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Propofol

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La claridad que reflejan los muros del mercado de San Fernando y alguna balconada de la cercana calle Tribulete entra a raudales por el amplio escaparate. La tarde de mayo es agradable y fresca, un tanto locuela como corresponde a este disparatado mes. Estoy enredando con la tablet en busca de no sé qué datos para una próxima novela, que me ronda las meninges hace ya cierto tiempo. Hastiado de tanto navegar en un mar electrónico y sin espuma, en un extraño océano que ni siquiera huele a sal, me quito las gafas y cierro los ojos un instante.

Y al abrirlos, noto su mirada. Sus ojos pícaros me miran con ternura entre las plantas, como si de una gata en la selva se tratase. Me sonríe por encima de esas gafas nuevas, tipo señorita Rottenmeyer, que tanta gracia me hacen. Me lanza un beso con la punta de los dedos y sigue a lo suyo. Está enfrascada preparando un ramo de flores, o un centro de mesa, o qué sé yo; con seguridad sus manos crean alguna pequeña obra de arte de entre las muchas que trabajar con flores permite traer a la vida.

Le correspondo con una sonrisa y vuelvo a pensar en lo afortunado que soy, pese a todo. Todavía nos quedan estas tardes silenciosas y tranquilas, en las que solamente el rumor de un te quiero o el suave chasquido de un beso apenas insinuado cruzan el aire quieto que se extiende entre nosotros, para llenarlo todo.

Recuerdo entonces, de súbito y sin saber por qué, las ensoñaciones, las alucinaciones tremendas que he padecido durante tres meses de estancia en un hospital recientemente. Supongo que jamás las olvidaré y tampoco sé si quiero hacerlo. Todas las personas que las conocen de primera mano, por habérselas yo comentado, me insisten en que las ponga por escrito, en que las cuente de una vez. Deben de creer que así podré exorcizarlas, alejarlas de mí, cuando lo cierto es que eso va a resultarme del todo imposible, lo sé. Esas imágenes oníricas, esos fantasmas que la química alumbró en mi cansado magín, permanecerán junto a mi por el resto de mis días en este mundo. Me atormentan, me asombran y me divierten de tanto en tanto y no pasa un día sin que me visiten sin pedir permiso. Me asaltan de improviso, juegan conmigo durante unos momentos y desaparecen después, como las esfinges de humo y de sueño que son.

Profopol. El principal culpable. La potentísima droga que ha acabado con la vida de tantos artistas descarriados, de tanto genio cansado de la existencia, me sumió durante tres larguísimos meses en un sueño interminable, cuando no en una duermevela tan espesa que aún hoy sigo dudando de la autenticidad de algunas de las escenas que contemplé, agazapado tras una cortina de fiebre y con los ojos repletos de asombro.

Y finalmente me he decidido a contar lo que vi o, por mejor decir, lo que viví. Contaré en pequeñas dosis  -ya que hablamos de una sustancia química-  el mundo hermoso, aterrador y no sé si tan falso como ahora me parece, que desfiló ante mí a lo largo de aquellos días extraños y peligrosos.

Allá vamos. Espero que mis delirios resulten útiles, interesantes o divertidos a alguien, o que sirvan simplemente para dar testimonio del estremecedor poder de la ciencia cuando se conjuga con una mente febril y asustada que lucha por que el cuerpo que la alberga siga contándose entre los vivos.

Muy en breve, de cómo reencontré a mi pareja, que ya no lo era…

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Maraton Man

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Entro en la ducha despacio, con cierta torpeza. Adopto todas las precauciones posibles para no resbalar y partirme la crisma. Abro el grifo lentamente y regulo la temperatura hasta un punto intermedio, como a mi me gusta. Hace cinco largos meses que no me doy una simple ducha, que me he visto obligado a sustituir por el aseo diario del hospital, siempre agradable pero nunca suficiente.

Cierro los ojos y dejo resbalar al agua repiqueteante por toda mi reseca anatomía. El líquido me envuelve, me acaricia y me relaja, y pese a mi cansancio noto a la perfección cómo se lleva los  momentos de miedo, los zarpazos de tristeza y desesperación que han sido tan abundantes en estos días aciagos. Muchas noches tristes desfilan ante mis ojos a toda velocidad, plenas de alucinaciones aterradoras; tres meses de sedación completa, tres feroces asedios de la Parca y dos meses de estancia en planta se van por el sumidero mientras respiro asustado aún.

Acabada la ceremonia del aseo personal, tan añorada, me visto y dirijo mis pasos vacilantes hacia mi refugio, mi cueva particular, mi lugar de trabajo. Entro en mi despacho, umbrío y fresco, y compruebo de repente que todas las cosas están donde yo las dejé hace casi medio año. Me observan, cautelosas y suspicaces, con ese distanciamiento con el que los objetos contemplan a los seres humanos. Se apilan sobre mi gran mesa obsequios de todas clases que se han ido acumulando durante mi ausencia y que esperan que mis manos les acomoden para siempre, que les den un lugar en mi vida. Libros, perfumes y juguetes disparatados, que me visitaron con fugacidad en el hospital para ser llevados a mi hogar inmediatamente merced a la paciencia de mi pareja y de mis chicas de oro. Ahora es el momento de disfrutarlos más despacio, y a esa tarea me entrego. Descubro sus detalles, saboreo sus matices y agradezco la inmensa carga de amor que atesoran para mi.

Mi madre se asoma a la puerta para decirme que la comida está esperando, y aromas deliciosos la siguen, penetrando en mi despacho. Me siento a comer junto a los míos, en una mesa grande y limpia, llena de alimentos cocinados con esmero, muy lejos de la bazofia con la que a diario ofenden a los pacientes de cualquier sanatorio del mundo. Después de la comida ocuparé mi sitio en mi butaca favorita, junto al gran televisor, para ver cualquier cosa que me apetezca, o para dormitar plácidamente antes de ponerme a enredar con tanto como tengo pendiente.

Y tengo la clara sensación de haber corrido un intenso maratón contra la muerte, una prueba de paciencia agotadora y extrema que contra todo pronóstico  -hablad con mis médicos- he conseguido acabar. No sé qué hubiera sido de mi sin el auxilio de mi gente, de mis seres queridos. Como en tantas otras ocasiones desgraciadas, he notado la fuerza tremenda de su cariño, el tesón incansable a la hora de permanecer a mi lado para ayudarme a rasgar el velo de la creciente oscuridad que quería devorarme. Y me siento, claro está, muy afortunado por tan impagable privilegio. En estos últimos y ajetreados años he protagonizado un espantoso desembarco en la madurez, venciendo un cáncer, una grave crisis renal y una pancreatitis gravísima. Deben ser ciertas mi fortaleza física y mi entereza moral, pero ya va siendo hora de disfrutar de un período de tranquilidad que espero dure una muy larga temporada. Tengo que enfrentarme todavía a un proceso de rehabilitación muscular que no sé cuánto durará, peor lo peor de la tormenta ha quedado atrás.

Una legión de amigos queridos ha preguntado por mi constantemente, día tras día. Muchas personas han rezado por mi; otras han canalizado sus energías a través del reiki para ayudar en mi sanación; otras tantas me han hecho llegar su recuerdo silencioso y amable, siempre presentes en mi camino; he recibido visitas de las que no consigo acordarme, navegando como estaba entre el sueño y la vigilia. Se han acumulado en mi teléfono wassaps, correos, mensajes y llamadas que no siempre he tenido la delicadeza de contestar de inmediato, por lo que desde aquí les pido disculpas a todos ellos y les agradezco su amistad y su cariño, con toda sinceridad. Hay ocasiones en las que la cabeza no obedece al corazón, y hay otras en las que este músculo infatigable se pone de cara a la pared y no quiere saber nada de nadie, por mucho que uno intente hacerle sonreír. Pero hay un momento para cada cosa, afortunadamente.

El té humea en mi mano al tiempo que ojeo un libro recién adquirido. Oigo en la distancia la charla de mi madre y mis tías y espero la llegada de la reina de mis horas, de la real hembra con la que comparto mi devenir. Estoy en paz.

He vuelto.

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Manuela

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Se oye el sonido de la verja que se abre. Ella deja la labor que está tejiendo y, encogida, escucha atentamente; no capta más sonidos. Los pájaros que, hasta hace un momento, escandalizaban pugnando por su lugar en el árbol cercano, han callado de golpe. El goteo del canalón también ha cesado.
Conteniendo la respiración, se acerca a la ventana para comprobar temerosa lo que ya intuía. Nadie ha traspasado la verja, el portón permanece cerrado con cerrojo. La farola de la calleja empieza a alumbrar y su luz, mortecina y anaranjada aún, baña el patio solitario. Ni siquiera el gato que acostumbra a agazaparse en las escaleras, a la espera de cazar algún lirón, acude hoy.
Echa las cortinas y temblorosa enciende una vela; en la penumbra tantea y busca su rosario. Se sienta en el sillón y espera.
No trascurre mucho tiempo hasta que vuelve a oír el sonido de la verja que se abre, pero en esta ocasión también suena un portazo al cerrarse.
Se santigua y comienza a rezar.
Una y otra vez se repite el sonido; tantas veces, tantas que los dedos se trastabillan al pasar las cuentas que guían sus rezos.
Su angustia y congoja aumenta de tal forma que, alterada y al borde de una crisis, se cubre con el mantón, besa el rosario y baja apresuradamente las escaleras; cruza el patio hasta la valla, traspasa la verja y sale a la calle.
Quiere avisar a todos, quiere darse prisa y corre cuesta abajo lo más rápido que puede. Cuando llega a la plazuela hace sonar desesperadamente la pequeña campana de alarma, la que usan para alertar de incendios o para convocar urgentemente a los vecinos.
-¡Una desgracia! ¡Va a ocurrir una gran desgracia! –chilla fuera de sí a los primeros en llegar.
Han asomado los hombres que al anochecer juegan una partida en el único barucho del pueblo. Entre ellos está el cura.
-¿Qué dices Manuela? ¿qué ocurre? ¡Habla!
-La verja, he oído la verja. No deja de sonar ¡Una desgracia! ¡Serán muchos esta vez!
-¡Cugüen! –maldice uno de los ancianos pateando el suelo. –Perdone padre, pero con el susto que nos ha dado, mejor me la quitan de delante o no respondo de mí.
Entre todo el revuelo el párroco pide calma y orden poniéndose delante de Manuela en ademán protector.
-Dejen, dejen que se explique la mujer.
-Si no hay nada que explicar, don Isidro, son cosas de la Manuela. Desde pequeña tiene la obsesión de que la verja le anuncia una muerte. La oyó cuando falleció su padre, siendo niña, y desde entonces asegura que la escucha cada vez que muere alguien. ¡Pájaro de mal agüero, es lo que es!
Tranquiliza el sacerdote a la desgraciada y la convence de que retorne tranquila a su casa, por su bien.
No quiere regresar al hogar, no desea escuchar más el lúgubre anuncio; opta por ir a la ermita, a menos de un kilómetro sobre la loma. Ya ha oscurecido, pero hay luna y conoce el camino.
Pasa la noche en vela, orando sin consuelo hasta que las fuerzas le flaquean.
Antes de amanecer, un gran estruendo la saca de su sopor.
La presa ha cedido y una enorme masa de agua se precipita hacia el pueblo arrasando todo lo que encuentra a su paso; deja una profunda cicatriz en el monte llevándose por delante arboleda, reses y cercas que llegan en tromba barriendo la aldea. Las casas se desmoronan como terrones de azúcar. Se oyen gritos y lamentos entre el ensordecedor caos. Ha sorprendido a todos durmiendo; si alguno despertó, no tuvo tiempo de ponerse a salvo.
La mitad de una de las mejores construcciones del pueblo se mantiene en pie; como si una enorme guillotina la hubiera cercenado por medio desde el tejado a los cimientos. Destaca el orden en ese interior, violentamente expuesto, contrastando con toda la devastación de alrededor; parece una casa de muñecas con la que jugara una caprichosa niña gigante.
La altura de la loma mantiene a Manuela fuera de peligro; desde ese otero contempla desesperada la situación, no puede acercarse a prestar ayuda, la siniestra riada deja de avanzar para iniciar su retroceso impidiéndole el paso.
Al cabo de unas horas los equipos de salvamento están trabajando a destajo.
Desde la orilla opuesta de la lengua destructora, le indican que si está bien permanezca allí; despejaran una vía lo antes posible.
El cura viene a buscarla y le informa de que su casa está intacta pero evacuaran a todos los supervivientes; no hay electricidad y los servicios se concentrarán en desescombrar y buscar víctimas.
Se ofrece a acompañarla para que recoja lo imprescindible y vaya al punto de encuentro.
-¡Yo quise avisar, no me escucharon! ¡No me escucharon!
-No te atormentes, nada se podía hacer –sosiega el sacerdote.
Al llegar a la cerca, Manuela, demudada se para.
-Padre, acabo de oír la verja. ¡Falta uno! ¡Uno más!
-Vamos, hija; hay que apresurarse, piensa en los heridos, no podemos entorpecer a los demás.
El portón está atorado, no pueden abrir.
Decide el clérigo saltar al patio para intentarlo desde dentro. Si no consigue desatrancar la puerta, tendrá que ayudar a Manuela a superar la cerca.
Ya encaramado, un golpe de viento arremolina la sotana cubriéndole la cabeza, le resbala la mano, pierde el equilibrio, cae y queda ensartado en una de las puntas de lanza que rematan la verja.
El sufrimiento transforma su semblante en una máscara doliente y agónica, con la lividez de la muerte.
Manuela se aproxima para escuchar algo que él balbucea, pero no llega a entenderle.
Con un último esfuerzo, el religioso eleva una mano trémula y esboza en el aire una bendición.
Expira y, lentamente, la verja se abre meciendo su trofeo.
Mariví Amírola.

