorosamente ajedrezados, preñadas de antigua gloria: un fortísimo sentimiento de nostalgia, de desgarradora añoranza por los buenos días perdidos, te invadirá, viajero, a poca atención que prestes: Cuba es España, una España de ultramar, de algas y de aventura incomparable, y eso es algo que el corazón percibe con meridiana claridad.

Mientras camino  -mis amigos detrás de mí, obedientes-, me pierdo con facilidad en el pasado de la ciudad. Es algo inevitable aquí. La oscuridad y las duras sombras que nos preceden hacen que resulte sencillo olvidar en qué siglo nos estamos moviendo, encabritan la imaginación y engañan a los sentidos. Todo esta barriada vieja no es sino un gigantesco y risueño trampantojo, un decorado de cine, una ilusión bárbara y alegre que te transporta, mientras te miente, a la edad de las leyendas. Esa poderosa sensación de vivir en otro tiempo se verá reforzada cuando el sol del trópico ilumine esta tierra. Entonces comenzarán a destacar los suaves colores pastel de los edificios que componen este barrio superpoblado; las faldas de las mujeres, sus blusas ceñidas y sus sandalias de tacones invadirán la atmósfera y en ese preciso y fugaz instante la zona brillará como la joya caribeña que es. Repleta de vida inquieta y alegre, se abrirá para nosotros como una flor extraña y lúbrica, tentándonos con sus luces y con sus misterios innumerables. Pero de momento, solamente puedo imaginar ese instante mágico. Habrá que esperar a que rompa el día para comprobar si resulta cierta la promesa que creo percibir entre tanta decrepitud.

Pascual y Carlos charlan animadamente, comentando con asombro cuanto ven. Apenas queda ya ni un alma por la calle; la ciudad comienza a sumirse en el inquieto silencio que presagia la madrugada. Se van retirando los últimos viandantes y los vecinos guardan sus sillas y se meten en sus casas. Me creo que va siendo hora de volver al hotel. Ya habrá tiempo de orientarse y de hacer planes mañana por la mañana.

En ese momento, oigo una voz femenina que canta suavemente. A mi izquierda, sentada en las escaleras de su portal, hay una joven que nos mira con atención. Tras ella, una escalera tétrica, de pésimo aspecto, hunde sus entrañas en los pisos superiores, flanqueado uno de sus paños por la consabida e inevitable selva de cables, interruptores y enchufes.

No tiene los treinta años, ni mucho menos; una larga melena negra enmarca un rostro lindo y moreno, mientras en la boca perfecta cabrillea una sonrisa blanquísima. Viste con modestia y calzan sus pies un par de chanclas de goma.

-Buenas noches; ¿de dónde tú eres, extranjero? -me interpela directamente.

-Buenas noches. Vengo de muy lejos, del otro lado del mar, y he llegado hasta esta tierra para probar el sabor del Caribe… – le digo, con cara de guasa.

-Ah, ya, claro, tú eres español -decide- ¿Me regalarás un cigarrillo, español?

-Por supuesto.

Le alargo la cajetilla de Camel y le doy fuego. Aprovecho el momento para contemplar más de cerca sus ojos, muy oscuros y luminosos, que me miran con curiosidad. No es que tenga yo nada de particular, creo; mi barba entrecana, mi melena recogida en una gruesa coleta y mis pendientes no resultan excesivamente originales en esta tierra que ha visto de todo. En fin, supongo que quizá se pregunte por qué me siguen sin despegarse de mi esas dos sombras que también la observan con detenimiento; me temo que ya están valorando una posible presa, los muy jodíos… y ella es experta en semejantes lides.

-Ven, siéntate aquí conmigo. Cuéntame qué vais a hacer en Cuba…

-Pues verás, vamos a recorrer de punta a punta La Habana y sus alrededores -le digo mientras me siento a su lado, a riesgo de destrozarme los pantalones de lino contra los adoquines-  , haremos también alguna excursión, supongo, y nos dedicaremos a fumar, a comer y a beber…

Me mira con la risa asomándole a la boca, esperando algo más.

-Y voy a ver si caso a mis dos amigos, que creo que ya están en la edad… -concedo.

Suelta la carcajada con todas sus ganas. Se ríe echando la cabeza hacia atrás y con la boca bien abierta; su melena le tapa casi toda la espalda. Huele a limpio, a cabello recién lavado. La observo divertido. No es para tanto. No soy tan gracioso, ni mucho menos. Nos está obsequiando con la ceremonia de la confusión que supone que esperamos de ella, agitando las plumas magníficas como el ave del paraíso que es. Por mí está bien, sin duda. Color local. Los dardos van dirigidos directamente contra la entrepierna de mis compañeros, así que yo también me río bastante en perfecta connivencia con la hechicera, que no tiene ni un pelo de tonta. Ambos sabemos jugar a este juego.

