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Leviatán

Autobs_cubanoLa línea del horizonte está incandescente, abrasa las retinas. El amanecer comienza a dejarse ver, agitando su ígnea cabellera en mitad de la estepa castellana. El día va a ser cálido y luminoso, ideal para viajar cómodamente contemplando el paisaje mientras se da rienda suelta a los recuerdos. Se agolpan estos en ruidosa vorágine, cobran una nueva y pavorosa vida al tiempo que Andrés se va acercando al pueblo donde vio la luz.

Salió ayer de La Habana, de ese abigarrado rincón del mundo que ha sido su hogar durante los últimos veinte años. Un oscuro hispano-soviético entre otros, ganándose la vida trabajando para la Revolución. O, al menos, eso le dijeron en su momento. Si, hispano-soviético: así llamaban en Cuba a los niños españoles que la República envió al extranjero, intentando evitarles los horrores de la guerra, y que durante los años sesenta arribaron a la joya del Caribe.

“Lo cierto es que salí de aquí siendo un chavalín. Cinco añitos recién cumplidos, qué barbaridad. Y puedo darme con un canto en los dientes, encima. De no haber sido por los buenos oficios de mis padres, y de su cercanía con ciertas personas, no sé si hubiera podido abandonar el  país”.

Recuerda nuestro hombre una madrugada gélida, un  viento cortante y cruel en el rostro infantil, en un puerto vasco. Le rodean los suyos y otras muchas voces infantiles similares a la suya, gimientes, asustadas. Un revoloteo de paquetes, de maletas, de lágrimas y de besos, de abrazos en los que se pone la vida, le envuelven aquella mañana terrible, azul y lejana, muy lejana. Llora su madre con desgarro y su padre se traga el dolor, apretando los dientes. Jamás volverán a verse, y él lo sabe.

“Vendría después el largo viaje, la travesía. De lo que más me acuerdo es del frío, del frío terrible que lo inundaba todo. Frío por la mañana, por la tarde y por la noche; frío para desayunar, comer y cenar. Y así durante tantos días que perdí completamente la noción del tiempo. Al fin y al cabo, no era más que un pobre crío con los mocos colgando, con más miedo que vergüenza y deseando que su madre le besase y le dijese cosas bonitas”.

Andrés siente de nuevo el zarpazo del frío en la cubierta del barco, que comenzó a olvidar al divisar los gallardetes y la fiesta que les esperaba en el puerto de Leningrado. El niño que era se quedó prendado de los colores, los olores y los sonidos que aquel país extraño y triste ofrecía a los chavalitos que escapaban de la ya casi olvidada España. Y el adulto que es se tapa con la manta, satisfecho, en el asiento del enorme autobús que le lleva hacia su destino, complacido por vencer otra vez al gélido ambiente que durante tanto tiempo le castigó. Años después, en cuanto la situación política lo permitió, abandonó aquel país de hielo para alejarse tanto como pudo de aquellas mañanas espectrales y tristes, cambiando la sombría tundra por los alegres colores caribeños.

“No acababan de creerse, allá en La Habana, que fuera a viajar en guagua desde Madrid hasta mi pueblo. Algún otro avión habrá, me decían, o cógete el tren, que es muy rápido. Y seguramente será así, aunque yo solamente sé de esto de oídas, claro. Siempre procuré estar perfectamente informado sobre todo lo que ocurría aquí, en España, siempre pendiente de los acontecimientos políticos y sociales. Nadie me puso trabas para ello, al contrario.”

“No he podido evitar, por supuesto, el viaje en avión desde allí, aunque no es algo que me agrade. Y ya tuve barco más que suficiente cuando me mandaron a Rusia, qué coño .Y desde Leningrado hasta Asia Central, cuando la retirada, en un tren de ganado, zarrapastroso y sucio. Así que no quiero saber más de aviones, trenes ni barcos. Prefiero la carretera, prefiero el asfalto. Me he ganado la vida honradamente conduciendo una guagua de La Habana a Santa Clara ida y vuelta durante treinta años. Sé lo que es conducir por las carreteras cubanas, sé lo que significa una avería, sé lo que ocurre cuando te llenan el bus de gallinas o de pollos enjaulados. Me gusta la sensación de libertad que da llevar el volante entre las manos, poder parar cuando uno quiere o cuando alguien se lo pide con la debida cortesía. Me gusta saludar a los compadres que suben y bajan todos los días en los mismos pueblos y aldeas; me da seguridad, porque me hace sentirme en casa. Porque no hay guagua que cruce el charco, que, si no, de qué; en una de ellas hasta España…”

Sueña el emigrante con una guagua grande, plateada y de afilado morro, con grandes luces para encontrar el camino a la patria perdida en alta mar, con una potente bocina que sonase en las noches de niebla, mientras el leviatán surca veloz las aguas oscuras en dirección a casa, lleno de alegres viajeros y escoltado por esbeltos delfines… Y sonríe.

