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Zulú

Sí, así como suena. Me temo que ese va a ser el nombre definitivo de mi última novela, que ya está finalizada. Me queda por delante la ardua tarea de la corrección: volver a redactar o suprimir párrafos enteros, sustituir palabras, pulir el argumento, controlar tiempos y ambientes y procurar que todo encaje de la mejor manera posible: en definitiva, trabajar el andamiaje que sustenta toda la obra e intentar que pase lo más desapercibido posible.

En fin, en ello estoy. Buscar la forma de que este nuevo texto vea la luz será el próximo paso, que pienso abordar con total tranquilidad. Llevo una larga temporada peleando con esta novela y no se trata de arruinar el resultado final por una prisa que no tengo por qué sentir.

Por si a alguien le apetece echar un vistazo, adjunto un capítulo que considero ya definitivo. Espero vuestros comentarios, si tenéis la amabilidad de leerlo.

Como siempre, un abrazo y muchas gracias.

Capítulo 28

-Y entonces yo le dije: “óyeme, hermano, ¿qué tú dices, hombre? No tienes razón, porque esa hembra tuya no es tan buena mujer como tú crees, ¿sabes”. Y él, vuelta a empezar con la misma cuestión, que no, que yo no sabía lo que estaba diciendo, que su mujer era buena y honrada… tremendo plato de carne estamos comiendo, compañero…

La charla inacabable de Ricaldito camufla el suave siseo de los cubiertos contra los platos. El pasma come como un heliogábalo mientras desgrana, imparable, anécdotas y chascarrillos, condimentados con su acento habanero y su peculiar concepción de lo humano y de lo divino.

Frente a él, la maciza silueta de Olivares. Silencioso y tranquilo, escucha con aparente placidez la perorata de su compañero de mesa, a cuyas escasas preguntas responde con monosílabos mientras degusta la cena preparada por su pareja. El restaurante está hoy cerrado al público; tan solo los dos comensales  disfrutan de las habilidades culinarias de Noemí.

-¿Más vino, Mendoza?

Sí, compañero, hágame usted el favor -el cubano acerca la copa, sonriente, sin dejar de masticar-. Pero qué vino tan rico, sí señor…

-Me alegro de que te guste -contesta Olivares en un suave tono de voz.

-¿Y a qué se debe este convite, compadre? ¿Algún trabajo para Ricaldito a la vista? -pregunta el bofiano tras apurar de un largo trago el fragante vino.

Olivares se lleva a la boca un pedazo de estofado y lo saborea con lentitud. Noemí cocina cada vez mejor, es indudable. Gasta dinero como si creciera en los árboles y mira la entrepierna de los hombres jóvenes con excesivo interés, pero cocina cada vez mejor.

-Por el mero placer de invitarte, amigo -contesta el Negro-. Y para celebrar que estamos vivos.

-Seguro que sí, compañero -sonríe Ricaldito.

-La vida da muchas vueltas. Hoy estás arriba, en la cresta de la ola, y mañana te estás ahogando, con las tripas llenas de piedras. Así es el juego, ¿verdad? -Olivares paladea un sorbo de vino y se limpia con esmero los gruesos labios.

-Desde luego, nunca se sabe -responde por puro trámite el otro, con la boca llena. Su estrecho bigote se mueve como atacado de perlesía mientras deglute un bocado tras otro.

-Fíjate, por ejemplo, en lo que le ha ocurrido a Zúñiga -afirma el hampón como al despiste.

-¿A quién? -la expresión del rostro de Mendoza es del todo neutra. Olivares le escruta con fijeza, sus ojos oscuros convertidos en dos canicas de acero.

-A Carlos Zúñiga, al portero de “La Salamandra”. Hace dos meses que le dieron una paliza de la hostia y le tiraron al agua desde su barco. ¿No te habías enterado? -dice el restaurador.

-Pues no, la verdad es que no. No sé nada de Zúñiga desde la última vez que estuve en su local. Y estaba perfectamente -responde con candidez el cubano-. Pero con ese trabajo que tiene, cualquiera sabe…

-Entiendo.

Se hace el silencio entre los comensales. 

-Domingo, por favor, sírvenos el postre -pide Olivares.

Un negrata bajo, de anchos hombros y rostro inexpresivo, se acerca a la mesa saliendo de la semipenumbra que la rodea.  Les ha servido la cena, que la joven cocinera ha dejado dispuesta, y ahora comienza a retirar los platos con insospechada habilidad y con precisos movimientos de sus musculosos brazos sin decir ni una palabra.

-Estoy hasta arriba, compadre; no sé si me va a entrar el postre -dice Mendoza, mientras se palmea el liso vientre, ligeramente combado por la abundante ingesta.

-No seas modesto. Seguro que puedes acabar con un plato de tarta casera. La ha hecho mi chica, así que no puedes despreciársela -sonríe con sarcasmo Olivares.

-Bueno, en ese caso… -se rinde, goloso, el otro.

El silencioso Domingo sirve la tarta, acompañada de un vaso de vino dulce, y desaparece de nuevo, la discreción en persona.

-Vaya, qué buena pinta… -se relame Mendoza, con la cuchara en ristre.

-¿Qué tal con tus nuevos amigos, Ricaldito? -pregunta Olivares.

-¿Con quiénes? -farfulla el pasma, la boca ya llena de tarta.

-Con los rusos. Con quiénes, si no -Olivares no ha tocado para nada el postre, que comienza a derretirse frente a él. Su voz ha adquirido una desagradable dureza mientras sigue mirando la porción de tarta como si buscase algo detenidamente entre las capas de helado y de galleta.

Una cucharada repleta se queda a medio camino de la boca de Ricaldito, quien súbitamente observa con cierto resquemor a su anfitrión.