-Bueno, pues si no encuentras novia cubana para tus amigos, ven a verme. Tengo yo un par de primas que estarán encantadas de marcharse pa’España con esos dos hombretones, ya tú sabes… Ya yo tengo mi hombre y no me puedo ir…  -se guasea- .Y tú, ¿tú no quieres nada con nadie, español? ¿Tú ya tienes una mujer?

– Sí, reina mora. Yo tengo mi hembra igual que tú tienes tu varón. Y es más que suficiente, no necesito a nadie más.

-¿Te hace feliz? -pregunta de sopetón. Me sorprende su repentina franqueza.

-Sí. mucho.

-Vaya, qué raro… -me observa atentamente, con una expresión nueva en el rostro encantador, como si me volviese a evaluar- .Los extranjeros que pasan por aquí no suelen hablar tan rápido y tan bien de sus mujeres…

-No todos tienen una mujer como la mía… -redondeo sin dudar.

-Pues enhorabuena, compadre… -sonríe de nuevo y me guiña un ojo con picardía.

Se levanta y tira la colilla al suelo, para pisarla después. Se acabó la entrevista. Nos sonríe por última vez, nos desea suerte y desaparece en la oscuridad de la escalera, que parece devorarla en un instante. Tan solo el tris tras de sus chanclas al alejarse nos convence de que no ha sido una aparición, un duende habanero y hermoso que nos ha salido al paso.

-Qué pedazo de chavala, ¿eh?  -dice Pascual. sonriendo como un niño que recuerda el escaparate de una pastelería.

-Sí, estaba un rato buena  -acota Carlos, mientras camina un tanto cabizbajo.

-Joder, no hemos hecho más que llegar y ya estáis pensando en lo de siempre; pero si no habéis deshecho ni las maletas; algo de calma, hombre… -les pincho, disfrutando horrores con sus caras de satisfacción anticipada.

Y así, entre bromas de pésimos gusto, de esas que nos hacemos los hombres entre nosotros cuando no hay mujeres delante,  llegamos al hotel. Mis dos colegas se van derechos a sus habitaciones; están muy cansados por el largo viaje y por la tensión acumulada durante un día tan especial para ellos. Yo me siento en el bar del establecimiento, siempre abierto, hospitalario siempre, y pido un daiquirí guerrillero, que no sé qué coño es, pero que me ha hecho gracia por el nombre. Resulta ser un daiquirí de menta, muy bien servido en copa de cóctel, como mandan los cánones. Tiene el inconveniente de todos los cócteles, por supuesto; es caro y me dura dos asaltos para ser exactos, de manera que procedo a pedir otro mientras me enciendo un cigarrillo y me arrellano cómodamente en una banqueta próxima a la barra, sin prisa, encantado de la vida, de la soledad que se respira en el bar y de estar un rato a solas conmigo mismo. El zumbido del aire acondicionado y la gran cantidad de plantas que decoran el lugar me distraen durante unos instantes.

-¿Le gusta así de cargado, don Mariano? -Daniel, un guapo mulato me hace esa pregunta al tiempo que me sonríe amablemente. Es un excelente camarero, me han comentado.

Coño… pego un respingo, pero no sé de qué me extraño. Aunque no llevo más de cinco horas en Cuba y en el hotel, todo dios sabe en la casa quién es el español de la coleta y la barba. Bueno, tampoco es que me importe o me moleste. Al fin y al cabo, como buenos profesionales que son, tan solo buscan agradar al cliente.

-Sí, Daniel, muchas gracias. Creo que caerá algún guerrillero más antes de que salga el sol, ¿no le parece?

-Celebro que le agrade, señor. Claro que sí, tremenda matanza haremos, señor…

El reloj del hall, enorme y carirredondo, da las tres de la mañana con voz solemne.

Dios, qué lejos estoy de mi hogar… y qué cerca.

 

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Tremendo mambi (ii)

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“Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia
de tu querida presencia,
Comandante Ché Guevara.”

“Hasta siempre, comandante”.

Carlos Puebla, 1965

Una pared de madera se yergue frente a nosotros. Practicadas en ella, varias puertas dan paso a sendas cabinas para que las autoridades cubanas puedan sellar los pasaportes de los visitantes de su patria. Abro, entro, cierro la puerta y veo a mi derecha un cubículo en el que se retrepa, a duras penas, la mínima expresión de un funcionario de fronteras. Cómo será de pequeñito aquel señorín que, pese a estar sentado en una banqueta que se apoya sobre una tarima, sigo teniendo que mirar hacia abajo para poder dirigirme a él.

– Buenas noches, caballero. ¿Negocios o placer? -indaga el amable gnomo.

