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Unos días con otros

Más libros, más libres…

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. He abandonado esa insana costumbre que obsesiona a las personas maduras y que consiste en hacer un continuo y exhaustivo balance de sus vidas, entre otras cosas porque no acaba de agradarme el resultado que adivino, seamos francos. La sensación de pérdida, de oportunidades para hacer casi de todo que se alejan mientras azulean en la distancia, es demasiado intensa como para soportarla más allá de unos instantes sin sentir el poderoso y amenazador vértigo del presente.

Como comprenderás, querido, ignoro si te habrás visto arrastrado hasta el limbo de las cosas que fueron por los efectos secundarios de esa operación, profiláctica y un tanto dolorosa, que supone dar completamente la espalda a casi todo aquello que en su día no llegaste a ser, de permitir a un piadoso olvido que inunde ciertos compartimentos de tu devenir con su apaciguadora presencia. 

No tengo la certeza de poder contemplar tu rostro alegre, coronado por ese flequillo que tanto odiabas y por las sempiternas gafas. Sí, esas que tus padres, resignados, te reponían cada dos por tres vista la eficacia y la lastimosa frecuencia con que las destrozabas. Tampoco cuento con la seguridad de verte salir del colegio con tus amigos, cuando eras más “Gómez” que “Mariano” tanto para ellos como para tus profesores, cuando te gastabas el escaso dinero del que disponías en lo que hoy serían tiendas de chuches, que en aquellos entonces no pasaban de ser oscuros tabucos, a veces malolientes, encastrados en fachadas antiguas y sucias.

Pantalones cortos, que tampoco te apetecían demasiado, desde luego; americana gris, camisa blanca y aquellas irritantes corbatas negras que aprisionaban tu cuello infantil con una goma elástica, dada tu feliz ignorancia en la arcana ciencia de anudar como Dios manda tales instrumentos de tortura; un par de zapatos casi indestructibles y de una fealdad indignante, junto con los imprescindibles calcetines, siempre a la altura de los tobillos: equipado con semejante bagaje, celebrabas sin solución de continuidad las bárbaras ceremonias de la infancia en compañía de otros arrapiezos igual de despreocupados que tú, tan a caballo entre lo real y lo irreal como tú.

Bien es cierto que si cierro los ojos con suficiente fuerza y durante el tiempo necesario, alcanzo a ver tu silueta desgarbada con un bocadillo de pan y chocolate en una mano y un lápiz -siempre de grafito número 2, que rasca menos el papel- , mientras te agachabas sobre tu mesa de estudio absolutamente absorto en la imposible resolución de aquellos engorrosísimos problemas de cálculo, aritmética y geometría que siempre se te dieron un ardite, porque, al fin y al cabo, ¿a quién coño le importa cuántos caramelos le quedan a Juan si tiene cinco y le da tres a su hermano mayor? ¿Dónde está el quid de la cuestión si ambos tienen caramelos que masticar? ¿No resultaba infinitamente más interesante enterarse de las verdaderas intenciones de Long John Silver, pongo por caso? ¿Es que la idea de dejar vagar la imaginación, de viajar por el techo del mundo y de contar después cuanto hubiéramos visto, de hechizar a nuestro auditorio al hacerlo, de sujetarle en su sitio con el mero poder de nuestras palabras, no poseía un irresistible atractivo? Sin lugar a dudas, mi querido chaval. Por eso, tu relación con el árido mundo de las ciencias fue desastrosa desde el primer momento, aunque también hay que decir, en honor a la verdad, que en la empresa de llegar a aborrecer cordialmente aquellas tristes materias fuiste auxiliado por algunos de tus profesores, algo cortos de dinero y por ende muy escasos de vocación. Por eso, tu facilidad para quedarte colgado, para echarte en brazos de tus ensoñaciones favoritas con llamativa frecuencia, cartografió con mano firme una gran parte de los caminos que durante el resto de tu vida recorrerías.

Merced a cierto esfuerzo, consigo también localizar tu rastro fugaz e ilusionado cuando llega el estío, tu estación favorita. Gruesos muros y altas paredes, festoneados sus blancos lienzos con ladrillos rojos, que rodean umbrales y alféizares. Frescor en verano y algo de calor en invierno; tejados que acogen rara vez a la elegante pizarra y contraventanas metálicas, de esas de toda la vida, casi siempre pintadas de un verde ubicuo y universal; casas que se alzan entre pinos y jaras, cálidos testigos de edades inmemoriales y mucho más amables que las actuales. Súbitamente, distingues en la acogedora umbría de sus zaguanes a unos muchachitos que juegan y enredan, ahítos de vida. Ves también a hombres y mujeres jóvenes, vestidos con pantalones estrechos y alpargatas de esparto, fumando apaciblemente mientras desgranan una conversación en un acogedor jardín, al abrigo del alegre sol de la tarde. Las grandes butacas blancas y la amplia mesa de café hablan de canícula y de agradable sobremesa. Flota una deliciosa somnolencia en el ambiente, que no acaba de adormecer a los presentes, aunque les imbuye una grata sensación de paz y de tranquilidad. 

Y yo sé que tú eres uno de los niños que monta en bici por las calles de la colonia, ajeno a todo lo que le espera emboscado entre las amargas tinieblas del futuro. Y siento, ahora y mal que me pese, un terrible dolor en el pecho, y conozco de primera mano el asalto cruel de la añoranza, el horror de lo que ha sido y ya nunca volverá.

Unos días con otros, no acabo de saber si aún te encuentras ahí. Aunque a veces escucho tus pasos ligeros de niño rondar cerca de la mesa de mi despacho y puedo imaginarte contemplando satisfecho la biblioteca de tu abuelo.

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