-No sé a qué te refieres, compadre. Yo no conozco a ruso ninguno -responde con aparente firmeza el cubano, llevándose la cuchara a la boca de nuevo y tragando con dificultad.

-¿Ah, no? ¿No conoces a ese ruso de pelo rubio y gafas oscuras? ¿A ese con cara de bestia al que llaman Iulianov? -presiona Olivares con el mismo tono de voz.

-No. No sé quién es ese tipo, compañero.

Olivares ataca el postre, complacido. De reojo, observa a Mendoza como el gato observa al ratón que va a devorar. El rostro esmirriado del habanero está comenzando a perlarse de sudor.

-Pues sí, esta tarta está deliciosa, es verdad -afirma sonriente el negrazo.

El otro carraspea y traga saliva ostensiblemente. Su nuez sube y baja en el delgado cuello, pero no suelta prenda.

-Hombre, no es eso lo que me han contado a mí, Ricaldito. Sé de buena tinta que conoces a ese tipo y que te llevas bien con él. Me dicen que incluso le has pasado algo de información sin que él te lo pidiera -la cuchara sigue rebañando el sabroso postre en medio de un tenso silencio.

Domingo tose discretamente en la oscuridad. Mendoza se gira sobre sí mismo y distingue al otro moreno de pie, con las manos cruzadas a la espalda, la mirada vacía fija en el infinito.

-Compadre, yo no sé qué te han contado a ti, ni quién lo ha hecho, pero todo eso es pura mentira, te lo digo yo. No sé nada de ningún ruso ni tengo nada que contarle ni a los rusos ni a nadie, te lo juro, compadre, tienes que creerme -se atropella Ricaldito.

Del otro lado de la mesa no le llega ni un murmullo. Olivares sigue con su plato como si estuviera perfectamente solo.

-La última vez que estuviste en “La Salamandra” tuviste un problema con Carlos. Te tuvo que sacar de la sala a hostias porque no pudiste tener la polla quieta dentro de los pantalones, como siempre -responde el Negro.

-Pero yo, pero eso no es… -suda el pasma.

-Efectivamente, hasta ahí, todo en orden: nada que sea de mi incumbencia. Un problema entre Zúñiga y tú que ya está resuelto -Olivares deja la cuchara en el plato vacío y lo empuja hacia el centro de la mesa. Cruza las enormes manos delante de sí y ladea la cabeza sin dejar de observar a Ricaldito.

-Claro que sí, compañero; aquello no tuvo la menor importancia, fue un malentendido y yo ya me excusé con Carlitos… -se defiende el otro.

Olivares se frota los ojos con cierta expresión de hastío en el redondo rostro. De un bolsillo de la americana extrae un gran puro que enciende con cerillas de madera a base de profundas caladas. Parece, por un instante, un sardónico demonio con la boca cuajada de brasas.

-Así es. Asunto terminado, aunque fuera a tu manera, que nunca acaba de zanjar nada. Pero después de aquello, te enteraste de puta casualidad de que Carlos andaba buscando información sobre los rusos y te faltó tiempo para irles con el cuento. Para joder a Zúñiga, claro, porque te había dado un par de hostias bien merecidas.

Una nube de aromático humo se estampa contra el rostro sudoroso de Mendoza. La expresión de su rostro muestra ya a las claras el temor que le invade. Guarda un silencio expectante y respira con pesadez.

-Y tu mala baba le costó la vida al maricón ese amigo de Carlos, que no se había metido con nadie. Y estuvo a punto de acabar también con la suya. Así que, como podrás entender, está deseando cruzarse contigo para charlar un rato. Me lo ha comentado antes a mí porque es un hombre que respeta a los suyos, no como tú… compadre.

Los ojos de Olivares están ahora fijos en su compañero de mesa. Ha pronunciado la última palabra de su frase con un profundo desprecio, con fría ironía. Sigue fumando sin prisa alguna.

-Ese hijueputa me ofendió gravemente, me trató como si yo no fuera más que un pedazo de mielda y me echó de su local… -contraataca Ricaldito, decidido ya a morir matando-. Sí, yo hablé con los rusos cuando ese cabrón puso al bujarrón de su amigo a espiarlos; sí, yo se lo dije. Y me dieron un buen dinero, claro que sí. Nadie ofende de balde a Ricaldo Mendoza Sabino, ya tú sabes, compadre.

El cubano, desafiante dentro del miedo que siente, señala a Olivares con un largo y huesudo índice.

-Y además, yo no te debo a ti explicación ninguna, Negro. No soy tu empleado ni trabajo solo para ti, de manera que puedo hacer lo que se me antoje -remata el tipo-. Al final, un maricón menos y una buena lección para el hijueputa ese. Eso ha sido todo. Y unos buenos cuartos para mí. Eso es.

Se mueve hacia atrás en la silla sin dejar de mirar a Olivares, colocándose muy digno, a secos tirones, las solapas de la americana acabado su parlamento, atento a la expresión del otro.

-Ya. Acabas de confirmarme que Carlos decía la verdad sobre ti. Vale. Cuando oyes decir la verdad, el resto no importa. Y entre nosotros, entre la gente como tú, Zúñiga y yo, no caben jugarretas de ese estilo. Estamos nosotros y los de ahí afuera, ni más ni menos. Así son las cosas. Ellos por un lado; nosotros, por el otro: nada que ver, ningún punto en común -el negro tabalea con los grandes y enjoyados dedos sobre la mesa mientras resopla con suavidad, la mirada fija en el cubano-. Si tenías algo contra Zúñiga, lo primero habría sido comentármelo a mí, ¿no te parece? Yo se lo propuse, él te encargó el trabajo por mí. Y además, los trapos sucios se lavan en casa, Ricaldito. El ruido no es bueno para los negocios.

