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Las cenizas de Manolo, y II

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Dos días después…

La raída chimenea deja escapar un surtidor de humo negro y espeso, que desaparece con prontitud en el cielo estival y amable de Madrid. Se deshace en oscuras volutas, como si su presencia no tuviera sentido al recortarse contra el purísimo y luminoso azul. Salta edificios, huye caminos y carreteras, susurra entre los campos baldíos que rodean la capital y se disuelve, gimiente, a alturas imposibles.

Están los tres amigos a la puerta del crematorio, fumando un cigarrillo con parsimonia, en medio de un elocuente silencio. Tal y como Luis esperaba, allí no ha aparecido familiar alguno. La ceremonia ha sido por fuerza íntima, breve, como le hubiera gustado a Manolo. El cura, desabrido y con cara de sueño, se ha limitado a murmurar una serie de frases hechas, por completo carentes de sinceridad o de interés, ni humano ni divino. No se ha molestado siquiera en fingir una tristeza que ni de lejos siente, abotagado, acorazado su corazón ante la diaria presencia del dolor, encallecido ante la cotidianeidad del inmenso sufrimiento que se acumula entre las cuatro paredes del crematorio. Extiende la mano, reclamando su óbolo, y desaparece a toda velocidad, mascullando un adiós apresurado. El negocio de la muerte, el negro carnaval que despliega sus galas impías cuando alguien fallece, ha terminado su función. No hay coche de acompañamiento, porque los tres amigos lo han despedido en la puerta del tanatorio. Han preferido llegar hasta allí en el coche de Carlos ellos solos, a gusto con su mutua compañía, recordando para sí que el viejo vehículo les ha llevado y traído a los cuatro de juerga en juerga, de excursión en excursión, durante muchos años, acunándoles en  su cómoda complicidad de cuero tostado.

De regreso a Madrid, con la urna que contiene los restos del amigo fallecido en el asiento trasero del automóvil, sus corazones comienzan a curarse a toda velocidad, aún sin ellos saberlo. Notan, simplemente, un poco menos de presión en el pecho, un ligero alivio casi culpable, después de todos los días de pena que comienzan a dejar atrás en ese mismo momento. El infatigable y misterioso músculo que late en sus pechos inicia su salvífica tarea, dejando atrás con cada latido, muy poco a poco, los acontecimientos vividos. Conectado con sus almas, insuflará en ellas el bálsamo que el tiempo destila, tan pacientemente, y que todo lo cura, despacio, muy despacio.

Ofrece Luis una ronda de cigarrillos, que los otros dos aceptan de inmediato. Enjuagando las últimas lágrimas, el ambiente parece relajarse camino del centro de la ciudad.

-Parece mentira que vengamos de donde venimos en un día tan precioso como el de hoy…

-Así es, amigo. Nadie debería morir con este sol, qué coño.

-Y además, a estas horas, ya deberíamos andar con las cañitas del sábado…

Pepe deja reposar sobre el distante horizonte la mirada soñadora, mientras acude a él de inmediato una miriada de recuerdos entrañables. Es un maremágnum de historias entrelazadas irremisiblemente, casi leyendas ya, aromatizadas con la presencia querida del amigo desaparecido. Sus costumbres, sus gustos, sus querencias, sus opiniones, sus idas y venidas, su calvicie y sus manías.

Y, súbitamente, le asalta la idea, la ocurrencia feliz. Ve con prístina claridad la mejor manera de despedirse de Manolo, el homenaje más sentido que él, Carlos y Luis, pueden ofrecer a la sombra magnífica en la que el amigo caído se ha transformado casi de inmediato. Salta en el asiento del coche ante el impacto de la revelación, y casi se traga el cigarrillo de la emoción.

-¿Se puede saber qué puñetas te pasa, Pepe? Joder, tío, me has dado un susto de cojones…

-¡Carlitos, tira para el barrio, corre¡

– Me están esperando en casa para comer… No me digas que tienes ganas de juerga…

Carlos mira por el retrovisor hacia el rostro de su compinche, como queriendo comprobar la veracidad de lo que está escuchando.

