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Cien días

lascortesNi uno más, ni uno menos. Es el período de tiempo que la cortesía parlamentaria y la higiene democrática aconsejan observar tras la proclamación de nuevas autoridades, sean del nivel que fueran, y no soy yo quién para enmendarle la plana a semejante tradición, líbreme Dios y válgame un debé. He procurado hacerlo con todos y cada uno de los gobiernos que llevamos sufriendo desde que palmó el abuelo, intentando ser lo más objetivo posible por el bien del país que amo, aunque para ello haya tenido que poner sordina a la vocecilla que habla de política en mis tripas en multitud de ocasiones. Algunas veces lo he conseguido y otras no, pero ese es otro cuento. Que uno no es de piedra, carajo.

La convulsión electoral a la que hemos asistido es perfectamente lógica y saludable en una democracia que se precie de serlo, y en principio, aunque con mucha cautela, le doy la bienvenida. Y a continuación cuento por qué , desde luego. Antes morir que callar.

Recuerdo la ascensión al poder de Isidoro y sus secuaces; recuerdo los comentarios que se hacían en mi casa; recuerdo algún atisbo de miedo en los más mayores, la alegría de los jóvenes y el coco que la derecha agitaba frenéticamente, hablando de hundimiento de los mercados, de recesión, de paro y de todas esas cosas que tan a menudo utilizan los dueños del belule cuando quieren acojonar al personal. En aquellos tiempos ya algo lejanos, ni se fracturó España, ni se hundieron los mercados, ni nada por el estilo, y todos aquellos agoreros tuvieron que envainársela y callarse. Si la situación económica empeoró después, creo que no se debió a ningún tipo de histeria mercantil o financiera, sino a una clara ineficacia a la hora de gobernar. El capital reaccionó como suele hacerlo, con rapidez y con hambre desmesurada, y en menos de lo que se santigüa un cura loco, fagocitó a los coleguitas de las americanas de pana y las corbatas de punto, por el mero expediente de embutirles en un terno de Armani con corbata de Hermés, pongo por caso. Claro, la cura fue radical, qué coño. Socialdemocracia sí, socialismo no; OTAN, de entrada, tampoco. Y hala, a meter mano a la guita.

Es un esquema que sin duda tenderá a repetirse con terrible eficacia, porque los poderes financieros, al igual que Natura, le tienen horror al vacío. Escucho hoy comentarios muy similares, cargados de temor y de odio, que es mucho más triste; se agitan y se manejan los mismos fantasmas de entonces. Volverán las oscuras golondrinas y estará por ver  -de ahí los cien días-  cómo se las gastan los recién llegados frente a la que se les viene encima, cómo reaccionan ante las tentaciones del mundo, el demonio y la carne. No me creo que estos nuevos cátaros se la sigan cogiendo con papel de fumar mucho tiempo, francamente; no me creo sus proclamas de pureza ideológica ni sus consignas medio pijiprogres medio guevaristas, ni que lo asambleario siga vivo y coleando. O coleteando, con perdón por el dislate.

Y es que no me acaba de entrar por el ojo bueno el señor Iglesias, qué le vamos a hacer. Me huele un poco a puchero enfermo la trova que tanto airea, que tan bien vende. Es un tipo soberbio, que hace gala de su condición con excesiva facilidad y que no me parece que tenga el temple imprescindible para gobernar; está tan encantado mirándose el ombligo y repasando sus triunfos, que no sé si tiene bien claro la que le espera. Adolece, además, de un grave problema: que no es político profesional. Es decir, que, por contra, tiene  -tenemos-   también una gran ventaja: que no es político profesional. Creo a pies juntillas, eso sí, en la honestidad de tantos miles de personas como le apoyan, en la ilusión que ponen en su esfuerzo y en lo saludable de su actitud. Lo que no sé es si creer del mismo modo en lo acertado de su postura; ya se verá.