-Tú dirás… tú dirás cómo arreglamos esto… -Ricaldito rompe el silencio con voz entrecortada.

Olivares suspira y observa sus manos, cruzadas e inmóviles frente a él.

-Mucho me temo que el asunto no tiene más que una solución, Mendoza, y tú la conoces sobradamente. No eres de fiar, hermano…

De entre las sombras a espaldas de Ricaldito, una figura maciza se mueve con rapidez. Sus manos sujetan un cable de piano cuyos extremos están atados a sendos cilindros de madera. Un arma tan vieja y bellaca como el mundo, sucia y eficaz.

El cubano, que casi no ha tenido tiempo de reaccionar ante la última frase de Olivares, nota el roce del cable en su delgado cuello e instintivamente lo agarra con ambas manos; sus dedos quedan atrapados entre el metal y la carne. Comienza a sentir una presión tremenda, lacerante, a medida que Domingo tira con lenta saña de ambos extremos del alambre. El pasma se debate, patalea, hace extrañas muecas con la cara y la boca, se levanta a medias de la silla tan solo para volver a sentarse, los ojos extraviados, casi fuera de las órbitas; la sangre está ya manando de las heridas que se abren en sus dedos, incapaces de detener el avance letal del cable, que se abre paso inexorablemente hacia el punto del cuello donde late la vida. El futuro difunto empuja la mesa con las piernas y se echa hacia atrás con violencia, intentando golpear a su agresor, que responde aplicando aún más presión a su perverso instrumento.

Domingo, siempre en medio de un estremecedor silencio tan solo alterado por el gorgoteo de Ricaldito y el ruido de sus patadas, prosigue su labor con la pericia de un profesional. En un determinado momento, gira el cuerpo y se echa a la espalda a su víctima para que el peso de esta le ayude en su espantosa tarea, como si de un saco trémulo se tratase. El habanero patalea con todas sus fuerzas mientras sus dedos acaban por caer al suelo, ya separados de las manos por la terrible presión del cable. Sus brazos, que chorrean sangre, penden a ambos lados del cuerpo, abandonadas ya la lucha y la esperanza, casi perdida la consciencia. El cuello principia a sangrar en abundancia, salpicando la escena con gruesas gotas rojas; la baba chorrea de la boca entreabierta del cubano, que ya apenas tiene fuerzas para proferir sonidos guturales, los ojos definitivamente fuera de las órbitas.

Como a cámara lenta, muy poco a poco, la vida abandona a Ricaldito, que se desploma con la suave dejadez del durmiente sobre el suelo manchado con su propia sangre. Su matador tensa unos instantes más el arma homicida, aunque sabe que su trabajo está felizmente acabado. El cable se hunde aún más, sin dejar de cortar, en la carne maltratada del pasma.

Finalmente, Domingo relaja su presa y el muerto cae al suelo cuan largo es, prácticamente decapitado. Su matador retira el letal instrumento de lo que queda del cuello del cadáver y comienza a limpiar el cable en la camisa de Ricaldito con sus fuertes brazos, casi con devoción, como admirado por su eficacia. La sangre mana sin cesar de las horribles heridas del cubano, dibujando un charco enorme y ominoso que empieza a oscurecerse con rapidez alrededor de su cuerpo vencido.

Durante los tres o cuatro minutos que ha durado la carnicería, Olivares no ha movido ni un músculo, la vista fija en la trágica escena. Sin dejar de fumar, ha observado el asesinato con cierta actitud estoica. Su rostro muestra una expresión similar a la de alguien que contempla cómo desinsectan su vivienda o su negocio, entre curiosa por la ejecución del encargo y resignada ante las molestias que la acción profiláctica sin duda traerá consigo.

Mientras se limpia el sudor de la cara, el silencioso esbirro espera nuevas órdenes de su patrón, impecable de nuevo su vestimenta, que acaba de alisar, aunque empapada en sangre de su víctima.

-Recoge todo eso y límpialo bien, tan bien como no has limpiado nada en tu puñetera vida, Domingo. No quiero que mi mujer sospeche nada de nada. Y cuando acabes, llévate esa puta escoria y deshazte de ella para siempre- remata, con una mueca de asco.

-Ahora mismo, patrón.

Olivares resopla y rezonga para sí.

-Vaya una puta mierda de noche. Me va a sentar mal la cena, joder. Maldito Zúñiga de los cojones.

Le propina un patadón inmenso a una de las sillas, que sale volando hasta impactar contra una de las paredes de la estancia.

-Me voy a tomar una copa. Tengo la boca seca como un jodido hueso.

Enfurruñado, Olivares sale a empellones de su local en busca del limpio ambiente de la plaza. A sus espaldas, el obediente Domingo da principio a su desagradable tarea sin rechistar.

Fuera del restaurante, un viento frío comienza a soplar desde el cercano puerto. Enreda entre las estrechas callejas y las calles solitarias, empuja a los viandantes y confunde sus pensamientos mientras cumple con su papel de heraldo del invierno.

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Unos días con otros

Más libros, más libres…

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. He abandonado esa insana costumbre que obsesiona a las personas maduras y que consiste en hacer un continuo y exhaustivo balance de sus vidas, entre otras cosas porque no acaba de agradarme el resultado que adivino, seamos francos. La sensación de pérdida, de oportunidades para hacer casi de todo que se alejan mientras azulean en la distancia, es demasiado intensa como para soportarla más allá de unos instantes sin sentir el poderoso y amenazador vértigo del presente.