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Rol de pelmazos

 

Cuando la noche me mira de frente, sé que la cosa pinta en bastos. Si sus ojos acerados y fríos se clavan en los míos, es momento de salir de casa en busca de un trago, aunque sea en solitario. Llegado a uno cualquiera de mis antros favoritos tomo asiento siempre frente a la puerta, para poder así contemplar parroquia y parroquianos y esquivar, en su caso, algún alevoso acercamiento. Merodean por los bares de mi ciudad, en pavorosa manada, en horripilante variedad, los peores enemigos de la doliente humanidad y de sus sufridas neuronas, los pelmazos. Hay algo tenebroso en estos ejemplares, algo maligno que socava los cimientos de la propia existencia, me creo, amenazando de paso haberes y deberes de las desdichadas víctimas.
No hay nada en este mundo que me moleste más que la irrupción de uno de estos repugnantes sujetos en mi tranquilo universo nocturno, ya esté solo o acompañado. Se me atragantan las copas, se me muda la color, me tiembla la voz y me pongo de una hostia importante. Sigo sin entender, pese a mis añitos, quién o qué les ha contado a estos patosos épicos que su vida y milagros, así como sus opiniones, tienen que resultar interesantísimas y muy útiles a sus presas, enriqueciendo sus tristes vidas con historias ejemplares. Dado que me he sentido atacado multitud de veces  reivindico mi derecho a que me dejen del todo en paz, a solas con mi copetín o con mi caletre, que para eso lo tengo. Juraría que no debe de ser demasiado difícil aprender a no molestar a los demás, pero visto lo visto tengo muy serias dudas.
Y es que hay pelmazos muy pelmazos, hay pelmazos que sientan cátedra en cuanto abren el pico, hay pelmazos con mando en plaza, tan pelmazos que llegan a su hogar  muy cabreados sin saber por qué y resulta ser que se enfadan tanto porque no se aguantan ni ellos solos de lo coñazos que son. Conozco a uno que se va siempre a casa de madrugada mosqueadísimo porque nadie le da chance y confieso que en muchas ocasiones estoy por aclararle el origen de sus desdichas. Por suerte, me callo siempre a tiempo como un puta; como todo el mundo sabe, el infierno está empedrado de buenas intenciones y yo no quiero saber nada con los habitantes de Samaria. Sería ponerle a huevo la oportunidad de resarcirse con mi pobre anatomía y eso bajo ningún concepto. Les conozco como pelmazos existencialistas, por la amargura continua en la que se desenvuelven sus vidas, por las dudas que les asaltan sin tregua.
Hay pelmazos torvos y cargados de razones, tan inefables que quedan bien bajo cualquier cielo, cincelados contra cualquier paisaje a fuerza de dar la puta brasa. Hablan preferentemente de política después de trasegar en un totum revolutum cinco o seis titulares diarios de prensa más o menos afortunados, si bien es cierto que algunas frases felices les duran años y te las enchufan a las primeras de cambio, sobre todo las que se aprenden los jueves. Yo les suelo llamar pelmazos informados o pelmazos politicastros, que me creo que les cuadra mejor. Se acaban escuchando ellos solos muchas veces, pues les gusta tanto el sonido de su propia voz que sin proponérselo les dan a sus objetivos una oportunidad para ponerse a salvo. Por otra parte resultan también muy peligrosos porque suelen quedar bien con todo el mundo durante los primeros cinco o diez minutos, de manera que cuando el infeliz de turno consigue verle el colmillo a este depredador, puede ser muy tarde para escapar de la tabarra. Son multitud, por cierto; todos conocemos media docena como poco.
También hay pelmazos mucho menos metafísicos y profundos, quiérese decir mucho más de andar por casa, mucho menos épicos y más fáciles de encontrar emboscados en las cercanías de una copa a medianoche, taimados y ágiles, que acaban siéndonos muy familiares. Normalmente forman ya parte del mobiliario del tugurio en cuestión, así que se llega a obrar el milagro de echarles de menos de vez en cuando a pesar de que esa nostalgia parezca preñada de insano masoquismo. Podríamos etiquetarlos como pelmazos cotidianos. El más potente que he conocido de esta variedad me dejó francamente epatado ante su fuerza telúrica una Nochebuena, cuando se interpuso con toda la desfachatez propia de los de su calaña  entre mi pareja y yo que andábamos a vueltas con unos mimos desenfrenados y etílicos. Por supuesto, lo hizo para contarnos un chiste de los suyos, alguna infame gracieta que con seguridad ya nos habría relatado seiscientas veces antes. Este es el típico brasas incombustible del que, tras comentar su espantosa facilidad para darnos la turrada,  se dice siempre lo mismo: “…pero es muy buena persona”. Cierto; faltaría más. Si el pavo, tras de bocazas y lenguarón  encima es mala gente con peor intención, resulta evidente entonces que no nos encontramos sólo frente a un pelmazo, sino frente a un hijo de la grandísima que además es un pesado de siete suelas.
Como destacada subespecie de esta enajenada tribu, brilla con luz propia el pelmazo chistoso. Tales individuos suelen atacar, para abrir boca, descerrajando una docena o docena y media de chistes y chascarrillos contados siempre mal y a toda velocidad. De vez en cuando, se descojonan antes de tiempo y destripan el chistecito, lo que les produce más risa aún. Esta taimada  estratagema hace que algún incauto pique en el anzuelo, pues contesta con otro chiste por aquello de sobrellevar mejor el asunto. Craso error; el palizón subsiguiente adquiere proporciones de tragedia siempre. Este enfermo mental prosigue su destructora faena aun cuando ya resulte evidente hasta para el observador menos sagaz que todo cristo está hasta los santísimos de escucharle proferir sandeces. Terrible panorama se divisa en el horizonte si coinciden dos depredadores de este fuste: comienza el fuego cruzado, que se recrudece con brutal velocidad mientras se multiplican los daños colaterales entre la sufrida audiencia. Y ya la hecatombe, el recojonostiófono, si cualquiera de ellos, o ambos, lleva una clá incorporada que se monda de risa ante sus continuos rebuznos y le sugiere nuevos temas para la masacre ante el espanto de los damnificados. Con un par.
Entre estas razas malditas hay un híbrido que me llama especialmente la atención por ser el más desagradable de todos, el que más te encabrona, el que más tira del animal que el hombre lleva dentro. Se trata del pelmazo coloqueta, de ese que una vez bien empapado en alcohol y otras sustancias se dedica a molestar a todo bicho viviente con su insoportable babeo. Cuando alguno de los sufridores le llama la atención el espécimen monta en cólera, y lejos de aceptar la reprimenda y de corregir su lamentable actuación, la emprende a insultos con la otra persona. Particularmente, en las últimas ocasiones en las que he estado a pique de liarme a golpes con alguien, siempre había uno de estos pisaverdes por medio, y eso que para ponerme a mí a punto de nieve suele ser necesario currárselo y mucho. Los ejemplares de esta categoría suelen ostentar alguna que otra prueba del resultado de sus acciones en su anatomía. Claro, resulta del todo inevitable que alguna de sus presas, harta del soplapollas, se gire y le cante un buen par de hostias, vengando así a tanto mártir silencioso y paciente como se ha quedado con las ganas de hacer lo propio. Es especialidad de esta clase de pelmazos empeñarse en presentar sus excusas al día siguiente ante el dueño del local que con tanto tesón  han reventado; además, también en este menester resulta igualmente plúmbeo y se encabrona mucho si no se aceptan sus disculpas. En realidad, lo mismo da porque repetirán sus hazañas una y otra vez hasta el mismo día de su entierro sin que exista un remedio conocido, culpando  siempre del  asunto al alcohol, que  -dicen los que saben de esto-   es muy mal compañero. Olvidan, me temo, que ese alegre veneno no saca de ti nada que previamente no esté dentro.
Pero los realmente aterradores, aquellos cuya mera presencia física impone un truculento silencio, son los omnipotentes pelmazos multitarea, llamados así por motivos obvios. Los hay en todas las ramas del saber y en todas las actividades humanas, desde las más humildes hasta las más elevadas, si bien es cierto que comparten una serie de características comunes. Combinan una brutal facilidad para pegarle la chapa al tío más rocoso junto con la absoluta incapacidad de percibir el hastío y el horror de la sufrida víctima sea cual fuera el lenguaje que ésta emplee para hacérselo notar al malvado ejecutor. Literatura, política, toros, deporte, mujeres, nada escapa a su deplorable formación; de todo saben, sobre todo opinan y siempre pontifican  -puesto que de nada saben-   imponiendo sus opiniones a base de repetirlas sin rastro alguno de misericordia. Lo suyo, en comparación con lo del pobre interlocutor, siempre es mejor, más brillante y auténtico; tiene tanto como tenga el de enfrente e incluso mucho más, pero sin duda de calidad colosal, de más rancio abolengo. Lo ajeno jamás merece su consideración ni por un momento, porque siempre se hallan en un escalón netamente superior al del resto e inalcanzable para el vulgo. Usan y abusan del parece ser y del está perfectamente estudiado, y la carrera profesional que mejor conocen es indefectiblemente la del desdichado de turno, sobre todo si es médico o abogado;  son capaces de desventrar dos o tres conversaciones a la vez sin mover un músculo y procuran escurrirse a la hora de sacar a pasear el belule. Y en los casos más graves y crueles, suponiendo que sean capaces de captar que tienen al contrario a punto de desmayo, les importa tres cojones y la bailadera. Están poseídos por los demonios de la verborrea y cuando comienzan a rajar se convencen de inmediato de que deben compartir su angustioso parloteo y el interminable relato de sus pasos sobre la tierra con la sufrida audiencia por el bien de ésta. He pasado por el vértigo terrible de conocer a dos o tres de estos superhombres porque yo soy, en el fondo, un tío arrojado que desprecia el peligro. El último de ellos, iniciado el demoledor coñazo, me acompañaba hasta al baño para seguir colocándome directos en el hígado y devastadores crochets en la mandíbula, lo juro. Sin piedad, no mercy. Frente a ellos tan sólo cabe la más vergonzosa y rápida de las retiradas seguida de un necesaria sesión de control de daños. Contestarles lo más mínimo es enfrentarse a la tragedia sin lugar a dudas, puesto que pertenecen al olimpo de los chapistas.