-Placer, o eso espero al menos… -le contesto, mientras le tiendo mi pasaporte.

-Muchas gracias.

-¿Trae usted divisas, señor Gómez? -el enanito me mira fijamente, dispuesto a reconvenirme si la cifra que le tengo que comentar no resulta de su agrado o, mejor dicho, no se ajusta a la legislación cubana.

-Sí, compañero, traigo dos mil euros encima -miento como un bellaco.

Me mira por encima de las gafas; está claro que valora si le estoy tomando el pelo o no, más que nada por la cara de guasa que se me está poniendo. Decide, al fin, que soy un hombre honrado y me entrega el pasaporte.

-Le deseo una muy feliz estancia en Cuba, señor Gómez -me espeta con una sonrisa.

-Muchas gracias, oficial.

Y, en fin , en dos minutos, aliviado el tango. Apenas puedo contener la risa porque durante toda la entrevista que acabo de referir, no hago sino figurarme a Pascual, un tipo muy bajito, intentando entenderse con este sujeto, que es de tamaño muy similar al de mi amigo.

Salgo de la cabina y veo que entra, efectivamente, Pascual. Sale a los dos minutos y me dice muy risueño:

-Joder, que tío más bajito… casi no le veía, me he tenido que poner de puntillas…

Aparece al cabo Carlos, que tampoco ha tenido problema alguno con su documentación, y seguimos adelante por el interior del pequeño y modesto aeropuerto José Martí. Cuando ya vislumbramos la salida, una boca enorme, perfectamente llena de dientes, me sale al paso como por ensalmo. Es una boca que parece dotada de vida propia; sonríe y gesticula como si le fuera la vida en ello y parece funcionar con total independencia de su dueño, un negrata a juego con semejante caverna, un tío enorme que me mira como si me fuera a devorar. El gigantón luce una bata blanca que sin duda ha conocido tiempos mejores; cuatro o cinco bolígrafos asoman por el deshilachado bolsillo del pecho y una identificación, cuyo contenido no me molesto en leer, cuelga desganada al lado izquierdo de la prenda.

-Buenas noches, señor, y bienvenido a Cuba. Este es un control sanitario de entrada que le vamos a efectuar a usted -me dice, tan contento, con una profunda voz de barítono.

-Usted dirá…-me rindo.

-¿Tiene usted fiebre? -abre unos ojos grandes como platos y ladea la cabeza, consciente de que es el mismísimo Torquemada reencarnado.

-Pues no, en absoluto.

-¿Tose usted? -vuelta a girar la cabeza, sin dejar de mirarme.

-Cuando fumo…

-¿Padece usted alguna enfermedad infectocontagiosa? -me mira como si le encantase la posibilidad de pillarme muy malito y de meterme de vuelta en el avión.

-Sigue usted sin acertar, compañero; estoy sano como una pera…

-Pues muy bien  -trompetea triunfante-, siendo así, sea usted muy bienvenido a Cuba, señor…

La boca sonríe tanto que puede acabar engullendo a su propietario, haciéndole desaparecer en un abracadabra caribeño y surrealista que sería el final más adecuado para el riguroso trámite sanitario que acabo de superar. Y antes de fijar su atención en el resto de los pasajeros que pretenden salir del aeropuerto, la boca se dirige de nuevo a mi y me dice:

-Por cierto, señor, ¿tendría usted algún inconveniente en cambiarme estas monedas de euro por billetes de euro?

Dado que mueve una de sus manazas muy cerca de mi rostro con dos o tres cilindros de plástico llenos a reventar de monedas de un euro -hay unos treinta a simple vista- , opto por complacer al bruñido galeno, aunque maldita la falta que me hace cargar con semejante peso. En fin, el hombretón ha sido muy amable y lo cierto es que he tenido que volver a reprimir la risa ante lo chusco de la escena.  Nada ni nadie va a estropearme el desembarco en esta tierra, palabra de honor.

Junto a mi salen mis compañeros que, por descontado, han sufrido exactamente el mismo examen médico que yo y han pasado de igual manera por caja, aunque les ha tocado cargar con menor cantidad de monedas que a mí. Ventajas de ser el líder de la expedición…

Por fin, el Caribe. Al igual que me ocurriría algunos años más tarde al llegar a la República Dominicana  -me permito sugerir la lectura de mis Cartas Caribes, en este mismo blog-  siento una espantosa e instantánea ola de calor que me golpea todo el cuerpo, como si aquellas tierras me dieran la bienvenida a su propia y exagerada manera. Al menos, así quiero entenderlo mientras rompo automáticamente a sudar como un cerdo, muy a mi pesar. Durante toda mi estancia en la isla, y pese a no sufrir el embate de días en exceso calurosos, la humedad será mi eterna compañera, mi carcelera y mi torturadora. Tan solo podré escapar a su indeseable compañía en el recinto del hotel, donde optaré por purgar mis penas entre el humo de mis habanos, el ron y la observación de los muy diversos animales humanos que por allí se dejarán caer.