Como comprenderás, querido, ignoro si te habrás visto arrastrado hasta el limbo de las cosas que fueron por los efectos secundarios de esa operación, profiláctica y un tanto dolorosa, que supone dar completamente la espalda a casi todo aquello que en su día no llegaste a ser, de permitir a un piadoso olvido que inunde ciertos compartimentos de tu devenir con su apaciguadora presencia. 

No tengo la certeza de poder contemplar tu rostro alegre, coronado por ese flequillo que tanto odiabas y por las sempiternas gafas. Sí, esas que tus padres, resignados, te reponían cada dos por tres vista la eficacia y la lastimosa frecuencia con que las destrozabas. Tampoco cuento con la seguridad de verte salir del colegio con tus amigos, cuando eras más “Gómez” que “Mariano” tanto para ellos como para tus profesores, cuando te gastabas el escaso dinero del que disponías en lo que hoy serían tiendas de chuches, que en aquellos entonces no pasaban de ser oscuros tabucos, a veces malolientes, encastrados en fachadas antiguas y sucias.

Pantalones cortos, que tampoco te apetecían demasiado, desde luego; americana gris, camisa blanca y aquellas irritantes corbatas negras que aprisionaban tu cuello infantil con una goma elástica, dada tu feliz ignorancia en la arcana ciencia de anudar como Dios manda tales instrumentos de tortura; un par de zapatos casi indestructibles y de una fealdad indignante, junto con los imprescindibles calcetines, siempre a la altura de los tobillos: equipado con semejante bagaje, celebrabas sin solución de continuidad las bárbaras ceremonias de la infancia en compañía de otros arrapiezos igual de despreocupados que tú, tan a caballo entre lo real y lo irreal como tú.

Bien es cierto que si cierro los ojos con suficiente fuerza y durante el tiempo necesario, alcanzo a ver tu silueta desgarbada con un bocadillo de pan y chocolate en una mano y un lápiz -siempre de grafito número 2, que rasca menos el papel- , mientras te agachabas sobre tu mesa de estudio absolutamente absorto en la imposible resolución de aquellos engorrosísimos problemas de cálculo, aritmética y geometría que siempre se te dieron un ardite, porque, al fin y al cabo, ¿a quién coño le importa cuántos caramelos le quedan a Juan si tiene cinco y le da tres a su hermano mayor? ¿Dónde está el quid de la cuestión si ambos tienen caramelos que masticar? ¿No resultaba infinitamente más interesante enterarse de las verdaderas intenciones de Long John Silver, pongo por caso? ¿Es que la idea de dejar vagar la imaginación, de viajar por el techo del mundo y de contar después cuanto hubiéramos visto, de hechizar a nuestro auditorio al hacerlo, de sujetarle en su sitio con el mero poder de nuestras palabras, no poseía un irresistible atractivo? Sin lugar a dudas, mi querido chaval. Por eso, tu relación con el árido mundo de las ciencias fue desastrosa desde el primer momento, aunque también hay que decir, en honor a la verdad, que en la empresa de llegar a aborrecer cordialmente aquellas tristes materias fuiste auxiliado por algunos de tus profesores, algo cortos de dinero y por ende muy escasos de vocación. Por eso, tu facilidad para quedarte colgado, para echarte en brazos de tus ensoñaciones favoritas con llamativa frecuencia, cartografió con mano firme una gran parte de los caminos que durante el resto de tu vida recorrerías.

Merced a cierto esfuerzo, consigo también localizar tu rastro fugaz e ilusionado cuando llega el estío, tu estación favorita. Gruesos muros y altas paredes, festoneados sus blancos lienzos con ladrillos rojos, que rodean umbrales y alféizares. Frescor en verano y algo de calor en invierno; tejados que acogen rara vez a la elegante pizarra y contraventanas metálicas, de esas de toda la vida, casi siempre pintadas de un verde ubicuo y universal; casas que se alzan entre pinos y jaras, cálidos testigos de edades inmemoriales y mucho más amables que las actuales. Súbitamente, distingues en la acogedora umbría de sus zaguanes a unos muchachitos que juegan y enredan, ahítos de vida. Ves también a hombres y mujeres jóvenes, vestidos con pantalones estrechos y alpargatas de esparto, fumando apaciblemente mientras desgranan una conversación en un acogedor jardín, al abrigo del alegre sol de la tarde. Las grandes butacas blancas y la amplia mesa de café hablan de canícula y de agradable sobremesa. Flota una deliciosa somnolencia en el ambiente, que no acaba de adormecer a los presentes, aunque les imbuye una grata sensación de paz y de tranquilidad. 

Y yo sé que tú eres uno de los niños que monta en bici por las calles de la colonia, ajeno a todo lo que le espera emboscado entre las amargas tinieblas del futuro. Y siento, ahora y mal que me pese, un terrible dolor en el pecho, y conozco de primera mano el asalto cruel de la añoranza, el horror de lo que ha sido y ya nunca volverá.

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. Aunque a veces escucho tus pasos ligeros de niño rondar cerca de la mesa de mi despacho y puedo imaginarte contemplando satisfecho la biblioteca de tu abuelo.

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El mapa y la brújula

Me guste o no, me pete o deje de petarme, la verdad es que soy una mezcla un tanto anárquica entre lo que se conoce como escritor de brújula y escritor de mapa. Y ello se debe, creo, a que no entiendo la utilidad de la una sin el otro, no veo la razón de ser de un instrumento magnífico y misterioso sin la silenciosa presencia del hermoso paisaje cartográfico sobre el que se proyecta su magia. Semejante manera de pensar encierra no pocos peligros, entre los que destaca el de desequilibrar la balanza que los contiene con desastrosas consecuencias. Pero no adelantemos acontecimientos. Veamos.