Hablo de superhombres, pero también hay gachises con los mismos poderes, claro. Recuerdo con horror que durante una temporada estuve llamando por teléfono a uno de mis locales preferidos antes de irme de bureo por allí con la sana intención de comprobar si había o no moros en la costa. Bueno, en este caso moras, porque de vez en cuando se complacía en joderme la noche y el pasodoble una mocita que por allí aparecía del brazo de su chico. Aquel mamón a quien Dios confunda la soltaba en el local como quien arroja una granada de mano, o sea, que se apartaba con la rapidez del rayo de su queridísima al tiempo que mostraba descaradamente el mayor de los alivios al alejarse de la tormenta. Mientras él se solazaba con cigarrito, copa y partida de dardos agazapado entre colegas, aquel prodigio de la naturaleza principiaba el palique, farfullando a toda velocidad, supongo que ayudada también por el perico. Poco después, ya rodeada de una montaña de humeantes cadáveres, aquella reina de espadas invariablemente fijaba su atención en quien esto escribe, sellando así mi destino y el de la noche de autos. Comenzaba a cascar sin descanso de todos los temas habidos y por haber sin orden ni concierto alguno; saltaba de la copa que estábamos tomando a la portada de las pijas revistas que decía coleccionar con la facilidad de un mono entre las ramas. Las más de las veces me ofrecía lencería de mujer absolutamente explosiva a precios sin competencia posible, alabando a la vez mi melena, mi barba y mi atractiva conversación  -¿qué conversación, hija de puta?- , mis gafas y mis elegantes foulards, que me quedaban de miedo. Y para remate atacaba con profundos enunciados filosóficos sobre la vida, los jefes y las tías envidiosas con las que le tocaba lidiar en su curro. Como si de un matador de primera fila se tratase, se adornaba, gustándose y saboreando golosa este último lance, mientras me miraba con ojos brillantes para acabar inopinadamente sentada encima de mi persona, provocando así el total despelote de la audiencia, que contemplaba mi sacrificio desde una distancia segura. Todo ello a la vez, de una tacada, sin inmutarse. Qué gran mujer.
Para dirigirse a su partenaire se despojaba completamente del barniz de sofisticación del que pretendía hacer gala y voceaba como una perdularia hasta captar su atención. Recuerdo con especial pavor una ocasión en la que, tras contarnos que padecía un reglote del siete, se lió a voces con su cómplice para que le alcanzase unas cuantas servilletas de papel que llevarse al chumi porque no llevaba tampones. Lo de frenar los desmanes de la naturaleza sea como sea me parece aceptable; lo que me deja de plasticurri es comentar la jugada con desconocidos sin cortarse lo más mínimo y a gritos, con la aquiescencia del otro canalla. Espectacular.
Y se daba la curiosa circunstancia de que aquella mujercita, linda y con un cuerpo excelente, me provocaba auténtica repulsión: era francamente atractiva hasta que abría la boca, porque en ese mismo instante se te caían los palos del sombrajo y la damita pasaba a ser más fea que mandar al abuelo a por vino. La idea me parecía, superado ya el doloroso trance de la noche anterior, casi divertida: su desquiciante charleta y el trágico vacío que denotaba su cotorreo conseguían que no me sintiera atraído en absoluto por el asunto sexual, si bien el hecho de que se sentase encima de mí nunca me llegó a confundir: su actitud nada tenía que ver con el sexo; era ella tan expansiva, tan apabullante, que su pesadez llegaba a contaminar incluso sus movimientos hasta el punto de hacerla sentarse encima de un señor con el que no tenía una excesiva confianza. Gustándome tanto como me han gustado  -y me gustan-   las mujeres a lo largo de mi existencia, creo que con eso queda todo dicho.
Nunca en mi vida he trasegado un gin tonic a tanta velocidad y con tanto miedo como en aquellas situaciones tremebundas, palabra. Para más inri, no era yo capaz en aquellos lejanos entonces de despedirme insalutato hospite, a la francesa, vaya, tan acoquinado me dejaba el tratamiento administrado y tanto me pesaban la vergüenza ajena y mi educación. Esta vampiresa llegó a intentar propinarme una noche de las suyas incluso delante de mi pareja, sin cortarse lo más mínimo, aunque la rápida intervención de mi dama evitó que la cosa fuera a mayores. Son sin duda parlapuñaos de leyenda, mucho más allá de lo divino y de lo humano, lejos de cualquier redención posible.
Los tiempos que corren y las tecnologías que hoy día gobiernan nuestras vidas también han dejado huella en este particular grupo taxonómico, para desgracia de los demás. Asistimos así al nacimiento de una nueva especie sumamente vigorosa  y extendida, a la que conocemos como pelmazo multimedia. Portan todos ellos teléfonos móviles más o menos inteligentes  -sus armas-  pero cuajados siempre de los últimos vídeos que recorren las redes sociales, virales o no; cientos de fotografías y de ñoños montajes saturan hasta el último byte sus aparatos junto con chistes de pésimo gusto, estúpidas bromas telefónicas, fotos de los sobrinitos, de sus perritos, tías en pelota picada y negratas con rabos imposibles. Y como no podía ser de otra manera persiguen a cualquier cuitado con el que se crucen sin consideración alguna para administrarle así sea por vía anal tan portentosas maravillas que, por supuesto, son los últimos y mejores frutos de la humana inteligencia, lo que más se lleva y lo más divertido. Normalmente, acompañan al gesto de pasarte el teléfono con codazos en las costillas ajenas, golpes confianzudos y en busca de complicidad, que consiguen que el tipo se nos atragante el triple automáticamente. Además, no apartan su mirada de halcón hasta asegurarse de que te han encajado la píldora hasta el colodrillo, y a continuación proceden a explicarte, para mayor castigo, dónde está la supuesta gracia del invento, reproduciendo el archivo en cuestión tres o cuatro veces más. Ni que decir tiene que estos ominosos seres pertenecen a ambos sexos por igual, cumpliendo así con el temita ese de la paridad al que tantas vueltas le dan ahora. Infumables, numerosísimos, muy infecciosos, el futuro de la tribu, la peste del siglo; no podrás escapar de ellos, garantizado.
A estas alturas de mi particular película quisiera ser capaz de afirmar que soy un maestro fintando a estos infames sujetos, pero no me gustaría hablar por boca de ganso. Cierto es que percibo el inconfundible tufillo de cualquiera de ellos a treinta pasos como mínimo y que con mirarles a la cara un instante los catalogo acertadamente como si fuera el mismísimo Mutis, pero se trata de organismos superiores que se adaptan con escalofriante celeridad a las cambiantes situaciones para lograr su nefasto propósito en la vida. Y lo triste del caso es que me equivoco pocas veces.
Sí es verdad que he desarrollado una serie de habilidades de las que antes carecía y que acuden prontamente en mi auxilio en los últimos tiempos, de tal suerte que en la actualidad soy capaz de infringir varias reglas de urbanidad a la vez  para poner a salvo mi pellejo. Un buen amigo me comentó en cierta ocasión que para evitar el asalto de los pelmazos lo suyo era visualizarse en color naranja, o en azul si lo que pretendías era trabar conversación con quien fuera. La verdad es que mi fe en el color naranja debe ser francamente débil o quizá todos los alipendes que me intentan castigar con su chachareta son perfectos daltónicos, porque el truco no funciona ni a tres tirones, qué le vamos a hacer. También es cierto que me gusta mucho el color azul, mal que me pese. Cuido con particular esmero las pocas neuronas que la edad me ha ido dejando incólumes, porque se trata de células de muy difícil reposición. Siendo así, se comprenderá perfectamente el pavor que me inspiran encuentros de tal calibre, porque ya afectan directamente a mi salud y me dejan noqueado y sangrante como una oveja modorra.
He descubierto, eso sí, tres soluciones que nunca fallan: la primera, huir a galope tendido con cualquier pretexto, por estúpido que sea; en realidad da lo mismo porque en ningún momento van a prestar la más mínima atención a tu excusa. La segunda, muy eficaz, consiste en hablar más y más alto que el canalla que tenemos enfrente, preferiblemente de uno mismo, asintiendo sin pensar a lo que él diga y no cejando en el bombardeo hasta la previsible victoria. Es clave mostrar un absoluto desinterés por lo que nos estén contando, por supuesto. Nada sabe mejor que conseguir que uno de estos tipejos afloje la presa, vuelva grupas y busque otra víctima propiciatoria. Se siente uno como Ulises, pongo por caso, cuando se cepilló a todos los pretendientes de su esposa. La tercera, algo más arriesgada que las anteriores y no siempre eficaz, consiste en encarar al agresor por derecho y comentarle de la forma más borde posible lo poco que nos importan y lo muchísimo que nos estorban su persona y su palabrería. El mensaje ha de repetirse tantas veces cuantas sean necesarias; sin embargo, pasados los tres primeros intentos sin que el bocazas corrija su actitud, podemos darnos por jodidos, palabra. O aguantamos la del inglés o la cosa puede pasar a palabras mayores y acabar como el rosario de la aurora, a farolazos.
Sí, ya sé que para semejante viaje no hacen falta alforjas, pero es el magro corolario que obtengo de mi ya dilatada experiencia. Ofrezco estos consejos a mi gente con todo el corazón, rogándoles que tengan en cuenta que aprender estas cosejas me ha costado sangre, sudor, lágrimas y una fortuna en gin tonics y en antiácidos. La taxonomía es, así, una ciencia que requiere notables dosis de audacia, de modo que si soy capaz de ahorrarle a alguien una noche insufrible me daré por satisfecho.
De cualquier manera, y hablando de taxonomía, está claro que cualquiera puede desarrollar la suya propia, porque todos hemos tenido experiencias tan amargas o más que las que acabo de describir. Y además, es tan inagotable el espantoso catálogo de los pelmazos, que no descarto volver a escribir sobre el tema si tengo la desgracia de descubrir nuevas especies… corriendo el riesgo letal de resultar también yo mismo un magnífico pelmazo hablando de tan lamentable asunto, en el que siempre existe un alto riesgo de contagio. Si así fuera, ya lo siento amigos. No se volverá a repetir, palabra. O sí.
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¿Tarjeta o efectivo?