Frente a nosotros, algunas farolas rompen la oscuridad circundante para dejarnos ver los alrededores del aeropuerto y la modesta barriada que lo rodea. Hay una alegre algarabía de voces, de vestidos de colores explosivos, de pieles blancas y negras que se revelan bajo la amarillenta luz que baña la escena. Insectos grandes como portaaviones zumban a toda velocidad cerca de los focos y los ruidos de la urbe sirven de contrapunto omnipresente a las conversaciones de los nativos, que vocean a placer en un casi perfecto castellano. Giro la vista buscando un taxi, sin perder de vista a mis amigos, que parecen recién salidos de un largo ensueño, y entonces distingo un cartel con mi nombre bien clarito en manos de un mulato: es el chófer del director del hotel en el que nos vamos a alojar. Gracias a la amistad que le une con mi hermano, disponemos de los servicios de Heraldo, que así se llama el compañero, para movernos por La Habana con entera libertad. Al final, no ha hecho falta el taxi.

-¿Su primera vez en Cuba, don Mariano?

Heraldo ha cargado nuestras maletas en el coche en un santiamén. Conduce tranquilamente bajo la bóveda estrellada entre un laberinto de calles y de avenidas oscuras y prácticamente vacías. Quedan atrás las luces del aeropuerto.

-Sí, así es. Hemos venido para conocer su país y para disfrutar de unas buenas vacaciones, que falta nos hacen.

-Me parece muy bien. Mi país les va a encantar; Cuba es… -y se engolfa en una colorida, apasionada y apasionante descripción de su tierra. Como todos los cubanos, ama con ternura a su patria y no tiene empacho alguno en hacérnoslo saber, cosa que le aplaudo. No sé de qué pie cojea, políticamente hablando, y tampoco deseo ofenderle, de manera que no le he comentado que lo que yo quiero es conocer Cuba en vida del dictador, antes de que la imparable marejada de odio que se agita en Miami devore aquel mundo supuestamente utópico cuando los demonios se lleven al Comandante a base de tirarle de la birriosa barba.

-Heraldo  -le interrumpo-, discúlpeme la interrupción, pero… ¿cómo se hicieron ustedes con los carros que circulan por toda Cuba? Quiero decir, ¿cómo los eligieron? ¿alguien los fue repartiendo o…?

Me mira como si de repente se hubiera dado cuenta de que soy gilipollas, pero su educación le ayuda a disimular sus sentimientos.

-Pues no, claro que no, eso no hubiera funcionado bien, don Mariano. Cuando los yanquis se botaron de aquí, bueno, pues nos fuimos haciendo con sus carros poco a poco; según llegabas, cogías el que más te gustaba o el que estaba libre y así… luego fueron pasando de padres a hijos, ya usted sabe…-fija sus ojos claros en mi para cerciorarse de que no babeo del todo y de que he entendido su explicación, que por otra parte me esperaba.

-Ya veo. Maricón el último…

-Vaya que sí, compadre, vaya que sí… sonríe mientras sigue manejando camino del hotel.

Chevrolets, Fords, Plymouths y Chryslers de todo tamaño y condición pasan traqueteando junto a nosotros, envueltos en nubes de un humo tan negro, espeso y hediondo como jamás había olido en mi vida. Me recuerda de una manera lejana a los días de mi niñez, cuando la gasolina que quemaban los coches de nuestros padres no era un producto tan refinado como el actual, pero tengo la impresión de que el combustible que consumen a raudales estos sedientos cacharros es muchísimo más tóxico que el que yo recordaba, sin duda. Casi todos ellos están aceptablemente conservados , y de vez en cuando aparece alguno personalizado con todo lujo de detalles, de cromados y de símbolos de estatus de dudoso gusto. Abundan los colores más o menos originales, de fábrica, pero de vez en cuando algún avispón rosa fucsia o morado muy nazareno, con las llantas furiosamente niqueladas, nos adelanta a toda velocidad. Está claro que los cubanos hacen ostentación de sus viejos coches como la hacen de su pasión por el sexo, el baile y el alcohol, sin cohibirse en absoluto. No es ningún secreto que los domingos muchos de ellos se dedican a la reparación y mantenimiento de estos artefactos, fabricando con paciencia e ingenio en sus casas la mayor parte de las piezas necesarias para que estas reliquias sobre ruedas sigan funcionando. La antigüedad de los carros y el embargo milenario impuesto por los Estados Unidos al comercio con la isla se han conjugado para hacer de la necesidad virtud, de manera que muchos propietarios de estos vehículos se han ido convirtiendo, con los años, en avezados mecánicos. Trafican entre ellos con las distintas piezas, siempre sobre la base del trueque y hace sus tratos como lo hacen casi todo, hablando mucho, muy deprisa y con muchos gestos de las manos y del cuerpo.

