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Lo cotidiano.

writingAunque se trata sin duda de una sensación añeja, no por ello deja de ser apremiante e incómoda. Comienza como un cierto picor en los dedos, como una ansiedad que trepa por tu columna para acabar llegando indefectiblemente a tu cerebro, a tu psique toda, convirtiéndose en un remordimiento que no ceja en sus voraces mordiscos hasta que no te pones frente al ordenador, por ejemplo, aunque también es eficaz remedio el que se pone en práctica tirando de lápiz y papel, a pesar de que algunos ignorantes lo tengan por trasnochado. Desconocen, infelices, el placer que proporciona el hecho físico de escribir con un buen instrumento estilográfico sobre un papel de calidad, en resma, folio, cuartilla o cuaderno, que a la postre es lo de menos. Pero no es el deseo de manifestar físicamente la escritura lo que me atormenta desde hace ya muchos años.

Desde luego, tengo muy claro que no soy yo el único aquejado por este vértigo divino, por esta presión que se siente en la base del alma día a día, todos los días con sus noches. El doloroso placer de la escritura, la autoimpuesta obligación de contar algo, de transmitir a los demás ensueños, fantasmas y deseos, ataca a miles de afortunados mortales, que atraviesan con valentía los yermos desesperados donde acecha ese aterrador espectro que es la falta de inspiración: notar que quieres relatar algo y sentir la urgencia de hacerlo, cuadra rematadamente mal con no saber, en concreto, qué es lo que se desea comunicar en ese momento. Además, resulta complejo explicar esta situación a quienes nunca la han padecido: es casi inevitable la mirada compasiva, que intenta en el mejor de los casos comprender al doliente, que cosechará en según qué auditorios el vano intento de compartir nuestra inquietud.

Momentos hay -diríase instantes- en los que uno se siente rebosante de ideas, de asuntos, más o menos enjundiosos, que compartir con el mundo bullicioso y tremendamente ajeno que se convulsiona tras las ventanas de mi despacho. Padeces por dentro un cierta agitación, un hervor interno que se va transformando, poco a poco, en negro sobre blanco, en esa salutífera sangría que supone para todo escritor  sacarse de dentro sus cuitas, sus ensoñaciones, para ponerlos a los pies de quien le haga la merced de indagar con interés en su propia y peculiar noche, personal e intransferible: siempre es de noche en mi mente a la hora de escribir, y para mi no hay mejor momento.

Son ocasiones felices, siempre fructíferas, o, al menos, así las siento yo: gloriosas hemorragias de verbo, de la herramienta mágica y poderosa  que distingue al hombre del resto de la Creación. Quizá la calidad no siempre acompañe a la vorágine creativa que en tales ocasiones me suele embargar. Muy posiblemente, una gran parte de los escritos que mi caletre produce en semejantes circunstancias, carezcan de la mínima calidad exigible a un sencillo juntaletras como yo; muy posiblemente, no resistan ni el primer asalto contra mi más acerbo crítico, contra mi demonio interior, cayendo como caerían unos desdichados soldaditos de plomo bajo las manos crueles de un niño cuando comienzo la revisión de lo escrito, esa tarea que nunca sé, a ciencia cierta, cuándo debe acabar.

Puede ser así, qué duda cabe. Pero resulta francamente gratificante conseguir emborronar unas cuantas cuartillas al día, por electrónicas que sean. El hecho de que sean prácticamente etéreas no significa que sean más fáciles de  hollar: se resisten denodadamente a entregar sus secretos. A veces creo que cuanto escribo ya estaba allí mucho antes de que yo me pusiera a la tarea, oculto entre las aguas procelosas, engañosamente blancas y puras, de la pantalla del ordenador. Pienso, en otras ocasiones, que las mismas palabras con cuya invocación me deleito y pretendo alegrar a los demás, me esperan emboscadas y alerta, más que prestas a saltar sobre mi cuando llega su turno: ya saben que las llamaré por sus nombres infinitos, como si intentase nombrar a Dios,  que me esforzaré por servirme de su ígneo fulgor para crear efímeros instantes de sutil belleza. Saben, igualmente, que sin el concurso apasionado de su voluntad, no hay absolutamente nada que hacer, que narrar, que vivir. Volubles y coquetas, consienten en visitarme según los puros designios de su voluntad, prestando oídos sordos a mis requiebros y a mis súplicas y conjuros. Son palabras; son mujeres, y se comportan según los cánones insondables de su divino sexo.

Y como tales, acuso  su ausencia de manera dolorosa, con mariposas en el estómago y el pulso acelerado, febril. Es espantoso sentir la sequía, la invasión de lo yermo, de la nada pura que se aloja entre tus aladares cuando vives épocas estériles a la hora de crear, de cometer ese delicioso pecado de soberbia que se traduce en el milagro de la escritura.  Lo tremendo del asunto es que, al mismo tiempo que tu yacimiento de ideas se agosta a toda velocidad, si realmente amas lo que haces no dejas de sentir el prurito implacable, la angustiosa necesidad de contar una o mil historias, siquiera sea, en el peor de los casos, para el cuello de tu camisa, según comentaba más arriba. Tal es el dilema que yo vivo; así es el excitante tormento que me asalta cada poco, con una frecuencia atroz,  que desearía para otras muchas cosas en mi vida.

 Hay también circunstancias  externas a mi singladura que  precipitan el advenimiento de  uno u otro tipo de estados en  lo que a la famosa inspiración  se refiere.  Conocer personas o lugares interesantes suele provocarme un fuerte deseo de escribir, de volcar sensaciones sobre la mesa. Sin embargo, supongo que lo mismo le ocurre a todo el mundo, como es de buena lógica. Dime, ¿no es así, tú que sabes mucho más que yo de todo esto, magnífica presencia femenina?

Por otra parte, lo que más me seca las meninges, no excesivamente fecundas ya, es el aburrimiento. Sentir el lento transcurrir del tiempo sin sentido ni dimensión alguna, sin wa, sin armonía, sin propósito, es puro veneno para mi corazón de viejo esteta. Me cuesta un gran esfuerzo abandonar estas aguas cenagosas, estás arenas movedizas y ciegas. Volver a bahías más amables me calma y me tranquiliza sobremanera, devolviéndome una parte de los sueños perdidos en el blanco horror de la nada.

Se dice, por otra parte, que escribir requiere una constancia y una disciplina que se pueden adquirir con la práctica continuada. Por la parte que me toca, me atrevería a afirmar que hay una buena parte de verdad en dicho aserto; en la escritura, como en tantas otras cosas importantes de la vida, deberemos suponer que la paciencia es la madre de la ciencia, según diría el castizo. Y digo deberemos porque, en el fondo, no acabo de comulgar del todo con la afirmación que antecede. Por mucho tesón que un gorrión, pongo por caso, atesore a la hora de volar, es más que tristemente evidente que jamás hendirá el espacio con la elegancia y poder con que lo hace un halcón. Pueden divertirnos sus piruetas; es posible que su gracia trapacera y canalla encante nuestros sentidos, pero la contemplación de sus habilidades jamás nos sobrecogerá, muy raramente nos dejará sin aliento, cosa que ocurre de continuo al disfrutar del espectáculo increíble que supone un halcón en vuelo.

Y halcón se nace, como se nace gorrión. Esa, y no otra, es la dura realidad, nos guste o no, me parece. Afilar las palabras hasta que corten como escalpelos, aceradas y amenazadoras, negras y ominosas como el vuelo del cuervo; convertirlas en un susurro suave y acariciador, tierno, dulce como el  amor de una madre; revestirlas de deseo, de pasión desaforada, embriagadora, febril; esculpirlas en fuego, en ardiente tempestad, para lograr que besen con el mismo poder telúrico del que hace gala una hermosa  boca  de mujer, lúbrica y magnífica, húmeda y expectante, llena de espantosas promesas…

Y todo ello, sin que nada chirríe, sin que el trabajoso andamiaje que subyace a la engañosa sencillez de las mejores obras de arte se revele en modo alguno, evitando así arruinar la magia del mensaje. Y todo ello sin que la pasión, sin que la falta o el exceso de oficio nublen la claridad de lo que se desea expresar: el corazón de la idea, como el del ángel,  debe ser prístino,  meridianamente claro, pues que en él viaja todo cuanto el escritor desea compartir con quien le lee, con quien calma su sed de eternidad, de trascendencia, con ese yang desconocido que para siempre perseguimos. Coincidiremos, entiendo, en que no es tarea baladí precisamente, y que no está al alcance de cualquiera: muchos son los llamados.

En ello estamos, huelga decirlo. Es esta una trinchera en la que cabemos muchos, y en la que muchos perecemos, seguramente asfixiados por le enormidad de la batalla, por su escalofriante fragor. El peso tremendo de lo cotidiano resulta a veces insoportable. Pero, para el hombre avezado e intrépido, para quienes ya hemos doblado un sinnúmero de veces el cabo de Hornos, una luz salvífica y blanquísima se yergue en el centro de la tempestad, sobreponiéndose a sus rugidos: patria amable, playa plácida de suave arena que espera al cansado navegante para ofrecerle la parca recompensa de quienes hasta su ribera llegan. Si sobrevivo, si consigo de un modo u otro arrastrarme hacia esa rada tranquila, hacia ese nuevo útero acogedor, espero poder ver a compañeros y amigos por allí, distinguir sus rostros y comprobar que, al igual que yo, han vencido en este durísimo combate de cada día.