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A estas horas, que ya son deshoras, las hadas del polvo danzan en los duros conos de luz que los halógenos proyectan sobre la barra del local. Sudando bajo su implacable resplandor se puede llegar a distinguir el brillo distante de los grifos de cerveza, casi cubiertos de hielo. Una música que quiere ser sutil y elegante desgrana sus notas ordinarias con estéril suavidad en las entrañas del bar. El resto del lugar está casi totalmente sumergido en una densa tiniebla, tan sólo acuchillada aquí y allá por las lámparas de los altos veladores.

Sus modos y maneras me indican que lo son, así que contemplo a  dos o tres clientes de los de toda la vida acodados en la barra de madera, oscura y cuajada de vetas más claras. Mimada a base de frotarla con ginebra al final de cada jornada, reluce de puro limpia. Los demás allí presentes no pasan de ser una mera contingencia: no pertenecen al establecimiento, no forman parte indivisible del mismo aún. Mientras el susurro leve del aire acondicionado habla al oído de los parroquianos, las conversaciones imponen su ley.

Como era de esperar, son tan variadas como el público de esta casa, predominando en especial el fútbol y la política, claro está. Eso sí, hay un común denominador entre ellas: se habla a voz en cuello, se gesticula frenéticamente, se soba al compañero en un intento feroz y cariñoso de convencerle. Todo español, muy español, tan nuestro que ya a nadie le choca. En cuanto al fondo del asunto, solamente se echan de menos las mujeres y los toros pero, sin duda, allá llegaremos. No puedo creerme que en un lugar como este no acabe imperando lo latino más pronto que tarde, pero hay que darle tiempo al tiempo. Acabo de empezar esta solitaria noche de sábado y dada mi fe en la humanidad  -o mi absoluta falta de ella, por mejor decir-   me malicio que algo interesante va a ocurrir a mi alrededor muy en breve. Es estadísticamente inevitable.

Estoy  sentado a mis anchas en uno de los extremos de la larga barra. En los bares que frecuento me gusta sentir una sólida pared en la espalda, de manera que nada ni nadie se pueda acercar por ese peligroso ángulo muerto sin que yo lo advierta.  No, no soy policía; no temo una bala perdida o un malintencionado navajazo. Me aterran, eso sí, los innumerables pelmazos que mi ciudad vomita a diario, y que invaden los locales de moda completamente solos y cargados de aviesas intenciones; eso es auténtico peligro y no el que supone un daño físico.

Cargo, por mi edad, elitista educación y absurda paciencia, con un triste rimero de cadáveres de noches de tranquila y gozosa soledad devotamente enfocada al alcohol, desventradas sin piedad por la aparición de alguno de estos criminales sujetos, de esta canalla inmisericorde. Prefiero un buen puñetazo en la boca del estómago a  media hora de estúpida conversación con uno de estos brasas insoportables, qué le vamos a hacer.

Pero esta noche no hay pared alguna tras de mí. Disfruto de mi copa y de mis reflexiones a espalda descubierta, como el héroe audaz que nunca fui, y que ocurra lo que tenga que ocurrir.

Así pues, tan seguro de mí como puede estarlo un viejo tigre en mi situación, espero con la paciencia del cazador que también soy. En entornos como este, mi mente febril de escritor encuentra alimento más que suficiente en la callada contemplación de las miserias humanas. Guardo silencio y observo con interés pero sin amor  el gentío abigarrado que invade a estas horas el local.

Me sorprendo pensando que observar unas piernas absolutamente imposibles desde la atalaya infame de la edad madura es una enorme faena, y sonrío para mí: la camarera es una preciosa mulata que zangolotea, encantadora, por detrás de la barra, fingiendo estar muy ocupada. Mueve el culo con salero y resulta más que evidente que no tiene ni puta idea del trabajo que le toca hacer. Se me acerca, solícita, cuando ve fallecer mi copa, y me pregunta, muy candonga, qué deseo. Mi pequeño ángel de ébano, lo que yo deseo no puedes, o no debes, dármelo tú. Pero no llega la sangre al río; el abuelo, cordial, ha pedido otro copetín, claro. Sin pasarse ni una cala.

Mientras jugueteo con el segundo  gintonic, servido con mejor intención que eficacia, un golpe de frío en la espalda me dice que alguien acaba de entrar. Llevo toda la noche notando ese toque, no hay novedad alguna en ello. Sin embargo, y sin que yo sepa por qué, me asalta de repente  la sensación de que ha llegado lo que tan ansiosamente esperaba. Obedezco el mensaje de esa comezón que me indica una buena nueva y me giro con suavidad sobre mi banquetín

Irrumpe en el local un cincuentón como quien esto escribe. Bueno, no exactamente como yo, qué coño. De mediana estatura, grueso y francamente atildado, un fino bigotillo remata un labio superior algo sudoroso y temblón. Mi abuelo Luis le habría motejado de inmediato como rijoso impenitente. Muy correcto en el vestir, quizá demasiado conservador para el lugar y para la ocasión, coronan su testa los vestigios de una cabellera que sin duda conoció mejores tiempos. La corbata de seda luce un nudo Wilson bien hecho y en su sitio; los zapatos de cuero de potro negro brillan recién cepillados. Y bajo la americana de tweed, elegante y entallada, una camisa a medida luce las iniciales del sujeto en su puño y en los caros gemelos. A los ojos de cualquier observador no demasiado perspicaz, todo un dandy de edad madura.

Un bourbon caro ha aparecido en la mano derecha del sujeto como por arte de birlibirloque; la izquierda se aloja con displicencia en el bolsillo del pantalón. Mientras aprecia el sabor del alcohol con un corto sorbo, escanea literalmente el local con ojos de halcón en busca de su presa. No tarda en fijar su atención en una joven morena, lejos aún de la treintena, guapa y elegante, que festeja la noche en compañía de sus amigas con la alegría cruel y desconsiderada de la juventud.

El tipo se ajusta el nudo de la corbata, se quita una mota de polvo inexistente de la solapa de la americana con un papirotazo y al tajo. Al tiempo que se acerca al grupo de jóvenes, va desplegando las que entiende como sus mejores galas.

– Buenas noches, señoritas. Celebrando el sábado… -sonríe mientras hace un gesto con la copa como si quisiera envolver todo el local.

Las chicas le contemplan desconcertadas; se miran entre sí y deciden, sin intercambiar una sola palabra, la estrategia a seguir ante el intruso que acaba de interrumpirlas. No pierdo ripio de la escena y me divierto horrores fantaseando por adelantado con lo puede suceder.

-Pues sí, algo de eso hay, caballero -contesta la más guapa y pizpireta, justo la que supongo que ha enamorado al maduro.

– Nosotras siempre salimos los sábados; es nuestro día favorito  -tercia otra, rubia y bajita con los ojos muy luminosos, como llenos de promesas.

– No viene usted mucho por aquí, ¿verdad?

Otra de las amigas remata el gambito y el polvoriento galán toma el engaño con una rapidez y una ceguera que no pueden por menos que llamarme la atención: además de elegante, gilipollas. Me repantigo en mi asiento, ya más que encantado con el asunto y con su desarrollo. Pero lo mejor  quizá esté por venir.

– Por favor, chicas, no me llaméis de usted; me hace muy mayor y no es para tanto. Así que apeadme el tratamiento. No, no vengo mucho por aquí, pero es que tengo un amigo que me había comentado que este es un sitio muy… ¿cómo decís los jóvenes? Guay, creo…

Pronuncia la palabra muy lentamente, como si la saborease. Me mondo; es un experto en jerga juvenil cuyo bigotejo sigue los movimientos de sus labios con sus pelos entrecanos disparatados, mientras el mozo sonríe.

– Claro, sin problemas. Lo importante es un espíritu joven, ¿no?, y tú lo tienes, creo. Mira, nos vamos a presentar. Esta es Ana, la rubia se llama Marisa y esta otra es Raquel. Yo soy Cuca, encantada de saludarte.

Y tan cuca, ya te digo. Nuestro hombre declama orgullosamente su nombre, lleno de larguísimos apellidos, con muchos «de» y muchos «y» intercalados, y observa el efecto que sus palabras surten en las chavalas. Está acostumbrado a epatar a gallinas de su quinta con semejantes credenciales y supone que tratándose de mozuelas jóvenes y tiernas, que nada saben del ars amandi, el efecto será demoledor.

Lo va a ser, pero no del modo que él sospecha, me temo. Cuca mira de reojo su reloj, como calculando algo, y lanza la primera andanada contra la línea de flotación del tolay, que sigue a por uvas, mirando embelesado a las pérfidas tutis y degustando por anticipado la victoria.

– Uff, qué calor hace aquí, qué barbaridad. Yo me tomaba otra copita, ¿vosotras no, chicas? Bueno, perdona, Augusto, a ti te apetecerá otra, digo yo… Los hombres bebéis más que nosotras y aguantáis mejor el alcohol…  -baja los ojos con modestia y sumisión.

– Cierto, guapísima, así es. Se trata del efecto producido por la mayor masa muscular del hombre que, naturalmente, le permite absorber el alcohol con diferente tasa que…

Y se engolfa en una erudita exposición que se la trae descaradamente al pairo a las chicas, pese a que, malignas y guasonas, le escuchan en medio de un arrobado silencio. A la vista del asunto, no sé por qué me da que todas las maniobras de esta peligrosa y sensual flota están perfectamente ensayadas. Los años y las repeticiones no han hecho más que afilar su matemática precisión, mortal de necesidad.

– Bueno, ya voy pidiendo yo  -dice Ana, mientras se acerca a la barra.

– Ya sé lo que tomáis vosotras, pero me faltas tú, querido… ¿Qué quieres beber?  – ha acompañado la frase con un gracioso mohín de la bien dibujada boca, mirando a los ojos del contrario con delicioso descaro.

Me faltas tú… qué rica estás, hija mía; no te preocupes que de aquí a un rato no me va a faltar de nada… Los pensamientos del conquistador le pasan por la frente como si se tratasen de los textos en un luminoso de neón. Me revuelvo inquieto y en mi mano suda la copa; no puede ser, no puede tratarse de un imbécil tan completo, tan redondo. Algo arruinará el espectáculo, sin duda…

– Creo que en esta ocasión me decantaré por un bourbon de reserva, dulce y tentador como vosotras… Pídeme, si eres tan amable, un Arcadia Gran Reserva Master’s Choice en vaso bajo y sin hielo. Este bourbon en particular hay que beberlo así… -dice sacando pecho y forzando la pronunciación inglesa.

