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Rumor de floretes (Fantasmas del Paraíso, VI)

passion-56007«Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿qué valdría la vida»

Jacinto Benavente, «Pasión»

«Delante de  mi marido te digo que a ver cuándo me llevas a pasar la noche en ese hotel que tanto nos gusta a ti y a mí.» «Delante de tu marido te digo que cuando tú quieras, querida, sin más explicaciones.» Y efectivamente, tu marido estaba allí, aunque ajeno por completo a la peligrosa demostración de esgrima a la que tú y yo nos entregábamos con tanto descaro como nos era posible, absolutamente embelesados por la intensidad del momento, disfrutando de una sensual y grata sensación de  intimidad entre tanta gente.

Luché por sujetar mis manos, por mantener la distancia entre tu boca y la mía, por poner coto a los desmanes que se me agolpaban en la lengua, presta a decirte lo que ansiabas escuchar, a susurrar en tu oído dulces requiebros. Gata de pelo oscuro, pagada de ti misma, tú me regalabas sutiles arrumacos de mujer envueltos en tu ronca voz, suaves ondulaciones de tu pecho y tus caderas, lejos de la vista del mundo y de sus habitantes, ajenos ambos a todo lo que no fuera nuestro particular choque de afilados aceros. Buscábamos herir placenteramente al adversario, hacerle desangrarse lánguida, lentamente, obligándole a someterse sin redención posible a las tiernas exigencias del contrario, espadachín tirano y amoroso.

Los seres humanos perseguimos el peligro con pasión desde el mismo momento en que nacemos, y al madurar, a algunos se nos acentúa esa arriesgada atracción por el abismo, eternos piratas de nosotros mismos,  mientras que otros la olvidan por completo. Sabido es que el placer del juego, de la seducción, de la conquista, es tan fuerte o más que el de la propia consumación: miradas que se cruzan con mensajes tan privados como pueden serlo; gestos del cuerpo, de las manos, que contienen una carga erótica difícil de disimular; escalofríos de anticipado placer que recorren las vértebras, haciéndolas reverberar, ahítas de adrenalina. Desde la noche que te conocí, y pese a mi natural torpeza de varón en estas lides, capté perfectamente el interés que sentías por mí. Tu melena se agitaba al escucharme y tus ojos bailaban, llenos de luz, mientras íbamos desgranando frenéticamente una conversación sin excesivo sentido, sin mucho interés, tú pensando en mí y yo en ti, ciñéndonos cada vez con más atrevimiento al asunto que ocupaba nuestras mentes pero sin osar hacer mención del mismo: ahí radica gran parte del placer de esos primeros momentos, en los que el ingenio y la gallardía son tan excitantes o más que el puro deseo sexual. Nos acercábamos a hurtadillas a la temida idea, a la frase más que clara, buscando en el rostro del otro el menor síntoma de complicidad, de comprensión, prolongando así el placentero juego. Provocar tu risa  -mejor, tu sonrisa-  , sorprenderte con una rápida finta que acabe rozando el borde de tu boca, el calor de tus senos, es una magnífica recompensa para mi orgullo de macho alfa, para mi sed de ti.

Y comprobar que ese deseo es correspondido se traduce en un potente afrodisíaco, que hay que luchar por controlar para no incurrir en situaciones excesivamente claras con demasiada rapidez. Comienzan a desdibujarse los contornos de la responsabilidad de cada cual, de las promesas y de los compromisos de cada uno, y es tremendamente fácil dejarse llevar por semejante embriaguez, ponerse el mundo por montera y deslizarse con loca alegría,  lleno de vértigo,  por un tobogán lúbrico y sonriente que siempre acaba en el mismo sitio, en ese centro del universo que es el cálido vientre de una mujer hermosa, puerto infinito de aguas oscuras. La pasión es un poderoso narcótico que envenena y engaña con voz de sirena, que nos permite posponer el asedio del remordimiento, aún a sabiendas de que éste llegará en uno u otro momento; es un tóxico maravilloso, que impone su irrefrenable ley, su fuerza telúrica, su afán genesíaco.

Pese a todo ello, en el fondo creo que tú y yo somos unos flojos; o quizá sea mea culpa solamente. Es posible que la edad y las circunstancias me hayan restado fuelle  -no es tu caso; te aventajo en trece años-  pero lo cierto y verdad es que tú tampoco has echado un cuarto a espadas. A ambos nos ha asustado el calibre de la aventura a la que nos enfrentábamos, el enorme peso de nuestros cuerpos entrelazados y cubiertos de sudor, la visión inevitable de los rostros de nuestras parejas, el peligro inminente, letal y siempre presente, de que lo que empieza como una borrachera de deseo, como una danza de sexos,  se convierta, por mor de una irónica pirueta del destino, en algo mucho más perjudicial y autodestructivo, en una relación con vocación de trascendencia, en la tumba iridiscente de nuestras vidas anteriores, rasgadas por la divina ceguera que el placer provoca. Habríamos sembrado tu camino y el mío de ilusiones rotas, de tiernos cadáveres mecidos por una negra brisa, y el llanto de tus pequeños hubiera retumbado en tus sienes con la fuerza de mil huracanes, guiándote lejos de mí, apartándote de una nueva senda vital conquistada a sangre y a fuego.

Por eso, y por alguna que otra fruslería más, no sabemos nada el uno del otro desde hace un año largo, aunque yo tengo claro cómo dar contigo y tú cómo dar conmigo. Por eso, por una comprensible  -e imperdonable-   falta de arrojo y de valentía, todo quedó en unas cuantas caricias furtivas  que ya acumulan, tristes, el polvo del olvido, mientras se van ajando como flores que nunca llegaron a ser. Quizá peque de arrogante, pero tengo la sensación de que tú también piensas en mí, aunque cultives la natural precaución que te asalta cuando aparezco en tu mente, disfrazándola de una conveniente pereza  a la hora de volver a contactar conmigo. Se alzó entre nosotros, al final, el deseo de tranquilidad y el miedo a las complicaciones vitales, los antídotos más eficaces contra la sed de vivir peligrosamente.

Pero quedan pendientes algunos asaltos más entre tú y yo, lo sabes, lo percibes cuando te miras al espejo, cuando amaneces un día más sin el sosiego del sexo satisfecho. Eres mucha mujer para tan poco hombre como te ha tocado en suerte, y nos debemos aún un cierto entrechocar de floretes; ambos estamos deseando asomarnos nuevamente al abismo de los amores prohibidos, sentir abrazados la conmoción maravillosa y el rugir de la sangre, el delirio orgiástico que preludia la liberación total de los sentidos, porque no sabemos si seremos capaces de dar el paso definitivo, aparcando aunque solamente sea por una noche todas las convenciones y temores para dar rienda suelta al fuego que nos abrasa el alma, así llegue el fin de los días.

Mientras, agazapado y satisfecho como un tigre viejo, espero y disfruto de la bonanza de mi vida. Procuro vivir todos y cada uno de los instantes preciosos que mis particulares andanzas me regalan, arrojando la objetividad tan lejos de mí como me es posible, y recordando, con la adecuada frecuencia, unos labios febriles y mis manos en tus caderas. Como ves, linda morena, no pierdo la esperanza de arrancarte un día la ropa en ese hotel que nos gusta tanto, asumiendo de antemano el precio a pagar por tan magnífico privilegio, por tan inolvidable momento.

Al final, el ansia por celebrar el sacrificio definitivo en el altar de tu sexo acabará barriendo la razón, todas las razones. Después, el diluvio.

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