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Promesa cumplida.

IMG_2807Pues andaba cavilando un poco sobre lo inevitable que resulta formular nuevos y edificantes propósitos para el año entrante, según esa costumbre que desde muy pequeños se nos ha venido inculcando, y ello a pesar de las fechas en las que ya nos encontramos, algo alejadas ya de la infumable parafernalia navideña. Supuestamente, con el renuevo de todas las cosas que el siguiente año trae bajo sus alas, llega el momento más adecuado para repasar la propia vida armado con las mejores intenciones y dispuesto siempre a pulir y a mejorar nuestra particular andadura sobre este planeta. Nada más y nada menos.

Dejar de fumar, matricularse en un gimnasio, ser más ordenado, más cordial y sincero…  La colección de zarandajas, de mentiras piadosas y de auténticas estupideces parece no tener final… y lo cierto y verdad es que no lo tiene; si así no fuera, ¿por qué se repiten las mismas promesas, las mismas metas, año tras año? Naturalmente, son simples utopías, es decir, metas inalcanzables por naturaleza, definición y sistema. Pueden ayudarnos a enderezar el rumbo, a encaminar nuestros pasos hacia el lugar que deseamos,  pero jamás llegaremos a cumplirlas, como resulta de rigor siendo lo que son. ¿Resultado? En mi personal experiencia, la  misma sensación de fracaso año tras año, al comprobar que, nuevamente, hemos vuelto a sentir el amargo sabor de la derrota al no ser capaces de acercarnos, siquiera sea levemente, a nuestro objetivo.

Sí, se me objetará que la mía no es una postura muy inteligente, que la vida es combate, que hay que intentar mejorar día a día y toda esa batería de argumentos que vienen tan a mano, que nos llenan tanto la boca y nos hinchan tanto el pecho cuando hay que abrumar al otro con consejos que no ha pedido. Además, y muy posiblemente, tenga la objeción más razón de ser y más sentido que la opinión que intenta refutar, no lo pongo en duda. Pero dado que estoy hasta los santísimos de encontrarme todos los días un montón de buenas intenciones en estado catatónico o ya francamente cadavérico sobre mi mesa de despacho, hecho que me produce una singular tristeza, he decidido formular, para este año entrante, el Propósito Primero, Primigenio, Original e Irrenunciable, que Pienso Cumplir: se han acabado definitivamente ese tipo de promesas en mi vida, para siempre y del todo.

Ya no fumo y apenas bebo, pero, si pudiera, seguiría haciendo ambas cosas, que me reportaban una buena dosis de satisfacción y de alegría; seguiría  -y seguiré-  saliendo de juerga tantas veces y tan seguido como pueda; comeré, beberé y bailaré tanto como me apetezca y me aguante el cuerpo; admiraré y reconoceré la belleza femenina allá donde la contemple, sin miramiento alguno, a tumba abierta;  está clarísimo que solamente aquellas costumbres , tachadas de «malas» y de «perjudiciales» por mucho mojigato alma de cántaro, y que pueden acabar por destruirnos, son las que mejor se nos dan, más felices nos hacen y con más facilidad se siguen, aunque ahora se refieran a ellas como «políticamente incorrectas». No pienso privarme de nada ni corregir uno sólo de mis muchos defectos, simple y llanamente porque no me creo el falso acto de contricción que precede a cada Nochevieja, porque ya no tengo edad para seguir engañándome con según qué tipo de bobaliconas afirmaciones, diseñadas para estas fechas, y porque no me queda más remedio que quererme un poco tal y como soy, vista mi ontológica incapacidad para alcanzar nuevos objetivos. Si a estas alturas de mi particular película no me gusto un tanto, apaga y vámonos.

El infame Georgie Bush, uno de los tipos más estúpidos de la reciente historia de la Humanidad, intentó controlar los frecuentes incendios que se producían en Alaska por el simple expediente de talar todos los árboles… o, al menos, eso dice la leyenda que rodea a semejante impresentable. Me atemoriza un  tanto parecerme a este ejemplar, pero la causa me parece tan  noble y el motivo tan justificado, que creo que asumiré el riesgo que mi único propósito pare el resto de mis días comporta.

De esta manera, espero minimizar los zarpazos del arrepentimiento, y del sentimiento de culpabilidad que lo precede. Bastante tenemos ya con lo que tenemos como para andar corrigiendo y aumentando el sufrimiento cotidiano. En adelante, me conformaré con ser lo que soy, un simple mortal lleno de defectos y de desilusiones, pero sin añadir más leña al fuego, que ya abrasa sobradamente a este servidor de ustedes.

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Cantar de otoño.

oto

«El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza»

André Maurois

Enfrentarse a la propia finitud puede resultar aterrador, tremendamente impactante. Es tener la total certeza, experimentada en carne propia, de que, pese a nosotros, todo tiene un final ineludible, que puede visitarnos sin previo aviso por muy luminoso y bello que sea el día, por romántica que sea la noche. Es convencerse, casi de golpe y porrazo, por la fuerza de los hechos,  de que todo cuanto hemos venido escuchando hasta ese momento sobre la dama oscura y sus circunstancias, resulta de perfecta aplicación a nuestro propio y personal caso, nos guste o no. Es notar cómo la edad va desgastando, inmisericorde, los cuerpos, los sueños y las ilusiones que un día nos empujaron a seguir avanzando. A pesar de todo, la vida es una fiesta, pero las luces pueden apagarse súbitamente y los fuegos de artificio perder sus espléndidas cabelleras multicolores, estallando en nubes de amarga ceniza.

Últimamente, me cuesta cierto trabajo reconocer al hombre al que me enfrento cada mañana ante el espejo. Sí, soy yo, por descontado, como de costumbre. Quien gesticula lleno aún de sueño soy yo; soy yo quien se examina meticulosamente, intentando atisbar el menor indicio de avance de la vejez, de la enfermedad, de la muerte. Esos ojos que finalmente sonríen con sorna, como casi siempre, son los míos, claro que sí, como lo es la boca que bosteza con cansancio, infinito a veces.

Pero donde antes había una frondosa mata de pelo entrecano y largo, tan sólo quedan ya unas modestas muestras capilares, que dejan entrever perfectamente la bóveda de mi cráneo, ese laboratorio de inquietudes, ahora insultantemente desprotegido, expuesto a las inclemencias de la vida,  incluso algo ridículo en su desacostumbrada desnudez. Supongo que no solamente ha sido cosa de la quimio; antes de enfermar, ya clareaba el cabello en mi cabeza, de manera que el veneno que me ha salvado la vida no ha hecho más que ayudar a la edad en su miserable tarea. Bien  es cierto que mi pelo sigue creciendo, pero no al ritmo al que antes lo hacía, y mucho me temo que tampoco con la misma fuerza de antaño.

Tampoco he vuelto a tener noticia de mi barba, de esa vieja compañera que ha compartido conmigo el camino desde los dieciocho años hasta hace escasas fechas.  Ahora, sólo sé de ella por algunas zonas en las que aún crece, con más rapidez y más dura que nunca, pero irremediablemente escasa, fatalmente diezmada, imposible de recuperar. He intentado dejarla crecer en un modesto remedo de lo que fue en su día, esperando que vuelva a prestarme su cobijo aunque sea un refugio de menor entidad. Pero no hay nada que hacer; solamente consigo entristecerme más cuando, pasados diez días, decido que ya es hora de eliminar ese patético adorno de mi rostro, adorno tan afectado por la radioterapia que jamás volverá a ser lo que una vez fue.

Sí, ya lo sé. Se me dirá que perder algo de pelo y la barba a cambio de seguir en este mundo no es un precio excesivo, y que muchos lo hubieran querido para sí. Al fin y al cabo, un montón de cabellos, por muy estratégicamente distribuidos que estén, no son ni un brazo ni una pierna, ni nada realmente importante y necesario para llevar una vida normal. Todo ello es cierto, y se trata, en todas las ocasiones, de un razonamiento bien intencionado y cariñoso, formulado con ganas de consolar al doliente, de sacarle de su tristeza, lo que siempre es de agradecer.

Pero cuando uno lleva tantísimos años cultivando su propio personaje, confeccionando la máscara amigable que inevitablemente todos portamos, tendremos que coincidir en lo duro, lo tremendamente duro que resulta ese cambio de imagen radical, repentino y en absoluto deseado, por no hablar de una cristalina y dolorosa sensación de pérdida: después de toda una vida, cuando te has aceptado casi del todo y estás casi a gusto contigo mismo, te pierdes de vista de la noche a la mañana. ¿Qué ha sido de tu mejor personaje, de tu protagonista preferido? ¿En qué lugar, oculto e inalcanzable, languidece, ya por siempre abandonada, tu creación maestra? Una barba puede ser una perfecta trinchera, un búnker cálido tras del cual se esconde un devenir muy distinto al que ese adorno capilar deja apenas adivinar; la barba envejece, es decir, otorga de alguna manera una presunción de sabiduría y de estilo que no tiene por qué ser cierta, pero que desempeña su papel con cierta soltura, actuación que se pule y mejora con los años, mientras el barbudo sonríe para sí, porque sabe que está engañando al resto del mundo. En resumidas cuentas, tener que desprenderse de repente de esta eficaz defensa del yo más oculto, es como exponerse completamente desnudo ante las crueles miradas de la muchedumbre.