Un escritor de mapa es aquel que, previo al momento de atacar la página en blanco, imagina un mapa del derrotero que seguirá la trama de su obra. Sin semejante artilugio, nuestro hombre se perderá irremisiblemente: nadie quiere condenarse en los vericuetos de una historia por la que puede estar deambulando una larga temporada antes de ver el final de la misma.

El mapa habrá de contener un punto de partida y otro de llegada, el inicio de su historia y su desenlace, al tiempo que detalla las incidencias que los hechos relatados imprimirán en el cuerpo de su obra, los giros que el destino impondrá a sus personajes y los capítulos durante los que se desenvolverá la trama.

Como es lógico, el nivel de detalle que luzca el mapa dependerá del propio escritor. Los más inseguros -o los más detallistas- diseñarán mapas repletos de instrucciones y especificaciones para evitar cualquier tipo de riesgo, mientras que otros autores se conformarán con planos mucho más sobrios y esquemáticos, puesto que confían en sus habilidades y experiencia para resolver las dificultades con las que sin duda se toparán.

Por otro lado, el escritor de brújula es quien no necesita tanta seguridad a la hora de ponerse a redactar una novela. Armado tan solo con una idea clara, se lanza a la tarea a pecho descubierto y va desarrollando la peculiar escenografía de su obra a medida que avanza en la creación de esta. Estos últimos suelen ser profesionales ya un tanto curtidos, con una veteranía que les ayuda para moverse con soltura y elegancia por las vicisitudes de la trama evitando al mismo tiempo caer en lagunas o meterse, siguiendo con el símil acuático, en peligrosos charcos argumentales.

Y a pesar de ello, hay muchos escritores noveles que se declaran abiertamente escritores de brújula. Temen, sentados en su mesa de trabajo, que la laboriosa tarea de confeccionar un mapa detallado le quitará frescura a su talento, privará de espontaneidad a su idea principal y, en suma, eliminará de su obra la chispa del genio que todos cuantos nos dedicamos al oficio de escribir perseguimos con denuedo. Olvidan, sin embargo, que las restricciones pueden fomentar la creatividad y acabar por potenciarla, según señala acertadamente la paradoja de la creatividad. El cerebro humano está de sobra capacitado para aceptar riesgos, aceptación que es, por otra parte, la mejor manera de violar amablemente las fronteras de nuestra zona de confort.

Aunque, al fin y a la postre, lo cierto es que la pertenencia a una u otra clase de escritor no tiene, a la hora de la verdad, mayor importancia. Me explico. Hay un ingente volumen de trabajo previo a la labor de escritura pura y dura, sin ningún género de dudas. Y esos escritores noveles que se declaran como apasionados de la brújula lo hacen, en una gran mayoría de casos, porque piensan que así se pueden ahorrar esa labor de preparación, que en ocasiones puede ser algo tediosa. Ni más ni menos, seamos sinceros. Creen ahorrar tiempo cuando en realidad no hacen más que perderlo, hecho que percibirán disgustados cuando ya se hayan puesto en marcha hacia la culminación de la historia que pretenden contar.

Toda esta pomada pertenece a lo que podríamos denominar mística del escritor, a esa cierta imagen mental estereotipada que todos tenemos sobre lo que uno de estos peculiares individuos ha de ser. Sus propios libros, las películas escritas o protagonizadas por ellos mismos, las convenciones sociales: todo ello se conjuga a favor de mantener esa idea preconcebida, que suele ser tan falsa como cualquier otro espejismo similar. De ahí el irresistible magnetismo que tildarse a sí mismos como escritores brújula posee para los recién llegados a este arte.

Tan engañosa como todas las místicas que en el mundo han sido, esta concepción del escritor como sufrido héroe que hace frente a los bloqueos, a las musas esquivas, a sus propios miedos y fantasmas interiores está cargada de impostado dramatismo, necesario, eso sí, para la épica del asunto, tan querida para muchos. Sí, también hay algo de combate contra tales enemigos, a veces desesperado, en la vida de un escritor, pero lo cierto es que la mejor manera de pelear contra semejantes circunstancias consiste en trabajar continuamente, organizarse, planificar y formarse: la escritura es, sin lugar a dudas, un oficio como otro cualquiera, con sus reglas y sus leyes casi inmutables. Harina de otro costal será dominar tales principios hasta elevar la escritura a la categoría de arte, de una delicia para los sentidos o de una imborrable y maravillosa experiencia.

Pero no nos engañemos. Principio y final de la historia deben ser hitos claros en el camino que vamos a emprender, querámoslo o no, como han de serlo la elección de las palabras, el tono y la forma adecuadas, los personajes en liza o el ambiente en el que sus aventuras y desventuras se verifican. Tampoco podremos perder de vista la manera de llegar hasta ese deseado final, siquiera sea contando con unas cuantas indicaciones básicas e imprescindibles. Porque, de no ser así, el ritmo de nuestra producción escrita bajará, y con él la ilusión de la escritura y las ganas de avanzar en la obra; muchos magníficos relatos se quedarán en la cuneta, dormidos para siempre junto con sus autores; otras tantas buenas historias se enfangarán en la turbiedad de sus tramas, desnortadas por la falta de previsión de sus creadores.

De cualquier manera, aún así, a pesar de poner en juego todos los conocimientos que sobre el asunto vamos acumulando con los años, la práctica y el consejo de quienes saben de esto más que nosotros, hay ciertos momentos en nuestro devenir como escritores en los que cuanto nos rodea parece estar en contra de nuestro empeño. No tiene nada de particular, ya lo sé. Es evidente que le ocurre a todas aquellas personas que se ponen frente a la pantalla de un ordenador, o delante de un bloc de notas con un bolígrafo en la mano, o que acarician, con un deleite no exento de temor, una resma de cuartillas de excelente calidad, prestos a hollar la inmaculada y amenazadora blancura del papel con las criaturas de su imaginación.

