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Eternamente rubia

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Para mi amigo Alfonso Truchuelo Cruz. Un abrazo fuerte, monstruo, y que cumplas muchos más…

Acabo de repasar las fotografías de la última sesión que ofreciste en vida. Por uno de esos azares del FB, y por puñetera casualidad, vuelvo a contemplar las imágenes que más me enamoraron de ti, querida. Tu amigo George Barris las tomó en la playa de Santa Monica (California, EE.UU) el 13 de julio de 1962. Y dice la leyenda  -todo respecto a ti lo es, incluso los fríos hechos consumados-  que tres semanas más tarde tus treinta y seis preciosos abriles se apagarían para siempre.

Debo confesarte que siento un cierto vértigo al escribir sobre ti, rubia. Entre otras cosas, y en honor a la verdad, me parece imprescindible para acometer semejante tarea con una lejana garantía de éxito,  poder fumar, fumar tanto y tan bien  como Bogart,  o como quien tú quieras, y utilizar para estampar mis pensamientos sobre el papel una hermosa y negra Underwood, llena de serigrafías doradas, como la que usaban  mi abuelo para sus cosas y Walter Mattau para las suyas en «Primera plana». Bueno, mi abuelo era un cachondo y un hombre honesto, pero nunca llegó a ser actor; eso sí, le ofrecieron alguna que otra vez pruebas de cámara, pero se negó siempre, tímido él. Era una de esas ruidosas y entrañables maravillas  -la máquina, no mi abuelo-  a las que siempre les fallaba la letra e, que destrozaban una cinta pringosa cada poco, que resistían tozudas mis asaltos a base de dos dedos no excesivamente veloces, aunque ilusionados.

Pero ya no fumo, por prescripción facultativa y por gilipollas, y la Underwood de mi abuelo reposa, absolutamente inútil, en el cuarto de mi hermano, que es su castillo, así que resulta del todo impensable ponerme en plan Arthur Miller para expresar lo que hoy siento por ti, que sería lo suyo. Habrás de perdonarme la imprudencia temeraria con infracción de reglamento, porque es lo que hay. De cualquier manera, siempre estarías a tiempo, con un mohín de tus labios perfectos, de disuadirme de la empresa a la que me enfrento, orden que yo acataría como el más abyecto de tus esclavos, claro, que eso del sadomaso se llevaba y se lleva, y además viste mucho, sobre todo de cuero. Las reales hembras están para algo, qué coño. Pisa mi corazón, que ya está maduro, que decía el otro.

Y fíjate que hoy me atrae de ti un aspecto que creo poco conocido en tu figura. Llenas hasta el paroxismo  las soberbias fotografías de Barry con esa mezcla indefinible y única de tristeza tardía, de falsa vulnerabilidad,  de morbo maduro y reventón y de sexo puro y duro, apetecible y lujurioso como muy pocos, que hoy día capto con toda la fuerza que emanas, cosas de la edad. Sí, todos conocemos las instantáneas de tus pelis, tus faldas revoloteando a tu alrededor y tus breves sandalias de tacón, pero ninguna de esas fotos es comparable a las que hoy revisito, con tantísima nostalgia de ti. Por cierto, mis feivuraits (o sea, prefes) son aquellas en las que llevas una rebeca  -más cine-  de esas que estuvieron tan de moda,  de lana blanca con adornos negros,  punto muy grueso y cinturón. Lógico; yo tuve una  chaqueta igual -miento, otra vez mi hermano-  que también utilicé arteramente para tapar los hombros desvalidos de alguna que otra ninfa, aunque en aquellas ocasiones no andaba pensando en ti. El viento marino te azota y te agita la rubia melena, besándote con más limpieza que ninguno de tus fracasados amores, y tú sonríes satisfecha, hembra preciosa en sazón que desborda el objetivo de la cámara, tan linda.

 Pero lo que hoy llama poderosamente mi atención son una serie de frases y de pensamientos atribuidos a tu caletre,  que llevan una temporada circulando como novedades por esa inmensa telaraña  de mentiras amables y de estúpida, insípida crueldad, que conocemos como feisbuc. Quiero aceptar que son tuyos, porque siempre he pensado que habría que hacerte justicia tarde o temprano. Me resultan profundamente llamativos porque te retratan, siquiera sea por encima, como ente pensante de cierto calado, además de ser la rubia más explosiva que los tiempos han visto, con permiso de Mae West. Se te queda así estrecho el papelito tontorrón, aunque sexy, de «happy birthday, mister President», con aquel taciturno estudiante de Harvard enfermo de la espalda que se volvería loco por ti; destrozas las fotos chorras y la filosofía imbécil y simplona del tonto del culo de Warhol y de sus putas sopas Campbell con tu sola sonrisa; te revelas, en suma, como una mujer más cierta que lo que nos quisieron vender, o que lo que nos vendiste, reguapa, asomándote muy por encima de tu imposible escote.

Siempre te hiciste pasar por tolay, me malicio. No me voy a liar aquí a colocar las citas tuyas de las que hablo entre comillas ni nada por el estilo, de todas formas. Estoy seguro de que tu inmensa legión de seguidores ya ha buceado en las tripas de la red de redes para localizar esos destellos de tu indudable personalidad, de manera que me ahorro esa aburrida tarea. Lo que sí quiero que te quede muy claro, reina mora, es que al final creo haber conseguido, siquiera sea para personal consumo, adentrarme un poco más en tu vida, en los vericuetos un tanto retorcidos que dirigieron tu viaje personal sobre la Tierra. Extraigo como triste corolario que nunca llegamos a prestarte la atención que demandabas, deslumbrados por ese sexo húmedo y enloquecedor que jamás aprendiste a controlar. Dejando aparte tus fantasmas infantiles, si nos hubiéramos mirado más en el fondo de tus ojos que en el forro de tu falda, muy posiblemente nos hubieras alegrado las masculinas pajarillas muchos años más. Pero disimulabas tan divinamente  tus necesidades que…

Hiciste polvo a Sinatra y a un billón de dolientes mortales con tu muerte, y dejaste un  gran enigma sin resolver. Por cierto, quiero que te conste que ya me importa tres cojones quién mató a JFK; me preocupa mucho más tu sórdida partida desde este mundo al otro, qué carajo, así que agradecería mucho que alguien rompiera el espeso velo que rodea tu secreto postrero. Bah, nos quedaremos con las ganas, para variar.

En fin, guapa, son las cuatro de la mañana pasadas, y hay que dormir. Me ha gustado mucho charlar contigo, porque aunque parezca que no te has molestado en contestarme, tú y yo sabemos que eso no es verdad, ni mucho menos. Te deseo un sueño tan dulce como la sombra de tus pestañas, y te rogaría que saludases a Bogart y le dieras, igualmente de mi parte, un besazo de tornillo a la Flaca, porque casi la quiero más que a ti, ya me disculparás. Ella, todo ojazos de gacela,  también sabe quién soy; nos hemos timado descaradamente infinidad de veces cuando su marido no miraba.

Fácil; siempre andaba fumando, el jodío.

Nota al pie: La casa de subastas londinense Bloomsbury ha vendido ocho de estas fotos el  4 de junio de 2015. Deberían haber formado parte de la autobiografía de la actriz, titulada “Marilyn: Her Life In Her Own Words“ , que el fotógrafo decidió no publicar tras la muerte de la estrella. Descansa por siempre en paz, preciosa, y muchas gracias.

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