Por descontado, esto es lo que hay, y ya no tiene vuelta de hoja, según sabíamos. La bárbara diferencia con el ahora es que, además de seguir sabiendo lo que antes sabíamos, en este momento lo confirmamos plenamente por fuente propia, experiencia que podríamos tachar, cuando menos, de inquietante. La muerte de los demás, incluso la de los seres más cercanos y queridos, no dejaba de estar, finalmente, aureolada con un cierto halo anecdótico, como si algo tan terrible y definitivo siempre le ocurriera a los otros. Entonces, de repente, comienzas a cumplir años a una velocidad vertiginosa y te topas, además, con una enfermedad potencialmente mortal, para que no falte de nada en el escenario. Y en ese momento todo el tinglado salta por los aires y se desbarata, como un  sueño roto por un violento borracho, para dejarte, sin misericordia alguna, frente  a tu auténtica y horrenda verdad, a ese yo finito e imperfecto que se te impuso desde el mismo instante de tu nacimiento. Te invade, con todas las consecuencias, un devastador sentimiento de caducidad que no hace sino anticipar lo que ineluctablemente ocurrirá.

Cuando recuerdo el escaso margen que durante el pasado mes de septiembre me separó del final definitivo, no puedo dejar de estremecerme, tanto más cuanto que a pique estuve de no darme cuenta absolutamente de nada. Por doloroso que sea vivir tu propia agonía, por terrible que sea notar cómo la vida se va desasiendo de tu personal aventura, no se me ocurre una forma más estúpida de morir que hacerlo sin darte cuenta. Si la muerte confiere al ser humano una mínima dignidad, el ignorar el propio tránsito equivale a eliminar ese último don que la Parca nos regala, envuelto en su espantosa sonrisa.

Quiero entender que no todo el mundo se pierde en reflexiones tan poco agradables como las que anteceden con la debida profundidad hasta cumplir una edad determinada, que variará de acuerdo con la personalidad de cada uno, o hasta que, por desgracia, una enfermedad terrible llama  a su puerta, o cuando ambos factores coinciden. No obstante, y siempre al amparo de esa imprescindible ilusión, de esa tierna pamema que los humanos llamamos esperanza, es necesario reconocer que no todo son malas noticias. Sentado que hemos el principio inevitable de nuestra propia desaparición física  -sobre la espiritual no me atrevo a opinar-  , asumido el hecho, con el gran Savater, de que comenzamos a filosofar tras asumir que llegará ese final, lo cierto y verdad es que la bendita autodefensa que efectivamente llamamos esperanza, acude en nuestro auxilio y las circunstancias que nos rodean comienzan a cambiar su apariencia, ya que no su esencia, impulsadas por nuestro propio deseo.

De ahí el intento desesperado de ver las cosas bajo otro prisma, de comenzar a disfrutar de la última etapa de la vida con total plenitud, de aprender a discernir entre lo urgente, lo importante y lo totalmente nimio. Hay que hacer lo que nunca se hizo, aprender lo que siempre se nos resistió, decir todo aquello que una vez se quedó enganchado entre nuestros labios y nuestro paladar, pugnando por salir; viajar, reír, amar hasta la extenuación, con total entrega, con un divino frenesí que nos ayude a olvidar que el jardín comienza a llenarse de sombras.

Y, desde luego, uno aprende a disfrutar con estas maniobras postreras, tanto más cuanto más en peligro se haya visto el animal asustado y solo que todos albergamos en el pecho, que se reconcome continuamente mientras escucha el gotear de una frágil clepsidra cuya capacidad nadie conoce. Es agradable dejarse acunar por estos sentimientos, y es francamente necesario también aprender de nuevo a disfrutar de la vida, de la que nos quede, de la que aún chisporrotea alegre a nuestro alrededor, luminosa, perfumada y ajena.

El otoño ya colorea árboles y campos, destilando su melancolía con voz suave, cubriendo la Tierra con una dulce capa de feliz olvido. Tras él, el feroz invierno.

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Verano indio

002aUn amanecer polvoriento golpea con rudeza la pradera, seca y agostada, respirando calor por los cuatro costados. El sol, rojizo y macilento, revela un panorama desesperanzado y desolador mientras asciende, impasible, camino de su cenit. Perros sucios, de mirada esquiva y huidiza, merodean entre los abundantes desperdicios, gruñéndose entre sí y entrechocando los escasos dientes; algunos rapaces morenos, de pelo largo y brillante pese al polvo, juguetean y se persiguen en ese eterno ballet tan querido para la infancia, sin que parezca importarles la tristeza de la mañana naciente ni el tremendo calor que se adivina en el aire vibrante, turbulento, que ha comenzado a girar en traviesos remolinos a través de las pobres casas de madera.

 

En lo más alto de la pequeña colina que domina esta reserva india, contemplando en obstinado silencio las viviendas desparramadas, los basureros que florecen por doquier como focos cancerosos, los coches despanzurrados y las miradas perdidas de la gente joven, que ya no conoce la esperanza, se alza, bruñida de puro vieja, la morada del hombre más anciano de esta comunidad, del tótem viviente que desgrana el lento pasar de las estaciones en un silencio hosco y digno, como prisionero de sí mismo y de lo que es, de lo que representa para los últimos vástagos de su tribu. Sentado ya en el porche de su casa, el anciano, calzado con suaves botas de cuero de wapiti, se despereza lentamente. Saca un cigarrillo del bolsillo de su camisa y lo prende con deleite, saboreando el momento, el ritual inseparable del fumador y su vicio, mientras su mirada, juguetona por un instante, se dirige al horizonte abrasador.

 

«Si cierro los ojos con suficiente fuerza, si puedo concentrarme por un breve instante, todavía soy capaz de captar, entre tanta ruina como me rodea, la fugaz alegría de mis días de infancia y juventud, la dulce locura de mis noches bajo la luna, dura y plateada, y el suave deslizarse de los muchos hilos que han tejido el tapiz de mi vida. Tengo artritis en los dedos y la edad me castiga, inmisericorde, con toda esa tenaz panoplia de achaques que comienzan a poner en la boca del anciano sabor a tierra y a ceniza, ya tan próximas. Cuando el amanecer araña suavemente el cristal de mi ventana puedo al fin cerrar los ojos, siquiera sea por breves momentos, tras una larga noche insomne, compartida siempre con imágenes tan numerosas como arces hay en los cercanos bosques, amargas unas y bondadosas las otras.»

 

«Efectivamente, gozo y sufro el privilegio de la memoria, disfruto del doloroso placer del recuerdo, que me encarcela en sus interminables galerías, que me arrastra con un vértigo divino una noche y otra, y otra más, como el viento del norte. Pero es un dolor tan suave, tan callado, tan tierno y triste el que me atenaza el corazón, que siento ganas de dejarme llevar de una vez por todas, de cobijarme bajo sus alas enormes, blancas y confortables, partiendo así, libre ya de toda pena, sin más rumbo que el águila o el lobo, siguiendo los pasos de mis mayores, buscándoles en el cálido vientre de la tierra, de nuestra tierra, tan ensangrentada.»

 

«Después de cada cena, le oigo llegar poco a poco, despacio primero y como un torrente más tarde. Me cerca y juguetea conmigo, casi con crueldad. Sé que para evitar el dolor debo dejarme invadir por la fuerza de este tenaz enemigo, debo dejarle pasar a través de mí sin oponer resistencia alguna: solamente así puedo aguantar sus inevitables acometidas, sus feroces mordiscos. Y cuando consigo estar en paz conmigo y con él, caminamos juntos durante muchas horas, compartiendo laberintos y montañas, galopadas, caceríos y luchas. «Mira», me dice, sonriendo con dientes afilados, «echa la vista atrás, Oso Veloz, y contempla sin miedo cómo has gastado tu vida. Posa tus viejos ojos en todo aquello que una vez fue tuyo, en todo aquello que una vez amaste; coincidirás conmigo, carcamal, en que ya casi todo tu peregrinar es más mío que tuyo. Míos son tus días y tus noches; míos tu arco y tu lanza; mío tu caballo de guerra, tu tipi y tu esposa. No te sorprendas, hermano; tal es el sino de todo aquél que nace de mujer desde el principio del tiempo, de ese maestro de oscuridades cuyo callado avance nadie advierte, hasta que resulta demasiado tarde para huir de él.» «Recuerda», prosigue, pletórico de fuerza y de su propio dominio sobre mí, «las primeras luces de tu aparición en el mundo que te rodea. Naciste una mañana del mes de abril, hace ya muchos años, quizá demasiados. Tu padre, orgulloso, te tomó de entre los candorosos brazos de tu madre y te mostró a la tribu, sonriente y pensando en ti ya como en el guerrero que sin duda serías, como lo fue él y como lo fue tu abuelo. Curiosamente, ambos se inmolaron en los altares de los dioses, si bien se trató de deidades bien distintas, a fe mía. La sangre de tu abuelo, su corazón impulsivo y su orgullo de bravo pudieron más que las calladas razones de tu abuela y así, el viejo loco siguió, en la flor de su vida, al caudillo guerrero cuyo empuje convulsionaría a toda una nación.

