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Asuntos estivales

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«El corazón tiene razones que la mente desconoce».

Pascal.

 

A pesar de los muchos años que ya acarreo, a pesar de las numerosas canas que sigo peinando, nunca he sido capaz de aprender a desentrañar ese complejo lenguaje de las señales femeninas, ese delicadísimo ballet corporal mediante el que te comunican que estás en su punto de mira, en su lista de deseos, como dirían los yanquis.

De hecho, si el mensaje no es tan claro  -pese a su siempre innegable sutileza- que hasta un pampirolón como quien esto escribe es capaz de cazarlo a la primera, me atormentan siempre las dudas, que son compañeras inseparables del hombre tímido, sensible, galante y enamorado hasta las trancas del sexo contrario hasta extremos realmente peligrosos, pero entorpecido en su labor de seducción por escrúpulos y temores que no son propios del don Juan voraz que uno, en multitud de ocasiones, desearía ser. Mucho me temo que, en estas lides amatorias, somos los hombres mucho más torpes y canijos de lo que nos gustaría reconocer frente a nuestras astutas compañeras…

Al fin y a la postre, te enfrentas a esa nueva y azarosa incógnita exactamente igual que si tuvieras quince años, como si toda la experiencia y el conocimiento acumulados durante tantos años de aventuras desapareciesen súbitamente, para dejarte desnudo y desarmado frente al más arcano, aterrador  y sugerente de los misterios que la vida puede ofrecer: una hermosa mujer en orden de batalla.

Me mira de tal modo o de tal otro; parece que acaricia mi espalda con dedos cálidos al saludarme; es claro que yergue su busto cuando me dirige la palabra, arreglándose el cabello continuamente… Perfecto; leo señales inequívocas que denotan un cierto interés; ¿y qué? ¿Realmente me muestra su deseo, sus ganas de mí, o simplemente, sin pensarlo, hace gala de su palmito, de su espléndida esencia de mujer? ¿No será que curva su espalda bajo la caricia del sol, como la gata sensual que es, por el mero placer de sentir sus rayos? ¿No será un espejismo provocado por mi propia ansiedad? ¿Me rechazara, altiva y risueña en el mejor de los casos, o acallara mis requiebros, contestando al enigma a base de besos, largos, ígneos, arrebatadores e intensos como el sueño del opio y terribles como él? ¿Quien dará el primer paso, quien iniciara la danza que dio origen al mundo?

Sin duda, esa incertidumbre, unas veces deliciosa, un auténtico tormento otras, forma parte inseparable del juego, nos agrade o no. Sigo pensando, no obstante, que ellas son  -diga lo que diga la literatura o el cine-  las verdaderas maestras a la hora de administrar tiempos y ritmos en este magnífico sortilegio que es el arte de amar. O eso, o bien los hombres somos tan conscientes  -algunos- de nuestra cortedad de recursos, que olvidamos el hecho de que todos somos personas, seres humanos perdidos en la misma oscuridad, bajo el mismo cielo de plomo. De cualquier manera, aguardan tras el enigma de esa turbadora esfinge recuerdos imborrables, divinos gemidos en el calor de la noche, peligros ciertos y tremendos agazapados entre esos senos que deseas adorar con toda la fuerza de tu ser, en esas piernas hechas para recorrerlas muy lentamente con los ojos y con los labios. Y percibes todo ese inquietante panorama sin  ser capaz, al principio, de distinguir todos los matices que en él se alojan, sin poder diferenciar lo dulce de lo amargo, porque te ciega el deseo, el prurito desbocado de tu masculinidad. Ese potente conjunto de sensaciones se yergue ante ti como la cima de todas las cimas, como el premio final y definitivo que aguarda al viajero impenitente y osado, al audaz aventurero que se atreva a adentrarse en semejantes parajes, sin que importe nada más, aun conociendo el riesgo cierto de perderse para siempre en abismos de fuego y de dolor.

Y, si todo llega a cuadrar, si las piezas del rompecabezas se ajustan en su sitio, comienza el auténtico juego. Siguiendo el imperativo de tu piel, el rumbo que marcan tus manos, te ruego que te quedes un poco más, que no tengas prisa por irte, perversa hechicera. Déjame que disfrute comenzando a explorarte, sabiendo más de ti, siquiera sea por una sola noche, efímera e intensa. Quiero oírte hablar de lo humano y de lo divino, de todas esas cosas que fingimos que nos interesan, mientras intento leer en tu cuerpo lo que tu mente realmente está tramando. Te imagino gloriosamente desnuda, y te adivino madura, espléndida, rotunda, sin dar cuartel ni pedirlo, permitiendo que me asome al insondable pozo de negras estrellas que refulge en tus ojos. Sentiré el miedo abrasador que me produce notar cómo se estremecen de arriba abajo los parámetros de mi tranquila vida de burgués cuando beso tu pecho, cuando percibo con todos mis sentidos la lucha que se desarrolla en mi interior. Pero es un dolor tan placentero, tan completo, tan sublime…

Debemos, sin duda alguna, a nuestra educación judeo-cristiana, la enorme carga de moralina que arrastramos durante toda nuestra vida, la infame cantidad de karma que nunca pedimos soportar ni redimir. En multitud de ocasiones, ese obstáculo nos impide disfrutar de tantas cosas hermosas como surgen a nuestro paso. Bailamos siempre sobre el filo de la navaja, sin saber nunca si vamos a caer  -al menos en mi caso-  del lado epicúreo del asunto o en la vertiente puramente hedonista del mismo. Es trabajoso soportar un dilema como este, pero es lo que hay: ¿iniciar nuevas aventuras , arriesgándose a la catástrofe por unas noches de placer? ¿Sustraerse al maléfico influjo del propio deseo, negando la auténtica naturaleza de cada uno, desoyendo el crepitar del fuego que arde en la penumbra, que danza entre tus sienes?

Nadie cambia nunca, y el escorpión siempre picará a la rana, precipitando la muerte de ambos: está en su naturaleza.

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