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Tras los visillos (Fantasmas del Paraíso, III)

Ayer, durante uno de mis interminables paseos, reparé repentinamente en la presencia de aquella casa. Desde luego, el mero hecho de fijarme en su mole no tenía importancia alguna, puesto que paso junto a ella todos los días, dado lo repetitivo del recorrido que suelo describir. Sin lugar a dudas, sería la vergüenza de cualquier caminante que se precie, pero es lo que hay: me vale para fortalecer mis tristes piernas, y eso, de momento, es más que suficiente. Me ayuda, además, a concentrar mis pensamientos, a enfocar todo el poder de la mente consciente en muy diversas meditaciones sobre cómo ha transcurrido mi vida. Aun así, inesperadamente, el recuerdo me asaltó con la fiereza y la rapidez de un depredador, y me detuvo en seco, me obligó a pararme sobre mis pasos. Tras aquella ventana, en la oscura tibieza de aquella habitación, cuyo mobiliario puedo  recordar no sin cierto esfuerzo, disfruté por primera vez de los pechos de una mujer. Aunque me juré a mí mismo recordar perfectamente la fecha en cuestión, hoy día sólo puedo asegurar que corría el mes de agosto de 1975.

Durante aquel caluroso verano, y mientras nuestros mayores se preocupaban por la ya precaria salud del dictador, que presumían corría pareja al problemático futuro de nuestro país, yo tenía la mente puesta donde casi siempre la he centrado: en las mujeres, en esa eterna fuente de disgustos, de placeres y momentos maravillosos que siempre he tenido a bien adorar. En aquellos días que ya comienzan a azulear en la distancia, me tenía sorbido el seso concretamente una mocita que conocí en el barrio de la estación, y que me atrapó a las primeras de cambio gracias al brillo felino de sus ojos verdes.

Así, mientras el hombre que había regido los destinos de nuestro país con mano férrea y cruel durante cuarenta años se internaba irremisiblemente por su último y largo viaje, camino de la agonía y de la muerte, yo no escuchaba otra voz que no fuera la del torrente de hormonas que galopaba desbocado por mi sangre, urgiéndome a que te requiriera de amores cada vez con mayor insistencia, amiga mía.

No sé si nos pusimos previamente de acuerdo, no sé si sería fruto de nuestro creciente y mutuo deseo, pero, aquella tarde, tras el festín habitual de besos y caricias, y al tiempo que Carlitos Santana sonaba en el estéreo, nos decidimos por fin. Tomados de la mano, y temblando como azogados, nos dirigimos hacia el dormitorio que arroparía nuestro mutuo descubrimiento carnal. Sólo recuerdo una media oscuridad, un pequeño chorro de luz que entraba por la ventana  y se filtraba a través de los visillos, suficiente para vislumbrar el tesoro que yo ansiaba poseer. Te desnudaste con rapidez y yo hice lo propio, espoleado por un tremendo golpe de adrenalina que sentía perfectamente palpitar en mis sienes. Después, el delirio. Acariciar y besar aquella redonda calidez, contemplar detenidamente aquellos pezones oscuros y grandes, como de barro cocido,  aquel manjar divino que con tanto amor me ofrecías, fue  -y sigue siéndolo-  uno de los mejores momentos de mi vida, un recuerdo imborrable, un retumbar de alas de mariposa que perecerá conmigo, amada mía, envuelto por la hermosa sonrisa que se dibujaba en tu boca en aquellos instantes.

Cuando la temperatura alcanzó una zona peligrosa, nos obligamos a interrumpir nuestra fiesta privada por si acaso llegábamos a perder los estribos, decidiendo dejar las exploraciones más delicadas… “para la noche de bodas”. Aún me sonrojo al recordar aquello; aún siento vergüenza por haber sido tan iluso, tan estúpidamente inocente;  aún maldigo a la dictadura por emponzoñar a la generación de nuestros padres y a la nuestra con aquella suciedad que lo invadía todo, con aquellos turbios manejos que pervertían asuntos tan naturales e imprescindibles como el sexo, el amor, la libre expresión del cariño entre dos personas. Perdimos aquella oportunidad gracias a aquel ambiente represivo e incomprensible, y pudimos darnos por afortunados de haber sido tan atrevidos como para entrever, al menos, un pedacito de eternidad, un retazo de la maravilla que resulta de la comunión de dos seres humanos que se aman.

Tras aquella tarde mágica, vendrían muchas más. Todas acababan con un espléndido dolor en mis genitales, que a ti te hacía reír y a mí blasfemar como un poseso, sabiendo como sabía cuáles eran las soluciones al problema, y cuál sería la que pondría en marcha, la de siempre, la menos apetecible, la que más me alejaba de ti, querida. Y hablando de lejanías, yo fui quien desmanteló todo aquel amasijo de sueños y de deseos. Yo, con la impaciencia propia de un chaval de quince años, incapaz de esperar a que volvieras a vivir a Madrid tras acabar tus estudios; yo, con el amor inmaduro y endeble de un niñato, quería más y mejor, no me resignaba a tenerte sólo durante las vacaciones. Y así, con perfecto  conocimiento de causa, acabé con nuestra relación con una frialdad que aún hoy deploro, quedando de paso contigo como el grosero que nunca he sido. No fui capaz de entender la profundidad que requería amarte en la distancia siendo tan jóvenes; pese a nuestras cartas, el olvido empezó a carcomer mi frágil cariño y acabó por echarlo todo a perder. Una vez más; ni la primera ni la última, pero sí, paradójicamente, una de las más dolorosas. Hace poco te buscaba por internet, intentando localizarte, tener noticias tuyas, preso de un feroz ataque de nostalgia. Quería tomar una copa contigo, saber qué había sido de tu vida, incluso disculparme por haberte dado un gran disgusto, con pésimo estilo, hace casi cuarenta años. No conseguí dar contigo, preciosa, y lo siento. Las pistas sobre tu padre  -hombre famoso al cabo-  sí abundan en la red, pero no me pareció oportuno preguntarle sobre ti. Algo me dice que sigues viva, lo que me alegra infinito, por supuesto. Espero y deseo que tus hermosos ojos verdes sigan riendo como en aquel entonces, que tu linda boca haya besado con amor a alguien que te haya hecho feliz, que tu pecho generoso haya alimentado a tus hijos, dándoles la vida como a mí me la diste, que tu singladura haya sido plena y dichosa, porque te lo mereces.

Créeme, querida mía, jamás te olvidaré, aunque eso no valga ya de gran cosa. Nunca te agradeceré bastante el regalo que me hiciste aquella tórrida tarde de agosto: tu juventud primera, el manantial de vida que de ti brotaba. Bendita seas, donde quiera que estés.culllo