“Claro que cualquier parecido entre mi vieja guagua y ésta es pura coincidencia”. Andrés repasa con la vista, por enésima vez, el interior del autobús en el que viaja. Observa los elegantes colores de la tapicería, se fija en los acabados de asientos y ventanillas, mira arrobado la película que un lector de DVD proyecta para los pasajeros. Muchos de ellos se han colocado los auriculares que la compañía facilita a los viajeros y disfrutan tranquilamente de la proyección. La calefacción sopla suavemente y caldea el ambiente lo justo, ni más ni menos.

“Mi negra linda, mi Jana se caía a pedazos, pobrecita”. Nuestro amigo no puede evitar reírse al recordar la pintura saltada en mil sitios, las cerraduras chillonas y el olor a rancio de su querida guagua, con los neumáticos siempre a punto de darle el disgusto definitivo.

 “Y mira que le echaba horas y cariño a la condenada. Venga a reparar, a engrasar y a pulir, pero que si quieres. Cuando no se puede, no se puede, aunque es verdad que nunca me dio un disgusto serio”.

Algún que otro compañero no corrió la misma suerte. Las carreteras en la isla no son gran cosa, ni mucho menos, y ocultan peligros sin cuento: una curva mal peraltada, un carromato inoportuno, un crío que cruza la vía súbitamente… y la cosa puede acabar pero que muy mal para todo el mundo. Darío se estampó contra una palmera barrigona camino de Viñales; Edmundo se cayó por un puente y murieron diez personas cuando viajaban hacia Santiago…

“He tenido suerte o le he echado al asunto más atención y más cariño, no sé yo qué habrá sido. Pero aquí estoy, camino de mi pueblo. No vengo para quedarme, ni mucho menos. Este ya no es mi hogar, por mucho que pudiera dolerme. Mi vida está muy lejos de aquí, porque así son las cosas y así me ha tocado vivirlas. Toda la gente a la que quiero, mi familia y mis amigos, mis compañeros de trabajo, han quedado allá, y esperan mi regreso, y no les voy a defraudar. Pero no quería yo perderme un viaje en una buena guagua como esta, de esas que conocía por los folletos de las agencias de viajes…”

El vehículo reduce su velocidad y nuestro hispano-soviético favorito ve destellar la enorme intermitencia. Se dirigen a un magnífico restaurante que se alza junto a la autovía. Es una construcción de piedra y madera, sobria y elegante, que sin duda acoge a diario a los viajeros que transitan por el oscuro asfalto. Rápidamente, se llena de pasajeros deseosos de refrescarse la garganta, de fumar un cigarrillo o de visitar el baño, pese a que el autobús cuenta con el suyo propio. No sabe Andrés qué le llama más la atención, si las limpias estanterías del local, que ofrecen una gran variedad de productos de la tierra, o la existencia de semejante dispositivo en el interior del bus.

“Qué barbaridad, si no lo veo no lo creo. Había oído hablar de estos servicios, y tenía muchas ganas de ver uno de cerca… y de usarlo”, piensa, satisfecho. A su alrededor, los camareros se mueven con la soltura propia del oficio cuando es más que conocido, y atienden diligentemente los pedidos de los viajeros. Al fin y al cabo, la parada dura muy pocos minutos y hay que rentabilizarla.

“Allá en Cuba solamente paraban en algunos bohíos los autobuses de turistas, y de eso no hace tanto. Para el resto, para nosotros los cubanos de a pie, tocaba pararse en el arcén para comprar algo de queso, maíz o batatas, todo lo más. Y antes tenías que ingeniártelas para no llevarte por delante al guajiro, que se te echaba prácticamente encima con las manos llenas de su mercancía…”

Vuelta al camino. El bus devora kilómetros incansable. Sus retrovisores exteriores captan la brillante luz del sol como las grandes antenas de un enorme insecto blanco, azul y negro, y sus faros horadan el aire limpio con su luminoso escudriñar. Busca nuestro hombre, inútilmente, el asiento plegable del acompañante del conductor: ni rastro, claro está. El auriga de la poderosa máquina que lleva a Andrés hacia su destino está casi encerrado entre limpios cristales, sentado en un cómodo butacón. Maneja el volante con suavidad mientras observa la multitud de luces del salpicadero y del cuadro de mando, que le informan continuamente sobre el estado de la bestia que tan gallardamente cabalga.