Y lo cierto es que, en mi caso, semejante situación debería estar más o menos olvidada, por aquello de la relativa facilidad que otorga la también relativa práctica, pero es lo que hay: estoy perfectamente encallado en mi segunda novela y soy incapaz de ver el final con la claridad necesaria como para ponerme a redactarlo. La situación se agrava más, si cabe, por el hecho de que estoy tocando ese instante inolvidable con la punta de los dedos; me falta poquísimo para echarme hacia atrás en mi silla, cruzar las manos detrás de la cabeza y decir aquello de «esto no ha hecho más que empezar; ahora me toca corregir…» De paso, es muy posible que semejante atasco se deba, entre otras cosas, a una falta de datos claros en ese mapa imaginario del que venimos hablando, a un exceso de confianza en la brújula y a ciertas circunstancias personales en mi vida que han desenfocado un tanto el camino a recorrer. Qué le vamos a hacer.

Creo que tengo que abordar temas menos ambiciosos que la redacción de una novela para volver a coger el ritmo de las letras, de las palabras que se agitan en mi interior y que me impulsan a seguir escribiendo. Habrá que insuflar nueva vida en las páginas de mis blogs, me creo; habrá que investigar, sin prisa pero sin pausa, la trama de una nueva novela, cuyo tema distinguiré de entre los muchos que bullen en mi cerebro mientras pelean por hacerse con mi atención. Quizá mi segunda novela, casi acabada, tenga que dormir durante cierto tiempo el sueño inquieto de los nasciturus antes de poder ver la luz del día. Puede que me convenga decirle hasta luego a Carlos Zúñiga, al inspector Barrientos, al Bellota y al Negro Olivares, interrumpiendo de alguna manera la progresión de sus vidas hasta el momento en el que ellos mismos, mis musas, algo de suerte y otra buena ración de trabajo me vuelvan a poner sobre la pista de lo que les vaya a ocurrir en el mundo que para ellos he creado. Que así sea.


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Un pantalón lleno de dinero y un ordenador de cremallera (Propofol, XI)

Hoy es día de pago. La anciana que me cuida, la vieja enfermera que veo continuamente y que no me quiere dar el alta, va a venir enseguida con alguna de sus cochambrosas facturas. Las hace en sucios papelajos cuadriculados, más que arrugados, en los que anota los gastos que voy causando con una letra pequeña, rasguñando el papel con un viejo bolígrafo de tinta azul. Con pulso débil, llena la hoja de trazos finos y alargados como patas de araña.

Pero no hay problema alguno. Aunque mi pareja no puede venir a buscarme, porque no la dejan entrar estos canallas, sí que me envía dinero cada vez que lo preciso. Y me llega de una forma comodísima, directo a mis manos: llevo puesto un pantalón corto de color blanco que me resulta muy agradable para estar tirado en la cama. Cuando me hace falta el belule, no tengo más que meter la mano en el bolsillo derecho de la prenda y frotar un poco su forro con mis dedos para que aparezcan entre ellos unos cuantos billetes de cincuenta euros, de manera que no me falta de nada en mi cautiverio. Puedo pagar las facturas y comprar cuanto me apetezca llegado el caso.

También estoy conectado con el mundo exterior, con la red de redes. Sigo puntualmente las noticias que van sucediendo a mi alrededor, en mi país y en los del resto de la doliente humanidad que respira y se mueve ahí afuera, detrás de las paredes que me separan de la vida. Lo hago mediante un práctico ordenador que no recuerdo de dónde he sacado, pero que funciona a las mil maravillas. Es una simple cremallera de plástico blanco, que aloja en su interior la tecnología informática más avanzada que el dinero puede comprar. A base de tocar en un orden determinado los dientes de la cremallera, pueda acceder a mi correo, a YouTube, a mi ordenador de sobremesa y a un sinfín de videojuegos y películas que hacen menos tediosa mi eterna, imperturbable espera. Busco con angustia noticias sobre el tenebroso capitán de caballería que me ha castrado, sospechando que no se trata más que del tráiler de una película que he confundido con la realidad -sueño que es un sueño dentro de otro sueño-, pero no encuentro datos fehacientes sobre tan espantoso asunto a pesar de mi rápida conexión a internet. Hay momentos en los que me revuelvo desesperadamente en mi cama, en los que peleo por levantarme de ella, por superar las barreras que me impiden caer al suelo. Pero es completamente imposible; no logro ni despegar las piernas del colchón, y si lo consigo, veo las estrellas al golpearlas contra los bordes de mi lecho. Curiosamente, intento en varias ocasiones reservar un taxi, mandárselo a mi chica para que venga a por mí y pagarlo en destino, pero no hay manera humana.

Anoche, gracias a mi flamante ordenador de cremallera, pude ver proyectada sobre la pared  una entrevista que le hacían a John Fitzgerald Kennedy. Durante la Segunda Guerra Mundial, JFK fue capitán de una lancha torpedera, la PT 109, en el área del Pacífico Sur. En el transcurso de un reconocimiento, la lancha fue impactada por un destructor japonés, que la partió en dos y ocasionó una explosión a bordo. La tripulación a su cargo logró nadar hasta una isla y sobrevivir hasta ser rescatada, gracias, entre otras cosas, a su presencia de ánimo. Todo ello le proporcionó una merecida fama sobre la que se sustentaría el posterior desarrollo de su carrera política. Hasta ahí, yo ya tenía todos los datos antes de enfermar, nada nuevo bajo el sol. Pero lo que se decía en la entrevista que yo vi dentro de mi delirio, era que tanto él como sus compañeros habían sobrevivido al ataque japonés y al subsiguiente naufragio ocultándose en el interior de los retretes de la lancha. Allí, la licuefacción (???) les había salvado una y otra vez de morir ahogados, pese a recibir constantemente una lluvia de malintencionados excrementos orientales. Veía aquel despropósito con total claridad y me parecía lógico de toda lógica.