Y llegamos al hotel, enclavado en el mismísimo corazón de La Habana Vieja. El Parque Central es la puerta de entrada a esa parte primordial de la ciudad; en él nace el famoso Paseo de José Martí, popularmente conocido como del Prado, una de las arterias vitales para el casco antiguo, que va a morir al Malecón, la Avenida de Antonio Maceo. Estamos a cincuenta metros escasos del nombrado Hotel de Inglaterra, del Teatro de La Habana y del Capitolio Nacional, que se halla junto a la Fábrica de Tabaco Partagás.  Las calles Obrapía, O’Reilly, Obispo y Empedrado se abren en las cercanías de nuestro alojamiento, conduciendo todas ellas hacia las entrañas coloridas y alegres del arcano corazón de la ciudad. También muy cerca de nosotros, esperan el Floridita y la Bodeguita de Enmedio. Creo que las perspectivas no pueden ser mejores y me desperezo descaradamente, con todas mis ganas, mientras el bueno de Heraldo descarga el coche y nos conduce hacia la recepción.

-Bienvenidos a Cuba, señor Gómez, señores… -una bonita recepcionista cubana nos sonríe amablemente mientras inicia los trámites para darnos entrada en el hotel.

-Don Santiago les recibirá de inmediato, señores. Aquí tienen sus llaves; muchas gracias y que disfruten de su estancia.

-Muchas gracias, Laura; es usted muy amable.

Ya que he tenido el más que dudoso placer de trabajar trece larguísimos años en la recepción de un hotel, se por experiencia que a cualquier recepcionista le agrada que reconozcan la calidad de su trabajo con una sonrisa y llamándole por su nombre, de modo que así lo hago. Eso establece un cierto nexo de proximidad entre empleado y viajero que predispone a ambas partes a una relación distendida y amable, mucho más de desear, si cabe, en tierra extraña.

En ese momento aparece Santiago, director del hotel y amigo de mi hermano, quien nos saluda cariñosamente y se pone a mi disposición, junto con su chófer, para cualquier cosa que podamos necesitar durante nuestra estancia. Es un hombre joven y muy activo, un profesional brillante que poco después acabaría siendo director de la zona del Caribe por cuenta de la misma compañía que gestiona el hotel en el que nos alojaremos. Nos invita a una copa de bienvenida y nos deja en manos de su comercial, Aramís, para tomar otra copa y charlar en plan más distendido, puesto que sus múltiples ocupaciones no le permiten entretenerse en exceso con nosotros.

-Mariano, ya la hemos jodido… !nos han robado las maletas! -aúlla repentinamente Pascual, antes de la llegada de Aramís, pegando un bote.

Me sobresalto al escuchar a mi amigo, tan solo para relajarme en fracciones de segundo.

-No, hombre, no; no te preocupes. Los botones han subido las maletas a las habitaciones, tranquilo… -le digo, sabiendo ya lo que ha ocurrido.

-Coño, pues no me he enterado… -me dice, rascándose la coronilla mientras esboza una media sonrisa.

Aramis nos saluda y le toma el relevo a Santiago. Atildado y elegante, nos invita a otro cóctel más y algo de charla, al tiempo que nos detalla las bondades del hotel, de la ciudad y del país entero. No pierde el cubano la oportunidad de indagar los motivos de nuestro viaje, aunque me supongo que la contestación no hace sino corroborar la opinión que se ha formado nada más vernos.

Le comento, en plan de guasa, que vengo a ver si mis dos amigos sientan la cabeza con alguna mulatona guapa, y me contesta que, a poco que se despisten, así será.

-¿Y tú, Mariano -me pregunta con picardía.

-Yo estoy muy bien servido. No tengo intención de ligar con nadie, tovarich.

Sonríe ladino y me espeta:

-No se trata de tus intenciones, sino de las de las hembras de esta tierra, amigo…

Acabada la copa, subimos a las habitaciones. La mía, la 543, es una suite de unos sesenta metros cuadrados, un pequeño apartamento. Está impecablemente limpia, si bien el mobiliario y la decoración son un poco vintage, que dicen los pijos de hoy. Una cama absolutamente king-size la preside desde el fondo. Toda ella está vestida con tonos burdeos y cárdenos, y aunque resulta un tanto opresiva, la luz que entrará a raudales por sus amplias ventanas a la mañana siguiente le dará un aire mucho más alegre. Las vistas son excelentes, de manera que no puedo pedir más.