 

Ciervo en Pie galopó junto a Tashunke Witko, derramó la sangre del wasichu a las órdenes del jefe y pereció con él, tras la ordalía más feroz que recuerdan los anales de tu gente, dejando para tu abuela y para sus cinco hijos el regusto amargo de la dignidad que debe sentir, quiéralo o no, el deudo de aquél que muere en combate, en pos de una vida mejor. Supongo que la tristeza y la decepción fueron minando el carácter de tu padre, Pata de Alce, hasta roer completamente su cuerpo y su alma. Tus primeros contactos con los wasichus se produjeron mientras le buscabas con el miedo y la desesperación resignada propios de un niño, por los tabernuchos y pudrideros que pronto se alzarían junto a vuestras pobres cabañas, tras la gran derrota. Entrabas en aquellos vertederos ansiando no encontrarle, pero las risotadas de los blancos te indicaban con claridad que tu padre jugaba allí una partida a muerte, sin posibilidad alguna de triunfo, contra el demonio que habita en las botellas, verdes y sucias, que pueblan la vida del wasichu. Tras recoger el cuerpo roto del pobre payaso, volvías a casa con la pena de tener catorce años y de haber nacido demasiado tarde, con la honda sensación de vacío que proporciona la impotencia…»

 

Un rayo de cobriza alegría, con ojos luminosos y oscuros, con risa limpia y contagiosa, una pequeña india, se ha aproximado corriendo hacia Oso Veloz, y salta a su regazo, pizpireta y mimosa. Coge, con toda delicadeza, entre sus manitas sucias la cara del anciano y besa con cariño sus mejillas ajadas, porque sí, porque le apetece demostrar su cariño y su respeto al hombre alto y serio que resuelve los conflictos de su tribu con mano firme y segura. «En cierta ocasión, anciano, ypese a las circunstancias adversas de tu vida, tú fuiste como esta preciosa criatura, libre, sincera y alegre, jugueteando a tu antojo entre los dones de una naturaleza salvaje que lentamente iba dejando de serlo. El horror y la tristeza que provocaban en ti las hazañas de tu padre cedían el paso, cada vez con más frecuencia, a los arranques de alegría y a la curiosidad que acompañan siempre a la juventud temprana, a esos días de intenso color azul que se alojan por siempre en la memoria de todo hombre. Junto con otros amigos, tan desdichados o más que tú, recorrías los inmensos bosques de la tierra que te dio el ser, los oscuros pinares donde moran el ciervo y el oso, en perfecta comunión con los espíritus y demonios de la magia india, inmemorial y cierta, absolutamente cierta.»

 

«Fíjate, querido despojo, has sido un hombre afortunado, al fin y a la postre. Algún que otro vecino, casi de tu misma edad, recuerda aún, con un estremecimiento, tus visiones, tu poder para entrar en trance casi sin proponértelo. ¿Acaso no es cierto que viste a tu tótem a la edad de veinte años mientras dabas caza al colablanca en completa soledad? ¿No es cierto que el lobo que camina junto a Gitché Manitou te arañó el pecho con sus aceradas garras aullando en tus oídos su elección, su regalo divino, su eterna compañía? Has sido objeto de la envidia de muchos otros bravos que buscaban denodadamente una visión, un mensaje de tu tótem tan claro, tan doloroso y vibrante como el que tú recibiste, desde luego sin merecértelo, osezno tristón, juguete de tus propios miedos. Miran todavía, sin podérselo creer, los cuatro arañazos gemelos que cruzan tu pecho, suponiendo que les engañaste de alguna manera: peor para ellos.»

 

«Poco después, en el curso de tus continuas correrías, huyendo del campamento y de sus habitantes, de la sorda decadencia que lo iba invadiendo todo sin piedad, como una insidiosa nube de la nada, te tumbarías junto al cauce fresco y rumoroso de un arroyo de montaña para calmar tu cuerpo y tu mente, para frenar la terrible galopada de tu espíritu torturado. Mientras el sueño misericordioso vertía un suave bálsamo en tus heridas, llegó a tus oídos un canto dulce y melodioso, que hablaba de soledad y de amor, de la nieve blanca y purísima que corona la montaña, del Pájaro del Trueno, del sol y del bisonte poderoso que con su muerte regala la vida a la tribu. Sonaba como si todo tu entorno cantase, con voz alegre y despreocupada, a sus propios milagros, a la fuerza inconmensurable de la vida, que ante nada ni nadie se detiene. Por supuesto, ella lavaba sus manos en el arroyo junto al que estabas tendido, sus brazos largos y torneados, ocultando su cara la melena espesa y oscura, pesada y limpia, sin advertir tu presencia.»

 

«Tu alma jamás volvería al campamento. Tu vida toda quedaría anclada en aquellas riberas espléndidas, enredada para siempre en las notas de la melodía que llenaría tu espíritu de paz: jamás tenderías tu arco o montarías tu caballo, no pelearías nunca más contra propios o extraños sin tener en la mente esa imagen tibia y adorada, tanto más delicada cuanto más lejana. Las noches de amor estallarían, como rosas rojas de sangre, en la pradera infinita, eterna, bajo la mirada reidora de las estrellas, escuchando al viento helado traer el aullido del lobo, sintiéndote muy hombre y muy tierno a la vez, mientras amabas con fiereza y con pasión, con respeto y con entrega, buscando en las tinieblas el calor tibio y dulce de tu compañera, su presencia tranquilizadora, su respiración y su aroma.»

 

«No te quejes, hermanito. Ella aún está a tu lado, tan vieja y arrugada como tú, pero a tu lado. Todavía ríe con tus bobadas, se sonroja y te regaña, discute y chilla, pero mira sus ojos, oso grandote y torpe. Aprende a distinguir, si es que no lo has hecho ya, ese retazo de luz que arde, eternamente joven y bello, en el fondo de las pupilas de la mujer que ha compartido contigo los avatares de tu existencia, de tu devaneo con la vida y con la muerte, que lo sobrevuela todo y todo lo ve. Saborea la fuerza de su enorme cariño, recuerda vuestro primer amanecer juntos. Acunaste a tus hijos creyendo ver sus rasgos en los de ellos, y así era, amigo mío. Y aunque ya ninguno de ellos vive con vosotros, vosotros seguís vivos en ellos, mal que les pueda pesar. Bueno, quizá no sea para tanto; los cierto es que tus tres hijos y tu hija han sido casi ejemplares en ese papel tan difícil que todos jugamos alguna vez. Puedes perdonarles que hayan levantado el vuelo cuando aún era tiempo de hacerlo, puedes comprender y debes agradecer que hayan escapado de la miseria que hoy te rodea, defendiendo su derecho a la existencia entre los wasichu, que son los dueños de todas las cosas buenas que quedan en el mundo. Como buenos hijos que son, vienen a visitaros con una frecuencia que podríamos calificar de digna; honran vuestra casa y a vosotros con su respeto y su amor, y con las risas y juegos de tus nietos. Por tanto, todavía no estás acabado, anciano.»

 

«A propósito, tardarán poco en llegar. Si consigues, cosa que dudo, mover ese viejo montón de huesos y empuñar tu arco y tus flechas, quizá logres arrinconar por unas horas tu artritis y tu cansancio. Si eres, además, capaz de dirigir tus pasos hacia las colinas y de llegar a ellas cuando el sol haya atemperado ligeramente su furia, aún cabe la posibilidad de que algún venado, desde luego muy joven y estúpido o muy viejo y torpe, te ofrende su vida para que disfrutes con tus nietos una noche más, llenándoles sus cabecitas con tus sandeces de viejo guerrero, de cazador y de hombre santo, mientras coméis carne recién asada. No te preocupes por tu compañera: está como tú, escuchando las voces de los días incontables de su vida y de la tuya, así que no te preguntará a dónde vas ni se extrañará de tu ausencia.»

 

«Vamos, hombrecillo, anímate. Cierta amiga mía, vestida de negro, visita al wasichu armada con una guadaña al final de sus días. Supongo que reserva un tratamiento similar para el hombre rojo, pero todavía no tengo noticias que se refieran a ti sobre este particular. Me figuro que no te toca el turno de momento, que puedes disfrutar de muchos amaneceres aún, pero, no obstante, yo no desperdiciaría ni un solo instante de los que te quedan: la lengua de la serpiente es venenosa y rezuma maldad. Parte ya, anciano, busca en las colinas duras y amargas el enfrentamiento con tu presa, justifica ante todos el pan que consumes; mira que tu candil se va apagando, que su llama danza con fuerza escasa; ¿a qué estas esperando?…»

 

Oso Veloz se levanta, no sin cierto esfuerzo. Contempla los alrededores con calma; gira y busca en el interior de su vivienda su arco y sus flechas, su morral y su cuchillo, regalo de uno de los pocos wasichus que merecieron la pena, de entre los muchos que conoció. Lentamente, seguido por muchas miradas, abandona el pueblo y se encamina hacia los cercanos cazaderos, su pelo blanco agitado por la brisa, sus andares cansados pero firmes. Un joven bravo está sentado en el capot de un coche digno aún de ese nombre, fumando un cigarrillo. Al ver pasar al anciano, un escalofrío recorre su cuerpo y hace temblar sus manos, que dejan caer el cigarrillo, secando su boca: por un momento, por un fugaz instante, ha visto con claridad meridiana la faz de un enorme lobo gris, cuyo cuerpo se superpone al de Oso Veloz como una capa hecha con guedejas de ligera niebla, acompañando sus pasos; ha distinguido a la perfección la sonrisa feroz del animal y sus ojos amarillos y penetrantes, terriblemente humanos. Súbitamente, el joven guerrero ha tomado conciencia de que nada ni nadie puede dañar al viejo, al elegido que camina hacia el norte con la dignidad del hombre que en verdad es, acompañado por el ruido sordo de antiguos tambores de guerra y por el leve rumor de las pisadas del lobo, sonidos ambos que se confunden con su discreto jadear. Se va alejando en la distancia amarillenta, como un arcano recuerdo de la grandeza pasada de una nación.