-Marchando  -sonríe solícita Ana. Ahora mismo vuelvo.

– Bueno, bueno, bueno… ¿Quién me iba a decir a mí que iba a acabar el sábado en tan selecta compañía, chicas…? Supongo que ya estaréis trabajando, ¿no? Por favor, no me lo toméis a mal, pero creo que el asunto universitario ya os queda algo lejos, ¿correcto?

-Uy, qué va; solamente Ana trabaja. Las demás estamos todas estudiando, o haciendo que estudiamos para que en casa no se enfaden, ya sabes. Si no hacemos el paripé, se nos acaban las juergas de los sábados…

El tipo asiente a Cuca  sin prestar excesiva atención. Solamente tiene ojos para Ana, que ya vuelve de la barra repartiendo consumiciones, encantada con su papel.

-Venga, chicos, coged vuestras copas… Marisa, ron para ti, gin para Cuca. Raquel, cariño, no les queda de tu whisky favorito, así que te he pillado este… Y claro está, ese pedazo de bourbon para nuestro guapo chico…

Sí, de bourbon sí sabe nuestro guapo chico, pero mucho me parece que de poca cosa más. Se aproxima, seductor, al objeto de sus deseos intentando separarla sutilmente del resto del grupo para entablar conversación con ella, y Ana, astuta, se deja llevar. Augusto se pavonea sin moverse del sitio, utiliza todos sus trucos y se acerca físicamente cuanto puede a la mocita, que esquiva sus intentos con habilidad y clase. Ya va siendo hora de madrugar al pardillo.

– ¡Pero bueno, cuánto macizorro por aquí!

Raquel, que ha estado muy calladita toda la noche, da el queo a sus compañeras en el momento en que cuatro chavalotes de la misma edad que ellas irrumpen en el local entre carcajadas. Bien vestidos, sanos y llenos de desbordante vida.

– ¡Coño, aquí estáis! Nos ha costado un trabajo loco encontraros, guapitas, pero ya hemos llegado.

Y como si hubieran oído un toque militar, cada oveja con su pareja. Comienzan a comerse el morro con todas las ganas del mundo ante la mirada atónita de nuestro galanteador, que sigue hablando con la encantadora muchachita. Súbitamente, Ana se gira hacia uno de los chicos y empieza a imitar a sus compañeras, dándole la espalda con descaro a nuestro involuntario protagonista.

Durante un brevísimo instante, la tragedia sobrevuela la escena. Me sobrecoge el férreo control que esta banda de alegres bandidos posee sobre el ritmo del asunto y temo, también por un instante, que se pasen de frenada y tiren abajo la magnífica tela de araña que tejen ante mis ojos. Augusto contempla la escena y saca pecho, al tiempo que emite una intempestiva tosecilla para hacerse notar.

-Y este amigo se llama… – oigo decir al chico de Cuca, mientras se dirige al pretendiente, cogiendo aire tras el feroz morreo.

-Bueno, habrá que pedirse unas copas, que nosotros venimos secos. A ver, ¿lo de siempre, tíos? ¿Alguna repite? Augusto, tú te tomas otra con nosotros, claro… -apostilla la pareja de Raquel, dando por hecho el asunto y sin admitir un no por respuesta.

-Naturalmente, amigo mío. Creo que repetiré de este delicioso brebaje. Hay que aprovechar los buenos momentos que la vida nos ofrece, que no son muchos…

-No sé por qué me da que nos vamos a entender muy bien contigo, Augusto; está claro que eres un hombre de mundo…  -apostilla uno de los perillanes, apoyando en el hombro del tipo una mano confianzuda y grande.

Avanza la noche con espantosa suavidad. Todo el grupo se halla enzarzado en una animada conversación, en una serie de afirmaciones casi voceadas y completamente carentes de sentido, de importancia. Una charla de barra, de sábado noche, un indecente intento de comunicación entre seres que no tienen nada en común y que no desean tenerlo. Se sale del paso con frases hechas mientras se ataca la copa con saña, preparando la contestación para una expresión del otro que apenas se escucha. El móvil, las redes sociales, la mensajería instantánea, reciben todos ellos mucha más atención que el prójimo, que pasa a ser un recurso claramente prescindible. Escucho cómo se van cerrando los dientes del cepo que alguien está a punto de pisar, y ese inquietante sonido me saca de mis reflexiones.

– Bueno, monas  -dice súbitamente el noviete de Ana mientras apura su copa- , vámonos a cambiar de monumento  que esto ya huele, ¿no?

– ¡Venga, vamos, que no hemos hecho más que empezar, vámonos¡

Las chicas recogen bolsos y abrigos y salen disparadas del local del brazo de sus efebos, despidiéndose, como si hubieran recordado de repente las más elementales normas de urbanidad, del amigo Augusto. Y lo hacen justo cuando están ya en la puerta del antro marcando perfectamente los tiempos como sólo una mujer es capaz de hacer cuando busca multiplicar el daño.

– ¡Adiós, guapo, nos vemos!

– ¡Cuídate, cariño, no bebas demasiado!

-¡Chaíto, rey! ¡A ver si nos vemos pronto por ahí!

Los muchachos agitan la mano en ademán de despedida y salen en pos de sus gachises con la guasa pintada en los rostros, haciendo comentarios en voz que pretende ser baja pero que resulta perfectamente audible a pesar  del ruido que impera en el garito. Y no se trata desde luego de opiniones demasiado misericordiosas, por decirlo de una manera suave.

Observo detenidamente la nueva expresión que aflora en el rostro del pringao. Ya no hay brillo en los ojos y el labio inferior tiembla levemente. Ahora que los hombros ocupan la posición natural en un hombre de su edad, se nota a la perfección que frisa los sesenta años. Me da la impresión de que aún no tiene muy claro qué acaba de ocurrir, tan rápido ha sido el desenlace de esta opereta. No quiere, o no puede, aceptar el hecho tremendo de que, alcanzada cierta edad, uno no debe meterse en proyecciones pélvicas hacia objetivos sensiblemente más jóvenes, salvo contadísimas excepciones: el ridículo acecha siempre con su cruel sonrisa, dispuesto a aplastar bajo su peso inmenso al ego mejor entrenado. Es ley de vida, chaval.

La verdad es que siento emociones encontradas frente al zombi que estoy viendo, pasado ya el descojone. Por un lado, me da lástima; estoy por acercarme y darle una palmada en la ahora vencida espalda; habría que mandarle a casa en un taxi, pobre hombre. Por otra parte, me apetecería darle dos hostias de cuello vuelto porque gracias a cretinos como él muchas mujeres jóvenes miran a los cincuentones con aire receloso y viceversa.

Y mientras dilucido qué hacer, se produce el insulto final, definitivo, memorable. Le oigo decir para sí mismo: «¡Habrase visto! ¡Qué poca clase!…», mientras se dirige, noqueado aún, hacia la salida del local. En ese momento, la mulatona pasa junto a mí como una exhalación, con la cuenta en la mano.

-¡Caballero, caballero¡ Disculpe señor, pero se deben cien euros de la última ronda. ¿Tarjeta o efectivo?

– ¿Cómo dice usted, señorita..? –balbucea.

Cojo cazadora, fulard y sombrero y salgo a la madrugada de esta noche madrileña. Poco queda ya de ella; la aurora comienza a azulear en la distancia y restan escasas estrellas que se asomen al inquieto devenir de los habitantes de esta urbe. Camino con lentitud, saboreando el saludable frescor que comienza a invadir vidas y haciendas, mientras repaso mentalmente los acontecimientos de los que he sido testigo.

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Cinco de diciembre

navidad

Hoy es el día cinco de diciembre de 2015. Un día más, uno como otro cualquiera de los otros de este año, o del pasado, o del anterior. Desde la ventana de mi despacho, oigo los mismos sonidos cotidianos, el mismo latir de mi ciudad. El chatarrero sigue voceando inmisericorde sus míseros negocios y los dominicanos que viven en la calle Quesada aún no han ajustado el volumen de su portero automático, así que toda la vecindad conoce sus ruidosas andanzas narradas a viva voz, sin pudor alguno, por ellos y por sus frecuentes visitas. La cercana iglesia sigue marcando el paso de las horas con una campana de profundo tañer y los bocinazos del denso tráfico, profundamente antipáticos, continúan importunándonos a todos mientras se oyen a lo lejos los gritos alegres de la chiquillería que alborota la plaza de Olavide. Hasta aquí, nada fuera de lugar.

Pero hoy hace treinta y seis largos años que el día cinco de diciembre dejó de ser un día cualquiera para mí. Súbitamente, un viento negro y atroz se abatió sobre nosotros con toda la fuerza del más ciego de los destinos. Impío, poderoso y ajeno, se llevó bajo sus alas oscuras la vida de mi padre, que estuvo luchando con este pavoroso enemigo durante quince largos días, los más terribles y azarosos que hasta la fecha he vivido. De improviso, sin apenas avisar, su bondadoso corazón se apagó con un último suspiro, regalándome así mi primer y más espantoso cara a cara con la soledad, con ese mazazo en el pecho que te corta el resuello y te llena las entrañas de escarabajos de negro acero.

Prácticamente todos mis amigos han pasado por un trance semejante por razón, simplemente, de la edad que nos cerca, lo sé, como también sé que nunca hay una oportunidad que sea buena para aliviar semejante tango. Pero en mi caso y pasados los primeros instantes de desolación, de brutal tristeza, se abrió paso en mi cansado magín una idea que hoy puede parecerme absurda, aunque en aquella difícil situación la vi con total claridad: estábamos ya prácticamente en plenas Navidades y mi padre jamás volvería a sentarse a cenar con nosotros. Ya no habría lugar nunca más a escuchar sus chistes malos, su risa contagiosa y sus anécdotas; se acabaría pasa siempre compartir un cigarrillo con él previa la discusión sobre quién invitaba a esa ronda, aquella tonta porfía que tanto le agradaba.

Experimenté, en aquel preciso momento, aquella aterradora sensación y la saboreé muy a mi pesar hasta las heces. A la tragedia indescriptible de perder a mi padre a mis diecinueve años se le unía el amargo bonus que supone la muerte de alguien tremendamente importante para ti en semejantes fechas. Sin duda, me acababa de convertir en un hombre hecho y derecho, y mi hombría devino en cierta actitud recelosa ante aquellas fiestas. Hasta entonces habían sido ocasión de disfrute y de ruidosa alegría entre los míos, pero aquel amable panorama comenzó a teñirse de sombras el mismo día del fallecimiento de mi padre. Las Navidades empezarían a adquirir tintes agridulces para mí, colores oscuros cuyo tono iría saturándose al ir clareando los asientos en torno a la gran mesa del comedor de mi casa madre, amplia estancia donde celebrábamos la vida a borbotones a la más mínima excusa.