Antes de darme una buena ducha, que va siendo ya imprescindible, deshago mi equipaje. Siempre que llego a un hotel, aun cuando la estancia vaya a ser corta, procuro colocar adecuadamente mis pertenencias en los armarios y mesillas correspondientes. Es una de mis muchas manías, pero me proporciona una sensación de estabilidad muy agradable. Consigo así un punto de referencia, un pequeño refugio en un lugar desconocido y, al menos en principio, totalmente ajeno; de este modo, tomo posesión de mi cueva y sitúo las coordenadas de mi vida en la civilización muy cerca de mi para no perder el norte.

Y cuando me dirijo al gran cuarto de baño para quitarme el sudor y el cansancio de encima, llaman a la puerta con suavidad. El inefable Pascual de nuevo.

-Mariano, tío, que se han equivocado…

-¿Y eso?

-Que me han dado a mi la habitación de los tres. Es grandísima, no puede ser solo para mi… -me dice el cuitado.

Casi me mondo de la risa pero procuro contenerme porque no le quiero ofender.

-No hombre; tú tranquilo. Son habitaciones más grandes de lo normal porque el director es amigo de mi hermano. No he visto ni la tuya ni la de Carlos, pero pasa, echa un vistazo a la mía y dime si es igual que la tuya.

Mirándome aún no muy seguro de si le estoy tomando el pelo o no, entra en mi estancia.

-Anda, coño, pues es igual que la mía; pensé que… -me sonríe, visiblemente aliviado.

-Ya te lo decía yo. Por cierto, dentro de media hora nos vemos en el hall del hotel, ?¿vale?

-Claro, ya se lo digo yo a Carlos.

-Fetén. Hala, con Dios…

Finalmente, logro mi propósito. Media hora después, estoy en el bar del hotel tomando una copa y esperando a los dos bergantes, que aún tardarían un rato en dejarse ver. Aparecen los dos muy limpios y atildados y con gesto alegre me señalan la salida, la gran puerta acristalada que nos conducirá hacia la aventura de vivir en un país desconocido.

Fuera, la cálida noche cubana nos acoge con alegría. Sin dudarlo ni un momento, enderezo mis pasos hacia la Bodeguita de Enmedio; mis viajeros me siguen, sumisos. Alea jacta est…

 

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“Guantanamera, guajira, Guantanamera…”

José Martí/ Julián Orbón “Guantanamera”

 

Ayer me encontraba mano sobre mano, un tanto desnortado por la falta de trabajo y por la inactividad. Para aliviar un poco mis penas, dí en repasar algunos rincones de mi despacho, de mi querida cueva, para ordenar una vez más lo ya ordenado en anteriores ocasiones, para sacudir un polvo inexistente de mis libros, de mis ideas y de mi vida, a ver si conseguía entretenerme un poco y sentir que mi tiempo se consumía en algo útil.

Y en esa tarea andaba cuando posé la vista sobre un libro de llamativa portada amarilla y negra, editado por National Geographic; en ella, junto a algunas magníficas fotografías, el título: Cuba. Ni más ni menos, así de claro. Al abrirlo, cayó a mis pies una hoja de tabaco ya más que añeja y un billete de cinco pesos cubanos. En el reverso de este modesto pedacito de papel se puede ver una reunión de bigotudos personajes en grave actitud; en segundo plano, ocho militares, de pie, contemplan la entrevista que están manteniendo otros dos espadones, sentados en sendos chinchorros. Bajo la escena, una leyenda asevera que “Cuba será un eterno Baraguá”. Y es que el día 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, cerca de Santiago de Cuba, Arsenio Martínez Campos, general español, se reúne con su homólogo cubano, Antonio Maceo y Grajales, quien le dice al extranjero que no se van a someter a la paz sin independencia que supone aceptar el Pacto del Zanjón.

En el anverso del billete, el general Maceo contempla la eternidad desde su verde retrato, con el gran mostacho de retorcidas guías que le empujó hacia la revolución y hacia la guerra que acabarían separando a Cuba de la madre patria.”Tremendo mambí”, me digo, sin poder reprimir una sonrisa: aquella fue la frase que acompañó al billete cuando una joven jinetera cubana me lo regaló. Y digo jinetera porque, como todo el mundo sabe y gracias al excelente reparto de bienes y propiedades que supuso la revolución cubana, en aquel país no existe la prostitución, ergo no hay putas ni putos. Al menos, eso es lo que afirma machaconamente la propaganda oficial, y lo hace entre nubes de hombres y mujeres que han convertido la caza del turista en todo un arte, en un modo de vida peculiar. Eso sí, todos ellos afirman, con la desfachatez propia del trópico, que no se acuestan con nadie por dinero, aunque si les tratas bien y les haces algún “regalo”, no tienen inconveniente alguno en “compartir” con el generoso donante. A pesar de ser un verbo transitivo, no añaden a la frase el correspondiente objeto directo que aclare qué es lo que se comparte; no hace falta, claro. Pero no adelantemos acontecimientos: en lo que respecta al amor y al sexo en el Trópico, volveremos a ello en su momento.  Y en cuanto a la hoja de tabaco, un guajiro   -de los de verdad, no de los de guardarropía-  me la regaló igualmente en los secaderos de tabaco de Las Barrigonas, camino de Viñales.

