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Jack-O’-Lantern, que estás en los cielos…

Jack-o'-Lantern_2003-10-31Ya empezamos. Es algo tan cansino y tan desabridamente comercial como la fulgurante aparición, hasta en el más mísero de los tabucos, de la Lotería de Navidad allá por el mes de agosto, si bien es cierto que, al menos, esta tabarra incansable es mucho más nuestra, o, cuando menos, así lo siento yo. De cualquier manera, y como veremos a continuación, la que paso a comentar no se trata de una tradición tan extraña a nosotros como pudiera parecer.

Halloween, es decir, «All Hallows’ Even» , o «All Hallows’ Eve», o sea, «Víspera de Todos los Santos», no es más que un trasunto  de la festividad celta del Samhein, que significa, en antiguo irlandés, «El Final del Verano». Esta celebración marcaba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la «estación oscura».

Aquellos hombres altos y rubios creían que la difusa línea que separa nuestro mundo del Otro se hacía aún más sutil en aquella ocasión, permitiendo así a todos los espíritus, benévolos y malévolos, atravesar esa oscura frontera para deambular a sus anchas entre los atemorizados mortales, siempre presa de sus desmanes y caprichos. Se invitaba, por tanto, a los ancestros familiares, procurando, a la vez, alejar a los espíritus dañinos, cosa que se intentaba usando disfraces y máscaras: se suponía que adoptar la apariencia de un espíritu maligno era la mejor manera de evitar sufrir daños a manos de otras apariciones de similar naturaleza.

Además, la fiesta del Samhein era el momento propicio para preparar el enfrentamiento con el inminente invierno, contabilizando las provisiones de alimentos y de ganado. Grandes hogueras iluminaban la noche, encendiendo una en cada casa y lanzando a ella los huesos de los animales sacrificados. Ritos adivinatorios se celebraban por doquier, presididos por los omnipresentes druidas, auténticos maestros de ceremonias de todas las festividades celtas.

Después de muchas peripecias y de los inevitables y consabidos encontronazos con la Iglesia Católica, esta festividad llega, en 1840, a los Estados Unidos y a Canadá, donde inmediatamente echa raíces. Se debe a los inmigrantes irlandeses la costumbre de tallar los «Jack-O’-Lantern», grandes calabazas con velas en su interior. Hay quien afirma que se inspiraron en la antigua leyenda de «Jack el Tacaño», hay quien afirma que la tradición tiene otro origen, que particularmente se me antoja más legendario y novelero, más en consonancia con el carácter fuertemente pagano de esta fiesta, y que explica, además, el famoso «trick- or- treat» a saber:  originalmente, el «truco o trato» era una leyenda popular de origen céltico según la cual no solo los espíritus de los difuntos eran libres de vagar por la Tierra la noche de Halloween, sino toda clase de entes procedentes de todos los reinos espirituales. Destacaba entre ellos uno especialmente perverso, que deambulaba por pueblos y aldeas y pidiendo en cada hogar, justamente, «truco o trato». Afirma la leyenda que lo mejor era hacer el trato sin importar su coste o naturaleza, pues en caso contrario el espíritu, llamado «Jack-O’-Lantern», ejecutaría su particular «truco», gracieta consistente en maldecir a la casa y a sus habitantes, quemar su hogar y enfermar con peste a la familia y a su ganado.  Para protegerse del peligroso merodeador, surge la idea de tallar las calabazas con formas terroríficas, evitando así los encuentros con el maligno ente. Con el tiempo, y debido a la asociación entre calabaza y espíritu, el nombre de aquél pasó a ésta.

Con respecto a la traducción de la famosa cantinela, y ya para acabar con las cuestiones históricas,  cabe decir que aunque se ha generalizado la traducción «truco» en castellano por el inglés «trick» y «trato» literalmente por «treat», en el caso del «trick-or-treating» no se trata de un truco propiamente dicho sino más bien de un susto o una broma por lo que una traducción más exacta sería por ejemplo «susto o dulce» o «travesura o dulce».

Perfecto. Demuestras, amigo Leizael, un gran interés por cuestiones históricas y culturales que, por otra parte, pueden consultarse con total tranquilidad en infinidad de fuentes más y mejor informadas, así que… ¿Y? Nada de particular. Simplemente, y por cuestiones de estilo y planteamiento, me gusta poner al morlaco en suerte antes de entrar a matar, de manera que me parece saludable una cierta dosis de erudición para saber de qué estamos hablando.

