Publicado el 2 comentarios

Azul, plata, rojo (Fantasmas del Paraíso, II)

«Por tu pie, la blancura más bailable…» Miguel Hernández

Una luna llena perfecta, redonda y plena, ilumina con su fría luz los alrededores. Está rielando sobre el agua susurrante que me rodea, azul, limpia, fragante. Me encuentro apoyado sobre el borde de granito que delimita la piscina, con la espalda contra la piedra, como si no tuviera escapatoria posible. El agua, tratada con mimo y dedicación, me llega hasta los hombros y me acaricia suavemente, en esa noche de agosto que parece no tener fin, desde el mismo momento en que me has dicho que sí. A dos metros de mí, un elegante pie de mujer, con sus uñas pintadas de un excitante color rojo, rompe con suavidad la callada superficie del agua. Las ondas rompen contra mi pecho, heraldos de delicias por llegar, mensajeros de placeres sin cuento.

Al pie le sigue una pierna de similar belleza, y el agua se abre para recibir un cuerpo moreno y esbelto que me quita el sueño hace ya varios días. Diríase una gran carroza, un deportivo de muy alta gama; tal es la limpieza de líneas, la calidez del conjunto, la epatante sensación que recrea los sentidos todos, que los embota y satura. Sobre el agua, y acercándose muy lentamente, disfrutando la situación, dos hermosos ojos verdes se aproximan, como dos focos inmensos, como propios de un caimán cruel, de piel tersa y aterciopelada, dispuesto a destrozarme entre sus mandíbulas, a arrastrarme hacia la insondable profundidad de su deseo, para devorarme poco a poco, sin prisas, gozando con mi dolor, saboreando mi sangre y mis entrañas. Pero no soy yo hombre que se arredre; avanzo, febril, jadeante, venciendo la tenaz resistencia del agua, buscando desesperadamente el abrazo, el contacto, el maravilloso calor del encuentro. No soy, en esos momentos, más que un manojo de sensaciones, un montón de nervios desatados a flor de piel. Pero acepto el desafío y me adelanto, como Aquiles en Troya, conociendo el final, a pecho descubierto, ansioso por abrazar mi propia gloria aún a costa de la propia vida. Y, al alcanzarte, ya no hay más que agua azul, limpia, fragante, primigenia, que envuelve dos cuerpos en celo, enfebrecidos, perdidos en su propia eternidad. Tus piernas me rodean, me oprimen, me ahogan en un divino delirio; tu cuerpo maravilloso se curva bajo mis acometidas, desafiándome sin cesar.

La luna estalla en miles de pedazos mientras el agua, siempre susurrante, vuelve poco a poco a su sitio, imponiendo cordura. Durante toda la noche, ni siquiera se ha movido una hoja. Ni la más mínima muestra de céfiro ha alterado el sortilegio magnífico del momento que acabamos de vivir. Por más que lo intento, solamente oigo rumor de ángeles, besos húmedos y suaves, gemidos tan tiernos y dulces … Salimos del agua muy despacio, como si no quisiéramos abandonar el líquido amniótico que nos ha acunado, cómplice, amigo, protector. Te seco con delicadeza, besando sin prisa cada centímetro de tu piel perfumada, morena y tan mía…