Al contemplar aquellos objetos, como en ocasiones me ocurre poco antes de sentarme a escribir, una vorágine de recuerdos, de sonidos y de imágenes se me echa encima con la fuerza de un tifón, de tal manera que consigo ver muy claro qué es lo que deseo garabatear sobre la blanca superficie del papel. La hoja de tabaco, que aún conserva su aroma, y el modesto billete han conjurado los momentos de mi vida, ya lejanos, que pasé en aquel país, en aquel remolino de colores crudos y alegres que resplandece y baila bajo el sol del Caribe. Quiero hablar de Cuba, de los cubanos que conocí y de los recuerdos que atesoro desde aquel entonces. No tenía yo todavía la costumbre de escribir sobre mis viajes, pero sí conservo una abundante colección de fotografías, y mi memoria, aunque comienza a jugarme malas pasadas, aún me acompaña en la mayoría de las ocasiones, de modo que allá vamos.

Marzo de 2010. Me encontraba acodado en la barra del bar del pequeño pueblo segoviano que con tanto cariño nos acogió, a mi pareja y a mi, hace ya unos cuantos años. Aguantábamos a base de gin tonics el asedio cruel de una fría tarde de primavera. Yo fumaba un cigarrillo y contemplaba mi copa mientras pensaba en nada, haciendo dos de las tres cosas que más me han gustado en la vida; mi amigo Pascual, inquieto para no variar, enredaba con su cerveza, sobando el vaso y haciéndolo girar al tiempo que encadenaba un cigarrillo tras otro. Carlos estaba atareado preparando la cena que íbamos a degustar esa misma noche; sacaba la carne de cordero de su envoltorio y preparaba las chuletas en grandes fuentes, siempre en silencio, como es su costumbre.

No recuerdo cómo surgió la conversación, pero dije ante todos los presentes, en tono de guasa, que ya iba siendo hora de que se buscasen compañía femenina, que ya estaban en edad de merecer y que me tenían muy harto; les iba a organizar una caravana de mujeres, a ver si maridaban con una buena hembra y se corregían de una puta vez. Excuso los comentarios que mi idea produjo, las barbaridades que sonaron y el cachondeo que por allí imperó durante un buen rato, aunque finalmente aquellos jenízaros llegaron a la conclusión de que semejantes caravanas no portaban más que hembras ya entraditas en años y en kilos y todas ellas sudacas: auténtico desecho de tienta, en una palabra. No pude por menos que desternillarme ante semejantes afirmaciones, proferidas todas ellas por sujetos que perfectamente podrían pasar por ser excelentes árbitros de la juventud, la elegancia y la cultura, claro está.

En esas estábamos cuando a mi pareja, a esa endiablada mujer, se le ocurrió la idea peregrina de que lo suyo sería organizar un viaje a Cuba por aquello de Mahoma y la montaña, con la sanísima intención de que alguno de nuestros amigos se trajese de vuelta a España algo más que un recuerdo del brazo, y que puesto que yo era el menos descerebrado entre tanto zulú, me tocaba a mi todo el asunto logístico y demás. Se hizo un silencio espectacular en la reunión. El primero en quedarse mudo fui yo, por supuesto, ante la enormidad de la tarea que se me podía venir encima de un momento a otro. Pero al escuchar a Pascual y a Carlos apuntarse a la idea a las primeras de cambio, mientras celebraban la posibilidad como si ya estuvieran en mitad del Caribe, quién dijo miedo. Dado que siempre me ha gustado vivir peligrosamente y a que los gin tonics me ponen  -me ponían- de un humor ferozmente épico, les dije que contasen conmigo y que atacaría la cuestión de inmediato, puesto que lo lógico era visitar Cuba en mayo a más tardar, para evitar calores espantosos en la medida de lo posible, las hordas de turistas que se mueven por la zona durante los típicos meses vacacionales y el azote de los huracanes. Automáticamente, me eligieron comandante en jefe de aquel desatino y siguieron cada uno a lo suyo, encantados según rumiaban más y más la idea, mientras yo comenzaba a diseñar el viaje en aquellos mismos instantes, acompañado por las risas de mi pareja, que celebraba el éxito de su canallada.