Al día siguiente, ya mucho más fresco y centrado -suponía yo, pobre de mí-, inicié un viaje por Estados Unidos. Hacía en aquel continente un calor espantoso, porque además me encontraba en Tejas o en Arizona, no lo recuerdo bien del todo. Me alojaba en casa de R, una de mis enfermeras favoritas, que me había invitado gentilmente a pasar allí los días que durase mi viaje. Tenía una gran cama ortopédica para mí solo en el centro de una habitación donde se congregaban la familia y los  amigos de mi enfermera. Yo bromeaba con ellos aunque me costaba un imperio poderme  levantar de aquella cama. Y quería hacerlo, quería congregarles a todo para endilgarles un discurso que repasaba sin cesar en mi mente, para prevenir a mis nuevos amigos sobre la inmensa cantidad de hijos de puta peligrosos que deambulaban por las calles de aquella ciudad en la que nos hallábamos. Quería decirles que evitasen el enfrentamiento a toda costa, que huyesen para vivir un día más y poder combatir desde una posición más segura. Les rogaba que reuniesen a sus familias, amigos y allegados para escuchar algo tremendamente importante y útil para proteger sus vidas, pero lo cierto es que no me hacían excesivo caso. Aquello me hacia sufrir horrores y peleaba sin descanso para poder levantarme de aquella cómoda cama sin resultado alguno, al tiempo que pulía una y cien veces las frases que pensaba dirigirles.

Poco después, y sin saber cómo, me encontraba de nuevo en España y en una localidad que me resultaba muy familiar; quizá se tratase de Alcalá de Henares, no lo sé. Estábamos acampados, literalmente acampados, en el comedor de una casa muy grande y llena de gente; era de noche y nos preparábamos para irnos a la cama, porque al día siguiente había que madrugar para hacer no sé que cosa. La vivienda era propiedad de un matrimonio de fisioterapeutas americanos, un tanto frikis y simplones. Las camas de la casa eran regulables, como las de los hospitales, y antes de dormir había que realizar todo tipo de rituales higiénicos que supuestamente nos ayudarían a conciliar el sueño. Eran muy concienzudos en aquella obsesiva tarea y no nos dejaban cerrar los ojos hasta que no habíamos completado las puñeteras rutinas a su entera satisfacción. Conseguí dormirme finalmente, claro está.

Para mi sorpresa, cuando desperté me encontraba en un lindo pueblo de montaña que yo sabía que pertenecía al Tirol, una tierra que siempre me atrajo desde niño, nunca supe el por qué. Ataviado con el típico traje tirolés, subía una cuesta empinada empedrada a base de adoquines, entre un tráfico infernal compuesto por tranvías que por allí subían y bajaban a una velocidad endiablada. Al llegar a la parte superior del repecho, encontré una hermosa librería. Las paredes, revestidas de oscura madera, estaban cuajadas de estanterías repletas de libros, de todo tipo de publicaciones. Allí había cuanta literatura e información general pudiera uno desear, así que me entretuve muy ufano hojeando tantísimo volumen interesante como tenía a mi alcance.

En aquel momento, apareció en la tienda mi amiga Mb, a la que hacía muchísimos años que no veía. Charlamos animadamente tras los saludos de rigor y me invitó a pasar unos días en la casa que tenía -que aún tiene- en el pueblo donde yo la conocí.

Dicho y hecho; desanduvimos lo andado, bajamos la pronunciada pendiente esquivando tranvías, y casi en el mismo momento, aparecimos en su casa. No era tal y como yo la recordaba y había allí otro antiguo amigo al que perdí la pista hace más de veinte años, mi querido E. De pronto, me encontré acostado dentro de un saco de dormir en el suelo del comedor de aquella casa, con un chaleco lleno de cables y una fina almohada bajo la cabeza, mientras mi amiga me abroncaba una y otra vez por mi desobediencia, que no hacía más que poner en peligro mi salud y someter a dura prueba su paciencia de buena samaritana para conmigo. Por las ventanas de la casa, podía contemplar el oscuro cielo estrellado de una fría madrugada invernal. Se escuchaban perfectamente los ruidos que procedían de la cercana carretera y los crujidos de la nieve que cubría el paisaje por completo. La sencilla decoración del interior del chalet, que yo ya conocía, había cambiado radicalmente. Escaleras con pasamanos de madera ocupaban todo el espacio interior, comunicándose las unas con las otras a través de pequeños rellanos en una suerte de laberinto enloquecido. Súbitamente, me quedaba solo y volvía a soñar con aquella última escena punto por punto, con una angustiosa exactitud. Cuando ya no podía más, se abría una puerta que no había advertido y penetraban en la casa un hombre y una mujer con batas blancas, que me llevaban de nuevo a mi cama de siempre musitándome palabras de ánimo.

Todavía me esperaba, agazapado entre las tinieblas de mis enloquecidos delirios, un gánsgter dominicano al que tendría que convencer para que no me matase por culpa de mi archienemiga, la cruel M…

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El Negro Olivares, Ricaldito y un piso en el centro.

13 de junio de 2018

Desde el día 21 de febrero pasado no he vuelto a contaros nada más sobre la azarosa vida de Carlos Zúñiga, el personaje central de la obra en la que estoy trabajando. Es lógico: Carlos se ha visto arrastrado -como quien esto escribe- por el vértigo que desencadenó en mi despacho y en mi vida la publicación de mi primera novela, «Jinetes en la niebla». Ahora que las aguas parecen volver a su cauce, dejando sitio para otros proyectos, es la hora de seguir los pasos de este atípico portero de local de copas.