 

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Lo justo y lo legal.

La justiciaA pesar del calor, que resulta algo impropio para las alturas de año a las que nos encontramos, parece que la otoñada se va animando por todo el país. La lluvia comienza a asomar su adusto rostro por calles y bulevares, llenando el suelo de charcos y los corazones de nostalgia por el verano perdido, ya tan lejano. Quedan atrás las tardes indolentes del estío, claras y eternas, y el cambio de estación cierne sobre nosotros negras nubes de tormenta.

Y con la misma fuerza que esa otoñada, y con los mismos tintes oscuros, llama con prisa desbocada a nuestras puertas, recorre nuestra geografía una llamarada atroz, cargada de odios, intereses creados e ignorancia, todo ello en el mejor de los casos, por no hablar del peor. Me refiero al huracán sin precedentes que ha levantado la ya famosa sentencia del TEDH de Estrasburgo, sobre la tan traída y llevada doctrina Parot.

Sepan vuesas mercedes, que me hacen el honor de leerme, que he sido profesional del Derecho durante muchos años; fíjense si aún me inspira respeto y cariño que sigo escribiéndolo con D mayúscula. Por ello, todos cuantos intentos se realicen desde el gobierno de turno, o desde cualquiera de los tres poderes, por pulir y mejorar nuestro ordenamiento jurídico, bienvenidos sean: una sociedad no puede existir sin su propio y particular sistema legal, me parece claro y evidente. Pelear buscando la justicia legislativa y social es una obligación irrenunciable para todo gobierno que se precie, tan tácita y tan propia de su concepto que ni siquiera merecería enunciarse en un programa electoral, es decir, en una declaración de intenciones políticas. Intentar que nuestra legislación penal alcance la perfección teórica de la alemana, por ejemplo, y su supuesta eficacia a la hora de impartir justicia «justamente», valga la redundancia, me parece una meta decorosa y loable, tanto más cuanto que soy, o fui, profesional de este complejo mundo.

Precisamente por todo ello, no voy a desarrollar aquí la argumentación que a favor y en contra de la doctrina de marras se ha venido aireando durante estos días, pese a que ya es antigua; precisamente por ello, no pienso dar la razón, en la medida de mi calidad de españolito de a pie, ni a tirios ni a troyanos, aunque solamente sea porque les desprecio profundamente, cada día que pasa más. Ambas facciones  -no son más que eso, en el fondo-  no dejan de aprovechar todas y cada una de las oportunidades que cotidianamente se les ofrecen para dejar patente constancia de su ineptitud, su avaricia y su total carencia del sentido del estado, tan caro a cualquier gobernante. Han conseguido, entre todos ellos, llevarnos a una situación tan desesperada y triste que está levantando ecos por el mundo entero, por mucho que deseen consolarnos con los dramas de Grecia y Portugal, sin ir más lejos.

Prescindo, por tanto, de doctas opiniones, que para eso hay plumas mucho más brillantes e ilustradas que la mía, y me centro en lo que realmente me preocupa: la salud de nuestro ordenamiento jurídico, tan importante para todos nosotros, queramos o no, comienza a darme que pensar en el momento en que su desconexión con el sentir ciudadano se hace más que evidente; si el derecho no sirve al gobernado para ayudarle a vivir más felizmente, ni tal institución ni quienes supuestamente la administran tienen razón de ser. Y para que el gobernado se sienta un poco más feliz, hay muchas ocasiones en las que la brillantez teórica de una determinada ley, o su perfección técnica, son asuntos claramente baladíes.

Y esto es gravísimo, claro está, porque socava insidiosamente nuestro ideal de convivencia, haciéndonos desconfiar de la clase política y de nuestro sistema legal. Hay que hacer gala de una cabeza muy fría para tragar, sin mosquearse, una historia tan tremenda como la de la etarra del Río; hay que llevar muchos años en el mundo del Derecho para pararse, tan siquiera, a considerar la justicia de la decisión judicial que la pone en libertad, o el hecho  -no sé si justo, pero sin lugar a dudas insultante-  de que pueda tener derecho a cobrar, tan ricamente, su pensioncita de 462 euros, que pagamos ustedes y yo con nuestro trabajo. Eso es mucho pedir al español medio; era mucho hace veinte años y lo seguirá siendo en otros cuarenta, sin lugar a dudas. Y el ejemplo que citamos se multiplica docenas de veces, mientras el pueblo español asiste, atónito, ojiplático y cabreadísimo, al espectáculo de los presos desfilando de las cárceles y al de nuestro querido gobierno confundiendo, una vez más, lo legal con lo justo, como siempre.

Así que, ahora más que nunca,  hay que sentarse y explicar a todos los españoles  estos razonamientos jurídicos, que conducen al panorama que tan bien conocemos, agravado por la nefasta situación que estamos atravesando: qué oportunos son ustedes, señores gobernantes. Sentimiento, casi automático,  del hombre de la calle: joder, lo que nos faltaba; criminales y asesinos a la calle, y cobrando de mis impuestos, mientras yo no puedo hacer frente a mi hipoteca y vivo con el miedo en el cuerpo. Esta, y no otra, es la cruda realidad que vivimos, y no se me negará que Juanito Español, como John Doe, tiene una buena parte de razón. Nuestro gobierno ha aceptado sin pestañear una sentencia procedente de una instancia judicial que no tiene atribuida competencia alguna en nuestro sistema jurídico, por lo que sus decisiones nunca pueden ser vinculantes; que no se me diga que mediante tratados internacionales hemos aceptado la cesión de soberanía en ese sentido, porque ahí están potencias como Inglaterra e Israel pasándose por el arco del triunfo sesudas decisiones de la ONU o Estrasburgo a diario, dimanantes de tratados previamente firmados por ellos,  y aquí no pasa nada de nada, ¿o sí?

No pretendo que nuestro sistema penal sea un instrumento de venganza, ni mucho menos. Por mi formación intelectual, conozco sobradamente la teoría de la retribución en el ámbito de lo penitenciario, es decir, las penas han de ser proporcionales y ajustadas a la gravedad del delito y favorecedoras de la reinserción social del reo, idea en la que creo a pies juntillas, aunque conozco a la perfección las estadísticas sobre el asunto, desde luego lamentables en cuanto a eficacia. Mi querido profesor Carlos García Valdés defendió en los años setenta esta construcción teórica a sangre y fuego  -emanada directamente del derecho penal alemán-  y obtuvo un éxito tan sonoro que, hasta hoy, la única ley que se ha aprobado en democracia por aclamación es la que él nos regaló, la actual Ley General Penitenciaria, que sigue siendo hoy día ejemplo legislativo en todo el mundo. Aquello le valió la admiración de sus alumnos y las amenazas de las coordinadoras anarquistas de presos, además de ir a trabajar con escolta cuando le nombraron Director General de Prisiones, pero esa es otra historia.

¿Cómo cojones hay que explicarles a esta panda de tarado, entonces,  que el hombre de la calle no entiende, ni entenderá jamás, de cuestiones teóricas, que son abstractas por naturaleza? ¿Cómo hacerles comprender que lo que todos deseamos es sentirnos seguros, arropados por nuestros gobernantes y por nuestras leyes? ¿O es que se la trae francamente al pairo un asunto tan grave como este? ¿No merece el sufrido y digno pueblo español una mayor atención por parte de sus líderes, que resultan ser más papistas que el Papa?

Desde luego, conmigo que no cuenten para comulgar con ruedas de molino. Juegan a tirar la piedra y a esconder la mano, a un sucio y degradante laissez fair, laissez passer ; todo se olvida con el tiempo y lo mejor es pasar de puntillas por tan enojosos asuntos. No sé si será demagogia por mi parte, pero hace ya muchos años que esta casta, esta gentuza, ha dejado de escuchar el clamor de la calle. Y eso se paga carísimo, tarde o temprano, y a veces en una moneda que siempre da miedo citar.

 

 

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Jack-O’-Lantern, que estás en los cielos…

Jack-o'-Lantern_2003-10-31Ya empezamos. Es algo tan cansino y tan desabridamente comercial como la fulgurante aparición, hasta en el más mísero de los tabucos, de la Lotería de Navidad allá por el mes de agosto, si bien es cierto que, al menos, esta tabarra incansable es mucho más nuestra, o, cuando menos, así lo siento yo. De cualquier manera, y como veremos a continuación, la que paso a comentar no se trata de una tradición tan extraña a nosotros como pudiera parecer.

Halloween, es decir, «All Hallows’ Even» , o «All Hallows’ Eve», o sea, «Víspera de Todos los Santos», no es más que un trasunto  de la festividad celta del Samhein, que significa, en antiguo irlandés, «El Final del Verano». Esta celebración marcaba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la «estación oscura».

Aquellos hombres altos y rubios creían que la difusa línea que separa nuestro mundo del Otro se hacía aún más sutil en aquella ocasión, permitiendo así a todos los espíritus, benévolos y malévolos, atravesar esa oscura frontera para deambular a sus anchas entre los atemorizados mortales, siempre presa de sus desmanes y caprichos. Se invitaba, por tanto, a los ancestros familiares, procurando, a la vez, alejar a los espíritus dañinos, cosa que se intentaba usando disfraces y máscaras: se suponía que adoptar la apariencia de un espíritu maligno era la mejor manera de evitar sufrir daños a manos de otras apariciones de similar naturaleza.

