11 de enero de 2018
Bien, el asunto ya pita. He acabado la primera versión -sepa Dios cuántas más me esperan- de los tres primeros capítulos de la novela. Ya sé quién es Carlos Zúñiga, dónde vive y dónde trabaja, como en el chiste, aunque en realidad creo que siempre lo supe. Empiezo a sentir esa picazón familiar en la punta de los dedos que me asalta cuando uno cualquiera de mis proyectos literarios comienza a tomar cuerpo, a imponer su propia ley.
Muy en breve, espero, la novela iniciará su andadura por sí sola; los personajes se moverán a su antojo y reaccionarán como las criaturas vivas que son, de manera que toda la obra principiará a tirar de sí misma hasta el momento final. Al menos, así lo siento yo… aunque todo eso no significa que no haya que hacer un esfuerzo titánico para que las cosas chirríen lo menos posible y todo el andamiaje se mantenga en pie desde la primera a la última página.
Como era de esperar, el resto de mis escritos está experimentando un cierto retraso, lo cual no deja de preocuparme, porque no tengo apuntes sobre nada de lo que estoy contando en esa serie de recuerdos y de viajes: dependo única y exclusivamente de mi memoria, que no me ha fallado hasta ahora, veremos. Pero no puedo hacer más de lo que hago… creo.
Todos los comienzos son duros, y este asunto de la escritura no supone excepción alguna a la regla. En fin, vuelvo al bar donde trabaja Carlos Zúñiga; me espera para que le acompañe a casa de una mujer que le obsesiona…
Los primeros acordes van sonando bien. ¡Sigue!.
Muchas gracias, Magusia; celebro que mis fantasmas te agraden…