Merced a la colaboración del Negro Olivares y de uno de sus acólitos, Ricaldito, Zúñiga descubre dónde se oculta un personaje de crucial importancia en el desarrollo posterior de la novela, y se pone de inmediato en acción. Las circunstancias mandan y necesariamente tendrá que volver a contar con un antiguo amigo a quien ya conocemos, el policía Martín Barrientos, para poder aprovechar la vital información a la que accede. Pero nadie sabe cómo reaccionará Barrientos ante semejante petición; mucho menos el mismo Carlos.

La amenazadora presencia de un temible enemigo comienza a perfilarse en la agobiante atmósfera de un verano tórrido. Nuevos personajes aparecen en la trama, haciéndola algo más compleja y elaborada. Nuevos ambientes y localizaciones novedosas, con la ciudad como protagonista, como omnipresente telón de fondo: una criatura que vive y respira junto a las azules aguas del Mare Nostrum.

Creo que la novela va tomando velocidad en su desarrollo; como se dice ahora en el colegio, «progresa adecuadamente». Veremos, poco a poco, si la escaleta y las intenciones iniciales al empezar a escribir la obra valen para algo o no son más que simple papel mojado… los personajes siempre acaban por imponer su ley.

 

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Feria del Libro 2018

De acuerdo a lo programado, ayer tuve el placer de asistir a la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de mi novela «Jinetes en la niebla». La firma fue posible por gentileza de mis queridos amigos de la Librería Reno, María Teresa de Pablo -casi, casi la librera con más años de ejercicio profesional de Madrid- y sus hijos Manuel y Marisa Somoza de Pablo, los perfectos anfitriones. No dejaron de agasajarme ni un momento con cariño, frutos secos, té y atenciones de todo tipo, de manera que las dos horas y media largas que anduve por allí se pasaron volando. Incluso el el tiempo nos acompañó: contra pronostico, hizo una tarde preciosa y la temida lluvia no hizo su aparición.

A mi izquierda, y firmando libros como una máquina, mi amigo Miguel Rubio Aguilera, que promocionaba así su cuarta novela, «Tierra en la garganta». Lleva camino de ser otro éxito como sus tres textos anteriores, y le deseo desde luego que su última obra bata todos los récords. Un abrazo fuerte, maestro.

Me defendí con mucha dignidad, creo, y firmé libros tanto para los numerosos amigos que se quedaron sin la obra el día de su presentación como para un grupo de personas desconocidas para mí que tuvieron la amabilidad de escucharme y confiar en mi creación. Sin duda, es la magia poderosa de las palabras, que le sonríe a un autor novel como yo. Espero los comentarios de todos ellos, porque les incluí bajo la firma mi dirección de correo, puesto que un autor debe escuchar a su público si desea fortalecer y mejorar su voz. Desde aquí, un abrazo y mi agradecimiento.

En fin, seguimos adelante con la promoción de «Jinetes en la niebla». Tan solo espero que vaya calando entre mis numerosos lectores y amigos y que su lectura les resulte tan gratificante como a mí me resultó escribirla y ahora promocionarla.

Más noticias en breve sobre mis andanzas. Muchas gracias. Os quiero.

 

 

 

 

 

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Días de radio

 

 

 

Hoy he estado en Onda Fuenlabrada, por gentileza de Entrelíneas Editores, para una entrevista de radio. Allí nos encontrábamos Carmelo y María Eugenia, mis editores; Manuel Espejo, poeta, y su mujer, y este servidor de ustedes, solos ante el peligro. Bueno, de solos nada; por mejor decir, acompañados por la encantadora Montse G. Bobis, maestra de ceremonias en este espacio de radio. Ha sido un rato agradable y me he sentido muy cómodo durante la entrevista, gracias sin duda a la simpatía de Montse y a la buena compañía en la que me hallaba. A continuación, ha entrevistado a Manuel Espejo, brillante poeta cuya obra también editan Carmelo y María Eugenia.

Como podéis ver, sigo acumulando interesantes vivencias a diario, mientras prosigo con la labor de promoción de mi novela. Días intensos que te hacen respirar a pleno pulmón. Os dejo un par de imágenes y el enlace a la entrevista, que podéis ver y escuchar a la vez. Eso sí, no me llamo «González» y en la novela no hay «burro», sino «barro». Las cosas del directo directísimo…

 

Novela histórica en nuestra sección de Entrelíneas Editores

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Feria del Libro de Fuenlabrada

Ayer fue un día curioso y divertido, uno mas con personalidad propia en este periplo que he iniciado en el peculiar universo de la escritura. Convocado por Carmelo Segura Martínez, de Entrelíneas Editores, acudí a la cita en la Feria del Libro de Fuenlabrada. Este evento, que pasa por ser el segundo más antiguo de España, reúne a un buen número de profesionales del sector y ofrece, además de novedades editoriales y encuentros con los autores, una amplia variedad de actividades relacionadas con el mundo del libro.

Coincidí allí con un nutrido grupo de escritores cuyas obras, de todos los géneros, editan Carmelo y Eugenia. Tras un acto de presentación de nuestras novedades, acompañados por el primer teniente de alcalde de la localidad, Isidoro Ortega López -también escritor- y por la concejala de cultura, Maribel Barrientos, estuvimos hasta la hora del cierre en la caseta de la editorial para firmar nuestras obras. Bueno, no se dio mal…;)

En resumen, una mañana para recordar y una etapa más en mi personal andadura. Gracias desde aquí a mis editores por haberlo hecho posible. Y ahora, a por la Feria del Libro de Madrid.