Además, la fiesta del Samhein era el momento propicio para preparar el enfrentamiento con el inminente invierno, contabilizando las provisiones de alimentos y de ganado. Grandes hogueras iluminaban la noche, encendiendo una en cada casa y lanzando a ella los huesos de los animales sacrificados. Ritos adivinatorios se celebraban por doquier, presididos por los omnipresentes druidas, auténticos maestros de ceremonias de todas las festividades celtas.

Después de muchas peripecias y de los inevitables y consabidos encontronazos con la Iglesia Católica, esta festividad llega, en 1840, a los Estados Unidos y a Canadá, donde inmediatamente echa raíces. Se debe a los inmigrantes irlandeses la costumbre de tallar los «Jack-O’-Lantern», grandes calabazas con velas en su interior. Hay quien afirma que se inspiraron en la antigua leyenda de «Jack el Tacaño», hay quien afirma que la tradición tiene otro origen, que particularmente se me antoja más legendario y novelero, más en consonancia con el carácter fuertemente pagano de esta fiesta, y que explica, además, el famoso «trick- or- treat» a saber:  originalmente, el «truco o trato» era una leyenda popular de origen céltico según la cual no solo los espíritus de los difuntos eran libres de vagar por la Tierra la noche de Halloween, sino toda clase de entes procedentes de todos los reinos espirituales. Destacaba entre ellos uno especialmente perverso, que deambulaba por pueblos y aldeas y pidiendo en cada hogar, justamente, «truco o trato». Afirma la leyenda que lo mejor era hacer el trato sin importar su coste o naturaleza, pues en caso contrario el espíritu, llamado «Jack-O’-Lantern», ejecutaría su particular «truco», gracieta consistente en maldecir a la casa y a sus habitantes, quemar su hogar y enfermar con peste a la familia y a su ganado.  Para protegerse del peligroso merodeador, surge la idea de tallar las calabazas con formas terroríficas, evitando así los encuentros con el maligno ente. Con el tiempo, y debido a la asociación entre calabaza y espíritu, el nombre de aquél pasó a ésta.

Con respecto a la traducción de la famosa cantinela, y ya para acabar con las cuestiones históricas,  cabe decir que aunque se ha generalizado la traducción «truco» en castellano por el inglés «trick» y «trato» literalmente por «treat», en el caso del «trick-or-treating» no se trata de un truco propiamente dicho sino más bien de un susto o una broma por lo que una traducción más exacta sería por ejemplo «susto o dulce» o «travesura o dulce».

Perfecto. Demuestras, amigo Leizael, un gran interés por cuestiones históricas y culturales que, por otra parte, pueden consultarse con total tranquilidad en infinidad de fuentes más y mejor informadas, así que… ¿Y? Nada de particular. Simplemente, y por cuestiones de estilo y planteamiento, me gusta poner al morlaco en suerte antes de entrar a matar, de manera que me parece saludable una cierta dosis de erudición para saber de qué estamos hablando.

Si existe un pueblo misterioso, con una cultura apenas conocida en sus aspectos religiosos y mitológicos, si existe un pueblo tremendamente sometido a los designios de los dioses, poderosos y terribles, ese es el de los míticos celtas, adoradores de los árboles.  Con un idioma intrincado, extrañamente musical y curiosamente evocador, el pueblo de los druidas nos lega una simbología dotada de gran fuerza, de riquísimo contenido. A pesar de que desconocemos una gran parte del acervo cultural druídico, verdadera entraña de la filosofía y de la religión celtas, es cierto que cualquiera de nosotros tiene su propia y peculiar imagen formada sobre esta etnia legendaria… y no solamente gracias a Panoramix, aunque sin lugar a dudas el sabio anciano ha ejecutado a la perfección la parte que le toca en esta materia.

Primero contra Roma y después contra la Iglesia Católica, la tradición celta demuestra su indudable fuerza por el simple expediente de sobrevivir al choque con ambos titanes. Roma, conocida por su facilidad para asimilar y hacer propios ritos y dioses de los pueblos que caían bajo sus estandartes, prohíbe rápidamente la celebración del Samhein, temerosa, sin duda, del innegable poder de los druidas sobre su pueblo. El catolicismo, pese a su elaborada estructura de poder, es incapaz de acabar definitivamente con la costumbre pagana, que llega pletórica de salud hasta nuestros días.

Precisamente por eso dirijo mi plegaria a la fantasmagórica calabaza protagonista de la fiesta; precisamente por eso imploro su bendición e invoco su mágico hechizo, porque me revuelve el estómago contemplar tanta belleza, cultural y religiosa, tanta fuerza simbólica empantanada en la estupidez de miles de borregos disfrazados de vaya usted a saber qué cosa, que se tiran toda la famosa noche rebuznando estupideces según manden las consignas comerciales de última hora. No soy precisamente mojigato; jamás le he dado la espalda a cualquier oportunidad de danza, jolgorio y fornicio; me encanta saborear los placeres que la vida nos ofrece a manos llenas, aunque sea en contadas ocasiones o justamente por eso. No abogo por una Noche de Todos los Santos lúgubre, silenciosa y recogida, aunque entiendo y respeto a quienes así la viven, pero la cosa pasa ya de castaño oscuro. Todo dios pretende sacar tajada del evento; todos los carroñeros quieren su parte, como no podía ser menos, con propuestas comerciales pensadas a conciencia para débiles mentales, y todo ello con la debida antelación, es decir, desde el mes de septiembre.  Al final, han conseguido que se me atragante profundamente una fiesta que podría ser de mi agrado, aunque no fuera más que por su alto contenido cultural y esotérico.

Mis amigos americanos, pueblo al que respeto y admiro por muchas razones, son los principales culpables de este desbarajuste, si bien es cierto que nosotros también llevamos lo nuestro. Nos han hecho tragar una nueva píldora con la fiestecita de marras: cualquier excusa es buena con tal de vender, de consumir, de ganar dinero. No empece que para ello haya que disfrazarse de sangriento gilipollas, o de gótica zorra del demonio, o de zombie descerebrado, qué más da. A un pueblo como el nuestro, resulta facilísimo colarle semejante gol; lo importante, para nosotros, es la Fiesta, sea cual fuere el precio a pagar. Y si de descerebrados se trata, bastante más de la mitad de los zombies tienen bastante más de la mitad del disfraz solucionado desde que nacieron.

Así pues, y si, paradójicamente como hemos comprobado, Samhein es una fiesta mucho más cercana a la tradición cultural europea de lo que el antiamericanismo furibundo pretende hacernos creer, celebrémosla en condiciones.  Hagamos hogueras, comamos y bebamos, recordemos a nuestros ancestros. Alegrémonos de estar junto a nuestros seres queridos y encaremos el amenazador invierno con buen ánimo y mejor disposición, en la certera creencia de que los malos tiempos pronto pasarán. Nada hay de malo en tallar unos cuantos «Jacks-O’-Lantern» y disfrutar rememorando su leyenda, rogándole con fervor que nos evite malos encuentros en la terrible oscuridad de la Noche de Difuntos; es divertido y tierno observar las caritas de los niños de cierta edad cuando se les narra alguna versión, previamente edulcorada, de la leyenda de Jack el Tacaño o se les habla de Sleepy Hollow, y todo ello es lícito, porque pertenece al espíritu del Samhein.

Pero, por favor, hagamos un esfuerzo, aunque sea ímprobo y doloroso: aparquemos, siquiera sea por una noche, la estupidez, el mal gusto, el humor fácil, la vulgaridad y la grosería; desterremos la falsa sangre, las manos cortadas y las máscaras de zombie de un escenario que no es el suyo y que nunca lo ha sido. Frankenstein, el Licántropo, Drácula y el resto de espeluznantes pobladores de la oscuridad tienen su propio lugar, dignamente conquistado, en el ideario popular. Dejémosles jugar su papel, en su oportuno momento,  mientras los chavales del vecindario nos asustan, encantados, con sus vocecillas pidiendo «travesura o dulce».

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Gotham City… ¿o quizá Metrópolis?

batmanLos luminosos horizontes de Toronto, que acabarían convirtiéndose en el ya clásico skyline neoyorquino, o la oscuridad de enormes edificios, azotados casi siempre por una lluvia cruel, de una ciudad que podría ser cualquiera de las actuales. La fuerza de lo simple frente al indudable poder de lo barroco, de lo elaborado. El encanto sin pretensiones de las historias sencillas frente al perverso de la atracción por el abismo.  Dos mundos perfectamente disímiles, pero ambos realmente cautivadores, para grandes y para pequeños. ¿Dónde reside la fuerza de estas sedes imaginarias, de estas capitales del bien y del mal? Sin duda alguna, en el carácter de sus habitantes.

El gran dibujante Frank MIller afirmó, en cierta ocasión, que Metrópolis es Nueva York de día y Gotham City es la Gran Manzana de noche. Desde luego, la frase me parece francamente acertada: el contraste entre ambas ciudades es tan profundo  -sea de noche o de día-  como lo es el que separa las personalidades de los super héroes que las hicieron famosas.

