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Fútbol y mujeres

mujerfutbolYo no sé si esto pasaba con Franco  -o sea, cuando yo era joven, que también lo fui-  o si no; no sé si es que mi natural despiste me impedía apreciar según qué cosas o si es que tales asuntos no existían en absoluto. Cabe dentro de lo posible que, dado que siempre me han importado tres cojones y la bailadera la cuestión balompédica, tampoco me fijase demasiado en semejantes menesteres, y menos en la época que nos ocupa.
Como todo español bien nacido, tenía yo tarea más que suficiente en mantener, dentro de lo posible, mi sexo dentro de mis pantalones y mis manos alejadas de todo lo hermoso que la vida me ofrecía, que era mucho y bueno en aquellos lejanos entonces. Se me iban la especie y el resuello en perseguir hembras, lo cual no significa, claro está, que siempre alcanzase mi objetivo. Y una vez alcanzado, el triunfo o el fracaso pasaban, curiosamente, a segundo término. Así que nunca entendí eso de perseguir una pelotita en calzoncillos y rodeado de tíos,  la verdad sea dicha.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar del público que asistía a los partidos de fútbol, y que era masculino por una abrumadora mayoría. Las Puris de entonces, que se llamaban Conchitas, o Marías Isabeles, o algo así, se quedaban muy recatadamente en casa mientras su Pepe correspondiente acudía encantado al estadio del equipo de sus entretelas. Lo hacía perfectamente dispuesto a ciscarse en la madre que había parido a Panete, al árbitro y a toda la familia de los jugadores contrarios, con razón y sin ella, faltaría más. Mientras tanto, Puri se quedaba en casa, escuchando a  Ama Rosa, aguantando a los churumbeles o planchando, o todas esas cosas a la vez. Ni por asomo se le ocurriría a aquella buena mujer oplnar de fútbol, por mucho que le apeteciera, y ya no digamos cogerse del brazo de Pepe, enganchar la bufanda y marcharse al estadio para vociferar junto a su hombre, encantada de la vida. O al menos, esa era mi percepción sobre el asunto. Porque lo cierto, cuando mis padres eran jóvenes, no era que las féminas no entendieran de fútbol; tenían sus preferencias y podían ser tan forofas como el que más, pero no daban rienda suelta a sus sentimientos por si las que vuelan.
Curiosamente,  en mi casa mi padre era colchonero furioso y mi madre merengue a tope, y ambos iban juntos al fútbol con cierta frecuencia, pero yo tenía la convicción, no sé por qué, de que eran una pareja excepcional en aquel sentido.
De manera que  crecí identificando  los partidos de fútbol como una cuestión definitivamente masculina, tirando a basta, debo confesarlo, y alejadísima por tanto del eterno femenino. Diré, de igual modo, que tengo atragantado el deporte rey desde mi más tierna infancia, sin que tenga demasiado claros los motivos de semejante gato. Pero es lo que hay.
Claro está, me ha tocado caerme del guindo en este asunto como en tantos otros, y como no soy muy listo que digamos, me he caído de cabeza del árbol en cuestión después de que la realidad patease groseramente el tronco. Anda, mira, casi me sale un juego de palabras…
En los tiempos que corren, ya no es notorio ver y escuchar a nuestras compañeras opinando de fútbol con la misma pasión que sus gachós, mientras manejan diestramente el glosario propio del asunto con el desparpajo que da la costumbre. Vuelan entre ellas los insultos hacia el equipo contrario, las descalificaciones del árbitro y los linieres, los gritos de júbilo o de desencanto. O sea, que las ninfas, nínfulas y ninfulillas que me rodean caen también en los brazos del puto fútbol, dejándome con cara de vaca viendo pasar el tren. Exactamente igual que si fueran tíos, vaya.
Ya lo siento, pero sigue sin encajarme, qué le vamos a hacer. Sí, ya sé que todo esto puede sonar a reviejo, carpetovetónico y machista, pero lo cuento como lo siento, qué coño. Alguien habrá que me lo llame, y quizá le asista cierta razón, sin duda. Me permito, no obstante, reivindicar la imagen que yo tenía de nuestras chicas en mi juventud: con su propia personalidad y su mala leche, anárquicas y divertidas; madres o no, solteras o casadas, sexys o sensuales, pero siempre lejos de los rebuznos inevitables relacionados con algunas prácticas falsamente deportivas, diseñadas para machos muy machos… aunque, iluso de mi, ignoraba yo que la procesión iba por dentro.
Ay, tolay, que así te luce el poco pelo que te queda. No te das cuenta de que, en perfecto uso de sus derechos, las chorbas nos adelantan por la derecha y por  la izquierda sin dejar de sonreír, de darnos la razón en todo y de hacer lo que se les pone en el moño con todo el descaro del mundo. Bueno, también es cierto que ya iba siendo hora, compañeras.
Pero lo del fútbol es que no lo veo…

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