Si existe un pueblo misterioso, con una cultura apenas conocida en sus aspectos religiosos y mitológicos, si existe un pueblo tremendamente sometido a los designios de los dioses, poderosos y terribles, ese es el de los míticos celtas, adoradores de los árboles.  Con un idioma intrincado, extrañamente musical y curiosamente evocador, el pueblo de los druidas nos lega una simbología dotada de gran fuerza, de riquísimo contenido. A pesar de que desconocemos una gran parte del acervo cultural druídico, verdadera entraña de la filosofía y de la religión celtas, es cierto que cualquiera de nosotros tiene su propia y peculiar imagen formada sobre esta etnia legendaria… y no solamente gracias a Panoramix, aunque sin lugar a dudas el sabio anciano ha ejecutado a la perfección la parte que le toca en esta materia.

Primero contra Roma y después contra la Iglesia Católica, la tradición celta demuestra su indudable fuerza por el simple expediente de sobrevivir al choque con ambos titanes. Roma, conocida por su facilidad para asimilar y hacer propios ritos y dioses de los pueblos que caían bajo sus estandartes, prohíbe rápidamente la celebración del Samhein, temerosa, sin duda, del innegable poder de los druidas sobre su pueblo. El catolicismo, pese a su elaborada estructura de poder, es incapaz de acabar definitivamente con la costumbre pagana, que llega pletórica de salud hasta nuestros días.

Precisamente por eso dirijo mi plegaria a la fantasmagórica calabaza protagonista de la fiesta; precisamente por eso imploro su bendición e invoco su mágico hechizo, porque me revuelve el estómago contemplar tanta belleza, cultural y religiosa, tanta fuerza simbólica empantanada en la estupidez de miles de borregos disfrazados de vaya usted a saber qué cosa, que se tiran toda la famosa noche rebuznando estupideces según manden las consignas comerciales de última hora. No soy precisamente mojigato; jamás le he dado la espalda a cualquier oportunidad de danza, jolgorio y fornicio; me encanta saborear los placeres que la vida nos ofrece a manos llenas, aunque sea en contadas ocasiones o justamente por eso. No abogo por una Noche de Todos los Santos lúgubre, silenciosa y recogida, aunque entiendo y respeto a quienes así la viven, pero la cosa pasa ya de castaño oscuro. Todo dios pretende sacar tajada del evento; todos los carroñeros quieren su parte, como no podía ser menos, con propuestas comerciales pensadas a conciencia para débiles mentales, y todo ello con la debida antelación, es decir, desde el mes de septiembre.  Al final, han conseguido que se me atragante profundamente una fiesta que podría ser de mi agrado, aunque no fuera más que por su alto contenido cultural y esotérico.

Mis amigos americanos, pueblo al que respeto y admiro por muchas razones, son los principales culpables de este desbarajuste, si bien es cierto que nosotros también llevamos lo nuestro. Nos han hecho tragar una nueva píldora con la fiestecita de marras: cualquier excusa es buena con tal de vender, de consumir, de ganar dinero. No empece que para ello haya que disfrazarse de sangriento gilipollas, o de gótica zorra del demonio, o de zombie descerebrado, qué más da. A un pueblo como el nuestro, resulta facilísimo colarle semejante gol; lo importante, para nosotros, es la Fiesta, sea cual fuere el precio a pagar. Y si de descerebrados se trata, bastante más de la mitad de los zombies tienen bastante más de la mitad del disfraz solucionado desde que nacieron.

Así pues, y si, paradójicamente como hemos comprobado, Samhein es una fiesta mucho más cercana a la tradición cultural europea de lo que el antiamericanismo furibundo pretende hacernos creer, celebrémosla en condiciones.  Hagamos hogueras, comamos y bebamos, recordemos a nuestros ancestros. Alegrémonos de estar junto a nuestros seres queridos y encaremos el amenazador invierno con buen ánimo y mejor disposición, en la certera creencia de que los malos tiempos pronto pasarán. Nada hay de malo en tallar unos cuantos «Jacks-O’-Lantern» y disfrutar rememorando su leyenda, rogándole con fervor que nos evite malos encuentros en la terrible oscuridad de la Noche de Difuntos; es divertido y tierno observar las caritas de los niños de cierta edad cuando se les narra alguna versión, previamente edulcorada, de la leyenda de Jack el Tacaño o se les habla de Sleepy Hollow, y todo ello es lícito, porque pertenece al espíritu del Samhein.

Pero, por favor, hagamos un esfuerzo, aunque sea ímprobo y doloroso: aparquemos, siquiera sea por una noche, la estupidez, el mal gusto, el humor fácil, la vulgaridad y la grosería; desterremos la falsa sangre, las manos cortadas y las máscaras de zombie de un escenario que no es el suyo y que nunca lo ha sido. Frankenstein, el Licántropo, Drácula y el resto de espeluznantes pobladores de la oscuridad tienen su propio lugar, dignamente conquistado, en el ideario popular. Dejémosles jugar su papel, en su oportuno momento,  mientras los chavales del vecindario nos asustan, encantados, con sus vocecillas pidiendo «travesura o dulce».

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