El Hombre de Acero es el prototipo del héroe sin complejos, campechano y poco dado a la introspección o al sufrimiento personal, como no sea el que le inflige la kryptonita o su querida Louis Lane, novia eterna, única mujer en la que Kal-El ha posado sus poderosos ojos, para acabar casándose con ella y separándose después… o algo parecido, según la reaparición del héroe en los cómics de 2011. No es un héroe que haya pasado por su propio y particular descenso a los infiernos, por la simple razón de que todos y cada uno de sus superpoderes le han venido dados ab origine, sin necesidad de entregarse a un duro entrenamiento personal, en lo mental y en lo físico. Su principal trauma, el hecho de provenir de un planeta extinto, de unos padres que ya han muerto, no parece haberle señalado en demasía  -quizá por haber salido de su moribundo planeta siendo muy niño-   aunque con cierta frecuencia sea un ingrediente más de sus aventuras. Carece por tanto, creo, del componente trágico que debe de distinguir a un auténtico héroe, tipo de personaje que, desde los tiempos de Homero, se ve obligado a conquistar la gloria arrostrando siempre un grave problema personal. El supervillano  que se enfrenta y se enfrentará siempre a nuestro personaje, Lex Luthor, es una variante más del clásico científico loco, sin que llegue a aportar rasgo alguno de originalidad o de brillantez en ese sentido.

Frente al Ultimo Hijo De Krypton, se alza la figura, poderosamente trágica, del Hombre Murciélago. Desde la misma paleta de colores del cómic, se adivina ya el carácter fuertemente gótico del personaje, que me resulta mucho más «humano» que el amigo Superman. Batman se forja a sí mismo, forja su leyenda pagando un elevado precio en lo que a entrenamiento físico y mental se refiere. Lejos de nacer con rastro alguno de super poderes, debe conquistar su supremacía física e intelectual a través del sacrificio personal. Toda su historia pivota sobre el asesinato de sus padres, que deja una impronta imborrable en su carácter, su forma de ser y sus objetivos, lo que no le impide, por ejemplo, ser más activo que nuestro otro protagonista en lo que a relaciones con el sexo opuesto se refiere. Es un hombre que duda, que se tortura frente a numerosos dilemas y que consigue salir airoso en sus aventuras a base de una combinación de coraje, tecnología y buena suerte, ayudado, eso sí, por una inmensa fortuna personal. Su némesis, el Joker, es un psicópata desatado, que adora el mal por el mal mismo y que disfruta causando dolor y desolación entre sus víctimas: sin duda un tipo muchísimo más complejo y rico en matices que Lex Luthor, el sueño de cualquier buen guionista.

Por eso prefiero al Detective frente al Hombre de Acero. Me parece un tipo bastante más próximo a cualquier persona de la calle, si es que hablando de lo que hablamos se puede emplear una frase como esta, claro. Su esencia es oscura y siniestra, obsesiva, y mucho me temo que eso mismo le acerca mucho más a un tipo de la calle, normal y corriente, de lo que podría estar el luminoso Kal-El, con independencia de las distintas naturalezas de ambos. Su apariencia está pensada para atemorizar a sus enemigos, cosa que consigue a la perfección, y está muy alejada de la luminosa imagen de Superman.

Entiéndaseme bien. No estoy despreciando al primer superhéroe que llegó al mundo maravilloso del cómic. Gracias a él llegaron todos los demás, y eso es algo que siempre le agradeceré. Sus aventuras captaron mi imaginación infantil desde el primer momento, y volé junto a él en pos de magníficas hazañas, supongo que como la mayoría de los chavales de mi edad. Pero jamás consiguió llamar mi atención con la misma fuerza con que lo hizo el Caballero Oscuro, bien es verdad que a una edad bastante más madura…  No sé si será por eso, por cuestión de edad, o de similitud de caracteres o de simple estética  -afortunadamente, carezco de tremendas tragedias personales en mi vida-  pero me siento mucho más identificado con este romántico personaje, que se movería como pez en el agua en un relato de Bécquer o de cualquier miembro de la Stürm und Drang… como lo haría yo. Vaya, parece que ha quedado claro.

superman

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El cazador y la doncella

ciervoMientras el frío hace gemir los cristales de mi despacho, empapados de agua, Clapton está desgranando los compases de «Worried life blues» en el reproductor. La magia indudable de Mano Lenta me transporta a través de las volutas del humo de mis cigarrillos, me hace adentrarme en la sombría alameda de mis recuerdos, frondosa y fresca algunas veces, poco cordial y desapacible otras, las más, desdichadamente. Las asociaciones de ideas se disparan, y como si de una enloquecida navegación por internet se tratase, al poco tiempo ya he olvidado por completo cuál ha sido el punto de partida, la memoria inicial, el rescoldo del tiempo que me ha llevado a donde ahora me encuentro, como un observador silencioso de mi propia vida.

Siempre he pensado que la Noche alberga arcanos secretos que no son para todos los ojos mortales; siempre he creído que solamente los desvela ante los sentidos de quien es capaz de mirarla de frente, de aguantar, siquiera sea por un instante, el inmenso poder que su oscuridad atesora. Después, con la llegada del alba, el insomne mira a su alrededor y percibe su propia diferencia, la que le separa del resto de las cosas, del resto de los seres: él ha vivido momentos que el sueño ha arrebatado a quienes se han refugiado, temerosos y cansados,  entre su denso y cálido plumaje; él ha estado presente en el origen de todo cuanto revela la naciente luz mientras los demás morían un poco más; él, en fin, ha sido testigo de antiguas maravillas que se repiten, una y otra vez, siempre bajo distintas apariencias, cuando Melania, la oscuridad, se adueña del mundo de los hombres.

Y acabo llegando, perdido en semejantes cuitas, a un atardecer de otoño tardío cuya luz vi hace ya muchos años. La naturaleza comenzaba a sentir la amenazadora presencia del invierno, que aquel año resultó ser, según pudimos comprobar más adelante extremadamente cruel. Siguiendo sus propias e inmutables leyes, todo el entorno empezaba a ocultarse en sí mismo, a concentrarse en su misma existencia, a proyectar en silencio los prodigios que la vida volvería a ofrecer, generosa y rampante, cuando el hielo se retirase, trazando así los planes de una nueva y magnífica primavera.

Yo había salido de caza con un amigo al que perdí de vista poco después, para no volver a saber más de él hasta la fecha, así son las cosas. Quizá no éramos tan amigos como yo suponía, o quizá nuestra relación fue agostándose sin que fuéramos capaces de reaccionar a tiempo para evitar el final, no lo sé. De cualquier manera, en aquellos luminosos días, estábamos cazando por los montes de Toledo, en pos de una de las criaturas más bellas y elegantes de nuestra fauna, en mi modesta opinión: el venado, el ciervo rojo ibérico. Yo ya había cumplido con el monte, ya había arrebatado una vida, siempre a caballo de la pasión que nos había llevado hasta aquellas hermosas soledades, pero mi amigo aún no había tenido la ansiada oportunidad, al menos no hasta aquella misma tarde, ya casi anochecido. Disparó a pocos metros contra un magnífico macho, pero lo hizo hecho un manojo de nervios, y las consecuencias fueron las que suelen acontecer en semejantes lides. Mal tocado en un jamón, el animal emprendió una velocísima huida, dejándonos con la miel en los labios, sabiendo que habría que enfrentarse a un largo y penoso rastreo para dar con él y acabar bien lo que tan mal habíamos empezado.

Ante mi disgusto, mi amigo prefirió dar media vuelta y encaminarse al todoterreno, con el fin de acabar la jornada delante de unas copas en el hotel, empeñado en dejar para el día siguiente el rastreo, al  que no concedió la menor importancia; tanto daba encontrar a la presa hoy que mañana, según él. Visto que no comulgábamos en absoluto de la misma manera sobre este punto, decidí, para su sorpresa, acabar la jornada en el monte e intentar solucionar tan lamentable asunto a la mayor brevedad posible; si la lluvia hacía acto de presencia, el resultado podría ser desastroso, tanto para el venado como para nosotros, y puesto que tan desagradable visita llevaba amenazando con aparecer todo el día, no me cupo ninguna duda sobre lo que había que hacer.

Retomé el rastro de sangre a pocos metros de donde se realizó el disparo, y comencé, con toda la paciencia del mundo,a  avanzar por el monte palmo a palmo, atento a cualquier señal de la presa, intentando controlar minuciosamente el entorno. Llevaba ya un rato en el interior de una vaguada llena de espesos robles, cuando la vi. Una silueta alta y enjuta, como hecha con retazos de niebla oscura, de pálida luz. Ojos grises y fríos, muy fríos, sin el menor atisbo de una sonrisa, de tibieza alguna, sin rastro de humanidad, pero muy viejos y muy sabios, tremendamente luminosos. El cutis terso, perfecto, enmarcado por una abundante melena azabache, negra como ala de cuervo; las manos finas, elegantes, pero fuertes, de cuidadas uñas. En la mano derecha, para mi mayor sorpresa, una guadaña destellaba cruelmente, como si me sonriera.

Repentinamente, sentí un frío atroz; noté como si una garra me oprimiera férreamente el pecho, dificultando mi respiración. Mis sentidos todos se embotaron ante la visión espantosa que estaba contemplando, sin que pudiera apartar la vista de ella.

Y entonces, la doncella me habló. Su voz era suave y acariciadora, pero bajo su agradable timbre, tras su falsa amabilidad, se adivinaba el hueco resonar de una caverna fría y oscura, de un abismo insondable y atroz, donde hasta el tiempo mismo naufragaba en un negro vendaval de locura.