-¡Tira, coño, tira! ¡Ya comerás en casa otro día! ¡Vamos a despedir a Manolo como él hubiera querido!

Luis también mira a Pepe, un tanto perplejo. El bocinazo de su amigo le ha sacado de golpe de una cierta ensoñación que comenzaba a invadirle, acunado por el ronroneo del motor del coche y por la calidez del limpio día.

-A ver qué barbaridad se te ha ocurrido, Pepito. No está el horno para bollos, tío. Estamos todos hechos polvo…

– Pero bueno, ¿me vais a decir que no habéis caído en lo mismo que yo? Después de tantos años juntos, ¿no se os ha ocurrido cuál sería la mejor despedida para Manolo, la que más le gustaría?

Luis sostiene la mirada de Pepe y entonces lo ve todo claro, clarísimo.

-Liarnos de cañas todo el puto día, como si lo viera, y cargando con la urna, claro…  -afirma, incrédulo.

-¡Exactamente, eso es! ¿Qué es lo que más le gustaba a Manolo en la vida? ¡Las cañas de los sábados en el barrio! ¡Más que las tutis y más que las partidas de mus!

Carlos mete la quinta y el coche enfila a todo trapo avenida arriba, demasiado deprisa para lo que sería de desear.

-¡Carlos, tío, dónde vas! ¡Controla, coño, que nos vas a matar o vas a matar a alguien!

-Disculpa, Luis… Es que todavía estoy flipando… Aunque, bien visto, no es una mala idea… Desde luego, es lo que más le gustaba a Manolo, eso es verdad.

Y lo dice con la repentina convicción de quien acaba de ver la luz, sin género alguno de duda, tan pancho.

Luis mira a sus dos amigos, les mira y les remira. Pepe tiene aún una expresión febril en el rostro, presa de la reciente emoción, y los ojos bovinos de Carlos muestran una tranquila determinación. Son sentimientos muy distintos, pero los dos indican lo mismo, coinciden en la intención, en el deseo de actuar. Es una rebelión postrera e inútil, una bofetada sin consecuencia alguna en el rostro terrible de la segadora, pero es también un acto de fe, una forma gallarda de reafirmar la supremacía de la vida sobre la muerte.

Luis siente todo aquello en fracciones de segundo, y no le quedan arrestos para negarse a semejante propuesta, por mucho que todo su cuerpo clame por un más que merecido descanso. «Vale, Luisito, cierra la boca que se te va a caer la baba, majo. Tus dos mejores amigos han acertado de pleno, por mucho que te cueste reconocerlo, así que ya sabes lo que hay que hacer, no queda otra. Vamos allá y que salga el sol por Antequera».

Entre bromas y veras, ya están llegando al barrio. A estas alturas de sus particulares singladuras, ninguno de ellos vive allí. La vida les ha trasplantado en diversos lugares de la capital, arrancándoles de las recoletas calles que les vieron crecer mostrando un muy escaso respeto por sus sueños y deseos, como suele hacer la impasible dama. Si por ellos hubiera sido, las aceras y los árboles, las fachadas de suaves tonos pastel y las coquetas portadas de los pequeños comercios familiares, les habrían cobijado durante toda su existencia. Aquel manojo de calles, limpias, casi rancias a fuerza de antiguas, oculta en cada esquina fantasmas amigables, voces del querido pasado, cargadas de una dolorosa nostalgia, tan dulce… Amores y desamores, encuentros furtivos, requiebros y riñas, malas pasadas. Un tapiz tupido y barroco, cuajado de colores vivos aún a despecho del peso espantoso del tiempo transcurrido; el teatro de sus correrías de infancia y juventud, el escenario de sus juergas de madurez, de esas mañanas y de esas noches que ya comienzan a remedar torpemente la poderosa alegría del ayer, mucho más auténtica que la mueca cansada del hoy.