Se irían después mis abuelos, mis tíos, alguno de mis primos. El abeto ya no sería natural; era más cómodo y barato comprar uno desmontable; yo ya no decoraba la casa junto con mi madre y mi hermano, ni me daba la gran paliza montando el enorme belén que con los años fuimos ensamblando. Las simpáticas figuras con caras de niño que el amor de mi madre fue comprando poco a poco para nosotros ya no me hablaban al oído, y los camellos de los monarcas de Oriente dejaron de acercarse día a día al portal empujados por manos infantiles y llenas de impaciente ilusión.

A partir de aquellos días aciagos dí en advertir que todas aquellas luces, el jolgorio en la calle y la desbordante solidaridad entre los seres humanos no eran más que un sutil trampantojo, una elaborada ilusión óptica que, a la manera de los decorados del cine, ocultaba un estremecedor vacío y una ambición desmesurada. Caí en la cuenta de que las fiestas que tanto nos gustaba celebrar eran ya propiedad de una o dos cadenas de repugnantes grandes almacenes, de los mercachifles de siempre, que amenazan las Navidades con su machacón mensaje consumista, con esa falsa, impostada e hipócrita sensación de hermandad que nos venden a raudales, más que nada porque ahora toca vender semejante bazofia. Las iglesias, supuestos centros de los fastos religiosos propios de esta época del año, se vaciaban a la misma velocidad con que se llenaban tiendas y comercios al primar lo pagano sobre lo divino definitivamente. No pensaba yo en reivindicar algo en lo que no creía, pero por ese mismo hecho me molestaba -y me molesta- sobremanera la descarnada mercantilización de algunos símbolos que son sagrados para muchas personas porque denota una profunda falta de respeto y un repulsivo materialismo.

Comenzó a escucharse por todas partes la risa imbécil del gordo abuelo venido de allende los mares, un invento rubicundo y blandengue de todos sabemos quién. Entre rebuzno y rebuzno del ridículo personaje, las empresas preparaban esas magras cestas con las que anualmente pretenden redimirse ante sus currantes por todo un año de excesos y desafueros y esos mismos curritos se afanaban en organizar una de esas cenas de empresa en las que todo el mundo tiene que divertirse mucho y pasárselo fetén por cojones. Ha llegado la hora de perdonar agravios y de compadrear con todo hijo de vecino, que para eso se celebra el nacimiento del Redentor de la humanidad, qué coño. Es momento ya de cocerse como sapos para abrazar, borrachos perdidos, a personas cuya existencia se nos da una higa intentando de paso meterle mano a esa compañera de oficina que tanto nos gusta y que tan poco caso nos hace. Y si aparece por allí el jefecillo de turno a lo mejor, dada la carga etílica de la ocasión, puede resultar procedente el comentario confianzudo o la gracieta mordaz para que el resto de la etilizada tribu vea lo machotes que somos.

Y los Reyes Magos se fueron olvidando de juguetes y de divertidas golosinas para acabar dejando camisas, jerséis, calzoncillos y calcetines. Todo muy útil, desde luego, y tan carente de espíritu como práctico: la imaginación al poder, salvo contadísimas y honrosas excepciones. Nosotros, los más jóvenes de mi tribu, fuimos postergando también, como sin querer, la costumbre de enviar christmas a familiares y a amigos. El correo electrónico es más rápido, más barato y permite envíos masivos aunque no desprenda la deliciosa fragancia del papel de calidad.

Con el correr de los años tuve la mala fortuna de ponerme a trabajar en la recepción de un hotel en la que pasé trece amargos años, la mayor parte de los cuales en el turno de noche, lo que me supuso permanecer no pocas Nochebuenas y no menos Nocheviejas lejos de los míos y aguantando estoicamente la nauseabunda imbecilidad de la que el género humano hace tan cumplida gala en semejantes ocasiones.

De manera que todas las circunstancias que me rodeaban se han ido conjurando lentamente en contra de las famosas fiestas hasta conseguir que su mera cercanía me ponga los pelos como escarpias, que decía el otro, ante la avalancha de tristes recuerdos que indefectiblemente las acompañan. Me atosiga la estruendosa descarga de amor fraternal con la que todo dios pretende salpicarte, con franqueza, y me cabrea mucho el despilfarro que se produce por doquier. Puesto que no soy precisamente moderado en casi nada, no me molesta tirar dinero por el mero hecho de hacerlo, sino porque nos pulimos nuestros magros haberes sin tino alguno cuando nos lo indican, ni más ni menos.

Quiero entender que no soy el único que piensa así sobre las fechas que se nos acercan. De hecho, coincido con la inmensa mayoría de mis amigos cuando charlamos sobre al asunto y me creo que por motivos muy similares a los míos. Como resulta indiscutible que tanta tontería, tristeza y falsedad como acabo de describir siempre estuvieron ahí, parece evidente que es la propia vida la que nos abre cruelmente los ojos en el momento en que lo considera oportuno. Se desmorona entonces todo el dulce edificio de la infancia con impresionante y doloroso estrépito, y entre los escombros surge el hombre que nos acompañará ya hasta el final de nuestros días y que nunca dejará de escuchar el ruido que hicieron sus ilusiones al convertirse en sueños rotos.

No, no me gustan las navidades. Y aún así, a veces mi mente racional baja la guardia. Me figuro que de vez en cuando necesita algo de esperanza, algo de calor. En semejantes momentos me quedo colgado con tal o cual canción, con una estampa navideña ridículamente clásica y obligada. Me emociona algún anuncio bobalicón y huero al que en otras circunstancias no prestaría mayor atención y me encuentro deseando que la paz y la justicia imperen por siempre entre la doliente humanidad, no solamente durante unos días. El niño que una vez fui alza los ojos alegres al cielo y cree distinguir, asomándose entre las nubes que contemplan mi ciudad, una gran estrella fugaz que lentamente guía a los hombres hacia el mayor acontecimiento de la historia. Oye a camellos galopando bajo el azote de la arena furiosa y sabe que el mejor día del año se acerca al comedor de su casa.

Pero ese espejismo dura más bien poco. Deshace sus delicadas hebras el primer petardo al estallar, el correspondiente anuncio de juguetes o de perfumes o algún tolay con rojo gorrito de elfo y cocido hasta las trancas mientras perpetra un villancico. Cualquiera de esas prosaicas realidades me despierta con la misma eficacia con que lo haría una patada en los dientes, pongo por caso.

Y al final se imponen el distanciamiento y un sano cinismo, ejercido con todo el desamor del que aún soy capaz, que no es poco.

No, no me gustan las navidades.

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Hijos del vacío

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Vuelvo algunas noches caminando hasta mi hogar desde la calle Princesa. En sus inmediaciones regenta un entrañable bar de copas un querido amigo mío, de manera que me escapo a verle con una frecuencia más o menos digna. Menudean las cervezas y la conversación puede muy bien hollar la madrugada, alegremente ajenos a las horas que se nos van, como se nos va la vida. El asunto mejora sensiblemente si hay parroquianos nuevos o desconocidos, si bien es cierto que eso no suele ocurrir con asiduidad. La noche de Madrid es así, y así es el sino de mi amigo.

Cerrado ya el metro y esquilmado mi birrioso peculio, no me queda más remedio que ir colocando un pie detrás del otro, pisando aceras grises y húmedas de sueño. No es que me importe en realidad; cambio la penumbra, relativamente cómoda, de un taxi quizá maloliente por una caminata en compañía de mi peor juez. Si la noche está bien metida en agua, me acomete además una fuerte sensación de soledad inquietante y atractiva a la vez, mientras la lluvia chorrea por el ala de mi sombrero: efectivamente, Madrid es una ciudad de más de un millón y medio de cadáveres. Parece como si el silencio se hubiese apoderado definitivamente de esta urbe para eliminar de una vez por todas todos los sonidos que su latir poderoso produce hora tras hora, acabando de paso con su torrente de vida. Al mismo tiempo, te sientes observado por cientos de ventanas, de ojos muertos y vacíos que siguen tu devenir.

Mientras resuenan los tacones de mis botas por encima de las sombras de la ciudad dormida mi imaginación, siempre inquieta, campa de nuevo por sus respetos. Me asalta toda una multitud de ideas que se me antojan brillantes y acertadas. Veo bailar las frases, encajar los verbos; me deslumbran las metáforas, los localismos y el aire canalla que tanto me agrada. Me pararía cada dos metros para apuntar semejante torrente de felices ocurrencias, a riesgo de no llegar nunca a casa. Declamo frente a mí mismo y frente al mundo y lo hago completamente ausente, alejado de la realidad. A veces ya acostado amontono aún palabras, enhebrándolas en la aventura de mi vida con mimo y emoción, con placer,  hasta que el sueño me vence. No sé si se trata de los efectos del alcohol, pero lo cierto es que soy presa de una especial crisis creativa que no me abandona durante horas. Y al día siguiente conservo todavía en los labios resecos el recuerdo de las palabras que de ellos brotaron con tanta facilidad, como si del sabor de mi amante se tratase, sólo para darme cuenta de que casi todas ellas se han desvanecido entre mis sábanas mucho antes del alba. Inservibles ya, mueren antes de posarse en el blanco de la página, como mariposas abortadas por el frío de la mañana, sin gallardía ni coraje, sin un adiós. Carecen de redención posible; será necesario invocarlas de nuevo para poder utilizar su indudable poder y volver a aspirar su fragancia.

 La vida  -acabo por concluir para mí-  es tan hermosa y está tan llena de atronadores matices, que las palabras nunca pueden llegar a expresar con suficiente poder la continua maravilla  que la existencia nos regala. Oímos la sinfonía magnífica de nuestra propia existencia dentro de nosotros mismos, pero es imposible del todo conseguir una comunicación absolutamente fluida entre el corazón y el cerebro, al menos para la mayoría de los seres humanos que ponen  -ponemos-   por escrito sus ideas. Faltan infinitos colores en nuestras pobres paletas;  no conseguimos reflejar con la necesaria riqueza el brutal panorama que divisamos desde nuestras ventanas.

Y al mismo tiempo que me embarco en este excitante ejercicio, su propia dinámica desquiciada me lleva a recordar perfectamente ciertas calles de mi patria chica, señaladas en mi vida por acontecimientos que he llegado a olvidar por completo y llenas de palabras hermosas. Cuando camino a deshoras Princesa arriba el panorama que distingo es algo más triste y ramplón a falta de un sol piadoso que oculte las miserias del mundo bajo su luz impertérrita e indiferente. Pero sigue sin tener nada en común con la calle por la que yo paseaba con mi abuelo hace eones ya.

La gente deambulaba por allí sin prisa excesiva, creo recordar; los hombres, con gabardina, estrecha corbata negra y fumando placenteramente; las mujeres, con pañuelo en la cabeza y bolso colgando de la mano o del hombro. Escasos automóviles de modelos repetidos hasta la náusea arrojaban al cielo limpio de la capital las primeras emanaciones ponzoñosas, las nietas de las espantosas masas de contaminación que hoy nos impiden respirar. Comercios de esos que llamamos «de toda la vida» menudeaban en tan importante arteria ofreciendo, bajo el cielo amable de los bulevares, sus mercancías. Me acuerdo de escaparates elegantes, llenos de luz; se me vienen a la cabeza pésimos eslóganes comerciales, divertidos por su falta de calidad. Veo  brotar la vida con mis ojos de adolescente en aquella ciudad distinta.