«¿Cómo tú por aquí, Leizael? ¿No tienes nada mejor que hacer a estas horas? Me permito señalarte que hoy no es un buen día para deambular por estas soledades. Ando de cosecha, hombrecito, y no tengo inconveniente en afilar mi guadaña tantas veces como sea necesario».

Mientras hablaba, su entera apariencia cambiaba vertiginosamente; tan pronto era una pila de cráneos mondos y lirondos como un corcel fantasmagórico; me pareció verla, en determinado momento, bajo una gran capucha gris que ocultaba su hermoso rostro.

«Discúlpame, dama oscura. Busco la presa que malhirió un amigo para acabar con su sufrimiento»  -pude apenas susurrar-.» No pretendía en modo alguno molestarte en tu trabajo. Sé que te gusta realizarlo en completa soledad y sin previo aviso, de modo que será mejor que me aleje de aquí cuanto antes, contando siempre con tu beneplácito, claro.»

Me miró, sonriendo sardónicamente. «El hombrecito es hábil con la lengua y está bien educado. Escúchame, miserable ser humano, porque no voy a repetir el mensaje. Os encanta jugar con las vidas de otros seres, iguales o distintos a vosotros. Lleváis siglos haciéndolo, suplantándome a la hora de administrar la oscura bendición que solamente yo puedo impartir. Tan sólo yo debo cerrar los ojos de los seres vivos; tan sólo yo soy capaz de privarles del divino hálito que contiene la vida. »

«Hoy no he venido a por ti. Tu hora aún no ha llegado. Dejaré que acabes con el último aliento de esa criatura a la que tu amigo ha dado caza tan lastimosamente, y te ruego que lo hagas cuanto antes. Permitiré que regreses a tu hogar sano y salvo por esta vez, pero óyeme con atención: si no eres capaz de devolver la vida, no tengas prisa en dispensar la muerte. Esa tarea tan sólo me incumbe a mí.»

Y en un instante, desapareció de mi vista, con la misma celeridad con la que había aparecido. Me costó un buen rato dejar de temblar y recuperarme del trance en el que aquella mujer me había sumido. Más tarde, comprobé que habían pasado unos pocos minutos nada más, aunque mi sensación al respecto era justo la contraria.

Con gran esfuerzo, acabé de pistear al venado. Ya estaba muerto cuando lo encontré, de manera que lo desollé y preparé tan deprisa como pude. Llegué al hotel ya anochecido, pero no comenté el sombrío incidente absolutamente con nadie. Aquello me dejó tocado una temporada. Dudé, incluso, de mi habilidad como cazador y de la justicia de mi papel, de su racionalidad. Pero con el tiempo, la afición se impuso y hoy día sigo cazando. Eso sí, procuro ser muy escrupuloso a la hora de escoger pieza y tiro, y me controlo más aún, si cabe, a la hora de soltar la cuerda: puesto que no puedo devolver la vida, no tengo prisa en dispensar la muerte. No quiero que la Doncella de la Oscuridad se enoje demasiado conmigo cuando sus fuertes manos llamen a mi puerta.

Qué cosas tiene la vida. Comencé este relato en septiembre de 2012, y lo acabo hoy, 4 de octubre de 2013. Hasta hoy, era un simple borrador. Lo llamativo del asunto es que en diciembre de 2012 me diagnosticaron una enfermedad potencialmente mortal, cuyos síntomas noté bajando del monte. Hoy la he vencido, pero, sin lugar a dudas, he escuchado muy de cerca el relinchar del corcel fantasma, creedme. Y seguiré cazando.

 

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Escritor y lector.

blogosfera1Pues si. Nada más y nada menos que en 2008 inauguré este mi primer blog, pensando que conseguiría darle ciertos visos de continuidad, pensando en que lograría por fin expresarme de acuerdo con esa ineludible necesidad de la blogosfera de éxito que se llama periodicidad, y que es uno de los principales consejos que cualquier blogger veterano dará al recién llegado a estas lides: escribe con periodicidad más o menos fija, no consientas que tus seguidores se aburran, porque acabarán abandonándote; es muy difícil lograr seguidores, pequeño padawan; es muy sencillo perderlos… Qué desastre, ¿no? Vaya insigne patinazo, qué sublime dejadez… ¿tendrá solución semejante desaguisado? ¿aprenderé de mis errores y conseguiré seguir escribiendo con cierta lógica cadencia temporal? ¿O pasará otro largo lustro antes de que vuelva a publicar algo aquí? Mejor no prometer nada: el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.

Bueno, hombre, bueno. Lo cierto y verdad es que, siendo este blog como es un mero ejercicio de autoconversación  -por no decir de masturbación intelectual o algo similar-  , el siempre delicado asunto de los seguidores no me preocupa en exceso.  Para empezar, ni me gusta la palabra ni lo que denota, especialmente en la web: no sé si serán manías mías, pero la encuentro muy cargada de un servilismo que me repugna, con franqueza. Ni sigo a nadie ni la seguiré; distinto será que me apetezca tener noticias de las publicaciones y opiniones por escrito de según qué personas, pero de ahí a seguirlas, como si fueran mis líderes o mis guías, va un trecho largo, larguísimo, cuya longitud se ve aumentada drásticamente por un problema de edad: ya no estoy para liderazgos ni para zarandajas por el estilo, ya se me ha pasado ese arroz… qué le vamos a hacer.

Por otra parte, tampoco me quita el sueño ese supuesto éxito que comporta el tener muchas visitas diarias, aunque debo reconocer que me hace cierta gracia comprobar las estadísticas de mis otros blogs y webs: no deja de chocarme que entren personas en ellas, y me alegra mucho que encuentren en sus contenidos asuntos que les sean de utilidad, si ese es el caso. Pero, en el fondo, el aplauso ajeno me resulta eso, francamente ajeno.

Visto lo visto,puede haber quien pregunte  -a lo mejor con cierta razón-  «A ver, Leizael, todo eso está muy bien, pero ¿por qué y para qué escribes entonces? ¿Desprecias al lector, ignorando así que los aprendices de escritor nada son sin alguien que lea sus pensamientos, sus inquietudes? » En absoluto, querido amigo. Ni ignoro ni desprecio a nadie, porque tampoco cuento con que cuanto opino y escribo llegue a resultar importante o interesante para ese nadie; no es para tanto. Pero escribo porque siento de vez en cuando la necesidad irrefrenable de hacerlo, de poner negro sobre blanco  -aunque sea tinta electrónica o medio digital-  lo que pienso, lo que opino, lo que me alegra y me entristece, lo que me da la vida y me la quita. Ni más ni menos. Nada más lejos de mi intención que romper ese binomio mágico, esa atadura vital que une al escritor con su público, puesto que nada son el uno sin el otro: ¿cuándo se llega a ser escritor? ¿cuando se publica algo o cuando ese algo es leído por un número indeterminado de personas? Dado que hoy publica  -hace público algo-  cualquiera (a las pruebas me remito, claro) y dado igualmente que resulta muy fácil que muchas personas lean ese algo, debido todo ello al auge de Internet y sus medios, creo que esto último puede ser materia de reflexión para muchos de nosotros, juntaletras por afición.

Mucho me temo que no queda más que seguir adelante, seguir emborronando cuartillas, por así decirlo, enfrentándonos a diario al estremecedor vacío blanco del papel, de la pantalla. Aunque solamente sea por el desafío que supone, por el mero placer de hacerlo. Lo demás, se dará por añadidura… o no.

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En busca del agua.

fotos paisajes de otoño-d12Está llegando el otoño con una suavidad casi sospechosa. Los días, pese a ser ya escandalosamente cortos, son cálidos y amables, y las noches permiten el paseo, la copa o el sueño, con una placidez que no sé si augura algo bueno; posiblemente tan sólo se trate de la puerta de entrada a uno de esos inviernos de Madrid que te arrancan la piel a tiras de puro fríos que resultan al final. Por otra parte, ni una sola nube en el horizonte; el agua se está haciendo esperar, y el monte está ya completamente achicharrado tras el largo estío, lo que se refleja también en el comportamiento de los seres vivos que lo habitan. Supongo que la búsqueda de agua por parte de nuestras queridas presas puede jugar un papel fundamental en los lances que vayamos a vivir durante los meses próximos. Han comido ya más que suficiente, aprovechando las bondades de la temporada; apenas quedan bellotas, castigadas por el hambre insaciable del cochino, y los brotes de rosales salvajes muestran la actividad del corzo, del fantasma del bosque. Ahora, el problema es el agua. Es una estupenda oportunidad para explorar nuestros cazaderos en busca de esas benditas charcas que conservan aún cantidades significativas del preciado elemento, y que atraen, como potentes cantos de sirena, a nuestros queridos contrincantes, sobre todo a Maese Jabalí. Quién sabe si, por mor del agua, nos enfrentaremos en breve a esa pieza que puebla nuestros sueños; quién sabe si este seco otoño acabará por regalarnos, con gentil sonrisa poblada de hojas secas, ese lance al que todo cazador aspira, siquiera sea por una vez en la vida y aunque solamente sea por tener el honor y el placer de atesorar, una vez más, recuerdos imborrables, momentos sublimes en lo más profundo de la umbría.
Hasta otra y buena caza.

Repasando ayer el blog y ajustando cosas, suprimí por error más de la mitad de esta entrada; hoy la corrijo, advirtiendo, eso sí, que corresponde a septiembre del 2011. Muchas gracias.