Carlos, el más pausado de los cuatro con mucho, aparca despaciosamente el vehículo, prestando especial atención a no golpear el bordillo de la acera con las llantas. Acabada la maniobra, los tres amigos salen del coche como impulsados por sendos resortes, como venados en berrea, desbocados. Se miran entre sí y sonríen repentinamente, como si esta fuera una mañana de aperitivo más, una de tantas. Pero la espantosa diferencia radica en la urna metálica que ahora Pepe sujeta con cuidado entre sus brazos, la morada última del amigo que ya no está.

– Para empezar, vamos al Castro, ¿no?  -pregunta Carlos, que conoce de sobra la respuesta.

-De cabeza -asiente Pepe, animoso. Luis ni siquiera se molesta en contestar. Endereza en la dirección correcta y abre la puerta del local.

Dentro, Castro, dueño del garito, les mira sombrío, dispuesto a darles el pésame.

– Chicos, lo siento mucho, ya sabéis que…

– ¡Vale, vale, Castrito! Tú siempre has sido un buen colega para nosotros, está claro. Así que vete poniendo cuatro cañitas bien tiradas, y no patines con el aperitivo, ¿vale?

Castro, bigotudo, cetrino, largo como un día sin pan, asiente un tanto sorprendido, pero reacciona como el profesional que es y sirve las cañas con diligencia. Al fin y al cabo, son amigos de hace muchos años, así que ellos sabrán.

-Tres cañitas marchando…

-Te he dicho cuatro, joder, Castro. Somos cuatro, ¿o es que vas a dejar a Manolo sin cerveza?

– Esto… no, no claro, ni de coña…

El camarero ha distinguido a la perfección el brillo febril en los ojos de Pepe y la aquiescencia en el rostro de los otros dos amigos, y como hombre prudente que es, les sigue el juego.

– Y unas bravitas recién hechas…

Con gesto solemne, los tres amigos brindan, entrechocando sus vasos con el de Manolo, que reposa sobre la barra junto a los restos de éste. Brilla la urna bajo las luces del mostrador, como si agradeciera la celebración, y es el amigo ausente quien se manifiesta ante ellos, sonriendo.

-A tu salud, Manolo, querido, donde quiera que estés… – dirige Pepe.

– Seguro que es un buen sitio y seguro que allí está mejor que aquí… -tercia Carlos.

– Bueno, como en casa de uno… Vete poniendo otras cuatro, Castro.

Luis acaba su caña y se bebe la de Manolo de un solo trago, apurándola con la facilidad que da la costumbre. Las bravas también han desaparecido, y la ceremonia vuelve a empezar con idéntico sentido, aunque con distintos gestos y diferentes frases. Todo cambia para que todo siga igual…

Horas más tarde, han visitado los cuatro amigos casi todos los monumentos de la ruta, que diría un castizo; Manolo, por ejemplo, sin ir más lejos.

-Me estoy meando como un caballo…

Carlos está ya algo beodo, e intenta, sin demasiado éxito, tomar el camino del retrete para vaciar su pletórica vejiga.

Pepe, acodado en la barra, mira sin ver su vaso de cerveza, aún lleno. Le está costando trabajo acabar con esta caña, cosa que no es de extrañar en absoluto.

-Pobre Manolo, joder, Luis, pobre Manolo…

Se avecina llorona, claro está. Luis intenta atajar el asunto y a duras penas lo consigue, tirando de la vieja excusa del cigarrito en la puta calle.

-Anda, vamos a echar un truja mientras Carlitos acaba de mear, compañero…

-Venga, vamos… – medio hipa Pepe.

En la calle, la tarde se va adormeciendo con dulzura. Las sombras empiezan a matizar los rincones del barrio, y sus tonos azulados refuerzan la avasalladora melancolía del momento. Olvidados ya los calores del mediodía estival madrileño, las gentes de la vecindad inundan poco a poco las aceras, los parques y los bulevares, en busca del frescor del atardecer, al tiempo que se encienden las farolas. Suenan las hieleras, llenas de mágicas piedras hechas de sueños, y las botellas de alcohol vierten, traicioneras, su elegante veneno en las copas de balón, en los vasos de sidra y en las vidas que se adormecen frente a los mostradores.

