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La vida sosa

light

Mi querido padre cerró los ojos a la luz de este mundo hace ya treinta y seis larguísimos años. El viaje sin él está siendo un tanto triste, si bien es cierto que me visita con amable frecuencia en mis sueños. Supongo que ese es el territorio en el que ahora  habita, en compañía de otros muchos recuerdos, de mis otros muy queridos muertos.

Y claro que le echo de menos. No pasa un solo día sin que su imagen se abra paso en mi cabeza; no deja de aconsejarme ante cada problema, ante cada bandazo de la vida. Precisamente por eso, porque su falta es del todo irreparable, me joden tantísimo que papá Estado intente suplantarle. Yo ya tuve un excelente padre y por desgracia hoy no lo tengo; no quiero ningún otro de ninguna clase ni categoría, no me hace falta ya, cojones. Me explico.

Llevamos ya una más que larga temporada soportando el padreo de los necios que dicen gobernarnos, a todos los niveles y en todas las instancias internacionales habidas y por haber. Atacaron en su momento, pongo por caso, al aceite de oliva: auténtico veneno, doña Engracia; ni se le ocurra consumirlo; pudre las tripas, da gases y mal aliento. Una calamidad que nos manda Dios, vaya. Siguieron después, por ejemplo, con el azúcar. Horroroso producto, nacional y ultramarino, que estropea las bocas y los corazones, empalagados hasta no poder más por su malévolo dulzor. Más tarde, se inventaron el deleznable  -por falso-  asunto de los productos light, y continuaron así socavando poco a poco la emoción de la vida, su auténtico espíritu, que no es otro que el de la aventura, el de asumir riesgos a sabiendas de lo que se hace. Todo alimento que se preciase debía tener su versión light, semidesnatada, sin azúcar, sin grasa, desnatada del todo y, finalmente, sin una puta gota de su sustancia original ni de las cualidades organolépticas que le distinguían como alimento. Cojonudo lo de usted, mon amí. Y con un precio superior al del alimento primigenio, por descontado.

Claro que el dislate definitivo se produce a continuación cuando el azúcar pasa a ser motor imprescindible de la vida humana  –«que no te amarguen la vida»–  y todos los chorizos que en el mundo han sido roban a manos llenas el oro líquido, es decir, el tan denostado, venenoso y nocivo aceite de oliva, que se compra y se vende a doblón. Hay que joderse.

Hasta aquí algunos ejemplos de la capacidad estatal para, en connivencia con el poder económico y so capa de una nobilísima preocupación por la salud de sus ciudadanos, vendernos en cada momento lo que en ese particular instante convenga. El último hito de esta actitud, hipócrita y repulsiva, se ha centrado en la cosa de la sal, otro pavoroso enemigo de la doliente humanidad. El noventa por ciento de los alimentos que llegan a nuestras mesas ya preparados, como las latas de conserva, adolecen del más mínimo rastro de este terrible veneno, no vaya a ser que nos suba la tensión, el ácido úrico y la madre que parió un tanque. Evidentemente, lo hacen por nuestro bien. Ni se les ocurre pensar en ahorrar en gastos médicos a costa nuestra ni en mantenernos vivos y coleando mucho tiempo para poder explotarnos a placer, qué coño; qué cosas tiene usted, amiga Fulgencia.

Hombre, ahora que lo pienso, pasa algo sospechosamente parecido con el asunto de los radares y las multas, que siempre nos achicharran del modo más inmisericorde en aras de nuestra seguridad, es decir, también por el bien común de la población. Pero, aunque digna del mismo agradecimiento, esa es otra historia. Otro día les pondremos a parir con tan fausto motivo, por supuesto. Faltaría más.

Querido papá Estado: vete a tomar por el culo; interven en mi vida lo mínimo imprescindible. Cumple con tu obligación de educar, de informar fidedignamente y déjanos en paz de una puta vez. Tus hijos, con padres en el mundo o sin ellos, son perfectamente capaces de discernir cómo quieren vivir y qué tipo de sensaciones desean experimentar durante ese maravilloso y corto periplo cósmico. Deja que tu pueblo madure tomando sus decisiones y, sobre todo, no mientas con tanto descaro.

Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, palabra, y, en algunas ocasiones, a cada cerdo le llega su San Martín. Bueno, de vez en cuando, creo.

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