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Septiembre y yo

Mi padre se murió con las ganas de tomar sus vacaciones  de verano en septiembre. Decía que era el mes de los elegantes. Yo, ansioso como siempre por celebrar en julio y agosto todas las ceremonias profanas de cada verano, no acababa de entender demasiado bien aquel deseo. Al fin y al cabo, el estío, el hermano mayor de la primavera, no era más que un regalo de los dioses –incluido el de mi padre, aquel anciano barbudo, mal encarado y colérico- a nosotros sus dolientes hijos, con el fin de que disfrutásemos de un merecido jolgorio bajo el sol cruel de la sierra o el más amable de la playa, acompañados, como en mi caso y en las más de las ocasiones, por las hembras más jacarandosas que pudiera hallar en mis predios veraniegos de costumbre. No me pedía mi cuerpo de entonces ni gota alguna de paz, relajo o tranquilidad de cualquier clase;  antes bien me impelía, feroz, hacia la juerga y el desmadre más estruendosos, a ser posible durante veinticuatro horas al día todos y cada uno de los días de la semana.

 Aquello era el acabose, porque a mi desbordante vitalidad se unía una circunstancia desde luego imbuida de cierta magia: no sé qué tenían aquellos veranos de entonces que parecía que duraban una vida entera. Se estiraban como por ensalmo, al igual que esas infectas barras de pan compradas cuando no hay más remedio en esos sitios cochambrosos que conocemos. Semejantes estíos no tenían fin; recorríamos sus días y sus noches como los jóvenes bárbaros que éramos: ebrios de felicidad y de alguna que otra sustancia menos inofensiva pero más eficaz, sin tasa, sin cuento alguno, sin respetar nada ni a nadie y sin ser capaces de escuchar el taimado susurro del tiempo, el roce canalla de su piel engañosamente suave junto a la nuestra, su terrible mensaje.

Pasaron los años con esa estremecedora y callada velocidad con la que lo hacen. Comenzaron a menudear los pisos, los coches, los hijos, las hipotecas, los divorcios. Clareaban las filas de los míos, se abrían huecos imposibles de llenar alrededor de la hoguera de mi tribu, antaño vocinglera, juerguista y tragona. Acabado el café de las once de la noche resultaba francamente difícil encontrar a algún colega de los de antes presto a seguir tomándola hasta que nos sorprendiera  la madrugada, borrachos, deslumbrados y sintiéndonos un tanto culpables, como todos los coloquetas que en el mundo han sido. No se respiraban ya las mismas ansias de vivir entre los miembros de mi querido areópago: daba la impresión de que las canas habían matado las sonrisas, el placer inmenso de la existencia. Mis adorados amigos reconocían, sin quererla reconocer, aquella prosaica y repelente nueva realidad, y lo hacían un poco avergonzados al tiempo que se escudaban en sandeces de aquellas que proclaman que cada tiempo tiene su afán, que si ahora apetecen otras cosas y diversas majaderías por el estilo. Musitando para sí aquellos mantras, falsos como la falsa moneda, se retiraban a sus huras más corridos que una mona mientras sentían en la lengua el amargo regusto de la derrota. Y yo me quedaba solo, fané y descangallado como Gardel aunque estuviera bien acompañado, que yo soy un señor con muy buen gusto para todo o para casi todo al que nunca le ha faltado alguna señorita con ojos de gacela que le alegrase sus días y sus noches.

Escribo esto muchos años después de que mis compañeros emprendiesen la vergonzosa huida, que no retirada, en los términos que acabo de referir. Ya casi he conseguido no añorarles y comienzo a entender aquel deseo de mi padre, aquel anhelo septembrino y elegante. Ahora que paso más tiempo en casa, ahora que ocupo más horas en cuestiones meramente intelectuales, saboreo hasta las heces los dones que julio y agosto traen bajo sus doradas cabelleras: últimamente, por ejemplo, a todo dios le ha dado por hacerse jardinero o por contratar a uno de estos profesionales para que cuide su propiedad, por birriosa que esta sea. Como resultado, ando mañana y tarde acosado por todos los flancos por el insoportable e irritante ronroneo de las putas motosierras, que recortan setos, céspedes y masas vegetales diversas como si de gatos encabronados se tratase, sin dejar ni un solo momento de asesinar siestas o de reventar despertares, puesto que los amos de semejantes demonios no reparan en que los demás también tenemos derecho a descansar plácidamente con independencia de la hora del día durante nuestras vacaciones. Con franqueza, no sé si semejante delirio de actividad veraniega es producto de la ansiedad que la maldita pandemia produce, de la ola de imbecilidad imparable que castiga al ser humano por doquier, o de ambas dolorosas circunstancias. Me da igual; insisto, comienzo a entender a mi padre.

Aquel hombre bueno, que enviaba a su mujer y a sus vástagos a la sierra para evitarles los rigores estivales que él mismo padecía (o para descansar de nuestra presencia, me malicio) no se enfrentó en su madurez a la peste de las motosierras, pero sí a la desaparición paulatina de sus amigos y a la pujante masificación del veraneo, que convirtió la colonia en la que pasábamos nuestras vacaciones en un maremágnum de ruidos de todo tipo y de presencias infantiles y juveniles tan ajenas al silencio como solo ellas pueden estarlo. Proliferaban las familias y los arrapiezos, los perros y las chachas, las suegras y las kermeses, hechos todos que conspiraban eficazmente contra la tranquilidad que mi viejo deseaba.

De manera que en este verano que nadie sabe si es pre o post pandemia, escribo, leo, vacilo con las redes sociales, hago fotografías y tomo copas con los  pocos y buenos amigos que me quedan y, definitivamente, entiendo a mi padre. Veranear en septiembre equivale a pagar el precio de la soledad, pero también significa disfrutar de su compañía por encima de casi todas las cosas. Muy elegante opción, quizá la única. 

Mi padre tenía razón.

Créditos de la fotografía: Gratisography

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