Carlos se une a la cosa del fumeque, y los tres amigos observan en silencio las calles que rodean este postrero local. Las cañas que han caído aquí tienen toda la pinta de ser las últimas de la jornada, entre otras cosas porque todos los estómagos humanos  tienen un límite que no conviene rebasar en demasía.

– Bueno, menos mal que no hemos pasado a las copitas… dice Luis, a modo de consuelo.

-Pues sí…

– Por cierto, ¿dónde está Manolo?

Pepe se ha puesto repentinamente pálido ante la magnitud del desastre. No tiene ni puñetera idea de en qué bareto ha podido quedar la urna del fallecido, y el asunto no es baladí. Llevan seis o siete horas bebiendo cerveza como cosacos, borrachos de alcohol y de ayeres, sin parar de recordar, de llorar y de reír. Y, manda cojones, se han olvidado tan ricamente del causante de tamaña celebración, increíble pero cierto.

-Tranquilo, Pepe  -tercia Carlos-  no te preocupes que Manolo siempre ha sabido apañárselas muy bien él solito…

Atravesando el susto, la borrachera y la pena, las carcajadas se abren paso a machete en la noche recién estrenada. Retumban con fuerza por los alrededores y el eco las devuelve, juguetón.

-Joder, Carlitos, qué cosas tienes, tío… Luis se limpia las lágrimas sin dejar de reírse, al igual que Pepe; Carlos contempla con cara de simple, encantado de la vida, a sus dos amigos, feliz por el resultado de la enorme sandez que acaba de proferir. Siempre ha tenido cierta involuntaria facilidad para este tipo de humor, grotesco pero eficaz e ingenioso.

– Pues sí, pero, repito ¿dónde coño está Manolo? ¿Os acordáis de dónde le hemos dejado?

– Juraría que en Casa Lucas… Allí pedimos el chorizo a la sidra que le gustaba tanto, y la urna se manchó un poco de grasa, ¿no? Sí, sí, yo creo que sí…

Enderezan todos a trompicones hacia el local de marras, perdiendo el culo, corriendo a todo correr, mientras se imaginan todo tipo de desgracias. Entran en Casa Lucas y Damián, un camarero peruanito que se llevaba muy bien con Manolo, se agacha y saca del interior de la barra la urna desaparecida.

-Manolo, coño, aquí estás… Pensábamos que no te íbamos a ver más, mira tú por dónde…

Damián les mira alucinado, pero no dice ni mus. Se limita a servir una ronda de cañas que paga la casa, y que todos ellos consumen en completo silencio…

Son las tres de la mañana. Sentados en un banco del parque que adorna el barrio, los tres amigos observan la urna de Manolo, que yace a sus pies, destapada, volcada y vacía. El preciado contenido forma parte ya de la esencia misma de estos pagos, de la tierra de sus parterres cuajados de rosas y de pensamientos. Algún alcorque solitario, de los pocos que no reciben las sucias ofrendas de los perros del barrio, ha tenido también su ración de eternidad, de polvo gris cuidadosamente mezclado con lágrimas y con cariño, con mucho cariño.

-En fin, nunca quiso salir de aquí, creo.

-Sí, no creo que hubiera escogido un sitio mejor que este.

– ¿Y ahora qué hacemos con la urna?

-Vete a la mierda, Carlitos.

– Sí, si, a la puta mierda, corre…

Vuelven las polillas a las farolas, vuelve el aroma de la noche estival. El murmullo de las terrazas, que van cerrando, y el rumor del escaso tráfico, acompañan a la madrugada y a los tres amigos, que se retiran en silencio. Se van disolviendo con lentitud en las amigables tinieblas hasta desaparecer por completo, hasta apagarse bajo el sonriente cielo de Madrid, preñado de estrellas.

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4 comentarios en “Las cenizas de Manolo, y II

  1. Magnífico relato. Divertido, tierno y humano.

    1. Muchas gracias, amigo Eugenio. Celebro que te haya agradado.
      Saludos cordiales.

      1. Un relato brillante

        1. Gracias, Arturo. Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

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