Por otra parte, debo confesar que a mi vena iconoclasta, que aireo y cultivo con primor, le pone mucho ver a la ciudadanía en marcha, a la sociedad civil repartiendo hostias a diestro y siniestro en los durísimos jetuños de tanto sinvergüenza como chupa de la teta so capa de gobernarnos. Ya era hora, a fuer de sincero.  A ver si reparten unos capazos más, bien colmaditos, que falta hace. Es un derecho inalienable de un pueblo maduro, responsable de sus actos: poner pie en pared y dejar muy clarito quién es el que manda, lejos de ser populismo, es llamar a las putas cosas por su nombre.

Vamos, que lo del shock and awe es pura filfa comparado con los escalofríos que llevan sufriendo una temporada ya larga los miembros de la casta, que dice el amigo Iglesias.  Yo, que ya no soy joven y que ya no me da el físico ni para barba, ni para coleta ni para pendiente, voy más allá: son casta, sí, pero no de cualquier tipo. Son la puta casta extractiva, tal cual. Me permito sugerir una búsqueda en internet del término en cuestión, por lo que tiene de ilustrativa y pedagógica, si bien es cierto que revuelve bastante el estómago.

Explota la capital de mi país, y tras ella todas las capitales de provincia y de autonomía, de gentuza venida de toda España a no hacer nada, a saquear los fondos de los demás, a descargarse fotos porno en caras tablet que no han pagado. Cuando no duermen en los plenos, se hurgan en las narices en las comisiones, y como excelsos sorbecepas que son, se ponen ciegos de menús de puta madre a precios de escándalo en el restaurante de las Cortes, regados con vinos simili modo. De los sindicatos, esas magníficas agencias de viajes para afiliados, no vamos a hablar, que acabo de cenar y se me puede subir mucho la mostaza.

Ah, por cierto y antes de que se me olvide: la canalla que intenta regir los destinos de este país a golpe de asaltar la caja común, esa tropa de sanguijuelas infames, no tiene color político alguno; quiérese decir que absolutamente todos los miembros de los partidos cuyos gobiernos hemos padecido desde la primera victoria socialista, son igual de chorizos, golfos, aplauseros y tuercebotas, sin distinción alguna de credos ni de banderas. A ver si se me va a entender mal, que ya sabemos que aquí lo que mola es poner a parir a unos olvidando piadosa e hipócritamente las trapacerías de los otros. No es mi caso, vaya. Yo tengo memoria histórica para todo dios, no como algunos que yo me sé, y puestos a dar tiza, a cada uno lo suyo. No me vale el pues anda que tú como argumento, pero sí como telón de fondo clarísimo y fácil de documentar en cualquier hemeroteca.

Y sentados en la parte de atrás, un montón de escombros. Los peperos, desnortados, con un partido hecho astillas, sin pegada ni corazón para hacer lo que todos ellos saben que hay que hacer. Los sociatas, desesperados por tocar pelo, haciéndole descaradamente el juego a la nueva izquierda, vendiendo su primogenitura por un plato de gallinejas, por ejemplo. El gallego medio tartaja anda despistadísimo y herido de muerte, pero el economista guapito y joven está empedrando el camino hacia su propia perdición. Otro flojo en la cosa de la memoria histórica, mira tú por dónde. Y los reyes del rocanrol dejándose querer y diciendo Diego donde dijeron que de pactos ni hablar. La hostia, vaya. Mal empezamos.

Así pues, tengo el corazón partío, como decía el flamenquito. La cabeza me indica una dirección y las entrañas muy otra, esa es la verdad. Me haría muy feliz ver a mi querida España gobernada, en todos los niveles de la administración del Estado, por gente honrada, capaz y honesta. Celebraría ver las cárceles llenas a rebosar de delincuentes y de malas personas; oír el sonido cantarín de los euros robados al ser devueltos. Me encantaría amanecer todas las mañanas en una nación unida, fuerte, justa, próspera y solidaria, amante de sus hijos, al socaire amable de la misma bandera. Daría los cuatro cacharricos que tengo por que así fuera, lo juro. Pero me pasa un poco lo que al imprescindible don Francisco, que no hallo cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Y tal y tal. Vaya currazo que os espera, troncos. Que no os pase ná.

Esperanza sí, pero muy desesperada. Luz, más luz.

Cien días. Ni uno más, ni uno menos.

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