Confeccioné un par de carteles anunciando el magno evento y los coloqué en sitios estratégicos de la zona; pensaba yo que podíamos formar un grupo de 0cho o diez personas como mucho y que la experiencia podía atraer a más conocidos y amigos. Comencé a informarme sobre precios para el vuelo y el alojamiento y a recopilar documentación sobre nuestro destino, incluida la guía que he mencionado más arriba. Tengo la costumbre de informarme cumplidamente sobre los países que voy a visitar y lo hago con la debida antelación; es una táctica que siempre me ha rendido buenos frutos y que me ha evitado algunas sorpresas desagradables, y Cuba no iba a ser una excepción.

A los pocos días ya estaba más que claro que nuestra expedición sería más bien parca en tropas: tan solo Pascual, Carlos y yo partiríamos a la conquista de las blancas playas de la joya del Caribe español. Bueno, lo de las playas es un decir. Yo quería pasar una semana en Varadero, bañarme tranquilamente y tomar mucho el sol; lo haría mientras me fumaba unos buenos Cohibas ligeramente humedecidos con ron, observando a placer magníficos ejemplos de anatomía femenina moverse por la fina y cálida arena. Después, otra semana en La Habana, para conocer de cerca la capital de la isla. Pero resultó que a mis compañeros de viaje la idea de la playa les ponía los pelos como escarpias. Preferían, con mucho, los encantos de la ciudad, porque lo de la playa era muy aburrido y muy poco masculino; una mariconada, vaya. Además, la arena se te metía por todas partes y luego era un coñazo quitársela. De manera que hube de ceder y conformarme con ver el mar desde el Malecón y con pisar asfalto en vez de arena. Qué le vamos a hacer.

Algunos días ante de la partida me topé, volviendo de dar un paseo por el monte, con Nieves, la hermana de Carlos. Muy apurada me preguntó que qué le “echaba ” en la maleta a su hermano, que no sabía por dónde empezar. Me llamó tremendamente la atención aquella pregunta, hasta que caí en la cuenta de que Pascual no había llegado más allá de Bilbao, y en cuanto a Carlos, sus correrías no le habían llevado mucho más allá de Madrid, de manera que el asunto no tenía nada de particular. Aquello me dejó mucho más claro, por si me hubiera cabido alguna duda, lo titánico de nuestro empeño al proponernos aquel viaje y la labor que me quedaba por delante.

El día de la partida viajamos hasta Madrid en mi coche, lo aparcamos y nos fuimos al aeropuerto en un taxi. Cuando llegamos a Barajas, mis dos compañeros acabaron por acoquinarse del todo, arrinconados por las dimensiones de mi tierra, por tantísimo letrero luminoso en idiomas para ellos desconocidos. La vida exultante y frenética de nuestra capital y el ajetreo tremendo de un gran aeropuerto les habían descolocado completamente; se encontraban del todo perdidos y sus rostros, habitualmente poco expresivos, habían perdido el gesto adusto del castellano viejo para reflejar a la perfección su estado de ánimo. En aquel instante comencé a sentirme como mamá pato, llevando a mis espaldas a dos patitos que no se despegarían de mí en los quince días siguientes ni para decir buenos días. Sin problemas; a decir verdad, ya contaba con aquello y no me molestaba en absoluto. Mi intención era conocer un país lejano en buena compañía y que mis dos amigos disfrutasen tanto como les fuera posible de la experiencia. Dado que comparado con ellos yo era poco menos que el capitán Cook, era mi obligación velar por su confort y por su seguridad, y acepté aquella tarea sin inconveniente alguno.

Superados los siempre engorrosos trámites del vuelo, en un par de horas sobrevolábamos el Atlántico tranquilamente. Yo leía la prensa sin quitarles el ojo de encima a mis dos viajeros, por si había que echarles una mano con algo. Vano empeño: ambos permanecían sentados con la mirada clavada en el respaldo del asiento que tenían delante, como si estuvieran contemplando algo tremendamente interesante. Hieráticos como el famoso auriga, no se movían ni un milímetro, los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija. Al rato, noté que Pascual rebullía algo, sin duda tan deseoso de echar un cigarrillo como yo mismo, y le pregunté qué le ocurría a Carlos. Para mi sorpresa, me contestó que nuestro amigo estaba encantado de la vida y poco menos que en el séptimo cielo, aunque no dijera ni mus…

Y así transcurrieron doce largas horas, en un silencio casi completo. Molidos después del largo vuelo, bajamos del avión para encontrarnos, de hoz y de coz, sumergidos en la bella noche tropical de aquella isla mágica. Comenzaba nuestra aventura.