Emanaba de aquel Madrid un aire distinto, a pesar de que no alcanzo a distinguir si era mejor o  peor, aunque sí creo que resultaba  mucho más sincero y auténtico. Se miraba al horizonte con una esperanza que hoy en día ha desaparecido bajo el peso espantoso de todos los errores que hemos cometido, se vivía con una alegría actualmente evaporada, cuyo grosero remedo sólo asoma cuando lo deciden los mercachifles de siempre. Hoy, el Madrid que yo conocí no es ya más que una ciudad de papel, que vive encerrada en fotografías en blanco y negro y en sombrías hemerotecas.

Esta noche de lluvia un enorme camión reposa frente a la puerta de unos grandes  -enormes, inhumanos y omnipresentes, más bien-  almacenes. Espera sumido en el pesado letargo del leviatán el momento de vomitar su carga en el vientre de la bestia insaciable que dormita junto a él. En la acera contraria, no hago más que pasar frente a comercios nuevos, inanes, profundamente estúpidos. Sus fachadas rebuscadas, cargadas de colores pastel y de elaborados logotipos, no hacen sino enaltecer la imbecilidad humana. Son negocios aburridos y sin alma que buscan la ganancia rápida y fácil, meros exponentes del triunfo del dinero, de la vaciedad del mundo que nos rodea. Sus nombres comerciales maltratan con crudeza al castellano y reducen al cliente a un lastimoso amasijo de cifras y datos que se pueden comprar y vender, siempre en pos del beneficio.

Y súbitamente me detengo bajo la espesa cortina de agua que rebota a mi alrededor. Acabo de ver con dolorosa claridad que son ellos quienes al final triunfarán, y no nosotros. Vencerán los heraldos de la nada, los hijos del vacío, y no las criaturas de la luz. Desfilarán como zombis conquistadores bajo un cielo plomizo e indiferente mientras la gente normal se va diluyendo sin remedio en vagos surtidores de niebla.

Ese será el precio terrible que pagaremos por nuestra desidia.

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Imperativo categórico

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No acabo de distinguir con claridad si ayer hice el tolay o no. Lo cierto es que el corazón me dice que no fue así, y mi vieja patata suele acertar a la hora de juzgar a los hombres, pero ya sabemos lo que hay. Hemos sufrido  -y sufrimos aún- tantísimo con las martingalas derivadas de la famosa crisis que nos han regalado nuestros queridos próceres, que hasta el más tonto hace relojes. Si la necesidad aguza el ingenio, excuso comentar los poderosos efectos que semejante situación puede ejercer en esa tupa de canallas y de canallitas acostumbrados a ganarse la vida por la puta jeroma.

Bueno, a lo que vamos, que se me va el oremus. Volvía de la calle Santa Isabel, de visitar una de mis librerías favoritas, y volvía en metro porque me deja muy cerca de casa. No es que me agrade demasiado la cosa colectiva; nunca he sido partidario de compartir olismas y miasmas ajenas en un espacio cerrado ahíto de peña poco adicta al jabón, pero mi economía no me permite otro tipo de dispendios. Así que bajo las correspondientes escaleras y pago mi billete, disponiéndome a esperar al ruidoso gusano blanco que me llevará hasta las inmediaciones de mi hogar.

En la penúltima estación, aborda mi vagón una pareja. Treintañeros escasos, con buen aspecto, limpios y atildados. Algo regordeta, la rubia se sienta rápidamente mientras observa a su compañero con expectación; él la hace un gesto y se dirige al centro del vagón, donde, agarrándose a ambas barras laterales, inspira profundamente. Es un tipo alto, fuerte, con menos pelo que yo y con cara de buena gente. Se nos queda mirando y comienza a desgranar la consabida cantinela: «Buenos días, señoras y señores. No quiero molestarles, pero mi mujer y yo llevamos seis meses ya sin paro y nos quieren quitar el piso…»

He de reconocer que el tema temario de la solidaridad lo llevo un poco como a ratos, que no es mi fuerte, y lo digo con ánimo de mejorar este defecto, no de excusarme. Pero no puedo evitar que me  atragante en grado sumo la multitud de pedigüeños con la que a diario me tropiezo, simple y llanamente porque distingo entre sus filas un nutrido grupo de jetas cuya mera existencia me resulta cuando menos molesta. Llega un momento en el que es difícil discernir si la llorosa petición, tantísimas veces escuchada, tiene algún viso de realidad o si no pasa de ser un maullido más, mejor o peor disimulado, preludio de la consiguiente gatada. No tengo por costumbre soltar ni un céntimo, aunque sí pago, gustosamente, un bocadillo y una cerveza ajenos, si ese es el caso. Ni es la primera vez, ni será la última.

Así que, a punto de llegar a mi estación y ya hartísimo de falsos músicos callejeros, de los de caja de sonidos y tal y tal, desvié la mirada y la atención, aprestándome para esquivar a un menesteroso más. En ese momento, y por el rabillo del ojo, veo al chaval que suelta las manos de las barras, cruza ambos brazos delante de sí como diciendo basta ya, y se dirige, angustiado,  a la rubia:  «lo siento, cariño, pero no puedo, no tengo fuerzas para esto…». Ella le abraza y le consuela ante la mirada atenta pero indiferente de todos los pasajeros. Le acerca, cariñosa,  hacia el modesto chándal rosa que viste y le mira con cariño, cerrando las heridas abiertas de una dignidad arrancada a golpe de hipoteca: «no pasa nada, tranquilo…»

Y en ese preciso instante, noto un nudo en el estómago que me oprime el corazón, la garganta y los cojones. Me ha parecido percibir, como en medio de un fugaz destello de limpia luz, un espantoso atisbo de auténtica desesperación. He visto a dos seres humanos que se quieren postrados de rodillas, vencidos por el horror de su cotidianeidad, por la dureza de la situación que les ha tocado vivir y, lo que es peor, avergonzados por ello. Todo ello en décimas de segundo, claro está. El hombre, enfrentado al desastre, se despoja de todo lo que no sea instinto, para poder así percibir con toda la claridad posible el meollo del asunto y actuar en consecuencia.

Hace ya algunos años traduje para un conocido instituto de investigación multidisciplinar, un interesantísimo documental. Investigaba, en concreto, las inquietantes y numerosas coincidencias entre el comportamiento instintivo de los grandes simios y el nuestro. Tras realizar una amplia batería de pruebas con bebés simios y con bebés humanos, y con adultos de ambos grupos, concluían los científicos que dirigían el experimento que la única característica que nos separa de nuestros inteligentes primos es, precisamente, la solidaridad. Gracias a ella, al deseo de ayudar al otro por el mero hecho de hacerlo, el ser humano ha llegado a ocupar el lugar en el que se halla dentro del orden natural. Al menos, así lo afirmaba aquel grupo de etólogos.

Sentí ese impulso con una fuerza que me sorprendió. No podía dejar de hacer algo, lo que fuera, para expresar a la triste pareja mi apoyo, por simbólico y escaso que pudiera resultar. Y así lo hice. Aprovechando que el tren ya llegaba a mi destino, me eché la mano al bolsillo y me dirigí hacia los dos pesarosos. Le toqué en el hombro al muchacho, al tiempo que le tendía la mano con el dinero, y le dije: «Ánimo, amigo; no te rindas nunca». Creo que mi diestra ocultaba cinco o seis monedas de un euro, aunque en ese momento no le presté a ese asunto atención alguna; me parecía que lo urgente, lo realmente importante, consistía en hacerme presente ante el dolor ajeno, en plantarle cara como fuera.

Me miraron, sorprendidos; se miraron entre sí y prorrumpieron a darme las gracias con un torrente de frases emocionadas que confieso me turbó un tanto; no estoy acostumbrado a semejantes muestras de agradecimiento, la verdad. Se bajaron en la misma estación que yo pero tomaron otra dirección, lo que me alivió bastante mientras me perdía entre la multitud, los pasillos y el zumbido interminable del metro, porque volvieron a expresar su gratitud al caballero con sombrero Fedora , gafas negras y americana de ante que procuraba a toda costa pasar lo más inadvertido posible entre el gentío. Y al final, la rubia le espeta a su machote: «¡Eres un campeón, cariño¡»

No pongáis esa cara, queridos. No quiero medalla alguna, y menos por semejante hazaña. Todas las que me correspondían, o casi todas, están ya más que herrumbrosas. Me muestran sus faces que un día brillaron como el sol cuando abro el cajón de mi devenir, pero no las echo de menos en absoluto. Tan es así, que he adquirido la sana costumbre de limpiarme el culo con las últimas que me han ofrecido, que alguna que otra había. Hablo aquí, simplemente, del sentimiento de placer y de alegría que proporciona actuar según los dictados de tu conciencia, sin que nada tenga que ver con todo ello el hecho de que te estén tangando o no. Ese es otro problema, y no es tuyo, hermano.

Imperativo categórico, alimento para el espíritu humano, para esa bestezuela dormida que todos llevamos en el pecho pugnando por mostrar la mejor de sus sonrisas, tanto más irresistible cuanto más imperativo. Preludio de un mundo mejor. Algunas veces, hasta yo me lo creo, hay que joderse.

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Anhelos de otoño

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Alatriste desenvaina con la rapidez del rayo y echa a correr tras un fugitivo Malatesta como alma que lleva el diablo. Asoman por las callejas solitarias de un Madrid viejo y encenagado, que ya no existe, rostros temerosos de mujer, que adivinan la persecución entre las sombras, presas del miedo. Mientras tanto, el señor de la Torre de Juan Abad contempla los muros de su patria, que es la mía, y reparte estocadas y afilados versos a diestro y siniestro, como si de una mortífera lluvia de mayo se tratase, preñada de sangre, rosas y acero. Y yo me digo, en ese mismo instante, que he nacido tarde, muy tarde, demasiado tarde.

Lope salta de dormitorio en dormitorio, con el jubón por la cintura, musitando para sí los últimos versos de su obra más acabada y poderosa, su propio devenir,  al tiempo que se seca sobre sus labios el aroma prohibido de la mujer ajena, que yace cerca de allí con el pelo suelto y ahíta de amor y de húmeda vida. Casi en igual momento se oye el restallar de la blasfemia resentida del cornudo que lo es muy a su pesar, pecado que persigue al rápido mujeriego de tejado en tejado, sin conseguir otra cosa que no sea arrancarle una sonrisa despectiva.  Observo divertido la escena  -al cabo no soy sino mero espectador-  y musito para mi caletre que he nacido tarde, muy tarde, demasiado tarde.

El dulce cisne del Avon, ese inglés al que cabe perdonar la impudicia de serlo a cambio de su genio maravilloso, de su singular talento, procura enamorar a su particular Julieta con el timbre de su voz y con el suave veneno susurrado de sus versos, con la fuerza imposible de sus personajes. Enardece a su hembra y al teatro entero que le escucha embelesado, mientras se obra, a la vista de todo el mundo, el milagro que consigue comunicar a un ser humano con otro, levantándole del suelo y liberándole de lo anodino de su existencia. Tiembla la corrala toda ante el empuje de los aplausos y yo pienso, con cierta tristeza, que he nacido tarde, muy tarde, demasiado tarde.