“Esa palanca tan chiquita debe ser la caja de cambios”, observa el viajero. “Lo mismo que la de mi Jana, igualita. Casi medio metro de acero soviético, que había que mover con un par, mientras pisabas el embrague con todas tus ganas, carajo. Si no, no engranabas las marchas ni a tres tirones. Y el volante… madre mía, si te dejabas los riñones en cada curva, a poco que tuvieras que maniobrar… Será magnífico conducir una guagua como esta. Si no fuera por lo que es, le pediría al compañero que me dejase manejar un ratejo…”

Mientras Andrés continúa engolfado en sus recuerdos, mientras camina con suavidad por el umbrío zaguán de su memoria, el paisaje a su alrededor comienza a cambiar. La dura estepa castellana, los trigales y los girasoles, van dejando lugar a las mejores galas del verde, que va invadiéndolo todo con alegría. La tierra se eleva poco a poco para formar colinas redondeadas que se transformarán casi de súbito en sierras escarpadas, y el agua, que discurre por multitud de pequeños cauces entre praderas, fecunda estos parajes magníficos en los que pasta el ganado.

Algo capta nuestro amigo por el rabillo del ojo. Algún retazo de terruño grabado en su mente coincide con lo que la vista acaba de captar y llama su atención. “¡Carajo, si ya estamos llegando! ¿Será posible que recuerde algo de todo esto, con lo niño que salí de aquí? Pues sí, pues sí, qué maravilla… Allí estaba el aprisco del tío Luciano, y en aquel pequeño valle… Dios mío, es todo un bosque; si casi ni se ve la finca de Joseba, el hijo de la tía Arantxa…”

Una deliciosa fragancia a sal, a algas y a espuma invade el aire; Andrés incluso cree oír a lo lejos  la conversación inagotable y solemne entre las olas y la arena de la playa, murmurando su eterno son de mar. Y es entonces cuando no puede más, cuando la emoción que le sube desde las entrañas le embarga y le zarandea como a un pelele. Arrasados los ojos en lágrimas, no sabe si está riendo o está llorando, pero percibe a la perfección el abrazo fuerte y sincero que su cuna le ofrece: su tierra jamás ha dejado de añorarle, de llamarle en la distancia con suave voz de mujer, por mucho que él haya tardado en contestar a su lamento marinero.

El autobús ya está entrando en el corazón del pueblo, dirigiéndose lentamente hacia su plaza, hacia su parada. Viejas fachadas comidas por la sal; construcciones más modernas y  menos señoriales pintadas en alegres colores; todo es nuevo a los ojos de nuestro hombre, y antiguo a la vez; conoce todo, recuerda todo, incluso lo que no llegó a contemplar; tan poderoso es el bello canto, sereno y limpio, que emana de la patria chica..

Ya detenida, la guagua exhala algo así como su último aliento, y sus puertas se abren silenciosa y lentamente. Caladas las gafas de sol, el pelo casi blanco del todo, Andrés pisa, por última vez en su ya larga vida, el rincón del mundo donde su madre le dio el ser. En la mano, un par de periódicos sobados, ya leídos una y cien veces, extinguida, por tanto, su gracia y su razón de ser. El vientre de la bestia se abre con suavidad, mostrando a los pasajeros las entrañas repletas de equipajes de todos los tamaños y colores; el conductor, cortés, va despidiendo a los viajeros al tiempo que observa de cerca la retirada de las maletas, por si fuera necesario ayudar o poner orden.

Ahora sí, Andrés oye de lejos, pero con nitidez, el trasiego del cercano puerto. Las sirenas de los barcos que llegan y que parten se entrecruzan en una alegre algarabía, aderezada con el impertinente griterío de las gaviotas, astutas y crueles. Con su ajada valija en la mano, el emigrante contempla el panorama procurando llenarse los ojos con él. Echa a andar, sin prisa alguna, como si no creyera aún que está pisando suelo español. Siguiendo el ritmo emocionado de su corazón, endereza hacia el dédalo de callejuelas que desembocan en el puerto y se confunde con el gentío que alborota bullicioso por los alrededores. Ya no es hispano-soviético; en realidad, nunca lo ha sido. Y él lo sabe. Y su patria, también.

A su espalda, arranca el potente motor del bus. Nuevamente a los mandos, el conductor inicia la maniobra para abandonar la pequeña dársena y volver a galopar sobre el duro asfalto. Puede nevar, tronar o abrasar el sol; las negras arterias del país necesitan sentir, de continuo, el pulso poderoso de la vida, de las vidas que las recorren, imparables y ajenas, a bordo del leviatán.

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