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Réquiem

Sombra y silencio…

            Al encarar la subida que lleva hasta la cumbre del pequeño otero, engrano la tercera marcha. El coche tiene aún bajos para trepar con fuerza sin avanzar demasiado deprisa, lo que me permite concentrarme en el paisaje que me rodea.

            Ya vencida la colina, contemplo el pino que hay a la derecha de la pedregosa vereda que un día fue camino. Retorcido, torturado por los vientos de la sierra, el incansable vigía no ceja en su tarea de avisar al viajero de lo que acto seguido va a contemplar.

            Corto entonces el contacto y bajo del vehículo al tiempo que procuro cerrar su pesada puerta sin hacer ruido. Hace unos años, hubiera encendido un cigarrillo para ver desaparecer las grises volutas en el cielo bajo la poderosa luz del sol, hubiera disfrutado al sentirme, una vez más, joven y libre. Hoy día, ha de bastarme con cruzarme de brazos y disfrutar en silencio del espectáculo.

                        Una bajada imponente lleva derecha al valle coronado por la cima que acabo de conquistar. Cubierto por una masa vegetal densa, frondosa, invita al espectador a adentrarse en sus húmedas entrañas, rematadas con frecuencia por una algodonosa capa de niebla. Nada más entrar en el valle siempre tengo la sensación de que el tiempo se queda varado entre los innumerables árboles que se alzan, plenos de oscuridad, junto a lo que queda del camino. Abriéndose paso entre la tortura de mis acúfenos, alcanzo a distinguir con total nitidez la pavorosa presencia del silencio total, de esa ausencia de sonido que solamente puede apreciarse entre solanas y umbrías y que, paradójicamente, abona en quien la escucha la inquietante sensación de no estar solo. Un intenso aroma a resina y a jara se abalanza sobre mi olfato; cierro los ojos para disfrutarlo en toda su plenitud.

            Me hablaron del pueblo que ahora diviso emboscado en la tiniebla del valle durante uno de mis viajes cinegéticos. Tras examinar con detenimiento sus venerables restos, no me supuso esfuerzo alguno adivinar a maese jabalí devorando bellotas bajo las sombras de las antiguas viviendas; imaginé también con claridad al majestuoso venado que bramaría su ansia de amor a mediados de septiembre. Cobijados entre los montones de piedras, al abrigo de las codiciosas miradas del cazador, mis queridas presas celebrarían los ritos secretos de la vida y de la muerte con toda la tranquilidad que estos requieren. Pero las exigencias de mi vida profesional me impidieron entonces explorar aquel fantasmagórico lugar con la debida diligencia. Hallar un sitio adecuado para un puesto de caza es una tarea minuciosa.

            Me adentro hoy con lentitud en las desvencijadas callejas. Algunas de las casas, siempre de granito, conservan todavía sus hechuras como si se resistieran a naufragar por completo en el aullante  torbellino que el olvido hace girar en el mismo corazón del pueblo. La vegetación cubre las paredes, desencaja las piedras venerables de las vallas que separan las fincas, saca de sus goznes las pesadas puertas de madera claveteada. Distingo a duras penas un escudo nobiliario tallado en el umbral de una de las ruinas que me observan atentas, un recordatorio de la apabullante fugacidad de toda obra humana. Hay grandes verjas herrumbrosas por doquier y los restos de una carreta de madera cortan el paso en una de las calles cercanas al centro del lugar. Sus ruedas de grandes radios, cinchadas con hierro oxidado, están obscenamente despatarradas, como las piernas de una vieja ramera.

            Entonces, bajo la luz que comienza a perder intensidad, me parece ver a un grupo de zagales parapetados tras una esquina. Tres de ellos rodean a otro, más mayor, que intenta desmanotadamente liar un cigarrillo. Hablan en voz baja y jalean al líder para que acabe pronto su tarea. Algunos pájaros picotean los desperdicios que divisan entre las bostas de las vacas que tapizan el suelo. Su hedor agridulce espesa el aire quieto, embalsado entre las ruinas.

            Cerca de allí, varios ancianos toman el sol en lo que fue la plaza del pueblo. Cubiertos con boinas, estiran sus miembros ajados como lagartos añosos y crujientes, mientras discuten sobre la cosecha del año, si promete o no ser fecunda, si colmará o no los deseos, siempre defraudados, de los hombres del campo.

            Mujerucas combadas, vestidas de negro y con pañolones en la cabeza, afean a voces su desparpajo a las mozas que hacen la colada bajo la arcada del puente. Risueñas y vocingleras, sumergen sus manos doloridas en el río que divide al pueblo; corre con alegre ímpetu mientras lava prendas y conciencias, del todo ajeno al devenir humano.

            Se alzan todos ellos frente a mí como espectros inmemoriales. Reparo, entonces, en que la luz se ha extinguido casi por completo y en que noto el frío que trepa por mis piernas en busca de mi corazón. Siento el feroz asedio de los recuerdos atrapados entre las casas derruidas. Puedo verlos danzar a mi alrededor como fuegos fatuos, puedo escuchar su parloteo lúgubre que  me llega como un susurro apagado y continuo.

            Me revelan sus secretos más íntimos, quiénes fueron, a quién amaron. Y no puedo por menos de preguntarles quién sembró de abrasadora sal sus campos, quién quebró su esperanza, quién los arrojó a la nada en la que se ahogaron.

            Pero no recibo respuesta alguna. Al hacer visera con la mano para proteger mis ojos del sol moribundo, desaparecen de mi vista como guedejas de humo. Tan solo dejan tras de sí una estela de profunda tristeza que ni siquiera la lluvia que ahora cae mansamente es capaz de lavar.

            No soy hombre de fe, no profeso religión alguna, de manera que carezco del socorrido recurso que supone un ser superior al que puedes importunar para que cumpla tus anhelos. Pero a veces, algunas veces, cuando vuelvo a visitar esta torturada cripta de piedra, siento el deseo de hincar la rodilla y ofrendar mi respetuoso silencio a quienes allí fueron, al tiempo que siento en mis labios algo parecido al murmullo de una oración.

            Nunca cacé en aquel lúgubre lugar. No quise añadir más muertes a las que ya pesaban sobre aquellos enclaves baldíos

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Ya lo siento…

Celajes (26)Pues sí, sí que lo siento. Los azacaneos de la vida laboral,  que no es vida, sino un deforme remedo de la misma, me han mantenido hoy lejos de la cena con mi gente, de los auténticos seres humanos que habitan mi pueblo, mi refugio favorito. Digo «mi pueblo» y digo bien, porque aunque no soy nacido allí, se trata del único lugar en el que me encuentro a mis anchas, en el que a nadie doy explicaciones y en el que nadie me las pide. He faltado a la ceremonia de los lunes, a ese encuentro con otra cara de la realidad, bien distinta del jetuño diario que el devenir de los días me ofrece; ya lo siento, e intentaré ponerle remedio en la próxima ocasión, aún a sabiendas de que los días perdidos no tienen redención posible, no sé si para bien o para mal. Prometo utilizar mis días libres más y mejor, prometo no olvidar las escasas horas en las que me siento vivo de verdad, prometo disfrutar cada minuto sintiéndome alejado de toda la inmundicia que me/nos rodea en esta ciudad que nos va matando poco a poco, tan alegre, tan cruelmente y con tan escaso estilo.