La aurora de rosáceos dedos, en palabras del ilustre orate, nos da el primer aviso. Muy a pesar nuestro, apretamos el paso. El amanecer nos encuentra a ti en tu cama y a mí en la mía, como debe de ser. El imbécil de tu marido no es muy comprensivo con lo nuestro, de modo que es mejor no dar cuartos al pregonero. Ignoro si descansas algo, si el sueño bendice tus ojos; yo me agito, en la soledad de mi lecho, como un alma en pena; no puedo olvidar los colores, los olores y, sobre todo los sabores que colman mi boca, enloqueciéndome de deseo. Me duermo, finalmente, y sueño un sueño sin sueños, liberado por unas horas de tu hechizo. Aún nos quedaban dos o tres encuentros fugaces, furtivos, magníficos, protegidos por la risueña noche. Pero, como de tácito común acuerdo, lo nuestro empezó a mustiarse. Se espaciaron las llamadas, se enfrió la pasión. Como sin quererlo, el olvido se abrió hueco a codazos entre nosotros, ayudado quizá por la pena que ambos sentíamos -buena gente, al fin- por el imbécil de tu marido. Creo que ahora tienes dos hijos, que eres el ama de casa perfecta, y que te cuesta trabajo pulirte la pasta que gana tu chico. De corazón, me alegro, mi precioso duende; celebro que todo te vaya muy bien. Pero ni todo el olvido que nos separa, ni todo el dinero de tu marido, ni los abrazos de tus hijos -créeme ni siquiera ellos- serán capaces de arrebatarnos o de hacernos olvidar aquella noche irrepetible bajo las estrellas, envueltos tú y yo en luz de luna y agua azul, dulce y misteriosa, plena de rojos destellos.pies-femeninos-en-piscina-20550253

Publicado el 2 comentarios

Fantasmas del Paraíso

angel-luna

“Regocijaos, oh jóvenes,en vuestra juventud…”

Eclesiastés

Pobláis la foresta de mis recuerdos como una tribu de mágicas amazonas, siempre dispuestas a manifestarse a la menor oportunidad, a arrancarme el alma a base de nostalgia, con ese dolor profundo y terrible que causa el certero conocimiento de que aquellos tiempos de ensueño ya no volverán jamás. Puedo ver todos vuestros rostros con cristalina claridad, mientras danzáis, hermosas y crueles, en la difusa frontera que separa, cada vez con mayor frecuencia, la realidad de la fantasía, lo vivido de lo soñado.

Os amé a todas, pero no todas me correspondisteis, no todas quisisteis compartir mi mundo, ni aceptar lo que os podía ofrecer, lo que os quería regalar. Pero, aun así, a ninguna guardo rencor: entre todas, me ayudasteis a hacerme hombre, me mostrasteis el camino a seguir, no siempre recto y claro, no siempre alfombrado con flores. Al calor de vuestros senos, aprendí a sentir la inmensa alegría de vivir, a disfrutar del magnífico latido de la vida, mientras iba recorriendo los arcanos senderos del amor, siempre iguales y siempre distintos, llenos de escurridizos diosecillos sonrientes y de afilados dientes de acero, que contemplaban mis progresos con mirada atenta y vigilante, prestos a utilizar su aterrador poder.

Por todo ello, he decidido, arrastrado por la fuerza tremenda que aun hoy ejercéis sobre mi vida, hablar de vosotras y de mi sin demasiados tapujos, con total sinceridad. No citaré nombres, como veréis, ni todas vosotras saldréis a relucir, por diversos motivos, aunque está más que claro que hay un lugar en mi alma para cada miembro de esta sensual tribu. Si tuviera que hablar sobre todos y cada uno de los hermosos ojos que llegaron a vencerme en alguna ocasión, que me capturaron en su hechizo, creo que no acabaría nunca: aunque nocherniego y algo taciturno, mi corazón jamás ha conocido ni el reposo ni el cansancio en lo que a semejantes lides se refiere.

Así pues, fantasmas del paraíso, fugaces damas aladas, jirones de hermosa niebla blanca y luminosa que me dais la vida, yo os invoco: venid una vez más a mí, prestadme vuestro poder y dotadme con el agridulce don del recuerdo; permitidme que os rescate del cruel olvido para que podáis lucir, una vez más, vuestras mejores galas ante mis ojos enamorados. Que brille vuestro antiguo esplendor, que reluzcan las diademas de vuestras frentes: bailad una vez más para mi, os lo ruego. Quizá así pueda romper el implacable sortilegio que me ata a vosotras, quizá así afloje la presa mortal que me impide olvidaros…