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Luna de agosto

702598angeles_goticos_008Qué hermosa noche la de hoy. El día ha sido largo y ha transcurrido con sospechosa placidez, hasta que una pareja de viejos amigos ha tenido la gentileza de llamarme, sacándome de mi retiro casi  habitual, para invitarme a tomar una copa de delicioso Malta al atardecer. Tras degustarla en un agradable y fresco jardín, acomodados en sillones de recia teca, hemos pasado por lo de Carmela para cenar, rematando la faena con bourbon seco y más Malta, de nuevo en su casa. Ya estaba, cómo no, lanzado, encantado de y con la vida y deseoso de muchas cosas más, pero el desastroso estado de mis finanzas, desgraciadamente endémico, me ha llevado inexorablemente hacia mi casa.

El día de hoy era emblemático para mí. Estamos a siete de agosto, de modo que se ha cumplido un año desde que me deshice del molesto huésped que quiso taimadamente acabar con mi historia sobre la tierra. Me hubiera gustado celebrarlo más a lo grande y con más personas, pero el plan tampoco era para desdeñarlo, con franqueza, y con agradecimiento a mis queridos amigos y a la vida, que ha tenido a bien conducirme hasta aquí sano y salvo.

Volviendo a casa, me he sorprendido a mí mismo admirando embobado, como tantas otras noches, la arrobadora belleza del entorno. Un silencio espectral, lleno de serenidad, actúa como un suave lienzo para las sonoras pinceladas de los escasos grillos que intentan, en eterna condena, hipnotizar a la luna con su monótono sonsonete. La reina de la noche, casi llena, bendice el sueño de cielo y tierra, el descanso de los hombres,  con una luz purísima, brillante a fuerza de plateada, romántica y limpia. Los pinos, extrañamente inmóviles por una vez, no susurran hoy sus viejas cuitas, limitándose a contemplar atentos la bellísima trama de cuanto a su alrededor acontece, como si no quisieran perder detalle de la misma.

Hace un par de años tan sólo, fumador empedernido, no hubiera podido sustraerme a la tentación de disfrutar un par de cigarrillos bajo esta poderosa luz, cargada de misterio y de pureza, tan antigua como el mundo. Aún sin la concentración que me proporcionaba el tabaco, hechizándome con las evanescentes figuras que el humo produce, conozco pocas sensaciones tan placenteras como dejarse ir con los ojos cerrados, divagando entre tus espectros más familiares y queridos, entre tus sueños y tus deseos más salvajes, bajo el mágico influjo de estos raros momentos de auténtica paz. Algún perro inoportuno o el paso de un tren nocherniego interrumpen el inapreciable ensueño que me transporta lejos, terriblemente lejos en el tiempo, cobijado bajo sus níveas alas. Contemplo, desde una altura pavorosa, el incesante azacaneo de mi vida bajo las estrellas, mis vueltas y revueltas, mis amores, mis desamores, mi historia toda. Observo todo este friso que compone mi particular singladura agarrado con fuerza a los brazos de mi tumbona favorita, como un impasible espectador de mi propia peripecia, con la que mantengo las distancias tratando así de conservar la objetividad. Acabo por decidir, influido quizá por la sobrecogedora belleza de esta noche, que soy un hombre afortunado. Mi vida ha sido hasta este momento larga y plena, fecunda en experiencias de todos los calibres, amargas algunas, espantosas otras, y dulces las más de ellas.

Y en medio de tales devaneos me hallo cuando me doy cuenta, con brutal certeza, de que siento la dolorosa urgencia de hacerte el amor con desesperación, con saña; de cabalgarte asido a tu cintura hasta el fin de los días bajo este silencioso palio de plata bruñida, tan cierto como la pesadilla de un niño, tan lleno de esperanza como la plegaria de una virgen. Se me sigue alborotando el pecho al pensar en ti, al conjurar tu imagen. Giras y giras en mi imaginación y me transportas en el hueco de tus manos, hasta algún rincón desconocido de la memoria, hasta una tierra abrasada por la fiebre, por mi fiebre y por la tuya. De noche, estoy seguro de que serás mía, de que me amarás siquiera sea hasta que rompa el alba, pero las primeras luces del día me arrebatan esa seguridad y te agigantan ante mis ojos, convirtiendo la empresa de seducirte en algo titánico, inasequible para un doliente mortal como yo. Te yergues ante mi amenazadora y terrible como una doncella guerrera…

Supongo que será una sensación pasajera, un devorador deseo que se irá apagando con el correr de los días al no verse satisfecho. Poco a poco, perderá sus espléndidos colores y se desvanecerá como se desvanece una cortina de niebla vespertina, como una gavilla de sombras. Ocupará su lugar en el anaquel de las cosas que pudieron ser, ya tan tristemente poblado. Con seguridad, revivirá y se agitará de nuevo intentando escapar de su cautiverio para poder seguir arañando la corteza de mi corazón, los ribetes de mi alma,  con cierta periodicidad, muy de vez en cuando, cada vez que te vuelva a ver. Quizá sea mejor así, mi encantadora morena. Puede que sea más conveniente, más prudente,  tascarles el freno a los rojos corceles de mi ciego deseo por ti hasta que amanezca, si es que tal momento llega, el día en que yo aprenda a distinguir entre las diferentes pasiones que aderezan mi vida con su tumulto, hasta que llegue la hora en que me pueda deshacer del temor para echarme en brazos de la fantasía sin que me asusten en exceso las consecuencias de mis actos, sin que me corroa la duda, sin que me asalte el cruel demonio del remordimiento.

El tiempo corre; me desgasta en medio de un atronador silencio; aventa las cenizas de mis ensoñaciones bajo esta poderosa luna de agosto. Mientras, ¿qué estarás haciendo tú? Conveniencia, prudencia, qué tremendas palabras…

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