Brilla con fuerza la luz de la hoguera en Samoa, muy junto al mar, en la playa que adorna la isla con sus arenas blancas y limpias. Mientras el viento que sopla desde el océano hace danzar al fuego inquieto, vistiendo de ágiles sombras los contornos, Tusitala desgrana sus historias y desnuda con ímpetu el tesoro que su mente alberga, al tiempo que su voz soñadora embruja a los nativos que le rodean en respetuoso silencio, pendientes de sus palabras, dadoras de efímera vida. Desde un pequeño pantalán cercano, tras la borda de una antigua embarcación que espera impaciente levar anclas, mi silueta insomne presencia la escena, y no puedo por menos de preguntarme por qué he nacido tan tarde, tan rematadamente tarde, tan al final de los días.

Bah, debe tratarse de un ataque de temprana melancolía otoñal. Sin duda, un ansia inoportuna de sueño y de grandeza, un tremendo afán por desterrar lo cotidiano de lo cotidiano. Añora uno los quince minutos de gloria que a cada cual concedía aquel gran estafador de gafas de pasta; echa de menos la grandeza de hacer algo grande, digo bien, y el placer que proporciona el trabajo hecho a conciencia y legado a la posteridad. Quisiera ese uno vivir siquiera fuera un instante bajo esa famosa espada de Damocles, sentir el pulso alocado de la vida en las sienes, ese rojizo avatar que transporta el placer de vivir peligrosamente.

No es este mi siglo, me creo que no lo es. No son de estos tiempos mis héroes ni mis fantasmas, mis grandes villanos, mis damas míticas. Qué pena inmensa no haber nacido antes, mucho antes. Qué gran pesar supone no haber podido saborear de cerca, sin tapujos, las leyendas vivas que poblaron mi infancia y mi juventud, para iluminar después mi madurez. Lejos de estos tiempos estúpidamente crueles, bárbaros e inanes, sin malicia, elegancia ni humor, así me encuentro hoy: buscando siempre una fragancia de eternidad cuya pista ni siquiera he alcanzado a rastrear entre la maleza, al abrigo de los árboles que continuamente me acompañan, al son de los sordos tambores que marcan mi rumbo.

Y sigo sin saber, por supuesto, a qué viene de vez en cuando semejante anhelo de eternidad, tal deseo irrefrenable de ser poeta y guerrero a la vez, de luchar y de escribir jugándote la vida en el empeño, sin tasa, sin cuento, sin medida.

Bah, debe tratarse, sin duda, de un ataque de temprana melancolía otoñal. Cederá con los años, claro. Como todo lo que alguna vez mereció la pena.

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Leyendas del alba

carcelEl viejo autobús se acerca despaciosamente a la dársena, buscando un refugio seguro. Ya parado, emite un sonido particular, como si sus cansadas entrañas siseasen en un último estertor. Se abren las puertas con lentitud y los viajeros comienzan a descender, algo atontados por el viaje.

Sebastián se cala las gafas de sol y aprieta contra sí la ajada bolsa de deportes que alberga sus pertenencias. Al fin y al cabo, para un fin de semana tampoco hace falta mucho más de lo que lleva. Ni posee gran cosa más, de cualquier manera.

Es un hombre entrado en la treintena, alto y fuerte, de apariencia saludable. No obstante, un aura indescriptible que le rodea pone en guardia a los demás en su presencia. Los hombros están ligeramente encorvados hacia delante, como evitando algo; los andares son cautelosos y no cuadran en demasía con un individuo de su porte. De vez en cuando, mira por encima del hombro disimuladamente, con una mirada llena de pájaros muertos y de dureza, de extrema frialdad. Le cuesta trabajo sonreír con la boca y aunque se lo propusiera, no podría hacerlo con los ojos. Algún tatuaje más o menos críptico en sus manos, fruto de alguna noche de tajada triste,  acaba de completar el cuadro, de aportar las pinceladas que podrían faltar para identificarle plenamente bajo el escrutinio de una mirada observadora.

“Bueno, aquí estamos para el fin de semana, así que habrá que aprovecharlo, porque se pasa echando leches. Primero y principal, vámonos a casa. Luego, ya veremos”.

Nuestro hombre endereza sus pasos hacia el viejo barrio donde vive Rosario, su madre. Menuda, con el pelo muy blanco, viuda desde hace muchos años, es uno de los pocos asideros que mantienen a Sebastián unido con firmeza a una vida que a ratos parece querer escapársele a gran velocidad.

“Jamás me pidió la más mínima explicación, pobre vieja. Me apoyó siempre y se tragó las lágrimas, simple y llanamente para que no llorase yo. Con un par, la abuelilla. Cuando salga del mako, habrá que atenderla como ella se merece. Me intriga saber si me creyó inocente en algún momento o no. Nunca se lo pregunté; supongo que no habría aguantado ver la acusación en sus ojos… Porque, al fin y al cabo, yo soy inocente… ¿o no?”

 -…te digo yo que éstos no tienen ni puta idea, chaval, te lo dice este cura. Bien está que aquí dentro todos vayamos de inocentes, pero cosa distinta es que encima nos lo creamos. Palomas de la paz no hay ninguna; palomos, unos cuantos…

El Guapo vuelve a chupar el raído palillo, riéndose de su propio chiste,  mientras entrecierra los ojos pálidos para defenderse del sol de mediodía. Es un hombre viejo y es un preso viejo, es decir, una ruina irremisible;  él conoce ambos extremos y sabe que se le nota, pero se le da un ardite.

-Yo llevo aquí la torta y un pan, y lo que me queda. Pero ya me he hecho a esta vida, qué quieres que te diga. Si no vas de listo con los kíes ni con los boqueras, la cosa tiene un pase. Total, para lo que me espera ahí afuera, mejor me quedo donde estoy. Me costó poco trabajo adaptarme, ya ves. En cuanto me enchironaron, me hice machaca y aquí paz y después gloria. Pillé el curro en la biblioteca y aquí me tienes. Y la poca pasta con la que me hago, me la gasto en lumis y punto pelota.

Feo si Dios tiene un qué, el Guapo cuenta su trayectoria dentro de la cárcel con el mismo orgullo que si se tratase de una licenciatura cum laude en la Complutense o en la Sorbona. Mira a Sebastián encantado de la vida, como si esperase su admiración, su aplauso. Ignora que el pútrido espíritu del penal habla por su boca, artero y malévolo, buscando la entrega total de su víctima, su rendición sin condiciones. No es más que otra sirena espantosa, emitiendo su canto hipnótico para embrujar a navegantes poco avisados.

Lejos de prestarle oídos, nuestro hombre está acabando de salir de un largo túnel, que todos los internos recorren tarde o temprano. Es un viacrucis aterrador que la privación de libertad provoca indefectiblemente, como si de un terrible sarampión se tratase.

Todo comenzó una noche de sábado, hace ya muchos años. Un bar de copas y el calor de los amigos, las risas y la alegría. Las chicas, chispeantes, encantadas de la vida, de compartir tragos y besos con sus hombres; María, guapa a rabiar, con los ojazos negros cuajados de luces y de sensuales promesas, mirándole como si contemplase al mismísimo Febo Apolo. Sebastián, henchido de gloria, sintiéndose el centro del universo, la abraza y la besa con pasión. Y entonces, un cruel giro del destino, un maelstrom cósmico que atrapa a los jóvenes amantes en su vórtice enloquecido, cambiando dramáticamente sus vidas para siempre. Un borracho patoso, unas frases en voz alta, insultos que se cruzan y un par de golpes mal dados, la madrugada teñida en sangre…

“Me gasté lo poco que tenía en abogados, y mi madre y María no se quedaron atrás. Pero de poco valió. El fiscal nos dio una tunda espectacular, y a su Señoría Ilustrísima no le tembló el pulso ni un momento a la hora de dictar sentencia. Una apelación, y que si quieres, aquí estamos”.

Primero, la incredulidad ante su situación; luego, un miedo pavoroso que le cortaba el resuello, que le hacía encogerse de puro dolor. Se arremolinaban en su cabeza recuerdos, escenas, frases en constante y atormentadora fuga de ideas, día tras día. Pensaba que se vendría abajo definitivamente, que las puertas del delirio acabarían por engullirle para siempre. Pero no fue así, porque a veces, algunas veces,  no es así. Y nadie sabe por qué ciertos presos se salvan de la quema y otros no, esa es la realidad.

El talego le echó mano con su sonrisa sucia, tiró de él, le sacudió como un perro sacude a un gato que ha apresado con la boca, le vapuleó por entero y, finalmente, acabó por ignorarle. Visto que no podía destruirle, fijó sus ojos vidriosos y crueles en su siguiente víctima. La rugiente oscuridad que devora a los hombres allí adentro,  aflojó la presa y cambió de objetivo. Y Sebastián dejó de despertarse sobresaltado, entre sábanas empapadas en sueños hechos trizas. Dejó de notar las amargas alas de la soledad rozando sus mejillas noche tras noche, y consiguió, por fin, alcanzar un nirvana nocturno precario y asediado, pero amplio, silencioso y suyo, muy suyo.

Pero la paz también tiene su precio, como todo lo que realmente importa. Entre rejas se pagan fielatos y se inmolan ideales al igual que se hace cuando uno camina en libertad bajo cualquier cielo, de eso no hay duda. La diferencia radica en que uno oye más de cerca el espantoso estrépito que producen los sueños al estallar en rosas de sangre si ya no sujeta las riendas de su propia vida. Nada más. Y nada menos.

Se endurece uno por dentro y por fuera. Olvida lo que es sentir solidaridad o preocupación por el prójimo, para centrarse en la única tarea que ocupa la mente del preso: sobrevivir a toda costa, aguantar un día más al precio que sea, para acercarse con paso siempre incierto a la luz dorada y limpia que parece divisarse al otro lado de las oscuras aguas, de la noche sin riberas.

Se abre la puerta pintada de verde, el color de la esperanza. Una sonrisa limpia y emocionada, un torbellino de besos, de te quieros. Manos que acarician y brazos que se entrelazan. Sebastián es un juguete que va y viene entre su madre y  su pareja, un galeón viejo y desportillado presa de la fuerza irreprimible del mar. Crujen sus cuadernas por dentro y por fuera, y se baña en un amor tan claro y limpio que le abre el pecho y se lo llena de pura vida.

…a diez kilómetros de allí, aguarda el enorme portón metálico, también pintado de verde. Paciente, sabe que pasadas cuarenta y ocho horas, los presos con permiso regresarán, uno a uno, a su mundo real. Y sabe también que muy pocos tendrán el coraje de soportar el aullido de la soledad que sus entrañas ocultan sin desintegrarse como seres humanos.

Algunos dicen, entre los muros del penal, que el alba acaba por clarear para los penados que aprietan los dientes y hacen frente al huracán; algunos dicen que quien aguanta vence. Otros, en cambio, afirman que eso no es más que otro rumor de la trena, otra mentira más urdida por el gran portón verde para regodearse en el sufrimiento de sus víctimas.

Cierto o no, es terrible tarea de cada hombre resolver el enigma, enfrentándose a la feroz esfinge que habita tras las rejas.